lunes, 3 de diciembre de 2012
jueves, 29 de noviembre de 2012
Homilía del primer domingo de Adviento, ciclo C
PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO, CICLO C 2 de diciembre de 2012
Hermanos, cada parroquia, cada
comunidad cristiana, cada grupo cristiano, allá donde esté, tiene
que ser presencia interpelante de una vida diferente. Nosotros
debemos de tener una vida diferente.
Diferente la manera de atender y de acoger dentro del templo, diferente la vida
del sacerdote y de sus más inmediatos colaboradores, diferente la vida de los
matrimonios y de las familias que escuchan la Palabra de Dios y celebran
todos los domingos los misterios de la redención, diferente la vida de los
jóvenes que viven y enfocan su vida al amparo de la comunidad cristiana, según
las enseñanzas y los ejemplos de Jesús. ¿Diferente por qué? Porque Jesucristo
quiere que tanto tú como yo ofrezcamos algo que el mundo no tiene. El Señor nos
dijo: «que vean vuestras buenas obras y
alaben al Padre Celestial».
Seguir a Cristo implica llenarse de
Cristo y llenarse de Cristo nos lleva a
destacarnos en el amor. Hermanos, no podemos diluirnos en la mediocridad.
Debemos de ser puntos de referencia, algo
que destaque. Donde no hay ese contraste de una vida diferente se diluye
la verdad y la fuerza del anuncio.
Hermanos, tenemos que reconocer una
cosa, que hemos cometido una seria equivocación. Hemos caído en las zarpas del
progresismo y el progresismo como sistema considera que los cristianos y la
misma Iglesia tienen que condescender con las ideas y con los criterios del
mundo para atraer y convencer a los no creyentes. O sea que los cristianos nos
acomodemos a los criterios del mundo. Sin embargo el Evangelio dice exactamente
lo contrario. Nosotros somos discípulos de Jesús y los discípulos de Jesús
tenemos que llevar una vida diferente, tiene que llamar la atención de los no
creyentes; tiene que irradiar la belleza y el gozo de los dones de Dios, y a la
vez, los seguidores de Jesús tenemos que estar preparados para vernos
rechazados por quienes buscan su propia gloria, porque los discípulos de Jesús
no pueden ser más que su Maestro.
Recordemos las palabras de San
Pablo, Él nos dice: «Habéis aprendido de nosotros como proceder para agradar a Dios: pues
proceded así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos en
nombre del Señor Jesús». Es decir, San Pablo nos está diciendo con
mucha claridad este mensaje: «Estemos todos preparados para vivir el ahora, el
tiempo presente, con plena
responsabilidad». Los cristianos tenemos, primero, que vivir
sinceramente el Evangelio de Jesús, como personas, en las familias y en la
comunidad entera. Y vivir sinceramente el Evangelio de Jesús me implica revisar
mi vida y la vida de los que uno ama para que la Palabra de Jesús tenga la
acogida más calurosa posible. El sacerdote ayudará, incondicionalmente, a todos
aquellos que deseen que Cristo sea el centro de su hogar.
Para que el nombre de Cristo sea
conocido y amado, para plantear una nueva presencia que interpele, que llame
positivamente la atención, para que la parroquia sea un foco de vida espiritual
se precisa de personas entusiastas y bien formadas que estén dispuestas a
colaborar en la tarea común de la
Evangelización. Y estos colaboradores no
nacen formados, son el fruto de un trabajo paciente y bien programado, de la
fidelidad en el confesionario y de un trabajo perseverante de formación de los
seglares. Tenemos que superar la idea de entender la parroquia sólo como un
lugar de culto. Es muy necesario enseñar a orar; es esencial arrodillarse en
oración ante Cristo Eucaristía; es muy importante reavivar el interés por los
asuntos de la fe y de la vida cristiana para la recta orientación de la vida y
de los problemas que nos encontramos cada día.
Es fundamental que como cristianos
llevemos una vida diferente a la del resto. No podemos diluirnos en la
mediocridad, sino ser TESTIGOS DE CRISTO allá en donde nos encontremos siempre
contando con el apoyo incondicional de aquellos que amamos a la Iglesia.
