lunes, 20 de septiembre de 2010

Santa Bernadette Soubirous (PARTE IV)

CAPÍTULO CUARTO

Luces y sombras

Una entrevista que abre el porvenir.

Varios días más tarde el obispo de Nevers, monseñor Forcadé, vino a hacer una visita, en su calidad de superior, a las Hermanas de Nevers (las Hermanas de la Caridad de Nevers solamente tenían entonces aprobación diocesana). En tal ocasión manifestó el deseo de entrevistarse con Bernardita. La Superiora le condujo a la cocina donde en aquel momento Bernardita se ocupaba de raspar una zanahoria. Mirando de reojo, la Madre se la señaló diciéndole al oído: “Esa es”.

El Señor Obispo no quería tener simplemente una breve entrevista. Por ello al final de la comida pidió encontrarse a solas con ella. Él la pidió que le relatase los sucesos de Massabielle, lo que Bernardita hizo en un muy correcto francés. El Señor Obispo tenía la intención de tantearla sobre la eventualidad de una vocación religiosa. No pareciéndole correcto tocar este asunto de una manera demasiado directa, le hizo una pregunta previa:

- Muy bien, pero tú ya no eres una niña. ¿No te gustaría quizá encontrar una situación, un empleo en el mundo?.

- ¡Ah!, ¿Por qué no?, pero ¿qué?.

- Bueno, ¿por qué no intentas entrar en las Hermanas?.¿No lo has soñado alguna vez?.

- Es imposible, monseñor. Usted sabe bien que yo soy pobre, no tendré nunca lo necesario para la dote.

Cuando el Señor Obispo supo la razón que impedía a Bernardita manifestar la vocación que él había presentido en ella, se apresuró a despejar la objeción:

- Pero, hija mía, a veces se aceptan como religiosas muchachas pobres, sin dote, con tal que ellas tengan verdadera vocación.

Bernardita se sintió afectada por estas amables palabras; sin embargo tenía el sentimiento de ser ella por sí misma un obstáculo para solicitar cualquier modo de admisión.

- Pero, monseñor, las muchachas que vos admitís sin dote son hábiles o inteligentes, que pueden compensaros bien; pero yo no se nada ni valgo para nada.

El Obispo le contestó riendo:

- Hace un momento en la cocina me he dado cuenta de que vales mucho… para raspar zanahorias. En la congregación sabrán bien utilizarte. Por otra parte, en el noviciado completarás tu instrucción.

Todo estaba dicho. Para ella era como una puerta abierta a un discernimiento interior. Y para el Prelado el final de una prometedora conversación que se apresuró a referir a la Superiora. Ésta se manifestó dispuesta a aceptar la admisión de Bernardita si ella lo solicitaba; y al tiempo, determinada a prohibir a las Hermanas toda palabra capaz de influir en ella. Sabía, además, que intentar persuadirla no era el procedimiento más eficaz para atraer al convento a una joven de su temple.

El “sí, pero” de Bernardita.

El escultor no había estado ocioso en su taller una vez que retornó a Lyon. Hacia finales de marzo de 1864 daba el último golpe de cincel a su escultura con la que llegaba a Lourdes el día 30. Su primera visita fue para el reverendo Peyramale quien, a petición del escultor le acompañó para observar cual era la reacción de Bernardita al presentársela. Después de solicitar entrevistarse con ella fueron conducidos al locutorio. Antes que viniera, sacaron la estatua bien embalada en su caja de madera, y la colocaron sobre un pequeño mueble. Apenas vio entrar a Bernardita el sacerdote soltó, mientras señalaba a la estatua, la pregunta que le quemaba en los labios:

-¿Esta bien así?.

- Esta bien. – respondió Bernardita con aire evasivo; y después de un instante de reflexión: - Es muy bella, pero no es Ella… ¡Oh, no!. Se diferencia como la tierra del cielo.

Festejos.

Pese a sus imperfecciones la imagen de mármol puro sería colocada en el nicho en donde la Virgen había aparecido. El 4 de abril una procesión de 20.000 personas portando estandartes y cantando canciones, se formó ante la iglesia parroquial. El largo cortejo desfiló a través de las calles de la villa y vino a congregarse en los espacios recientemente acondicionados alrededor de la gruta. Monseñor Laurence acompañado de más de 400 sacerdotes quitó el velo que cubría la imagen y la bendijo: “Nos parece, -dijo, -que María todavía está aquí y que nosotros la vemos como la veía Bernardita ”. ¿Qué peregrino en Lourdes no hace suyas estas palabras del Prelado?.

Llantos y sufrimientos.

Sólo un hombre de la primera fila de aquella multitud exultante sentía más pena que alegría: era Fabisch. Había recibido por primera vez una herida en su amor propio con el severo juicio de Bernardita. Después que la imagen fue colocada en lo alto del nicho, un golpe aún más doloroso le hirió: “Debo hablar, -conferará, -de uno de los mayores disgustos de mi vida…es el que sentí cuando vi colocada mi estatua en su lugar, iluminada por una luz de reflejo… que le cambiaba totalmente la expresión”. (Memoria autógrafa 1878).

No era sólo el escultor quien no podía aquel día participar de la general alegría. El reverendo Peyramale estaba postrado en cama con una fiebre tan fuerte como repentina. En cuando a Bernardita, no había salido del Hospicio; ¿nueva crisis de asma?. O medida tomada por la Superiora para evitarle un baño agotador de multitudes, o para preservarla de sentimientos de amor propio que hubieran podido nacer en ella por una demasiada admiración de la gente.

Así, quien había visto con sus ojos a la Inmaculada y quien había creído en las palabras de su mensaje quedaron privados de la satisfacción, muy legítima, de ver como su imagen era colocada en ese lugar donde sería venerada por el mundo entero. El triste creador de la obra, bien presente, estaba él mismo no menos desencantado.

El “sí, pero” de la Madre Superiora.

Bernardita había sido dejada de lado en esta gran manifestación en honor de la Reina del Cielo; pero ella conservaba siempre viva en la memoria su imagen. Aunque no había vuelto a verla, frecuentemente oía que le hablaba al oído de su corazón. Aquel mismo día tuvo la impresión de que la Virgen la animaba a tomar la decisión de terminar su largo periodo de discernimiento. Anochecido pidió una entrevista con la Superiora para anunciarle que se sentía llamada a entrar en su congregación. La Madre se reservó darle respuesta hasta el 15 de agosto. Entonces le participó su admisión, que debía ser confirmada por la Superiora General de las Hermanas de la Caridad de Nevers. Por otra parte no sería en Lourdes donde habría de hacer su noviciado, sino en Nevers, sede de la casa-madre. La Superiora exigía el restablecimiento efectivo de su salud antes de la admisión.

Descanso y cariño.

¿Qué mejor para restablecerse y recuperar las fuerzas que un retiro en un encantador pueblecito lejos de la agitación de la ciudad y la mirada de los curiosos?. Es lo que vino a proponer a Bernardita una de sus primas, Juana Védère, de Momères, que vino a visitarla el 4 de octubre. Bernardita aceptó de inmediato la invitación. ¡Al fin podría pasar unas vacaciones de verdad en un cálido ambiente familiar!. La Superiora le permitió partir después de asegurarse de que, en caso de una crisis grave, podría intervenir el doctor Peyramale, hermano del párroco de Lourdes.

