viernes, 15 de mayo de 2026

Domingo de la Ascensión del Señor a los Cielos - Mt 28, 16-20 «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días».

 

Domingo de la Ascensión del Señor a los Cielos

Domingo VII del Tiempo Pascual, Ciclo A

Mt 28, 16-20 «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días».

En la última página

se descubre el sentido del camino.

La última página de un libro nunca es un simple añadido. Un buen autor la trabaja con cuidado, porque en ella se recoge el fruto de todo lo anterior; el punto de llegada, la meta hacia la que avanzaba la obra desde el comienzo. Por eso conviene escuchar con especial atención los cinco versículos del Evangelio según san Mateo que la liturgia nos propone hoy. Son, nada menos, las últimas líneas de su evangelio: el cierre de la historia visible de Jesús en este mundo (cfr. Mt 28, 16-20).

Y, sin embargo, ahí aparece una sorpresa. Estos versículos no funcionan solo como conclusión. Son también una puerta abierta. Termina una etapa de la historia de Jesús, sí; pero comienza otra. O, dicho con más precisión, empieza la segunda parte de esa misma historia: la que el Resucitado continúa realizando con sus discípulos.

La Ascensión no clausura la historia:

la pone en nuestras manos.

Esa segunda parte es nuestra historia: Es la historia de la Iglesia. La Ascensión que celebramos hoy marca el punto de paso entre ambas etapas: de la presencia visible del Maestro a la misión confiada a los discípulos. Es el momento del relevo, la entrega de una responsabilidad.

No se trata de que Jesús desaparezca y deje a los suyos arreglándoselas como puedan, como quien dice: “Ahí os quedáis, que yo ya he hecho mi parte”. No. El Resucitado inaugura una presencia nueva y, al mismo tiempo, confía a los suyos una tarea. En estos cinco versículos vamos a escuchar qué nos pide y cuál es la misión que ha puesto en manos de quienes creemos en Él.

A diferencia de Lucas y de Juan, que relatan manifestaciones del Resucitado en Jerusalén, el día de Pascua y también ocho días después, Mateo concentra todo en un único encuentro. Y ese encuentro no sucede en Jerusalén, sino en Galilea. Más aún, tiene lugar en un monte.

Así lo había indicado el Resucitado al manifestarse a las mujeres en la mañana de Pascua: ellas debían comunicar a los discípulos que fueran a Galilea, porque allí lo verían (cfr. Mt 28, 10).

Para Jesús,

el fracaso no borra la fraternidad.

Hay un detalle profundamente conmovedor en esa indicación: Jesús llama a los discípulos “sus hermanos”. No los define por su cobardía, ni por su fuga, ni por su negación. Lo habían abandonado. Habían escapado. Pedro, incluso, había jurado y maldecido para desvincularse de Él. Y, sin embargo, para Jesús siguen siendo hermanos.

Ahí se nos revela algo decisivo del corazón del Resucitado. El pecado de los discípulos es real, su miedo también, su incoherencia no queda maquillada. Pero la última palabra no la tiene su fracaso. La última palabra la tiene la fidelidad de Jesús. Él no rompe la fraternidad con los suyos, aunque ellos hayan roto, por miedo, tantas cosas.

Y ahora podemos preguntarnos: ¿por qué Mateo no nos cuenta las apariciones del Resucitado en Jerusalén y, en cambio, nos conduce a Galilea? ¿Qué tiene Galilea de decisivo? ¿Por qué los discípulos, para verlo, deben subir a un monte? Y todavía más: ¿de qué monte estamos hablando?

La primera comunidad nace herida,

no perfecta.

«En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado».

Estos cinco versículos son muy importantes; por eso conviene mirarlos despacio, casi palabra por palabra. Lo primero que llama la atención es el número: son once los discípulos que van a Galilea. Deberían ser doce, pero falta uno. Judas se ha apartado.

Judas había llegado a ver en Jesús a alguien peligroso, un agitador que desmontaba las seguridades religiosas de su pueblo. Por eso lo entregó a la autoridad religiosa, para que lo quitaran de en medio. Tal vez ese fue uno de los dolores más hondos que Jesús tuvo que cargar; no haber logrado alcanzar y transformar el corazón de Judas.

