sábado, 12 de noviembre de 2016

Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

HOMILÍA DEL DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
            Hoy al escrutar la Palabra para poder hacer esta homilía me ha venido al a mente a aquellas personas que son referentes en nuestras vidas. Personas, mejor dicho, cristianos que no solamente dicen que se fían de Jesucristo, sino que con su modo de actuar lo van demostrando.
            Nos dice San Pablo en su carta a la Comunidad de Tesalónica que «ya sabéis vosotros cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo» y lo hacen «para darnos un modelo que imitar». Pero claro, cuando uno está en un colegio interno, en un campamento o en una institución o colectivo donde todos sienten o piensan más o menos parecido, te sientes integrado en esa forma de pensar o sentir. Se encuentra uno muy a gusto cuando se está al calorcito de la lumbre de esa particular ‘chimenea’. Hay temas importantes donde no solamente hay consenso, sino que hay firme convicción: el estar abierto a la vida, un noviazgo en castidad, el no apego ni a las riquezas ni a los afectos, la importancia de ir dando pasos para ‘morir a uno mismo’, la necesidad de celebrar la Eucaristía semanalmente con los hermanos, etc. Hay cosas que no se discuten, porque se ven como buenas, necesarias y deseadas.
Pero, ¿y qué pasa con aquellos jóvenes, y no tan jóvenes, que aún viviendo como Cristo desea que vivamos, están sufriendo las fuertes heladas de la secularización? Porque puede ser que influenciados por lo que ellos vean fuera, empiecen a surgir dudas y a cuestionar lo que en un primer momento era una fuerte convicción. El Demonio actúa como las heladas en las hendiduras de las rocas. El agua se cuela por esas hendiduras y al helarse genera una fractura interna mayor en la roca. Porque ya a uno le empieza a costar –dar pereza- ir a la Eucaristía, empiezan a aparecen excusas más o menos elaboradas para ausentarse de la comunidad cristiana y no digamos nada para acudir al sacramento del perdón, etc.
Aparece un chico o una chica que ‘hace tilín’ y resulta que todas las cosas que antes has oído del noviazgo cristiano y de las que estaba más o menos de acuerdo, ahora se pone en crisis absoluta. Es que resulta que en mi matrimonio siempre hemos inculcado principios cristianos y ahora mi hijo o mi hija quiere estar en nuestra casa, con nosotros, pero no acepta los principios cristianos y desea vivir al estilo pagano ‘bajo nuestra techo’. Y ante esto ¿la firme determinación de vivir la fe en el hogar tiene que doblegarse ante la voluntad del hijo o de la hija? ¿No deberíamos de posicionarnos firmemente aunque esto suponga  una salida ‘un poco traumática’ de ese hijo de esa casa? Cuando uno no se encuentra en esa tesitura o en esas situaciones tan delicadas, uno es tan ingenuo ‘de sacar pecho’ y de decir, como dijo San Pedro: «Aunque todos te abandonen, yo  no te abandonaré»; pero claro, cuando uno ve cómo su persona corre peligro, uno ‘cambia de camisa’ tan rápido que se lo saca sin quitar ni los botones.
Es que una cosa es lo que uno cree y otra cosa es ser consecuente con lo que se cree. Y lo que nos pasa es lo mismo que al pueblo judío cuando estaba atravesando el desierto durante esos cuarenta años: muchos esfuerzos y muy pocas gratificaciones inmediatas nos desalientan. Y es aquí cuando entra en escena el Demonio: «¿Cómo es que Dios no os permite comer de ningún árbol del paraíso?» (cf. Gn 3,2); ¿cómo es que Dios permite que lo estés pasando tan mal? ¿Por qué permites que te roben tiempo con esas oraciones y esas reuniones mientras tú podrías hacer otras cosas? ¿Es que acaso necesitas que aún te estén tutelando? Esta es la forma de actuar del Demonio. Sin embargo nosotros tenemos en la mente a aquellos que sí son modelos a imitar, tal y como nos recuerda el apóstol san Pablo: al mismo Cristo, a los Apóstoles, a los catequistas, a los presbíteros (si son fieles a lo que tienen que serlo).
Y estos modelos a imitar nos enseñan a vivir en la verdad, a no contentarnos con admirar la calidad de la piedra y los exvotos del templo. Nos enseñan a no contentarnos o ensimismarnos con los ingresos mensuales que entran en la cartilla de ahorros fruto del trabajo; nos enseñan a no contentarnos con los éxitos profesionales o estudiantiles que uno pueda experimentar; nos enseñan a no sentirnos satisfechos por sentirnos afectivamente correspondidos; etc., sino que seamos capaces de reconocer que si no lo hacemos todo por amor a Dios, todo lo conseguido o adquirido se derrumbará como un castillo de arena en la playa.  
Ese modo de vivir a ser imitado nos remite a una realidad que a pesar de no ser percibida, realmente existe. Fiándonos de esos modelos de vida nos vamos encaminando por las sendas del Espíritu y, poco a poco, Dios nos va desvelando realidades ocultas y vamos adquiriendo tanto las fuerzas como las razones que el mundo ni capta, ni desea aceptar, viéndose privados de la Sabiduría infinita de Dios.

