sábado, 11 de marzo de 2017

Homilía del Domingo Segundo de Cuaresma, ciclo a

HOMILÍA DEL DOMINGO II DE CUARESMA, Ciclo A
Avanzamos movidos por una promesa. Una promesa cuya realización no es inmediata ni exenta de dificultades. De tal modo que uno puede llegar a pensar que mencionada promesa sólo son palabras, sólo se queda en humo. Corriendo el riesgo de pensar que esa promesa –de ese tronco que es la promesa, puede tener como una especie de ramas que den respuesta a algunos anhelos que residan en el corazón.
            A esto se suma que las personas nos movemos en las cosas inmediatas: prestamos dinero y deseamos que nos lo devuelvan cuanto antes posible, nos hacen un análisis de sangre y queremos tener los resultados casi al instante, pedimos algo y deseamos tenerlo muy pronto. Somos muy impacientes. Resulta que el Señor le dice a Abrán: «Haré de tí una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición». Nos dice que Abrán creyó en la promesa y esto lo selló dejando su tierra y su parentela. El tiempo pasaba y los años iban pesando tanto en Abrán como en Saray. Parece que esa promesa no es a medio ni a corto plazo, sino más bien que mencionada promesa se realizará a largo plazo. Y la impaciencia se hace presente. Los silencios de Dios pueden llegar a ser muy largos. Y en medio de estos silencios de Dios, Jesucristo nos invita a la oración; nos dice que insistamos, que seamos tan pesados, tan pelmas como aquella persona que va a la casa de su amigo, de noche y a horas muy intempestivas, para pedirle comida por una visita inesperada.
            Me viene a la mente aquel pasaje bíblico, donde el profeta Elías se lo pasó a lo grande riéndose de los  profetas de Baal (1 Reyes 18, 27) en el monte Carmelo, para demostrar al pueblo que Yahvé es el único Dios. Mientras los 450 profetas de Baal estaban desgañitándose, allí danzando torno al altar, haciéndose incisiones con cuchillos y lancetas, chorreando sangre desde la mañana hasta el mediodía. Y Elías, él allí solo, pasándolo en grande –sólo le faltaba las pipas y unas palomitas-. Elías les estaría diciendo cosas como: ¿habéis cambiado las pilas a los audífonos de Baal?.  Cuando los profetas de Baal terminaron por agotamiento, es entonces cuando Elías restauró el altar de Yahvé que estaba demolido, tomó las doce piedras, dispuso todo para el holocausto, clamó a Yahvé y Dios le respondió rápidamente  y con gran potencia. Pero en el fondo, Elías sabía que, al estar en clarísima desventaja por el número (ellos 450 y él uno) y que no contaba con el respaldo ni el apoyo de la gente, porque ellos ante su pregunta “si es Yahvé es el Dios, seguidlo; si Baal lo es, seguid a Baal”, ellos guardaban silencio. Elías solo ante el peligro. Y Dios le dio toda la razón al realizar tan grande prodigio.
            Pablo, que tiene mucha experiencia de los sufrimientos que conlleva anunciar a Cristo, alienta a Timoteo. Pablo sabe que vivir en el espíritu de Cristo supone rechazo por parte de las tendencias demoníacas reinantes en el mundo.  
Por eso Pablo recuerda a Timoteo la promesa de que Cristo también va a destruir su muerte y hará brillar la vida por medio del Evangelio. Timoteo, en esos momentos tendría dificultades de disciplina en su comunidad, muchos quebraderos de cabeza, hermanos que se habían complicado en los negocios mundanos poniendo a las comunidades en situaciones delicadas. Se estaría encontrando con una serie de vicios y de deberes complejos. Y Pablo le alentaba con sus recomendaciones pastorales, con sus testimonios existenciales, con su cercanía y con el poder de la oración. Timoteo conoce la promesa, pero en esos momentos, no dispone de la realización de mencionada promesa. Le toca dar testimonio de nuestro Señor Jesucristo en medio de la dificultad y del cansancio reinante. Y como hizo Abrán, Timoteo también responde al Señor como tiene que responder un hombre de fe.
Estoy seguro que tanto a Timoteo, como a Pablo que en esos momentos estaba prisionero por anunciar a Cristo, como a tantos cristianos que viven su fe en medio de la persecución y del desprecio de los demás, estarían sumamente gozosos de poder contemplar aquel acontecimiento sobrenatural acaecido en aquel monte alto donde Pedro, Santiago y Juan fueron testigos. Allí, si pudiéramos contemplar ese anticipo de lo que nos espera, podríamos recargar totalmente nuestras fuerzas y reafirmar nuestra esperanza sin temer lo más mínimo que los hombres nos mataran o a la enfermedad que nos asedia.