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sábado, 24 de noviembre de 2012
Homilía de Jesucristo, Rey del Universo
Jesucristo,
Rey del Universo, 2012
Hay un salmo precioso, el salmo 125 que da gracias a
Dios así: «El Señor ha hecho grandes
cosas por nosotros, y estamos alegres». Reconocemos con gozo todo lo que
Dios hace por nosotros. Andábamos como ovejas descarriadas, sin pastor. Antes
al no conocer a Jesucristo todo carecía de sentido, andábamos errantes de un
lugar para otro, haciendo aquello y lo de más allá sin más recompensa que lo
inmediato que dura menos que el estruendo de un petardo. Sin Jesucristo la
desazón y en sin sentido se hacía patente. Le echábamos de menos aún sin
conocerle.
Y sin que nosotros lo mereciésemos, salió a nuestra
búsqueda, primero llevó sobre sus hombros a una, luego a la siguiente y así
hasta acabar cargando sobre sus hombros a todos. Tal vez no se acuerden cuando
Jesucristo, el Buen Pastor, cargó con cada uno de ustedes para conducirles como ciudadanos de un pueblo
santo: Fue el día de tu Bautismo.
Salió a nuestro encuentro y nos hizo un gran regalo:
Nos entregó una nueva nacionalidad, el
ser ciudadanos de un pueblo santo. Estábamos muy dispersos,
desorientados y perdidos y Él nos congregó para ser santos como Él es santo. Nos
consagró como pueblo de su propiedad y como ciudadano de esa nación santa podemos dirigirnos a Dios, alzar la mirada
a lo alto y conversar con el Todopoderoso, siendo
toda nuestra vida un constante diálogo de alabanza.
Del mismo modo que una bombilla para lucir precisa de
la energía eléctrica, también nosotros, miembros de esa nación consagrada necesitamos alimentarnos de la Palabra de Dios y calentarnos
espiritualmente ante la
presencia del Señor. Son muchas las cosas y
circunstancias que no solo nos enfrían espiritualmente, sino que nos congelan. Y
al tener la vida espiritual fría nos tendemos otra vez a dispersar, desorientar
y perder. Por eso estamos llamados a profundizar en nuestra comunicación con
Dios. No solo para mantener un diálogo breve y de cortesía, sino para dejarnos
insuflar de su Palabra, que nuestra alma sea como un globo inflado por la
fuerza del Espíritu, siendo el Espíritu quien nos guíe, nos dé fuerza y
acompañe.
Y como ciudadanos de este pueblo santo nos congregamos
para escuchar lo que Dios nos dice y reconocemos la dignidad y autoridad de
Jesucristo. De tal modo que toda nuestra vida es un constante culto de alabanza
a Dios. Y nuestro culto de alabanza a Dios llega a su culmen cuando en el marco
de la liturgia de la Eucaristía
dominical entregamos nuestra vida como ofrenda al Señor que por nosotros murió
y que también resucitó.
Como miembros de este pueblo santo que podemos
dirigirnos a Dios con el nombre de padre, tenemos un sinfín de razones para
estar alegres, y lo estamos porque Dios ha hecho grandes cosas por nosotros.
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domingo, 18 de noviembre de 2012
Homilía del domingo XXXIII del tiempo ordinario, ciclo b
DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO,
Ciclo b
Ha habido un acontecimiento acaecido
en la historia que ha cambiado nuestras vidas. Ese acontecimiento fue la muerte
y la resurrección del Señor Jesús. Y como está resucitado Jesucristo sale a tu
encuentro y te da una palabra. Se acerca a ti para ofrecerte una palabra nueva
y la de hoy es: «Salgo a tu encuentro y tú me tienes que buscar». Jesucristo
sale a tu encuentro y tú le tienes que buscar.
Las cosas en nuestra sociedad no van
bien. Son muchos las causas que nos generan malestar, preocupación y desazón. Cada
cual tiene las suyas. En unos estará más acentuadas las del trabajo, las de la
familia, la de las relaciones sociales en el pueblo o en la parroquia, las
ocasionadas por el amor y desengaño, las causas económicas. Problemas siempre
han existido. Lo que sí que hemos comprobado es que en la medida en que nos alejamos del plan de Dios desobedeciéndole las
consecuencias del pecado se acentúan más y más. Si uno aparta a Dios de su
propia vida, terminará viviendo en las tinieblas y las consecuencias del pecado
serán muy serias dañando las relaciones familiares, personales y en todos los
niveles de convivencia. Llegamos a pensar ¡qué mas da hacer eso o hacer lo
otro!, ¡todo el mundo lo hace!, y de ese modo nos auto justificamos. Poco a
poco nuestra mirada cristiana se va nublando, nos cuesta cada vez más entender la Palabra que nos aporta el
Señor, nos acostumbramos a no escucharle y consideramos que esto de la fe es
para los niños. Es decir, acabamos con el alma anestesiada. Y al estar con el
alma anestesiada nos preocupamos de las cosas materiales, el ajetreo diario
empieza a gobernar en nuestro día a día, empezamos a organizarnos de tal modo
las jornadas que ni echamos de menos la presencia de Dios. Y si los que tienen
anestesiada el alma son un colectivo amplio de personas pues terminamos por pensar y a razonar como los que no conocen a Dios.
