sábado, 4 de julio de 2015

Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b, 5 de julio de 2015
Lectura del Profeta Ezequiel 2, 2-5
Sal. 122, 1-2a. 2bcd. 3-4 R: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12, 7-10
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6

            Dios se queja de que seamos testarudos y obstinados. Somos duros de cerviz y tardos en obedecer. Y a pesar de ser como somos, Dios no nos abandona. Al pueblo no le van a faltar profetas y testigos del Evangelio enviados de parte de Dios. El profeta Ezequiel fue enviado al pueblo  durante el destierro de Babilonia. El pueblo empieza a relajarse bastante en las costumbres y comienzan a perder la fe. Y en este contexto de olvido de Dios por parte del pueblo es enviado Ezequiel  para que saque de esa crisis de fe al pueblo judío.
            Nos dice el profeta Ezequiel que el Espíritu "entro en él y le puso de pié". O sea, el Espíritu "le pone en pie". Dicho con otras palabras: Dios le concede esa pasión por rechazar el mal. El Espíritu le concede la VIRTUD de la fortaleza para la misión.  Estamos ante una virtud que tiene como objeto el resistir y hacer frente a los temores de la vida. El hombre está llamado a ser libre y una de las cosas que nos impiden ser libres es tener miedos. No podemos estar cohibidos por los miedos porque así no podemos disfrutar de la libertad. Dice San Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?» (Rom 8,35) Esto ya es en sí un canto a la fortaleza cristiana. Si Dios está conmigo, ¿a quién temeré? ¿Tal vez miedo a la soledad?, es que unidos a Cristo jamás estaremos solos.
            Acaso me pueda sentir débil, con pocas cualidades y eso hace que tenga temores; pero es que precisamente nosotros no nos apoyamos en la propia fuerza, nos apoyamos en la fuerza de Cristo; luego la fortaleza cristiana vence también el temor a la propia incapacidad. Hay gente que dice que no puede vivir en cristiano determinadas circunstancias de la vida. Es que resulta que detrás de ese 'no poder' hay una falta de fe y una falta de fortaleza. Otros pueden tener miedo a sentirse incomprendido, tengo miedo a la difamación, a que me queden solo y por eso da pasos hacia atrás -o se ha quedado como petrificado- en su vida cristiana. A lo que la fortaleza va contra ese temor ya que nos reafirma que hemos de actuar en presencia de Dios, y es Dios quien me conoce interiormente y el que me acompaña. Si Dios está conmigo ¿tal vez pueda temer a la pobreza, a la escasez?, a lo que la fortaleza nos hace entender que Cristo es nuestro tesoro y que unidos a Él no tenemos que temer. Otra de las cosas que podemos temer es la enfermedad. A lo que es preciso de recordar que Dios no permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas; y que todo confluye para el bien de aquellos que confían en el Señor. Incluso los propios pecados que nos hacen sufrir tanto forman parte de la providencia de Dios para que seamos más humildes y para que una y otra vez acudamos a la gracia de Cristo, ya que solamente en Él podemos y debemos apoyarnos. La fortaleza nos ayuda a resistir y hacer frente a los temores de la vida.  
            El profeta Ezequiel, cuando se "puso en pie"- fruto de la fuerza en él del Espíritu del Señor- no se dedicó a 'dar mamporros a diestro y a siniestro'. Tampoco consiste en el ser el muy atrevido. Jesucristo cuando estaba en la sinagoga de su pueblo natal, aquel sábano, no se dedicó a llamarles ciegos o necios por no reconocerle, ni tampoco mandó que cayera fuego sobre aquellos conciudadanos tan desconfiados que no creían en su persona. Cristo resistió aquellos gestos y palabras de rechazo por parte de sus propios conciudadanos, resistió, aguantó aquel chaparrón. Es más importante el resistir que el atacar. Dicen que no es mejor boxeador el que da muchos golpes, sino el que tiene capacidad de encajarlos sin caerse al suelo. Fortaleza es la capacidad de resistencia sin venirse abajo. Hermanos, es más complicado resistir que atacar, porque atacamos cuando nos sentimos fuertes, pero nos atacan las tentaciones y el desánimo cuando estamos débiles, por eso resistir es más difícil que atacar. Es la capacidad de aguantar la violencia del caparrón, manteniéndose uno firme, con la esperanza de que ya escampará. Del mismo modo que cuando tengamos que dar testimonio de nuestra fe en medio de la oposición, sabiendo que es el momento de la fidelidad y de la fortaleza en medio de la prueba.
            Dice San Pablo a los Corintios: «Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo (...). Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». San Pablo sabe que si él va de fuerte, de sobrado por la vida, el Señor le va a constatar su debilidad. Acordaros de ese Pedro tan seguro de sí mismo que decía: «Aunque todos te nieguen, yo no te negaré» y el Señor muy consciente de que eso no es fortaleza, sino que es presunción le dice: «¿A si?, esta noche me negarás tres veces». Ante Dios no cabe que presumamos, no nos podemos vanagloriar.

