viernes, 18 de marzo de 2011
Siempre hay una razón para vivir
miércoles, 16 de marzo de 2011
sábado, 12 de marzo de 2011
miércoles, 9 de marzo de 2011
Miércoles de Ceniza 2011
MIÉRCOLES DE CENIZA 2011
Hoy comenzamos el tiempo litúrgico de la Cuaresma con un símbolo muy conocido por todos: la imposición de la ceniza. Se nos urge a reflexionar a cerca del deber de la conversión, y a su vez recordamos la inexorable caducidad y efímera fragilidad de la vida humana, sujeta a la muerte.
La ceremonia de la ceniza nos eleva a la realidad eterna que no pasa jamás: a Dios. La conversión no es otra cosa que ‘volver a Dios’, valorando las cosas terrenales, intereses, posesiones y amores con los criterios de Dios.
Jesús recordó el deber que tiene el hombre de amar a Dios. Cristo nos exhorta con estas palabras: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Tal vez nos llame la atención que Jesucristo nos hable de ‘un deber de amor’. Tal vez nos llame la atención de hablar de ‘un deber de amor’ porque en nuestra cultura actual hablamos de deberes únicamente a lo que se refiere a los actos externos del hombre. Cuando hablamos de deberes o de legislaciones humanas regulan únicamente los actos externos y nos parecería impensable que el fuero interno del hombre estuviera también sujeto a una serie de deberes. Sería impensable que hubiese un estado que dijese “prohibido pensar mal del rey” o que dijese “prohibido tener envidia” o “prohibido odiar”. Esto es impensable que un estado o que un legislador legislase sobre esto porque es algo inconcebible que manden sobre los sentimientos del hombre. Nos parecería impropio, y con toda la razón, que un legislador intentase regular no sólo los actos externos que hacen referencia a ese respeto mutuo de convivencia que se requiere para un orden justo, sino que pretendiese entrar en el fuero interno del hombre. Pero sin embargo aquí es distinto. Cuando Jesús habla que el hombre tiene “un deber de amor” para con Dios, estamos hablando no de un legislador humano, estamos hablando de un señorío de Dios, ya que Dios es el Señor pleno de nuestra vida. Dios no es únicamente Señor de unos actos externos, no es únicamente Señor de unas relaciones sociales que ponemos en marcha en nuestra sociedad, sino que Dios también es Señor del interior del hombre, de nuestra conciencia, de nuestras relaciones familiares, de las relaciones de pareja, de las relaciones de amistad, también es Señor de esa sociedad en la que intentamos realizar el Reino de Dios. Hay por tanto un señorío que nadie puede prescindir. Y hoy en día como no hay que dar nada por supuesto y hay que poner las bases mínimas es importante recordarlo. Hace unos años dando catequesis y explicando el primer mandamiento de la Ley de Dios, “amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con todo tu ser…” recuerdo que un adolescente tuvo una salida al comentarme que Dios era muy egoísta ya que “todo era para Él”, y me dí cuenta cómo no había que dar nada por supuesto y era preciso poner los fundamentos primeros. Y el fundamento primero es que Dios nos ha creado y que nuestra existencia es un milagro del amor de Dios. Existimos por pura misericordia divina. Luego el hombre es fruto de una soberanía ejercida en el amor. Dios es Soberano que nos podía haber hecho como no nos podía haber hecho, podía habernos creado o no habernos creado. Pero su soberanía la ha ejercido con amor y con misericordia, luego el hombre está totalmente agradecido a esa creación, y el hombre reconoce una soberanía en Dios. Esto es importante porque si no se parte de que el hombre es una criatura y se partiera de ‘la autonomía del hombre’ no se entendería nada. Es absurdo hablar de autonomía del hombre frente a Dios porque es precisamente Dios el que nos está sosteniendo, ‘en Él vivimos, nos movemos y existimos’. Somos como el pez que nada en el agua o como el pájaro que vuela en el aire. Dios nos sostiene en nuestro ser. La acción de creación de Dios no fue puntual, sino que Dios continúa sosteniéndonos en el ser. Si esa acción creadora de Dios con nosotros, si dejase de sostenernos nosotros volveríamos ‘a la nada’, dejaríamos de existir, y Dios nos está también sosteniendo nuestro obrar. Lo que hacemos lo hacemos sostenidos por Dios que también obra a través de nosotros. Por eso el deber primero del hombre es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el ser.
