sábado, 28 de mayo de 2016

Homilía del CORPUS CHRISTI 2016

CORPUS CHRISTI 2016
            Muchas veces nos ha dicho el Señor que «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13). ¿Qué es eso de dar la vida? ¿Qué implicaciones llevan consigo? Ya que uno puede dar muchas cosas, un donativo, una limosna, incluso el privarse de algo (un café, el tabaco, el salir de fiesta un día...) como un ejercicio de ascesis y buscando un beneficio para los demás. La plenitud como hombre no puede estar en la satisfacción de lo sentidos, de las pasiones, de los apetitos. Si mi alegría depende de esos momentos o instantes que la vida me puede brindar, como también privar, estaría sumergido en la tristeza de la insatisfacción permanente.  Esto se puede asemejar a la satisfacción que te puede proporcionar el comer un helado con el calor veraniego. El helado se consume y ese momento refrescante desaparece. El problema radica en que nos hemos acostumbrado a ser ‘consumidores de lo inmediato’. Que uno se quiere divertir, sobre todo si es adolescente o universitario, pues estoy pensando en salir los jueves o el fin de semana por las noches, para poder divertirse sin más limitación que la que uno mismo se ponga. O incluso para ‘afrontar’ una particular cruz que te está haciendo sufrir ser consumidor de afectos inmediatos para poder sentirte querida y reconocida cuando en el fondo se te está dañando y distanciándote de mucha gente que te quiere pero que no dicen lo que tú esperas oír. Y resulta que Dios no se mueve en lo efímero e inmediato, sino en lo eterno.
            La presencia real de Cristo está en el pan y en el vino consagrados por el presbítero. Y es en esa presencia tan humilde donde Cristo se queda para que tú, como niño curioso que eres puedas descubrir algo que el mundo te está ocultando, tu vocación a la eternidad.
            Les voy a poner una especie de imagen/ejemplo, sabiendo que siempre son muy limitados para poder entender las realidades sobrenaturales. Hay canales de televisión que se emiten en una calidad de imagen de alta definición. Si yo tengo un receptor de televisión de los antiguos o de los que no están preparados, no podré disfrutar de la programación de ese canal. La señal lo recibirá pero no me vale para nada.   La constante catequización que el mundo nos está impartiendo están forjando mentes y corazones capaces únicamente de captar las cosas terrenas, olvidando y despreciando las eternas. No son capaces de ver ese canal en alta definición porque 'todos están cortados con la misma tijera', 'cortados por el mismo patrón'. Cuando la Iglesia hace pública profesión de fe en Cristo Eucaristía está manifestando a los cuatro puntos cardinales que tu encuentras en Él  el sentido de tu vida, la alegría de tu alma, la recompensa de todos tus esfuerzos y la orientación de tu existencia. En una palabra: Ahí, en la Eucaristía, está tu propia salvación.
            Algunos me podrán decir que lo único que ven es un trozo de pan sin levadura. Esto ocurre porque su pecado les imposibilita reconocer a Cristo ahí. Si yo tengo la gafa totalmente embarrada y con los cristales con un montón de roña no podré tener una visión aceptable. Si mi alma está embarrada y con tanta roña que tendría que emplear un estropajo y un potente desengrasante para poder tenerla algo decente, es normal que ni me de cuenta de quien está ahí. Por eso para poder empezar a darse cuenta de la presencia real de Cristo en la Eucaristía es preciso y urgente hacer la opción por empezar a convertirnos: CONVERSIÓN.
            Pero aviso, en el momento en que te has despertado de ese letargo o amodorramiento espiritual ocasionado por tu pecado, y empieces a darte cuenta de quién es Cristo y lo que Cristo quiere de ti, descubrirás la malicia de tu pecado, tendrás ante tu mirada el daño y las heridas que te ha causado tu mal proceder. Si quieres vivir en la verdad, si quieres descubrir la razón y el sentido de tu vida, si deseas empezar a descubrir que se siente cuando uno es amado, tienes la respuesta: Estate disfrutando de la compañía de Cristo Eucaristía todos los días. Cristo da todos los días su vida por ti. Todos los días está ahí en la Eucaristía para fortalecer los músculos de tu alma. Todos los días está ahí para darte una Palabra de vida y de aliento.  Todos los días está dispuesto a levantarte de tu pecado en el sacramento del perdón. Todos los días te tiene muy presente en su sagrado Corazón. Pero tú no te darás cuenta hasta que hayas iniciado tu conversión.