            Pero tanto el profeta Ezequiel, como el apóstol San Pablo, como el mismo Jesucristo en el Evangelio tienen una cosa muy importante en común: el permanecer ahí firmes, aguantando todo el chaparrón que les ha caído encima, -que no es precisamente poco- para que la verdad se vaya haciendo camino entre los hombres. 

sábado, 27 de junio de 2015

Homilía del domingo XIII del Tiempo Ordinario, ciclo b

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b, 28 de junio de 2015

LECTURA DEL LIBRO DE LA SABIDURÍA 1,13-15; 2, 23-25
SALMO 29
LECTURA DE LA SEGUNDA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 8, 7-9.13-15
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 5, 21-43
    
            En la primera lectura, en el libro de la Sabiduría se nos subraya que Dios ha creado todo con bondad y para ser destinado a la vida. Pero por desgracia el pecado entró en escena y esparció su mortífero veneno por toda la creación. Y el pecado crea facilidad para el pecado.

            Y de esto todos tenemos experiencia: el cometer un pecado y uno haya tenido una respuesta inmediata de arrepentimiento y ese arrepentimiento tiene un propósito de enmienda, reconociéndole como un pecado puntual donde se ha dado una respuesta firme por parte del penitente. Eso es una cosa, pero otra cosa distinta es que un pecado haya creado una repetición, y no ha habido una respuesta tiempo, y eso poco a poco ha ido creando un vicio, una facilidad, una proclividad del pecado. Como ven son dos situaciones muy distintas. El pecado crea una facilidad para el pecado.

            El hombre dentro del santuario de su conciencia tiene una serie de fronteras morales. Uno se dice, 'yo no quiero caer en ese error', 'yo no quiero pasar nunca esa frontera'. ¿Y qué es lo que ocurre?, pues que cuando alguien rompe una frontera moral que uno se había establecido, proponiéndose 'yo esto jamás lo haré nunca', 'no caeré nunca',... pero puede terminar cayendo. Ante esto uno tiene dos posibilidades: Una es el arrepentimiento pronto y profundo y la otra reacción es la de la auto-decepción, diciéndose 'yo jamás quería haber caído en esto, pero he terminado por caer', y puede ser que esa persona, en vez de tener una reacción humilde, la termine liando auto-justificándose. En esa decepción que tiene busca una auto-justificación como una manera de 'sacar pecho y salir hacia delante' y termina cayendo en una repetición de ese pecado, siendo ya un vicio adquirido. O sea, que ese veneno del pecado entra de lleno en toda la corriente sanguínea de nuestro cuerpo. Uno se dice, 'yo jamás cometeré este error' y uno al poco rato termina por seguir reiterándolo. Esto supone que muchas fronteras morales que nosotros nos habíamos señalado terminen hechas añicos y esto conlleva una voluntad debilitada muy proclive a caer en pecado una y otra vez. Si al pecado no se le responde con un arrepentimiento pronto y humilde, si uno se queda caído, en esa auto-decepción es mucho más fácil que se reiteren los pecados. Uno dice, 'vaya mala pata', 'bueno ya que uno ha caído es lo mismo ya', 'bueno, ya que uno está sucio ya, hasta que uno vaya a la lavadora', 'y como he pecado ya tengo barra libre para seguir pecando'. Esto es otra reacción que resulta nefasta, pero que solemos tenerla y que no deja de ser un síntoma de que no nos duele el hecho de haber pecado. Porque cuando yo he ofendido a un amigo no es lo mismo haberle ofendido una que cinco veces. Pero a veces hay un incorrecto dolor de los pecados que no deja de ser un orgullo herido, y al ser un orgullo herido crea proclividad para seguir pecando.

            Todo esto hace que el pecado cree facilidad para el pecado. Con el pecado pasa como cuando cae el agua por las laderas de los montes que se van creando arroyos, de tal manera que el agua ha ido dejando un surco por donde fluya el agua. Del tal forma que es más fácil que la próxima vez que llueva por ese surco sigua pasando por ahí el agua. Pues esto también ocurre en nosotros y con nuestro pecado. El pecado oscurece la conciencia, debilita la voluntad y acaba corrompiendo la valoración del bien y del mal. Cuando uno se queda caído, con el tiempo a uno le parece todo esto como normal. Cuando uno lleva mucho tiempo en el fango, pues uno termina creyendo que estar en el fango es lo normal. Porque atención, uno termina valorando la realidad desde lo que está viviendo y si uno está en el fango pues todo lo verá bien, correcto porque ha pasado muchas fronteras que no deberían de haber sido atravesadas. De este modo se llega incluso a oscurecer la mente, o sea, a entender como bueno lo que es malo, es cuando hay que reconocer que el pecado se ha apoderado de nosotros mucho más.

            Uno cae en los vicios, en primer lugar por debilidad de la voluntad, y al final de tanto estar en el fango se te terminan de oscurecer los criterios, se termina obscureciendo tu razón, tu mente, y uno termina llamando bien al mal.