El hombre no debe de amar a Dios únicamente en sus actos externos, sino interiormente también, su interioridad, la totalidad de su ser está llamado a responder en amor a esa llamada que Dios le ha hecho a la existencia.
martes, 8 de marzo de 2011
Fiesta a la Cofradía de las Ánimas del Purgatorio
HOMILÍA PARA LA FIESTA
DE LA COFRADÍA DE ÁNIMAS DEL PURGATORIO
DEL PUEBLO DE VERTAVILLO
En punto 1030 del Catecismo de la Iglesia Católica dice: «Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo».
La finalidad de este misterio del purgatorio es obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo. Porque en el Cielo solamente se puede entrar siendo santo y únicamente se puede estar en la santidad estando santificado. Les voy a poner una imagen catequética intentando para entender el misterio del purgatorio. Imagínense a un espeleólogo que se adentra en las cuevas y durante varios días permanece alejado a la luz del Sol y acostumbrada su vista a la luz de un candil o a la luz de una linterna. Sus pupilas se han dilatado tremendamente por estar con tan poquita luz y al estar tan lejos de la entrada de la cueva. Si este hombre, pasado unos días, si saliera inmediatamente a la luz del sol se quedaría cegado porque sus ojos han perdido la familiaridad que tenían con la luz del Sol. Esos ojos han sido creados para vivir a la luz del Sol, pero esa peculiaridad con la que fueron creados, poco a poco y por desgracia se ha ido perdiendo a base de estar metido en la oscuridad. Y para poder salir a la luz del Sol necesita un tiempo intermedio para que, poco a poco, se vaya acostumbrando a la luz solar y se van poniendo una gafa especial para que sus ojos se acostumbren, hasta que al final sus ojos sean capaces de contemplar la luz del día sin que esa luz sea dañina para él.
Utilizado este ejemplo hay que entender que Dios es la luz y que el pecado nos pone en estado de oscuridad. Y que si Dios es la santidad, lógicamente uno se tendrá que purificarse para poder gozar de esa santidad para que esa santidad no le haga daño como cuando la luz del sol nos da a unos ojos no acostumbrados a la luz de los rayos solares. Dios es nuestro gozo cuando estamos capacitados para gozarlo.
La finalidad de este estado de purificación, que es el purgatorio, es santificarnos, purificarnos para poder gozar de la luz santa de Dios.
Otro de los aspectos que es importante abordar porque alguien puede preguntar ¿y qué es eso que hay que purificar?¿qué es eso que no ha quedado purificado en nuestra vida?. Ayuda mucho a entender esto la definición que hace San Agustín del pecado. San Agustín dice que el pecado es como el apartarse de Dios para apegarse indebidamente a las criaturas. Uno se aparta de Dios al apegarse indebidamente a las criaturas; uno se entrega con un amor desordenado a las criaturas. Son dos aspectos. Generalmente cuando pecamos no solemos pecar con la intención de apartarnos de Dios. Puede haber un pecado de absoluta malicia que se ha hecho con la intención de ofender a Dios, pero normalmente cuando pecamos no tenemos intención de apartarnos de Dios. El Hijo Pródigo no se marchó de la casa de su padre para ofender a su padre; se marchó para ‘correrse una juerga’, porque pensaba que se lo iba a pasar mejor. No se fue de casa por ofender a su padre, sino por entregarse desordenadamente a los placeres del mundo. Ahora bien, el Hijo Pródigo sí que sabía que entregándose a esos placeres del mundo de una manera desordenada iba a ofender a su padre. Por lo tanto hay dos aspectos del pecados: El alejamiento de Dios y la entrega desordenada a las criaturas.
Cuando uno se arrepiente de sus pecados, cuando uno se convierte de sus pecados pide perdón a Dios en las confesiones personales y Dios, que es misericordioso, borra totalmente la culpa del pecado, borra la pena eterna del pecado. Para Dios es como si tal pecado no hubiera existido nunca, pero lo que sí existe es el desorden de esa entrega indebida y desordenada a las criaturas. El Hijo Pródigo cuando volvió a casa el Padre le perdonó totalmente eso. Ahora bien el apego a las criaturas, esa entrega desordenada que ese hijo había tenido gastando el dinero con malas mujeres, en comilonas y borracheras, eso en él había producido unos afectos desordenados, unos apegos desordenados en sus afectos y eso, aunque su padre le perdone, eso queda en él desordenado. Y eso que ha quedado desordenado es lo que debe y tiene que ser purificado. No pensemos que porque ese hijo menor volviese a casa, eso no quiere decir que ese desorden interior que se había producido en él por esa vida de pecado quedara borrada, pues no, ese desorden producido tenía que ser purificado mediante la penitencia. Ese hijo tenía necesidad de realizar penitencia para que ese desorden que se había producido dentro de él se solucionase, para que sus afectos se ordenasen; para que su corazón sólo estuviese puesto únicamente en su Padre, en Dios. Eso es lo que necesita ser purificado y por eso necesitamos hacer penitencia por nuestros pecados aunque estén totalmente perdonados ante Dios, pero han dejado en nosotros un desorden interiormente.