Nosotros tenemos que estar
despiertos y no bajo los efectos de esa anestesia. Es cierto que formamos parte
de la sociedad, pero si un integrante de esa sociedad acoge a Dios en su vida,
ya está produciendo un cambio interno dentro de ese gran colectivo. La Palabra nos dice que: «Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron
a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad». Es decir, aquellos que acogen a Dios en su vida y son dóciles ante su
palabra van marcando nivel, van elevando su exigencia y su modo de estar en los
sitios es asistido por una sabiduría que brota del contacto frecuente y diario
con Jesucristo. Esta gente ‘tocada por el dedo de Dios’ han redescubierto que
Jesucristo “es su lote de su heredad y su copa” y se alegran de tener tan
grandioso tesoro en su haber. Estas
personas descubren que están siendo acompañados por la presencia de Dios y se
sienten necesitados de la asistencia espiritual de los sacramentos. No consumen
sacramentos, sino que les precisan porque desean vivir su existencia en tensión
hacia Dios, mirando al cielo pero trabajando en la tierra. Salen al encuentro
de Jesucristo y le encuentran en los sacramentos y en el silencio de la
oración.
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miércoles, 14 de noviembre de 2012
Homilía para un difunto de Cevico de la Torre
SATURNINO, 14 de noviembre de 2012
Saturnino, amigo y hermano, Dios te
ha llamado ante su presencia. Todos tendremos que ir desfilando y hoy te ha
tocado a ti. Esta residencia te echará mucho de menos, ya que han sido cuarenta
y cinco años los vividos entre estas paredes y de convivencia. ¿Te acuerdas
Saturnino cuando estabas de portero estando las monjas? ¿y de los recados que
hacías y con los que te entretenías sintiéndote útil para los demás? Y la vida
trascurre con mucha agilidad y las fuerzas que van faltando nos recuerda que la
muerte se aproxima y que tenemos que presentarnos ante la audiencia de Aquel
que nos llamó a la existencia.
Cuando uno se hace mayor añora los
tiempos trascurridos en los cuales uno tenía la libertad y autonomía para
creerse capaces de todo. Pero Saturnino, el tiempo no perdona. Somos como las
hojas de los árboles en otoño, nos tornamos en amarillentas y caemos muertas al
suelo para estar a merced del viento.
Nadie ha velado tu cuerpo esta
noche. Tú última noche la has pasado en una cámara frigorífica del hospital. Ayer
no he podido rezarte un responso ante tu cuerpo sin vida. Pero hermano, ya
sabrás, porque de estas cosas los que estáis fallecidos lo sabéis, aplicamos
ayer una misa por tu eterno descanso. No teníamos ninguna obligación para
hacerlo, pero de nuestro interior surgió el deseo de hacerte este regalo.
Saturnino, amigo y hermano, los que
tenemos que dar cristiana sepultura a nuestros feligreses y seres queridos
debemos de tener el corazón más elevado hacia Dios para retomar la esperanza
cuando se debilita ante la realidad de la muerte. Uno puede estar solo en esta
vida, pero hay algo que nunca nadie nos podrá arrebatar: El amor de Dios.
Saturnino, hay gente que les gusta
pasar por esta vida haciéndose notar y amparándose en la apariencia desean
destacar entre el resto, ya sea por ocupar un cargo, ya sea por las herencias
que uno posea o por el mero hecho de hacerse el importante. Pero cuando uno no
tiene ni donde caerse muerto se siente afortunado porque Dios les cuida con
especial solicitud. Saturnino, te tengo que confesar una cosa. El día de Todos
los Santos, cuando uno entra en el campo santo y uno observa el colorido de las
flores en los panteones y ante las cruces yo estuve clavando mi mirada en
aquellos lugares donde nadie había colocado ni una flor. Y recé de un modo más
intenso por esos difuntos olvidados por los hombres, pero no por Dios.
