domingo, 11 de octubre de 2015
jueves, 8 de octubre de 2015
Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, ciclo b
DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO
ORDINARIO, ciclo b, 11 de octubre 2015
Lectura del Libro de
la Sabiduría 7, 7-11
Sal. 89, 12-13. 14-15. 16-17 R: Sácianos de tu misericordia, y toda
nuestra vida será alegría y jubilo.
Lectura de la carta a los Hebreos 4, 12-13
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 17-30
Cada vez voy entendiendo
más las palabras de Jesucristo: «Esforzaos
por entrar por la puerta estrecha porque ancha es la puerta que conduce a la
perdición». Eso implica que concebir
la vida personal en cristiano me va a generar renuncia, dolor y lágrimas. Pero
¿por qué el Señor me pide que haga este esfuerzo tan tremendo cuando yo mismo
estoy dándome cuenta que la mayoría de los cristianos no se plantean nada de
esto? La mayoría de los cristianos desempeñan sus trabajos y relaciones
personales y familiares según como a ellos les parece bien pero la fe no tiene
incidencia en esto eso. ¿Por qué en mí sí tiene que tener incidencia? ¿Por qué
el Señor me quiere complicar la vida de esta manera pudiendo yo hacer las cosas
sin romperme tanto la cabeza amoldándome a las conveniencias que me vengan
bien? El Espíritu Santo se mueve por donde quiere y como quiere. Y el Espíritu Santo desea que nuestro bautismo sea
redescubierto esforzándonos en ‘vivir en la verdad’. Lejos de nosotros el estar montado de pie, sobre
una tabla de surf deslizándonos sobre las olas de la mentira. Lo nuestro es
estar con Cristo y Cristo es la VERDAD.
Nos
hemos acostumbrado a movernos por lo ‘aceptado comúnmente por los demás’, ‘por
lo políticamente correcto’, por la mediocridad en usos y costumbres, por las
olas de unas mentiras toleradas que de tanto emplearlas las entendemos como algo
normal... que nos han ido adormeciendo la conciencia haciéndonos creer y
razonar que se puede ser cristiano de cualquier modo. Y esta falta de
testimonio cristiano, ese escaso celo por anunciar el Evangelio desalienta y
enfría a nuestros hermanos. ¿Y por qué
yo no puedo ser como el resto que hace las cosas como considera oportuno?
¿Por que yo tengo que vivir ‘en la verdad’ cuando lo que deseo es vivir ‘en mi
verdad’? Porque el Señor te quiere en ese proceso de conversión.
Y no esperes que en ese proceso de conversión te den palmaditas de aprobación en
la espalda, bueno, alguna puede caer, pero no las esperes.
Si uno hace un ejercicio de honestidad, al
poco tiempo cae en la cuenta de todos los pensamientos, ideas, planteamientos
que a uno le van influyendo diariamente. Es más, la conversación que uno
mantenga con una persona determinada tiene en sí un peso específico bastante
diferente a otra conversación que uno tenga con otra. Es decir, que no solamente nos influye sino que nosotros
nos dejamos influir. Pues la
Palabra de Dios, tal y como nos dice la epístola a los
Hebreos «no hay criatura que escape a su
mirada» y además «juzga los deseos e
intenciones del corazón». La
Palabra de Dios ¿qué papel juega en nuestra vida o qué
influencia tiene en nosotros?
Claro, tal vez habría que plantear una pregunta previa: ¿He tenido algún
encuentro con la Palabra de Dios o
simplemente la oigo en la
Eucaristía o la leo ocasionalmente? ¿Tengo la experiencia de
cómo la Palabra
de Dios me ha interpelado, me ha violentado, me ha cuestionado aspectos de mi
modo de vivir? ¿Tengo la experiencia de cómo la Palabra de Dios me ha ayudado a ‘vivir en la
verdad’ acontecimientos o situaciones personales? Y una vez que he
vivido en la verdad ese acontecimiento ¿eso me ha ayudado para estar más
cercano a Jesucristo? Es que resulta que a los padres cristianos y practicantes
les ha salido una hija de 18 años que se quiere ir a vivir con su novio, y los
padres, por miedo de perder a su hija, no se oponen. ¿Esos padres están
viviendo en la verdad esa situación para con su hija? ¿Están siendo honestos
consigo mismos? ¿Están traicionando a su fe? O es que resulta que un joven cristiano
ha cogido como hábito los fines de semana el abusar del alcohol para
desinhibirse en el trato con las chicas para hacer cosas impropias de
cristianos. ¿Este joven está viviendo ‘en la verdad’ y creciendo en
autenticidad tanto en el plano humano como en el creyente?
No olvidemos que «la
Palabra de Dios es
viva y eficaz» Está viva porque ilumina las entrañas de tu misma realidad
personal –esa relación laboral, ese modo de administrar el dinero, las
relaciones matrimoniales y familiares, en tu modo de sentirte y participar en
la parroquia, todo el mundo de los afectos, etc.- y es eficaz porque te va
indicando, poco a poco, si lo que se te va presentando es cosa de Dios, o del
demonio o de uno mismo, y de este modo
actuar con prudencia y sabiduría.