            Pero para salir del vicio hay que hacer el proceso contrario hay que apostar por los criterios para fortalecer a la voluntad. Solamente a la luz de la Palabra de Dios somos capaces de juzgar lo malo como malo para que yo no lo justifique en mi conciencia y así con la fuerza de la fe poder fortalecer la voluntad.

            Y para fortalecer la voluntad es preciso solicitar socorro a Jesucristo y rogarle con insistencia, tal y como hizo el Jairo, el jefe de la sinagoga. En este caso el Señor se acercó a la niña rescatándola de la fosa de la muerte. Nosotros somos rescatados por Cristo cuando acudimos al sacramento del perdón y así pueda revivir nuestra alma en el estado de gracia.

sábado, 20 de junio de 2015

Homilía del domingo XII del tiempo ordinario, ciclo b

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b

LECTURA DEL LIBRO DE JOB 38,1.8-11
SALMO 106
LECTURA DE LA SEGUNDA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 5,14-17
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 4,35-40

 
            Hermanos, todos nosotros estamos invitados por el mismo Cristo a participar en el misterio Pascual, de su muerte y resurrección. Esto suena como muy bonito, participar en el misterio pascual, todo vida, todo alegría y júbilo. Pero no nos engañemos porque si muchos dicen ‘no a Cristo’, ya sea de un modo implícito o explícito, es porque se han dando cuenta que seguirle exige romper con cosas, comportamientos, ideologías, afectos de los que uno se siente atado desde una decisión hecha en libertad.

Si pensamos que con Dios podemos ‘jugar’ al tira y afloja con la cuerda, vamos totalmente equivocados. Vamos equivocados porque nos estamos engañando a nosotros mismos. Y cada vez que entramos en el juego del autoengaño ocasionado por el pecado nos estamos enfriando espiritualmente y alejando de Dios. Y atención, que cuando uno se ha enfriado en el espíritu el pecado pasa a ser como algo normal y uno deja de hacerse problema a la hora de pecar, uno ‘se hace colega’ del pecado. Por eso es fundamental estar muy alerta, vigilante, evitar las ocasiones de pecado, no ponerse en situaciones de peligro. Un ratoncito que olisquea el trocito de queso colocado a propósito en trampa de la ratonera termina, más pronto que tarde, atrapado y muerto.  Y luego vienen las lamentaciones: es que yo no quería, no lo pretendía, etc. Sin embargo no se dan cuenta que ese pecado no deja de ser sino el fruto de una suma de ‘plantones’ que damos a Dios, de la cantidad de veces ‘que le hemos cerrado con la puerta en las narices al Señor’.

Si uno empieza a poner su confianza donde no debería de ponerla, pues las cosas salen como salen. Es que resulta que nuestras decisiones tienen sus consecuencias.

            Muchas veces tengo que oír a algunos presbíteros o catequistas cosas como estas: ‘Jesús es tu amigo, tu colega’. Esto es una mamarrachada en toda regla. Jesucristo no es mi amigo como si fuera cómplice de mis travesuras o gamberradas porque él mismo también lo hace siendo copartícipe de esas tropelías. Y como él ‘también las lía como yo las lío’, pues no me corrige. Si yo pensara de este modo llegaría a la siguiente conclusión: Yo soy cristiano y me puedo permitir determinadas ‘licencias’, determinados ‘tonteos con el pecado’ y termino diciendo con la boquita que soy cristiano y comportándome como un auténtico pagano porque mato mi bautismo, porque expulso al Espíritu Santo de mi alma, porque excluyo a Dios de mis decisiones. Pero como todo en esta sociedad está teñido de un relativismo total si uno desea andar por la vida como Cristo nos indica se nos ríen a la cara` porque ellos jamás dejarían pasar cualquier ocasión de obtener un placer efímero.

            Dice San Pablo a los Corintos: «El que vive con Cristo es una creatura nueva. Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado». Esa nueva creatura -de la que nos habla San Pablo- surge de esta particular vinculación con Jesucristo resucitado. Cuando uno se va vinculando a Cristo uno se va esforzando por actuar con la conciencia recta y cierta. Podrán acecharnos muchas cosas y muy tentadoras pero las iremos rechazando porque nuestros 'músculos espirituales' se van fortaleciendo, nuestra voluntad se refuerza y se va descubriendo un sentido sobrenatural de la realidad que te llega a ilusionar y llenar por dentro. Cuando una persona se encuentra metida dentro de la dinámica del mundo, en palabras de San Pablo, sigue siendo un 'hombre viejo' por el pecado considera que lo único válido es lo que él tiene y disfruta, y rechaza el mensaje del Evangelio porque ni se siente identificado con él, lo entiende como un mensaje de los tantos que uno puede oír, pero que ni lo da importancia ni se deja influenciar porque aun no ha descubierto que necesita poner de su parte para salvarse.