            ¡Viva Jesús Sacramentado! Sea por siempre bendito y alabado.

sábado, 21 de mayo de 2016

Homilía del Domingo de la Santísima Trinidad 2016

SANTÍSIMA TRINIDAD 2016
         ¿Qué es lo que pido de un hermano de Comunidad o a un cristiano? Que sea el perfecto señor de su casa que ofrezca un hospedaje de lujo al Espíritu Santo que viene a él para ser uno con él. Que esté tan cerca del Señor, que se encuentre ‘pillado’ por Cristo que sepa dar una palabra, un consejo de los que el mundo no es capaz de dar. Que aunque sea por un instante uno pueda percibir esa luz que abre el entendimiento de tal modo refrescándote el alma. Puede pasar unos días o unos minutos y ese hermano que te regaló esa palabra que tanto te ayudó, resulta que hace algo o no calla lo que debería de haber callado y empieza los juicios negativos contra él. ¿Os dais cuenta de cómo la fuerza de Dios se realiza en medio de nuestra gran debilidad? El problema que nos debe de preocupar es si ese juicio que tengo contra mi hermano tenga el poder de robarme la paz interior. Ese juicio que me quita la paz puede ir ‘asentando jurisprudencia’ para actuar de un modo no auténtico frente a ese hermano, no reconociendo en él a Cristo y desaprovechando las ocasiones de conversión que Dios te ofrece por medio de él. Lo nuestro es empaparnos de la Sabiduría de Dios.
         Tal vez tengamos a algún hermano en la fe o algún compañero de trabajo o de estudios que, el sólo hecho de estar con él, suponga una tribulación. Tal vez porque tenga la habilidad de ‘sacarte de tus casillas’. Sin embargo ese hermano está puesto ahí para que, a modo de espejo, puedas verte reflejado en tus pecados. La guerra no la tenemos que afrontar contra el hermano, la esposa, el familiar, el compañero de trabajo, etc., sino que el enemigo lo tenemos dentro de nosotros; nuestro pecado que nos maneja muchas veces como los hilos de una marioneta. Ese hermano 'que no trago' es un instrumento puesto por Dios para que yo reconozca mi pecado.
         El modo de proceder de la Santísima Trinidad no es el nuestro. La Sagrada Escritura ya nos cuenta un caso práctico: Marta estaba muy inquieta sirviendo al Señor, llevando y quitando los platos, los vasos, fregando...., mientras que María estaba allí escuchándole porque sabía que ese momento que estaba viviendo en ese instante era irrepetible, un don precioso de Dios. Porque platos y vasos y comidas y fregaderos, etc., siempre habrán. Pero disfrutar de la presencia del Maestro sólo se puede estar en momentos muy contados. Por eso María ‘descansaba en el Señor’, mientras que Marta hacía juicios contra su hermana –‘mira que zángana y está viendo que yo no paro y ella ni se mueve de ahí, ¡tendrá cara la muy vaga!’; mas la palabra dirigida a Marta por el Señor le abrió el entendimiento, le devolvió aquella paz que había perdido y pudo disfrutar del Señor estando en plena comunión con su hermana.
Es cierto también que esto no anula la corrección fraterna, porque si yo quiero a mi hermano también le tengo que ayudar a que descubra el valor de hacer las cosas por amor a Cristo y a los hermanos. Sin embargo podemos caer en la ‘tela de araña del demonio’, y nadie estamos exentos de este modo de proceder. Uno molesto por un hermano se queja a un tercero. Y el tercero, en vez de disculparlo y de ofrecer una palabra alternativa de vida, se suma a ese juicio dañando aun más la débil comunión de los hermanos. Hay veces que te invitan a comer, en una de esas comidas familiares donde también quieren contar con uno. Llegas a la mesa, te sientas y no tardas en darte cuenta de cómo un hermano no se habla con el otro. Es que ni se hablan ni se cruzan las miradas, a lo que el ambiente en esa comida está cargado de tensión porque no es el Espíritu quien reina en ese momento, sino que son los particulares faraones –sí, como el faraón de Egipto en tiempos de Moisés-; son esos soberbios faraones que se levantan para sacar a relucir todo lo peor que tenemos dentro de nosotros. Y muy pocos repararán en el esfuerzo, dedicación y horas que la madre o a la persona que ha dedicado en la cocina, quedando deslucida tan perfecta comida con la amargura de la tiranía de esos faraones.

La Santísima Trinidad es una familia de tres personas y una sola naturaleza. La unidad sólo se dará si todas nuestras almas confluyen en un único punto: Dios. La Santísima Trinidad es un Dios que está en el origen de la vida. En la medida en que demos un paso adelante para a cercanos a Cristo se irá creando como una especie de 'campo de fuerza' donde el amor y la preocupación por el hermano será una constante y donde uno empezará a pensar primero en el otro antes que en uno mismo. 

