sábado, 11 de junio de 2016

Homilía del Domingo XI del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo C                12 de junio de 2016
            En las lecturas de hoy, el Señor nos muestra los efectos corrosivos del pecado. Todo parece empezar con un 'tu tranquilo, que yo controlo', 'todos lo hemos hecho o lo hacemos' o el famoso 'yo sé lo que me hago'. O sea, el anzuelo está puesto en la caña de pescar y la caña ya está dispuesta  para capturar a su presa. Y como somos tan poco inteligentes empezamos a tontear con el anzuelo hasta que lo mordemos. Resulta curioso, somos más frágiles que unas vasijas de barro y nos creemos más resistentes que el mejor de los aceros. La soberbia nos impide reconocer y ser coherentes con nuestra propia realidad. ¿Conocen a alguien que se le ocurra emplear como martillo una pieza fina de porcelana? Pues hermanos, nosotros lo hacemos con nuestra vida.
            En la  primera de las lecturas nos encontramos al rey David que está siendo que está siendo severamente reprendido por el profeta Natán. Nos cuenta la Sagrada Escritura (2 Sm 12,1) que «el Señor envió al profeta Natán, que se presentó a David (…)». Es Dios quien envía a su profeta para buscar la conversión del rey David, para que reconozca su pecado, pida perdón y haga penitencia de reparación. Y hoy y  aquí el Señor nos envía su Palabra para que veamos cada cual cómo camina en su vida cristiana. Nos cuenta la Sagrada Escritura que «David, una tarde, después de la siesta, paseando por la terraza del palacio vio a una mujer muy hermosa que se estaba bañando». ¿Acaso la mirada de David hacia esa mujer se caracterizaba por la pureza y el pudor? Parece que no, porque el rey haciendo uso de su poder mandó que se informasen acerca de ella y que se lo dijeran. Si el rey David ante el pecado concreto de desear poseer a esa mujer con la mirada se hubiera tenido la respuesta pronta al arrepentimiento, y ese arrepentimiento hubiese tenido un propósito de enmienda, ese pecado hubiera sido una cosa puntual y el fuego hubiera quedado sofocado sin causar daño. Sin embargo David no obró conforme a la ley de Dios. David mordió de lleno el anzuelo puesto por Satanás, porque el pecado crea facilidad para el pecado. Al no reaccionar ante el pecado se ha generado un vicio, una proclividad hacia el pecado. Por eso es tan importante que cuando uno va a confesarse se diga -sin caer en la conciencia escrupulosa- si ese pecado se ha caído una vez o las veces que hayan sido. No es lo mismo que un pecado haya sido puntual o que haya sido repetido llegando, incluso, a crear un vicio.
            El hombre en su conciencia tiene una serie de fronteras morales, donde uno se propone seriamente el 'no caer en ese error', 'no quiero nunca pasar esa frontera'. Pero cuando alguien rompe una frontera moral que él mismo se había prometido que 'eso yo no lo haré nunca', pero que acaba cayendo. Ante esto tenemos dos alternativas: el arrepentimiento pronto y profundo; pero también una segunda alternativa, la de la auto-decepción y se termine auto-justificando y lejos de ser humilde y acaba cayendo en una repetición de ese pecado. Esto puede provocar que una serie de fronteras morales que nos habíamos puesto acaben hechas añicos, y todo queda