            Las fuerzas del mal se oponen a la difusión del evangelio. En el evangelio esas fuerzas del mal quedan representada en la tempestad. El evangelio de hoy nos deja bien en claro de la necesidad de esforzarnos en ir madurando nuestra unión a Cristo como para poder infundir paz y serenidad incluso en los momentos de tempestad y opresión.

sábado, 6 de junio de 2015

Homilía del Domingo del Cuerpo y Sangre de Cristo, ciclo b, año 2015

CUERPO Y SANGRE DE CRISTO, ciclo b, año 2015

            La comunidad primera tenían muy claro que la celebración de la cena del Señor era un encuentro con Jesús vivo que les daba fuerza para conocerle mejor, seguirle, vivirle en la comunidad y en el mundo. Ellos no se sentían solos, ni nadie les podía quitar su comunión con Jesús, ni siquiera su muerte; no sentían el vacío de Jesús, sino que le tenían presente de otra manera: la celebración alimentaba su fe, gustando el pan de la Palabra y comiéndole, porque les ayudaba a seguir identificados con Él y a vivir como Él vivía.

            Todos hemos oído hablar, y de hecho tenemos experiencia, de la inadecuación entre la fe y la vida. De tal modo que nuestra forma de vivir puede llegar a desacreditar nuestra propia fe. Nuestra indecisión se convierte en complicidad con la secularización. De un cristiano que acude a la Eucaristía sería de esperar de él que de un modo u otro tuviera como 'algún efecto secundario' de ese encuentro con el Señor. Da la sensación que nos hemos aceptado a resignar que el único papel que tiene que tener la Iglesia en la sociedad es el de la Caridad, el de atender a los pobres, en una palabra: El de la asistencia social. Y como cada cual intenta cuadrar en algún lado en la sociedad, pues nosotros cuadramos en la ayuda a los más necesitados y por eso nos toleran porque somos para ellos una institución con fines sociales y caritativos.

            La Iglesia no ayuda a los pobres porque desee ser aceptada socialmente por partidos de derechas o izquierdas, ni porque desee el reconocimiento social de sectores ideológicos de lo más variopinto. Cada uno somos iglesia si permanecemos unidos a Cristo en su Iglesia. La vida de los cristianos no puede depender de lo que se practique comúnmente en nuestra sociedad. Me encuentro a alguna familia o algún joven que me dicen que se sienten solos, raros, extraños en esta sociedad y que el propio ambiente secularizado les envuelve dejando su vivencia de la fe bajo mínimos. Pues yo les digo con toda la claridad que si valoran la presencia de Cristo en medio de ellos se tienen que empezar a plantearse a vivir la fe en comunidad. Y las comunidades se han de crear. Y se crean en torno a la parroquia, en torno al altar, a la recepción y meditación de la Palabra, a la oración en común, la Eucaristía dominical y el ejercicio de la caridad en favor de los pobres, ya sea lejanos o cercanos.

            Nosotros, como el pueblo de Israel, hacemos suyas sus palabras: «Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos». Tenemos que tener el valor de marcar las diferencias. Es cierto que somos una minoría aunque luego en las procesiones de Semana Santa aparezca gente por todos lados. Pero aunque seamos una minoría no podemos dejarnos arrastrar por el modo de vida común ni confundirnos con los no cristianos. Nos falta el valor de afirmar nuestra vida como vida nueva, como vida diferente, como una alternativa a la vida que no cuenta con Dios. Y todo esto lo hacemos porque hay una Persona por la que merece la pena absolutamente todo. Que su presencia alegra nuestros días y su cercanía alienta nuestros corazones. No conocemos ni el timbre de su voz, ni el color de su piel, ni cómo son sus cabellos o su rostro. Sin embargo nuestra alma canta jubilosa cuando le reconoce presente y vivo en las especies Eucarísticas.

sábado, 30 de mayo de 2015

Homilía de la Santísima Trinidad, ciclo v

LA SANTÍSIMA TRINIDAD, ciclo b, 31 de mayo de 2015

            Ser testigo no es lo mismo que ser un profesor que enseña una determinada asignatura a sus alumnos; ni tampoco es el representante comercial de una empresa. La relación con la Persona y el Mensaje de Aquel a quien testifica es enteramente estrecha y singular. Testigo es aquel que ha tenido un encuentro personal con Cristo. Y fruto de ese encuentro él ha sentido cómo su vida ha cambiado y empieza a dolerle experiencias y comportamientos con los cuales antes convivía pacíficamente  y empieza a mostrar ante los demás modos de estar, pensar y manifestarse que antes no tenía.

            En el libro del Deuteronomio el mismo Moisés está exhortando al pueblo. La indiferencia, el relativismo y la frivolidad ya se estaban dejando sentir en la vida del pueblo. Es tanto como debilitar los lazos de conexión con Dios. Y cuando se debilitan esos lazos de amistad con Dios, cuando se descuida los momentos de intimidad con Jesucristo uno deja de ser su testigo, ya que ya no le anuncia a Él sino a uno mismo. Y Moisés, como excelente catequista que es, sabe dar la palabra oportuna e interpelar para que la gente espabile, les dice que si ellos desean 'vivir su vida a medio gas' o 'a toda intensidad'. O sea, que si se conforman con lo mediocre o aspiran a lo máximo.