domingo, 15 de mayo de 2016

Homilía de Pentecostés 2016

HOMILÍA DE PENTECOSTÉS 2016
Aquellos que deseamos redescubrir el sentido auténtico de nuestro bautismo y hemos hecho la opción de tener a Jesucristo muy de cerca no podemos permitirnos vivir como los paganos. Es preciso implorar al Espíritu Santo EL DON DE PIEDAD para poder disfrutar de una relación paterno-filial con Dios y tratar a Dios con ternura y cariño de un hijo hacia su padre y a los demás hombres como a verdaderos hermanos.
Nuestra vida personal se asemeja a una canoa en medio de un río con gran caudal. Como nuestra particular canoa tenga agujeros en la base no tardará en inundarse y hundirse en lo más profundo. Son muchas las seducciones y tentaciones a las que estamos expuestos diariamente, y eso que uno ejerce la prudencia para evitar 'ponerse en situación de peligro'. Rogar por alcanzar EL DON DE CIENCIA, para distinguir entre lo verdadero y lo falso; distinguir entre lo que llevará a Dios y lo que nos separará de Él.
Y ¡ojala únicamente tuviéramos un solo agujero para taponar! Hay que estar constantemente achicando agua y tapando agujeros para seguir mantener a flote nuestra canoa. No nos podemos resignar a tener los pies constantemente mojados, y mucho menos las piernas. No podemos permitir que las cosas nos den igual. No podemos permitir el lujo de ‘bajar el listón’ a la hora de entregarnos en el amor a los hermanos.
Es preciso ser dócil al Espíritu  y pedirle EL DON DE CONSEJO, para tomar la decisión acertada, escoger lo que más convenga y el modo de hacerlo, lo que se debe de evitar y lo que se debe uno de callar.
 ¡Si ésta es la Iglesia de Cristo nos tenemos que apoyar los unos en los otros y dejarnos de tonterías!
Yo y cualquiera experimenta el amor de Cristo a través de los hermanos. La indiferencia y el desprecio no dejan de ser puñaladas que hieren gravemente al amor. Nuestros hermanos los hombres empezarán a abrir los ojos y los oídos al caer en la cuenta de que Cristo está resucitado tan pronto como perciban entre nosotros los frutos del amor fraterno. Y el amor fraterno no es como el yeso que se termina ahuecando y desprendiéndose poco a poco por fundarse en las propias fuerzas humanas. El amor fraterno no es hacer las cosas –aunque estén a la perfección realizada- sólo para obtener la aprobación y enhorabuena de los demás. El amor fraterno es reconocer a Cristo en el hermano y comportarse de tal modo cómo si lo tuvieras realmente aquí, a tu lado, contigo. Esto no nos ahorra las discusiones, ratos de enfados y momentos en los que ‘nos acaloramos más de la cuenta’. Pero sabremos que nadie es superior a nadie y de ser superior, que sea en el amor de donación total por amor a Cristo. Por eso es tan fundamental el implorarle EL DON DE SABIDURÍA, para conocer a Dios y a buscar únicamente la presencia de Dios.
Hay cristianos que se piensan que por estar en la iglesia toda la vida ya tienen un amplio recorrido, sintiéndose seguros de sí mismos y ‘mirando como por encima del hombro’ a aquellos que se inician o dan los primeros pasos en la fe. Muchas veces el orgullo y la soberbia nos pierde. ¿De qué sirve o cómo va a decorar una figura valiosa de porcelana de Lladró o una figura de cristal de Burano si se estampa contra el suelo destrozándose en mil y una piezas? Si pensamos que somos buenos porque nosotros cumplimos la ley  y que con nuestras fuerzas sacamos las cosas adelante, llegará el día de la prueba -una enfermedad, la muerte de un ser querido, unas oposiciones que no se sacan, un novio que nunca llega, la pérdida del trabajo, un accidente inesperado, etc.,-, llegará ese día de la prueba y nos estamparemos contra el suelo y en mil pedacitos nos convertiremos. Llegaremos incluso a renunciar de Dios, a echarle la culpa de todo, a mostrarnos como las víctimas de su mal actuar. Por eso, y por otras muchas cosas hay que anhelar EL DON DE ENTENDIMIENTO, para saber que la verdad no es fácil cuando me salgo de su camino y ayude a entender y amar a las Escrituras Sagradas. Y suplicar por EL DON DE FORTALEZA, para realizar todo lo que Dios quiere de ti y para resistir con paciencia y valor las contrariedades de la vida.
Nuestra vida no es nuestra, es de Cristo. Hemos sido comprados a precio de la sangre del Hijo de Dios crucificado en el madero. Y esto es lo que hay. Unos estarán toda la vida ignorando esta eterna verdad, viviendo perdidamente, haciendo lo que 'el cuerpo y su mal uso de la libertad' consideren oportuno, actuando de un modo indigno de ser cristiano. Otros, aun conociéndola 'se harán los locos', como aquellos jóvenes que sin tener los 18 años se intentan colar en las salas de fiestas pasando por uno de tantos mayores de edad. Saben que actúan mal, pero cualquier escusa les vale. Es muy importante pedirle EL DON DEL TEMOR DE DIOS, que nos ayude a meditar con frecuencia sobre Dios; que nos ayude a meditar sobre la malicia del pecado; y a temer todas las cosas que nos separen de Él.

