viernes, 30 de marzo de 2018
Homilía del Viernes Santo
VIERNES
SANTO, 30 de marzo de 2018
Cristo en la cruz conoció los más
grandes sufrimientos. De tal modo que si tú también sufres, Cristo está también
muy cerca de ti. Dale tu sufrimiento, Él lo llevará contigo y te dará consuelo.
La Cruz es un lugar de hermanamiento en el sufrimiento. Un lugar de
hermanamiento entre Dios y nosotros. Muchas veces tenemos la concepción falsa
de esperar que Dios venga como un hada madrina, con una barita mágica para
hacer desaparecer nuestras cruces. Y el Señor resulta que viene a nosotros y
nos dice que Él viene para llevarla conmigo. No va a hacer desaparecer esa
cruz, sino que Él será como mi cirineo que me ayude a llevarla. Cristo no
quiere que llevemos nuestra cruz sola, sino que sea lugar de hermanamiento. El sufrimiento compartido es la experiencia
que más nos puede hermanar. Porque uno se siente comprendido y querido. Uno
que sufre se da cuenta enseguida que el otro ‘no habla de oídas’. La
solidaridad en el dolor es la prueba inequívoca en el amor.
Lo que le impacta al buen ladrón va
por aquí. Porque el buen ladrón le dice al otro compañero suyo de fechorías: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, que estás en el
mismo suplicio? Lo nuestro es justo, pues estamos recibiendo lo que merecen
nuestros actos, pero éste no ha hecho nada malo- Y añadió- Jesús, acuérdate de
mí cuando vengas como rey» (Lc 23, 40). Al
buen ladrón le impacta que ese inocente estuviera pasando por el mismo suplicio
que él. Se hermana en el sufrimiento. El sentirse unido, el sentirse acompañado
por Jesús crucificado es clave en la experiencia cristiana.
En la cruz Jesús se identificó con
los que sufren. Hay una llamada muy explícita en el Evangelio a descubrir a
Jesús en los sufrientes, en todos aquellos que están bajo el peso de la cruz.
Es como si estuviéramos pisando terreno sagrado cada vez que pasamos cerca de
las personas que sufren, porque la presencia de Dios –de una manera misteriosa-
allí se encuentra. Dice el Señor: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos,
conmigo lo estabais haciendo». Hay una identificación de Jesús,
misteriosa pero verdadera, con las personas sufrientes. El Espíritu Santo nos
pide que tengamos la sensibilidad bien afinada para ver a Jesús, para
descubrirle ahí presente. Ese servir a Jesús en los sufrientes, de rebote,
recibes un gran don de parte del mismo Dios. Frente a nuestra herida tan grande
narcisista y de auto contemplación del cual es muy complicado salir uno mismo
con sus propias fuerzas…Curiosamente aquellos que sufren te sacan de esta
situación de opresión interna del alma. El amor que lleva al olvido de uno
mismo nos lleva a liberarnos del narcisismo y de la auto contemplación. La cruz
te libera de la preocupación obsesiva de tu propio yo.
¡Éste es el árbol de la cruz, donde
estuvo clavada la salvación del mundo! ¡Venid a adorarlo!
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jueves, 29 de marzo de 2018
Homilía del Jueves Santo
Jueves
Santo, 29 de marzo de 2018
Uno de los dramas que ha acontecido
en estos años de secularización y de la presentación de la fe cristiana en el
plano horizontal y reduciéndola a una dimensión ética y moral es el decir que
la Eucaristía es el reunirnos todos para compartir. Realmente ¿a quién le va a
parecer mal este aspecto de compartir o de encontrarnos? Pero es un serio
empobrecimiento de reducir la Eucaristía a una dimensión moral. Presentar la
Eucaristía en línea de continuidad con las comidas que tenía Jesús, ya que a
Jesús le gustaba comer con la gente y le gustaba entrar en todas las casas y
compartir…. En esa línea no vamos a buen puerto. Vamos a ver, hay un salto
cualitativo. ¡Claro que a Jesús le gustaría comer con la gente! Pero por
desgracia, estas cosas, con buena voluntad las hemos escuchado y sin darnos
cuenta estamos reduciendo y empobreciendo el misterio de la Eucaristía
radicalmente. No se puede presentar la Eucaristía en la línea de esas comidas
de Jesús con sus coetáneos.