Estas vacaciones le fueron tan agradables que, proyectadas inicialmente para una semana, duraron al fin mes y medio.

En la escuela de la vida.

El 15 de noviembre, al volver a Lourdes, Bernardita recibió la agradable sorpresa de enterarse que había sido admitida en Nevers. Desde ahora en el Hospicio, sin ser considerada enteramente como una postulante, participaba más intensamente en la vida de la comunidad. ¿Será necesario hacer notar que sus momentos privilegiados eran los que pasaban en la gruta o con sus padres?.

Éstos, además, tuvieron necesidad de consuelo y ánimo cuando condujeron al cementerio al pobre Justino, su hijo, que a penas tenía 10 años. ¡Querido hermanito al que Bernardita había tantas veces acunado y cuidado durante las ausencias de su madre!. Redobló entonces las muestras de cariño a Toñita y a los dos muchachos, muy afectados también. Apenas pasaría un año y la última niña traída al mundo por Luisa moriría poco después de su nacimiento. Bernardita les ayudó a encontrar consuelo en la esperanza cristiana y en el pensamiento de que ellos tenían un intercesor más, en quinto en el cielo.

La elección sabia.

Bernardita se sentía útil en el Hospicio, especialmente cerca de los niños y de los enfermos de quienes era particularmente estimada. Por su parte ella apreciaba los cordiales sentimientos de las Hermanas y de sus compañeras, la mayoría de las cuales eran sus amigas. Sus visitas regulares a la gruta y a sus padres le daban un verdadero apoyo afectivo y espiritual. Para ella Lourdes era verdaderamente su cuna, el lugar al que sentía atada, donde ella asímismo deseaba continuar viviendo y morir.

Pero era también el de las continuas y extenuantes visitas que la agotaban y perjudicaban su recogimiento. Estaban también las consideraciones de que era objeto, diametralmente opuestas al camino de la sencillez que deliberadamente había elegido. Para consagrarse enteramente al Señor estaba muy convencida de la necesidad de separarse de lo que más amaba en el mundo: su familia y su gruta.

Así, si ella había estado impedida de estar presente en la bendición de la imagen, tuvo en cambio la alegría de asistir a la inauguración de la cripta, presidida por monseñor Laurence. La ceremonia fue grandiosa y la multitud en número jamás igualado, tanto que se extendía por el espacio recientemente preparado ante la gruta e igualmente por la orilla opuesta del Gave.

Al caer la tarde, un buen número de personas que no habían podido encontrarse con Bernardita, vinieron a llamar a la portería del Hospicio. Ante la insistencia de la multitud que amenazaba entrar por la fuerza si no se les dejaba entrar a ver a la “vidente”, la Superiora la hizo ir y venir a lo largo de la galería donde podía ser vista por todos. Bernardita así lo hizo, aunque refunfuñando contra la Madre que la exponía “como una vaca en una feria”. Este episodio que hubo de soportar por obediencia la animó en su decisión de dejar Lourdes.

Los deberes del corazón.

Como la mejoría de su salud se mantenía, se pudo fijar como día de su partida el 4 de julio de 1866. La víspera fue a dar su adiós a su querida gruta en compañía de la Superiora. Bernardita se puso de rodillas ante la imagen de la que no quitaba sus ojos. La Madre la oyó susurrar sollozando: - “¡Oh, Madre, mi Madre, como voy a poder dejaros! “.

Se levantó y fue a abrazarse a la roca enjugándola con sus lágrimas.

La Madre Superiora émula de emoción intentó consolarla:

-¿Por qué te entristeces así?, ¿No sabes acaso que la Santísima Virgen está en todo lugar y que en cualquier sitio ella será tu Madre?.

- ¡Ah, sí!, ya lo sé. –Respondía Bernardita sollozando.- Pero la gruta era mi cielo.

Después la Superiora la acompañó hasta el molino de Lacadé, donde la dejó para que hiciera su última comida en familia. Podemos imaginar la intensidad de la emoción y cariño de aquella velada, y las lágrimas derramadas por todos en el momento doloroso de la separación.

Al día siguiente Bernardita estaba presta a partir con otras cuatro compañeras de viaje. En casa de los Souvirous apenas se había dormido, sus padres y los niños no pudieron resistir el deseo de volver a verla por última vez, y apenas amaneció, instantes antes de que partiera el carruaje que le conduciría hasta la estación de Tarbes, ellos subieron al Hospicio. Parecían estar dispuestos a decirla algo, a renovar la certeza de su amor, a prometerle sus oraciones; pero cuando se encontraron ante ella la emoción les impidió pronunciar una sola palabra. No eran capaces más que de suspirar, derramar lágrimas y apretarla, uno tras otro, contra su pecho, abrazarla una y otra vez. Bernardita quiso poner fin a este concierto de lamentaciones que destrozaban lo que le quedaba de valor y fuerza.

“Vosotros podéis seguir llorando; pero yo no puedo seguir aquí”, le dijo Bernardita.

Una última mirada, un postrer beso y los viajeros desaparecieron en el interior del carruaje que arrancó con ruido ensordecedor.

Santa Bernadette Soubirous (PARTE III)

CAPÍTULO TERCERO

Cuando la verdad se hace evidente

La credulidad desviada.

Si Bernardita no volvía más a Massabielle, no le faltarían extraños competidores. Muchachos y muchachas creían ver en las diversas oquedades de la roca vapores luminosos en cuyo seno se creía ver una señora, un grupo de angelitos, san José o uno u otro de los Doce Apóstoles y demás santos del cielo. Había quienes oían músicas celestiales que se transformaban a veces en una horrible cacofonía. Muchachas representando “Madres Dolorosas” terminaban dando el espectáculo con sus fuertes suspiros, lágrimas y contorsiones, semejándose así a María llorando a su Hijo muerto en sus brazos.

Estas extravagancias no eran otra cosa que engaños o desatinos de la imaginación de algunos alucinados, lo cual no hacía más que estorbar el buen desarrollo de la investigación canónica. El reverendo Peyramale, después de consultarlo con su obispo hizo una llamada a la cordura de todos estos extravagantes. Al comienzo del verano todos los visionarios habían desaparecido.

Las autoridades se inquietan.

La gruta y los aledaños habían recobrado la atmósfera serena y orante de los primeros días. Pero la afluencia de las multitudes inquietaba al alcalde, M. Lacadé, al comisario de la policía, Jacomet, como también al prefecto del departamento, responsables del orden público y de la seguridad. Según ellos el culto estable ante la gruta no debía ser autorizado mientras la Iglesia no reconociera los hechos. Era preciso con toda urgencia hacer desaparecer los objetos que allí se habían colocado. Jacomet los hizo retirar. Alcalde, comisario y prefecto se tomaron un tiempo de reflexión para buscar una solución capaz de hacer cesar todas aquellas aglomeraciones de la muchedumbre que no cesaban de aumentar.

¿Lourdes ciudad termal?.

