miércoles, 14 de febrero de 2018
domingo, 11 de febrero de 2018
Homilía del Sexto domingo del Tiempo Ordinario, ciclo b
DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b
El Evangelio hoy está hablando de
ti. Tú hoy sales en las lecturas que están siendo proclamadas en torno a todo
el mundo. Tú hoy eres uno de los protagonistas del día. Tú y yo. Porque tú y yo
somos ese leproso. Tenemos la lepra. No nos enfademos porque tal vez estés
pensando que te estoy faltando al respeto o algo de eso. No estoy haciendo nada
malo, simplemente estoy intentando ponerte en la verdad y haciendo un ejercicio
de discernimiento para ponerme yo también en la verdad. Es cierto que no
tenemos erupciones en la piel, ni inflamaciones ni esos síntomas propios de
esta grave enfermedad (PRIMERA LECTURA, Lv 13,
1-2.44-46), sin embargo somos leprosos.
Nuestra lepra es el pecado. Y en
concreto, cada uno tenemos una lepra particular, concreta y bien definida, que
es ese pecado que nos impide gozar de la presencia de Dios y que nos está
robando el poder disfrutar de la gracia divina. Hay sacerdotes que afirman que
esto del pecado no existe, que lo que se suele dar son equivocaciones, errores,
meteduras de pata. Yo a esos sacerdotes les llamo embusteros y mentirosos. Si
se niega la existencia del pecado estamos negando la existencia del enemigo, de
Satanás, y si negamos la existencia de Satanás no daría lugar la gran batalla,
la gran guerra que tenemos que entablar diariamente en nuestra vida cristiana.
Y no entablaríamos esa guerra porque nos habríamos posicionado del bando de
Satanás, dando la espalda al mismo Dios. Y lo curioso es que estaríamos en el
bando del mal cuando estaríamos negando la misma existencia de Satanás y de su
malvada obra que es el pecado. ¿O es que acaso no es pecado llegar a casa
bebido y tratar a tu familia con constantes salidas de tono, con agresividad,
faltando el respeto e imponiendo la tiranía de aquel que no es dueño de sí
mismo? ¿Acaso no es pecado el no ayunar de algo que implique una renuncia
personal para ayudar a los demás? ¿Acaso no es pecado el mirar con lujuria a
esa otra persona olvidándote de su dignidad de hijo o hija de Dios? ¿Acaso no
es pecado el vivir en concubinato con una persona que no es tu cónyuge despreciando
la bendición que el mismo Dios otorga en el sacramento del matrimonio? ¿Acaso
no es pecado el abuso de autoridad de algunos sacerdotes cerrando las puertas
de sus parroquias a las nuevas formas de espiritualidad que el Señor va
suscitando en su Iglesia? ¿Acaso no es pecado el aprovecharse de un cargo
público para sacar el máximo interés personal? (...) Satanás tiene tal poder de
engaño y de mentira que nos presenta como deseable lo que nos conduce a la
muerte eterna. A lo que la Palabra nos dice, tanto a
ti como a mí: ¡Impuro!, ¡impuro!
En las Primeras Comunidades Cristianas
todo aquel que tenía un pecado notorio se le expulsaba de la Comunidad e incluso del
pueblo. Porque el pecado nos expulsa del Estado de Gracia. Y el pecador iba
vagando de un lado para otro y solamente cuando daba muestras fehacientes de su
profundo dolor de sus pecados y del deseo firme de arrepentimiento, y sólo
después de ser escrutado, examinado y pasado una serie de pruebas que se le
ponían –por parte de los responsables de la comunidad y de los presbíteros-
eran reincorporados a la
Comunidad mediante un rito de nueva admisión. Esto era
necesario hacerlo porque una manzana podrida en el cesto podía podrir al resto.
Esto ahora no se hace y algunos conciben como normal algo que en si mismo es un
germen de muerte eterna.
El mismo Salmo Responsorial de hoy
nos narra una experiencia de liberación del pecado y de profundo agradecimiento
a Dios porque el amor ha sido más fuerte que el daño que uno libremente ha
ocasionado. (SALMO RESPONSORIAL, Sal 31, 1-2.5.11).