Jesucristo
en ese encuentro con el joven rico le puso la verdad de su vida ante sus
propios ojos. El
joven rico quería heredar la vida eterna, quería salvarse, pero quería salvarse
a su modo y manera. Además el
Señor no era el centro de su vida, sino que su existencia gravitaba en torno a
sus riquezas que le generaban seguridad. Y Jesucristo le cuestiona para que
‘viva en la verdad’ para que Dios sea el
principio y fundamento de su existencia. El
problema está que cuando uno dice las cosas como son en realidad, eso no gusta,
y uno corre el riesgo de `ganarse pocos amigos por ahí’.
Hay
muchos presbíteros que quieren obtener frutos pastorales a su modo y manera y
si no lo consiguen se enfadan con Dios y se auto justifican diciendo que ‘ellos
ya han echado las redes’ pero no han pescado nada. Lo más curioso -por no decir
cachondo del tema- es que por echar las redes para pescar una vez o un par de
veces ya 'piden la baja laboral' porque se han herniado al echarlas -¡realmente
que pobrecitos!-. Cuando menos se hace menos se quiere hacer y más
justificaciones uno se elabora para hacer lo que mejor se sabe hacer, o sea,
nada. Estos amigos de la hamaca se han olvidado que seguimos a uno que no
paraba de un lado para otro y no tenía ni tiempo ni para comer porque la gente le
apretujaba; ya que Jesucristo nos enseñó con su testimonio personal que uno, si
quiere ganar la vida, ha de vivir para los demás y no para sí mismo. Por lo
tanto, a echar las redes de nuevo, mil y una vez. Y tanto el joven rico como esos presbíteros
se olvidan de que no seguimos a un triunfador,
sino a un crucificado y que Pedro estuvo toda la noche echando las redes y no consiguieron
nada; pero a pleno día, el Señor le mandó que volviera a echar las
redes y en su nombre lo hizo y no podían con el peso de la redada de peces que
habían conseguido pescar. El Señor no quiere nuestras limosnas sino que nos quiere a nosotros mismos.
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sábado, 3 de octubre de 2015
Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, ciclo b
DOMINGO XXVII DEL
TIEMPO ORDINARIO, ciclo b, 4
de octubre 2015
Lectura del Libro del
Génesis 2, 18-24
Sal. 127, 1-2. 3. 4-5.
6 R: Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.
Lectura de la carta a
los Hebreos 2, 9-11
Lectura del santo
Evangelio según San Marcos 10, 2-16
Muchas veces me quedo pensando sobre
el modo de proceder que suele tener Dios con nosotros. Para muchos Dios no deja
de ser el que se dedica a censurar todo -eso no lo hagas, aquello ni se te
ocurra, eso es pecado, etc.- y claro está, nadie echa de menos a un controlador
que desaprueba tus acciones. De hecho, muchos que fueron bautizados no dejan de
entender a la Iglesia como la madrastra malvada que con su sola presencia te
recrimina tus malas acciones. Algunos de los que andan por la calle y emplean
un lenguaje soez con las religiosas o a los presbíteros con los que se
encuentran no hacen otra cosa que manifestar un desajuste que les genera
sufrimiento interno. Esto es como cuando a uno se le ocurre mezclar Coca-Cola
con pastilla de Mentos, que se genera una reacción que salta el líquido
pringando y ensuciando todo. Cuando Cristo se muestra de cualquier modo hace
que Satanás arda en ira.
Lo que nos puede suceder es que
estamos tan acostumbrados a entender nuestra libertad como el poder elegir
entre dos cosas contrarias -el angelito malo que te invita diciendo: «mira que apetitoso es, anda, no seas
cobarde, atrévete y lo vas a disfrutar....» y el angelito bueno que te
dice: «no lo hagas, sé bueno, no hagas
caso al angelito malo porque te va ha hacer daño»-. De tal modo que nos
cuesta entender nuestra libertad de un modo distinto al de poder elegir entre
dos elecciones contrarias.
Hay un Salmo precioso (salmo 138)
que reza diciendo:
«Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me
levanto,
desde lejos penetras mis
pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.
No ha llegado la palabra a mi
lengua,
y ya, Señor, te la sabes toda».
Cristo se pone a nuestro servicio para que aprendamos a vivir en libertad.
Si permanecemos al lado de Cristo iremos descubriendo lo bueno, lo bello, lo
noble, lo hermoso, lo verdadero, lo recto, el amor. Al ir, poco a poco,
adquiriendo estos nobles disposiciones para que luego vayan orientando nuestras
vidas. Y resulta curioso porque cuando uno permanece al lado de Cristo va
sintiendo y atractivo por su persona porque descubres que Él te hace mucho
bien. Entonces la libertad no consiste ya en estar escuchando a los dos
angelitos -el bueno y el malo- que te van 'dando la turra' sino disfrutar estando con alguien que
sabemos nos ama como nadie nos ha amado ni nos amará. Pero no sólo
consiste en saber las cosas sino también educar la voluntad para correr tras
aquello que enciende de alegría nuestro corazón.