Por aquel tiempo M. Lacadé expuso a los otros dos una idea que se le había ocurrido. Puesto que se hablaba de curaciones atribuidas al uso del agua de la fuente, lo mejor era que se investigaran las pretendidas virtudes de tal agua. Comisionaron a un farmacéutico de Trie, junto a Tarbes, para que realizase un análisis a su gusto. Este declaró que esa agua era rica en elementos minerales. Por su suavidad era recomendable para favorecer la digestión. ¡Una ganga para la ciudad de Lourdes!. Pues la fuente, situada en terreno comunal, podría ser explotada en beneficio de la ciudad en competencia con Bagnères-de-Bigorre, Cauterets y las estaciones termales de la región.

El 8 de junio, M. Lacadé dió un decreto prohibiendo el acceso a la ruta y a la fuente. Es más, puso una valla ante la gruta.

El prefecto hubiera preferido, paralelamente a estas medidas, que se alejase la causa de donde provenían todos estos efectos: Bernardita. Exigió un triple examen médico con la segunda intención de hacerla internar en un asilo psiquiático si se confirmaba los trastornos mentales. Previamente a este examen el reverendo Peyramale tuvo cuidado de reunirse con los tres médicos designados por el alto funcionario. Él les hizo saber que mientras él viviera no permitiría tocaran de Bernardita ni un solo cabello. De hecho los médicos no diagnosticaron ningún trastorno cerebral, sin excluir, no obstante, la hipótesis según la cual Bernardita podía haber sido víctima de alucinaciones, y se contentaron, para hacer valer su autoridad, con ordenarla un periodo de reposo.

Por otra parte, el 8 de agosto el alcalde recibía los resultados de un contraanálisis sobre el agua. Un eminente químico M. Filhol, profesor de la facultad de ciencias de Toulouse, declaró que el agua “no contenía ninguna sustancia activa capaz de conferirle alguna propiedad terapéutica especial”. Varios otros químicos irían confirmando estas conclusiones.

Así pues Lourdes nunca llegaría a ser una importante estación termal. A esta amarga decepción M. Lacadé puso, sin embargo buena cara. Llegó a estar presente en el derribo de la valla el 5 de octubre de 1858, ordenado por Napoleón III en persona. El acceso a la gruta y a la fuente quedó libre para todos, pero únicamente fue autorizado el culto privado, de acuerdo con las decisiones de la comisión de investigación que interrogó a Bernardita por primera vez del 17 de noviembre.

Invasión de visitantes.

Los Souvirous habían dejado el Cachot en septiembre a instancias del doctor Dozous, cada vez más inquieto por las frecuentes crisis de asma de Bernardita. El médico les había avisado de los graves peligros, no solo para ella sino para todos, de vivir en una atmósfera tan insalubre. Pocos meses mas tarde Francisco arrendó el molino de Gras, entonces vacante, situado río abajo del molino de Boly sobre el Lapaca. Retomó su antiguo oficio con energía renovada. Se puede adivinar su satisfacción por no someter a Luisa a duros trabajos fuera y la alegría de los niños de poder vivir a sus anchas. ¡Qué decir de Bernardita que gozaba de una habitación para ella sola, en la que se apresuró a colocar en el mejor sitio una estatua de la Virgen!.

La perspectiva de un próximo reconocimiento de los acontecimientos de Massabielle había acarreado el aumento de las multitudes en la gruta y también al molino de Gras. Como en el Chacot, aquello era un desfile constante de personas que venían a interrogar a Bernardita sobre las apariciones y a rogarla que intercediese por ellos en sus oraciones.

Hacía tiempo que el reverendo Peyramale había comprendido la necesidad imperiosa de poner límite a esta contante invasión de visitantes que molestaba a los Souvirous en su trabajo y no dejaban en paz a su hija. Fue a visitarles para aconsejar que adoptasen la única solución que él veía viable: Que Bernardita entrara como interna en el Hospicio. Comprendiendo lo razonable de esta medida, tanto para ellos como para su hija al final dieron su consentimiento. Bernardita sería recibida como enferma pobre. Aunque no estaba ya en la edad de escolarización estaría autorizada para seguir los cursos para perfeccionar su francés. La idea de dejar su familia, a la que ella amaba tanto, estaba lejos de entusiasmarla. A demás, pasado el mes de septiembre de 1859 tenía una razón añadida para estar más apegada a los suyos: el nacimiento de Bernardo-Pedro, su último hermanito, del cual tenía la alegría de ser madrina. Escuchando la voz de la razón se sometió con la condición expresa de que pudiera visitar a su familia e ir a la gruta dos veces por semana.

No hay tiempo muerto para Bernardita.

El 15 de julio de 1860 llega como interna al Hospicio. Va a clase algunas horas cada día. Para compensar a las Hermanas por su acogida gratuita Bernardita se ocupa de algunos servicios de enfermería junto a los enfermos. También ayudaba enseñando a leer a los más pequeños a quienes la encantaba divertir durante los recreos. Atenta y aplicada hizo rápidos progresos en francés. Hasta fue capaz, entre los años 1860-1861, de redactar breves textos bastante correctos, si bien no están del todo exentos de graves faltas de gramática y de ortografía.

Las lecciones de instrucción religiosa del reverendo Pomian que había continuado recibiendo después de su confirmación (5 de febrero de 1860) la habían ayudado a enriquecer sus conocimientos de catecismo. Cuando asistía a la misa dominical en la iglesia parroquial, o cuando oraba en la capilla del Hospicio, su rostro grave y sereno reflejaba una profunda intimidad con el Señor. Estaba persuadida que la unión con el Dios amante y misericordioso no pasa de necesidad por esa laboriosa gimnasia del espíritu sobre los Misterios de la fe que eran, para ella, las meditaciones: “Yo no se meditar”, reconocía. Sí, María había venido para enseñarle que la unión con Dios es ante todo un intercambio de amor.

Una docilidad sin condiciones.

Su obediencia a las Hermanas no falló en ninguna ocasión. Aunque le habían dado la seguridad de ahorrarle entrevistas agotadoras con tantos que deseaban entrevistarla, aceptaba, si bien con desagrado, someterse a estas solicitudes; bastaban unos toques de campanilla referentes a ella para que dejara discretamente la clase o cualquier otra ocupación en que se encontrase, para ir al locutorio. Allí se esforzaba en responder amablemente, con frecuencia varias veces al día, a las mismas preguntas que en la anterior visita y casi con los mismos detalles.

Su docilidad natural no quebraba su determinación de hacer respetar, por unos y por otros, sus derechos. A las críticas en contra suya que juzgaba inmerecidas tenía respuestas fáciles e incisivas. Si por una razón cualquiera a la Superiora se le había olvidado dejarla libre en las horas habituales de visitar a su familia o a la gruta, Bernardita le recordaba su compromiso: “Se me ha prometido”, le soltaba ella entonces sin perder compostura.

Tabaco, fresas y miriñaque.

Con las alumnas de su clase, la mayor parte más jóvenes que ella, se reveló como una buena compañera, siempre alegre y no desprovista de humor. Y, al mismo tiempo traviesa, como algunas de ellas testimoniaron más tarde.

