lunes, 22 de abril de 2013
sábado, 20 de abril de 2013
Homilía del Domingo Cuarto de Pascua, ciclo c
DOMINGO CUARTO DE PASCUA, ciclo c HECHOS DE LOS APÓSTOLES 13,14.43-52; SALMO 99; APOCALIPSIS
7, 9.14b-17; SAN JUAN 10,
27-30
Todos conocemos –ya sea por los
informativos, reportajes o por nuestros viajes- de la existencia de altos
niveles de contaminación atmosférica
en las ciudades. Los focos industriales, las calefacciones y los coches son –entre
otros- fuentes que ocasionan dicha contaminación. Y la contaminación no solo
genera un grave perjuicio que produce un serio riesgo para nuestra salud sino
que también daña la calidad de vida, queda lastimada toda la naturaleza en su
conjunto. Hermanos, todos nosotros, en nuestra vida cristiana sufrimos otra contaminación atmosférica
que nos está gravemente dañando. Y lo peor es que acostumbrándonos a permanecer
cada uno en mencionada contaminación espiritual nos estamos empobreciendo y
entorpeciendo a aquellos que deseen tener a Cristo más de cerca.
Jesucristo nos dice: «Mis
ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen». ¿Cómo será
la voz de Cristo? ¿Cómo reconocer su voz entre tantas voces? Porque resulta
curioso, nuestro corazón se inclina
hacia el mal. Parece que tuviese cierta inclinación hacia el pecado y es
el pecado el que nos impide oír la voz de Cristo. Pablo y Bernabé ya exhortaban
a los judíos y a los creyentes que
fueran fieles a la gracia de Dios. Es más, Cristo te dice a ti: ¡Sé fiel
a la gracia que yo te doy! San Pablo y San Bernabé ya sabían que el nivel de contaminación ocasionado por
el pecado era altísimo, pero aún así les dicen: ¡SED FIELES A CRISTO!
Hace no mucho –estando por Pamplona-
hice a una amistad un regalo especial. Y yo deseé que ese regalo fuera
acompañado con una ‘peculiar’ catequesis. A mi amistad le comenté que tenía un
serio problema porque el regalo en cuestión pesa tanto que dudo que los
amortiguadores de mi coche lo pudiesen soportar. Y que lo más probable es que
precisase de ayuda para pódelo cargar y descargar, eso sí, teniendo suerte que el ascensor de su bloque
de viviendas pudiese soportar el peso del regalo. Esto causo una gran extrañeza
y se preguntaba qué sería lo que yo le iba a entregar. Dejé de pasar un poco de
tiempo y me presento en su casa con una pequeña caja con un crucifijo para que
se lo colgase al cuello. Cuando lo vio se quedó con una cara difícil de definir
diciéndome: ¿Esto es lo que pesaba tanto? Ha ido trascurriendo el tiempo y esa
amistad que en un principio se encontraba fría en su fe está empezando a
descubrir a la persona de Cristo en la parroquia y en las Comunidades Neocatecumenales
y a día de hoy me dice: « ¡Que razón tenías!¡cómo pesa ese regalo!, ¡menos mal que es Cristo quien me ayuda a
llevarlo!».
Rodeados en esa esa densa contaminación de pecado estamos
llamados a dar culto a Dios, día y noche, tal y como nos dice el libro del
Apocalipsis. Y continúa diciéndonos el libro del Apocalipsis: «Porque
el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá hacia
fuentes de aguas vivas».
He empezado esta homilía diciendo que
los focos de contaminación atmosférica son las fábricas, las calefacciones, los
coches… entre otros. Ahora les digo que los focos
de contaminación espiritual son aquellas
cosas que deseamos aún sabiendo que nos aleja de Dios. Los primeros
cristianos acudían a oír la Palabra de Dios, y eran dóciles a las inspiraciones
de la Palabra. La Palabra de Dios es fuente de salvación. Les invito a hacer
caso a San Pablo cuando escribe a los Romanos: «despojémonos de las obras de las tinieblas y revistámonos de
las armas de la luz. Portémonos con dignidad, como quien viven en pleno día» (Rom 13, 12-13).