Lecturas:
Mal 3, 19-20ª
Sal 97
2 Tes 3,7-12
Lc 21, 5-19

13 de noviembre 2016 

domingo, 6 de noviembre de 2016

Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C
Hermanos, nos vamos a ir encontrando con muchas personas que se van a mofar de nuestra fe. E incluso esas personas, viendo cómo actuamos los creyentes, nos lleguen a llamar irresponsables por nuestro modo de proceder. No entienden cómo es posible que un matrimonio tenga más de dos hijos, y no digamos si se tiene diez u once. No se entiende cómo un chico con un futuro prometedor se levante para poder discernir su vocación en un seminario o una chica que se levante para poder discernir su vocación en un convento. No se entiende cómo alguien puede protestar porque en el colegio concertado –para recibir una formación religiosa católica- donde acuden sus hijos de primaria, con el beneplácito de las religiosas, se estén dando sesiones de mindfulness (técnicas de meditación para buscar la felicidad, la armonía, la tranquilidad) y se estén dando con una caña de bambú en la frente para hacer meditación budista. Es decir, que les hay tan tontos que les engañan y encima se sienten satisfechos, mientras que los timadores ‘se mueven como pez en el agua’. Quitan a Cristo y ponen a un Buda. ¡Increíble! Y nadie dice nada, porque lo ven normal. Y el que protesta se tiene que armar de paciencia porque le llaman de ‘bicho raro’ para arriba.
Aquella burla que Jesús soportó de los saduceos, también la soportamos aquellos que le seguimos - o por lo menos intentamos- seguirle de cerca. Nosotros no hacemos las cosas por que sí, sino que las hacemos porque nos fiamos de una persona: Jesucristo, el cual está vivo. ¿Y cómo sé que está vivo? Porque tengo experiencia de cómo actúa en mi vida. Nos dice San Pablo en su carta a la comunidad de Tesalónica: «Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada». Y además nos sigue diciendo: «El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno». Cada uno de los presentes sabemos que ‘Dios es un Dios de vivos’ y  no de muertos porque la Palabra se cumple en cada uno. Nos cuenta la Sagrada Escritura cómo Dios sacó con brazo fuerte al pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto. Cómo le condujo por el desierto aquellos cuarenta años. Y sabemos que cuando el Señor le introdujo en aquella tierra prometida para que tomasen posesión de ella, no estaban solos. Había siete naciones más poderosas que los hebreos (cf. Dt 7, 1-2): hititas, guirgasitas, amorreos, cananeos, perizitas, heveos y jebuseos. Cada cual más grande, poderosos y fuertes. Cuando el Pueblo de la promesa llegó a esa tierra prometida no se encontró paz y alegría sin fin. Tuvieron que luchar y bastante, en primer lugar contra las fieras salvajes que les atacaban y después con aquellos pueblos que les daban mil vueltas en poder y dominio. Sin embargo el pueblo judío, con la ayuda de Dios, les fueron venciendo uno a uno. Esos pueblos numerosos y peligrosos tienen para nosotros unos nombres y realidades concretas: la hipoteca del banco, el mantener el puesto de trabajo, la educación de los hijos, esa enfermedad que me está atormentando, esos exámenes duros de la carrera, esa oposición que no termina de salir adelante, etc. Sin embargo, Dios va proveyendo para que salgan las cosas como tienen que salir y salir así victoriosos ante tales feroces enemigos. El pueblo de Israel antes de reconocer a Dios como el creador le entendió primero como el Dios salvador. Y un  muerto no provee, sólo proveen los que están vivos, luego Dios está vivo. Durante el tiempo de la batalla muchos, alentados por el Demonio, intentarán que nosotros ‘tiremos la toalla’. Y cuando un creyente es consciente de la cantidad de cosas que Dios ha hecho por él es entonces cuando tiene fortaleza para testimoniar ante los demás lo que Dios ha hecho con él, y ya no tendrá miedo –o por lo menos tanto miedo- porque sabrá que Dios no es un producto de su mente, sino que es alguien vivo y que actúa, aunque con los ojos de la cara no se le vea. De tal modo que ese cristiano no te responderá la pregunta sobre qué es la fe con el catecismo –modo de preguntas y respuestas-, sino que manifestando su propia vida podrá adquirir una mayor certeza de la existencia de Dios y así poder recobrar las fuerzas ante los ataques que nos vengan del mundo.