Lecturas:
Gén 12, 1-4 a
Sal 32
2 Tim 1, 8b-10

Mt 17, 1-9

domingo, 5 de marzo de 2017

Homilía del Domingo Primero de Cuaresma, ciclo a

DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA, Ciclo A
            La Palabra de Dios de hoy nos plantea una seria cuestión: ¿Cómo te comportas cuando estás experimentando tus propias limitaciones y escasez de fuerzas? Jesucristo hoy se encuentra en una situación límite: cuarenta días con sus cuarenta noches sin comer. El número cuarenta que nos recuerda los cuarenta años que el pueblo de Israel pasó por el desierto; nos hace pensar en los cuarenta días que Moisés se pasó en el monte Sinaí, antes de que pudiera recibir la palabra de Dios, las Tablas sagradas de la Alianza; se puede recordar el relato rabínico según el cual Abrahán, en el camino hacia el monte Horeb, donde iba sacrificar a su hijo Isaac, no comió ni bebió durante cuarenta días y cuarenta noches, alimentándose de la mirada y las palabras del ángel que le acompañaba.
            Los Padres han visto también en el número 40, el número cósmico, el número de este mundo en absoluto: los cuatro confines de la tierra engloban todo, y el diez es el número de los mandamientos. Que sería tanto como la expresión simbólica de la historia de este mundo.
            Jesús al estar esos cuarenta días en el desierto, es como si él recorriese de nuevo todo el éxodo de Israel, con sus errores y desórdenes de toda la historia. Los cuarenta días de ayuno abraza el drama de la historia que Jesús asume en sí y lleva consigo hasta el fondo.
            Jesucristo pasando hambre esos cuarenta días está abrazando tu propio drama personal. Tu sufrimiento lo está asumiendo como propio.
            a) La tentación primera, la del PAN: Cuando hay algo que no sale como nosotros queremos lo que hacemos es murmurar. Cuando nos asedia la precariedad, las situaciones de estrecheces económicas o de achaques por la enfermedad, es cuando murmuramos. Porque no tenemos esa seguridad y el pan representa a esa seguridad, el tener el estómago lleno. He oído decir a mucha gente, para excusar su asistencia a la Eucaristía, que 'primero está la obligación y luego la devoción'. El mundo te dice que primero te asegures tus cosas y luego, si se puede y te apetece, van las cosas de Dios. Los reveses de la vida -la pérdida del trabajo, el pago de la hipoteca que apremia, percances de salud y dificultades añadidas- hacen que nos pongamos muy nerviosos y nos sentimos débiles. Y en medio de esa debilidad el Demonio nos ataca y  te dice al oído:  «¿Ves como Dios no sabe lo que necesitas? ¿te das cuenta cómo Dios no te da lo que te conviene?, eso es porque no te quiere». Y el Demonio te ofrece la solución: gratifícate en la sexualidad, en la droga, etc., porque así podrás ir sobrellevando la precariedad en tu vida.
            b) La tentación segunda, la de la HISTORIA: Nos pasa igual que al pueblo Judío en Masá y en Meribá. Las dificultades empiezan a apretar, se dan hechos concretos en tu vida que no aceptas ni estas dispuesto a asumir -la muerte de un familiar, la pérdida de una fortuna, el accidente de un ser querido, la enfermedad…-.
            Allí en el desierto, y el pueblo empieza a revolverse, a criticar, a reñir, a protestar. No queremos caminar más a no ser que Dios se nos manifieste. Estamos echando de menos las cebollas y los ajos de la esclavitud, o sea, que estamos echando de menos la vida del hombre pecador, con sus lujurias y desenfrenos, con sus vida perdida y empecatada. Y protestamos como en Masá y en Meribá. Y como nuestra historia no nos gusta nos refugiamos en nuestro pecado. Queremos poner a Dios a nuestro servicio, para nuestros caprichos y por eso renegamos de nuestra historia. Sin embargo nos olvidamos de que Dios ha permitido algo para poder tener, ahí mismo, un encuentro con Él.
            c) La tentación tercera, la de los ÍDOLOS: Moisés es llamado a lo alto del monte Sinaí para recibir las Tablas de la Ley. Al tardar, el pueblo se hizo un becerro de oro, símbolo del poder y de la fecundidad. El éxito y el poder lo da el dinero. Nos pervierte la mente y el entendimiento porque deseamos tener a Dios cerca para que todo nos marche bien, los negocios, con la familia; y a si a uno las cosas le van mal, pues reniegan de Dios. El mundo tiene una mentalidad mezquina  de tener todo garantizado y poner las columnas de nuestras vidas en cosas que consideramos sólidas, pero que no nos permiten vivir en la verdad. Cristo no tiene dónde reclinar la cabeza, y nosotros que somos sus seguidores, pues debería de ser igual. Porque, de otro modo, cualquier cosa que atente o ponga en peligro mis 'seguridades' o 'ídolos' no dudaré en aniquilarlo. Que los inmigrantes nos roban el trabajo, pues cerramos las fronteras; que queremos asegurar a todo trance la seguridad, pues expulsamos a los que puedan ser sospechosos por su procedencia; que no queremos que nadie cuestione nuestra forma ideológica de pensar, pues hacemos leyes que les opriman, les persigan para hacerles callar y que terminen desapareciendo.
            Y Cristo dijo no a estas tres tentaciones para que nosotros aprendiésemos a vivir en la Verdad.







