domingo, 8 de mayo de 2016

Homilía del Domingo de la Ascensión del Señor, Ciclo C



DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR, Ciclo C
            Me quedo sorprendido de la actualidad que rebosa la Palabra de Dios. San Pablo cuando escribe a la comunidad de los Efesios está dando respuesta a un problema acuciante que se daba en esas comunidades cristianas. Resulta que surgieron tendencias, por influencias extrañas, en las propias comunidades que afirmaban que otros seres podían competir con Cristo en su acción salvadora. A lo que Pablo afirma que sólo Cristo está «por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro».
En nuestra sociedad no se trata ya de competir sino de suplantar: Muchos que han sido bautizados han destronado a Cristo de sus almas para entronizar a sus múltiples ídolos.  Que se tiene necesidad de olvidar algo en vez de afrontarlo con la lucidez cristiana, pues se usa y abusa de la bebida, de los porros y demás sustancias. Que uno se quiere enriquecer, pues se hace trampas para robar lo más posible sin que te pillen. Que uno quiere sentirse amado por otra persona y dejarse llevar por la lujuria, pues o bien se va a los lugares de mala reputación o se tantea el terreno para poder hacerlo con aquel muchacho o muchacha que te gusta y además sin pagar. De tal manera que la persona cree que sus necesidades quedan satisfechas, recurriendo a ellas una y mil veces cuando sus efectos finalizan.  Y entrando en esta dinámica perversa y corrosiva generada por Satanás, se cae en la desesperación, ya que por mucho que uno intente llenar de agua un cesto de mimbre, nunca lo conseguirá. Pero mientras tanto Satanás va ganando tiempo, engañando a las personas, creando confusión, deformando conciencias  y adoctrinarlas en su particular escuela de perdición.
            San Pablo nos exhorta a vivir con la dignidad de cristianos. Sabemos que es demasiado de tentador lo que Satanás nos ofrece en el mundo. Cristo no quiere que quedemos apresados en las telas de araña del Maligno, sino que desea que nosotros seamos parte de ese pueblo que Él mismo está congregando. Ese esposo que está tanto tiempo en su oficina con tantas compañeras y secretarias como no tenga puesta su esperanza en Cristo correrá el riesgo elevado de cargarse su propio matrimonio. Esa mujer trabajadora que se esfuerza en ascender en su trabajo o en mantenerlo, como no tenga a Cristo en el centro de su ser, puede llegar a hacer uso o de propuestas indecentes de los jefes encargados o de mecanismos ilícitos para conseguirlo. Por eso es tan importante acoger de Dios ese espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo, así como que Dios nos ilumine los ojos del corazón para que comprendamos la esperanza, el poder y la herencia que da a aquellos que le aman.
            Sin embargo no olvidemos que la fuerza no la generamos nosotros, sino que viene de lo alto.  Nos dice Jesucristo: «Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».
Reza el salmo 91:
«¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta». 
Si nos revestimos de la fuerza que viene de lo alto iremos creciendo espiritualmente de tal modo que eso quedará reflejado en nosotros para beneficio de nuestros hermanos para afrontar el desafío de la evangelización, en palabras del Salmo 91:
«El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios;
en la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso».

            Nosotros hemos sido bautizados con agua y con el Espíritu Santo.  Descubrir la grandeza de la vida sobrenatural  supone cerrar puertas y ventanas a planteamientos mundanos por considerarlos basura y  pérdida de tiempo, y abrir de par en par otras puertas a la fuerza de Dios,  ya que Él es el único que puede saciar de sed nuestros corazones inquietos e  insatisfechos.

           