en un ideal de papel de fumar, en papel mojado. Esto conlleva una voluntad debilitada, una prontitud al pecado, una inclinación más acentuada para pecar. Si uno se queda caído en medio del fango y lo ve como algo normal. Es más, se da el caso que cuando uno cae en un determinado pecado, le duele, pero se dice que una vez que 'se ha metido ya la pata' que mas da una vez o mil, o sea 'de perdidos al río'. Ya uno piensa, ¡qué más da cinco que quinientos!, una vez que uno está sucio, ¡qué más da!, como si uno tuviera 'barra libre' para seguir pecando hasta que uno vaya a la 'lavadora'. Y esta reacción es absolutamente nefasta. Y esto delata que uno no tiene un verdadero dolor de los pecados, porque no es lo mismo 'abofetear a una persona' una vez que cinco o quinientas veces. En el fondo es un orgullo herido por haber fallado y no hay dolor por los pecados cometidos. Y el pecado crea facilidad para el pecado.
            David manda a  unos a que se la trajeran, y cuando llegó se acostó con Betsabé, sabiendo que era una mujer casada. Lo curioso es que ni siquiera se tomó la molestia de invitarla a cenar, a dar un paseo o irla conociendo poco a poco, él 'entró a saco'. Y con el pecado pasa como con el agua que cae por las laderas de los montes o montañas que van creando pequeños surcos y cada vez que llueve el agua corre por allí. El pecado debilita la voluntad y nubla el entendimiento. Su proceder ha quedado tan dañado por el pecado que se deja llevar por su dañina dinámica: David intenta ocultar su pecado al acostarse con Betsabé, ella queda embarazada,
por eso David intenta varias veces que Urías vaya a su casa -incluso le llega a emborrachar y le envía regalos- para que se acostase con su esposa y crea que el niño sea suyo. Pero Urías no acude a su casa ni tiene relaciones conyugales con su esposa, luego las cosas se le complican demasiado a David. Y como, aún así, no se ha arrepentido ni ha reparado el daño que su pecado ha ocasionado, él sigue endureciendo su corazón y cegando su entendimiento y envía a Urías -que era el que le estaba ahora molestando- a primera línea de batalla donde tiene una muerte segura. Si el rey David hubiese tenido una respuesta pronto de arrepentimiento a su pecado…, no hubiera cometido adulterio con Betsabé, no hubiera tenido un hijo con una mujer casada, no se hubiera roto la cabeza pensando cómo engañar a Urías para que creyese que ese hijo era suyo, no hubiera causado escándalo por su conducta y no sería responsable directo de la muerte de un hombre inocente.
            David se auto-justificó en su pecado, hizo añicos algunas de sus barreras morales que se había propuesto jamás atravesar; no se arrepintió inmediatamente por el mal ocasionado, sino que convivió con él y se quedó postrado en medio de fango empezando a entender como normal cosas y comportamientos que antes no hubiera dudado ni un segundo en rechazar de plano.
            En cambio en el Evangelio encontramos a una mujer con una reputación bastante mala que nos muestra la otra alternativa. David optó por auto-justificarse, en cambio esta mujer pecadora ha elegido el arrepentimiento pronto y profundo. Y por eso ella salió perdonada de ese encuentro con Jesús y se convirtió en una cristiana, en una mujer nueva.