¿Y quiénes son los otros Once? Miremos bien de qué está formada la primera comunidad cristiana. Son personas, sin duda, enamoradas de Jesús de Nazaret; pero también son frágiles, muy frágiles. Gente que huye, que niega, que maldice, que cree a medias y duda a medias; personas que unas veces se fían y otras veces se repliegan. Vamos, una comunidad bastante parecida a las nuestras, solo que sin grupos de WhatsApp para complicarlo todo un poco más.

Jesús se lo había dicho más de una vez; sois gente de poca fe. Es decir: me queréis, sí; os sentís atraídos por mí; hay algo de mí que os ha conquistado. Pero todavía no me entregáis vuestra vida entera.

Cuando alguien ama de verdad, no se queda mirando desde la distancia. El amor, cuando madura, implica la vida. El esposo une su camino al de la esposa; entrega su existencia, la vincula a la del otro. Eso es lo que Jesús echa en falta en los suyos: le quieren, pero aún no se atreven a poner toda la vida en sus manos.

Galilea es volver al lugar

donde comenzó el amor.

El lugar de la cita con el Resucitado es Galilea. ¿Por qué precisamente Galilea? Porque en Galilea empezó todo. Allí encontraron los discípulos a Jesús de Nazaret; allí comenzaron a conocerlo; allí empezó a despertarse en ellos el amor por Él. Cuanto más lo trataban, más se sentían atraídos por su persona.

Galilea representa el lugar del primer encuentro, el espacio donde se descubre al Maestro. Casi toda la vida pública de Jesús se desarrolló en torno a aquel lago. Hubo, ciertamente, algunos pasos por Judea y por Samaría, pero el corazón de su misión pública latió en Galilea.

Ir a Galilea, por tanto, no significa simplemente desplazarse a un punto del mapa. Significa regresar a la experiencia fundante. No podemos comenzar la segunda parte de la historia de Jesús si antes no hemos pasado por esa primera experiencia: conocerlo, escucharlo, mirarlo actuar, descubrir en su rostro el rostro del Dios verdadero.

Y no solo eso. En Jesús contemplamos también la belleza del hombre nuevo, del bienaventurado, de aquel que vive como Dios sueña al ser humano. Si no hemos descubierto esa belleza, todavía no estamos preparados para participar en la continuación de su historia.

Esto se nos dice también hoy a nosotros. También nosotros estamos llamados a construir con Él la segunda parte de la historia de Jesús. Pero antes hemos de ir a Galilea. Es decir, hemos de pasar tiempo con Él, dejarnos educar por su palabra, entrar en su modo de mirar, hasta llegar a enamorarnos de verdad. Solo entonces podremos acoger la misión que el Resucitado confía a la comunidad de sus discípulos.

No basta conocer a Jesús:

hay que encontrarse con el Resucitado.

¿Y cómo comienza esta segunda parte? Comienza con el encuentro con el Resucitado. No basta haber conocido a Jesús de Nazaret, sino que también es necesario descubrir también hacia dónde conduce una vida entregada por amor. Es necesario contemplar qué ocurre con quien se da totalmente.

Subir a un monte

Para ver al Resucitado, nos dice Mateo, hay que subir al monte. Pero no a cualquier monte, sino al monte que Jesús había indicado. ¿Cuál es, en el Evangelio según san Mateo, el monte al que Jesús conduce a sus discípulos? Es el monte de las bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 1-12).

Antes de ver al Resucitado, los discípulos deben pasar por las bienaventuranzas. Y esto es decisivo. Si queremos ver al Resucitado, hemos de dejarnos implicar por su propuesta de vida. Hemos de entrar en la experiencia del hombre nuevo que Él nos ofrece.

Quizá nosotros pensamos a veces de otra manera. Tal vez alguien diga: “Primero demuéstrame que Jesús ha resucitado; dame pruebas verificables de que quien entregó la vida acabó bien. Y entonces, quizá, me plantee vivir como Él”. Es una postura comprensible, muy nuestra: queremos garantías antes de arriesgar. Nos gustaría una póliza espiritual con letra grande, sello oficial y devolución asegurada.