sábado, 30 de abril de 2016

Homilía del Domingo Sexto del tiempo Pascual, ciclo c

DOMINGO SEXTO DEL TIEMPO PASCUAL, ciclo C                      1 DE MAYO 2016              Hch 15,1-2.22-29;   Ap 21,10-14.16-17.20; Jn 14, 23-29
Estos últimos años que he tenido que ir a Madrid y coger el metro o el tren de cercanías para desplazarme por la capital me ha sobrecogido el profundo individualismo que veía. Uno sentado con los cascos puestos a todo volumen. Otra leyendo un libro, el otro con un e-book. La mayoría enfrascados en los mensajes de texto de sus teléfonos móviles, y alguna pareja manifestando su ausencia de pudor. Bajaban y subían del medio de trasporte formando parte de su rutina diaria. Me acuerdo que un día estaba el tren de cercanías en su máxima ocupación y subió una mujer en avanzada gestación. Nadie se dignó a dejar su asiento a esta mujer. Sé que lo estaba pasando mal porque el que estaba a su lado de pie era precisamente yo. Cada cual sólo mira para sí. Sentí un escalofrío por la espalda porque aunque sabía que había mucha gente en torno a mí, me sentía profundamente solo. Menos mal que mi padre me acompañaba y con frecuencia, nos poníamos a charlar.
            De vez en cuando cerraba los ojos para poder ver en verdad. Me venían imágenes de mis carmelitas descalzas rezando y celebrando la Eucaristía, todas como si fueran una piña, unidas, formando una sola comunidad en Cristo. Recordaba momentos preparando y celebrando la Palabra con mi Comunidad del Camino Neocatecumenal; me acordaba del sagrario de mi parroquia y de los momentos preciosos de adoración ante el Santísimo Sacramento, etc., Resulta curioso porque en esos momentos de bullicio en el tren de cercanías, yo teniendo los ojos cerrados era cuando mejor podía ver: comprendí que mi hogar no está aquí o allí, sino que está donde está Cristo. Y resonaba dentro de mi la Palabra: «Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estas en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado».
Allá donde estuviera, lejos o cerca de mi casa, mi corazón se encuentra allá donde ha encontrado el sentido de mi vivir: Jesucristo. ¡Cuántas familias, cuantos matrimonios e hijos, están residiendo en una casa que se asemeja más a una gran sala frigorífica por no tener al Señor con ellos!. Donde la ausencia del calor que proporciona Cristo no genera mas que odios, rencores, malos entendidos, multitud de formas de manifestarse el egoísmo, broncas y multitud de situaciones de tensión. Cierto es que tener a Cristo con nosotros no nos garantiza que los malos humos y el mal genio no salga a la luz; sin embargo el incendio de nuestros encendidos enfados se encuentran con el cortafuegos que impide que se propague más de la cuenta y que el rencor no tome las riendas de la convivencia.
Además, Jesucristo nos lo recuerda: «El que no ama no guarda mis palabras». Por lo tanto, el que sí ama es porque guarda sus palabras, y por tanto su presencia nos alienta.
El Señor, de vez en cuando, nos recuerda que muchos de nuestros comportamientos y modos de proceder no son conforme al Evangelio de Cristo y que nuestra conversión ha de ser una constante. Cuando uno no se convierte o está en punto muerto en esa conversión genera daño a los hermanos, porque no está respondiendo con generosidad a la hora de amar. A modo de ejemplo: Es que resulta que cómo ese hermano me dijo una cosa que me molestó, no he dejado de saludarle, pero ya no es con fluidez de trato como era antes; le quedo como apartado. Es que resulta que un hermano me ha pedido perdón por una cosa en concreto y yo, o bien he hecho como si no lo he oído o como que me da igual que me lo pida porque yo ya he decidido en mi corazón no quererle como Cristo me pide. Es que resulta que es ver a esa persona en concreto y empezar a salir de mi muchos juicios contra ella, porque como ‘no le trago’ cualquier cosa que diga o haga –aunque si lo hiciera otro lo vería bien- es una oportunidad para ‘ponerle verde’ en mi corazón y ante los demás sin hacerme problema de ningún tipo. Es que resulta que a ese hermano le tengo mucha envidia porque tiene una novia mientras que yo no. Y como no lo soporto y no quiero reconocer mi pecado –para no tenerme que convertir-, pues ya no cuento con esa persona para salir, tomar un café o ‘echarnos unas risas’.
Es Cristo el que hace que no nos sintamos entre nosotros ni extraños, ni extranjeros, ni intrusos, ni ajenos los unos de los otros. Como si estuviéramos en medio de un escampado, en medio de una gélida noche de invierno, todos en torno a un viejo gran bidón de aceite ardiendo  gracias a la leña allí apilada. Muchos de los que allí se juntasen ni se conocen, pero comparten el mismo calor. Mas si ese calor calienta las almas uno es capaz de reconocer la presencia del Resucitado y empiezas a descubrir en el otro al hermano.
            En las Primeras Comunidades Cristianas también se dieron problemas, y algunos de ellos serios. Y para muestra un botón: la primera lectura de hoy tomada de los Hechos de los Apóstoles. Nos cuenta que «unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé». Y el Espíritu de Dios se manifestó en esta situación creada por los hombres. En primer lugar para afianzar los lazos de comunión entre la comunidad con los Apóstoles, y para fortalecer los lazos entre los propios hermanos entre sí. Estando Dios en medio es posible sacar un bien elevado de una situación muy delicada. Además, esto sirvió para construir la Comunidad.
            El Señor nos ha dicho: «La paz os dejo, mi paz os doy». Cuando uno adquiere más trato de amistad con Él empieza a saber de qué tipo de paz se trata. Cuando se está con Cristo todo queda totalmente relativizado; obtienes una claridad absoluta y sobrenatural tanto de la vida propia como de los acontecimientos que te han sucedido y están sucediéndote; te escuecen sobremanera tu propio pecado, pero el corazón rebosa de gozo, porque está donde realmente desea estar: En Dios.