La Eucaristía según la Escritura
está presentada de otra manera. Según San Juan está presentada en el contexto
de lo que era la Pascua. Para entender la Eucaristía hay que ir a la Pascua
Hebrea. La Eucaristía no es la prolongación de la cena con Zaqueo o con otro…
eso no es. Puede sumar algo, pero eso no es lo esencial. La Eucaristía está
enmarcada –y así lo dice San Juan- en el contexto de la Cena Pascual de los
judíos.
¿Qué celebraban los judíos en la Cena Pascual?
Celebraban la Alianza del Sinaí. Era el pacto entre Dios y su pueblo que había
sido liberado de la esclavitud y que era sellado con la sangre de los
sacrificios. Los Padres de la Iglesia, a la hora de leer la Escritura se han
dado cuenta de cómo la Eucaristía es una liberación de nuestra alma de las
garras del pecado; no del Egipto seductor, sino del Demonio que nos esclaviza.
Y que cada vez que nos disponemos a celebrar la Eucaristía podemos y debemos de
decir ‘hoy esclavo en Egipto pero mañana libre en Jerusalén’. Y hacemos una
proclamación de esperanza porque aunque celebro la Eucaristía en medio de una
cierta esclavitud –una esclavitud que sí la percibimos-, esa esclavitud que
sufrían los hebreos en Egipto mientras celebraban la Cena Pascual, recuerda la
salida de Egipto. Una salida que fue dramática porque fue una cena que se les
pedía que la hicieran estando ellos vestidos para marchar. Uno no suele cenar
con el abrigo puesto y el paraguas en la mano para salir de allí a toda prisa.
Y eso es precisamente la Eucaristía donde se nos pide que tengamos la cintura
ceñida y el bastón, todo preparado para marchar. La Eucaristía no es para
celebrar la llegada sino para hacer el tránsito.
La Eucaristía es el gran don de Cristo que te acompaña
en el gran combate para pasar de la esclavitud a la libertad. La Eucaristía es
la que te permite hacer ese tránsito de la Pasión, Muerte y Resurrección en tu
vida.
Además es impresionante porque en la Alianza del
Sinaí, Dios hace un pacto con su pueblo y que además es sellado con su sangre y
esa sangre de animales con la que es rociado el pueblo es imagen de la sangre
de Cristo. Sangre fue también lo que se usó para marcar las jambas de las
puertas de las casas hebreas para que la plaga no entrase en esa casa para
matar a los primogénitos. Hay un profundo significado que nos remite a la
sangre de Cristo.
San Juan no narra la institución de la Eucaristía,
porque ya sabía que estaba narrada, y es el lavatorio de pies el que ocupa su
lugar. Y el lavatorio de los pies que podría parecer un signo meramente moral,
no lo es. No es un signo moral, sino que nos explica la entraña de la
Eucaristía. El lavatorio de los pies es como una radiografía de la Eucaristía. Dice
el texto «se
levanta y se despoja de sus ropas». O sea, Jesús antes de lavar los pies se despoja. El
presbítero cuando lava los pies se quita la casulla, a semejanza de lo que
Cristo hizo. Y eso rememora la carta de San Pablo a los Filipenses «siendo de condición divina no hizo alarde de su
categoría de Dios, al contrario se despojó de su rango y tomó la forma de
siervo». Y se
pone a lavar los pies uno por uno. La Eucaristía es la redención de Cristo en
la cruz entregada uno por uno. Es la oferta personalizada que Cristo te hace al
morir por ti. Es Cristo el que viene a limpiarme los pies, es Él el que viene a
darme la vida. En la Eucaristía es Cristo quien me ofrece su redención, me la
ofrece Él. Por eso uno no puede darse la comunión a uno mismo, porque es Cristo
quien te lo ofrece y se entrega. Y como me llama personalmente yo estoy llamado
a decir ‘amén’. Y ese ‘amén’ es mi respuesta a la oferta de la redención que
Cristo me hace a mí personalmente.