Lecturas:
2 Mac 7, 1-2.9-14
Sal 16
2 Tes 2,16-3,5

Lc 20, 27-38

martes, 1 de noviembre de 2016

Homilía de la Solemnidad de Todos los Santos, año 2016

DÍA DE TODOS LOS SANTOS 2016

Homilía del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, Ciclo C

HOMILÍA DEL DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

            No se si a ustedes le sucederá, pero a mí a veces. Hay días que cuando escruto –rezo con la Biblia- la Palabra me sucede como aquel que ha quedado en parada cardio-respiratoria y es sometido a una reanimación. Sólo consigo entender lo que significan las palabras pero no puedo ir más allá, no consigo sacar nada. Quedo como en parada cardio respiratoria. Y muchas veces gracias a la constancia y lucha por la vida de ese paciente se le consigue traer de nuevo al mundo de los vivos; pues conmigo tienen que insistir mucho porque la lectura del electrocardiograma a veces es plana cuando escucho la Palabra. ¿No les sucede a ustedes que escuchan la Palabra de Dios y a veces no les dice ‘ni fu ni fa’? Y muchos hermanos suelen decir que la Palabra ‘no les dice nada’ porque ‘están fríos en la fe’ o ‘débiles en la fe’. Aunque lo más sorprendente –por lo decepcionante que puede llegar a ser- es cuando uno se encuentra algún cristiano, que con cara de profunda extrañeza va y te pregunta: «¿Que me estas contando? ¿Te has fumado algún porro? ¿O es que has saqueado el mini bar del salón de tu casa? ¿Dices que la Palabra de Dios tiene algo de especial para decirte algo personalmente a ti? ¿Y que más? ¿Por qué no me cuentas las conversaciones nocturnas que mantienes con tu gato?». A lo que ya uno ‘se corta’ y ya tienes cierto temor de decirle: «Yo, a veces hablo con Dios y me responde a su modo, ¿a ti Él no te dice nada?», porque se corre el alto riesgo de ‘tener que echar patas’ delante de la furgoneta de los enfermeros del manicomio.   
            Lo que pasa es que cuando uno nace en un contexto social y cultural donde muchas cosas que son pecado son percibidas como cotidianas, nuestra sensibilidad hacia las cosas de Dios queda notablemente eclipsada. E incluso aquellos que deberíamos ir por delante planteando una lectura creyente de la realidad, hacemos una lectura meramente horizontal, pobrísima. Nos encontramos hoy a Jesús que propicia un encuentro con Zaqueo. Nos cuenta el Evangelio  que Jesús al llegar a la altura de la higuera donde se encontraba subido Zaqueo, levantó los ojos y le dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». A lo que él responde con gran alegría. Pero todos aquellos que lo estaban presenciando ya estaban haciendo su lectura horizontal, extremadamente pobre y decepcionante hasta decir basta, totalmente plana: nos cuenta la Palabra que todos murmuraban diciendo que «ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». El caso es que esos judíos se consideraban justos y cumplidores con la Ley, pero Dios no estaba ni en su pensamiento ni en su corazón. Se cumple las palabras del profeta Isaías: «Este pueblo me alaba con la boca, y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí y el culto que me rinden es puro precepto humano, simple rutina» (Is 29, 13).