Y para resaltar más aun que seguir a
Cristo es un ejercitar la inteligencia, de lo valorativo, de lo volitivo y de
la voluntad para realizar. Reza el Salmo Responsorial de hoy:
«¡Dichoso el que teme al Señor,
y sigue sus caminos!».
El casado tiene sus tentaciones como
todos, como las tienen las personas consagradas, los presbíteros y toda
persona. Y el Demonio nos puede llegar a confundir presentándonos nueva
opciones -que por muy seductoras y apetitosas que puedan llegar a ser- están
rezumando de veneno por todas partes. Por eso Cristo nos recuerda el proyecto
originario de Dios, ya que es el único que puede generar paz en nuestro
interior.
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sábado, 26 de septiembre de 2015
Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, ciclo b
DOMINGO XXVI DEL
TIEMPO ORDINARIO, ciclo b, 27
de septiembre 2015
LECTURA
DEL LIBRO DE LOS NÚMEROS 11, 25-29
SALMO 18
LECTURA
DE LA CARTA DEL APÓSTOL SANTIAGO 5,1-6
LECTURA
DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 9,38-43.45.47-48
Hermanos, podemos pensar que aquellos que gozan de
un trato más cercano y amigable con el Señor tienen las cosas más sencillas.
Como si estar en ese trato entrañable y familiar fuese como el soportal donde
uno se refugia de la tormenta de agua repentina. Por lo menos esa no fue la
experiencia que tuvo Moisés. Moisés estaba agobiado
y abrumado con tantos problemas. Nos cuenta la Sagrada Escritura que «el pueblo se quejaba amargamente ante el
Señor». Pero claro, fue Moisés quien, en nombre de Dios, acaudilló a su
pueblo a la libertad sacándoles de la esclavitud de Egipto. Ahora bien, como
las circunstancias eran adversas para el pueblo, carecían de comodidades,
acudían a Moisés para descargar 'su mal genio' y 'mala leche' echándole en cara
las cosas que no funcionaban como ellos se habían planeado. Estaban tan atontados que no eran capaces de darse cuenta
ni de suerte que habían tenido al ser rescatados por Dios, ni de lo que estaba
suponiendo esa nueva situación en la que Dios estaba actuando. Ellos
'estaban en sus trece' y no valoraban la intervención salvífica de Yahvé. Acudían
a Moisés y al pobre 'le ponían la cabeza como un bombo', todo para él, quejas,
problemas, comentarios poco afortunados, dificultades....y poquitas alegrías. Moisés
estaba abrumado y agobiado. Me da la impresión que el pueblo pensaba que como
Dios estaba con ellos iban a tener oasis, cascadas de abundante agua para
refrescarse, descansar, echarse alguna cabezadita, tener llena la barriga y todo iba a ser 'coser y cantar'.
Moisés
se daba cuenta como los miembros de su pueblo se estaban comportando moviéndose
por sus propios criterios mundanos, y de este modo es como si se pusieran una
manta sobre la cabeza que le impidiera alzar su mirada hacia lo trascendente,
hacia Dios. Moisés echa de
menos el tener a personas cerca que sean capaces de hacer el ejercicio de
entender lo que se está viviendo desde la fe. Desea tener a personas que
'hagan una lectura creyente de su propia vida'. El pueblo se ha acostumbrado a
mirar, valorar y a tasar lo que viven 'dejando a Dios de lado'. ¡Deben de tener
una joroba de muy señor mío, siempre mirándose al ombligo y al suelo en vez de
alzar la mirada a Dios!
Y
Dios que escucha a Moisés y se está dando cuenta de lo apurado que se encuentra
le hace un doble regalo: envía codornices sobre el campamento para que puedan
comer carne y le regala un consejo de ancianos que le ayuden en la
responsabilidad del gobierno en el pueblo. Este consejo está asistido por el
Espíritu del Señor y se conducen y ayudan a conducir en la vida con prudencia y
rectitud, agradando así a Dios. Por eso Moisés está deseando que todos los miembros
del pueblo sean profetas, con la capacidad
suficiente para poder buscar el bien y correr tras él. De este modo
cualquier persona es acogida y aceptada como es porque hay un amor sobrenatural
que impulsa a amar con una intensidad desconocida en el mundo y en la sociedad
actual. Personas que rompan con el dominio de lo mundano y descubran la novedad
de lo que supone vivir desde la confianza en Dios.
Todos
sabemos lo que supone vivir desde la confianza en nuestro dinero, en nuestras
seguridades, de tal modo que en la medida en que nos dejamos llevar por todo
eso nos vamos como atando las manos y los pies, como si fuera una cuerda que se
va enrollando en torno nuestro, incapacitándonos a amar con ese amor pleno que
nuestro corazón aspira a alcanzar.
El
regalo que Dios entrega a Moisés al ofrecer el espíritu a esos setenta
ancianos, ese regalo es lo máximo, ya que dan
pautas y orientaciones de cómo actúa Dios cuando entra en la vida de uno.
Se produce un cambio total en la escala de valores.