La redención de Cristo ha sido alcanzada por la muerte
de Jesús en la Cruz, pero luego hay otra redención. Dice la Sagrada Escritura
que todos hemos sido redimidos en Cristo pero también se dice que luches por tu
salvación. Esto no es una contradicción, porque Cristo se ha entregado por
todos, pero ahora eres tú quien la tienes que acogerla, recibirla. En tu
corazón la cerradura para abrir al Señor está en tu lado y tú puedes abrirla
desde tu lado y puedes abrirla. Y el Señor te pide que abras la puerta y eso
acontece en la Eucaristía cuando se te ofrece personalmente. Ese personalmente
es el lavatorio de los pies.
También puede darse una comunión sacrílega como la de
Judas, que aceptó el signo rechazando la verdad de lo que se le ofrece. Judas
estaba jugando con esa verdad y el Señor calla ante ese sacrilegio. Simón Pedro
se resiste, es imagen del discípulo que todavía no sintoniza con el Señor, es
la imagen del discípulo que aún no se ha purificado perfectamente, que no
entiende lo que son los misterios de Dios, que no entiende que la redención la
tiene que recibir, que su voluntarismo no tiene ninguna capacidad de
transformación del mundo. Su reacción es la de una falsa humildad revestida de
soberbia, eso de « ¿lavarme
los pies tú a mí?».
Es soberbia disfrazada de humildad, el no sentirse necesitado. Y curiosamente
le dice «que lo
que yo hago ahora no lo entenderás hasta más tarde». Ese más tarde nos remite, nos habla de la luz de la
resurrección que nos abre para entender a la Eucaristía.
El momento de la muerte de Cristo, en ese momento de
la ofrenda de Cristo al Padre, es un momento que ha pasado a la eternidad.
Cristo está ofreciendo su vida ante el Padre eternamente en el cielo. Lo que
aconteció en el Calvario ha pasado a ser algo eterno y se actualiza cada vez
que se celebra la misa. Ciertamente no estamos volviendo a matar a Jesucristo
de una manera cruenta, pero el fruto de su entrega y de su amor se renueva en
nosotros.
De aquí se deriva que la Eucaristía sea presencia real
al renovarse el sacrificio de Cristo, «porque esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros». Y para entregarse primero ha de ser, luego es
presencia real. Otra dimensión de la Eucaristía es la dimensión del mandamiento
del amor, porque Jesús se entrega haciendo de nuestra vida una entrega a los
demás, de manera que la Eucaristía tiene esa dimensión de compartir entre nosotros
toda la vida y si estamos con Cristo compartimos todos nuestros bienes en la
vida, es otra consecuencia. Otra consecuencia es la de convivir, la de
compartir la mesa, el ser una sola familia. Pero estas consecuencias se
desprenden de lo central y lo central es ésta intervención de Dios en nosotros.
El Padre Pio de Pietrelcina, un santo que tenía el
fenómeno místico de los estigmas y que mencionados estigmas se recrudecían
durante la celebración de la Eucaristía nos ofrece una orientación devocional
de las diversas partes de la Misa como sacrificio, en ese vivir la Pasión de
Cristo. El Padre Pio andaba sobre sus llagas cuando iba a celebrar la
Eucaristía, y eso era un espectáculo ver cómo sufría. El Padre Pio ayudaba a
cómo vivir las partes de la Misa identificando en las partes de la Misa las
partes de la Pasión. Como el Padre Pio revivía en sus llagas de una manera
mística la Pasión de Jesús y se le abrían sus estigmas, sus discípulos le
decían que de qué manera ellos podían ver en la Misa esas partes de la Pasión
de Cristo acontecida. Y él les respondía –con esta explicación devocional-:
Primero está el subir al altar, la procesión de entrada es una referencia al
Domingo de Ramos, a la subida a Jerusalén. Luego dice, desde la Señal de la
Cruz hasta el ofertorio es el tiempo del encuentro con Jesús en Getsemaní
sufriendo con Él ante la marea negra del pecado y ese dolor de saber que la
Palabra del Padre, que Él había venido a traernos, no sería recibida o recibida
mal por los hombres (¿no habéis podido velar una hora conmigo?) Desde la señal
de la Cruz hasta la liturgia de la Palabra es un misterio de cómo Jesús en
Getsemaní luchó en ese «venir
a los suyos y los suyos no le recibieron». En Getsemaní Jesús sufre porque el pueblo ha
rechazado ese mensaje de salvación dado por Dios: Dios ama al mundo y el Amor
no es amado.
