miércoles, 8 de enero de 2014
lunes, 6 de enero de 2014
Homilía de la Epifanía del Señor 2014, ciclo a
LA EPIFANÍA DEL
SEÑOR 2014, ciclo a
Cuando fuimos bautizados fuimos
ungidos con óleo perfumado, signo de nuestra nueva condición. Fuimos unidos a
Cristo, como los sarmientos también son regados por la sabia de la vid pasando
a través de nosotros su gracia, misericordia, su amor, su sabiduría, en una
palabra, su presencia soberana. Al ser bautizados pasamos a ser reyes
ya que somos hijos de Dios y herederos de la promesa. Y es más, como reyes que
somos no nos sometemos al pecado que nos esclaviza, sino que únicamente
obedecemos y rendimos
toda nuestra existencia ante la presencia de Dios. Habrá penas y
miserias, dolor y sufrimiento y lucharemos para que nada ni nadie nos someta
bajo el yugo de la esclavitud del pecado. Los cristianos no dependemos de las
circunstancias afortunadas o desafortunadas, ni existirán para nosotros
acontecimientos negativos, sino que todo cuanto sucede en el mundo y en propio
transcurso de la vida estará a nuestro servicio y nos beneficiará en el
crecimiento en el amor y en nuestra condición de hijo de Dios. Es cierto que
los infortunios y desazones pueden acarrearnos cicatrices y heridas graves pero
absolutamente todo adquiere plenitud de sentido en Jesucristo. Cuando un
enamorado se encuentra con su amada y sienten que ambas almas laten al unísono
de tal modo que el dolor se afronta con serenidad y la alegría se disfruta con
mayor intensidad llegando a decir ambos que «mi vida sin tí no tendría sentido»
o «sin tí no soy nada» es cuando uno empieza a intuir, al menos, en una
millonésima parte la plenitud de sentido que Cristo te proporciona descubriendo
uno el fundamento del verdadero amor. El profeta Isaías nos está anunciando
precisamente esta buena noticia para saborear el amor verdadero, llenarnos en plenitud de Él,
vivir de ese amor y permanecer sumergidos en ese amor: «¡Levántate,
brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!» Cristo hoy se manifiesta ante todo el mundo y
desea mantener un encuentro personal contigo.
Continúa diciendo el profeta Isaías:
«Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora». Y
nosotros caminamos teniendo en cuenta el instante del presente y es en el
presente cuando nosotros doblamos no solo nuestras rodillas sino también toda
nuestro ser ante Aquel que hoy se manifiesta ante todos los pueblos. Aquellos Magos
de oriente dejaron todas sus ocupaciones y se pusieron en camino, cada cual con
sus intenciones y motivaciones. Nosotros también estamos en camino. Algunos
saben algunas «cosas de oídas de Jesucristo», cree pero con una fe que se
reduce a aceptar distintos elementos culturales, doctrinales, institucionales y
de tradición: Es un cristiano de inercia, que no ha realizado ninguna opción
por Cristo. Sin embargo Cristo quiere que tu fe sea una fe personal, en donde
se escuche personalmente el testimonio de la Presencia del Espíritu Santo en tu
interior y que genere en tu existencia un aceptar que esa Presencia sea la que
genere un movimiento de confianza absoluto en Cristo.
Nosotros le hemos sentido y sentimos
su Presencia en medio de nosotros porque esta vivo y Resucitado. Esos Magos de
oriente realmente no sabían lo que estaban buscando mas cuando encontraron al
Niño recostado al lado de su Madre entendieron que todo el tiempo que ellos
habían estado lejos de Él ha sido, irremediablemente, tiempo perdido. Esa
experiencia religiosa fue para ellos el principio y fundamento de un nuevo modo
de ser, de estar, de pensar y de amar.
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viernes, 3 de enero de 2014
Homilía del Segundo Domingo después de Navidad, ciclo a
SEGUNDO
DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD, ciclo a
ECLESIÁSTICO 24, 1-4.12-16; SALMO 147; SAN
PABLO A LOS EFESIOS 1, 3-6.15-18; SEGÚN SAN JUAN 1, 1- 18
Nuestra
sociedad y nuestra cultura está muy secularizada, muy vaciada de Dios. En este contexto se está dando una fuerte
tendencia a que muchas personas interpreten
su vida independientemente a la referencia de la religión. Se genera una
nueva experiencia de Dios basada en la
más absoluta indiferencia hacia Él. Desde la salida del sol hasta el ocaso viven
desligados de Dios. Unos rechazan a Dios, otros le ignoran y el propio hombre
se impone la propia orientación de su vida.
El caso es que el hombre
llega un momento en el que debe de
reconocer una serie de valores
cuya dignidad y nobleza es, en sí misma, innegable. O también cuando el hombre
se encuentra ante acciones que, por muchos beneficios que le puedan aportar,
sabe que no debe de realizarlas porque
hay un deseo de vivir con dignidad. Hay ‘fronteras’ en las que uno no debe
de traspasar porque de hacerlo le hiere mortalmente en su ser y hay valores que
no se pueden negociar porque de hacerlo te sumerges en el abismo de la
desesperación. Estas situaciones, estos principios irrefutables son como la
sombra que nos indica la existencia de un Bien supremo que es imposible de
poder anular. De alguna manera misteriosa el mismo Dios está dejando también su
huella en este hombre secularizado. Tal
vez estemos atravesando una época de oscuridad en la que los creyentes
tengamos que acostumbrarnos a reconocer la presencia de Dios en medio de esta
densa niebla que nos impide verle. Tal vez como el ciego del camino del Evangelio
tengamos que suplicar un milagro para ver a Jesucristo. Esta situación no
elimina la fe. La fe sale robustecida, consolidada, afianzada en la roca que es
Cristo porque brota una experiencia de lo divino. El apreciar la presencia de
Dios, la opción por serle fiel, el deseo que nos desvele la verdad de nuestra
existencia, el anhelo de tenerle cerca en ese esfuerzo en afinar la vida
espiritual, ese saborear disfrutando de la grandeza de vivir en estado de
gracia va marcando las pautas de
distancia entre los que somos de Cristo y los que son del mundo. Dice el
libro del Eclesiástico «en su presencia
ofrecí culto». Nosotros formamos parte de esa porción del Señor, somos
hijos de Dios, somos herederos de la promesa y entendemos nuestra vida como una constante ofrenda agradable para
Dios.
Por eso el Señor, tal y
como reza el salmo responsorial, «Él
envía sus mensaje a la tierra y su palabra corre veloz» porque es muy
urgente que ese mensaje sea escuchado y
que su palabra corra de oído a oído para que todos lo puedan escuchar con voz
alta y clara. Es más, San Pablo cuando
escribe a los Efesios les dice y nos dice que Dios nos ha elegido en la persona
de Cristo «para que
fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor».
Antes
– y ahora menos- después de que la máquina o los obreros habían cosechado el
campo iban algunos –que solían ser los más pobres- y se dedicaban a respigar,
es decir a recoger de los trigales ya cosechados los restos de paja y grano que
quedaban en la tierra; con la paja se encendía la glorieta y con el grano se
molía para sacar la harina. Nosotros ante Dios nos presentamos como mendigos de
su amor, necesitados de su perdón, queremos vivir dependiendo de Él aunque esto
suponga ser tan pobre ante Él como para llegar a ir a respigar ante su
presencia.
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miércoles, 1 de enero de 2014
FÓRMULA DE BENDICIÓN
FÓRMULA DE BENDICIÓN
«El Señor te bendiga
y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti
y te conceda su favor;
el Señor te muestre
su rostro
y te conceda la paz».
Números 6,24-26
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