Y como señal de la misericordia divina, todo aquello que no haya sido suficientemente purificado en esta vida terrena, Dios en su misericordia también nos posibilita el purificarlo después de esta vida en el estado del purgatorio. O sea, una cosa a recalcar: El purgatorio es una manifestación más de la infinita misericordia de Dios.
Con nuestra oración ayudamos a que esas almas estén poco tiempo en ese estado de purgando esos afectos que se habían desordenado interiormente y así puedan, lo antes posible, estar ante la presencia de Dios. Así sea.
lunes, 7 de marzo de 2011
Domingo, 6 de Marzo de 2011; 9º ord. A: Mt 7, 21-27
Domingo, 6 de Marzo de 2011; 9º ord. A: Mt 7, 21-27
Estas palabras son el final del sermón de la montaña. El apóstol y evangelista san Mateo, más que otros evangelistas, va agrupando en unos sermones las diferentes predicaciones que Jesús fue haciendo durante aquellos años en que convivía con los apóstoles. En este sermón de la montaña reúne el evangelista gran parte de la mentalidad de Jesús sobre el comportamiento de un buen discípulo suyo. Termina ahora con una gran proclamación: Para ser discípulo suyo no basta el suplicar mucho ni el alabar, sino que es necesario el cumplir la voluntad de Dios.
Esto lo plasma en una parábola del hombre sabio y el necio en el momento de hacer la fundación o los fundamentos para su casa. No basta ver las posibilidades concretas del presente, sino hay que atender a las dificultades que puedan sobrevenir. Y por eso, porque el sabio comprende que vendrán vientos fuertes y tiempos lluviosos, construye su casa sobre un buen fundamento. Cosa que no hace el necio atendiendo a la bonanza que en ese momento encuentra.
San Mateo está escribiendo su evangelio especialmente a cristianos provenientes del judaísmo y por eso acentúa más las palabras de Jesús que van contra los fariseos. Así es todo este sermón de la montaña, y así es el final. Los fariseos eran personas que cumplían con exactitud sus rezos, sus ayunos, y a veces hasta con exageración; pero no hacían la voluntad de Dios. Jesús en alguna otra ocasión les recordó lo que ya les habían dicho algunos profetas, como lo de “este pueblo me honra con los labios, pero no con el corazón”. Y para expresar mejor que honrar con el corazón es hacer obras agradables a Dios, les recordaba aquello de: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Aquí la palabra “misericordia” significa: obras de misericordia; y “sacrificios” significa: actos de culto, que son acciones externas en favor de Dios, pero que en realidad son acciones aparentes, porque, dichas en aquel contexto, sólo buscaban el orgullo personal, no la verdadera adoración a Dios que debe estar siempre unida al amor al prójimo y al cumplimiento de todos los mandamientos.
Por lo tanto la idea principal de hoy es que no basta el escuchar o creer en Dios, porque también lo hacen los demonios, sino que se debe cumplir la voluntad de Dios. Esta voluntad de Dios la podemos ver en los mandamientos de su Ley. También en los mandamientos de la Iglesia y en los deberes del propio estado o circunstancias de cada uno. Entre los mandamientos sabemos que lo más esencial que Jesús nos enseñó fue el amarnos unos a otros; y no de cualquier manera, sino como El nos amó.
En realidad hay que huir de dos extremos. Hay personas que sólo piensan en lo práctico y no se preocupan mucho de escuchar a Dios o de tener buenos ratos de oración. Estos acaban por hacer su propia voluntad y no la de Dios. Hay otros que sólo creen estar hablando con Dios para alabar y pedir, pero no actúan con actos de misericordia. En realidad no hablan verdaderamente con Dios, como les pasaba a los fariseos. Hay que escuchar y actuar. Esto se resume en esta frase: “La fe se realiza en las obras, pero las obras no valen nada sin la fe”.