Segunda parte, el ofertorio: El Padre Pío vivía el
ofertorio como el arresto de Jesús. En el momento del ofertorio se presenta el
pan, se presenta el vino, se pone sobre el altar, se extiende el corporal y es
como si allí comenzase la Pasión. Cristo es arrestado, «ha llegado mi hora».
Tercera Parte: El momento del Prefacio es el canto de
alabanza, entrega y agradecimiento que Jesús dirige al Padre que le ha
permitido llegar a esa hora. Jesús da gracias al Padre por haber sido fiel y
por haber podido entregar su vida.
Cuarto, desde el comienzo de la Plegaria Eucarística
–desde el santus- hasta la Consagración
empezamos a encontrarnos a Jesús en prisión, con la flagelación y coronación de
espinas, seguimos con su Via Crucis, el camino de la Cruz por las callejuelas
de Jerusalén, teniendo presente en ese ‘nemento’ a los que están en la misa y a
todos. En la Consagración se nos da el cuerpo de Cristo entregado ahora, es
místicamente la crucifixión del Señor. Y por eso el Padre Pio sufría atrozmente
en este momento de la Misa, en la consagración. Le tenían que sujetar en el
momento en que consagraba. Le sujetaban como si estuviese siendo crucificado en
ese momento.
Sexto, las plegarias inmediatamente posteriores a la
consagración nos unimos enseguida a Jesús en la cruz y ofrecemos al Padre este
sacrificio redentor. Ahora que Cristo está en la cruz crucificado encomendamos
al Padre toda la humanidad.
Y llega el momento final, la doxología: «Por Cristo con Él y en Él (…)». Esto corresponde al grito del Señor «¡Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu!». Desde ese momento el sacrificio es consumado y
aceptado por el Padre. Los hombres desde ahora no están separados de Dios, se
vuelven a encontrar con Él y es la razón por la que a continuación se reza el
Padre Nuestro.
Viene el momento de la fracción del pan. Cuando se
hace la fracción del pan, el Padre Pío diría que es el momento de la muerte de
Jesucristo. La intinción, el momento en que se coge una partícula del Cuerpo de
Cristo y se echa esa partícula en el Cáliz, marca el momento de la Resurrección.
Pues el Cuerpo y la Sangre se reúnen de nuevo. Y es a Cristo crucificado y
resucitado al que vamos a recibir en la comunión. De tal momento que cuando tú
comulgas, en ese momento, estamos reviviendo la resurrección del Señor Jesús:
Cristo resucitado que te da su carne resucitada. La Carne resucitada de Cristo
se funde con tu carne enferma.
Con la bendición final de la Misa el presbítero marca
a los fieles con la cruz de Cristo como signo distintivo y a su vez escudo
protector contra las astucias del Maligno. Es también signo de envío y de misión
como Jesucristo tal y como lo hizo con sus Apóstoles.
Así es como el Padre Pío de Pietrelcina vivía la Eucaristía.
Esto el Padre Pio nunca se atrevió a escribirlo, pero sí se lo decía a los que él
les dirigía y los dirigidos iban tomando apuntes.
Que la Eucaristía sea para nosotros esa actualización
personalizada de la redención de Cristo.
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domingo, 25 de marzo de 2018
sábado, 24 de marzo de 2018
Homilía del Domingo de Ramos, ciclo b
DOMINGO DE RAMOS, año 2018, ciclo b
Sólo la fe nos permite ver a Dios
presente en toda circunstancia. Sólo la fe nos permite adentrarnos en el
misterio de su gracia salvífica, no cuestionando los planes de Dios, sino
cooperando plenamente con Él, tal y como Dios pide. Y uno en medio de sus aciertos
y equivocaciones puede percibir atisbos de su providencia amorosa gobernándolo
todo. Y dichos atisbos de su providencia amorosa despejan las dudas y los
temores que se hallan siempre rondándonos la mente.
De tal modo que luchando por ser
fiel a Dios, unas veces equivocándonos y otra acertando, se aprende que si se
quiere conservar la paz y la alegría interior, se ha de recurrir constantemente
a la oración. Y con los ojos de la fe descubre cómo la humildad es
imprescindible ya que poco importan los propios esfuerzos y de los mucho que
dependemos de la gracia de Dios incluso para nuestra propia oración. Dios
quiere que nos esforcemos, porque a todas las personas nos gusta que con
nuestra forma de actuar manifestemos el amor al otro. Nuestro personal esfuerzo
es una manifestación de amor a Dios.