sábado, 18 de febrero de 2017

Homilía del Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a–19 de febrero 2017
Empieza la primera lectura de hoy diciéndonos algo que es cotidiano para la vida de cualquier cristiano, aunque –por desgracia- no nos demos cuenta: «El Señor habló así a Moisés». Dios nos habla todos los días a cada uno de nosotros. De un modo muy evidente lo hace cuando la Palabra de Dios es proclamada en la Asamblea. 
El Señor nos pone en algunas circunstancias para que –a pesar de nuestra ceguera espiritual- nos demos cuenta de cómo Él siempre actúa. Nos pone un ejemplo, Jesucristo nos dice «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen». Esto desconcierta a cualquiera. Realmente es pedir en demasía, es algo humanamente imposible. Sería tanto como pegar un salto de un lado del acantilado al otro, estando separados a mucha distancia habiendo un precipicio entre medias.
Algo en nuestra vida cristiana no cuadra: Decimos que nos fiamos de Dios pero no terminamos de abandonar nuestras propias seguridades. Algunos pueden decir que ellos no tienen seguridades. ¡Ya, ya!: El tener una familia que te acoja cuando las cosas no te van bien o has perdido el empleo, el tener una cuenta de ahorros con dinero para poder usarlo en un ‘por si acaso’, un seguro de vida por si hiciera falta hacer uso de él, el asegurarte un bien puesto de trabajo para tener una estabilidad económica y social, etc. Y eso de amar a nuestros enemigos, eso es muy exigente. Porque en el fondo amar a nuestros enemigos es un acto de profunda humillación. Satanás te está todo el rato diciéndote al oído: «no seas tonto, no te dejes pesar, defiéndete ya que tú tienes toda la razón, ni se te ocurra humillarte ante ese prepotente, no permitas que el otro pueda quedarse como vencedor». Y realmente puede ser que uno tenga la razón en alguna cosa,  pero tan pronto como entra en escena Satanás todo queda envenenado. La batalla que uno ha de afrontar no está en lo que tu hermano ha hecho o dejado de hacer, sino en tu interior en esa soberbia que se revuelve o en ese orgullo que está hay haciéndose notar.  Mi enemigo, tu enemigo no está fuera, sino dentro.
Lo que hace impuro al hombre no es lo come- se alimenta en la mente o en el cuerpo-, sino todo aquello que sale de él. Cristo aceptó la grandísima humillación de ser contado entre los pecadores y ser crucificado. Seguramente que llamaría poderosamente la atención a Poncio Pilato y a Herodes el hecho de que Jesús de Nazaret tuviese una mirada serena y un rostro en profunda paz aunque estuviese sufriendo en su carne lo que no está escrito. Y al aceptar ese camino de humillación nos abrió las puertas del Reino de Dios. Dense cuenta de cómo el mismo Satanás no se cansaba de tentar a Jesucristo incluso estando clavado en la cruz: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a tí mismo y a nosotros!» (Lc 23, 39). También le decían: «A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, que el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos» (Mc 15, 32). Y Cristo respondió con palabras de bendición: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). E incluso le dijo al buen ladrón: «En verdad te dijo, hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).  Hasta el punto que el centurión, al ver lo ocurrido allí al pie de la cruz, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo».
Esta muy claro que ante los ojos de aquellos que vivan bajo los auspicios del mundo pasaremos por tontos y bobos. ¿Y por qué lo hacemos de este modo? Porque el Señor nos ha ido dando razones y pruebas, más que de sobra, que nos aseguran que Dios nunca abandona a aquellos que se acojan a Él. ¿Acaso el cuerpo de Cristo se quedó pudriéndose en aquel sepulcro escavado en la roca? ¿Acaso María Magdalena y aquellas mujeres que fueron muy de mañana al sepulcro llevando los aromas para embalsamar el cuerpo de Jesús pudieron hacerlo? ¿Acaso pudieron embalsamar su cuerpo? No pudieron embalsamar el cuerpo de Cristo porque su cuerpo no estaba allí. La fuerza de la resurrección había desplazado la roca que tapaba la entrada al sepulcro, los sellos (cfr. Mt 27, 66) que pusieron en la piedra para asegurarse que nadie robase el cuerpo saltaron por los aires como si hubiera habido una potente explosión fruto de la intervención directa del mismo Creador, resucitándolo de entre los muertos.