Saturnino, hermano y amigo, no
temas, Cristo se encamina hacia tu presencia. Y cuando estés con el Señor dile
que los que estamos por aquí abajo somos pecadores pero que le queremos y
moriríamos, si fuera preciso, por anunciarle a Él.
Dale, Señor el descanso eterno. Y
brille para él la luz perpetua.
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sábado, 10 de noviembre de 2012
Homilía de la fiesta de San Martín de Tours 2012
FIESTA DE SAN MARTÍN DE
TOURS 2012 Cevico de la Torre
Hermanos, estamos inmersos en un
profundo cambio de mentalidad. La concepción de la vida que tenían nuestros
antepasados ha sido puesta ‘en tela de juicio’. Las personas de mediana edad y
jóvenes no se sienten identificadas con los modos de pensar y sentir heredadas
del pasado. Todo esto tiene su eco en la vida religiosa. Se cuece en el
ambiente un espíritu crítico que abiertamente ataca a una Iglesia por
considerarla en confrontación con la moral liberal de los tiempos modernos. Que
ataca, pero no plantea más alternativa que vivir sin Dios, al margen de la
comunidad cristiana.
Sin embargo las ermitas de nuestras
patronas, en su día grande, se llenan de fervorosos devotos a la Virgen de su pueblo y las
fiestas patronales son tenidas en cuenta. Por lo tanto se podría decir que estos
elementos cristianos los necesitamos para poder entender ‘el latir interno’ de
nuestra patria. Pero lo arrinconamos a algo meramente sentimental sin que
incida en nuestra vida cotidiana. Pueden ustedes pensar “¡vaya con el cura, que
pesimista está hoy!”, sin embargo les puedo garantizar que no es pesimismo, sino
una preocupación latente al constatar lo que uno va observando.
Hoy que tenemos la gracia de tener más
cerca de nosotros a nuestro Santo Patrón, San Martín de Tours le podríamos preguntar cómo ve el estado de
nuestras comunidades cristianas. O mejor, donde residen los principales
retos que deberíamos afrontar para dar pasos en la vida de fe. Supongo que San Martín
nos contestaría que su vida era
rutinaria e insípida hasta que irrumpió Jesucristo en su existencia. Estoy
totalmente convencido que la mayoría sólo
saben cuatro pinceladas de Jesucristo, pero no le conocen. Porque si le
conocieran sentirían la necesidad imperante de confesarse con frecuencia, de
comulgar en estado de gracia, en formarse en la fe para dar razón de su
esperanza, en participar en las actividades parroquiales o diocesana… con esto
quiero dar a entender que no es que estemos verdes, sino que ni siquiera ha
brotado la semilla.
San Martín de Tours nos invita a redescubrir nuestras raíces
cristianas. Los padres no pueden claudicar en el ámbito de la fe. Los
niños han de aprender las oraciones y adquirir ese sentido de lo religioso en
el ámbito del hogar y los jóvenes se han de sentir interpelados por el modo de
vivir en cristiano de sus padres. Los padres, a la luz del Evangelio han de corregir
a sus hijos siempre con una mezcla de delicadeza y exigencia. La
comodidad no
puede ser causa de justificación para estar hibernando en un asunto tan serio
como es la salvación de
nuestras almas. La parroquia quiere contribuir en la construcción de
este pueblo, ya que educando en la fe, en el seguimiento y en el testimonio del
Señor Jesús contribuye a que todos salgamos de esta crisis de valores tan seria
que nos aflige. La parroquia contribuye siempre
desde la legítima autonomía dada por Dios en el ámbito espiritual para conducir
a verdes praderas de hierba fresca al pueblo cristiano encomendado. Del mismo
modo rezará por los representantes de todos los ciudadanos para que, ejerciendo
tan noble oficio del gobierno, trabajen con diligencia en la persecución del
bien de sus ciudadanos al margen de
cualquier ideología o creencia religiosa.
San Martín de Tours nos recuerda que
nuestro ser cristiano nos exige una adhesión más personal y firme a Jesucristo.