Hacer la voluntad es cumplir los grandes compromisos que expresamos para con El. Es muy importante ser “un hombre de palabra”. Quiere decir que cumplamos lo que prometemos. Esto vale para toda vida social; pero mucho más en nuestra relación para con Dios. Hay cosas que prometemos en momentos lúcidos, especialmente en algunos sacramentos, como la penitencia o la comunión. Mucho más en sacramentos que se reciben una vez, como la confirmación, el matrimonio y el orden sacerdotal. Si fallamos es porque nos comprometimos como el hombre necio del evangelio o que luego no hemos seguido ayudando al “fundamento”. Dios sí cumple, es “fiel a la alianza”. Si queremos ser sabios ante Dios prometamos de verdad; pero luego seamos constantes cumplidores de esa promesa de amor y pidamos refuerzos al Amor.
Fuente: Presbítero D. Jesús Vigo Martínez
sábado, 5 de marzo de 2011
IX Domingo del Tiempo Ordinario,cicloa
IX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a.
6 de marzo de 2011
Cristo nos pide que le sigamos. Esto supone un ejercicio de nuestra libertad personal. El hombre tiene muchos condicionamientos, pero por muchos condicionamientos que tenga culturales, personales, familiares, de salud, sociales o de cualquier otra índole terminarán condicionándole para decir sí o no a Cristo, pero no le determinan; al final es el propio hombre el que debe de elegir. Por ejemplo, fue el Padre Maximiliano María Kolbe el que elige en medio de aquel lugar terrible con esa experiencia del mal, del egoísmo y de la soberbia máxima que es Auschwitz. Es él el que decide determinarse por el amor y por la entrega por el prójimo; es él el que decide cambiar su vida por la de aquel preso que iba a ser ejecutado por los nazis. Dense cuenta de los graves condicionamientos que tenía el Padre Kolbe en aquel campo de concentración, pero él se determinó por el bien, él se determinó por el amor, él se determinó por cambiar su vida por la de aquel que había sido condenado a muerte. Lo cual manifiesta que somos libres.
Sin embargo una cosa es tener la capacidad y ese poder de determinarse y otra cosa es ejercerlo. Porque puede ser que uno tenga dentro de sí ese poder pero no lo ejercite, y a base de no ejercitarlo lo tiene medio atrofiado. Y esto pasa en otras cuestiones de la vida: Uno puede tener una capacidad intelectual teórica grande para poder memorizar, pero a base de no ejercitarla la tiene un poco atrofiada; no la ha ejercitado. En vez de haberse puesto a estudiar, a leer y haber trabajado su capacidad de memorización lo ha ido dejando y al final esa capacidad no la tiene fresca, no la tiene accesible, la tiene ahí ‘aletargada’. O supongan a una persona que tenga una gran capacidad muscular pero a base de no ejercitarla, a poco esfuerzo que haga, termina con unas agujetas serias, acaba con ese dolor muscular. Una cosa es tener la capacidad o el poder de determinarse, de ser libre y otra cosa es ejercerlo. Porque puede ser que esa capacidad de libertad por no ejercitarse se debilite. No seamos ingenuos, es más sencillo no ejercitarla, porque “¿donde va Vicente?, ¡donde va la gente!”, o esas frases que tantas veces han oído los padres de sus hijos adolescente, “¡es que todo el mundo lo hace, o es que todos los de mi clase tienen esto o lo otro!”. Y claro, es más fácil dejarnos arrastrar. ¿Esa persona que apenas ejercita la libertad es libre?, sí lo es, lo que sucede es que ‘se ha dejado arrastrar’ por lo que ‘el cuerpo le pide’ y parece que esas facultades las tiene como escondidas.
El ejercicio consciente y sacrificado de nuestra libertad para seguir a Cristo nos fortalece en esa capacidad de crecimiento y de maduración en la verdad y en la bondad. Cristo te dice: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca». Esta sociedad nuestra de la tiranía del consumo y ‘del tener de todo’ nos condiciona seriamente para decir ‘no a Cristo’. Sin embargo Cristo nos da la capacidad y su Espíritu para que le sigamos. Como decimos popularmente “la pelota está en nuestro tejado”, para que podemos ejercer esa libertad para pronunciar un rotundo ‘sí a Cristo’. Y un primer paso fundamental pasa ejercitar esa libertad, apostando por Cristo, es acudir a confesarnos en la Sede del Perdón que es el Confesionario.