Para dar algún alivio a sus crisis de asma el médico le había ordenado tomara tabaco. Ella lo tenía en una cajita que llevaba siempre en su bolso. Un día durante la clase había sacado esta cajita para inhalar sus efluvios benéficos. En esta ocasión había pasado a escondidas una pizca de tabaco a sus más cercanas compañeras. Siguiose una serie de repetidos estornudos y un alocado reír colectivo.

Más sabrosa, sin duda, es la anécdota siguiente: Un día de junio Bernardita seguía un curso de costura en una clase del primer piso. Por la ventana abierta Bernardita admiraba un tablar de fresas que caía exactamente debajo en el borde del huerto. Los frutos comenzaban a colorear y la fuerza del sol les hacía exhalar hasta ellas su delicioso perfume que encendía el deseo de probarlas. Como el acceso al huerto sin justos motivos les estaba prohibido, solo quedaba encontrar un pretexto para entrar allí. Bernardita gozaba de algunos minutos de recreo entre dos clases, suficientes para realizar su travesura. Segura de encontrar en Julia Garros, su vecina, una cómplice ideal, Bernardita le susurró al oído: “Voy a tirar mi zapato al jardín… tú vas a buscarlo y aprovechas para coger fresas”. Así se hizo y las dos golosas pudieron gozar de las fresas.

¿Podría alguien echar en cara a Bernardita estas travesuras de adolescentes?. Hay más, también tenía sus caprichos de coquetería: alargar su falda para darle más efecto de miriñaque, o la introducción de unas virutas en su corsé para dar mayor relieve a su busto.

El obispo en acción, el médico atónito.

El 7 de diciembre de 1860 Bernardita fue citada para el último interrogatorio ante la comisión investigadora presidida por monseñor Laurence en persona. Después de haber visto reproducir los gestos de la Virgen cuando declaró que era la Inmaculada Concepción, el obispo no pudo retener sus lágrimas de emoción. Su íntima convicción era firme. Sin embargo, se reservó un tiempo de reflexión antes de tomar una decisión que comprometía a la Iglesia. El 18 de enero de 1862 publicaba un decreto por el que se reconocía la autenticidad de las apariciones de Massabielle.

En el mes de marzo Bernardita contrajo una neumonía que la obligó a guardar cama. Los accesos de tos repetidos, asociados a un fuerte agravamiento del asma, provocaban crisis de ahogo tan violentas que la Hermana enfermera y la ayudante tenían que ponerla a la ventana para ver si allí podía respirar. Bernardita les decía entre gemidos: “¡Abridme el pecho!”. El 27 de abril por la tarde el médico la declaró desahuciada. Sus padres, llamados para que la vieran por última vez, no podían contener las lágrimas. Las Hermanas y las pensionistas del Hospicio se turnaban para rezar a la cabecera de su lecho. Al caer la tarde el reverendo Pomian vino para administrarle la Unción de Enfermos. Entonces ella abrió los ojos y con un hilo de voz que le quedaba pidió beber algunas gotas de agua de la gruta. Inmediatamente ella misma manifestó a la Hermana que la velaba: “He sentido como si una montaña se desprendiera de mi pecho”. Estaba perfectamente curada.

Al amanecer del día siguiente el médico vino a hacer la visita habitual. La Hermana que le introdujo le rogó que fuera al locutorio. Él pensó encontrar allí a la Superiora que vendría a comunicarle la muerte de la enferma. Se adivina su sorpresa al encontrarse allí con Bernardita en persona. Estaba aún débil, pero llevaba la sonrisa en sus labios, completamente libre del mal… pero no de su asma que persistía aún.

El cura y su cantería.

Una vez que monseñor Laurence había promulgado el decreto, el reverendo Peyramale no permaneció inactivo. Había comenzado una inmensa obra que iba a facilitar las reuniones en las peregrinaciones a Massabielle. El ayuntamiento cedió a la diócesis de Tarbes todo el terreno que rodeaba la gruta y el párroco adquirió por su parte diversas parcelas situadas a un lado y al otro del canal. Nombrado por el señor Obispo maestro de obras, hizo limpiar el interior de la gruta de todos los materiales acumulados allí por las crecidas del Gave. Hizo construir una pileta para recoger el agua de la fuente y poder cogerla con facilidad. Después de haber hecho desviar el canal, niveló todo el solar, lo pavimentó y construyó un grueso muro de granito para impedir los desbordamientos del río. En cuanto a la capilla pedida por la Virgen, esta sería una bella iglesia levantada sobre la roca. Primeramente se construiría la cripta que serviría de base. Francisco Souvirous iba a ser uno de los primeros obreros que manejaría el pico y la pala para allanar la superficie en la que se emplazaría la futura cripta. Sus desastrosas cualidades para los negocios le habían impedido otra vez ganarse la vida en el molino de Gras. Por ello había buscado trabajo en la obra del reverendo Peyramale.

También la amabilidad tiene sus límites.

Mientras los trabajos seguían en Massabielle, Bernardita iba completando, poco a poco, sus estudios escolares y continuaba haciendo su servicio, según las necesidades, en la enfermería o en la clase de los más pequeños. Sin embargo encontraba más embarazosas las visitas en el locutorio. Detestaba la falta de delicadeza de quienes la miraban como una reliquia viviente y querían llevarse de ella un recuerdo, por ejemplo, un mechón de sus cabellos. Habían quienes intentaban deslizar en su mano algunas monedas; al despedirse, ella las invitaba a echar esas monedas en el cepillo destinado a los pobres. A las Hermanas que le preguntaban si sufría mucho por su asma, les respondía que sus crisis no eran más penosas que todas “estas caricias”.

Fotos a diez céntimos.

Todavía tendría que soportar otra servidumbre: la de los fotógrafos. El señor cura, Peyramale, había tenido la idea de hacerle unas fotos-retratos para difundirlas por millares de ejemplares y venderlas para financiar el coste de las obras en Massabielle. En varias ocasiones Bernardita tuvo que ceder, a su pesar, a esas sesiones interminables que la molestaban particularmente. Los visitantes que habían conseguido hacerse con alguna foto le pedían las firmase. Cuando se resolvía a hacerlo se contentaba con escribir: “p.p. Bernardette” (pedid por Bernardita). Y cuando llegó a saber que estas fotos se vendían a diez céntimos (literal: dos perras) decía riéndose: “Eso es todo lo que valgo”. El gran consuelo para su corazón y su espíritu era visitar dos veces por semana a su familia y la gruta. En julio de 1863 tuvo la satisfacción de ver por fin instalada su familia en una vivienda decente. Comprado por el reverendo Peyramale, fue puesto a su disposición el molino de Lacadé por un módico arriendo.

Una imagen a precio de oro.

Si sus fotos no valían más que diez céntimos (dos perras), la imagen de la Virgen, encargada por dos ricas señoritas (señoritas Lacour, de Chasselay), iba a constar siete mil francos-oro. Iba a ser colocada en el nicho en el que la Virgen María había aparecido a Bernardita, y sería efectuada por un reputado escultor, Joseph-Hugues Fabisch. Antes de comenzar su trabajo, el artista vino a Lourdes para encontrarse con Bernardita. La formuló una serie de preguntas sobre el aspecto de la Señora, su edad, su estatura, vestido, expresión de su rostro; y también sobre sus diversas actitudes en cada una de sus visitas, de modo especial el día en que la Virgen había precisado: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Joseph-Hugues Fabisch quedó seducido por su encanto y retornó a Lyon impaciente por desbastar con su buril un bello bloque de mármol de Carrara de blancura inmaculada.