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martes, 16 de abril de 2013
Homilía de un difunto en Valle de Cerrato
FUNERAL DE GERARDO MANCHÓN MONTOYA
Hermanos, con pena despedimos a
nuestro hermano Gerardo. Nuestra fe nos asegura que nos volveremos a reunir con
él cuando todos resucitemos de entre los muertos. Lo que nos sucede es que,
como las cosas las queremos como algo inmediato, ¡ya!, pues nos impacientamos e
incluso llegamos a dudar o nuestra fe tiende a tambalear.
Sin embargo hermanos, ¡todos sabemos
de quién nos hemos fiado!. Nos fiamos totalmente de Jesucristo, el cual murió
por nuestros pecados, con su sangre compró para Dios nuestra salvación,
resucitó de entre los muertos y ahora está en la diestra de Dios Padre
Todopoderoso. Nuestra vida y nuestra muerte adquiere sentido pleno en Él. Éramos
como ovejas sin pastor, descarriadas, desorientadas, perdidas, mas Él –movido por
profundo amor- , vino hasta nosotros, caminó con nosotros y nos condujo por el
camino de la salvación para que todos seamos un único rebaño con un único
pastor conducidos hacia la Gloria. Nuestro destino es vivir. La muerte ya no
tiene dominio ni sobre Cristo ni sobre nosotros. Cierto es que nuestros cuerpos
mortales tienen caducidad y que los años pesan a todos y la enfermedad terminan
minando a la persona en su salud; pero nosotros sabemos que este cuerpo que hoy
enterramos en debilidad será resucitado. ¿Cómo será eso?, pues yo no lo sé,
simplemente me fío de Dios. ¿Cómo puede la mente de una criatura entender la
grandeza del conocimiento del Creador? Dios es Dios y su poder supera todo tipo
de entendimiento. Y tenemos el gran gozo de tener a Dios de nuestra parte, por
lo tanto su poder todopoderoso nos protege, nos ampara y nos ayuda
asegurándonos que nuestra persona nunca será olvidada ni arrinconada porque ya
nos ha reservado un lugar precioso en el Cielo. De nosotros depende que
mencionado lugar reservado lo podamos ocupar o dejarlo vacante o libre.
Hoy nuestro hermano Gerardo se
estará reuniendo con su esposa Julia. ¡Qué bello es el matrimonio, hermanos!.
El esposo amando a la esposa y la esposa amando al esposo y sin reservas… está
amando al mismo Jesucristo y está permitiendo que el mismo Todopoderoso esté en
el centro de ese hogar. Amándonos como Dios nos ama nos santificamos porque
nuestra meta en esta tierra es ser santos como Él es santo y lo seremos en la
medida en que dejemos que Cristo sea el centro de nuestra existencia.
Cuando la muerte se hace próxima
parece que nuestra fe y nuestras convicciones se adentrasen en una profunda
niebla que nos impidiese ver con la nitidez con
la que solíamos ver las cosas de la fe. Sin embargo no teman: Cristo es
el mismo ayer y hoy y siempre, de tal
modo que aquel o aquellos que le seamos fieles nunca nos abandonará sino que
siempre nos abrazará, tal y como abraza una madre al hijo nacido de sus
entrañas. Porque nosotros hemos nacido de Dios, de Dios hemos salido y a Él
retornaremos. Hoy le ha tocado el turno de retornar a la casa del Padre a
nuestro hermano Gerardo. Lanzamos una súplica al Dios misericordioso para que
le acoja en el Cielo y desde allí pueda hablar de nosotros a los santos que
acompañan en séquito al mismo Creador. Dale Señor el descanso eterno… y brille
para él la luz perpetua. Que su alma y las almas de todos los fieles difuntos
descanse en paz. Amén.
domingo, 14 de abril de 2013
Homilía del Domingo Tercero de Pascua, ciclo c
DOMINGO III DE PASCUA, ciclo c, HECHOS
DE LOS APÓSTOLES 5, 27 b-32.