            En cambio los que estaban allí viendo la escena de esa mujer ungiendo los pies de Jesús se dedicaban a hacer juicios negativos contra esa mujer y contra Jesús al permitir que le tocase los pies. Jesús les invita a que reflexionen y conozcan cuál es el pecado capital que les está gobernando  y así descubran la causa de ese juicio, porque del mismo modo que uno si tiene fiebre es porque algo no va bien en el organismo, que ellos se examinen porque proceden de un modo que está tan lejos del amor de Dios. 

domingo, 5 de junio de 2016

#WeAreN2016 International Congress

Homilía del Domingo X del Tiempo Ordinario, ciclo C

HOMILÍA DEL DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo C

            Nosotros sabemos que toda revitalización en la vida espiritual tiene su eco en el comportamiento para con nuestros hermanos y hacia nuestra relación personal con el mismo Dios. Esta revitalización, de la que todos tenemos experiencia, es una especie de imagen que nos prefigura algo más sorprendente que nos esperará en la eterna gloria. Uno puede ir por la calle y escuchar la interpretación de una pieza musical con violín, alzar la mirada y ver muchos pisos alrededor y no saber de dónde procede tal música. Si no tocase ese violín no percibiríamos su sonido. La Palabra de Dios resucita nuestra vida pecaminosa y eso es gracias a que en la Gloria, el Todopoderoso, tocando su particular sinfonía musical, nos irradia de su vida.
            Nos podemos encontrar con cristianos que están convencidos de tener una vida espiritual lúcida, brillante y espectacular. Sin embargo si es examinada a la luz de la Palabra de Dios puede que nos encontremos con un gran suspenso. Cuando un cristiano hace la opción por la conversión, poco a poco se van manifestando los cambios en el modo de proceder, ya que esa conversión iniciada tiene sus repercusiones que afectan directamente en lo cotidiano. Los cristianos no podemos ser como los barcos con el ancla echada al fondo del mar. Estar en la Iglesia supone e implica el estar dispuesto a cambiar, a dejarte ilusionar por lo que el Señor te vaya a plantear, a abrirte a la novedad de su Palabra. Si un cristiano está en contacto con el Señor pero luego nada cambia en esa persona, ahí hay algo que no funciona. Puedo estar toda la vida asistiendo a los diversos cultos en la Iglesia y pasar totalmente de Jesucristo. Un esposo o una esposa pueden estar juntos casados durante muchísimos años y lo único que les una sea el que se han acostumbrado el uno a otro, que viven bajo el mismo techo, que tienen su dinero en una misma cartilla bancaria y que hay hijos en común. Pero ¿dónde queda el deseo de seguir amándose y descubrir las novedades que te pueda brindar la otra persona?¿dónde queda ese actualizar ese proyecto de vida y amor en el matrimonio? ¿dónde queda esa complicidad, esa ternura, ese diálogo que brota del amor de aquel que ama y es amado? ¿dónde ese deseo de sorprender y obtener una sonrisa de ese ser amado? Si en un día lluvioso llevo puesto un buen impermeable el agua me mojará realmente muy poco. Si yo no espero que Cristo me ofrezca su palabra de novedad para mi vida y deseo que todo siga como siempre, me estaré engañando creyendo que soy el mejor de todos. Sin embargo, cuando Cristo interviene y uno le deja intervenir, todo cambia. Esa es la experiencia de Pablo en la segunda de las lecturas. Pablo de Tarso reconoce que su vida antes de conocer a Cristo era un sin sentido. Cierto que en aquel entonces creía que estaba haciendo lo correcto, pero la luz de Cristo le abrió el entendimiento para aceptar al que es la verdad en persona: Jesucristo. De las cenizas de su vida pasada el Señor sopló y de donde no había vida, la creó y abundante.

            Ojala tengamos una experiencia fuerte de Cristo que nos impulse a amarle con todas nuestras fuerzas y que eso tenga su repercusión siempre a favor de nuestros hermanos.

sábado, 28 de mayo de 2016

Homilía del CORPUS CHRISTI 2016

CORPUS CHRISTI 2016