            Moisés es muy claro; que deseas ser mediocre, ¡pues tú mismo!,  ponte a dar culto a tus cosas, gira tu existencia en torno a tus ídolos, gasta tu existencia como te dé la gana,... ahora bien, llegará un momento en el que tú mismo de darás asco de tí mismo, te sentirás despreciable. Ahora bien, luego no vengas como una víctima porque tú mismo te lo has buscado.

            También Moisés, con el propósito de espabilar a los que andaban medio atolondrados en la fe le dice que ellos tienen experiencia de saber que hay muchos modos de sentir, de amar, de trabajar, de luchar y de ser en este mundo. Y les pone ante sus ojos, como si fueran unas diapositivas, cómo Dios ha ido interviniendo en sus vidas y el vacío que hubiera supuesto si Dios no hubiera intervenido. Moisés habla al pueblo diciéndoles: «¿Algún dios intento jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con nosotros en Egipto?». Ellos fueron testigos de los prodigios de Dios en Egipto; les salvó Dios. Nosotros, cada uno de nosotros hemos estado bajo el yugo de nuestro particular Egipto, algunos pueden estar saliendo o dándose cuenta de que son aún esclavos, sin embargo no es ni será el alcohol, ni el dinero, ni la fama, ni el poder, ni el aparentar, ni el ser el más guapo del pueblo, ni las drogas, ni las mujeres lo que pueda salvarnos... Dios es quien nos salva. Les hay muy tontos, ¡pero muy tontos!, que piensan, pues yo no tengo nada que agradecer a Dios, y resulta que tienen un buen trabajo, una casa acogedora y una esposa que se preocupa por él. Pues si Dios no hubiese intervenido en la vida de esa persona no tendría ni trabajo, ni una casa, ni una esposa, y es más, yo me atrevería a decir que ni siquiera existiría.

            San Pablo en su epístola a los Romanos ya nos dice que «los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios». Dice la expresión «los que se dejan llevar» y esto no es compatible con la concepción de la 'cultura del contrato' y del individualismo. Donde yo me comprometo a lo que me gusta por el tiempo que yo fijo y en las cosas que yo desee. Dejarse llevar por el Espíritu de Dios en este ambiente social donde la fidelidad es un valor en crisis supone una dificultad añadida. Da la sensación como si todo fuera envuelto en una manta de debilidad, donde falta la robustez y la firmeza. Puede ser que digamos que sí al Espíritu Santo pero seamos permisivos con otras cosas fruto de nuestro relativismo.

            Ser testigo de Cristo supone constantemente avivar la fe y tener en la mente que si Él no hubiera irrumpido en nuestra vida las cosas no hubieran merecido la pena de ser vividas.

sábado, 23 de mayo de 2015

Homilía de Pentecostés 2015


PENTECOSTÉS 2015

            Hermanos, resulta curioso que aún sabiendo que Cristo esté en medio de nosotros, hay algo dentro de nuestro ser que impide que nuestro corazón esté ardiendo, tal y como ardían los corazones de los discípulos de Emaús cuando Jesucristo les explicaba las escrituras por el camino, sin saber ellos que era el Señor. Sin embargo seamos claros, «no podemos pedir peras a un olmo». El estudiante ‘que no ha dado palo al agua’, que se ha dedicado a hacer novillos y a darse la buena vida, que no espere sacar una nota medianamente aceptable en las asignaturas. El padre o la madre de familia que se ha dedicado a lo que ellos consideraban importante excluyendo la educación de la fe y la transmisión de esa fe a sus hijos que no esperen recoger decisiones y posicionamientos de sus hijos que vayan más allá de sus propios intereses. Excluir a Cristo de la vida familiar es apostar por la oscuridad. En una parroquia donde siempre se ha hecho lo mismo ‘sota, caballo y rey’, donde más que una parroquia parece un supermercado donde cada cual escoge de las estanterías el producto deseado – el bautizo para que la familia se reúna y puedan conocer al recién nacido (con el banquete añadido); catequesis de Primera Comunión, para que ‘el  niño tenga su día’; algunos hacen la confirmación porque está bien visto y nunca  viene mal; no pocos deciden casarse en la iglesia porque es más bonito y las fotos son más elegantes; y cuando uno fallece pues acude a la Iglesia para despedirse de los seres queridos tal y como se ha solido hacer desde hace mucho tiempo atrás. En una parroquia que se mueve en estas latitudes y longitudes de trabajo pastoral que no espere laicos comprometidos, ni familias cristianas, ni padres que transmitan la fe a sus hijos, ni comunidades vivas y deseosas de Cristo, ni espere que haya jóvenes que se sientan vocacionados al sacerdocio o a la vida consagrada.

Hermanos, en este contexto concreto donde estamos ahora mismo, en medio de este desierto de profunda secularización, el Espíritu Santo nos está comunicando algo. Desea ponerse con contacto con nosotros. Y ni yo ni nadie puede escuchar al Espíritu Santo con el ánimo de luego debatirle y hacerle retroceder en sus pretensiones terminando por imponer las nuestras. No seamos ingenuos: Aquel que se deja llevar por el Espíritu, se le nota y mucho. En primer lugar porque se deja guiar por su inspiración y esa inspiración va sanando las heridas ocasionadas por el pecado y su espíritu se rejuvenece. De tal modo que uno, poco a poco, va comprendiendo cómo Dios obra maravillas en su vida y se siente inclinado hacia las cosas de Dios.  