            Y es que resulta que esto también nos pasa a nosotros, por eso la Palabra nos interpela y nos obliga a estar vigilantes. Resulta que un muchacho está pidiendo al Señor que le regale una novia porque cree que su vocación en la Iglesia es al matrimonio. Y el Señor tiene a bien el concedérselo. Pero cuando está con ella se olvida que esa chica es un don dado por Dios y empieza a vivir un noviazgo mundano, lejos de aquel prometido noviazgo cristiano. Y como las personas que le rodean no le plantean la enorme falsedad que está acarreando en su noviazgo, sino que comparten con él esos criterios mundanos y así se van propiciando a que se vaya olvidando totalmente la originaria intervención divina. O ese matrimonio que se casan por la Iglesia y que piden a Dios el don de los hijos. Dios se les concede, pero tan pronto como los tienen empiezan a actuar como si ellos fueran suyos, no transmitiéndoles la fe, dando siempre prioridad a todas las cosas antes que todo lo que afecte a la educación como cristianos. Se olvidan que esos padres meramente son los custodios de esos hijos dados por Dios para que les cuiden, protejan y eduquen.
            O el caso de ese joven que pide a Dios un trabajo para poder sentirse útil y así poder ejercer en lo que se había preparado. Dios se lo concede, pero tan pronto como siente que tiene que dejar un día sin acudir al trabajo por anunciar el Evangelio o para nutrirse en su vida espiritual, tiende a prevalecer los criterios del miedo antes que los de la confianza en Dios. Y uno se dice: no sea que por no acudir ese día al trabajo me vayan a despedir o me empiecen a mirar mal. Pero vamos a ver, ¿quién te ha dado ese trabajo?, ¿no ha sido Dios?; por lo tanto, si ese trabajo es fruto de lo que lo que tú pedías a Dios, ¿por qué no se va a ser agradecido al Señor dando testimonio de nuestra fe ante los compañeros de trabajo? ¿Es que acaso tienes miedo a ser despedido? ¿No será que digas que «el Señor tu Dios es tu único Señor y le amarás con todas tus fuerzas, con todo tu ser»,… pero realmente eres tú el primero en vez de Dios?
            Cuando se hacen lecturas horizontales nos olvidamos de la real existencia de lo sobrenatural que sostiene y alienta todo lo cotidiano. Y la historia se vuelve a repetir: porque nuestros becerros de oro, a los cuales tributamos culto ya que son nuestros ídolos, aunque no lo queramos reconocer, es esa novia, son esos hijos o es ese trabajo. Y lo que resulta más sorprendente es que estamos tan engañados que llegamos a negar de la existencia de nuestros ídolos.
            Sin embargo Jesucristo hace añicos esa lectura horizontal de la vida. Inyecta una dosis de espiritualidad en ese encuentro con Zaqueo.  Ante las palabras de arrepentimiento de Zaqueo, Jesús no se queda con una valoración meramente moral, sino que le invita a orientar toda su existencia desde la fe que tuvo Abrahán. Que fiarse de Dios es lo que conduce a la salvación. Le invita a que su espiritualidad renazca del agua y del Espíritu de Dios. Jesucristo no se queda en la mera religiosidad natural que tenía Zaqueo, sino que por medio de su encuentro con este recaudador de impuestos le ha abierto el oído para que escuche la Palabra y vaya dando pasos hacia la conversión personal. De tal modo que según vaya avanzando irá reconociendo cómo el Señor ha ido haciendo obras grandes en él, de las que ahora empieza a ser consciente y a brotar el agradecimiento sincero. Y según se va avanzando en esa lucha interna que es la conversión, se va descubriendo de un modo más nítido, que el mundo con sus cosas son ceniza, mientras que estar con Cristo es, sin duda, lo mejor.
30 de octubre de 2016
Lecturas:
Sab 11,22-12,2
Sal 144
2 Tes 1,11-2,2