Sólo con la fuerza venida de lo alto y acogida por nosotros, podremos vivir como cristianos y ser embajadores de Cristo ante los hombres en medio de esta sociedad secularizada y satisfecha de sí misma. 

domingo, 8 de mayo de 2016

Homilía del Domingo de la Ascensión del Señor, Ciclo C



DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR, Ciclo C
            Me quedo sorprendido de la actualidad que rebosa la Palabra de Dios. San Pablo cuando escribe a la comunidad de los Efesios está dando respuesta a un problema acuciante que se daba en esas comunidades cristianas. Resulta que surgieron tendencias, por influencias extrañas, en las propias comunidades que afirmaban que otros seres podían competir con Cristo en su acción salvadora. A lo que Pablo afirma que sólo Cristo está «por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro».
En nuestra sociedad no se trata ya de competir sino de suplantar: Muchos que han sido bautizados han destronado a Cristo de sus almas para entronizar a sus múltiples ídolos.  Que se tiene necesidad de olvidar algo en vez de afrontarlo con la lucidez cristiana, pues se usa y abusa de la bebida, de los porros y demás sustancias. Que uno se quiere enriquecer, pues se hace trampas para robar lo más posible sin que te pillen. Que uno quiere sentirse amado por otra persona y dejarse llevar por la lujuria, pues o bien se va a los lugares de mala reputación o se tantea el terreno para poder hacerlo con aquel muchacho o muchacha que te gusta y además sin pagar. De tal manera que la persona cree que sus necesidades quedan satisfechas, recurriendo a ellas una y mil veces cuando sus efectos finalizan.  Y entrando en esta dinámica perversa y corrosiva generada por Satanás, se cae en la desesperación, ya que por mucho que uno intente llenar de agua un cesto de mimbre, nunca lo conseguirá. Pero mientras tanto Satanás va ganando tiempo, engañando a las personas, creando confusión, deformando conciencias  y adoctrinarlas en su particular escuela de perdición.
            San Pablo nos exhorta a vivir con la dignidad de cristianos. Sabemos que es demasiado de tentador lo que Satanás nos ofrece en el mundo. Cristo no quiere que quedemos apresados en las telas de araña del Maligno, sino que desea que nosotros seamos parte de ese pueblo que Él mismo está congregando. Ese esposo que está tanto tiempo en su oficina con tantas compañeras y secretarias como no tenga puesta su esperanza en Cristo correrá el riesgo elevado de cargarse su propio matrimonio. Esa mujer trabajadora que se esfuerza en ascender en su trabajo o en mantenerlo, como no tenga a Cristo en el centro de su ser, puede llegar a hacer uso o de propuestas indecentes de los jefes encargados o de mecanismos ilícitos para conseguirlo. Por eso es tan importante acoger de Dios ese espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo, así como que Dios nos ilumine los ojos del corazón para que comprendamos la esperanza, el poder y la herencia que da a aquellos que le aman.
            Sin embargo no olvidemos que la fuerza no la generamos nosotros, sino que viene de lo alto.  Nos dice Jesucristo: «Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».
Reza el salmo 91:
«¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta». 
Si nos revestimos de la fuerza que viene de lo alto iremos creciendo espiritualmente de tal modo que eso quedará reflejado en nosotros para beneficio de nuestros hermanos para afrontar el desafío de la evangelización, en palabras del Salmo 91:
«El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios;
en la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso».

            Nosotros hemos sido bautizados con agua y con el Espíritu Santo.  Descubrir la grandeza de la vida sobrenatural  supone cerrar puertas y ventanas a planteamientos mundanos por considerarlos basura y  pérdida de tiempo, y abrir de par en par otras puertas a la fuerza de Dios,  ya que Él es el único que puede saciar de sed nuestros corazones inquietos e  insatisfechos.

           