            Muchas veces nos ha dicho el Señor que «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13). ¿Qué es eso de dar la vida? ¿Qué implicaciones llevan consigo? Ya que uno puede dar muchas cosas, un donativo, una limosna, incluso el privarse de algo (un café, el tabaco, el salir de fiesta un día...) como un ejercicio de ascesis y buscando un beneficio para los demás. La plenitud como hombre no puede estar en la satisfacción de lo sentidos, de las pasiones, de los apetitos. Si mi alegría depende de esos momentos o instantes que la vida me puede brindar, como también privar, estaría sumergido en la tristeza de la insatisfacción permanente.  Esto se puede asemejar a la satisfacción que te puede proporcionar el comer un helado con el calor veraniego. El helado se consume y ese momento refrescante desaparece. El problema radica en que nos hemos acostumbrado a ser ‘consumidores de lo inmediato’. Que uno se quiere divertir, sobre todo si es adolescente o universitario, pues estoy pensando en salir los jueves o el fin de semana por las noches, para poder divertirse sin más limitación que la que uno mismo se ponga. O incluso para ‘afrontar’ una particular cruz que te está haciendo sufrir ser consumidor de afectos inmediatos para poder sentirte querida y reconocida cuando en el fondo se te está dañando y distanciándote de mucha gente que te quiere pero que no dicen lo que tú esperas oír. Y resulta que Dios no se mueve en lo efímero e inmediato, sino en lo eterno.
            La presencia real de Cristo está en el pan y en el vino consagrados por el presbítero. Y es en esa presencia tan humilde donde Cristo se queda para que tú, como niño curioso que eres puedas descubrir algo que el mundo te está ocultando, tu vocación a la eternidad.
            Les voy a poner una especie de imagen/ejemplo, sabiendo que siempre son muy limitados para poder entender las realidades sobrenaturales. Hay canales de televisión que se emiten en una calidad de imagen de alta definición. Si yo tengo un receptor de televisión de los antiguos o de los que no están preparados, no podré disfrutar de la programación de ese canal. La señal lo recibirá pero no me vale para nada.   La constante catequización que el mundo nos está impartiendo están forjando mentes y corazones capaces únicamente de captar las cosas terrenas, olvidando y despreciando las eternas. No son capaces de ver ese canal en alta definición porque 'todos están cortados con la misma tijera', 'cortados por el mismo patrón'. Cuando la Iglesia hace pública profesión de fe en Cristo Eucaristía está manifestando a los cuatro puntos cardinales que tu encuentras en Él  el sentido de tu vida, la alegría de tu alma, la recompensa de todos tus esfuerzos y la orientación de tu existencia. En una palabra: Ahí, en la Eucaristía, está tu propia salvación.
            Algunos me podrán decir que lo único que ven es un trozo de pan sin levadura. Esto ocurre porque su pecado les imposibilita reconocer a Cristo ahí. Si yo tengo la gafa totalmente embarrada y con los cristales con un montón de roña no podré tener una visión aceptable. Si mi alma está embarrada y con tanta roña que tendría que emplear un estropajo y un potente desengrasante para poder tenerla algo decente, es normal que ni me de cuenta de quien está ahí. Por eso para poder empezar a darse cuenta de la presencia real de Cristo en la Eucaristía es preciso y urgente hacer la opción por empezar a convertirnos: CONVERSIÓN.
            Pero aviso, en el momento en que te has despertado de ese letargo o amodorramiento espiritual ocasionado por tu pecado, y empieces a darte cuenta de quién es Cristo y lo que Cristo quiere de ti, descubrirás la malicia de tu pecado, tendrás ante tu mirada el daño y las heridas que te ha causado tu mal proceder. Si quieres vivir en la verdad, si quieres descubrir la razón y el sentido de tu vida, si deseas empezar a descubrir que se siente cuando uno es amado, tienes la respuesta: Estate disfrutando de la compañía de Cristo Eucaristía todos los días. Cristo da todos los días su vida por ti. Todos los días está ahí en la Eucaristía para fortalecer los músculos de tu alma. Todos los días está ahí para darte una Palabra de vida y de aliento.  Todos los días está dispuesto a levantarte de tu pecado en el sacramento del perdón. Todos los días te tiene muy presente en su sagrado Corazón. Pero tú no te darás cuenta hasta que hayas iniciado tu conversión.

