viernes, 9 de agosto de 2013
Entrevista a Kiko Arguello
sábado, 3 de agosto de 2013
Homilía del domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo c
HOMILÍA
DEL DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo c ECLESIASTÉS 1,2; 2,
21-23; SALMO 89; SAN PABLO A LOS COLOSENSES 3, 1-5.9-11; SAN LUCAS 12, 13-21
La salvación nos viene de Dios, no
nos viene ni de nuestro dinero ni de nuestras posesiones. Sin embargo resulta
curioso que aunque lo sepamos nuestro comportamiento e inclinaciones no sean
las más acertadas. Jesucristo nos hace llegar un mensaje muy claro: la vida
puede ser un gran engaño, como la del ricachón, tal feliz por su enorme riqueza
que ni se entera que nada de eso se llevará al morir.
Si aceptamos que la salvación nos
viene de Dios esto supone que empecemos a buscar «los bienes de allá arriba»,
los que valen, los que duran, los que dan un verdadero sentido a la vida. Supone
morir a la vida anterior, renunciar a la pretensión equivocada de vivir en este
mundo por nuestra cuenta y como si fuera ésta la vida definitiva, para nacer de
nuevo a una vida diferente, una vida rehecha a partir de la adoración de Dios y
a la obediencia al Evangelio…una vida iluminada por la fe y sostenida por la
esperanza en la resurrección. Como consecuencia de este cambio real en la
propia vida, las personas convertidas comienzan a cambiar el mundo de las
relaciones, de la convivencia, cambia el tejido de la vida social y cultural de
los hombres y de la sociedad. Aquel o aquella que se adentra en un proceso de
conversión se le nota, incluso, en el modo de hablar y en las conversaciones
que le van interesando. Cristo hace nuevas todas las cosas.
Todo lo que sea lo cotidiano, el
trabajo diario, la relación familiar, el descanso merecido, los proyectos de
futuro, tanto los logros como decepciones… todo tiene que ser fecundado,
rehecho, evangelizado, cristificado para que sea llevado como una ofrenda
agradable a Dios y busquemos los bienes de allá arriba. Y me podrían preguntar:
¿cómo se puede hace eso?¿dónde podemos encontrar modelos de vida cristiana en
los que podemos darnos cuenta que todo esto sí que se puede llevar a cabo?¿hay
personas que se hayan adentrado en estos senderos para que nosotros los podemos tener como posibles referentes?
Hermanos, efectivamente los hay. Hay matrimonios, hay familias, hay personas
que tienen a Cristo en el centro de su ser. Es cierto que aquellos que quieren
ser fieles a Jesucristo necesitan de una comunidad cristiana de referencia
donde celebrar su fe, donde escuchar la
Palabra de Dios, donde celebrar la Eucaristía, donde crear comunidad y donde se
sientan parte de algo grande: la Iglesia de Cristo.
Nuestros pueblos –aún con profundas raigambres
cristianas- necesitan urgentemente una nueva evangelización porque hay que
suscitar la fe de los que no creen, fortalecer la fe de aquellos que aún
vacilan y viven alejados de la gracia de Dios y ayudar a descubrir a Cristo a
todos aquellos que dicen que ya le conocen. Cada pueblo crea su cultura y sus
tradiciones que nacen de sus experiencias más hondas y de sus anhelos.
Jesucristo siempre ha ayudado a consolidar la convivencia y ha sido puente de
entendimiento entre las personas. Su persona enriquece notablemente todo
aquello que toca para que vivamos con lucidez y frescura la fe. Todo esto tiene
su eco positivo, todo esto tiene una repercusión gozosa en los diversos
ambientes donde nos movamos construyendo una cultura del amor.
Los bienes de arriba son los que valen, los que duran, los que dan sentido
a la vida. ¡Qué más nos da que el mundo no entienda nuestra escala de valores! ¿Es
que realmente tenemos envidia de los bienes de acá abajo? Seguro que ustedes al
igual que yo preferimos los bienes de allá arriba porque sabemos perfectamente
de quien nos estamos fiando: de Jesucristo, aquel que ‘es nuestro refugio de
generación en generación’.