viernes, 22 de abril de 2016

Homilía del Domingo Quinto del Tiempo Pascual, ciclo C

DOMINGO QUINTO DE PASCUA, ciclo c                    24 de abril 2016
            Hch 14, 21b-27
                Sal 144
                Ap 21, 1-5a
                Jn 13, 31-33a.34-35
Las lecturas de hoy son muy actuales. Nos encontramos a Pablo y a Bernabé visitando y alentando en la fe a unas comunidades cristianas. Saben que muchos en esas comunidades están tibios en la fe, y que como consecuencia de esa tibieza, Satanás se cuela generando malos entendidos, la envidia genera un comportamiento dañino hacia el otro,  formas de actuar que desdicen de un creyente, el cansancio y el desaliento ante las dificultades que se plantean... y tanto Pablo como Bernabé les tienen que dar una palabra para que de esas brasas pueda surgir unas llamaradas de amor a Cristo. Estos dos Apóstoles también saben que hay hermanos que se creen muy seguros en su fe, a lo que ellos les ayudan a discernir para que reconozcan que «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los constructores».
            Pablo y Bernabé aún estando a muchos kilómetros de distancia y con la escasez de medios de comunicación de aquel entonces, sabían si una pareja de novios se había casado, si un niño había nacido, si un hermano de esa comunidad estaba enfermo, si determinadas personas estaban ya fueran fríos en la fe o ardientes en Cristo, sabían de los logros y de las desgracias de los hermanos de la comunidad. No lo sabían porque tuviesen unos espías contratados por ellos; lo sabían porque al reinar la comunión los comentarios fluyen con normalidad, las cartas se escriben, los hermanos tienen la confianza y libertad de decírselo a ellos. A lo que Pablo y Bernabé, muriendo para que el mundo tenga la vida, se apresuraban a estar cercanos a esos hermanos llevándoles la Palabra del Señor para iluminarlos en su situación particular.
Pablo y Bernabé no iban diciendo lo que a ellos les iba pareciendo bien, porque de este modo se anunciarían a sí mismos  y obligarían a los demás a imponerles su propia voluntad y no la de Dios. Pablo y Bernabé «oraban, ayunaban y se encomendaban al Señor». Pablo y Bernabé, que tenían la palabra de Jesucristo bien dentro de su ser, se acordaban de aquella parábola de los talentos y de cómo aquel señor reprendió muy seriamente al siervo zángano por no poner en juego su razón y voluntad conformándose con esconder el denario bajo la tierra. Pablo y Bernabé, a la luz de la Palabra de Dios, iluminan, ofrecen criterios serios de discernimiento para la vida concreta de esa comunidad o de determinadas personas, para que cada cual poniendo en juego su razón, su corazón, su libertad y su voluntad, sigan a Cristo con determinación. Ni Cristo ni los Apóstoles quieren a personas dependientes, sino libres. Desea que actuemos con la libertad propia de los hijos de Dios. Ahora bien, nadie nos ahorra los sufrimientos que acarrea el mal uso de esa libertad. Los hijos de las tinieblas huyen de la luz, por eso es tan importante que haya obispos, presbíteros y catequistas con capacidad de ayudar a discernir la vida de los hermanos con la Palabra de Dios y el Magisterio de la Iglesia.
Aquel que ofrece criterios de discernimiento ‘se desnuda espiritualmente’  ante el hermano ya que le está obligando a mostrar cómo está siendo su relación íntima y personal con Cristo. Y esto implica y complica. Cuentan que en una granja los animales estaban nerviosos porque se acercaba las fiestas de navidad. Se enteraron que el plato principal de la Noche Vieja eran huevos con jamón. Las gallinas lo festejaron por todo lo alto, pero los cerdos mostraron su disgusto y descontento diciendo a las gallinas: ‘Vosotras únicamente participáis, a nosotros nos complican sacrificándonos’. Un obispo, un presbítero y un catequista son como ese puerco que está con el ministerio de servicio para garantizar ese discernimiento que ofrece poniendo previamente como aval su propia vida creyente. De esta manera es mas complicado a uno ‘se le suban los humos a la cabeza’ o ‘se crea algo por tener un cargo’, porque de darse el caso, los hermanos corresponsales tienen la obligación moral –con el Evangelio en la mano- de proceder a la corrección fraterna, porque un mal consejo puede general grave daño.