Santa Bernadette Soubirous (PARTE II)

CAPÍTULO SEGUNDO

Cuando lo invisible se revela

Más fuego para la chimenea.

A primeros de febrero de 1858 el trabajo era poco y mal retribuido. A pesar de sus esfuerzos los Soubirous apenas conseguían mal vivir. Los días sin trabajo Luisa iba a buscar en las riberas del Gave cualquier cosa de desechos dejados allá por las crecidas: huesos, chatarra o trapos… que luego vendía al chamarilero por unas monedas. También recogía palos secos de los que hacía manojos que luego vendía, después de reservar lo que ella necesitaba para su hogar.

Era lo que se disponía hacer al amanecer de aquel once de febrero de 1858, al comprobar que no tenía suficiente leña para encender su chimenea. Como era jueves, sus dos hijas estaban en casa. De pronto llegó Juana Abadíe, una amiga de ambas hermanas, apodada Baloum. Ésta propuso a Luisa que se quedara en casa para cuidar de los dos niños. Para ella sería un placer acompañar a las dos hermanas. Luisa aceptó después de recomendar a Bernardita que se arropara bien para evitar que cogiera frío.


Entre Gave y la roca.

La calle de los Petits-Fossés resonó con el golpeteo de las almadreñas de las tres muchachas y de su alegre conversación. Éstas siguieron el camino a lo largo del canal de Savy que atravesaron para ir a la confluencia del canal con el Gavy, a terrenos comunales donde estaba permitido a los pobres recoger leña. Llegaron allá frente al roquedo de Massabielle, horadado por diversas cavidades, entre ellas, al nivel del suelo, una amplia gruta y en su parte superior un nicho ovoide en cuya base había arraigado un escaramujo. Las niñas estaban separadas de la gruta por el canal detrás del cual había una banda de arena y grava. Las tres muchachas vieron trozos de leños secos sobre la grava y en la gruta algunos restos óseos. Con un mismo impulso lanzaron sus almadreñas a la otra orilla. Sujetando con una mano la cesta y con otra la falda y las enaguas recogidas Toñita y Baloum atravesaron el cauce. Bernardita presta para seguirlas se detuvo para quitarse las medias y así volver a ponérselas y tener los pies calientes cuando llegara a la tierra seca. Las otras dos ya se habían puesto a la faena.

De la sorpresa al embeleso.

Bernardita oyó de pronto un ruido de viento. Su mirada fue atraída hacia la oquedad de donde parecía provenir. Según atestiguó, entonces vio “un remolino de zarzas que iban y venían… mientras que nada se movía alrededor.” En el interior del nicho vio una claridad sobrehumana en cuyo seno apareció una “señora que parecía muy joven,” poco más o menos de su misma estatura (un metro cuarenta). Vestía “una túnica blanca, un cinturón azul y una rosa amarilla en cada pie.” Llevaba “un velo blanco que le cubría la cabeza y descendía a lo largo de la espalda y los brazos, casi hasta el borde de la túnica”.

En un primer momento Bernardita tuvo impresión de miedo, mezclado con una cierta desconfianza de sí misma. “Tuve miedo, me eché atrás. Quise llamar a las dos niñas, pero no tuve fuerza para ello. Creyendo estar frente a una ilusión me froté los ojos, pero en vano, yo siempre veía a la misma señora.” No podía por una parte contenerse en admirar a aquel bello rostro de mirada limpia e iluminado por una dulce sonrisa. Más ¿esto venía de Dios?. Para asegurarse Bernardita sacó su rosario. Si la señora venía enviada por el “espíritu malo” se desvanecería nada más decir Dios te salve María. Sus temores desaparecieron cuando la vio hacer la señal de la cruz con gran respeto, y más aún, rezando como jamás había visto. Bernardita comenzó a recitar su rosario. La señora tomó el suyo cuyas cuentas se deslizaban una tras otra entre sus dedos. (nota del traductor: la Virgen únicamente se unía a la oración cuando decían el Gloria al Padre…). Unos instantes después la visión se había desvanecido y con ella la nube luminosa que la rodeaba.

Bernardita continuaba aún arrodillada, las manos juntas y la mirada fija en el nicho, el rostro extremadamente pálido. Era precisamente cuando Toñita y Baloum, que se habían alejado buscando la leña, retornaban frente a la gruta. Habían hecho sus haces y tenían en el suelo la cesta semi llena de restos. Al ver a Bernardita en actitud orante, con los ojos fijos en la roca, las dos echaban en cara que pasara el tiempo rezando en lugar de ayudarlas. Pero la palidez de su rostro asustó a Toñita, que llena de miedo se lo hizo advertir a Baloum. Ésta le replicó: “Si estuviera muerta, estaría tumbada ”.

Dilo en secreto y se enterarán todos.

Vuelta en sí, Bernardita se quitó la segunda media se arremangó la falda y el delantal y atravesó a su vez el canal. Volvió a ponerse las medias y las almadreñas y se puso a rebuscar algunas ramas secas de árbol para hacer también su haz.

El toque del ángelus de la torre de la iglesia hizo que las niñas volvieran a la realidad: era mediodía y debían darse prisa para volver. A lo largo de todo el camino Bernardita permanecía silenciosa espiando con el rabillo del ojo a las otras dos, intentando observar si algo las traicionaba, en la hipótesis de que ellas también hubieran visto a la señora. Al fin no pudo por menos de preguntar:

-¿No habéis visto nada?.

- No. Y tú ¿has visto alguna cosa?.

- ¡Oh, no!. Si vosotros no habéis visto nada yo tampoco he visto nada.

Esta sencilla pregunta de Bernardita fue suficiente para avivar la curiosidad de Toñita y de Baloum, decididas a saber lo que fuera: Pues Bernardita había visto algo.

La una era su hermana, la otra su amiga. Ellas debían saberlo. ¡Prometido, jurado!. Ellas guardarían el secreto sólo para ellas.

Bernardita se dejó convencer. Les invitó a hacer un alto en el camino. Todo oídos, se prepararon a escuchar el secreto que Bernardita les iba a desvelar. Entonces les declaró que ella había visto a una bella y joven señora vestida de blanco con un cinturón azul y una rosa amarilla en cada pie. Y, que tenía muchas ganas de volver a verla.

Se pusieron de nuevo en camino a toda prisa. Pocos instantes después las dos hermanas dejaron a Baloum y entraron en el Cachot. A pesar de su promesa, Toñita no pudo contener su lengua y reveló a su madre el secreto de su hermana. Luisa no disimuló su disgusto: “¡Pobre de mí!. ¿Qué es lo que dices?”. Y dirigiéndose a Bernardita que permanecía en silencio: “Son tus ojos que te han engañado, será que has visto alguna piedra blanca ”.