Pero el camino del Evangelio va en sentido contrario. Primero se sube al monte. Primero se acogen las bienaventuranzas. Primero se empieza a encarnar esa forma nueva de vivir. Y solo entonces los ojos comienzan a abrirse.

Las bienaventuranzas limpian la mirada

para reconocer al Viviente.

Solo quien entra en la lógica de Jesús descubre que su camino es verdadero y hermoso. Solo entonces puede reconocer hacia dónde ha ido el Crucificado: a la gloria del Padre. Y puede comprender también cuál es el destino de quienes le entregan la vida y viven las bienaventuranzas como Él las vivió.

Si nuestros ojos están empañados por el apego a los bienes de este mundo, si retenemos para nosotros los dones que Dios ha puesto en nuestras manos y no los compartimos con los hermanos, difícilmente podremos ver al Resucitado. No porque Él se esconda, sino porque nuestra mirada queda demasiado ocupada en otras cosas.

Solo quien sube al monte

aprende a mirar.

«Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron».

Los Once han subido al monte y esto significa que son aquellos que han acogido las bienaventuranzas propuestas por Jesús. Y ahora, precisamente allí, se encuentran en condiciones de ver al Resucitado. Los ojos se abren solo a quienes han aceptado subir al monte.

Aquí aparece un detalle que nos sorprende: algunos dudan. Y uno podría preguntarse: ¿cómo es posible que duden si lo tienen delante? El Resucitado está ahí, ante sus ojos. Pero conviene prestar mucha atención: Mateo no está simplemente narrando un hecho material; nos está ofreciendo una catequesis.

La resurrección no se verifica con los sentidos. El Resucitado no puede ser visto con estos ojos materiales ni tocado con estas manos como se toca una mesa, una piedra o el banco de la iglesia que, dicho sea de paso, a veces se nota más que la fe cuando la homilía se alarga.

Al Resucitado se le reconoce

con ojos de creyente.

La mirada capaz de ver al Resucitado es la mirada del creyente, del enamorado por el Señor. Y esa mirada se concede a quien ha subido al monte, es decir, a quien ha acogido y vive las bienaventuranzas de Jesús de Nazaret.

Mateo nos está diciendo algo muy serio; quien no pone sus bienes al servicio del pobre, quien no es manso, quien no se compromete a construir la paz, nunca verá al Resucitado. No porque el Resucitado no esté vivo, sino porque esa persona todavía no ha entrado en el modo de mirar que permite reconocerlo.

Y es precisamente ante esta elección donde comienzan las dudas, las vacilaciones, los temores. Los discípulos han visto hacia dónde conduce la vida de Jesús de Nazaret: ha sido acogida en la gloria del Padre. Y, sin embargo, siguen apareciendo resistencias a entregarle la vida por completo.

También nosotros lo conocemos bien. Nos cuesta dar el paso definitivo porque tememos perder algo. Nos asalta la sospecha de que, si vivimos pensando en los demás y no solo en nosotros mismos, quizá un día nos quedemos con la sensación de no haber disfrutado bastante. Nuestro corazón, a veces, hace sus cuentas como un pequeño comerciante asustado: “¿Y si doy demasiado? ¿Y si luego me falta? ¿Y si al final los listos eran los egoístas?”. Ahí empiezan nuestras dudas.

La fe no elimina las dudas:

las atraviesa amando.

Lo hermoso es que Jesús no se escandaliza de nuestras dudas ni de nuestras incertidumbres. Son naturales. Más aún, si no tuviéramos ninguna duda, tal vez sería señal de que no hemos entendido bien lo que Él nos está pidiendo.

Las dudas son compatibles con la fe. La fe no es la conclusión fría de un razonamiento que presenta pruebas irrefutables y deja todo cerrado como una caja fuerte. Por supuesto, la fe necesita razonabilidad. Cuando damos nuestra adhesión a Jesús de Nazaret, necesitamos haber pensado, haber buscado, haberlo conocido de verdad.