El salmista nos ofrece una catequesis a cada uno. Antes su vida era un caos,
donde todo cabía y las cosas eran buenas o malas conforme a su conveniencia. Él
era esclavo de su pecado, de esa lepra, un pecado que le iba presionando –pero
él no se daba cuenta- y le impedía amar con todas sus fuerzas, porque en vez de
buscar el bien del otro primero primaba el propio. Llega un momento en el que
uno se va apagando internamente y el hastío coloniza todas las facetas de su
vida. Sin embargo algo le debió de suceder –tal vez la muerte de un ser
querido, un cambio de suerte, un acontecimiento notable en su vida- en el que
el mismo Dios intervino o permitió para lanzarle una soga para sacarle de ese
particular foso donde él mismo se había metido. Y es aquí, cuando va teniendo,
poco a poco una pequeña experiencia del amor de Dios, todos sus anteriores
esquemas de vida –su concepción del dinero, el modo de relacionarse con las
personas del otro sexo, su trabajo y tiempo de ocio libre, etc...- se van
derrumbando y va descubriendo el daño que se ha ido haciendo y lo que él mismo,
con su comportamiento, ha ido generando a todos aquellos que le aman. El contacto
con Dios permite que esa particular venda que tenía en sus ojos se vaya cayendo
y pueda vivir en la verdad y romper con la tiranía de la mentira. De ahí que el
mismo autor del salmo grite lleno de júbilo «Tú eres mi refugio, me rodeas de
cantos de liberación». El contacto con Dios le hace reconocer su
pecado, le genera llorar por su pecado, le permite ser perdonado por Dios y ser
sanado en su totalidad por el Todopoderoso. Él tiene experiencia del Demonio y
tiene experiencia de la Gracia
de Dios que es mucho más fuerte que el mal y que todo pecado. Es más, el
salmista va adquiriendo una amistad tan íntima con Dios que va teniendo con Él
una serie de secretos, de cosas que solamente quedarán entre Dios y él.
De esos secretos bien sabe San Pablo
(SEGUNDA LECTURA, 1 Cor 10, 31-11,1) cuando al
escribir a los corintios les dice «sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo».
Él se sabía leproso, había sido perseguidor de los cristianos, y era conciente
de la fragilidad en la fe de muchos de esos corintios que podían escandalizarse
por cualquier cosa. Y va adquiriendo esa delicadeza y paciencia en el trato con
estos hermanos débiles en la fe para ir fortaleciéndoles. Y puede fortalecerles
porque Pablo de Tarso previamente, en esas confidencias de intimidad llenos de
secretos compartidos con Jesucristo, fue fortalecido para dar testimonio
valiente del Señor hasta poder dar la sangre por Él. Cuando uno está con
Jesucristo nos sucede lo mismo que al leproso del Evangelio (EVANGELIO, Mc 1, 40-45) que uno reconoce su pecado,
le duele su pecado, llora por su pecado, se arrepiente de su pecado, implora
perdón por su pecado, y el Señor Jesús nos dice «quiero, queda limpio»,
rompiéndonos esa cadena que teníamos atada en el cuello por Satanás, ya que
éramos sus esclavos, para pasar a ser hijos libres de un Dios que nos ama y nos
envuelve con sus alegres cantos de liberación.
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Palencia, España - 11 de febrero de
2018
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domingo, 4 de febrero de 2018
Homilía del Quinto Domingo del Tiempo Ordinario,ciclo b
QUINTO
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b
Dios
conoce nuestra debilidad y de nuestros pecados. De nuestra debilidad en cuanto
a la enfermedad y a todo aquello que nos hace sufrir y del modo de cómo lo
afrontamos. De hecho hoy la Palabra nos presenta a un Job de lo más pesimista.
