San
Isidro labrador:
volver
a la tierra sin perder el cielo
San Isidro labrador entre barro y cielo
Editorial para escuchar con calma, hondura y corazón abierto.
Hermanos, hoy
celebramos a san Isidro Labrador. Y conviene mirarlo con respeto y
cariño, no como un santo de postal, limpio y quieto, sino como lo que fue: un
hombre real, un trabajador del campo, esposo de santa María de la Cabeza, padre
de familia y vecino entre vecinos.
San Isidro conoció
la tierra de verdad: la tierra de los madrugones, del frío, del calor, del
barro, del cansancio y de la preocupación. Conoció esos días en que uno sale
con la jornada pensada y, de pronto, se rompe un apero, falla una máquina o se
tuerce una faena. Y parece que las cosas tienen una habilidad especial para
romperse justo cuando menos tiempo hay.
San Isidro
conocería también esos días de comer deprisa en el campo, como se puede, y
volver tarde a casa, cuando los niños ya duermen y la esposa está acostada. Uno
entra despacio, sin hacer ruido, con el cuerpo molido y el corazón dividido:
contento por haber cumplido, pero con pena por no haber llegado antes.
Detrás de cada
trabajador del campo hay una familia. Detrás de cada familia hay una historia,
y muchas veces una historia vulnerable.
Hoy, al mirar a
san Isidro, miramos también con gratitud a tantos hombres y mujeres del campo:
agricultores, ganaderos, familias enteras que trabajan por su tierra y, sin
hacer ruido, trabajan también por su patria. Porque amar la patria es cuidar
la tierra, sostener los pueblos, llenar las mesas y entregar la vida para que
otros puedan vivir.
Pensamos
especialmente en los ganaderos. En quienes viven pendientes del ganado, porque
los animales no entienden de domingos, ni de puentes, ni de fiebre. La vaca hay
que ordeñarla. El ternero hay que atenderlo. La oveja que pare de madrugada no
espera a que uno haya dormido bien. Y cuando hay que ir, se va. Aunque duela el
cuerpo. Aunque uno esté malo. Aunque no haya ganas.
Dios ve ese
cansancio. Dios ve esa fidelidad. Dios ve ese amor concreto que no presume,
pero sostiene el mundo.
Jesús hablaba
muchas veces del campo. Hablaba de semillas, de viñas, de trigo, de cosechas,
de pastores y rebaños. Jesús sabía mirar la tierra. Veía una semilla y hablaba
del Reino de Dios. Veía un pastor y hablaba del cuidado del Padre. Veía el pan
y hablaba de su propia vida entregada.
En el Evangelio,
Jesús dice que el Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la
tierra: pasan los días y las noches, él duerme y se levanta, y la semilla va
creciendo sin que él sepa cómo (cfr. Mc 4,26-29).
Eso lo entiende
muy bien quien vive del campo. Uno puede sembrar, arar, regar, alimentar,
curar, vigilar, madrugar y trasnochar. Pero no puede mandarlo todo. Puede
trabajar mucho, pero no fabricar la lluvia. Puede cuidar la semilla, pero no
obligarla a crecer. Puede atender al ganado, pero no evitar siempre la
enfermedad.
Y ahí nace una fe
verdadera. No una fe de palabras bonitas, sino una fe probada por la vida.
San Isidro nos
enseña que la fe no consiste en que nunca se rompan los aperos, ni en que nunca
enferme el ganado. La fe consiste en no romperse uno por dentro cuando se rompe
lo demás.
San Isidro rezaba.
Pero no rezaba para escaparse del trabajo. Rezaba y después iba al campo. Ponía
el día en manos de Dios y luego ponía sus manos en la tierra. Habría días en
que su oración sería serena. Y otros en que apenas diría: “Señor, dame paciencia”.
Esa oración también llega al cielo, porque nace de la vida real.
Por eso, san
Isidro no nos invita solo a valorar el campo. San Isidro nos invita a vivir
el campo con Dios: a no dejar que el cansancio endurezca el corazón, a
cuidar la familia cuando uno llega agotado, a no perder la oración, aunque sea
breve, y a compartir, aunque no sobre mucho.
Pidamos también
por quienes toman decisiones que afectan al campo. Que recuerden
siempre que detrás de cada medida no hay solo parcelas, granjas, expedientes o
cifras. Hay familias. Hay hijos que miran si merece la pena seguir. Hay mayores
que han entregado una vida entera. Hay pueblos que se sostienen o se vacían. No
pedimos privilegios. Pedimos respeto, escucha y justicia.
Y hoy, por
intercesión de san Isidro Labrador, pedimos al Señor que proteja
nuestros campos y nuestros ganados. Que bendiga las cosechas. Que libre la
tierra de tormentas dañinas, sequías prolongadas, plagas y enfermedades. Que
cuide el ganado, preserve a los animales de males y epidemias, y sostenga a
quienes los atienden día y noche.
Dentro de un momento pondremos sobre el
altar pan y vino. Ese pan viene de la tierra, del trigo, del sudor y del
trabajo de muchas manos. La tierra llega hasta el altar. Y en la Eucaristía ese
pan se convierte para nosotros en el Cuerpo de Cristo.
Qué misterio tan
hermoso: el hombre trabaja la tierra, la tierra da trigo, el trigo se hace pan,
y Dios se nos da como alimento.
Que san Isidro
Labrador bendiga a nuestros agricultores y ganaderos, a sus familias, a sus
pueblos y a nuestra tierra. Que nos ayude a volver cada día al trabajo sin
perder el alma; a volver cada noche a casa sin perder el amor; y a volver
siempre a Dios sin perder la esperanza.
Y que podamos
caminar, como san Isidro, con barro en los zapatos, cansancio en el cuerpo y
cielo en el alma.

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