Dense cuenta de lo que suele pasar en nuestros pueblos, tantas familias que no se hablan con otras, o incluso entre los miembros de la misma familia que ni se saludan por motivos de herencias, de malos entendidos, de heridas del pasado sin cicatrizar. Satanás contemplando este espectáculo se brota las manos y lo goza. Pero si un cristiano se deja llevar por el Espíritu Santo, se humilla, pide perdón –aunque los demás no quieran acoger ese perdón que uno le da-, muestra su deseo de amar sellándolo con la oración, «Señor no nos tengas en cuenta este pecado»; es entonces cuando Satanás se empezará a poner muy nervioso y se revolverá con ira ya que nuestra alma se aleja de sus garras para acercarse a la luz de la salvación. 

sábado, 11 de febrero de 2017

Homilía del Domingo Sexto del Tiempo Ordinario, ciclo a

DOMINGO SEXTO DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo a
            Durante muchos años estaba convencido que ser cristiano consistía en cumplir la Ley, rezar y asistir a la Misa. E incluso uno se sentía 'satisfecho' porque se encontraba como 'en condiciones' de pedir -o exigir- cosas a Dios porque para eso uno 'se portaba' bien con Él ya que, prácticamente la mayoría, pasaba totalmente de la Iglesia o de los asuntos de la fe. A todo esto se sumaba que tampoco los que acudíamos al culto captásemos el hecho de que la fe fuese un motor que bombease en el modo de proceder que veíamos en los que tenían que ir por delante de nosotros. Es verdad que les veíamos rezar, que eran educados, pero algo fallaba. A modo de ejemplo: es como si una pareja de novios se hubieran acostumbrado a estar juntos pero sin la chispa del enamoramiento mutuo.
            Hace pocos días me encontré con los padres de una muchacha que suele ir a las peregrinaciones a Lourdes que me decían que su hija tenía mucha fe porque asistía siempre a la oración semanal en la parroquia. A lo que pensaba en mi interior, ¿esa fe únicamente se manifiesta acudiendo a esa oración? Satanás es muy zorro. Nos engaña con gran facilidad. Nos hace creer que podemos seguir a Cristo sin renunciar a nuestros ídolos. Nos hace creer que ser buenos cristianos y dejar las cosas de nuestra vida tal y como están son cosas compatibles.  Tantos años pensando de este modo han ido creando cristianos con importantes minusvalías tanto en su propia fe como en el modo de trasmitir esa fe a las generaciones siguientes.
            Hay una dolorosa tradición china del vendados de pies. Las mujeres sufrían un dolor inmenso con tal de tener un pie pequeño, de tal modo que quedaban deformes. Esto es lo que hace Satanás con nuestra alma. Y como este ser cornudo, con rabo y tridente nos tiene tan engañados porque nos sigue seduciendo con lo fácil y nos dice lo que queremos escuchar. El Demonio es como esa araña de grandes proporciones que nos va atando, rodeando y vendando con su particular tela. Nos domestica y nos convence diciéndonos que 'todo va bien en tu vida'. Es nuestro faraón de Egipto que no quiere que nada cambie.  A lo que la Palabra de Dios sale a nuestro socorro.
            El apóstol San Pablo ha adquirido una visión sobrenatural de la realidad porque Jesucristo es su único amor. Es capaz de dar a cada situación su tratamiento justo, de tener la palabra oportuna y el gesto acertado. Nos dice el apóstol: «Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo». Pero claro ¿cómo podemos escuchar y hablar en esa sabiduría? Está muy claro que para escuchar esa sabiduría de Dios uno tiene que empezar a coger las tijeras para ir cortando esa tela de araña que te tiene apresado y enrollado. Porque hay cosas en tu vida que están coartando tu libertad, que te impiden amar como quisieras o aceptarte como deberías hacerlo. Pero ten cuidado, porque con el Demonio pasa lo mismo que con los jabalís heridos, que se vuelven muy violentos y te atacan. El Demonio no dudará en atacarte en tu particular talón de Aquiles tan pronto como le lleves la contraria. Y todos sabemos cuál es nuestro talón de Aquiles que haría que todo podría quedar desestabilizado.  De ahí la importancia de tener el talón protegido con el calzado de la obediencia a la Palabra y llevarla adonde con nosotros adonde vayamos.




Lectura del libro del Eclesiástico 15, 16-21
Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34 R. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 6-10