Lc 19, 1-10

sábado, 22 de octubre de 2016

Homilía del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo C

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
            «Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha», con esta certeza hemos respondido al Salmo Responsorial de hoy. Lo que seguramente ha podido pasar desapercibido es la historia bellísima que nos narra este salmo. Este salmo nos manifiesta la superación de un terrible conflicto.
            Este salmo, en unos de sus primeros versículos (cf. Sal 33, 5) usa la expresión «consulté al Señor» (o también, «busqué al Señor») se refiere a un acontecimiento en concreto. ¿Qué acontecimiento es? ¿De qué se trata? Las personas acusadas injustamente y, a consecuencia de ello, perseguidas, iban a refugiarse al Templo de Jerusalén. Allí pasaban toda la noche a la espera de una sentencia. Por la mañana, un sacerdote echaba las suertes para determinar si la persona acusada era culpable o inocente. Este fue el caso de quien compuso este salmo. Pasó la noche en el Templo, confiado, y por la mañana fue declarado inocente. Entonces decide dar gracias al Señor, manifestando ante los demás pobres que estaban allí las maravillas que Dios había hecho en su favor.
            Además el salmo, en el que nos relata su experiencia -habla de él mismo- nos da información acerca de su situación socioeconómica. Es pobre: «Cuando el pobre clama al Señor, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias» (v.7). Y pobres son también las personas que rodean el Templo, en el momento de su acción de gracias: «Mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren» (v. 3). Y el salmista da un paso más: Invita a los empobrecidos a que proclamen su profesión de fe: «Ensalzad conmigo a Yahvé, exaltemos juntos su nombre» (v.4).
            ¿Qué es lo que había pasado a esta persona pobre? Antes de ser declarada inocente, había pasado por momentos difíciles. Nos habla de que tenía temores y angustias. Y con su forma de actuar da una catequesis práctica a todos aquellos que están sufriendo, que tienen el corazón herido y andan desanimados. Les enseña a gritar a Dios, a refugiarse en el Señor, consultándolo para ser declarados inocentes y así obtener la salvación.
            ¿Quiénes son los enemigos del salmista? Son ricos. Son personas retorcidas que no dudan en mentir para destruir al débil. Son personas con maldad en su corazón que se sienten denunciados por aquellos que se esfuerzan en ser fieles a Dios. Entonces lo odian, lo insultan, lo calumnian, lo persiguen y buscan el modo de arrancarle la vida. Estas personas perversas se oponen a la felicidad del salmista. De tal modo que la mentira de los injustos ha ocasionado la pérdida de los bienes que tenía el salmista, nos dice: «¿A qué hombre no le gusta la vida, no anhela de días para gozar de bienes?» (v. 13). ¿Os acordáis de la historia de la casta Susana y de los dos viejos verdes?, pues por el estilo.
            Hermanos, los creyentes estamos soportando la arrogancia y tiranía del laicismo. No nos van a faltar la discriminaciones ni las marginaciones. Tenemos que irnos preparando para vivir tiempos de adversidad. No importa que llegue a ser más débil en su influencia social, con menos edificios, menos dinero, menos personas y menos protección de los poderosos de este mundo. Dios ha escogido lo necio y lo débil de este mundo para confundir a los que se creen fuertes y para iluminar y salvar a los que buscan la verdad con humildad y sinceridad. Tenemos un valioso tesoro: la Verdad de Jesucristo que ilumina los corazones y ha vencido con la fuerza de su amor a los poderes de este mundo. No tengamos miedo. Pongamos nuestra confianza en la autenticidad más que en el número. Vivamos de verdad «como ciudadanos del cielo» y lo demás vendrá por añadidura.