Está atravesando momentos muy duros de dolor y de prueba. Es más, Job está en
medio de la prueba: un hombre de conducta intachable, que poseía siete mil
ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, seiscientas asnas, gran
cantidad de criados, y tenía a una esposa con siete hijos y tres hijas. Y de la
noche a la mañana pierde todo cayendo en la más de las absolutas de las
miserias. Y encima su salud se empezó a resquebrajar con una llaga maligna
desde la planta de los pies hasta la coronilla que le hacía sufrir lo que no
está escrito. Job está en medio de esta gran prueba del dolor: Arruinado y
enfermo.
Se
podría pensar, que como uno cumple con Dios, que reza, que hace limosna, ayuna…
pues como que Dios tiene la obligación de protegernos de estos males. Tratamos
a Dios como una especie de seguro que garantice nuestro bienestar. De hecho hay
gente que, ante una desgracia nos dice: ¿Dónde está tu Dios ahora? Mucho ir a
Misa y ahora te has quedado en el paro, o ese hijo te ha salido drogadicto, o
tu esposa o tu esposo se ha ido con otro, tienes que estar soportando a tu
padre o a tu madre cuando tus hermanos se han desentendido de ellos… Es el
momento de la prueba. Y el autor del libro de Job, que era un gran sabio, se
asoma al mundo que nos rodea para observarlo en profundidad y recurre a tres
oficios duros y difíciles: la vida como un servicio militar que lleva añeja una
disciplina inhumana; el esclavo que trabaja de sol a sol en condiciones
lamentables; y como el jornalero que aspira al final de la jornada para recibir
el salario y descansar como en un oasis. De hecho muchos viven así y no son
capaces de abrir los oídos a aquello que Dios les está diciendo para que se
puedan salvar y vivir. El Demonio se ha obcecado/empeñado en que nosotros no
aceptemos nuestra propia historia. El Demonio quiere que renegamos de la historia
de salvación que Dios está haciendo con cada uno, argumentando que Dios no sabe
lo que necesitamos y que Dios nos da lo que él quiere y no lo que nosotros
queremos. Nos dice, ¿dónde está tu Dios ahora que tu esposa se ha ido con otro?
¿Por qué no buscas tu propia satisfacción, tu propio desahogo y te buscas a
otra y retomas tu vida? ¿Es que acaso no tienes derecho a hacerlo? A lo que el
Demonio se aprovecha de nuestra debilidad en medio de las adversidades para
poder ‘sacar tajada’ y nosotros picamos el anzuelo con gran facilidad.
Buscamos
y buscamos mal porque deseamos que Jesucristo nos solucione nuestros problemas
y que nos quiete esa cruz que tenemos sobre nuestras espaldas: esa hipoteca de
la casa, esa enfermedad que nos atormenta, esa esposa o esposo infiel, esa
adicción al alcohol o a las drogas, ese afán de tener y tener cosas que te roba
todo el tiempo de estar con los tuyos y de cumplir con las demás obligaciones…
cada cual tiene su propia cruz. Pedimos y pedimos mal porque deseamos que se
nos quite esa cruz pesada sobre nuestras espaldas. Nos dice el Evangelio que «la
población entera se agolpaba a la puerta». Se agolpaban a la puerta porque
ellos querían quitarse del medio esa enfermedad, esa dolencia, esa marginación…
El Demonio nos plantea hacer un chantaje a Dios para que cambie los planes de
Dios para nosotros. El Demonio nos mal aconseja susurrándonos al oído que obliguemos
a Dios a que cambie nuestra historia, que cambie aquellos planes que Él tiene
para nosotros porque no queremos sufrir. El Demonio sabe que si aceptamos
nuestra cruz nos vamos a salvar. Y el Demonio esto no lo va a permitir. Mas la
Palabra nos exhorta con voz potente: «No tentarás al Señor tu Dios». No podemos
obligar a Dios a cambiar nuestra historia en beneficio propio. El Diablo nos
dice que Dios no nos quiere, y que el sufrimiento que tenemos es absurdo, que
es un sinsentido que lo podemos evitar sin tener repercusiones ni efectos
secundarios. Esto nos dice el padre de la mentira. El Diablo lo que no quiere
es que descubramos la verdad. Y la verdad es que Dios ha permitido algo en tu
vida para permitir un encuentro con Él. Los apóstoles decían a Jesús «todo
el mundo te busca», pero buscaban mal. Muchos eran los que apretujaban
a Jesús cuando iba por las calles y notó que una mujer le había tocado con gran
fe el borde de su manto. Era aquella mujer que sufría hemorragias desde hacía
doce años. Ella aceptaba su historia y
quería del Espíritu del Señor para poder llevar aquella cruz tan pesada. O que
ciego sentado al borde del camino, Bartimeo, el hijo de Timeo, que al sentir
que Jesucristo pasaba por allí empezó a gritar a pleno pulmón: «¡Jesús, hijo de
David, ten compasión de mí!». A lo que el Señor se paró ante él y le preguntó
que qué quería. ¿Qué le pediríamos nosotros al Señor? Le pediríamos su Espíritu
Santo para tener el don del discernimiento
para poder aceptar el dolor y aceptar todo el sufrimiento de nuestra historia como
un acontecimiento para nuestra salvación. Recordemos que el Señor es el único
que sana los corazones destrozados, tal y como hemos rezado en el Salmo
responsorial.