Pero, al final, la elección pertenece siempre a la lógica del amor. Es el riesgo de todos los que aman. Quien ama llega un momento en que se decide y confía su vida a la persona amada. No lo sabe todo, no controla todo, no tiene todos los seguros firmados; pero descubre que amar significa entregarse.

Todavía hay cristianos que cultivan solo certezas, como si pudieran demostrarlo todo e imponerlo todo a los demás mediante razonamientos supuestamente invencibles. Pero no son las dudas sinceras las que deberían preocuparnos. Preocupan más esas certezas que no admiten preguntas, que no soportan la búsqueda, que se sienten amenazadas por cualquier interrogante.

Y, muchas veces, esas certezas son solo aparentes. Por desgracia, pueden desembocar fácilmente en fanatismo. Pero esto no sucede solo entre algunos creyentes. También preocupan las certezas de quienes gritan su ateísmo como si ya no quedara nada que preguntar. Porque esas certezas pueden llevar a expulsar los interrogantes, a borrar las dudas, a rechazar la búsqueda apasionada de la verdad y de un sentido más alto para la propia vida. 

Benditas las dudas honestas

que no dejan dormir al alma.

Benditas sean las dudas leales y honestas, las de los creyentes y también las de los no creyentes. No las dudas cómodas, esas que se sientan en el sofá del alma y dicen: “mejor no buscar demasiado, no sea que encontremos algo”. Hablamos de las dudas que nacen de una pasión verdadera por la verdad; de quien no se conforma con explicaciones frágiles, con frases hechas, con respuestas prefabricadas que suenan muy bien, pero no sostienen la vida cuando llega el peso de la cruz.

En Las sandalias del pescador, Morris West dibuja una figura muy sugerente: el padre Jean Télémond, jesuita, científico y teólogo, cercano al papa Kiril Lakota, el antiguo prisionero de Siberia que llegará a ser Cirilo I. Jean Télémond no es un enemigo de la fe. Tampoco es un escéptico de salón, de esos que dudan con una copa en la mano y sin que les tiemble nada por dentro. Es un hombre atravesado por preguntas, vigilado por sus ideas, probado por la Iglesia, y, sin embargo, profundamente apasionado por Dios y por la verdad. En la película se le conoce como David Telemond, y su figura recuerda claramente a Pierre Teilhard de Chardin, aquel jesuita que quiso pensar juntos la fe, la ciencia, la creación y el destino último del hombre.

Por eso su duda no es una fuga. Es una forma dolorosa de fidelidad. Hay dudas que no rompen la fe: la arrancan de la costumbre y la obligan a hacerse más humilde, más adulta, más verdadera. A veces, quien pregunta de verdad está más cerca de Dios que quien repite certezas como quien recita una contraseña para entrar tranquilo en el club de los buenos.

En la duda de aquellos primeros discípulos reconocemos también la fatiga del creyente. La fatiga de una fe que no se queda en ideas bonitas, sino que nos implica en una vida completamente nueva. Una fe que no elimina todas las preguntas, pero nos permite permanecer ante el Resucitado incluso cuando por dentro todavía hay niebla.

Y ahora Jesús dará un paso más y nos indicará cuál es la misión que el Resucitado confía precisamente a estos discípulos: tan frágiles, tan vacilantes, tan pobres de fe… y, sin embargo, elegidos por Él.

El Resucitado no se aleja:

se acerca de otra manera.

«Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra».

Sigamos examinando estos versículos con calma, palabra por palabra. Mateo dice que Jesús se acercó a los discípulos: «Acercándose a ellos». A primera vista, podría parecer un detalle innecesario. ¿Hacía falta decir que se acercó? ¿No bastaba con afirmar que les habló?

Pero ese acercamiento tiene mucho sentido ya que, durante la vida pública, los discípulos habían experimentado siempre a Jesús cerca de ellos. En Él habían contemplado a un Dios que no se mantiene a distancia de nadie. Habían visto al Dios que se acerca a los enfermos en su dolor, que se queda junto a los leprosos excluidos y marginados por todos, aquellos de quienes muchos pensaban que también Dios se había apartado. Habían visto al Dios que se sienta a la mesa y hace fiesta con publicanos y pecadores; al Dios que se deja acariciar y besar incluso por mujeres consideradas pecadoras. Este es el Dios cercano revelado en Jesús de Nazaret.