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sábado, 27 de julio de 2013
Homilía del Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo c
DOMINGO XVII DEL TIEMPO
ORDINARIO, ciclo c. GÉNESIS
18, 20-32; SALMO 137; SAN
PABLO A LOS COLOSENSES 2, 12-14; SAN LUCAS 11, 1- 13
Hermanos,
cuando empezamos a hablar, con el idioma aprendemos a asumir una concepción de
la cultura, unas costumbres, un modo determinado de entender la historia tanto
del pueblo, de la familia como el de la época. No se trata únicamente de
aprender unas reglas gramaticales y un vocabulario, hay muchas cosas detrás.
Uno empieza a formar parte de un proyecto común, de una historia, de una
gastronomía, de unas tradiciones y de un recorrido de un pueblo determinado.
Nosotros,
los cristianos tenemos un idioma determinado. Un idioma que nos va enseñando un
maestro muy particular: El Espíritu Santo. Se trata del idioma del amor de
Dios. Ese es el idioma que tenemos los cristianos para comunicarnos. Si somos
dóciles discípulos/alumnos del Espíritu Santo iremos asumiendo una concepción
de la cultura que mane/brote del Evangelio; unas costumbres que sean coherentes
con la fe que se profesa y un modo de entender tanto la familia como la propia
vida en donde Jesucristo sea la pieza esencial.
Cada
región de nuestra nación tiene algo que la hace especial y atrayente, ya sea
por la gastronomía, por los encierros, por las fallas, por los toros, por la
cultura, por los monumentos, por el paisaje, las playas y por sus gentes... Todos
son reclamos que se explotan para que los turistas puedan disfrutar de eso que
es particular y exclusivo de esa tierra. Nosotros los cristianos formamos parte
de un pueblo de Dios, somos ciudadanos del Nuevo Pueblo de la Alianza. Sin
embargo algo debe de fallar porque la gente que 'nos ve desde fuera' no llegan
a percibir aquellas cosas que nos hacen irrepetibles y especiales. No tenemos 'ese
gancho' que sepa atraer la atención de los demás. Somos como ese pueblo que
pasa desapercibido al no mostrar sus señas particulares de identidad, y
nosotros no podemos pasar desapercibidos porque el amor de Dios nos urge, nos
obliga a anunciarle allá en donde nos encontremos, y hacerlo con convicción
valiente.
Es
que resulta que la vida y la cruz de Jesús ha hecho todo nuevo. Dice San Pablo
a los Colosenses: «Por el bautismo
fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con Él». Además nos dice
que 'Dios nos dio la vida en Cristo', por lo tanto es Cristo el que nos hace
muy especiales. Nuestra particular seña de identidad ante el mundo es disfrutar
y hacer descubrir la presencia real y activa de Jesucristo Resucitado.
Parece
que estamos acostumbrados a entender nuestro ser cristiano como un conjunto de
cosas a hacer. Y es que resulta que ser cristiano supone encontrarse
continuamente con Cristo, enriquecerse con su presencia y aportar a los demás
esa novedad que el mismo Cristo te ha dado. La educación y crecimiento de cada
cristiano consistirá en la asimilación personal de ese encuentro personal con
Jesucristo para llegar a ser capaz de comunicar esa novedad que engrandece a la
persona.
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domingo, 21 de julio de 2013
Homilía del domingo XVI del tiempo ordinario, ciclo c
DOMINGO XVI DEL TIEMPO
ORDINARIO. ciclo c GÉNESIS
18, 1-10a; SALMO 14; SAN
PABLO A LOS COLOSENSES 1, 24-28; SAN LUCAS 10, 38-42
Cada creyente necesita recomponer la
unidad de la coherencia en su propia vida, en sus convicciones y
comportamientos. Seguramente que en los tiempos de Abrahán el pan
-precisamente- no sobrase ni los terneros se comiesen más que en días sumamente
especiales. Sin embargo Abrahán, desde su tienda vio a tres hombres que se
aproximaban. Eran tres caminantes. No los conoce y sorprende el trato tan
excepcional que les da, siguiendo las leyes de la hospitalidad oriental. Realmente
sorprende la capacidad de acogida
para poder aceptar a una persona.