El
apóstol Santiago nos pone sobre aviso sobre lo que nos sucede cuando un
cristiano oye la Palabra de Dios, participa de la Eucaristía pero no permite
que Dios tome el timón de su particular barco. ¿Y cómo sabemos que Dios no
tiene ese timón? Se sabe porque su conducta no agrada a Dios y perjudica tanto
a los demás como al propio interesado. No hay coherencia entre la fe y la vida.
Suponed que una chica está saliendo con un chico y viceversa, y además los dos
son cristianos. Si ese chico empieza a beber y a tontear con otras chicas -sí,
él se 'lo estará pasando bomba'- pero la chica que le quiere lo está pasando
mal y muy incómoda porque ella no puede disfrutar de ese amor que dice él que
la tiene. Las palabras son palabras y mencionadas palabras han de estar
acreditadas, consolidadas con los hechos y actuaciones constantes y frecuentes.
Por eso el Apóstol Santiago nos dice en su epístola
que tengamos mucho cuidado con nuestro modo de proceder porque si actuamos como
necios e insensatos generamos mucho dolor y confusión a nuestro alrededor.
Y es
más, Cristo se pone serio. Cristo no quiere que escandalicemos y menos que
perjudiquemos a los hermanos que andan más débiles en la fe. Desea que rompamos decididamente y de modo
tajante con lo que causa escándalo, por eso usa expresiones como «si tu mano
te hace caer, córtatela» o «si tu ojo
te hace caer, sácatelo». Y la razón de fondo es que cuando uno no permite
que Cristo te sane internamente está favoreciendo que el veneno de Satanás
entre en nuestra corriente sanguínea y
nos muramos poco a poco dejando tras de nosotros el pestilente olor del pecado.
Cristo nunca nos miente, depende de cada uno el 'vivir en la verdad'.
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sábado, 19 de septiembre de 2015
Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario. ciclo b
DOMINGO
XXV DEL TIEMPO 0RDINARIO, ciclo b, 19 de septiembre de 2015
Sab 2,12.17-20
Sal 53
Sant 3,16-4,3
Mc 9,30-37
El
justo, el que sigue la Ley
de Dios, el que quiere ser fiel a Cristo
no tiene una vida fácil. Y la
Palabra de Dios nos lo avisa para que ‘no bajemos la
guardia’: «Se dijeron los impíos: “Acechemos al justo,
que nos resulta incómodo” (...) lo someteremos a la prueba de la afrenta y la
tortura”». Podemos pensar, « ¡vaya me he
equivocado de bando!, ¡me dejan a parte!, ¡no cuentan conmigo!, como he
cambiado y no soy el mismo de antes..., pues ya ni me llaman, ni me consultan
las cosas y me dejan arrinconado». Es cierto que los cristianos no
formamos parte del espectáculo en el Coliseo de Roma con los leones y demás
bestias. Bueno, aquí en Europa no, pero donde están esos salvajes radicales del
mal llamado ‘Estado Islámico’ hacen cosas aún peores que los crueles
emperadores del pasado. Es que resulta que mis amigos salen de fiesta y ya no
me llaman para estar con ellos porque ‘soy el raro que no me pongo contentillo
con el alcohol’. Es que resulta que me llaman bobo –o cosas peores a la cara-
porque se me brinda la oportunidad de hacer cosas impropias de cristianos con
una chica y yo le respeto, aunque internamente tenga ‘una lucha de muy señor
mío’ porque ‘uno no es de piedra’. Es que resulta que veo a un niño con una
discapacidad y mi corazón se enternece mientras que los demás miran con
indiferencia tanto al niño como mi forma de estar con ese niño. Es que resulta
que los impíos llegan a creer que ‘se pueden ir de rositas’, que su mal
proceder no les va a pasar factura porque les resulta indiferente el hecho que
Dios exista y no temen su juicio personal ante el Todopoderoso. Mientras, en el
aquí y ahora, los que intentamos ser fieles a Cristo lo tenemos muy difícil
porque nos lo ponen muy difícil. Sin
embargo, Dios que es el Señor de la
Historia , en todo esto que va aconteciendo nos da una
Palabra; se muestra cercano; nos instruye con una lección divina para que
fortalezcamos nuestras voluntades, aprendamos a discernir y optemos por lo
mejor, para que nuestro entendimiento esté lúcido y nos conduzcamos por la vida
con la dignidad de los hijos e hijas de Dios.
La dificultad puede recaer cuando los
cristianos razonemos de un modo totalmente equivocado. Me voy a explicar. ¿Qué
les sucede a los Doce cuando Jesús les iba contando que le iban a entregar, que
le iban a matar y que en el tercer día Él iba a resucitar?¿De qué estaban
discutiendo los Doce mientras iban de camino con Jesús? Ellos discutían de
quien era el más importante. Es decir, los Doce ‘estaban en Babia’, distraídos, ajenos totalmente de lo
que el Maestro estaba diciendo. A los Doce lo que les estaba importando no era
la justicia, sino el prestigio, la grandeza y el poder. Es decir, ‘metieron la pata’ hasta el fondo. Pero en el fondo ellos sabían que su razonamiento no era
correcto porque bien “se callaron la boca” cuando Jesús les preguntó «¿De qué discutíais por el camino?». Cuando uno se
adentra en la dinámica de la obtención de poder, de prestigio y grandeza todo
se desmadra. Dense cuenta de lo que nos
dice la epístola de Santiago de hoy: « ¿De dónde
proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras
pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis,
ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra». Mas claro no puede ser el Apóstol Santiago,
cuando uno busca lo que no tiene que buscar, todo se desmadra.