- No, -replicó Bernardita con firmeza. –Ella tiene una hermosa figura.

Pero su madre concluyó: “Debemos rezar a Dios, quizás sea el alma de alguno de nuestros parientes que está en el purgatorio”.

Lo divino se refleja

La Señora que había visto Bernardita no era fruto de su imaginación ni el alma en pena de algún familiar. Del once de febrero al dieciséis de julio de 1858 la aparición volvería dieciocho veces al nicho que cobijaba la ruta de Massabielle. A la mañana, muy temprano, Bernardita presentía esa llamada que la empujaba a volver a la banda de arena y grava que separaba el canal de la roca. Cuando llega frente a la ruta encendía el cirio que llevaba en una mano y con la otra cogía su rosario, se arrodillaba y oraba en silencio. Algunos instantes después, la Señora aparecía envuelta en su claridad luminosa. (no siempre que iba veía a la Señora y a veces tardaba en aparecer) El rostro de Bernardita se cubría de una palidez extrema, pero iluminada por una sonrisa radiante, sus ojos permanecían fijos en el nicho, su cuerpo inmóvil permanecía insensible a todo fenómeno exterior. No manifestaba ninguna reacción ni aún si era pinchada con agujas o si la llama del cirio llegaba a lamerle la mano. Después que la Señora desaparecía Bernardita recobraba sus colores, se ponía de pie y se iba sin cuidarse de las reacciones de admiración hacia ella de los asistentes, cada día más numerosos.

Esta conducta de Bernardita, que se hizo ritual, tuvo algunas excepciones. En efecto, sucedió a veces que por gestos o palabras se comunicó con algunos o algunas de los asistentes que la rodeaban. Incluso un día la Señora la pidió que fuera a beber de la fuente. Se la vio ir a buscar el lugar donde debía encontrar aquella fuente, penetrar en la gruta y ponerse a excavar en la tierra, tomar en sus manos un poco del agua que acababa de brotar para beber y lavarse la cara con ella.


El mensaje que debía transmitir.

Antes y después que Bernardita descubriera la fuente, la Señora le había hablado en varias ocasiones. Le había dado consejos personales para ella y le había confiado un mensaje que debía transmitir al mundo, y ciertos encargos dirigidos al clero.

Por último la Señora le había dado su nombre:

- “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

¿Cuáles son los puntos esenciales de este mensaje?:

- Hacer penitencia por la conversión de los pecadores.

- Venir a la fuente y lavarse en ella.

- Decir a los sacerdotes que construyesen una capilla a la que se debía venir en procesión.

A su mensajera la Madre de Dios le había manifestado: “Yo no te prometo la felicidad de este mundo, sino la del otro”.

¿Algunos elementos para la reflexión?. La penitencia es, ante todo, la aceptación, en unión con los sufrimientos de Cristo, de todas las penalidades y dificultades de la vida.

La conversión de los pecadores es, evidentemente, la de cada uno de nosotros, consistente en el abandono total y confiado en un Dios desbordante de amor y de misericordia.

Ir a beber a la fuente, imitando a Bernardita, y lavarse en ella, consiste en desembarazarse de todos los obstáculos personales o exteriores que nos ocultan esa agua viva que es Jesús, manantial del que surge para nosotros la Luz del Mundo simbolizada por el cirio encendido que portaba Bernardita. Construir una capilla es, para cada uno de nosotros, vivir como auténticos miembros de la Iglesia. Venir en procesión significa reunirnos, mezcladas todas las naciones, para venir a expresar nuestra una y misma fe.

Si María se definió como “la Inmaculada Concepción” fue para darnos seguridad de su poder de intercesión cerca de su Hijo. Ella a quien el pecado jamás ha afeado, nos abre sus brazos de Madre. Nos promete guiarnos en nuestro camino de conversión y sostenernos en nuestras luchas para orientarnos hacia ese otro mundo, donde como a Bernardita se nos promete la verdadera dicha. Allí donde “Cristo basta”.

Bernardita hace frente

Vivir tales acontecimientos no le fue fácil a Bernardita. Al principio sus padres le prohibieron las visitas a la ruta. Ellos, sin embargo, conocían bien a su hija. Esta tenía tan firme franqueza que la hacía ser incapaz de la menor mentira, y era bastante lúcida para no dejarse engañar por su imaginación. Tampoco era posible, dada su sencillez y reserva, que ella misma hubiera preparado cuidadosamente una puesta en escena para atraer la atención. Por otra parte, comprendían su determinación a obedecer a las órdenes de la Señora, que ellos presentían como venidas de parte de Dios. Suficiente motivos para que desde los primeros días estuvieran dispuestos a levantar su prohibición.

En la escuela Bernardita aguantó sin jamás molestarse por las burlas de algunas de sus compañeras y la incredulidad de las religiosas que la exhortaban a poner fin a sus carnavaladas. Hubo de soportar repetidos interrogatorios de los gendarmes, del juez, del procurador, del alcalde. Los afrontó sin perder nunca su mesura, con una firmeza jamás desmentida. Cuando uno u otro la amenazaban con meterla en la cárcel si rehusaba retractarse, tenía una respuesta inmediata: “¡Tanto mejor!. Así gastaré menos a mi querido padre. Y en la prisión ustedes vendrán a enseñarme el catecismo”. O bien les decía también que procuraran que la puerta de la prisión fuera muy sólida para impedir que se escapara.

El clero reflexiona.

El comportamiento del clero local con Bernardita no fue demasiado espectacular. El párroco de Lourdes, el reverendo Peyramale, guardaba una sabia reserva. Escuchaba atentamente los testimonios de los que habían asistido cada día a las “apariciones” sin manifestar jamás su punto de vista. Prohibió a los tres coadjutores hacerse presentes en el lugar para evitar garantizar los hechos con su presencia. Sin embargo, uno de ellos, el reverendo Pomiam, cepellán del Hospicio, que había oído a Bernardita en confesión, la dejó en libertad para responder a las llamadas de la Señora.

La primera vez que Bernardita fue en nombre de la Señora a pedir al reverendo Peyramale que construyera una capilla, él lanzó un desafío a la hermosa desconocida: “Si, como decía, venía del cielo, que hiciera florecer en febrero, el rosal silvestre que había en el nicho”. Y que ella revelara su nombre. En este caso él crearía a Bernardita y su relato, y obedecería las órdenes que le transmitiera a través de Bernardita.

La incredulidad del reverendo Peyramale iba dejando lugar después de cada visita de Bernardita a otros pensamientos menos desfavorables.Apreciaba su franqueza, su fe todavía intuitiva, pero sólida. Conocía la falta de egoísmo de sus padres y su rechazo, a pesar de su indigencia, de aceptar favores, ni en dinero ni en especie. Sabía que Bernardita no tenía, en modo alguno, apego al dinero.

No, nada atraía a Bernardita: ni el hacerse notar, ni el provecho, ni la vida fácil. ¿Cuál era su único deseo?. Permanecer en su mísero Chacot al calor del amor de su familia y recobrar su retraso escolar y catequético en el hospicio.

Los signos hablan.