Jesucristo anda
sobre las aguas del lago, en aquella noche oscura mientras los apóstoles
estaban muy lejos de la orilla con su barca, sacudida por las olas. El mar, aquel
lago que representa nuestro dolor, nuestras preocupaciones, nuestras
pesadillas, todo el sufrimiento interno y externo, todo lo que nos genera
muerte…y Jesús andando sobre todo ello, andando sobre el agua. Y andando de
noche, cuando todos los espíritus del mal andan sueltos, cuando la maldad se
incrementa y todos se aprovechan por la oscuridad. Jesús anda en medio de
nuestra noche para velar por nosotros, para cuidarnos, para conducirnos ante el
Padre, para convertir la noche en tiempo de salvación. Y se acerca andando a la
barca, sobre el lago y en plena noche cerrada. Los apóstoles muertos de miedo
porque creían ver un fantasma, porque esa situación de dolor les estaba
superando, porque esa infidelidad conyugal ha herido casi mortalmente el matrimonio,
porque ese hijo drogadicto está matando a disgustos a sus padres…todos muertos
de miedo porque creían ver un fantasma. Mas el Señor nos dice: «No temáis, soy
yo». Y Pedro le respondió: «Si eres tú, mándame ir hacia tí», a lo que el Señor
le contestó: «Ven». A lo que cada uno de nosotros le decimos al Señor: En mitad
de mi dolor, de mis preocupaciones, de mi enfermedad, de mi muerte, de mi
pecado, de las preocupaciones y sufrimientos familiares y personales…en medio
de nuestro mar… el Señor nos dice: «No temáis, soy yo». A lo que nosotros le
suplicaremos: si eres tú Señor, mándanos ir hacia ti… porque contigo Señor, «la
tiniebla se convierte en luz y lo escabroso en llano» (Is 42, 16).
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sábado, 27 de enero de 2018
Homilía del Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario,ciclo b
HOMILÍA DEL CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B
San Pablo hoy ‘viene fino’. Dense cuenta de lo que nos
dice: «el casado se preocupa de los asuntos del mundo,
buscando contentar a su mujer, y anda dividido», y «la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido». Es decir, ¿San Pablo nos está diciendo acaso que
pasemos por tontos y bobos dando la razón a la otra persona cuando no la
tiene?, ¿nos está diciendo que contentemos al otro cónyuge cuando sabemos de
antemano que es una guerra perdida? Llegaría un momento en que uno viviría en
tal sobre tensión de nervios y debería de medir tanto las palabras y lo que uno
hace para que el otro no se enfadase o no se molestara por cualquier cosa –y en
la convivencia se dan muchos nublados- que el estar con el otro y estar siendo agujerados a pinchados con el tridente del Demonio
serían la misma cosa. Parece que San Pablo no llega a entender el sufrimiento
interno que han de experimentar los cónyuges en el particular purgatorio de su
vida matrimonial.