Llega
Cristo, -yo me le imagino cogiendo aire primero para adquirir una dosis más
alta de paciencia con esos Doce (en esos momentos) ‘medio atontados’-, se
sienta y les llama proporcionándoles los criterios correctos para que ellos se
conduzcan por la vida, criterios para estar al servicio de todos. Lo que se
busca es vivir para los demás, no para uno mismo. Esta sociedad nuestra está
domesticada por Satanás, la ha adiestrado Satanás siendo su máxima el placer,
el dinero, el sexo, disfrutar lo máximo, adquirir poder, buscando siempre y en
todo el propio beneficio. Los que somos de Cristo luchamos por vivir desde los
criterios del Evangelio, es normal que seamos rechazados por el mundo porque
siendo rechazados mostramos el rostro de Cristo y aquellos que deseen salir de
su particular ‘fango de pecado’ puedan encontrar en nosotros una esperanza de
salvación. Recordemos, pasemos por el
corazón aquella frase del Salmo de hoy: «El Señor
sostiene mi vida».
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sábado, 12 de septiembre de 2015
Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, Ciclo b, 13 de septiembre 2015
DOMINGO
XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b, 13 de septiembre 2015
Is.
50,5-9a
Sal 114
Santiago 2,14-18
Mc 8,27-35
El Reino de Dios no se
construye con el poder, sino con la
entrega de la propia vida a favor de los demás. Aceptar a Dios como alguien
real supone esperar pacientemente su discreta y progresiva manifestación. Y
para esperar es necesaria la paciencia. Esta es «la paciencia (que) todo lo alcanza», ya nos lo indica Santa Teresa
de Jesús. Entregar la propia vida a favor de los demás no garantiza ni el
reconocimiento ni la propia aceptación. No estamos exentos de sentirnos como
basura por el modo de cómo seamos tratados por aquellos a los que servimos.
Nosotros lo hacemos porque amamos a Dios y no porque vayamos tras el aplauso de
los demás. Es tiempo de perseverar sin forzar la máquina en lo que hacemos y
tenemos. Es tiempo de soportar las burlas de los demás por ser cristianos, de
‘hacer de tripas corazón’ para no ‘dar un mamporro’ al paisano que se comporta
como insensato porque aún no ha descubierto el gozo de tener a Cristo cerca,
siendo la oportunidad de oro para hablar sobre él al mismo Dios. Y hermanos, no nos olvidemos que estar ‘dentro de la Iglesia ’ no implica ni
supone haber descubierto la alegría de tener a Cristo cerca o tener una experiencia
de fe que mantenga toda la existencia como la columna vertebral a nuestro
cuerpo.
Es hora de apostar sin
miedos por el apostolado, dejándonos llevar por el Santo Espíritu, ya que
amando con diligencia a los que tenemos cerca vamos, primero proyectando el
holograma de Jesucristo en esa realidad para luego hacerle presente como principio y fundamento de ese nuevo ser.
Y amar con diligencia es un ejercicio agotador; es atravesar la ardiente arena
del desierto estando descalzos y casi sin agua en la cantimplora sin poder
divisar la llegada en el horizonte. Y comento que amar con diligencia es algo agotador porque la ideología, el
planteamiento filosófico de fondo, el relativismo, junto con el materialismo,
consumismo y sensualismo reinante están
creando a personas que amen a ‘muy baja intensidad’, de amores de ‘usar y
tirar’.
Hermanos, nosotros somos
rebeldes, somos auténticos traidores para este mundo,
somos hijos desagradecidos que rechazan los dictados que se esfuerzan en
inculcarnos desde muchos frentes para que nos rindamos ante lo que todos hacen,
piensan y sienten. Somos los delincuentes que se suben a las alambradas y a los
muros para saltar de la tiranía del pensamiento único al reino de la libertad
que ha venido a traer Cristo. Quizá sea el tiempo de ponernos al trasluz de la
prueba e ir abandonando los escudos, las excusas que nos elaborábamos para
ponernos, tal y como somos, ante Dios. Y es precisamente aquí, cuando
Jesucristo, el Hijo del Dios vivo, fija en ti sus ojos y te pregunta: « ¿Quien
dices tú que soy yo?». ¿Jesucristo es nuestro caudal del agua del río
que hace girar las ruedas verticales con palas del molino para poder moler el
trigo? ¿Acaso Jesucristo son esos rayos solares que son recogidos en las placas
solares para poder ofrecer esa luz eléctrica que permite que los
electrodomésticos y las bombillas funcionen?