            ¡Viva Jesús Sacramentado! Sea por siempre bendito y alabado.

sábado, 21 de mayo de 2016

Homilía del Domingo de la Santísima Trinidad 2016

SANTÍSIMA TRINIDAD 2016
         ¿Qué es lo que pido de un hermano de Comunidad o a un cristiano? Que sea el perfecto señor de su casa que ofrezca un hospedaje de lujo al Espíritu Santo que viene a él para ser uno con él. Que esté tan cerca del Señor, que se encuentre ‘pillado’ por Cristo que sepa dar una palabra, un consejo de los que el mundo no es capaz de dar. Que aunque sea por un instante uno pueda percibir esa luz que abre el entendimiento de tal modo refrescándote el alma. Puede pasar unos días o unos minutos y ese hermano que te regaló esa palabra que tanto te ayudó, resulta que hace algo o no calla lo que debería de haber callado y empieza los juicios negativos contra él. ¿Os dais cuenta de cómo la fuerza de Dios se realiza en medio de nuestra gran debilidad? El problema que nos debe de preocupar es si ese juicio que tengo contra mi hermano tenga el poder de robarme la paz interior. Ese juicio que me quita la paz puede ir ‘asentando jurisprudencia’ para actuar de un modo no auténtico frente a ese hermano, no reconociendo en él a Cristo y desaprovechando las ocasiones de conversión que Dios te ofrece por medio de él. Lo nuestro es empaparnos de la Sabiduría de Dios.
         Tal vez tengamos a algún hermano en la fe o algún compañero de trabajo o de estudios que, el sólo hecho de estar con él, suponga una tribulación. Tal vez porque tenga la habilidad de ‘sacarte de tus casillas’. Sin embargo ese hermano está puesto ahí para que, a modo de espejo, puedas verte reflejado en tus pecados. La guerra no la tenemos que afrontar contra el hermano, la esposa, el familiar, el compañero de trabajo, etc., sino que el enemigo lo tenemos dentro de nosotros; nuestro pecado que nos maneja muchas veces como los hilos de una marioneta. Ese hermano 'que no trago' es un instrumento puesto por Dios para que yo reconozca mi pecado.
         El modo de proceder de la Santísima Trinidad no es el nuestro. La Sagrada Escritura ya nos cuenta un caso práctico: Marta estaba muy inquieta sirviendo al Señor, llevando y quitando los platos, los vasos, fregando...., mientras que María estaba allí escuchándole porque sabía que ese momento que estaba viviendo en ese instante era irrepetible, un don precioso de Dios. Porque platos y vasos y comidas y fregaderos, etc., siempre habrán. Pero disfrutar de la presencia del Maestro sólo se puede estar en momentos muy contados. Por eso María ‘descansaba en el Señor’, mientras que Marta hacía juicios contra su hermana –‘mira que zángana y está viendo que yo no paro y ella ni se mueve de ahí, ¡tendrá cara la muy vaga!’; mas la palabra dirigida a Marta por el Señor le abrió el entendimiento, le devolvió aquella paz que había perdido y pudo disfrutar del Señor estando en plena comunión con su hermana.
Es cierto también que esto no anula la corrección fraterna, porque si yo quiero a mi hermano también le tengo que ayudar a que descubra el valor de hacer las cosas por amor a Cristo y a los hermanos. Sin embargo podemos caer en la ‘tela de araña del demonio’, y nadie estamos exentos de este modo de proceder. Uno molesto por un hermano se queja a un tercero. Y el tercero, en vez de disculparlo y de ofrecer una palabra alternativa de vida, se suma a ese juicio dañando aun más la débil comunión de los hermanos. Hay veces que te invitan a comer, en una de esas comidas familiares donde también quieren contar con uno. Llegas a la mesa, te sientas y no tardas en darte cuenta de cómo un hermano no se habla con el otro. Es que ni se hablan ni se cruzan las miradas, a lo que el ambiente en esa comida está cargado de tensión porque no es el Espíritu quien reina en ese momento, sino que son los particulares faraones –sí, como el faraón de Egipto en tiempos de Moisés-; son esos soberbios faraones que se levantan para sacar a relucir todo lo peor que tenemos dentro de nosotros. Y muy pocos repararán en el esfuerzo, dedicación y horas que la madre o a la persona que ha dedicado en la cocina, quedando deslucida tan perfecta comida con la amargura de la tiranía de esos faraones.