El Dios lejano, perdido más allá de las nubes, que de vez en cuando baja para hacer algún milagro o para repartir castigos a los malos, ese dios no corresponde al rostro que Jesús nos ha mostrado. Esa imagen debe quedar atrás para siempre, borrada por la cercanía del Dios que se ha revelado en Cristo. Porque Dios se ha hecho uno de nosotros, y en este Dios cercano podemos contemplar el rostro del Padre y escuchar su voz desde cerca.

Eso es lo que los discípulos habían visto durante la vida pública de Jesús. Pero ahora surge una pregunta decisiva: si Él está con el Padre, ¿seguirá estando cerca de nosotros?

Ahí está el sentido de este gesto: el Resucitado se acerca. Continúa a nuestro lado en cada momento de la vida, de un modo distinto, sí, pero no menos real que antes. Más aún, ahora su presencia es todavía más profunda, porque para Él han quedado superados los límites del espacio y del tiempo.

La oración nos enseña a percibir

una presencia que no abandona.

La oración es esa práctica espiritual que nos permite reconocer continuamente esta presencia. Nos mantiene en una relación íntima con Él, y de ahí brotan la alegría, la paz y la serenidad. No porque la vida deje de tener problemas —eso sería muy cómodo, casi como pedirle al Evangelio que funcione como un mando a distancia: “Señor, quítame esta dificultad, sube un poco la alegría y baja el volumen de los pesados”—, sino porque cuando Él está cerca, todo adquiere otro sabor y otro significado.

En cualquier circunstancia, pase lo que pase, su cercanía cambia la manera de vivirlo. No elimina mágicamente la realidad, pero la ilumina desde dentro.

El poder dado al Resucitado

Y ¿qué dice el Resucitado? «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra». Afirma que se le ha dado todo poder. Ahora bien, ¿de qué poder se trata?

Hay muchos poderes que nosotros querríamos que Él tuviera, pero que Él rechazó. El primero es el poder de dominar los reinos de este mundo, el poder sobre las naciones y los pueblos. Ese poder se lo ofreció el Tentador: los reinos del mundo parecen gobernarse con los criterios del egoísmo, de la imposición, del abuso, de la acumulación de bienes para uno mismo. Pero Jesús rechazó ese camino (cfr. Mt 4, 8-10). Ese poder no es divino; es diabólico.

El poder de Jesús no domina:

ama y sirve.

El poder de Dios es otro, y lo veremos enseguida. También hay otro poder que Jesús rechazó: el poder espectacular, el del milagro entendido como demostración de fuerza. En la cruz lo desafiaron: si era capaz, que bajara de allí. Pero no lo hizo. No quiso ejercer ese tipo de poder (cfr. Mt 27, 40-42).

Rechazó incluso el poder de salvarse a sí mismo. Le dijeron que había salvado a otros y que no podía salvarse a sí mismo. Y, en cierto sentido, era verdad: Jesús no posee ese poder, porque se ha despojado de todos los poderes que los hombres solemos admirar.

Lo que nosotros llamamos poder,

para Dios es debilidad.

Lo que nosotros llamamos poder, muchas veces, para Dios es debilidad: falta de amor, incapacidad de entregarse, incapacidad de servir. Por eso no pidamos a Jesús que utilice a nuestro favor esos poderes de dominio, de imposición o de autoprotección. No son los suyos.

El único poder que el Padre ha puesto en sus manos es el poder del amor, el poder del servicio a la vida.

¿Por qué el Resucitado recuerda ahora este poder que le ha sido entregado? Porque los discípulos están a punto de ser enviados al mundo. Y ellos conocen muy bien su propia fragilidad. Saben que son débiles, que han dudado, que han huido, que no tienen una fe de mármol. Y, además, sienten miedo ante la fuerza inmensa del mal, que a sus ojos parece invencible.

Entonces el Resucitado les dice, en el fondo: “Yo os entrego mi mismo poder, mi misma capacidad de amar”. Esa es la fuerza que llevará adelante el Evangelio. No la violencia, no la presión, no el prestigio, no el dominio, no el espectáculo. La fuerza del Evangelio es el amor que sirve y da vida.