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 17-37

sábado, 28 de enero de 2017

Homilía del Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a

DOMINGO CUARTO DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo a
            «Lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder». Estas palabras han sido hoy proclamadas en la segunda lectura. El Señor nos ha escogido para que estemos con Él. Quiere que nosotros seamos miembros de su Pueblo santo. Nos ha escogido pero seguimos en este mundo y en medio de esta sociedad donde parece que todo puede cambiar conforme a los diversos consensos que se puedan dar. Hace unos días en las noticias comentaron que una asociación había sacado unos calendarios cuyos meses acababan en la vocal ‘a’, como para reivindicar el género femenino de los meses: ‘enera, febrera, marza, abrila, etc.’ También contaban cómo el nuevo presidente de los Estados Unidos, Donand Trump con una serie de órdenes ejecutivas suspende la acogida de refugiados y se pretende levantar un muro en toda la frontera mejicana. Parece que lo que importa es dar respuesta a las pretensiones de unos votantes, aunque no sea lo justo.
Resulta curioso pero esta sociedad se rige por una serie de mandamientos mundanos que muy pocos locos nos atrevemos a desafiar –y no siempre. Lo nuestro es ‘buscar al Señor’, el profeta Sofonías ya nos lo indica: «Buscad al Señor, los humildes, que cumplís sus mandamientos». Éste es nuestro programa de vida: Buscarlo y confiar en Él.
En cambio el mundo tiene sus propias reglas y sus propios mandamientos mundanos. Dos de esos mandamientos mundanos son: la mayoría es la que establece lo que es lo correcto y el que es diferente te va a acarrear problemas ya que lo importante es tu seguridad y tu bienestar. Nosotros al ser escogidos de entre la gente somos extraños para el mundo, como dice San Pablo en la carta a los Filipenses: «Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: El Señor Jesucristo» (Fil 3, 20). Y es más, recordemos esa súplica tan entrañable que lanza San Pablo para que sea oída por el Padre en favor de los creyentes en Cristo: «Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su Amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados» (Col 1, 13-14). Es decir, hemos sido escogido y hemos sido trasladados a un reino, pero ¿cómo es posible que estemos trasladados si yo no veo que haya cambiado de lugar? ¿Dónde está el palacio, el trono real, dónde están los dominios y territorios de mencionado reino? ¿Por qué yo no lo veo? Si he sido trasladado ¿por qué no me he movido del mismo lugar? ¿Acaso un traslado no es pasar de un punto ‘A’ a un punto ‘B’?
            El pecado -o sea nuestro particular faraón de Egipto- es el que impide que nosotros no seamos trasladados. Nuestro particular faraón no quiere que nos convirtamos, apuesta de lleno por el inmovilismo y nos afirma que estamos muy bien como estamos, que no cambiemos nada.