Este pasaje del libro del Génesis
nos remite a aquellas palabras de Jesucristo cuando nos dice: «Venid benditos
de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de
beber». De tal modo que esa persona a la que se acoge es el mismo Señor.
Abrahán se interesa tanto por el bienestar de esos caminantes porque sabe que
Dios 'anda por medio' de todo esa situación.
Nosotros hemos recibido la gracia; y
la gracia tiene un nombre: JESUCRISTO. Ante esto ¿cómo le acogemos?¿nos fiamos
de Él?¿nos alejamos de Él?. La vida de un cristiano es una constante lucha para
no instalarnos en los principios de este mundo. Uno que desea ser fiel a Cristo
está llamado a crecer en coherencia en
su propia vida. Ha de aprender a saber aplicar la fe respecto a los
problemas reales y circunstancias concretas. El padre y la madre que educan a
sus hijos lo hacen gracias a la convivencia que mantienen con ellos. Su hogar
-de este modo- se convierte en escuela y en esa escuela se aprende para la
vida. Si Cristo Jesús se hospeda en
nuestra tienda podremos ir entendiendo cómo ir dando respuesta -en
cristiano y desde la fe- a los diversos desafíos que nos van planteando
diariamente. De este modo creceremos en
coherencia entre nuestro ser cristiano y nuestro actuar como cristiano. A
Jesucristo le acogemos cada vez que le comulgamos, cada vez que recibimos su
perdón, cada vez que rezamos y leemos la Palabra de Dios. Y acogemos a Cristo
porque le necesitamos y precisamos fortalecer nuestra fe e ir adquiriendo una
visión sobrenatural de la propia vida.
Sin embargo el corazón del hombre se
asemeja a un potente imán que atrae todo tipo de hierro hacia sí. De tal modo
que no queda ni un milímetro cuadrado libre porque todo ha quedado ocupado.
Cuando uno tiene garantizado los afectos, la familia, los amigos, el trabajo,
el dinero... uno se tiende a olvidar de Dios. Esto suele suceder porque cuando
uno no ha descubierto el amor de Jesucristo... pues no lo echa de menos. Cuando
uno dice conocer a Dios pero no ha experimentado su presencia divina no añora
el contacto con Él. María -en el Evangelio- tiene esa experiencia de 'arañar'
cualquier momento para poder estar con Jesucristo. María se quedaba como
embobada ante la presencia de Jesús porque se ha descubierto amada, reconocida
y querida. Y ese 'estar embobado' no pasa precisamente desapercibido, sino que
todos los de alrededor se percatan, se dan cuenta de ello, de tal modo que la
gente siente como 'pelusa', esa envidia típica de los niños. Marta sintió esa
'pelusa' ya que sabía que estar con Jesús, acoger
a Jesús es lo único realmente necesario.
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jueves, 18 de julio de 2013
Fiesta en la Residencia de ancianos de Cevico de la Torre
FIESTA
EN LA RESIDENCIA DE LOS ANCIANOS DE CEVICO DE LA TORRE
Dios desde el principio -ya desde el
Génesis- ha deseado entablar una relación de amistad con nosotros: UNA ALIANZA
DE AMOR. Dios no necesita de nuestro amor ni nuestras ofrendas le enriquecen.
Lo que Él desea es que todos nosotros podamos adquirir la salvación, pero para
poderla anhelar previamente debemos de conocer de su existencia, ya que se pone
en búsqueda sin saber previamente el objeto o la cosa que se busca. Un escultor
no puede esculpir una figura de un animal si previamente no sabe cómo es mencionado
animal. Tendemos a ir tras aquello que se nos da a conocer y quien nos ha dado
a conocer la salvación es el propio Dios. Pero atención, Dios no tenía ninguna
obligación de mostrarnos nada de nada y podríamos -perfectamente- haber seguido
viviendo en la más de las absolutas ignorancias, pero Dios -movido por amor-
nos entregó este impresionante regalo.