Sin embargo San Pablo nos entiende a la perfección. Él, en su carta a los
Corintios [SEGUNDA
LECTURA, 1Cor 7,32-35] nos deja bien en claro que la vida sin Cristo
es como un cocido madrileño sin garbanzos ni verduras, ni carne, ni tocino, ni
chorizo… solo agua de borrajas. Por eso San Pablo nos dice que «os
digo todo esto para vuestro bien; no para poneros una trampa, sino para
induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones».
San Pablo, que conoce muy bien la realidad de este mundo, nos avisa del grave
peligro que corremos los cristianos cuando nos centramos en las preocupaciones
de este mundo y nos olvidamos de la dimensión trascendente de la vida. Porque
el mundo y sus preocupaciones tiran de nosotros y con mucha fuerza y a veces
nos termina atrapando. Da la impresión de que tenemos tiempo para todas
nuestras cosas menos para las cosas de Dios. La oración con la Palabra de Dios, el rezo con los Salmos, en
encontrarnos con Cristo en las hojas del Evangelio nos ofrecen la dosis de Espíritu Santo necesaria para afrontar la
jornada como hijos de la luz, con lucidez, con discernimiento. Cuando a un coche se le acaba el combustible
nos vamos a repostar a la gasolinera, pues nosotros para hacer frente a los
desafíos de la jornada nos vamos a repostar en la oración para poder tener las
dosis de Espíritu Santo necesarias para avanzar como hijos de Dios. Ya se
encargará Satanás de intentarnos desviar y de engañarnos para que nos acudamos
a repostar esa dosis de Espíritu Santo en la oración. Además Corinto tenía fama
de ser una ciudad libertina y ser cristiano en un contexto de relajación de las
costumbres, de conversaciones barriobajeras, de escaso o nulo pudor, es algo
muy complicado. Ser cristiano ahí es una dura lucha por ser fiel a Cristo. Ese
Corinto libertino es nuestra sociedad actual.
San Pablo sabía que si él hubiera estado casado no podría
haber trabajado de la misma manera en la predicación y en la fundación de
comunidades, con desplazamientos, persecuciones e incomprensiones por el
anuncio del Reino de Dios. San Pablo era de todos porque era únicamente de
Cristo. Ahora bien, el Señor que concede la vocación a cada cual, en la
vivencia de esa vocación matrimonial otorga la gracia de estado a los cónyuges
para que formando esa comunidad de vida y de amor se anuncie y ame a
Jesucristo, siendo así esa Iglesia doméstica de la que tanto nos hablaba San
Juan Pablo II.
En el libro del Deuteronomio [PRIMERA
LECTURA, Dt 18, 15-20] ya nos estaba
hablando de la fuente de la que procede y mana el discernimiento. El discernimiento procede de la
comunicación directa con Dios y de la transmisión de su Palabra. Dios ha
tenido a bien en constituirnos en templos del Espíritu Santo para que fuésemos
sacerdotes, profetas y reyes. El contacto diario y frecuente, ese ir a repostar
diariamente el Espíritu Santo en la oración nos va moldeando una mente y un corazón
conforme a la mente y al corazón de Cristo, para que adquiramos una vida más
concorde con la Alianza que Dios hace tanto contigo como conmigo. Por eso el
Salmo Responsorial nos lo recalca [SALMO RESPONSORIAL, Sal 94, 1-2.6-7c.7d-9]: «Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis en corazón
como en Meribá, como el día de Masá en el desierto». El que tiene el oído en taponado y el corazón
endurecido no dispone de discernimiento porque no escucha a Aquel que se lo
proporciona. De Dios procede todo discernimiento y toda la sabiduría. De tal
modo que viendo cómo uno actúa sabremos si cuida o no esa vida de oración.
Y en la medida que vayamos diariamente a por esas
dosis de Espíritu Santo para poder disponer de discernimiento y fortaleza cristiana,
podremos contar en nuestra particular lucha contra nuestro pecado con un gran
aliando, con Jesucristo; el cual a nuestro lado en esta particular
batalla, gritará con voz potente en
nuestra alma [EVANGELIO, Mc 1, 21b-28]: «Espíritu inmundo, cállate y sal fuera de él», y así derrotar a Satanás para ser totalmente de
Jesucristo.