            Pablo y Bernabé no tendrían más equipaje que la Palabra. Eran los hermanos de las comunidades quienes les acogían en sus casas con gran hospitalidad, les lavarían la ropa, les preparasen un plato con comida, les proveyeran para los viajes. Ahora son pocas las casas en las que te dejan pasar mas allá de la puerta de la entrada. Es cierto que Pablo y Bernabé nunca quisieron ser una carga para nadie. Ellos fueron concretando, en la vida cotidiana de las comunidades, el mandamiento del amor dado por Jesucristo. Además ellos, en aquellas casas donde fuesen acogidos, serían testigos de los conflictos cotidianos que se dan en el ámbito familiar –malos entendidos, enfados, ‘tiran teces’ entre los esposos o entre los hijos y sin lugar a dudas, uno de sus gestos, una palabra dada o una mirada oportuna serían la mejor gratificación que hubiesen podido recibir aquellos que les han acogido en su casa. Y resulta curioso, porque con ese modo de proceder testimonial de los Apóstoles en las comunidades y en los hogares van permitiendo que Dios vaya actuando en lo más sencillo y en lo más importante, ‘haciendo nuevas todas las cosas’. 

sábado, 9 de abril de 2016

Homilía del Tercer Domingo de Pascua,ciclo C

DOMINGO TERCERO DE PASCUA, ciclo C,                    10 de abril de 2016
            Amarse no es mirarse el  uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección. Entre cristianos amarse en mirar juntos hacia la misma dirección que es Cristo. Si nos convertimos a Cristo y vamos juntos hacia Él, los cristianos nos aproximaremos también entre nosotros, hasta ser, como Él nos pidió, «uno, con Él y con el Padre». Ocurre como los radios de una rueda. Parten de puntos distantes de la circunferencia, pero poco a poco se van acercando al centro, se acercan también entre sí, hasta formar un único punto.
            Pedro y los Apóstoles, ante el interrogatorio y acusaciones del sumo sacerdote le responden que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Esto es muy cierto, pero más cierto aún es que desobedecerse a uno mismo es difícil. Porque desobedecer a una persona puede costar mucho o poco, pero desobedecerse a uno mismo es costoso de todas, todas. Que negarse a uno mismo es muy fastidioso   porque 'es lo que pide el cuerpo'. Se nos pide mortificación de los sentidos; vigilar nuestro corazón. San Juan de la Cruz en el libro 'Subida al Monte Carmelo' nos dice:
            «Procure siempre inclinarse:
            no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso;
            no a lo más sabroso, sino a lo más desabrido;
            no a lo más gustoso, sino antes a lo que da menos gusto;
            no a lo que es descanso, sino a lo trabajoso;
            no a lo que es consuelo, sino antes al desconsuelo;
            no a lo más, sino a lo menos;
            no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciado;
            no a lo que es querer algo, sino a no querer nada;
            no andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo peor, y desear          entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo cuanto hay en          el mundo».
            Lo curioso es que cuando uno va adquiriendo experiencia de obedecer a Dios uno se siente más cerca del hermano. La dificultad para que uno 'muera a sí mismo', para que 'acepte la negación de sí mismo', incluso para los que vivimos dentro del amparo de la Iglesia puede radicar en el escaso cultivo de la relación religiosa. Dicho con otras palabras: Puedo tener una 'guerra civil' dentro de uno mismo, donde la cabeza dice que «tienes que morir a ti mismo y darte a tu esposa, a tu esposo, a tu comunidad…por amor a Cristo» y el corazón te diga: «¿por qué quieres morir a ti mismo?, ¿vas a morir a ti mismo teniendo únicamente razones tan inconsistentes como un lejano saber de oídas sobre Dios? ¿es que acaso ese lejano saber de oídas sobre Dios pone tu corazón y todo tu ser al rojo vivo de pasión de amor?». Si no tenemos una experiencia real de Dios en nuestras vidas el hecho de 'morir a nosotros mismos' es una locura donde terminaremos 'tirando la toalla'.