San Pablo, en la primera epístola a los Corintios nos dice: «Nadie puede decir «Jesús es el Señor», sino es bajo la acción del Espíritu Santo». Luego nos sigue diciendo «En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común ». Si en mi parroquia realmente Jesús fuera el Señor, se daría la comunión entre los hermanos; Si en nuestras familias realmente Jesús fuera el Señor esto supondría una importante demanda por parte de los padres deseosos de aprender a caminar en cristiano, así como el trasmitir la fe a sus hijos. Si Jesús es el Señor para los feligreses de las diversas parroquias estarían ‘haciendo cola’ en los confesionarios para recibir el sacramento de la reconciliación con frecuencia al reconocerse pecadores e indignos del amor de Dios. Entonces, si todo esto no se está dando, ¿dónde reside el problema? ¿Qué cosa está obstaculizando la potente acción del Espíritu de Dios? El problema reside en nosotros: no tenemos sed de Dios. Somos como los niños pequeños que se atiborran a golosinas y palomitas de maíz y luego no comen lo que tenían que comer. Es nuestro pecado, es el beber en aguas contaminadas lo que nos ofusca los sentidos, nos nubla la mente, nos saciamos de necedades y no dejamos ‘cancha de juego’ en nuestra vida al Espíritu Santo de Dios. Fallamos nosotros, Él permanece siempre fiel.

            Es que resulta que si decimos ‘sí’ al Espíritu Santo de Dios se nos mete en nuestra vida como un inquilino. Habitará nuestra casa y la va a dirigir desde su amor. Por eso la fe nos expropia, la fe requiere una capacidad de entrega confiada: una capacidad de confiar mi vida, mis proyectos, mis sueños, mis ilusiones, mis cualidades a Alguien que no me da garantías tangibles, que no me ofrece las cosas aseguradas –por si salieran mal-.

Si lo pensamos con ‘sangre fría’, si ‘extrajésemos la fe’ –como si fuera sangre- de nuestra vida, nos quedamos que entregamos nuestro ser a Otro que nos es impalpable, que no podemos sentir, tocar, medir, oír, que no podemos ponernos en contacto con nuestros sentidos. Únicamente nos ponemos en contacto con Dios a través de su Palabra y de los Sacramentos y aún así no deja de ser un ejercicio severo y pleno de fe que nos hace creer que ahí está, en contra de todos los principios de la física, de la ciencia y de la matemática. Sin embargo esta entrega confiada a Jesucristo da frutos; no es una necedad fiarse de Él. Estar con Cristo se nos revela como un tesoro de valor infinito.

El Espíritu Santo provoca en nosotros un cambio en la escala de valores que únicamente se puede entender gracias a la labor sanadora que el mismo Espíritu obra en nuestro interior. De tal modo que ni el dinero, ni el tiempo libre, ni las relaciones sociales, ni la política, ni el estudio, ni la actividad sindical o política, ni la salud, ni la amistad, ni la familia ya no son exactamente lo mismo antes que después de creer.

Cuando somos sostenidos por el Espíritu Santo, nos colocamos en un camino muy incómodo, ya que nos convertimos en nómadas que atravesamos el desierto teniendo a escorpiones como compañeros que nos van a herir seriamente, pero al mismo tiempo será un tiempo fecundo porque caminamos hacia Alguien que nos espera: Jesucristo, mi Señor y mi Dios.

sábado, 16 de mayo de 2015

Mariam Baouardy, María de Jesús Crucificado

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ESPAÑOL

Mariam, la pequeña nada

Galilea: la infancia
  

Mariam Baouardy nació el 5 de enero de 1846, en Ibillin, una pequeña aldea de Galilea, a mitad de camino entre Nazareth y Haifa, en una familia de rito greco-católico. Sus padres no lograban traer al mundo un hijo que sobreviviese: doce niños les murieron uno después de otro, siendo todos ellos muy pequeños. En su profundo dolor y confianza en Dios, decidieron entonces hacer una peregrinación a Belén para  ir a rogar ante el Pesebre y pedir la gracia de una hija. Es así como Mariam vino al mundo. Y luego de ella, el siguiente año, su hermano Boulos.

Pero Mariam no tenía aún 3 años cuando su padre muere confiándola a la fiel custodia de san José. Algunos días más tarde muere su madre. Es así que Boulos es adoptado por una tía y Mariam por un tío de buena condición.

De sus años de infancia en Galilea, le quedará, a la vez, ese maravillarse delante de la belleza de la Creación, de la luz, de los paisajes dónde todo le habla de Dios y del sentimiento, muy fuerte, de que “todo pasa”.