Jesucristo hoy entra victorioso en
la ciudad santa, Jerusalén, montado sobre un pollino. Él va a Jerusalén a
celebrar la Pascua y Él será el cordero inmolado en la Pascua. Aquel carnero
que se quedó enredado por los cuernos en un matorral (Gn 22, 13) y que el
patriarca Abrahán mató en holocausto en vez del hijo de la promesa, ese carnero
hoy entra victorioso en Sión, la ciudad santa, y allí será sacrificado.
Es más fácil ver el papel redentor del
dolor y del sufrimiento en el plan divino cuando no se está padeciendo. Cuando
la enfermedad se acerca, o la pérdida del empleo puede ser una realidad o ya lo
es, cuando los enfrentamientos entre nosotros se dan…cuesta ver ese papel
redentor, cuesta verlo, pero sí que lo tiene. Y sólo luchando contra esos
sentimientos es como se llega al crecimiento. Cada victoria sobre el desaliento
aumenta el coraje del espíritu; cada éxito –por efímero que fuese- a la hora de
descubrir la mano de Dios detrás de todo hace más fácil recuperar el sentido de
sus fines en un nuevo día de trabajo aparentemente carente de sentido y lleno
de sufrimiento.
Durante esta semana iremos
descubriendo esa mano de Dios y de cómo al final, a pesar de pasar por el
sufrimiento indescriptible de la muerte en cruz, la fuerza de la resurrección
lanzará aquel enorme pedrusco que tapaba aquel sepulcro escavado en la roca.
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miércoles, 21 de marzo de 2018
domingo, 18 de febrero de 2018
Homilía del Domingo Primero del Tiempo de Cuaresma, ciclo b
HOMILÍA DEL DOMINGO
PRIMERO DEL TIEMPO DE CUARESMA, ciclo b
Me encuentro con personas –algunas
de ellas bautizadas- que despotrican con modos muy diversos contra la Iglesia.
Da la impresión de que se crecen criticando a los curas, a las monjas, por la
riqueza que tiene la iglesia, por los casos de escándalos que se hayan podido
dar en ella, o incluso los hay de los que han debido de vivir durante la época
medieval del tribunal de la Santa Inquisición porque hablan mucho de ella.
Yo lo único que puedo decir que
gracias a que estoy embarcado en el barco de la Iglesia me puedo encontrar con
Cristo. Formo parte de la tripulación de este gran barco que lleva surcando los
mares de la historia durante más de dos mil años. Que tal vez pueda dar la
impresión de que esté surcando algunos mares turbulentos o donde el oleaje sea
muy peligroso donde uno crea que se vaya a la deriva con el temor de encallar
contra alguna roca o un iceberg. Y uno puede tener cierto miedo y tener una
lista de temores. Salta un escándalo en la Iglesia por un obispo o un
presbítero o un religioso o religiosa que ha cometido un pecado notorio y un
delito imputable y parece que todo se va a derrumbar. Se destapa algunos lujos
de algunos obispos o cardenales que viven sin coherencia con lo que ellos
mismos predican y los medios de comunicación social se hacen eco enseguida. Parece
que en las bodegas del barco de la Iglesia se van inundando de agua corriendo
grande riesgo su propia flotación. Sin embargo la fuerza de la gracia de Dios
es más potente que el propio mal azuzado por Satanás.
Dios
ha establecido con nosotros una alianza de amor que no permitirá que el mal nos
devaste (PRIMERA LECTURA, Gén 9, 8-15). Ya no
harán falta sacrificios de animales ni el derramamiento de la sangre para
sellar una alianza, la cual era constantemente vulnerada por los hombres
abusando de la paciencia de Dios. Y esa alianza se sellará de modo definitivo
en la cruz de Cristo, en su sangre: «Tomad y bebed todos de él, porque esto es el
cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por
vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados».
El
Señor conoce de nuestra profunda debilidad y del alto riesgo que tenemos de
serle infiel, de ahí que desee su Espíritu Santo morar en el alma de cada uno
para ayudarnos y fortalecernos desde dentro en esa lucha contra el mal. Ya nos lo
dice la primera carta del apóstol San Pedro «Cristo sufrió su pasión (…) por
los pecados (…) para conducirnos a Dios» (SEGUNDA
LECTURA, 1 Pe 3,18-22).