La Santísima Trinidad es una familia de tres personas y una sola naturaleza. La unidad sólo se dará si todas nuestras almas confluyen en un único punto: Dios. La Santísima Trinidad es un Dios que está en el origen de la vida. En la medida en que demos un paso adelante para a cercanos a Cristo se irá creando como una especie de 'campo de fuerza' donde el amor y la preocupación por el hermano será una constante y donde uno empezará a pensar primero en el otro antes que en uno mismo. 

domingo, 15 de mayo de 2016

Homilía de Pentecostés 2016

HOMILÍA DE PENTECOSTÉS 2016
Aquellos que deseamos redescubrir el sentido auténtico de nuestro bautismo y hemos hecho la opción de tener a Jesucristo muy de cerca no podemos permitirnos vivir como los paganos. Es preciso implorar al Espíritu Santo EL DON DE PIEDAD para poder disfrutar de una relación paterno-filial con Dios y tratar a Dios con ternura y cariño de un hijo hacia su padre y a los demás hombres como a verdaderos hermanos.
Nuestra vida personal se asemeja a una canoa en medio de un río con gran caudal. Como nuestra particular canoa tenga agujeros en la base no tardará en inundarse y hundirse en lo más profundo. Son muchas las seducciones y tentaciones a las que estamos expuestos diariamente, y eso que uno ejerce la prudencia para evitar 'ponerse en situación de peligro'. Rogar por alcanzar EL DON DE CIENCIA, para distinguir entre lo verdadero y lo falso; distinguir entre lo que llevará a Dios y lo que nos separará de Él.
Y ¡ojala únicamente tuviéramos un solo agujero para taponar! Hay que estar constantemente achicando agua y tapando agujeros para seguir mantener a flote nuestra canoa. No nos podemos resignar a tener los pies constantemente mojados, y mucho menos las piernas. No podemos permitir que las cosas nos den igual. No podemos permitir el lujo de ‘bajar el listón’ a la hora de entregarnos en el amor a los hermanos.
Es preciso ser dócil al Espíritu  y pedirle EL DON DE CONSEJO, para tomar la decisión acertada, escoger lo que más convenga y el modo de hacerlo, lo que se debe de evitar y lo que se debe uno de callar.
 ¡Si ésta es la Iglesia de Cristo nos tenemos que apoyar los unos en los otros y dejarnos de tonterías!
Yo y cualquiera experimenta el amor de Cristo a través de los hermanos. La indiferencia y el desprecio no dejan de ser puñaladas que hieren gravemente al amor. Nuestros hermanos los hombres empezarán a abrir los ojos y los oídos al caer en la cuenta de que Cristo está resucitado tan pronto como perciban entre nosotros los frutos del amor fraterno. Y el amor fraterno no es como el yeso que se termina ahuecando y desprendiéndose poco a poco por fundarse en las propias fuerzas humanas. El amor fraterno no es hacer las cosas –aunque estén a la perfección realizada- sólo para obtener la aprobación y enhorabuena de los demás. El amor fraterno es reconocer a Cristo en el hermano y comportarse de tal modo cómo si lo tuvieras realmente aquí, a tu lado, contigo. Esto no nos ahorra las discusiones, ratos de enfados y momentos en los que ‘nos acaloramos más de la cuenta’. Pero sabremos que nadie es superior a nadie y de ser superior, que sea en el amor de donación total por amor a Cristo. Por eso es tan fundamental el implorarle EL DON DE SABIDURÍA, para conocer a Dios y a buscar únicamente la presencia de Dios.
Hay cristianos que se piensan que por estar en la iglesia toda la vida ya tienen un amplio recorrido, sintiéndose seguros de sí mismos y ‘mirando como por encima del hombro’ a aquellos que se inician o dan los primeros pasos en la fe. Muchas veces el orgullo y la soberbia nos pierde. ¿De qué sirve o cómo va a decorar una figura valiosa de porcelana de Lladró o una figura de cristal de Burano si se estampa contra el suelo destrozándose en mil y una piezas? Si pensamos que somos buenos porque nosotros cumplimos la ley  y que con nuestras fuerzas sacamos las cosas adelante, llegará el día de la prueba -una enfermedad, la muerte de un ser querido, unas oposiciones que no se sacan, un novio que nunca llega, la pérdida del trabajo, un accidente inesperado, etc.,-, llegará ese día de la prueba y nos estamparemos contra el suelo y en mil pedacitos nos convertiremos. Llegaremos incluso a renunciar de Dios, a echarle la culpa de todo, a mostrarnos como las víctimas de su mal actuar. Por eso, y por otras muchas cosas hay que anhelar EL DON DE ENTENDIMIENTO, para saber que la verdad no es fácil cuando me salgo de su camino y ayude a entender y amar a las Escrituras Sagradas. Y suplicar por EL DON DE FORTALEZA, para realizar todo lo que Dios quiere de ti y para resistir con paciencia y valor las contrariedades de la vida.
Nuestra vida no es nuestra, es de Cristo. Hemos sido comprados a precio de la sangre del Hijo de Dios crucificado en el madero. Y esto es lo que hay. Unos estarán toda la vida ignorando esta eterna verdad, viviendo perdidamente, haciendo lo que 'el cuerpo y su mal uso de la libertad' consideren oportuno, actuando de un modo indigno de ser cristiano. Otros, aun conociéndola 'se harán los locos', como aquellos jóvenes que sin tener los 18 años se intentan colar en las salas de fiestas pasando por uno de tantos mayores de edad. Saben que actúan mal, pero cualquier escusa les vale. Es muy importante pedirle EL DON DEL TEMOR DE DIOS, que nos ayude a meditar con frecuencia sobre Dios; que nos ayude a meditar sobre la malicia del pecado; y a temer todas las cosas que nos separen de Él.

Sólo con la fuerza venida de lo alto y acogida por nosotros, podremos vivir como cristianos y ser embajadores de Cristo ante los hombres en medio de esta sociedad secularizada y satisfecha de sí misma. 