Y el Señor nos deja muy en claro que Él vino a servir y no a ser servido. Que
todo lo que somos es para los demás. Que
ostentar un cargo o responsabilidad durante mucho tiempo no lleva en sí el derecho
de seguir teniéndole. Y menos aferrarse a mencionado cargo a cualquier precio.
Porque recordemos que nosotros somos de Cristo, y Cristo es de Dios.
Nos cuenta un hecho peculiar que
aconteció a San Martín de Tours y que así lo ha recogido la iconografía
cristiana. Era invierno, y al entrar en Amiens, encuentra un mendigo casi
helado, sin ropa. Divide su clámide en dos partes y entrega una al pobre. Cristo
se le aparece vestido con la media capa y le dice: “Martín, catecúmeno, me ha
cubierto con este vestido”. Solo una persona llena de Dios es capaz de realizar
el bien a sus hermanos con una calidad humana tan elevada. Nosotros también
debemos dar testimonio de Jesucristo. Ante nosotros se nos plantea una
comunidad cristiana que está llamada a no estancarse, sino a avanzar con gran
determinación hacia el Señor. Que San Martín de Tours nos ayude en este santo
propósito. Así sea.
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miércoles, 7 de noviembre de 2012
En esta casa no celebramos Halloween
Homilía del domingo XXXII del tiempo ordinario, ciclo b
DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO,
ciclo b 11 de noviembre de 2012
¿Ustedes entienden lo que ha hecho
la viuda del Evangelio? Resulta que no tiene nada que llevarse a la boca y echa en el cestillo del templo todo lo que
tiene y además tendrá a su cargo algunos hijos que dependan de ella. ¿Ustedes
seguirían su ejemplo? Seguro que la mayoría de los presentes pueden estar
pensando: ¡Qué mujer más imprudente! ¡A quien se le ocurre hacer eso! ¡Que
estaría pensando esta mujer para dar todo lo que tiene y luego tener que pasar
hambre! Realmente nosotros lejos de alabar su gesto de generosidad estaríamos
condenándola por insensata. Además, nosotros que poseemos dinero, tenemos la
experiencia de dar ‘a regaña dientes’, por lo que nos resulta aún más complicado
entender la acción de esta pobre viuda del Evangelio.
Ahora viene la segunda de las
preguntas: ¿A quién entrega esos dos reales esta pobre viuda? La viuda lo
entrega en el cestillo de las ofrendas del Templo. Es decir, todo lo que tiene esTa viuda se lo entrega a
Dios. Y nosotros podríamos decir que eso no es justo. Que Dios tiene
todo, además el Templo de Jerusalén ya disfruta de por sí muchas riquezas y
joyas de gran valor. Dicho con toda la claridad: podríamos enumerar un sinfín
de razones para que la pobre viuda no diese mencionada limosna. Sin embargo lo
da.
Nos hemos creado una opinión, más o
menos desafortunada, de esta pobre viuda a partir de un simple hecho: echar en
el cestillo todo lo que ella disponía. Y realmente nuestra mirada no iría mucho
más allá porque nos movemos en lo meramente superficial. Sin embargo Jesucristo pone a esta mujer como modelo de conducta para sus discípulos.
Es más, Jesús les llama y alaba públicamente a esa mujer. El Maestro que sabe
lo que se esconde en el corazón de las personas conoce que la vida de esa viuda
es una constante ofrenda a Dios. Ese
simple gesto generoso de los dos reales es
uno más de los tantos realizados por
esta pobre mujer. Pobre mujer a los ojos de los hombres pero grande ante
la presencia del Todopoderoso. Si nuestra vida fuese una constante ofrenda
generosa a Dios estaríamos construyendo una comunidad cristiana fundada en el
amor. El bien que cada cual hiciera
repercutiría a favor de los demás. Podríamos experimentar una auténtica primavera espiritual en nuestra
parroquia. Todos y cada uno, y aquí no se salva nadie, somos totalmente
responsables de estar sufriendo un invierno espiritual o una primavera
espiritual en nuestra comunidad cristiana. Esta
pobre mujer realiza un esfuerzo casi titánico, para conseguir esa primavera
espiritual tan deseada. ¿Siguen ustedes creyendo que esa mujer era
imprudente e insensata?
Pues si por imprudente e insensato se entiende poner
nuestra existencia en las manos de Dios, dándole todo y no reservándonos nada,
para que pueda rebrotar una primavera espiritual en la Iglesia,… pues entonces que
me apunten en la lista de los imprudentes e insensatos.
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