Y me van a permitir que
‘de una vuelta de tuerca más’: Cuando las cosas se complican; cuando el dolor
se manifiesta; cuando un hecho concreto va a acontecer o ha acontecido que
cambian nuestros planes; cuando uno se tiene que posicionar políticamente o
sobre cuestiones que afectan de lleno a la moral o a la ética y mencionado
posicionamiento genera rechazo por parte de los otros..., es entonces cuando se
cae en la cuenta de la dureza que supone seguir a Cristo pero a la vez uno constata que lo
sobrenatural existe porque el
Todopoderoso nos manda su sabiduría para que nos asista en nuestros trabajos. Su
sabiduría nos va guando y nos va guardando, protegiéndonos de un mal que puede
ser evitado.
Ante esto Jesucristo te
vuelve a hacer de nuevo la pregunta: « ¿Quien dices tú que soy yo?». A lo
que podríamos contestar: «Señor, con franqueza te digo
que mi vida antes de conocerte era más fácil, más sencilla, no me hacía
problema del pecado que cometía o de cómo me comportaba o me dejaba de
comportar. Hacía lo que todos hacían y entraba en su dinámica aunque me quedara
totalmente vacío andando en un sin sentido. Mas ahora, cuando te conozco, tu
presencia me resulta, muchas veces muy molesta, porque tu Palabra me denuncia, y
me resisto a comportarme como un cristiano. Pero cuando escucho lo que TÚ me
dices, cuando me calmo de mi particular enfado, cuando me desahogo llorando por
mi equivocación cometida te agradezco la paciencia que tienes conmigo y las
razones que me vas planteando van
creando en mí algo nuevo y gozoso, de lo que antes mi propio pecado me
estaba privando. Y como Pedro yo también digo que TÚ ERES EL MESÍAS, y tal como
dice el Salmo, ‘aquel que salva mi vida’».
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domingo, 6 de septiembre de 2015
Homilía del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, ciclo b
DOMINGO
XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b
Todos
los presentes hemos nacido a una doble vida: a la natural y a la sobrenatural.
A la natural fruto del amor entre los esposos y a la sobrenatural fruto de la
gracia en las aguas bautismales. Cada vida en particular tienen sus
particulares dinámicas para ir avanzando, descubriendo nuevas cosas, en una
palabra: ir creciendo. A penas pasan unos meses y te sorprendes de cómo va cambiando
aquel bebé recién nacido y no digamos nada con la adolescencia con el estirón
que pegan. Un estirón que va acompañado de conocimientos, vivencias, experiencias
tanto positivas como negativas. Es como si en la vida natural hubiera una
especie de itinerario –ya marcado- para recorrer, cada cual con sus capacidades
y circunstancias personales.
Sin
embargo, en la vida sobrenatural es distinta. Mientras que unos padres andan
todo preocupados porque su ‘niño no come’, ‘su niño no aprueba las
asignaturas’, ‘su niño contesta en casa y no obedece’... esos padres no se
preocupan de cosas como ‘mi niño no reza’, ‘mi niño no acude a catequesis’, ‘mi
niño no asiste a la
Eucaristía ’, ‘mi niño no se confiesa’, ‘mi hijo no ha cogido
la asignatura de religión en el colegio’. Y claro, es evidente que lo que no se valora pues no se cuida, y
si no se cuida se atrofia. Y es que resulta que esa vida sobrenatural –que
brotan de las aguas bautismales- tiene en sí misma una dinámica propia: la de
ser sacerdotes, profetas y reyes. La cuestión está en que cuando las personas
nos empezamos a centrar en lo inmediato, en lo que hay que hacer para mañana;
en las preocupaciones y quebraderos de cabeza nos adentramos en las cosas del
mundo dejando en el olvido ‘las cosas del espíritu.’
Además
nos encontramos por la calle a cristianos que sí que acuden a la Eucaristía dominical y
resulta que piensan y sienten como los demás y uno no percibe la
diferencia que Cristo les debería de aportar. Y ante esto uno se dice ser
cristiano debe de ser ‘algo no importante’, algo ‘fácilmente de suplir’. Además,
uno piensa razonando equivocadamente, yo soy miembro de la Iglesia porque barro el
templo cuando me lo solicitan; salgo a leer las lecturas cuando me toca; paso
el cestillo del dinero; me encargo de recaudar el dinero de las cuotas y además
soy miembro del consejo pastoral parroquial, y hasta me encargo de tocar la
campaña para ayudar al cura; acudo a las misas y a la novena de la Patrona de mi pueblo. Dicho
con otras palabras, hemos ideado nuestro modo de vivir en cristiano, y es un
auténtico despropósito, una desgracia sin precedentes para nuestro espíritu. Es decir, que soy cristiano pero como yo
quiero ser, con mis condiciones, con mi
mentalidad, tomándome todo tipo de licencias que me vengan bien a mí; haciendo
y diciendo lo que mi propia forma de pensar vaya ideando; y que no entre en
conflicto con mis cosas, con mis caprichos, con mis pretensiones. Con todo
esto hemos ido acumulando tanta cera en nuestros oídos que nos impide oír la
voz de aquel que nos ha llamado a la vida y nos habla ‘en la verdad’ de nuestra vida. Nos dice lo que no
queremos escuchar porque nos hace ‘pupa’ lo que nos dice porque habla ‘en la verdad’.