            En cambio el Espíritu Santo nos plantea una proyecto de vida que conduce a la Salvación: «El Señor abre los ojos al ciego», reza el Salmo responsorial. Uno es ciego cuando el pecado se hace presente en la propia existencia, por eso nadie puede gloriarse en la presencia del Señor porque somos pecadores y pecamos. Somos indignos siervos suyos y si estamos ante su presencia es porque Él está ejerciendo su misericordia. Es como si el Espíritu Santo, mientras aún caminamos por esta tierra, deseara resucitar nuestra alma y así empezar a vivir desde la fe en Cristo. Es como si desde lo Alto tuviésemos un nuevo nacimiento donde se nos infundiese un discernimiento de las diversas realidades temporales y celestiales. ¿Cómo es posible que nosotros, siendo cristianos de ‘pura cepa’, bautizados a los pocos días de nacer y de familias cristianas no sintamos ese cambio tan importante y radical en nuestras existencias?
            Nuestras parroquias y nuestra diócesis está siendo urgida por el Espíritu a ser esa Patria celestial ya anticipada en nuestra tierra. De tal modo que, cualquiera movido por la curiosidad, pudiera como mirar a través de una cerradura y descubrir la riqueza insondable de aquellos que luchan contra Satanás por vivir desde la fe en Cristo. De tal modo que cualquiera pudiera intuir sobre lo que implica el estar siendo movido por el Espíritu de Dios. Y entonces ¿como es posible que dentro de la Iglesia no se produzca ese traslado? ¿Acaso será que tenemos echada la pesada ancla del pecado en la barca de la Iglesia? Si hemos sido sacados del dominio de las tinieblas ¿cómo es posible que nuestro modo de vivir no cuestione a los demás y no seamos sal y luz? 
            La respuesta siempre lo tiene la Palabra de Dios. Nos dice el Salmo que «El Señor liberta a los cautivos». ¿Y cómo nos liberta? Poniendo ante nuestros ojos la verdad de nuestra vida. Que no somos tan buenos como nos pensamos. Ilumina los ojos de nuestro entendimiento para que descubramos y reconozcamos nuestro pecado. Cristo nos urge a la conversión. Cristo tiene un claro programa para nuestra vida: Razonar, sentir y actuar con criterios que sean consecuencia de una profunda renovación de toda la persona. Las bienaventuranzas van por esta línea: Son el termómetro más preciso para calibrar si nuestra vida cristiana es sociológico –dado y heredado por un ambiente social o familiar- o si está siendo motivo de persecución, de renuncia, de exclusión, de profunda lucha interna por ser fiel a Cristo y ‘un bicho muy raro’ entre los del mundo.
Recordemos que seguimos a uno que fue crucificado y el mundo sólo quiere oír hablar de facilidades y triunfadores.



Lecturas:
Lectura de la profecía de Sofonías 2, 3; 3, 12-13
Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10 R. Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 26-31
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12ª


29 de enero de 2017 

sábado, 21 de enero de 2017

Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a

DOMINGO TERCERO DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo a, 22 de enero 2017
           