            Cuando el discípulo amado, prototipo del seguidor de Jesús, detecta la presencia de Jesús, donde había tiniebla aparece una luz deslumbradora. Dice el evangelio que «aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
–Es el Señor
». Ese es un modelo perfecto de alguien que ha tenido una experiencia de Dios y de esa experiencia saca las fuerzas para hacer frente a los demonios que intentan dominarnos en este mundo. Nosotros estamos llamados a ser como ese discípulo capaz de reconocer al Señor. Reconociéndole cerca todo cambia. Cuentan que en las batallas medievales había un momento en que, superada la infantería, los arqueros y la caballería, la batalla se concentraba en torno al rey. Existen edificios o estructuras metálicas hechas de tal modo que si se toca cierto punto neurálgico. o se mueve determinada piedra, todo se derrumba. ¿Cómo voy a poder negarme  a mí mismo sino tengo al Rey de reyes a mi lado en la batalla? ¿Cómo voy a poder arrastrar esa red repleta de esos ciento cincuenta y tres peces grandes sino tengo el alma ardiendo de amor por mi Dios y Señor? Ni yo ni nadie puede sacar adelante una vocación cristiana si previamente no ha tenido una experiencia de Cristo resucitado en su vida personal. Cristo te ofrece esa experiencia, si la aceptas te vas a comprometer de lleno con Él, ¿estás dispuesto?

sábado, 26 de marzo de 2016

Homilía de la Vigilia Pascual 2016

VIGILIA PASCUAL 2016
            La fe cristiana es encontrar un TÚ que me sostiene y que, a pesar de mi imperfección, de mis pecados, de mi ser incompleto, le regala la promesa de un amor indestructible. Ese TÚ no solo me orienta hacia la eternidad, sino que la otorga. La fe cristiana ilumina el entendimiento para que descubramos que no sólo existe lo que vemos y tocamos, sino que también hay Alguien que me conoce y me ama, del que yo puedo confiarme a Él con la seguridad de un niño que ve en su madre la resolución de todos sus problemas.
            En el momento en que Cristo ha resucitado, todos aquellos que estamos unidos a él como el sarmiento a la vid, somos regados por la sabia de la resurrección. La fe en Cristo adquiere un protagonismo personal sin precedentes que se va concretando en numerosos cambios radicales.
            Tenemos que ser capaces de resistir a la incredulidad del mundo. No corren tiempos de grandes conversiones; son momentos de poco éxito pastoral. Todos conocemos a gente buena, noble, sincera, incapaz de hacer el mal a nadie pero que se sienten cada vez más lejos de la fe. Esta gente se aleja porque en los cristianos no ven ese algo diferente que nos ha venido a traer Cristo. Es verdad que hay mucha imperfección en nuestras personas. Sin embargo la dificultad no sólo radica principalmente en nuestros comportamientos éticos, sino que hay una atmósfera sociológica y cultural que hacen muy difícil la vivencia y expresión de la fe. Es necesario crear comunidades donde Cristo Resucitado, el Maestro, nos vaya mostrando su rostro, vaya calentando nuestros corazones, fortaleciendo nuestras voluntades y ofreciendo sabiduría a nuestro entendimiento. Comunidades que nos ayuden a soportar los zarpazos de la secularización reinante; que nos ayuden a soportar la indiferencia de la masa.
            Muchas veces el faraón se alzará con ira, preparará su carro de combate y reunirá a su ejército y sus carros y mejores capitanes correrán y nos perseguirán, pero el Señor no nos abandona. El Resucitado está con nosotros. Son muchas las personas que cuando ven a matrimonios que están abiertos a la vida y ya van teniendo muchos más hijos de la media nacional empiezan a razonarlo con criterios de comodidad y económicos, la hipoteca, un sólo salario que entra en esa casa, dar de comer, vestir, el colegio de todos ellos....es como si con esos juicios estuvieran acechando los caballos y caballeros del faraón para que desistamos del proyecto de Dios. Y tal y como lo hizo en el pasado, abrirá de nuevo el mar para que podamos pasar en medio del mar como tierra seca librándonos de todo mal para proseguir con la vocación dada por Dios. El Resucitado actuará para que ese proyecto llegue a bien fin, a pesar de todos los problemas, situaciones delicadas. Es Cristo el que nos abre el sendero, tal y como el mar fue partido en medio. Cristo siempre 'da el ciento por uno'.
            La experiencia del encuentro real con Cristo no nace de la nostalgia de haber convivido con una persona extraordinaria, ni tampoco de la reflexión sobre la nobleza del mensaje de esa persona. Es una experiencia que nace de la certeza de que Jesucristo está vivo por ellos, «los Doce», y algunos discípulos más, se han encontrado realmente con Él después de su cruel muerte. Y ese encuentro disipa su tristeza, su desconfianza y derrotismo. Es el encuentro que les trasforma.