Y ante esa fuerza, las puertas del abismo no podrán resistir; serán derribadas por el Evangelio (cfr. Mt 16, 18).

El Evangelio empieza con un verbo: “Id”.

«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado».

El Resucitado dice: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos». Lo primero que se nos pide para cumplir la misión confiada por Jesús es no quedarnos quietos, no instalarnos en nuestras posiciones, no vivir mirando hacia atrás como quien se sienta en la estación y deja pasar todos los trenes de la historia. El discípulo tiene que ponerse en camino; mirar hacia delante, abrirse al futuro, salir.

Las tareas dadas por el Resucitado

a sus discípulos

Y en ese envío aparecen tres tareas. La primera es hacer discípulos a todos los pueblos. La palabra “discípulo” procede del verbo latino discere (díscere), que significa aprender. Este detalle es precioso; nadie es maestro en sentido pleno. Maestro hay uno solo. Todos nosotros somos aprendices, personas que siguen acudiendo a la escuela de Jesús.

Entonces, ¿qué significa hacer discípulos a todos los pueblos? ¿Convertirnos nosotros en maestros que se colocan por encima de los demás? No. Significa acompañar a todos hacia la escuela de Aquel que ha sido nuestro Maestro; llevarlos a la escuela de quien nos ha fascinado porque nos ha enseñado una vida hermosa, no solo con sus palabras, sino con su propia existencia.

La misión no es dominar pueblos,

sino llevarlos a la escuela del Evangelio.

Esta tarea no está confiada a unos pocos especialistas, como si el Evangelio fuera cosa de un departamento reservado para profesionales de lo religioso. Está confiada a cada discípulo, es decir, a todos los que han estado en la escuela del Maestro.

¿Y quiénes deben ser hechos discípulos? Todos los pueblos, todas las naciones. En aquel tiempo, con esa expresión se aludía a los pueblos paganos. Para muchos judíos, aquella misión resultaba inaudita. ¿Por qué? Porque esperaban un Mesías que sometiera a los demás pueblos, que los dominara, que los pusiera bajo su autoridad.

Pero no habían comprendido la misión que Dios había confiado a su pueblo. La vocación de Israel no consistía en presumir de superioridad, sino en servir a las demás naciones, llevándoles las bendiciones prometidas a Abrahán y destinadas a todos los pueblos. Esta es, por tanto, la primera misión: conducir a todos a la escuela del Maestro, a la escuela del Evangelio.

La segunda tarea es bautizar. ¿Qué significa bautizar? En griego, βαπτίζειν (baptízein) significa literalmente “sumergir”. ¿Y dónde han de ser sumergidos todos los pueblos? Han se ser sumergidos en la vida divina, en el amor que une al Padre y al Hijo en el Espíritu.

Cuando la humanidad entre en esa lógica del amor, cuando se deje sumergir en ese amor, comenzará a realizarse la humanidad que Dios quiso desde el principio.

Bautizar es sumergir la vida

en el amor de Dios.

La tercera misión es enseñar a observar todo lo que Jesús ha mandado (cfr. Mt 28, 20). Pero enseñar no significa solo explicar con palabras, aunque también hagan falta palabras. Enseñar es mostrar con la vida lo que el Maestro ha enseñado.

Para resultar convincentes, lo primero es dejar ver que quien ha pasado por la escuela de este Maestro bueno se ha convertido también en una persona bella. Cuando los demás perciben que quien aprende de Jesús de Nazaret se vuelve más humano, más luminoso, más capaz de amar, entonces también ellos pueden sentirse atraídos por esa misma escuela.

¿Cuál es el temario a enseñar?

¿Y qué hay que enseñar? Todo lo que Él ha mandado. Y, en el fondo, Jesús ha mandado una sola cosa: dejarse mover siempre por el amor.

Nuestra vida debería convencer de que es hermoso ir a la escuela de este Maestro. Jesús lo dijo en el discurso de la montaña: “Vosotros sois la luz del mundo” (cfr. Mt 5, 14). Es decir: sois reflejo de mi luz, de mi vida.