domingo, 8 de mayo de 2016

Homilía del Domingo de la Ascensión del Señor, Ciclo C



DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR, Ciclo C
            Me quedo sorprendido de la actualidad que rebosa la Palabra de Dios. San Pablo cuando escribe a la comunidad de los Efesios está dando respuesta a un problema acuciante que se daba en esas comunidades cristianas. Resulta que surgieron tendencias, por influencias extrañas, en las propias comunidades que afirmaban que otros seres podían competir con Cristo en su acción salvadora. A lo que Pablo afirma que sólo Cristo está «por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro».
En nuestra sociedad no se trata ya de competir sino de suplantar: Muchos que han sido bautizados han destronado a Cristo de sus almas para entronizar a sus múltiples ídolos.  Que se tiene necesidad de olvidar algo en vez de afrontarlo con la lucidez cristiana, pues se usa y abusa de la bebida, de los porros y demás sustancias. Que uno se quiere enriquecer, pues se hace trampas para robar lo más posible sin que te pillen. Que uno quiere sentirse amado por otra persona y dejarse llevar por la lujuria, pues o bien se va a los lugares de mala reputación o se tantea el terreno para poder hacerlo con aquel muchacho o muchacha que te gusta y además sin pagar. De tal manera que la persona cree que sus necesidades quedan satisfechas, recurriendo a ellas una y mil veces cuando sus efectos finalizan.  Y entrando en esta dinámica perversa y corrosiva generada por Satanás, se cae en la desesperación, ya que por mucho que uno intente llenar de agua un cesto de mimbre, nunca lo conseguirá. Pero mientras tanto Satanás va ganando tiempo, engañando a las personas, creando confusión, deformando conciencias  y adoctrinarlas en su particular escuela de perdición.
            San Pablo nos exhorta a vivir con la dignidad de cristianos. Sabemos que es demasiado de tentador lo que Satanás nos ofrece en el mundo. Cristo no quiere que quedemos apresados en las telas de araña del Maligno, sino que desea que nosotros seamos parte de ese pueblo que Él mismo está congregando. Ese esposo que está tanto tiempo en su oficina con tantas compañeras y secretarias como no tenga puesta su esperanza en Cristo correrá el riesgo elevado de cargarse su propio matrimonio. Esa mujer trabajadora que se esfuerza en ascender en su trabajo o en mantenerlo, como no tenga a Cristo en el centro de su ser, puede llegar a hacer uso o de propuestas indecentes de los jefes encargados o de mecanismos ilícitos para conseguirlo. Por eso es tan importante acoger de Dios ese espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo, así como que Dios nos ilumine los ojos del corazón para que comprendamos la esperanza, el poder y la herencia que da a aquellos que le aman.
            Sin embargo no olvidemos que la fuerza no la generamos nosotros, sino que viene de lo alto.  Nos dice Jesucristo: «Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».
Reza el salmo 91:
«¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta». 
Si nos revestimos de la fuerza que viene de lo alto iremos creciendo espiritualmente de tal modo que eso quedará reflejado en nosotros para beneficio de nuestros hermanos para afrontar el desafío de la evangelización, en palabras del Salmo 91:
«El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios;
en la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso».

            Nosotros hemos sido bautizados con agua y con el Espíritu Santo.  Descubrir la grandeza de la vida sobrenatural  supone cerrar puertas y ventanas a planteamientos mundanos por considerarlos basura y  pérdida de tiempo, y abrir de par en par otras puertas a la fuerza de Dios,  ya que Él es el único que puede saciar de sed nuestros corazones inquietos e  insatisfechos.

           