            «En otro tiempo el Señor humilló al país de Zabulón y de Neftalí». Zabulón y Neftalí eran dos de los doce hijos de Jacob (Gn 46, 14. 24), cuando huyendo del hambre van a Egipto. Recordemos cómo Dios salvó al pueblo Judío de morir de hambre gracias a José, aquel que fue vendido a unos mercadores por sus hermanos. Estas tribus tenían su porción de tierra, pero ambas sufrieron la invasión del enemigo y la deportación. Tierras que fueron devastadas y entregadas en gran parte a manos de los gentiles.
            Y en medio de esa situación de opresión llegará la luz. Cada uno de nosotros, en nuestra vida, tenemos un particular territorio de Zabulón y de Neftalí que está siendo oprimido por el príncipe de las tinieblas. Sufrimos la invasión del pecado y somos entregados a los brazos de la muerte. En medio de esta desolación generada por nuestro pecado, vamos deambulando de un lado para otro.
            Nos desazonamos porque las cosas no nos van bien; sentimos que las situaciones y las personas se han aliado en contra de uno y nos sentimos víctimas de injusticias: ¿por qué me tiene manía esa persona?; ¿por qué no me habrán promocionado en la empresa con un puesto de mayor nivel y salario?, ¿es que acaso no lo valgo?; ¿por qué mi esposa no me responde con aquel afecto que tenía antes conmigo?; ¿Por qué no encuentro esa ilusión que necesita mi corazón es que  acaso soy menos que esos otros?, etc.  En el fondo somos supervivientes de esa tragedia, porque aunque muy heridos, seguimos dando bandazos de un lado para otro, porque lejos de ir hacia Cristo hemos preferido avanzar movidos por las seducciones de lo mundano. Estamos dando bandazos, oprimidos, hambrientos, ya que nada puede saciar nuestra hambre y la sed.
            Estamos siempre de 'mala leche', cabreados con nosotros mismos y con los demás, renunciando a la historia que Dios quiere hacer con cada uno. Estamos gruñones, protestones, criticones, haciendo juicios a mansalva a diestra y siniestra. Y además, como no queremos hacer frente a nuestro pecado, lo que hacemos es ocultarlo lo más posible en las profundidades de las cavernas de nuestra alma. Además nos disculpamos: 'todos lo hacen, si se quieren por qué no van a vivir juntos, ahora estas cosas son normales, es normal que salgan y beban, déjales que para algo son jóvenes…' Pero sigue estando ahí, y esa herida no se sana, sino que se desangra. Nos pesa demasiado el yugo de nuestro pecado, nos oprime y nos hace estar medio arrastrados en el fango sin poder casi avanzar.
            En esta situación tan lamentable para nuestro ser, Cristo sale a nuestro encuentro y con una simple mirada nos dice: ¿Qué quieres que haga por ti? Su Palabra llega a nuestros oídos, y como si fuera un fuerte soplido de aire frente al vapor de agua que se desprende de una olla en ebullición, se crea por un instante un agujero en mitad de ese vapor para poder ver más allá del fango del pecado de donde estamos inmersos. Y no sólo eso, sino que además el Señor se establece junto a nuestro particular lago -tal y como hizo estableciéndose en Cafarnaún, junto al lago-, junto a ese lago que representa todo lo peor que somos cada uno. El lago, el mar representa la muerte, nuestro pecado, la muerte óntica del ser.   Y se queda el Señor a la orilla de nuestro lago del pecado para ser curados por Él, siempre que lo deseemos. Y si lo deseamos el peso del yugo sobre nuestros hombros va desapareciendo y sentimos el poder de Cristo que descansa sobre su hombro. Cómo nos levanta, cómo nos venda las heridas, cómo nos habla al corazón.
Cristo ha sido coronado como Rey de nuestra vida y con Él somos capaces de establecer los planes conforme a la voluntad del Señor, planes que pueden producir obras de salvación. En el momento en que Cristo asciende al trono esta situación de opresión y pobreza cesa. Esto es fruto de una renovación interior.
            Cristo, en el Evangelio nos dice que «dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí». Permitamos que el Señor se establezca y ejerza su señorío en nuestros particulares Zabulón y Neftalí. Para que Cristo, que es nuestra luz, pueda iluminar intensamente las profundidades de las cavernas de nuestra alma y sanar aquellos pecados que tan escondidos hemos dejado.

Lecturas:
Lectura del libro de Isaías 8, 23b-9, 3
Sal 26, 1. 4. 13-14 R. El Señor es mi luz y mi salvación.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 10-13. 17

Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23