sábado, 30 de abril de 2016

Homilía del Domingo Sexto del tiempo Pascual, ciclo c

DOMINGO SEXTO DEL TIEMPO PASCUAL, ciclo C                      1 DE MAYO 2016              Hch 15,1-2.22-29;   Ap 21,10-14.16-17.20; Jn 14, 23-29
Estos últimos años que he tenido que ir a Madrid y coger el metro o el tren de cercanías para desplazarme por la capital me ha sobrecogido el profundo individualismo que veía. Uno sentado con los cascos puestos a todo volumen. Otra leyendo un libro, el otro con un e-book. La mayoría enfrascados en los mensajes de texto de sus teléfonos móviles, y alguna pareja manifestando su ausencia de pudor. Bajaban y subían del medio de trasporte formando parte de su rutina diaria. Me acuerdo que un día estaba el tren de cercanías en su máxima ocupación y subió una mujer en avanzada gestación. Nadie se dignó a dejar su asiento a esta mujer. Sé que lo estaba pasando mal porque el que estaba a su lado de pie era precisamente yo. Cada cual sólo mira para sí. Sentí un escalofrío por la espalda porque aunque sabía que había mucha gente en torno a mí, me sentía profundamente solo. Menos mal que mi padre me acompañaba y con frecuencia, nos poníamos a charlar.
            De vez en cuando cerraba los ojos para poder ver en verdad. Me venían imágenes de mis carmelitas descalzas rezando y celebrando la Eucaristía, todas como si fueran una piña, unidas, formando una sola comunidad en Cristo. Recordaba momentos preparando y celebrando la Palabra con mi Comunidad del Camino Neocatecumenal; me acordaba del sagrario de mi parroquia y de los momentos preciosos de adoración ante el Santísimo Sacramento, etc., Resulta curioso porque en esos momentos de bullicio en el tren de cercanías, yo teniendo los ojos cerrados era cuando mejor podía ver: comprendí que mi hogar no está aquí o allí, sino que está donde está Cristo. Y resonaba dentro de mi la Palabra: «Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estas en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado».
Allá donde estuviera, lejos o cerca de mi casa, mi corazón se encuentra allá donde ha encontrado el sentido de mi vivir: Jesucristo. ¡Cuántas familias, cuantos matrimonios e hijos, están residiendo en una casa que se asemeja más a una gran sala frigorífica por no tener al Señor con ellos!. Donde la ausencia del calor que proporciona Cristo no genera mas que odios, rencores, malos entendidos, multitud de formas de manifestarse el egoísmo, broncas y multitud de situaciones de tensión. Cierto es que tener a Cristo con nosotros no nos garantiza que los malos humos y el mal genio no salga a la luz; sin embargo el incendio de nuestros encendidos enfados se encuentran con el cortafuegos que impide que se propague más de la cuenta y que el rencor no tome las riendas de la convivencia.
Además, Jesucristo nos lo recuerda: «El que no ama no guarda mis palabras». Por lo tanto, el que sí ama es porque guarda sus palabras, y por tanto su presencia nos alienta.
El Señor, de vez en cuando, nos recuerda que muchos de nuestros comportamientos y modos de proceder no son conforme al Evangelio de Cristo y que nuestra conversión ha de ser una constante. Cuando uno no se convierte o está en punto muerto en esa conversión genera daño a los hermanos, porque no está respondiendo con generosidad a la hora de amar. A modo de ejemplo: Es que resulta que cómo ese hermano me dijo una cosa que me molestó, no he dejado de saludarle, pero ya no es con fluidez de trato como era antes; le quedo como apartado. Es que resulta que un hermano me ha pedido perdón por una cosa en concreto y yo, o bien he hecho como si no lo he oído o como que me da igual que me lo pida porque yo ya he decidido en mi corazón no quererle como Cristo me pide. Es que resulta que es ver a esa persona en concreto y empezar a salir de mi muchos juicios contra ella, porque como ‘no le trago’ cualquier cosa que diga o haga –aunque si lo hiciera otro lo vería bien- es una oportunidad para ‘ponerle verde’ en mi corazón y ante los demás sin hacerme problema de ningún tipo. Es que resulta que a ese hermano le tengo mucha envidia porque tiene una novia mientras que yo no. Y como no lo soporto y no quiero reconocer mi pecado –para no tenerme que convertir-, pues ya no cuento con esa persona para salir, tomar un café o ‘echarnos unas risas’.
Es Cristo el que hace que no nos sintamos entre nosotros ni extraños, ni extranjeros, ni intrusos, ni ajenos los unos de los otros. Como si estuviéramos en medio de un escampado, en medio de una gélida noche de invierno, todos en torno a un viejo gran bidón de aceite ardiendo  gracias a la leña allí apilada. Muchos de los que allí se juntasen ni se conocen, pero comparten el mismo calor. Mas si ese calor calienta las almas uno es capaz de reconocer la presencia del Resucitado y empiezas a descubrir en el otro al hermano.
            En las Primeras Comunidades Cristianas también se dieron problemas, y algunos de ellos serios. Y para muestra un botón: la primera lectura de hoy tomada de los Hechos de los Apóstoles. Nos cuenta que «unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé». Y el Espíritu de Dios se manifestó en esta situación creada por los hombres. En primer lugar para afianzar los lazos de comunión entre la comunidad con los Apóstoles, y para fortalecer los lazos entre los propios hermanos entre sí. Estando Dios en medio es posible sacar un bien elevado de una situación muy delicada. Además, esto sirvió para construir la Comunidad.
            El Señor nos ha dicho: «La paz os dejo, mi paz os doy». Cuando uno adquiere más trato de amistad con Él empieza a saber de qué tipo de paz se trata. Cuando se está con Cristo todo queda totalmente relativizado; obtienes una claridad absoluta y sobrenatural tanto de la vida propia como de los acontecimientos que te han sucedido y están sucediéndote; te escuecen sobremanera tu propio pecado, pero el corazón rebosa de gozo, porque está donde realmente desea estar: En Dios.