¿Qué deberían ver quienes se acercan a nosotros? Deberían ver nuestras obras bellas, la belleza de una vida transformada por el Evangelio. Los primeros cristianos lo entendieron muy bien. En la primera carta de Pedro, dirigida a cristianos perseguidos en Asia Menor, se les recuerda que, aunque sean calumniados y despreciados, deben mostrar sus obras bellas, porque esas obras podrán convencer incluso a quienes los calumnian (cfr. 1 Pe 2, 12).

El mundo cambia cuando

dejamos actuar en nosotros al Espíritu.

Jesús nos dice que nos sintamos responsables de la vida de los demás. El cambio del mundo nos ha sido confiado. No podemos devolverle a Dios la tarea, como quien devuelve un paquete diciendo: “Esto venía complicado, mejor lo firma usted”. No podemos delegar en Él esperando que, a base de milagros, construya el mundo nuevo sin nosotros.

Sí, es Él quien lo realiza; pero lo realiza a través de nosotros. Nos ha dado su Espíritu. Y si dejamos que ese Espíritu actúe, realizará también en nosotros las obras que hemos contemplado en Jesús de Nazaret.

Cuando la misión supera nuestras fuerzas,

Dios no se retira.

«Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

No sorprende que los discípulos tengan miedo. Tienen miedo porque se sienten incapaces de llevar adelante la triple misión que el Maestro les ha confiado. Y por eso el Resucitado les dice: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días».

En el Antiguo Testamento, cuando Dios confía a alguien una misión importante o difícil, suele ocurrir lo mismo: la persona siente temor e intenta echarse atrás. Le sucede a Moisés, que se ve incapaz de ir al faraón y además se excusa diciendo que no sabe hablar bien (cfr. Ex 3, 11-12; Ex 4, 10-13). Le sucede a Josué, que necesita ser alentado para introducir al pueblo en la tierra prometida (cfr. Jos 1, 5.9). Le sucede a Gedeón, que se considera demasiado pequeño para liberar a Israel (cfr. Jue 6, 12.15-16). Le sucede a Jeremías, que se siente demasiado joven y sin palabras para ser profeta (cfr. Jr 1, 6-8). E incluso le sucede a Jonás, que directamente huye cuando recibe la misión de ir a Nínive (cfr. Jon 1, 1-3). Es una reacción muy humana. Al fin y al cabo, cuando Dios llama, no suele entregar primero un diploma, una carpeta perfectamente ordenada y un plan de riesgos laborales. Llama, confía una misión, y el corazón empieza a temblar.

El “yo estoy contigo”

es la fuerza de los enviados.

Esa misma expresión aparece ahora en labios del Resucitado, dirigida a estos discípulos frágiles, llamados a ir al mundo entero para hacer discípulos a todos los pueblos.

El momento de la despedida de Jesús es presentado de manera distinta por los evangelistas, con imágenes diferentes. Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Jesús separándose de nuestro mundo y subiendo hacia el cielo: mientras los bendecía, se separó de ellos; fue elevado, y una nube lo ocultó a sus ojos. Pero Mateo no presenta así el momento de la separación. Para él no se trata de una subida hacia lo alto, como si Jesús se alejara de la historia. Es más bien un descenso hacia la llanura, hacia el mundo, para acompañar a los discípulos en la misión que les ha confiado

Jesús no se va lejos:

baja con nosotros al camino.

El Resucitado no abandona a los suyos mirando desde arriba, como quien supervisa la obra desde una ventana celestial. Permanece con ellos. Camina con ellos. Los sostiene en medio de su miedo y de su pequeñez.

Y ahí está la gran certeza de la misión cristiana: no somos enviados porque seamos fuertes, sino porque Él está con nosotros. No se nos confía el Evangelio porque no tengamos dudas, cansancios o límites, sino porque el Resucitado acompaña nuestra pobreza con su presencia.

Por eso la Iglesia puede ponerse en camino. No porque tenga todas las seguridades humanas, sino porque escucha de labios de su Señor la promesa que sostiene toda misión: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días».

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