            Cuando una muchacha recibe por vez primera del muchacho por quien se interesa la expresión «te quiero», no empieza a saltar ni a gritar; queda sobrecogida. Porque lo más profundo no nos hace brincar, sino sobrecogernos. Cuando a lo largo de nuestra vida Jesucristo nos va mostrando cómo se nos hace presente todo va cambiando. Algunos pueden decir que a cualquier cosa llamamos un encuentro con Cristo ya que de lo único de lo que se trata es de un conjunto de circunstancias o casualidades. Sin embargo el conjunto de circunstancias o casualidades no provocan el regreso de la alegría  y la esperanza. No provoca que el comportamiento de individual y de las comunidades cambien y que la gente se llegue a preguntar '¿qué está pasando aquí?', '¿de dónde sacan estas fuerzas?', '¿de dónde les viene este ánimo inasequible ante el desaliento?'. Las circunstancias o casualidades pueden pasar o no. Y moverse con las circunstancias no nos conducen a ningún puerto: es tanto como intentar sembrar una piedra en una tierra. No da nada. Sin embargo, si es una irrupción de Cristo en la vida personal, allá donde Cristo se encuentre generará manantiales de vida. Esa experiencia con el resucitado inunda todas las áreas del hombre y se convierte en una experiencia central y básica. No seremos personas perfectas, pero sí con la capacidad de creer en un futuro a pesar de las dificultades y esto gracias a que Cristo al resucitar nos dio un impulso donde antes sólo había vacío. 