viernes, 22 de abril de 2016

Homilía del Domingo Quinto del Tiempo Pascual, ciclo C

DOMINGO QUINTO DE PASCUA, ciclo c                    24 de abril 2016
            Hch 14, 21b-27
                Sal 144
                Ap 21, 1-5a
                Jn 13, 31-33a.34-35
Las lecturas de hoy son muy actuales. Nos encontramos a Pablo y a Bernabé visitando y alentando en la fe a unas comunidades cristianas. Saben que muchos en esas comunidades están tibios en la fe, y que como consecuencia de esa tibieza, Satanás se cuela generando malos entendidos, la envidia genera un comportamiento dañino hacia el otro,  formas de actuar que desdicen de un creyente, el cansancio y el desaliento ante las dificultades que se plantean... y tanto Pablo como Bernabé les tienen que dar una palabra para que de esas brasas pueda surgir unas llamaradas de amor a Cristo. Estos dos Apóstoles también saben que hay hermanos que se creen muy seguros en su fe, a lo que ellos les ayudan a discernir para que reconozcan que «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los constructores».
            Pablo y Bernabé aún estando a muchos kilómetros de distancia y con la escasez de medios de comunicación de aquel entonces, sabían si una pareja de novios se había casado, si un niño había nacido, si un hermano de esa comunidad estaba enfermo, si determinadas personas estaban ya fueran fríos en la fe o ardientes en Cristo, sabían de los logros y de las desgracias de los hermanos de la comunidad. No lo sabían porque tuviesen unos espías contratados por ellos; lo sabían porque al reinar la comunión los comentarios fluyen con normalidad, las cartas se escriben, los hermanos tienen la confianza y libertad de decírselo a ellos. A lo que Pablo y Bernabé, muriendo para que el mundo tenga la vida, se apresuraban a estar cercanos a esos hermanos llevándoles la Palabra del Señor para iluminarlos en su situación particular.
Pablo y Bernabé no iban diciendo lo que a ellos les iba pareciendo bien, porque de este modo se anunciarían a sí mismos  y obligarían a los demás a imponerles su propia voluntad y no la de Dios. Pablo y Bernabé «oraban, ayunaban y se encomendaban al Señor». Pablo y Bernabé, que tenían la palabra de Jesucristo bien dentro de su ser, se acordaban de aquella parábola de los talentos y de cómo aquel señor reprendió muy seriamente al siervo zángano por no poner en juego su razón y voluntad conformándose con esconder el denario bajo la tierra. Pablo y Bernabé, a la luz de la Palabra de Dios, iluminan, ofrecen criterios serios de discernimiento para la vida concreta de esa comunidad o de determinadas personas, para que cada cual poniendo en juego su razón, su corazón, su libertad y su voluntad, sigan a Cristo con determinación. Ni Cristo ni los Apóstoles quieren a personas dependientes, sino libres. Desea que actuemos con la libertad propia de los hijos de Dios. Ahora bien, nadie nos ahorra los sufrimientos que acarrea el mal uso de esa libertad. Los hijos de las tinieblas huyen de la luz, por eso es tan importante que haya obispos, presbíteros y catequistas con capacidad de ayudar a discernir la vida de los hermanos con la Palabra de Dios y el Magisterio de la Iglesia.
Aquel que ofrece criterios de discernimiento ‘se desnuda espiritualmente’  ante el hermano ya que le está obligando a mostrar cómo está siendo su relación íntima y personal con Cristo. Y esto implica y complica. Cuentan que en una granja los animales estaban nerviosos porque se acercaba las fiestas de navidad. Se enteraron que el plato principal de la Noche Vieja eran huevos con jamón. Las gallinas lo festejaron por todo lo alto, pero los cerdos mostraron su disgusto y descontento diciendo a las gallinas: ‘Vosotras únicamente participáis, a nosotros nos complican sacrificándonos’. Un obispo, un presbítero y un catequista son como ese puerco que está con el ministerio de servicio para garantizar ese discernimiento que ofrece poniendo previamente como aval su propia vida creyente. De esta manera es mas complicado a uno ‘se le suban los humos a la cabeza’ o ‘se crea algo por tener un cargo’, porque de darse el caso, los hermanos corresponsales tienen la obligación moral –con el Evangelio en la mano- de proceder a la corrección fraterna, porque un mal consejo puede general grave daño.