Dios conoce que el hombre es un ser
curioso, que se mueve por la curiosidad, es inquieto, que siempre desea
adquirir conocimientos e indagar. Por eso -por medio de esa zarza ardiente que
no se consumía- se presenta ante la presencia de Moisés y le llama para
presentarse ante Moisés. Moisés se acerca y Dios le da una indicación muy
importante: ¡Descálzate!. ¡Quítate las sandalias porque el suelo que estás
pisando no es tuyo, es tierra sagrada! Moisés se descalza porque es tierra no
es como el resto de la tierra. Sin embargo Dios desea dar una gran catequesis a
Moisés -y a nosotros- ya que al estar pisando descalzo esa tierra sagrada le
está también diciendo que toda su persona, sus pensamientos, sus deseos, sus
planes de futuro, sus inquietudes, todo lo que tiene y va a tener a lo largo de
su vida no le pertenece a él, sino que todo le pertenece al mismo Dios. Moisés
empieza a ser propiedad de Dios. En la época de los señores feudales la tierra
que adquiría ese señor feudal iba añeja, unida a todos aquellos que vivían en
esas tierras. En la época de la esclavitud junto con la tierras y posesiones
iba -en el mismo lote- a las personas que estaban dominadas bajo el yugo de la
esclavitud. Pero Dios al tener a Moisés como siervo no le minusvalora, ni ataca
a su dignidad de persona, ni mucho menos le devalúa, sino que le ennoblece, le
engrandece, le levanta, le enriquece.
Dios no se queda ahí sino que además
le da una tarea, una vocación, un cometido a desempeñar: VETE AL FARAON PARA
LIBERAR A MI PUEBLO DE LA ESCLAVITUD QUE PADECE EN EGIPTO. Moisés entiende que
él ya no es el dueño de su existir, sino mero administrador y que a partir de
ahora toda su vida se ha constituido, para a ser una constante ofrenda de
alabanza a Dios. Cuando Dios entrega una vocación -matrimonial, consagrada, de
servicio, sacerdotal...la que sea-, es para vivirla en presencia de Dios y
entenderla como una ofrenda permanente.
Dios le dice su nombre: YO SOY EL
QUE SOY, yo soy el que ESTOY. Dios no se desentiende de nosotros cuando nos da
una vocación, sino que nos acompaña, nos da su fuerza y su Espíritu. Y Dios ha
estado con nosotros desde el principio. ¿Se acuerdan ustedes de las palabras de
Jesucristo "yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo"?. Esto de tener a Dios cerca de nosotros es toda una constante a lo
largo de toda la historia de la salvación. Y cuando uno adquiere esa sensibilidad tan necesaria para sentirle cerca -cuidando
la vida cristiana con gran solicitud- se
va dando cuenta cómo Jesucristo te va enriqueciendo y genera dentro de tí 'una
fuente de agua viva' porque se produce una nueva gestación -ya no dentro del
seno materno- sino cobijados bajo la acción del Espíritu Santo. Es lo que llama
San Pablo el hombre nuevo, el hombre de la gracia, el vivir en Cristo, por
Cristo y en Cristo. Y esa nueva gestación sobrenatural que uno experimenta no es para vivir bajo la
tiranía del pecado, sino para gozar de la dulzura de la libertad que
proporciona la gracia de Dios. Los esclavos cuando iban a ser vendidos en las
plazas públicas llevaban una pequeña pizarra atada al cuello en donde quedaba
anotado el precio de ese esclavo. El que quería lo compraba como se compra en
la plaza un kilo de alubias o de lentejas. Nosotros llevamos en el pecho el
crucifijo recordándonos que hemos sido comprados a precio de sangre por el
Cordero de Dios, que nuestro precio es infinito -y él nos ha adquirido-, que
hemos sido rescatados de la esclavitud del pecado y que somos libres porque
ante la presencia de Dios uno descubre realmente tanto lo que es el amor como
lo que es la libertad.