Una experiencia de niña es decisiva para su vida futura: juega con dos pequeños pajarillos y quiere hacerlos tomar un baño… pero estos no resisten y mueren entre sus manos. Toda triste, siente entonces interiormente estas palabras: "¿Ves?, es así que todo pasa; pero si quieres darme tu corazón, yo me quedaré siempre contigo”.

A los 8 años hace su primera comunión. Poco después su tío parte para Alejandría con toda la familia. 

En Egipto: Alejandría y el martirio
  

Mariam tiene 12 años cuando se entera que su tío quiere casarla. Decidida a darse totalmente a Dios, ella rechaza la proposición. Tratan de persuadirla… la amenazan. Ni las humillaciones, ni los malos tratos pueden cambiar su resolución. Después de tres meses, ella encuentra a un viejo criado de la casa para mandar una carta a su hermano que se había quedado en Galilea para que venga a ayudarla. Escuchando la narración de sus sufrimientos, el criado que era musulmán la exhorta a dejar a los cristianos y a abrasar su religión. Mariam rechaza. Encolerizado, el hombre saca su cimitarra y le corta la garganta, abandonándola luego en una callejuela oscura. Era el 8 de septiembre.

Pero su hora no había llegado todavía, y ella se despierta en una gruta, cerca de una joven mujer que se parecía a una religiosa. Durante cuatro semanas, esta señora la cuida, la nutre, la instruye. Después de lo cual, al estar ya curada, aquella que más tarde dirá que es la Virgen María, la lleva a una iglesia y allí la deja.

Desde ese día, Mariam irá de ciudad en ciudad (Alejandría, Jerusalén, Beirut, Marsella…), como doméstica, eligiendo preferentemente las familias pobres, ayudándolas, pero dejándolas en cuanto se encuentra demasiado honrada.
Así ella llegará a ser de manera del todo particular, testigo de ese “universo invisible”. Ese universo que nosotros creemos sin verlo, y que ella ha experimentado de una manera muy fuerte.    

En Marsella: las Hermanas de San José  
En el 1865 Mariam se encuentra en Marsella. Entra en contacto con las Hermanas de San José de la Aparición. Tiene 19 años, pero sólo parece de 12 o 13. Habla mal el francés y posee una salud frágil… de todos modos es admitida al noviciado, y su alegría es enorme por poder entregarse de este modo a Dios. Siempre dispuesta para los trabajos más pesados, ella pasa la mayor parte de su tiempo lavando o en la cocina… pero junto a dicha vida ordinaria, dos días por semanas revive la Pasión de Jesús, recibe los estigmas (que en su sencillez cree ser una enfermedad) y comienzan a manifestarse toda clase de gracias extraordinarias. Algunas hermanas quedan desconcertadas de ello, y al final de 2 años de noviciado, no es admitida a continuar en la Congregación. Es así que un conjunto de circunstancias la orientan hacia el Carmelo de Pau.

El Carmelo de Pau

Es recibida en junio de 1867. Allí, en medio de todas las pruebas que tendrá a atravesar, siempre encontrará amor y comprensión. Al ser una nueva Congregación, ingresa de nuevo al noviciado, dónde recibe el nombre de Hermana María de Jesús Crucificado. Insiste en ser admitida como ‘hermana conversa’, ya que se encontraba más a gusto en el servicio de los otros, teniendo por otro lado un gran problema para leer lo que conllevaba una gran dificultad para recitar convenientemente el Oficio divino.

Su sencillez y su generosidad conquistan los corazones de todos. Y sus palabras dichas después de un éxtasis son el fruto de su vida: "Dónde está la caridad allí también está Dios. Si pensáis en hacer el bien a vuestro hermano, Dios pensará en vosotros. Si hacéis un pozo para vuestro hermano, caeréis en él; el pozo será para vosotros. Pero, si hacéis un cielo para vuestro hermano, ese cielo será para vosotros…”.

Don de profecía, ataques del demonio o éxtasis… entre todas las gracias divinas de las cuales está colmada, está aquella de saberse, de manera muy intensa, ser ‘nada’ frente a Dios, y cuando habla de ella misma se llama "la pequeña nada", es realmente la expresión profunda de su ser. Es lo que le hace penetrar la insondable profundidad de la misericordia divina dónde encuentra su alegría y sus delicias, su vida… “La humildad es feliz de ser nada, ella no se apega a nada, ella no se cansa nunca de nada. ¡Está contenta, es feliz, dondequiera que esté es feliz, está satisfecha con todo… Felices los pequeños!”.

Allí está la fuente de su abandono al corazón de las gracias más extrañas y al corazón de los acontecimientos humanos más desconcertantes.  