            Pablo y Bernabé no tendrían más equipaje que la Palabra. Eran los hermanos de las comunidades quienes les acogían en sus casas con gran hospitalidad, les lavarían la ropa, les preparasen un plato con comida, les proveyeran para los viajes. Ahora son pocas las casas en las que te dejan pasar mas allá de la puerta de la entrada. Es cierto que Pablo y Bernabé nunca quisieron ser una carga para nadie. Ellos fueron concretando, en la vida cotidiana de las comunidades, el mandamiento del amor dado por Jesucristo. Además ellos, en aquellas casas donde fuesen acogidos, serían testigos de los conflictos cotidianos que se dan en el ámbito familiar –malos entendidos, enfados, ‘tiran teces’ entre los esposos o entre los hijos y sin lugar a dudas, uno de sus gestos, una palabra dada o una mirada oportuna serían la mejor gratificación que hubiesen podido recibir aquellos que les han acogido en su casa. Y resulta curioso, porque con ese modo de proceder testimonial de los Apóstoles en las comunidades y en los hogares van permitiendo que Dios vaya actuando en lo más sencillo y en lo más importante, ‘haciendo nuevas todas las cosas’. 

sábado, 9 de abril de 2016

Homilía del Tercer Domingo de Pascua,ciclo C

DOMINGO TERCERO DE PASCUA, ciclo C,                    10 de abril de 2016
            Amarse no es mirarse el  uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección. Entre cristianos amarse en mirar juntos hacia la misma dirección que es Cristo. Si nos convertimos a Cristo y vamos juntos hacia Él, los cristianos nos aproximaremos también entre nosotros, hasta ser, como Él nos pidió, «uno, con Él y con el Padre». Ocurre como los radios de una rueda. Parten de puntos distantes de la circunferencia, pero poco a poco se van acercando al centro, se acercan también entre sí, hasta formar un único punto.
            Pedro y los Apóstoles, ante el interrogatorio y acusaciones del sumo sacerdote le responden que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Esto es muy cierto, pero más cierto aún es que desobedecerse a uno mismo es difícil. Porque desobedecer a una persona puede costar mucho o poco, pero desobedecerse a uno mismo es costoso de todas, todas. Que negarse a uno mismo es muy fastidioso   porque 'es lo que pide el cuerpo'. Se nos pide mortificación de los sentidos; vigilar nuestro corazón. San Juan de la Cruz en el libro 'Subida al Monte Carmelo' nos dice:
            «Procure siempre inclinarse:
            no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso;
            no a lo más sabroso, sino a lo más desabrido;
            no a lo más gustoso, sino antes a lo que da menos gusto;
            no a lo que es descanso, sino a lo trabajoso;
            no a lo que es consuelo, sino antes al desconsuelo;
            no a lo más, sino a lo menos;
            no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciado;
            no a lo que es querer algo, sino a no querer nada;
            no andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo peor, y desear          entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo cuanto hay en          el mundo».
            Lo curioso es que cuando uno va adquiriendo experiencia de obedecer a Dios uno se siente más cerca del hermano. La dificultad para que uno 'muera a sí mismo', para que 'acepte la negación de sí mismo', incluso para los que vivimos dentro del amparo de la Iglesia puede radicar en el escaso cultivo de la relación religiosa. Dicho con otras palabras: Puedo tener una 'guerra civil' dentro de uno mismo, donde la cabeza dice que «tienes que morir a ti mismo y darte a tu esposa, a tu esposo, a tu comunidad…por amor a Cristo» y el corazón te diga: «¿por qué quieres morir a ti mismo?, ¿vas a morir a ti mismo teniendo únicamente razones tan inconsistentes como un lejano saber de oídas sobre Dios? ¿es que acaso ese lejano saber de oídas sobre Dios pone tu corazón y todo tu ser al rojo vivo de pasión de amor?». Si no tenemos una experiencia real de Dios en nuestras vidas el hecho de 'morir a nosotros mismos' es una locura donde terminaremos 'tirando la toalla'.

            Cuando el discípulo amado, prototipo del seguidor de Jesús, detecta la presencia de Jesús, donde había tiniebla aparece una luz deslumbradora. Dice el evangelio que «aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
–Es el Señor
». Ese es un modelo perfecto de alguien que ha tenido una experiencia de Dios y de esa experiencia saca las fuerzas para hacer frente a los demonios que intentan dominarnos en este mundo. Nosotros estamos llamados a ser como ese discípulo capaz de reconocer al Señor. Reconociéndole cerca todo cambia. Cuentan que en las batallas medievales había un momento en que, superada la infantería, los arqueros y la caballería, la batalla se concentraba en torno al rey. Existen edificios o estructuras metálicas hechas de tal modo que si se toca cierto punto neurálgico. o se mueve determinada piedra, todo se derrumba. ¿Cómo voy a poder negarme  a mí mismo sino tengo al Rey de reyes a mi lado en la batalla? ¿Cómo voy a poder arrastrar esa red repleta de esos ciento cincuenta y tres peces grandes sino tengo el alma ardiendo de amor por mi Dios y Señor? Ni yo ni nadie puede sacar adelante una vocación cristiana si previamente no ha tenido una experiencia de Cristo resucitado en su vida personal. Cristo te ofrece esa experiencia, si la aceptas te vas a comprometer de lleno con Él, ¿estás dispuesto?