Lecturas:
Lectura del libro del Eclesiástico 35, 15b-17. 20-22a
Sal 33
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 4, 6-8. 16-18

Lectura del santo evangelio según San Lucas 18, 9-14

viernes, 14 de octubre de 2016

Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, Ciclo C

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C
            Hermanos, sucede que muchas veces cuando escuchamos la Palabra de Dios ya la damos 'como por sabida'. Nos sucede cómo cuando empieza la publicidad cuando vemos una película, que aunque esté encendida el aparato de la televisión, no le prestamos atención. De fondo escuchamos la musiquita del anuncio publicitario, pero no atendemos.
            El serio problema está en que cada cual quiere vivir su vida y cuando se escucha la Palabra -la cual nos pone en la Verdad- nos hacemos 'los locos' porque no nos interesa que algo nos intranquilice o nos incordie, aunque esto sea para colaborar en nuestra propia salvación.
            San Pablo en su segunda carta a Timoteo nos dice: «Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado». Timoteo conocía las Sagradas Escrituras desde la infancia y además había sido testigo de muchos milagros que el Señor había realizado en él y en muchos hermanos de la comunidad. Ese 'permanece' que emplea San Pablo para alentar en la fe a Timoteo tiene mucha importancia. Y además, tiene su aplicación práctica en ti y en mí.
            Me explico. Hace poco un gran amigo me ayudó a entender la realidad de unas personas a las que tengo en gran estima. Es decir, me ayudó a entender esa realidad a la luz de la fe.  Resulta que un matrimonio de mi pueblo, los dos de Misa dominical, habían tenido a un hijo que les 'había salido rana'. Tenían unas expectativas altas sobre él, estaba estudiando una carrera universitaria, pero era un auténtico desastre. Dando disgustos a sus padres, llegando tardísimo a casa por las noches, cada fin de semana con una chica distinta. Es decir, que sus padres sufrían mucho por él. Incluso el propio matrimonio estuvo al borde de romper por los constantes disgustos que sufrían y por el modo diferente que tenían ambos de afrontar el serio problema. Resulta que un amigo de su hijo le invita a un campamento de verano organizado por la parroquia y este hecho marca un antes y un después en este muchacho. Escucha unas catequesis que le cuestiona toda su vida y empieza a centrarse en los estudios, en el trato con las chicas e incluso con sus padres. Saca los estudios y Dios le regala un trabajo en lo que se había preparado. Se empieza a implicar en la vida parroquial, y sus padres, que reconocen que el cambio operado en su hijo era fruto de un milagro del Señor, también se implicaron considerablemente en la vida parroquial, en señal de profundo agradecimiento.
            Pero el tiempo trascurre y como le sucedía a Moisés le pesaban las manos que estaban alzadas para que el ejército de Israel venciese. Moisés tenía que permanecer con las manos alzadas para alcanzar la victoria. Pero a nosotros, eso de permanecer lo tenemos más complicado porque nuestra fe está muy debilitada. Al principio este matrimonio entendió como un milagro el cambio de su hijo. Era algo sorprendente, algo milagroso. Y relacionaban directamente este milagro con su enriquecimiento en la vida espiritual. Pasó el tiempo y empezaron a desviarse en su planteamiento original. Lo que era en un primer momento un milagro de Dios en su hijo pasó a ser que le fue entrando el sentido común, que fue asentando la cabeza y que había alcanzado un grado de madurez adecuado. Esto se fue plasmando en un enfriamiento en la vida de oración del matrimonio y del hijo; un distanciamiento de la parroquia y un olvido de lo que Dios había realizado en esa familia. Moisés permanecía con las manos alzadas y este matrimonio e hijo -donde todos podemos estar perfectamente retratados- ya las habíamos bajado, olvidando la oración y congelándonos en la vida de fe. Por eso me resuena tanto en mi interior esas palabras de San Pablo: «Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado». ¿Y qué cosa has podido aprender? El modo de cómo Dios se ha portado contigo y te sigue mimando.