sábado, 30 de abril de 2016

Homilía del Domingo Sexto del tiempo Pascual, ciclo c

DOMINGO SEXTO DEL TIEMPO PASCUAL, ciclo C                      1 DE MAYO 2016              Hch 15,1-2.22-29;   Ap 21,10-14.16-17.20; Jn 14, 23-29
Estos últimos años que he tenido que ir a Madrid y coger el metro o el tren de cercanías para desplazarme por la capital me ha sobrecogido el profundo individualismo que veía. Uno sentado con los cascos puestos a todo volumen. Otra leyendo un libro, el otro con un e-book. La mayoría enfrascados en los mensajes de texto de sus teléfonos móviles, y alguna pareja manifestando su ausencia de pudor. Bajaban y subían del medio de trasporte formando parte de su rutina diaria. Me acuerdo que un día estaba el tren de cercanías en su máxima ocupación y subió una mujer en avanzada gestación. Nadie se dignó a dejar su asiento a esta mujer. Sé que lo estaba pasando mal porque el que estaba a su lado de pie era precisamente yo. Cada cual sólo mira para sí. Sentí un escalofrío por la espalda porque aunque sabía que había mucha gente en torno a mí, me sentía profundamente solo. Menos mal que mi padre me acompañaba y con frecuencia, nos poníamos a charlar.
            De vez en cuando cerraba los ojos para poder ver en verdad. Me venían imágenes de mis carmelitas descalzas rezando y celebrando la Eucaristía, todas como si fueran una piña, unidas, formando una sola comunidad en Cristo. Recordaba momentos preparando y celebrando la Palabra con mi Comunidad del Camino Neocatecumenal; me acordaba del sagrario de mi parroquia y de los momentos preciosos de adoración ante el Santísimo Sacramento, etc., Resulta curioso porque en esos momentos de bullicio en el tren de cercanías, yo teniendo los ojos cerrados era cuando mejor podía ver: comprendí que mi hogar no está aquí o allí, sino que está donde está Cristo. Y resonaba dentro de mi la Palabra: «Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estas en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado».
Allá donde estuviera, lejos o cerca de mi casa, mi corazón se encuentra allá donde ha encontrado el sentido de mi vivir: Jesucristo. ¡Cuántas familias, cuantos matrimonios e hijos, están residiendo en una casa que se asemeja más a una gran sala frigorífica por no tener al Señor con ellos!. Donde la ausencia del calor que proporciona Cristo no genera mas que odios, rencores, malos entendidos, multitud de formas de manifestarse el egoísmo, broncas y multitud de situaciones de tensión. Cierto es que tener a Cristo con nosotros no nos garantiza que los malos humos y el mal genio no salga a la luz; sin embargo el incendio de nuestros encendidos enfados se encuentran con el cortafuegos que impide que se propague más de la cuenta y que el rencor no tome las riendas de la convivencia.
Además, Jesucristo nos lo recuerda: «El que no ama no guarda mis palabras». Por lo tanto, el que sí ama es porque guarda sus palabras, y por tanto su presencia nos alienta.
El Señor, de vez en cuando, nos recuerda que muchos de nuestros comportamientos y modos de proceder no son conforme al Evangelio de Cristo y que nuestra conversión ha de ser una constante. Cuando uno no se convierte o está en punto muerto en esa conversión genera daño a los hermanos, porque no está respondiendo con generosidad a la hora de amar. A modo de ejemplo: Es que resulta que cómo ese hermano me dijo una cosa que me molestó, no he dejado de saludarle, pero ya no es con fluidez de trato como era antes; le quedo como apartado. Es que resulta que un hermano me ha pedido perdón por una cosa en concreto y yo, o bien he hecho como si no lo he oído o como que me da igual que me lo pida porque yo ya he decidido en mi corazón no quererle como Cristo me pide. Es que resulta que es ver a esa persona en concreto y empezar a salir de mi muchos juicios contra ella, porque como ‘no le trago’ cualquier cosa que diga o haga –aunque si lo hiciera otro lo vería bien- es una oportunidad para ‘ponerle verde’ en mi corazón y ante los demás sin hacerme problema de ningún tipo. Es que resulta que a ese hermano le tengo mucha envidia porque tiene una novia mientras que yo no. Y como no lo soporto y no quiero reconocer mi pecado –para no tenerme que convertir-, pues ya no cuento con esa persona para salir, tomar un café o ‘echarnos unas risas’.
Es Cristo el que hace que no nos sintamos entre nosotros ni extraños, ni extranjeros, ni intrusos, ni ajenos los unos de los otros. Como si estuviéramos en medio de un escampado, en medio de una gélida noche de invierno, todos en torno a un viejo gran bidón de aceite ardiendo  gracias a la leña allí apilada. Muchos de los que allí se juntasen ni se conocen, pero comparten el mismo calor. Mas si ese calor calienta las almas uno es capaz de reconocer la presencia del Resucitado y empiezas a descubrir en el otro al hermano.
            En las Primeras Comunidades Cristianas también se dieron problemas, y algunos de ellos serios. Y para muestra un botón: la primera lectura de hoy tomada de los Hechos de los Apóstoles. Nos cuenta que «unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé». Y el Espíritu de Dios se manifestó en esta situación creada por los hombres. En primer lugar para afianzar los lazos de comunión entre la comunidad con los Apóstoles, y para fortalecer los lazos entre los propios hermanos entre sí. Estando Dios en medio es posible sacar un bien elevado de una situación muy delicada. Además, esto sirvió para construir la Comunidad.
            El Señor nos ha dicho: «La paz os dejo, mi paz os doy». Cuando uno adquiere más trato de amistad con Él empieza a saber de qué tipo de paz se trata. Cuando se está con Cristo todo queda totalmente relativizado; obtienes una claridad absoluta y sobrenatural tanto de la vida propia como de los acontecimientos que te han sucedido y están sucediéndote; te escuecen sobremanera tu propio pecado, pero el corazón rebosa de gozo, porque está donde realmente desea estar: En Dios.