El reverendo Peyramale tenía sin duda un maravilloso conocimiento de Bernardita y podía apreciar sus cualidades. Comprobaba, por otra parte, los efectos positivos que los acontecimientos de Massabielle obraban sobre sus parroquianos: mayor espíritu de oración, una vida más acorde con el Evangelio, restitución de bienes, reconciliaciones mutuas, asistencia más regular a la misa y actos piadosos, confesiones y comuniones más numerosas… ¡Oh, si al rosal se le ocurriera florecer y si la Señora se dignase a manifestar su identidad!. ¡Él no tendría inconveniente para salir de su reserva!. Pero los tallos del arbusto, rehusando salir de su letargo invernal, permanecían tristemente desnudos. Una buena lección para recordar al cura que la obra de Dios también se desvela a su hora.

Y esta hora había llegado: El 25 de marzo, como se sabe, la Señora por fin iba a responder a las solicitaciones de Bernardita y nombrarse como a sí misma como la “Inmaculada Concepción”. El señor párroco sorprendido, casi sin poderlo creer, se convenció entonces de la veracidad de los relatos de Bernardita y escribió a su obispo rogándole nombrara una comisión de estudio. Esta se nombró el 17 de noviembre de 1858.

Dejémosle a esta comisión estudiar en su corazón y en su conciencia los hechos, gestos y palabras de Bernardita y realizar la investigación a la luz de los testimonios más diversos y más serios.

La muchedumbre ora.

Volvamos ahora a aquel periodo posterior al 25 de marzo. Bernardita no había vuelto a ver a la Señora más que el 2 de abril, miércoles de Pascua, y el 16 de julio día de su último adiós. Fuera de estas dos fechas no volvió a Massabielle, dedicándose a su trabajo escolar y a la preparación de la primera comunión que hizo el 3 de junio en la capilla del Hospicio. A pesar de su ausencia las muchedumbres iban aumentando constantemente: acudían de Lourdes, de Bigorre y hasta algunos del extranjero. Estos peregrinos espontáneos manifestaban su amor a María Inmaculada y le confiaban sus penas. Cogían agua de la fuente y la bebían. Se habló también de milagros: así hubo alguien que recobró la forma primera y la movilidad de su mano rígida, hubo un muchacho paralítico que de pronto comenzó a caminar, un ciego cuyos ojos se abrieron a la luz.

Sí, María estaba presente en Massabielle, todos aquellos que se reunían allá en silencio o para cantar cánticos estaban convencidos de ello, aún antes de conocer las conclusiones de la comisión. La piedad popular había colocado sobre un pequeño altar una Virgen de yeso y otros objetos: imágenes de santos, rosarios, floreros y, delante del nicho, un velero de madera hecho por el carpintero. A fin de hacer el lugar más accesible los canteros habían condicionado el áspero sendero que conducía por arriba a la entrada de la ruta y le habían arreglado en zig zat para suavizar la pendiente. Delante de la ruta habían preparado un espacio más cómodo y construido una pileta para facilitar la toma del agua.

Massabielle había llegado a ser un espacio privilegiado para expresar la fe y la confianza en su Madre de todos sus hijos de la tierra.

Santa Bernadette Soubirous (Parte I)

BERNARDITA

1844-1879

Su historia

por

Françoise Bouchard



Prefacio


Una fuente al pie de la roca

Peregrino venido en grupo o aislado a Lourdes, ¿quién no ha sentido una viva emoción ante la ruta de Massabielle?. ¿Quién mientras ora al pie de esa estatua de mármol blanco no ha sentido la presencia, siempre actual de la Inmaculada Concepción? ¿Quién, mientras le expone sus anhelos, no estaba convencido de que su corazón de madre le había escuchado?.

Pues bien, sin Bernardita, no tendríamos Lourdes. Ella escarbó para nosotros en la arena esta fuente al pie de la roca. Ella nos invita a despojarnos de todo lo que nos impide descubrir la fuente que da vida. Ella nos exhorta a marchar hacia ese “otro mundo” iluminado por la verdadera luz.

Descubramos aquí los tiempos fuertes de esta vida de simplicidad para marchar a continuación por el camino que conduce a Jesús por María.


CAPÍTULO PRIMERO

Un solo corazón

El primer fruto del amor.

Bernardita nació el domingo 7 de enero de 1844 en Lourdes. Su padre, Francisco Soubirous, era de profesión molinero en el molino de Boly. Ganaba honradamente su vida junto a Luisa Castérot, su esposa quien le ayudaba en su trabajo.

A pasar de la diferencia de edad, Francisco 37 y Luisa 17 años, habían contraído el año precedente un verdadero matrimonio de amor, un privilegio más bien raro en aquella época.

La venida al mundo de su primer bebé, un año después de su matrimonio, les colmó de felicidad. Era una nena a quien dieron el nombre de María Bernarda, familiarmente Bernardita.

La cuna vacía.

Bernardita tenía exactamente diez meses cuando un fallo en la salud obligó a Luisa, de nuevo en cinta, a interrumpir su lactancia (el destete tenía lugar, entonces, a los dos años). Con gran pesar de todos fue confiada a una nodriza, María Lagües, que vivía en Bartrés, pueblecito situado a cuatro kilómetros de Lourdes. Cumplidos los dos años pudieron al fin sus padres hacer que retornara a Lourdes. Su vuelta atenuaría la pena causada por la muerte de su segundo hijo, dos meses después de su nacimiento. Toda la familia de los Casterot participó de esta alegría, especialmente Bernarda, la feliz madrina, que no paraba de decir: “¡Me conoce igual que a su madre!”. Esta alegría del reencuentro se vio acentuada por el nacimiento, unos meses más tarde, de María-Antonia, llamada Toñita, a quien seguiría, en 1851 Juan María.

Un fracaso anunciado.

Por diversos motivos el negocio del molino de Boly fue, poco a poco, de mal en peor: Francisco y Luisa, sin instrucción, no llevaban ninguna contabilidad. Olvidaban las deudas de sus clientes, a quienes en lugar de reclamarles decían con frecuencia: “Ya pagaréis cuando podáis”. Al molino no llegaba el dinero. Por otra parte, Luisa tenía siempre puesta la mesa para las mujeres que habían llevado su talega de trigo para moler, y esperaban su molienda. Cuando ellas partían, con frecuencia habían gastado más que lo que habían pagado.

Además las muelas se desgastaban con el uso. Sucedió que estando picándolas para rehacer los surcos, le saltó un trocito al ojo del que quedó lesionado dificultándole la visión para toda su vida. Los cedazos estaban agujereados y, no teniendo fondos para reponerlos, suministraba, a su pesar, una harina de calidad inferior. Además las molturadoras industriales que se iban instalando en todas partes de aquella comarca, constituían para los molinos tradicionales una competencia insuperable. Un conjunto de motivos que conducirían a los Soubirous a la ruina.

Solidarios en el esfuerzo.

En 1854 los Soubirous dejaron el molino. Bernardita tenía diez años y padecía desde hacía algún tiempo fuertes crisis de asma. Francisco se convirtió en un brassier a jornal (bracero o peón cuyo único medio de trabajo son sus brazos), especialmente en la panadería de Maisongrosse o como cochero con Cazenave, bien transportando a los viajeros o llevando a la cuadra los caballos para el pienso.