sábado, 26 de marzo de 2016

Homilía de la Vigilia Pascual 2016

VIGILIA PASCUAL 2016
            La fe cristiana es encontrar un TÚ que me sostiene y que, a pesar de mi imperfección, de mis pecados, de mi ser incompleto, le regala la promesa de un amor indestructible. Ese TÚ no solo me orienta hacia la eternidad, sino que la otorga. La fe cristiana ilumina el entendimiento para que descubramos que no sólo existe lo que vemos y tocamos, sino que también hay Alguien que me conoce y me ama, del que yo puedo confiarme a Él con la seguridad de un niño que ve en su madre la resolución de todos sus problemas.
            En el momento en que Cristo ha resucitado, todos aquellos que estamos unidos a él como el sarmiento a la vid, somos regados por la sabia de la resurrección. La fe en Cristo adquiere un protagonismo personal sin precedentes que se va concretando en numerosos cambios radicales.
            Tenemos que ser capaces de resistir a la incredulidad del mundo. No corren tiempos de grandes conversiones; son momentos de poco éxito pastoral. Todos conocemos a gente buena, noble, sincera, incapaz de hacer el mal a nadie pero que se sienten cada vez más lejos de la fe. Esta gente se aleja porque en los cristianos no ven ese algo diferente que nos ha venido a traer Cristo. Es verdad que hay mucha imperfección en nuestras personas. Sin embargo la dificultad no sólo radica principalmente en nuestros comportamientos éticos, sino que hay una atmósfera sociológica y cultural que hacen muy difícil la vivencia y expresión de la fe. Es necesario crear comunidades donde Cristo Resucitado, el Maestro, nos vaya mostrando su rostro, vaya calentando nuestros corazones, fortaleciendo nuestras voluntades y ofreciendo sabiduría a nuestro entendimiento. Comunidades que nos ayuden a soportar los zarpazos de la secularización reinante; que nos ayuden a soportar la indiferencia de la masa.
            Muchas veces el faraón se alzará con ira, preparará su carro de combate y reunirá a su ejército y sus carros y mejores capitanes correrán y nos perseguirán, pero el Señor no nos abandona. El Resucitado está con nosotros. Son muchas las personas que cuando ven a matrimonios que están abiertos a la vida y ya van teniendo muchos más hijos de la media nacional empiezan a razonarlo con criterios de comodidad y económicos, la hipoteca, un sólo salario que entra en esa casa, dar de comer, vestir, el colegio de todos ellos....es como si con esos juicios estuvieran acechando los caballos y caballeros del faraón para que desistamos del proyecto de Dios. Y tal y como lo hizo en el pasado, abrirá de nuevo el mar para que podamos pasar en medio del mar como tierra seca librándonos de todo mal para proseguir con la vocación dada por Dios. El Resucitado actuará para que ese proyecto llegue a bien fin, a pesar de todos los problemas, situaciones delicadas. Es Cristo el que nos abre el sendero, tal y como el mar fue partido en medio. Cristo siempre 'da el ciento por uno'.
            La experiencia del encuentro real con Cristo no nace de la nostalgia de haber convivido con una persona extraordinaria, ni tampoco de la reflexión sobre la nobleza del mensaje de esa persona. Es una experiencia que nace de la certeza de que Jesucristo está vivo por ellos, «los Doce», y algunos discípulos más, se han encontrado realmente con Él después de su cruel muerte. Y ese encuentro disipa su tristeza, su desconfianza y derrotismo. Es el encuentro que les trasforma.

            Cuando una muchacha recibe por vez primera del muchacho por quien se interesa la expresión «te quiero», no empieza a saltar ni a gritar; queda sobrecogida. Porque lo más profundo no nos hace brincar, sino sobrecogernos. Cuando a lo largo de nuestra vida Jesucristo nos va mostrando cómo se nos hace presente todo va cambiando. Algunos pueden decir que a cualquier cosa llamamos un encuentro con Cristo ya que de lo único de lo que se trata es de un conjunto de circunstancias o casualidades. Sin embargo el conjunto de circunstancias o casualidades no provocan el regreso de la alegría  y la esperanza. No provoca que el comportamiento de individual y de las comunidades cambien y que la gente se llegue a preguntar '¿qué está pasando aquí?', '¿de dónde sacan estas fuerzas?', '¿de dónde les viene este ánimo inasequible ante el desaliento?'. Las circunstancias o casualidades pueden pasar o no. Y moverse con las circunstancias no nos conducen a ningún puerto: es tanto como intentar sembrar una piedra en una tierra. No da nada. Sin embargo, si es una irrupción de Cristo en la vida personal, allá donde Cristo se encuentre generará manantiales de vida. Esa experiencia con el resucitado inunda todas las áreas del hombre y se convierte en una experiencia central y básica. No seremos personas perfectas, pero sí con la capacidad de creer en un futuro a pesar de las dificultades y esto gracias a que Cristo al resucitar nos dio un impulso donde antes sólo había vacío.