sábado, 13 de julio de 2013
Homilía del domingo XV del tiempo ordinario, ciclo c
DOMINGO XV DEL TIEMPO
ORDINARIO, ciclo c; DEUTERONOMIO 30,
10-14; SALMO 68;
SAN PABLO A LOS COLOSENSES 1,
15-20; SAN LUCAS 10,
25-37
En nuestra cultura actual se ensalza
mucho los valores de la solidaridad. Pero en una cultura laicista -donde se da
hostilidad o indiferencia contra la religión-, el cuidado de los pobres y
necesitados se remite a las instituciones públicas. Si yo me olvido de lo
trascendente, si yo me olvido de Dios esa persona que sufre no es mi hermano
sino un auténtico incordio. La lógica del sistema -en el que estamos
embarcados- lleva a defender por encima de todo el propio bienestar. Se habla
de sufrimiento, de pobreza y de miseria, pero cada cual tiene que tener
garantizado su propio bienestar, sus seguridades y sus cosas. Por eso no se
habla de renuncias, ni de sacrificios para favorecer el bien de los demás.
Sólo cuando asumamos las renuncias y
sacrificios por el bien de los demás empezaremos a descubrir el amor y la
auténtica solidaridad. Les voy a poner un ejemplo: El ayuno cristiano. San
Juan, en su primera carta nos dice: «Si
alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le
cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?»” (1 Jn 3,17).
Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano,
que se inclina y ayuda al hermano que sufre. Al
escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos
concretamente que nos importa el sufrimiento de ese hermano nuestro. Es decir,
yo me privo de algo para dárselo a esa persona que sufre o a esa institución
eclesial que se encarga de hacer llegar esa ayuda a los necesitados.
Ahora bien, para aceptar y desear el
propio sacrificio hay que verlo como un bien, y esto sólo es posible desde una perspectiva religiosa, en el que renunciar a algo por amor del
prójimo nos acerca a Dios y nos hace creer y crecer en el amor auténtico
que brota del corazón de Cristo. Supongan ustedes que hubiese un gran
interruptor -como los de la luz- que poniéndolo en la posición de OFF -de
desconectado- pudiésemos desentendernos tanto de Dios como de las indicaciones
de la Iglesia. ¿Qué es lo que tendríamos? ¿la caridad fraterna sería auténtica?
¿quedaría dañado las relaciones humanas?. Hermanos, si quitamos a Dios del
medio, si nos olvidamos de Dios la caridad se convierte en un mero
sentimentalismo. El amor se convierte en
un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. El amor se convierte
en presa de las emociones y de las diversas opiniones siendo todas igualmente
de válidas y valiosas. Moisés cuando habla al pueblo le dice: «Escucha la voz del Señor, tu Dios» y les
sigue exhortando con estas palabras «conviértete
al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma». Luego viene San
Pablo que escribe a los Colosenses recordándoles una cosa sumamente importante:
Todas las cosas -las del cielo y las de la tierra- se mantiene en Cristo. O
sea, que Cristo es el que da consistencia a todo. Es como si Cristo fuese las
paredes o pilares maestros de un edificio, de tal modo que si ellos fallasen
todo el edificio se convertiría en un montón de escombros. Por eso Jesús cuando
nos plantea la parábola del buen samaritano nos está haciendo una clara
invitación a que seamos portadores del auténtico amor, entendido como servicio
al prójimo, preocupándonos no sólo de la ayuda material, sino también del
sosiego y del cuidado del alma. ¿Se dan cuenta ustedes de la gran riqueza de la
que nos vemos privados tan pronto como quitamos a Dios de nuestras vidas?