El mismo Moisés fue ayudado por Aarón y Jur sosteniéndole
los brazos en alto en aquella batalla de Israel contra Amalec (Ex 17, 8-16). Y
gracias a esa ayuda que recibió Moisés, Josué derrotó a Amalec y a su pueblo a
filo de espada. Es el mismo Jesucristo el que sostiene tus brazos alzados para
que puedas salir vencedor del combate. ¿Cómo afrontar el combate de la muerte
de un ser querido o la propia muerte, o el combate de la enfermedad con todas
la limitaciones y sufrimientos que lleva inherente, o el combate de esa
situación de desempleo, de ruina económica, de penurias por no poder tener
seguridad y de vivir con miedo, de drogadicción, de alcoholismo, de ludopatía,
o el desgaste notable por el paso de los años, etc.? ¿Cómo puede uno afrontar
todo esto si no se está en la barca de la Iglesia? Si no estás embarcado,
mueres ahogado. Recordemos la historia de tres judíos piadosos llamados Sidrac,
Misac y Abdénago cuando se negaron a adorar a aquella estatua de oro de unos
treinta metros de alta y tres de ancha que colocó el rey Nabucodonosor en Babilonia
para que la adoraran (Daniel 3, 1-97). ¿Acaso murieron abrasados en aquel horno
encendido donde fueron arrojados? Y eso que los criados del rey que los habían
arrojado no paraban de avivar el horno con nafta, pez, estopa y sarmientos,
llegando a elevarse la llama más de veinte metros por encima del horno,
abrasando a los caldeos que se hallaban alrededor del horno. Sidrac,
Misac y Abdénago salieron ilesos de aquel horno. Nosotros si estamos dentro del
barco de la Iglesia saldremos vencedores del tormento y la muerte no podrá
tener dominio sobre nosotros.
Ese “arca” (tebah) es como una
cesta, como la cesta en la que un día Moisés será salvado de las aguas. Tú y
yo, todos nosotros, hemos adquirido la tarjeta de embarque en esta gran arca
que es la Iglesia a través del bautismo, y que en palabras de San Pedro es el
bautismo «el que actualmente nos está salvando». Y en este barco que es
la Iglesia nos mantenemos a salvo ya que, tal y como dice el Salmo Responsorial
«el
Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores» (SALMO RESPONSORIAL, Sal 24, 4-5a. 6-7cd. 8-9).
El demonio nos tentará en nuestra
debilidad y caeremos y él nos acusará contantemente por ese pecado. Me acuerdo
aún de una anécdota de la que fui testigo. Un chico había sido infiel a su
chica y esto a este chico le había estado torturando largamente. Este chico se
desahogó con uno de sus mejores amigos. Transcurrió el tiempo y esa amistad se
tornó en enemistad. Y este antiguo amigo y actual enemigo quiso hacer daño a
esa pareja de novios y amenazó al chico que había sido infiel con contarle a su
novia lo de aquella infidelidad. Lo que no sabía este acusador que el propio
chico se lo confesó a su chica y que ella se lo había perdonado y olvidado.
Cuando el enemigo cumplió su amenaza, la chica le contestó: «Eso ya lo sabía
desde hace mucho tiempo, ¿y para esto me molestas?». El otro, el acusador, se
quedó totalmente descuadrado y avergonzado. A Cristo le encontramos en el
desierto (EVANGELIO, Mc, 1, 12-15), allí sin
seguridades, sin comodidades, con hambre y sed, cansancio y ampollas en los
pies y en el cuerpo por los estragos que ocasiona tanta exposición a los rayos
solares, etc., y allí se prepara para
fortalecerse para hacer frente a las pruebas y tentaciones del Demonio. Cristo
nos quiere llevar al desierto para que nuestra alma se desnude ante Él, para
que no le ocultemos nada, para mostrarnos tal y como somos y sentimos y
pensamos. Si nosotros contamos las cosas a Cristo, si le decimos todos nuestros
secretos y pecados…al Demonio no le dejaremos que lleve a cabo su tarea de
denunciar nuestro pecado ante el mismo Dios. A lo más, el Demonio hará el ridículo
más absoluto.
Palencia,
ESPAÑA, 18 de febrero de 2018
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