40b-41; SALMO 29
; APOCALIPSIS 5,
11-14; SAN JUAN 21. 1-19
Realmente
hermanos, la alegría que da el saber que todo –alegrías, tristezas,
enfermedades y disgustos- va a terminar bien. Me genera serenidad y gozo espiritual
saber que soy y somos propiedad de Dios. La vida no es mía, es de Cristo que
por mí murió y recitó y que Dios Padre le ha constituido Señor, Kyrios, de
vivos y muertos. Ya no vivo para mí, sino por aquel que nos compró nuestra
salvación al precio de su sangre.
San
Juan al escribir la Apocalipsis desea levantar y afianzar la moral de los cristianos
ante las duras persecuciones tan violentas contra la Iglesia. Estaban siendo
diezmados y en esas circunstancias tan sangrientas el Espíritu Santo inspira a
San Juan para escribir el Apocalipsis y así revelar a todos el gran regalo que Dios
concede a los que le son fieles. Hoy San Juan nos relata un texto bellísimo. Es
como si plasmase en un gran lienzo aquello a lo que estamos llamados a ser. Con
esa bella pintura nos anticipa aquello que nos espera. Los ángeles, los miles y
millares de personas, los ancianos, la corte celestial y el trono en donde está
sentado Dios. Nosotros conocemos a Dios porque viendo a Jesucristo ya conocemos
al Padre y al Santo Espíritu. Y cuando uno sabe –con certeza y sin la más
mínima duda- que es eso lo que nos espera –el abrazo tierno y misericordioso de
Dios- no hay nada que pueda separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo
Jesús. Ni la desnudez, ni el hambre, ni la muerte, ni la persecución, ni el
sufrimiento por anunciarle…nada nos separará del amor de Dios. Por eso los
Apóstoles estamos contentos de ser castigados por anunciar a Jesucristo, ya que
de ese modo dieron testimonio de su amor por Él.
Sin
embargo la salvación no es para unos pocos. No se trata de un ‘coto’ cerrado.
La salvación es universal y todos están llamados a poder gozar contemplando el
rostro de Dios. Pero ¿cómo van a creer si nadie les anuncia?¿cómo van a amar a
Jesucristo si nadie se les presenta? Nuestra vida está llamada a ser aroma de
Cristo, para que aquellos que nos vean puedan conocer al Señor. Como la vela
que se consume ante el Sagrario así nuestra vida se ha de consumir ante la
presencia de Jesucristo para que el mundo pueda creer y los hombres anden por
las sendas del Evangelio que conduce a la Vida Eterna. Por eso cuando Jesús –sin
que los apóstoles supieran en ese momento que era Jesús- les mandó que
volviesen a lanzar la red a la derecha de la barca para pescar llegaron a capturar
tantos peces que casi no podían sacarlos y la red no se rompió. Lo nuestro es
hacer apostolado, es ser evangelizadores, es llevar a las máximas almas ante la
presencia de Jesucristo. Para que cuando llegue el tiempo –y el que lo dispone
es Dios- podamos leer una nueva reedición del Apocalipsis donde esté escrito: «Yo,
Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles; eran millares y millones
alrededor del trono y de los vivientes y entre ellos Iván, Sheila, Patricia,
María, Juan Carlos, Sandra, Ángel, Felisa, Sebastiana -la vecina del quinto-,
Jacinto -el vendedor de la prensa-, tú y yo …etc., que decían con voz potente: --
Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la
fuerza, el honor, la gloria y la alabanza». Y en ese ‘particular lienzo’ que
nos ha pintado San Juan en su texto podamos estar todos allí disfrutando
gozosos en la Gloria.
Los
cazadores cuando van a cazar liebres con los perros saben que todos sus
animales van corriendo tras la presa. Las dificultades aparecen porque la
liebre se lo pone complicado a los perros ya que cualquier matorral o
escondrijo se bueno para poder despistarlos. Pasado un tiempo la mayoría de los
perros desisten y se olvidan de perseguir a la liebre. Únicamente unos pocos
perros la persiguen y consiguen alcanzarla. Esos pocos perros han sido los que
habían visto a la presa, el resto sólo seguían a la manada. Nosotros hemos
visto a Cristo y tenemos experiencia de Él –en la Eucaristía, en los demás
sacramentos, en la Palabra Divina y Revelada- por eso no desistimos en seguir
tras sus pasos.