28 de enero de 2018
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viernes, 5 de enero de 2018
La homilía de la Epifanía del Señor, 6 de enero 2018
LA EPIFANÍA
DEL SEÑOR,
6 de enero 2018
Nuestra
vida entera está marcada principalmente por nuestros amores, por las personas
concretas a quienes amamos, y entre ellas, nosotros contamos con Dios, que como
es Dios, marca de manera singular y total todos los recovecos de nuestra
existencia.
San
Juan de la Cruz dice: «Hay almas que se revuelcan
en el cieno, como los animales que se revuelcan en él, y otras que vuelan, como
las aves que en el aire se purifican y limpian» (Dichos de amor y luz, 98). Nuestras vidas están
marcadas por nuestros amores, pero hay amores que no son tales, sino focos de
infecciones. El corazón tiende a buscar lo fácil, evitando el sacrificio y la
renuncia, descuidando el amor auténtico, valioso y primero.
Conozco
a matrimonios que ambos viven en lugares distanciados con la excusa de tener un
futuro mejor, ganar más dinero para pagar la casa y buscar una mayor promoción
en su puesto de trabajo para así tener un estatus social que beneficiara a su
familia… se han ido temporadas fuera de su hogar y el uno se ha terminado encaprichando
con una y la otra ha ido buscando fuera lo que el otro ausente no le estaba
dando. A simple vista ¿quién podría decir que este acto altruista y de amor por
su familia iba a ser el detonante de su propia destrucción? O ¿qué decir de ese
cura que se le ve muy entregado a sus feligreses, que hace muchas cosas por los
demás pero que se abandona a alguna feligresa, al alcohol o a alguna adicción por
no dejarse amar por Dios en medio de su soledad? O ¿qué decir de esa persona
ilustre, seria, adinerada, respetada, de
misa diaria, entrada en años que en vez de asumir las limitaciones de la edad y
no verse como un pobrecillo arrinconado en una residencia de ancianos convence con
la promesa de su dinero a una jovencita sin recursos para tenerla como compañía
y desahogo de sus bajas pasiones? Realmente hay almas que se revuelcan en el
cieno. Nuestra alma está marcada principalmente por nuestros amores.
Pero
hay ‘otras almas que vuelan, como las aves que en el aire se purifican y
limpian’. Los Magos de Oriente buscaban a Jesús para adorarle, reconociéndole
así como Dios. Los Magos de Oriente eran de estos que vuelan, que se purifican
y se limpian porque han descubierto el gozo de vivir en la Verdad, de sentirse
capaces de amar porque reciben previamente el amor de Dios; de acoger porque previamente
están siendo acogidos por Dios; de mostrar con los hechos lo que es realmente
lo importante en sus vidas. De tal forma que allá donde reinaba la oscuridad en
sus vidas –por desórdenes en el afecto, por apego al dinero, por la lucha
encarnizada por sobresalir y destacar sobre los demás, por la búsqueda del
confort y de la comodidad, por la pereza instalada y acomodada donde ‘nadie te
puede decirte nada’…- donde todo este caos es iluminado por Cristo y Él nos va
mostrando como cuando uno lucha contra eso, uno es más feliz porque tiene muy
de cerca a Dios. Y la oscuridad abunda, puede ser el abuso del alcohol que te
impide hablar con tus seres queridos porque uno ‘va cargadito’, puede ser el
juego con la que uno malgasta el dinero para poder comprar la comida y pagar
las factura y que genera que no haya pan sobre la mesa; el aislarse ante la
televisión para no dialogar con nadie…y en muchos más momentos donde la
oscuridad tiende a prevalecer. Pero cuando Cristo nos ilumina, como aquella
estrella a los Magos de Oriente, donde había silencio se convierte en
conversación; donde había rencores en reconciliación; donde había soledad en
compañía; donde había egoísmo en desprendimiento; donde había mis intereses
primero en el otro que sea el primero… todo cambia, todo mejora, todo reverdece
y todo, con Cristo, resucita.
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lunes, 1 de enero de 2018
6 - Los magos buscan a Jesús.
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