jueves, 24 de marzo de 2016

Homilía del Jueves Santo, ciclo c, 24 de marzo de 2016

HOMILÍA DEL JUEVES SANTO, ciclo c                                        24 de marzo de 2016
            No creo que haya palabra más manoseada que 'amor'. De tal modo que se emplea la palabra 'amor' cuando en realidad no se desea decir en verdad lo que se está viviendo. Sin embargo los que estamos intentando seguir a Jesucristo contamos con un bagaje de lo que es el amor porque acercándonos a la Palabra se nos va revelando su sentido más noble, pleno y auténtico. Muchos que han sido bautizados no entienden cómo un libro que tienen en la estantería- llenito de polvo- puede llegar a ser una fuente de conocimiento extraordinario para que uno pueda vivir en la verdad. Para muchos es incomprensible cómo es posible que Jesucristo siga teniendo influencia en el vivir de tanta gente. A lo más opinan que es la Iglesia quien se saca de la chistera, por intereses propios o para controlar conciencias, las cosas que los demás deben aceptar y asumir dócilmente. Como si fuera una mega superestructura de control que doblega las voluntades de las personas terminándolas de domesticar. Es entonces cuando se llega a concebir a la Iglesia como un mal a evitar o un enemigo al que hay que combatir.
            Hay personas que argumentan que lo importante no es '¡r a misa', sino el 'ser buenas personas'. A lo que yo les suelo responder que 'el ser buenas personas' no me va a salvar. Que quien me salva de la muerte es la fe en Cristo y a éste le encontramos en la Iglesia. A lo que estas personas, como con el afán de quedarse siempre con la última palabra ya contraatacan diciendo 'que los curas no sabemos atraer a las personas a la iglesia, y por eso se van'. A lo que yo suelo responder que la Iglesia no es un centro para entretener al personal. Que a lo que estamos es a anunciar a una persona, que se llama Jesucristo y es Jesucristo el que nos urge a la conversión. La dificultad no radica en que los curas atraigan o no atraigan, sino en el deseo auténtico de ser de Cristo y de manifestarlo en pasos decididos de conversión hacia su divina persona.
            A modo de ejemplo: la Iglesia es ese barco que en medio de la noche es ayudado por el faro para que sortee los arrecifes. Ese faro es la Palabra que nos ayuda a discernir y a la vez nos infunde la gracia necesaria para tomar decisiones con lucidez siendo fieles a la vocación que Dios nos ha encomendado. Si nos dejamos orientar por otros faros –llámese Internet, televisión, conversaciones inapropiadas, entre otros-, nos irán guiando por senderos alejados del Señor y nos van generando una especie de sedimentación ideológica, que primero aturde y luego convence, que nos aleja del ideal de santidad. Además es que resulta que lo prohibido es muy seductor y ‘digno de ser apetecido’ pero que enfría notablemente la frágil vida espiritual.
A nadie se le puede obligar a que ame. Sin embargo la calidad de la persona reside en el amor. El grado de exigencia en el amor es el que marca realmente la diferencia. Y ese grado de exigencia en el amor va de la mano con el hecho de morir a uno mismo.
Hace pocos días estaba llevando la Sagrada Comunión a los enfermos en el hospital. Entré en la habitación de un hermano trapense, él ya mayor y con serias dificultades de movimiento, con muchos achaques por su enfermedad. Siempre que he ido a visitarlo siempre estaba acompañado y asistido por los hermanos de su comunidad de la Trapa. La última vez que fui a llevarle la Sagrada Comunión estaban dos trapenses. Uno de ellos estaba vestido con el crériman, de tal modo que se identificaba claramente como presbítero católico. Este presbítero hablaba al enfermo con cariño, preocupándose por él, dándole conversación para que se sintiera como en casa. Es más, cuando llegué estaba dándole la merienda y limpiándole con la servilleta. Cuando le estaba entregando al Señor al enfermo reparé que ese presbítero tenía en la mano el anillo del Abad. Me alegré y di gracias a Dios por eso. Era el Abad de la Trapa quien estaba tratando con tanto amor a ese hermano de su comunidad. Es entonces cuando me vino a aquellas palabras del Señor: «Yo estoy entre vosotros como el que sirve» (Lc 22, 27b).
            Nuestro Dios nos ama. Hoy es el día del amor fraterno. Cuando sabemos que Dios nos ama es entonces cuando somos unas criaturas fuertes, seguras de nosotros mismos, alegres y llenos de vida porque «el Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob».(Sal 45, 4b). Pues eso es lo que quiere hacer con nosotros la Palabra de Dios; quiere devolvernos esa seguridad: La soledad del hombre en el mundo sólo se vence con la fe en el amor de Dios Padre. A modo de ejemplo: No me acuerdo dónde leí que un día un acróbata realizó un ejercicio. Se asomó al vacío desde el último piso de un rascacielos, apoyándose únicamente en la punta de sus pies y teniendo en brazos a su hijo. Cuando bajaron, alguien preguntó al niño sino había sentido miedo al estar en el vacío a aquella altura, y el niño, extrañado de la pregunta, contestó: "No, estaba en brazos de papá".

            Hoy Jesucristo nos regala tres cosas, el mandamiento del amor, la institución del sacramento del Orden Sacerdotal y el sacramento de la Eucaristía. Dios nos da infinidad de muestras de su amor. Nos escribe estas palabras tan bellas el Apóstol San Pablo: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?» (Rm 8, 35). A los que somos fieles nos van a perseguir, a calumniar, a atarcar....a lo que nosotros, ya en un clima de confianza con San Pablo le decimos: "No tengo miedo, estoy en los brazos de papá". 