            Dios nos regala un novio, unos estudios, un trabajo, una gran sorpresa… y no somos capaces de vivir desde el agradecimiento al Señor. Somos inconstantes en la oración y en la acción de gracias. Y en todo esto ¿qué papel desempeña la pobre viuda de la parábola? Imagínense a una mujer, no necesariamente anciana, que se ha quedado viuda. Recordemos que la edad de casamiento para las muchachas normalmente era entre los trece y catorce años. Luego, probablemente fuera una viuda muy joven. Una viuda, que como todas las viudas de aquel entonces, eran pobres mendigando un churrusco de pan. Y la parábola nos comenta que ella presenta su demanda ante un juez, no ante un tribunal; lo que significa que se trata de una cuestión de dinero: una deuda, de una parte de la herencia que se le retiene a la pobre viuda… ¿Os acordáis de aquel pasaje del evangelio de Lucas cuando uno entre la gente le pide a Jesucristo que dijese a su hermano que repartiera con él la parte de la herencia? (cf. Lc 12, 13-14). Pues ahora es esta viuda que acude a este juez injusto. Ella era pobre y no podía hacer ningún regalo al juez para que su demanda fuera aceptada. Es que en aquel entonces, y en muchos casos ahora, los más sagaces cuchicheaban su asunto a los secretarios y les daban 'sus derechos' -o sea que 'les untaban de dinero'- para que sus asuntos fueran atendidos los primeros delante de toda la gente que se agolpaba en la sala de espera. Las viudas eran prototipos de desamparo y de falta de defensa. A todo esto hay que sumar que el adversario en el proceso sería un hombre rico, considerado. La pobre viuda de la parábola acudía muchas veces ante el juez inicuo, llevando consigo su única arma: la constancia, el permanecer allí insistiendo.
            Nos dice la parábola que «el juez se negó durante algún tiempo», pero con el matiz de "no se atrevía" a dar la razón a la viuda porque tenía sus miedos a la reacción del otro litigante en el proceso, que con toda seguridad era alguien rico y con prestigio. El juez era un cobarde. Tan cobarde como Herodes que mandó decapitar a Juan el Bautista para no desairar a la joven Salomé ante los invitados por su cumpleaños. Y mientras la pobre viuda sufriendo las consecuencias de una gran injusticia. Jugaba con clara desventaja. Pero ella como Moisés seguía manteniendo los brazos bien alzados hacia Dios.
            Finalmente el juez cede. No tanto porque ella le hubiera atacado los nervios, ni tampoco por una explosión de enojo de la mujer, sino que lo que le hace ceder es su constancia. El juez quería que le dejase en paz. Ustedes imagínense al juez siendo constantemente interrumpido, por las mañanas y por las tardes, mientras estaba atendiendo otros procesos y demandas de otras personas. Algo agotador. Y por mucho que se la reprendía, era algo inútil. Ella seguía gritando y gritando. Este es el mismo caso de la otra parábola del amigo al que se le pida ayuda por la noche (cf. Lc 11, 5-7). Jesucristo nos quiere decir que las necesidades que le pedimos a Dios le llegan al corazón. Nuestra respuesta más honrada es la constante acción de gracias. Y el modo de dar las gracias a Dios es estar dispuesto a hacer las cosas pensando primero en los demás antes que en uno mismo. Y esto en la vida de comunidad se ve muy claramente. Aquel que se muestra disponible en colaborar es aquel que más agradecido está a Dios, y aquellos que no colaboran es porque han olvidado muy pronto el milagro que Dios ha obrado en medio de ellos.

Lecturas:
Lectura del libro del Exodo 17, 8-13
Sal 120, 1-2, 3-4, 5-6, 7-8 R. El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 3, 14-4, 2
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 18, 1-8


Domingo 16 de octubre 2016