Por su parte Luisa, dependiendo de los encargos, hacía la limpieza, la colada, cosía, etc., y en el buen tiempo trabajaba en el campo. No interrumpió estas actividades sino por breve tiempo después del nacimiento en febrero de 1855, del pequeño Justino a quien Bernardita llevaba a los lugares de trabajo de la madre en las horas de darle el pecho.

En otoño de 1855 sobrevino en Lourdes una epidemia de cólera. Bernardita, la más débil de la familia, fue alcanzada por ella. Se repuso pero durante toda su vida padeció trastornos gástricos.

Como la cosecha de cereales fue mediocre, la hambruna se extendió durante el 1856. De ello resultó para los Soubirous una disminución de encargos e ingresos, y lógicamente grandes dificultades para subsistir.

Bernardita tenía una fe auténtica. Aunque no manifestaba signos llamativos de piedad, sabemos que ella pasaba frecuentemente las cuenta de su rosario que guardaba discretamente en su bolsillo. Al caer de la tarde le gustaba recitar la oración en familia. Y le sucedió también que a veces había de obligar a Juan María, que estaba acostado, a levantarse para unirse a ellos. Antes de irse a la cama animaba a Toñita para rezar con ella el Ave María. Su fe consistía esencialmente en la unión íntima con Dios, pero cada día sentía más y más necesidad de fortificar y alimentar esa fe con la recepción de la Eucaristía.

Bernardita iba a cumplir trece años. Pero todos sus deseos, tan legítimos por lo demás, iban de pronto a quedarse en puros sueños. Pues los tiempos eran duros, cada vez más duros. Y en casa de los Soubirous, las bocas demasiado numerosas.

Tía Bernarda propuso entonces a los padres de Bernardita llevársela a su casa hasta la primavera para que, al menos, matara el hambre. Y, en efecto, allá no le faltó nada. Pero no fue sin compensación. Debió cuidar de sus primos, hacía la limpieza, cosía. Ayudaba a su tía en la cantina que tenía. Así, volvió a su casa cinco o seis meses más tarde sin haber ido ni a la escuela ni a la catequesis.

Los asuntos de los Soubirous no se arreglaban y llegaron al punto de no poder pagar el alojamiento. Molesto por sus repetidos atrasos, el propietario les notificó el desahucio.

Todos al “Cachot” (calabozo).

Helos así, al final hacia el final de 1856, a todos en la calle, sin trabajo seguro ni un fiador para pensar en un nuevo arriendo.

Durante el breve plazo que se les había concedido, Francisco Soubierous buscó en vano un lugar de repuesto, por modesto que fuese, para albergar a los suyos. Desesperado de conseguirlo aceptó la propuesta de un primo: Una pieza única de tres metros por cuatro en la calle Petits-Fossés, que daba a un patio interior donde él depositaba el estiércol de sus gallinas. Era el Cachot, así llamado por haber servido de prisión, y abandonado por razón de su insalubridad. Así el viejo molinero, apreciado por todos iba a tener que refugiarse con su familia en un tugurio, juzgado con razón demasiado malsano para los malhechores, ¡ un lugar bien poco favorable para la salud tan delicada de Bernardita!.

Francisco continuaba trabajando en Maisongrosse et Cazenave. Luisa dependía de los encargos, en cuyo caso recaía en Bernardita el cuidado de todos sus hermanitos.

No obstante los esfuerzos de unos y otros la vida era muy dura en el Cachot. Así, cuando al final de la primavera de 1857 María Lagües, la nodriza de Bartrés, vino a pedir a los Soubirous que fuera Bernardita a su casa para guardar el rebaño durante el verano, ellos aceptaron la proposición. Aun con el disgusto de tener que separarse de ella, pensaron que en la granja tendría una alimentación más abundante y de mejor calidad; además el aire de Bartrés sería más sano para Bernardita que la atmósfera sin ventilación del Cachot.

Lo prometido, se cumple.

A finales de junio de 1857, Bernardita marchó a Batrès como pastora. Por la mañana, antes de partir hacia los pastizales, y por la tarde, después de haber recogido el ganado en el aprisco, ayudaba a la criada en el cuidado de los niños y en el arreglo de la casa. Tal ritmo de vida no le permitía seguir una catequesis regular con los demás niños del pueblo, tal y como María Lagües se lo había prometido. Bernardita no le ocultó su descontento. María Lagües, sintiendo algún escrúpulo, intentó a su modo remediarlo. Por las tarde, ya anochecido le leía en un viejo manual las lecciones que Bernardita debía repetir varias veces, pero de las que no recibía explicación. Esta desastrosa pedagogía, tan poco atrayente y al par exigente, desconcertó a Bernardita incapaz de exigir a su poco ejercitada memoria este esfuerzo, por lo que la desacertada experiencia no pudo continuar, suscitando, más bien, mutua irritación.

Pasado el verano Bernardita no fue autorizada en dejar la granja, y llegado el comienzo del nuevo curso, María Lagües no le permitió tampoco ir a la escuela.

Bernardita soportaba pacientemente el carácter autoritario de su nodriza y las difíciles condiciones de su trabajo, no conformes a lo convenido con sus padres. Pero se rebelaba contra la frustración de sus legítimos derechos de asistir a la escuela y a la catequesis. Procuraría poner fin a esta situación, ya que su estancia, fijada inicialmente hasta el final del verano, se iba prolongando indefinidamente.

Un domingo de enero de 1858 obtuvo de María Lagües autorización para ir a ver a sus padres. Una vez en casa les hizo sabedores de las razones por las que rechazaba volver a Bartrès, y consiguió convencerles. Así el 28 de enero de 1858 se encontraba de nuevo en el estrecho e insalubre Cachot.

Una alumna que no descuida sus deberes.

Bernardita fue inscrita en el hospicio, en la escuela de las Hermanas de la Caridad de Nevers, donde también acudía regularmente Toñita. (estas religiosas tenían en Lourdes un asilo para ancianos y enfermos sin recursos. También un colegio para niñas). Mostró muy pronto su empeño para recuperar su retraso en la lectura, escritura y cálculo, y dio pruebas de su particular disposición para los trabajos de costura. De una obediencia sin falta con las Hermanas, era siempre amable con las compañeras. Dotada de agudeza en las réplicas, encontraba ocasiones para agradar. Dos veces por semana el P. Pomian, uno de los tres coadjutores del reverendo Peyramale, éste párroco de Lourdes, daba los cursos de catequesis a las alumnas del hospicio. Su juicio sobre los conocimientos de Bernardita en esta materia fue categórico: “En doctrina, tabla rasa ”… .

Los jueves, día de asueto semanal, y los días en que su madre trabajaba, la reemplazaba en el Cachot en lo referente a la cocina y la limpieza. Con sus hermanos, a su cuidado entonces, se ponía a prueba su mucha paciencia y su gran disponibilidad. Tenía arte para entretenerles, divertirles y consolarles en sus penas. Pero no le faltaba por otra parte firmeza cuando era necesaria y sabía hacerse obedecer y comprender de Toñita, a quien impedía irse a corretear con las rapazas del barrio como le gustaba hacer.