sábado, 19 de marzo de 2016

Homilía del Domingo de Ramos, ciclo C, año 2016

DOMINGO DE RAMOS, ciclo C, año 2016
            Resulta altamente desconcertante cómo los ciudadanos y visitantes de Jerusalén, en un mismo día aclamen con palmas la entrada triunfal de Jesucristo montado en un pollino en la ciudad y después griten «¡crucifíquelo! ¡crucifícalo!». No es difícil darse cuenta de cómo aquel pueblo fue parcial en sus criterios y voluble en sus sentimientos, a la vista de lo sucedido en Jerusalén. Y que ese pueblo somos nosotros que, incluso en un día, podemos sacar lo mejor y lo peor de cada cual.
            Es necesario saber y reconocer que el mesianismo de Jesús pasa por la humildad, por el sufrimiento y sometido a la arbitrariedad de los juicios humanos, y además víctima de una sentencia injusta. A todas luces parece que el Maligno ha conseguido su cometido: aplastar con el zapato, como si fuera una hormiga, al mismo Cristo. El Demonio se diría: no he conseguido doblegar su voluntad durante toda su vida, por lo tanto, para quedarme con la mía, voy a manejar todos los hilos posibles para que pueda matarle. El Demonio se decía: como no he podido conseguirle para mi causa pues le mato y le quito del medio. Pero lo que el Demonio no sabía, y además ni contaba con ello, es que el supremo sacrificio de Cristo al entregar su vida en la cruz por amor suponía una victoria plena sobre el mal. El pecado debilita a la naturaleza humana y el hombre estaba bajo el yugo del pecado, pero al resucitar Cristo, aquellos que son de Cristo y permiten que Cristo reine en sus vidas, se pueden quitar mencionado yugo. Jesucristo en la cruz no desconfío del Padre sino que, tal y como nos dice San Pedro, «cuando era insultado, no respondía con insultos; cuando padecía, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con rectitud» (1 P 2,23). El Demonio estaba deseando que Jesús en la cruz empezase a maldecir y a condenar a todo el mundo. Aunque 'lo que se hubiera llevado la palma' hubiera sido que Él se hubiera bajado de la cruz tal y como le tentaba los sumos sacerdotes y los escribas: «¡Eh, tú!, que destruyes el Santuario y lo levantas en tres días, ¡sálvate a tí mismo bajando de la cruz!» (Mc 15,29b-30). Sin embargo la respuesta ante estas gravísimas tentaciones era guardar silencio y perdonar por los que le estaban crucificando. El poder del Demonio sólo se limita al ámbito terrestre, durante la vida terrenal. Pretendía que Jesús, ante los latigazos, ante la cruel tortura sufrida dijera una palabra que denotara desconfianza en su Padre Dios y que renegara de la voluntad divina. Mas con esa actitud callada, confiando en la misericordia del Padre, sabiendo que el Padre Dios no le iba a abandonar no cedió ante las pretensiones del Maligno y murió. En ese momento el tiempo designado para que Satanás actuara se le acabó. Aparentemente la victoria era de Satanás, ya que el hijo del Altísimo que tanto le estaba incordiando 'ya estaba fuera de juego'. Es como si Satanás hubiera colocado una mega cúpula de fuerzas malignas y de perdición donde todos estuviésemos presos, capturados. Pero el amor, en sí mismo no se puede contener. Al amor no se le puede callar, ya que lleva en sí una potencia desbordante. Y aquel que entrega su vida por amor deja en los corazones de todos aquellos que le conocían un recuerdo imborrable. Cristo al ser resucitado por el Padre Dios y su Espíritu Santo generó una potencia infinita de vida capaz de hacer un magnífico socavón a esa mega cúpula de fuerzas malignas ofertando a toda la humanidad un modo de salir de esa situación de perdición simplemente fiándose de Jesucristo. A partir de ahora es posible la reconciliación con la esposa, con el esposo. A partir de ahora nadie está condicionado o condenado por un pecado cometido en el pasado, aunque este sea muy serio y grave. Si seguimos las huellas de Cristo, si nos fiamos totalmente de su palabra, si no nos dejamos engañar por las asechanzas del demonio, si ponemos nuestra vida en aquel 'que sabemos que nos ama', Dios Padre nos recompensará. Dios siempre ha querido darnos esa recompensa que es la Vida Eterna, pero no nos la podía entregar porque previamente había que hacer ese agujero . Como mencionado agujero en la cúpula fue realizado 'con ese amor hasta el extremo' de Jesús, todos aquellos que quieran salvarse, ahora sí lo pueden hacer. Recordemos que «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, allí queda, él solo; pero si muere da mucho fruto» (Jn 12, 24).

            Cristo no se guardó la vida para sí, sino que se sacrificó en el madero de la cruz y todo lo hizo para que aquellos que quieran salvarse lo puedan hacer realidad.