Pero tenemos unos tapones de cera tan
densos dentro de nuestros oídos que no somos capaces de oír la deflagración
de una bomba.
Claro
que luego nos escribe el apóstol Santiago y nos interpela diciéndonos que no somos consecuentes con nuestra fe y que juzgamos con criterios malos; y
claro está, no nos hace nada de gracia que venga él y nos ‘tire de las orejas’ (pensamos; ¡que se habrá creído ese Santiago!)
porque creemos que nosotros lo hacemos todo genial. Es que el apóstol Santiago
se ha empeñado en que cada uno de los presentes ‘vivamos en la verdad’. Tenemos
la cabeza más dura que un adoquín y somos capaces de aliarnos con el mismo
Satanás antes de quitarnos muchas veces la razón.
Como
no hemos valorado ni cuidado la vida espiritual, actuamos en lo espiritual con
los mismos criterios que usamos en las cosas mundanas. Y esto es un caos sin
precedentes. Que viene un Obispo y ‘da un baculazo’ en el suelo y de un modo
totalmente arbitrario toma una decisión que afecta a uno directamente valorando
lo políticamente correcto para obtener la aprobación de aquellos que sólo él
quiere. Que viene un Párroco y ‘por sus narices’ niega el libre ejercicio de
una espiritualidad aprobada por el Papa simplemente porque ‘cosas raras no
quiere él’ y además, ya que se ha
comprado un televisor último modelo y un sillón de los de piel desea
explotarlos al máximo amortizándolos en el más breve de los tiempos. Que unos
padres de familia que llevan a sus hijos a catequesis pero cualquier excusa es
buena para no asistir ni a la catequesis ni a las actividades parroquiales ni a
la misma Eucaristía. Que soy un joven muy cristiano que pertenezco a grupos de
Iglesia pero que me cojo cada borrachera y permito que la lujuria se haga
manifiesta en las relaciones con las chicas. Alo que Jesucristo ‘te aparta de
la gente’, ‘te saca del barullo del gentío’ para hablarte a tí, mostrándote la
verdad de cómo está tu vida. Jesucristo
tiene un encuentro personal contigo y conmigo para abrirnos el oído; para
quitarnos nuestro particular tapón y plantearnos las cosas tal y como son.
Dense
cuenta de una cosa: Cristo -y los que queremos a las personas con un corazón cristiano- podría actuar con nosotros de dos maneras
diferentes. Una de ellas es conociendo nuestra realidad –dominada por el
pecado- y no decirnos nada para ‘no perdernos’ y como contrapartida él sufrir
muchísimo y en el fondo dañar más a la
otra persona. O también mostrar la verdad de la realidad de lo que está
viviendo esa persona –aunque se enfade con él- pero ayudándole a vivir en la
verdad, aunque cueste mucho. Cristo opta por la segunda. Y cuando uno acoge el mensaje de Cristo, lo
asimila, lo toma como itinerario de vida irá dándose cuenta de las numerosas
maravillas que el Señor va obrando en uno no duda en proclamarlas.
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viernes, 4 de septiembre de 2015
María, siempre presente en nuestras vidas
María, siempre presente en
nuestras vidas.
4 de septiembre 2015, 20 horas, Ampudia,
Ntra. Sra. de Alconada
Hermanos, cuando un creyente ha
tenido la experiencia de sufrir por su fe las cosas que acontecen en su vida
adquiere un sentido nuevo, muy diferente. Uno se para y recapacita diciéndose «¿por
qué no conformarme con lo que hacen todos los demás que son cristianos y no se
hacen problema de nada?». Sin embargo, aquel que sufre a causa de su fe es
porque ha descubierto a una persona que le ofrece un sentido extraordinario a
todo su ser. Estoy totalmente seguro que aquel que no se ha sentido incomodado
por defender su fe no se ha enterado de lo que supone ser cristiano.
Desgraciadamente nos hemos acostumbrado a ser conformistas, a
aceptar las ideas, los planteamientos, concepciones ideológicas que se han ido
colando en nuestro quehacer diario y que han obtenido 'la carta de ciudadanía',
es decir, que son ya algo normal. Cuando uno 'se enfría en la vida espiritual'
las cosas empiezan a dar lo mismo. Ahora bien, tan pronto cuando un cristiano
'se deja tocar por el dedo de Dios'; tan pronto como un cristiano -fruto del
amargo desengaño de su vida perdida a causa de su pecado- empieza a recapacitar
y desea retornar a Dios; tan pronto como un cristiano desea optar por romper
con su mediocridad para ser fiel a Cristo... tan pronto como suceda esto uno
buscará - con gran ansia un manantial de aguas puras donde saciar esa sed.
Pero claro, cuando uno empieza a
sentir que la presencia de Cristo le rodea surge el miedo de poderle fallar. Y
ese miedo está fundado, tiene razón de ser, porque guardamos en nuestra memoria
un sin fin de veces que le hemos negado.