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sábado, 6 de julio de 2013
Homilía del domingo XIV del Tiempo Ordinario, ciclo c
DOMINGO XIV DEL TIEMPO
ORDINARIO, ciclo c ISAÍAS 66, 10-14c; SALMO
65; SAN PABLO A LOS GÁLATAS 6,
14-18; SAN LUCAS 10, 1-12.17-20
Hermanos, creer en Dios y creer en
Jesucristo influye en nuestra manera de ver el mundo, en la idea que tenemos de
nosotros mismos, en el modo de situarnos y desenvolvernos en la realidad, en
nuestras relaciones con las cosas y sobre todo en nuestro modo de estar con las
personas. Del contacto personal con Cristo nacen
unos modelos de comportamiento arraigados y firmes. Cristo no vino a
nosotros para presentarnos una doctrina ni una filosofía. Cristo nos ofrece un modo de vivir iluminados por el
Espíritu Santo de Dios.
La sociedad actual nos plantea
-perdón, nos imponen- unos modos de vivir iluminados por el placer, la
sensualidad, el consumismo, disfrutar de lo que sabemos que es efímero
-pasajero, de corta duración- pero engañándonos vendiéndonos que eso es lo
definitivo. Y lo peor de todo esto hermanos, es que esto al resultarnos
atrayente y muy apetitoso, anestesiamos nuestra conciencia, aceptamos como
bueno lo que sabemos que es perjudicial para nuestra vida espiritual. Luego
viene la Iglesia anunciando el mensaje de Jesucristo para que el hombre sea libre y al desenmascarar la mentira
que envuelve ese modo de vivir indigno es entonces cuando 'saltan las chispas'
atacando a la Iglesia de 'no ir con la sociedad ni con los tiempos'.
La Iglesia, iluminada con las
palabras del Maestro, cree que el hombre y la mujer ha sido creado para «ser un himno de alabanza a su gloria»
(Ef 1,12), «para que fuésemos su pueblo y
nos mantuviéramos sin mancha en su presencia» (Ef 1,4), de tal modo que
todas nuestra acciones sean para hablar bien de Dios. El profeta Isaías
presenta a Dios como una madre amamantando a su bebé, como un río de paz
inundando nuestro mundo. Es lo que Jesús llamará 'el Reino'. Una humanidad en
que reine el estilo de Dios. La dificultad seria radica cuando uno cree en
conciencia estar cerca de Jesucristo pero
no se ha asumido ni incorporado las orientaciones que Él ha ido ofreciendo en
los diversos aspectos de la vida. Si Cristo te ha proporcionado consejos
y uno 'se ha hecho el sordo' pensaremos que las cosas en la vida cristiana va
marchando bien pero nos estaremos engañando. San Pablo en su carta a los
Gálatas nos habla de «una criatura nueva»,
no nos habla de 'una criatura maquillada', sino de una criatura «que nace del agua y del Espíritu» (Jn
3,5), de hecho esto mismo fue lo que Jesús dijo a Nicodemo en aquella noche
dichosa para el anciano Nicodemo. El propio ser de la persona queda sublimado,
elevado, enriquecido, ennoblecido, divinizado en Cristo Jesús.
Nace una forma nueva de entender y
realizar el matrimonio y la vida familiar, el modo de vivir e interpretar los
momentos decisivos de la salud y de la enfermedad, del nacimiento y de la
muerte. Estamos constatando, nos estamos dando cuenta cómo los nuevos
ciudadanos -nuestros jóvenes y los matrimonios de mediana edad- no se
incorporan a la Iglesia, porque la mayoría de los ciudadanos siguen dócilmente
las pautas provenientes de la sociedad porque les resulta -en principio- mucho
más cómodo. Nosotros, los cristianos tenemos como misión presentarles a Cristo,
no sólo con nuestras palabras sino con nuestro estilo de vida. Ya que mencionado
estilo de vida cristiano -si realmente es fiel al mensaje de Cristo- será como
una invitación muy clara para que esos hermanos nuestros puedan conocer a aquel
que da sentido a nuestra existencia: Cristo Jesús. Jesucristo nos envía a todos
los pueblos y lugares, seamos sus embajadores.
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