La fundación del Carmelo de Mangalor en India 
Al fin de 3 años, en el 1870, parte con un pequeño grupo para fundar el primer monasterio de carmelitas en la India, en Mangalor. El viaje en barco hasta allí es ya toda una aventura… tres religiosas mueren antes de llegar. De todos modos, son enviados refuerzos, y a finales de 1870 se puede inaugurar la vida claustral. Sus experiencias extraordinarias continúan sin impedirle ello el afrontar los trabajos más pesados y las agitaciones que vienen siempre anejas a una nueva fundación. Durante sus éxtasis, bien se la veía a veces resplandeciente su rostro en la cocina o en otro lugar, bien participando  en espíritu de lo que ocurría en la iglesia al momento de las persecuciones en China; bien sea que a veces el demonio parecía tomar posesión de ella, en lo exterior de su cuerpo, haciéndole vivir terribles tormentos y combates. De todos modos, las incomprensiones empezaron entonces a producirse alrededor de ella, llegando a dudar de la autenticidad de lo que ella vivía. Sin embargo pudo emitir sus votos al final de su noviciado el 21 de noviembre de 1871, pero las tensiones creadas en su entorno acabaron por provocar su regreso al Carmelo de Pau en el 1872.

El regreso a Pau

En aquel lugar halla su vida de simple ‘hermana conversa’ en medio del cariño de sus hermanas de religión, y su alma se dilata. Durante ciertos éxtasis ella, que es casi analfabeta, profiere repentinamente en la exultación de su gratitud hacia Dios poesías de una gran belleza, llenas de frescor y de un atractivo todo oriental, donde la creación entera canta a su Creador… o bien, enardecida por la aspiración de su alma hacia Dios, se la verá elevarse hacia la cima de un árbol milagrosamente sobre una rama que no soportaría ni siquiera un ave… “Todos duermen. Y Dios, tan lleno de bondad, tan grande, tan digno de alabanzas, ¡es olvidado!… ¡Nadie piensa en Él!… Veo, que la naturaleza lo alaba; el cielo, las estrellas, los árboles, las hierbas, todo lo alaba; ¡y el hombre, que conoce sus beneficios, que debería alabarlo, duerme!… ¡Vamos, vamos a despertar el universo!”

Numerosos también son los que vienen a buscar cerca de ella consuelo, consejos, ruegos, y que parten de su lado iluminados y fortificados por su encuentro.

La fundación del Carmelo de Belén

Poco después de su regreso de Mangalor, comienza a hablar de la fundación de un Carmelo en Belén. Los obstáculos son numerosos, pero se disipan progresivamente, incluso de manera inesperada. Por fin la autorización es dada por Roma y el 20 de agosto de 1875 un pequeño grupo de carmelitas se embarca para esta aventura. El Señor mismo guía a Mariam hacia el lugar y la construcción. Puesto que es la única que habla árabe, ella se encarga particularmente de seguir los trabajos, “inmersa en la arena y en la cal”. La comunidad puede venir a habitar los lugares preparados desde el 21 de noviembre de 1876, mientras que ciertos trabajos continúan.

Se preocupa también por la fundación de un Carmelo en Nazareth, viajando allí y logrando que se compre un terreno en agosto de 1878 para dicho fin. Durante este viaje le es revelado por Dios el lugar de Emaús. Ella lo hace comprar a Berthe Dartigaux para el Carmelo.

De vuelta en Belén, retoma la vigilancia de los trabajos bajo un calor sofocante. Llevando de beber a los obreros, Mariam cae de una escalera y se parte un brazo… La gangrena va afectarle muy velozmente y muere algunos días después del suceso, el 26 de agosto de 1878, a los 32 años.
Ella fue beatificada el 13 de noviembre 1983 por el Papa Juan Pablo II. Esperamos su pronta canonización.

Mary of Jesus Crucified زهرة زغيرة شرقية مريم يسوع المصلوب رباب زيتون

Fuente: http://mariamdejesuscrucifieblog.blogspot.co.il/2015/01/mariam-une-carmelite-de-terre-sainte_14.html

In this year of Consecrated Life and the fifth centenary of the birth of our Mother Saint Teresa of Jesus, as Carmelites in the Holy Land we live the joy of the upcoming canonization of Blessed Mary of Jesus Crucified.
Through this blog we want to invite you to accompany us in joy and thanksgiving for this daughter of Carmel and of the Holy Land. A flower of holiness for all the Church and in a special way for the entire Middle East. She is Living witness of the presence of God among his people.


 
In questo anno della vita consacrata e del quinto centenario della nascita di Madre Teresa di Gesù le Carmelitane della Terra Santa vivono la gioia della prossima canonizzazione della beata Mariam di Gesù crocifisso. Attraverso questo blog vogliamo invitarvi a camminare con noi nella gioia e nell'azione di grazie per questa figlia del Carmelo della Terra Santa, fiore di santità per tutto il Medio Oriente. Testimone vivente della presenza di Dio in mezzo al suo popolo.


 
En este año de la vida consagrada y el quinto centenario del nacimiento de nuestra Madre Santa Teresa de Jesús, nosotras, Carmelitas de Tierra Santa, vivimos la alegría de la próxima canonización de la Beata María de Jesús Crucificado.
A través de este blog queremos invitarlos a caminar con nosotros en la alegría y acción de gracias por esta hija del Carmelo y de la Tierra Santa flor de santidad para toda la Iglesia y especialmente para todo el Oriente Medio. Ella es un vivo testimonio de la presencia de Dios en medio de su pueblo.