Mientras
tanto hagamos caso a la invitación que nos hace el Señor y esa invitación es:
¡Sígueme!
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domingo, 7 de abril de 2013
Homilía del Segundo Domingo de Pascua, ciclo c
DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA, ciclo c
Hermanos, les voy a decir una cosa
con toda la claridad: aquellos que no han experimentado el rechazo por parte
de la gente por seguir al Maestro aún no han sido testigos de Cristo en el
mundo. Vivir como cristiano y ser rechazado por este mundo son cosas que van de
la mano. Nosotros estamos en el mundo pero no pertenecemos al mundo; somos
propiedad de Uno que por nosotros murió y por nosotros resucitó. Hemos nacido
del espíritu y aunque tenemos carne estamos destinados a alzar la mirada hacia
los bienes de allá arriba donde está sentado Jesucristo a la diestra de Dios
Padre.
En la segunda lectura nos
encontramos a San Juan desterrado en la isla de Patmos por anunciar a
Jesucristo. San Juan al conocer al Señor ha descubierto una experiencia tan
bella que le ha enriquecido de tal modo que se alegra de estar desterrado y
sufriendo tribulación por el Señor, porque está tan enamorado y agradecido a
Cristo que todo, absolutamente todo, adquiere pleno sentido en Él. Hoy por hoy,
el hecho de llevar una cruz colgada al pecho en un instituto o tener como marca
páginas de un libro una estampita religiosa es causa suficiente para que te
vean como ‘bicho raro’. El hecho de no salir de fiesta para beber y beber
simplemente porque uno no quiere que la imagen de Dios en él no se emborrone y
dañarse con el abuso del alcohol es causa más que suficiente para que te
marginen y se rían de ti a la cara porque ya eres ‘raro’. El hecho de ponerse
en camino para seguir descubriendo lo que Jesucristo desea de uno ya genera, de
por sí, una ruptura con hábitos y modos de entender la vida que –aunque antes
`se daba de patadas con nuestra fe’- uno lo entendía como normal sin serlo. Lo
curioso de todo esto es que como la inercia del pecado tiene tanta fuerza aquel
que hace una opción seria por Cristo tiene que estar siempre vigilante y en
alerta bien aferrado a la cruz del Maestro y con los ojos llorosos por sufrir
en sus propias carnes la incomprensión y el rechazo de aquellos que antes
consideraba de ‘los cercanos’. Estoy convencido que estas personas –que van
experimentando en sus carnes este particular ‘destierro’ - se sentirán
identificados con la vivencia de San Juan en la isla de Patmos. Lo curioso de
todo esto es que, cuando uno adquiere ese don de estar cerca de Dios no lo
desea dejar, porque descubre una luz tan potente en su vida de la que no desea
verse privado en ningún instante de su existencia. Descubre como Cristo te ha
puesto en movimiento para regenerarte internamente, para salvarte y te va
mostrando su cariño a la vez que te va forjando el carácter para permanecer,
con mayor entereza, en la
Verdad, en el amor, en la plenitud.
Hermanos, los Hechos de los
Apóstoles nos cuenta cómo la gente sacaba a los enfermos a la calle, y los
ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra por lo menos,
cayera sobre alguno de ellos. Nosotros tenemos algo más grandioso que la sombra
de Pedro, gozamos de la
Palabra de Dios que como agua empapa la tierra, la hace
fecunda para que posteriormente pueda dar el fruto deseado. La Palabra de Dios, junto con
los sacramentos, son nuestros alimentos para fortalecer nuestras rodillas
vacilantes y para alzar nuestra mirada sabiendo que la fuerza viene de lo alto.
Que la paz de Jesucristo recaiga sobre nosotros.
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