Si hacemos un ejercicio de profunda
sinceridad, reconocemos cómo la Palabra de Dios nos denuncia: «Conozco tus obras y
no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente. Pero eres sólo
tibio, ni caliente ni frío» (Ap. 3,15 ss). Nos encontramos con una mezcla de ilusión (que
esperamos un futuro personal más fiel) y
de escepticismo (que nos preguntamos si merece la pena intentarlo). Seamos
claros: estamos instalados en la ambigüedad y no nos definimos ni hacia Cristo
ni hacia el mundo. Y claro, viene una persecución por la Palabra o por nuestra
fe y nosotros nos callamos. Queremos «nadar
y guardar la ropa». Deseamos los bienes de la fidelidad, pero al mismo
tiempo apetecen las ventajas o beneficios solidarios de la infidelidad. Se
produce en nosotros un bloqueo interior y sus consecuencias no se hacen
esperar: no rezamos, arrinconamos a Dios porque le sentimos como algo no
necesario, se otorgar muchas concesiones al pecado y nos adentramos en una
dinámica de transgresiones de la Ley de Dios. Y no tenemos alegría interior.
A modo de ejemplo: Supongan que uno
se ha montado en una de esas atracciones de feria que dan muchas vueltas con
movimientos un tanto bruscos y sale de esa atracción un tanto mareado,
constando mantener el equilibrio. Lo mismo nos pasa a nosotros cuando deseamos
parar con la mareante dinámica de ser cristiano de cualquier modo, uno no sabe
ni hacia donde buscar la verdad. Y aunque todo te esté dando vueltas y estés
sumergido en una profunda confusión hay algo, dentro de tu ser, que te indica
que existe una dirección acertada hacia donde te tienes que encaminar, aunque
en estos momentos de mareante confusión no tengas ni idea ni por donde tirar.
A lo que nuestra Santísima Madre, la
Virgen María sale a nuestro encuentro, nos coge de la mano para acompañarnos y
nos va orientando para que pongamos nuestro
centro de gravedad en Dios; no en nuestras conveniencias o deseos o
instintos, ni en nuestras opciones ideológicas ni en nuestra justicia, sino
sólo y únicamente en Dios. La Santísima Virgen María, con su modelo de entrega
perfecta a Dios, nos indica que nuestra vida no la podemos concebir como un
espacio de realización personal. Ella nos dice que respondiendo al proyecto que
Dios tiene para cada uno obtendremos la realización personal plena. Esto fue lo
que Santa María hizo.
No podemos negar que somos hijos de
esta época y que la tentación de la autosuficiencia y del individualismo está
ahí. Y que es autosuficiencia e individualismo se nos interponen con frecuencia
para no ser acompañados en la fe. Santa María se puso totalmente en las manos
de Dios, no pensó en sus propios intereses ni la bloquearon sus propios miedos,
fue una mujer extraordinariamente valiente fiándose totalmente del Señor. Es su propio comportamiento, su propia
manera de amar sin reservas y de entregarse a Dios sin límites lo que hace que
cada cual descubra y reconozca su miopía y debilidades espirituales, y esto
es muy bueno ya que es un signo de un realismo saludable. Vamos a ver; tenemos
un corazón sensible y sincero ante Jesús, pero somos muy inconstantes a la hora
de mantenernos fieles a Él. Queremos serle fiel, pero experimentamos el tirón
de la infidelidad. Santa María nos indica que la infidelidad no merece la pena,
que ser infiel a Cristo es un sin sentido.
De todas formas cuando las personas
han prestado atención a lo mejor de sí mismos, han escuchado que sus voces más
íntimas no son sino el eco de una voz anterior, el eco de la voz del Creador.
Esas voces íntimas que residen en esa particular 'caja de resonancia' que es la
conciencia personal, anhelan poder experimentar y hacer suyo la plenitud, el no
volver a sentir la angustia ni la congoja de llorar la muerte ni la impotencia
ante lo que se nos puede venir encima. Anhelamos, desde el núcleo de nuestro
corazón, esa experiencia de Dios que nos permita afrontar los desafíos y los
sufrimientos diarios con una alegría desbordante con la certeza de saber de
antemano que todo dolor se extingue para dar paso al gozo de estar con
Jesucristo, nuestro amado tesoro. Sin embargo, nadie de los presentes tiene una
experiencia de fidelidad constante y férrea a Cristo porque apenas bajamos la
mirada o nuestro corazón se despista experimentamos el deseo de apetecer lo
prohibido ya que lo que es objetivamente malo y nos hace daño es presentado
como una delicia de la que es difícil de rechazar. Y es ahí donde la Santísima
Virgen María, refugio de pecadores, acude a nuestro socorro recordándonos que
todo que suframos por nuestra fe es para nuestro bien. Como madre que es
aguarda pacientemente nuestro regreso y nos cura las heridas ocasionadas por
nuestras aventuras y desvaríos sin hacer
preguntas, simplemente reconquistándonos con su ternura maternal y con su
mirada tierna.
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