Homilía
del Quinto Domingo de Pascua, ciclo A
Jn 14, 1-12
(Dedicado a todas las Hermanitas de
los Ancianos Desamparados y a todos los que han decidido seguir a Jesucristo más de cerca) Os invito a pinchar o a dar en el enlace o link de color azulado:
No se turbe vuestro corazón
Hermanitas de los
Ancianos Desamparador y demás hermanos en Cristo, en el Evangelio escuchamos a
Jesús decir: «No se turbe vuestro corazón». Y no lo dice en un
momento fácil. Lo dice en la última cena, cuando todo empieza a oscurecerse,
cuando los discípulos sienten que sus seguridades se rompen, cuando no
entienden el camino que Jesús está a punto de recorrer.
Por eso esta
palabra no es una frase bonita para una estampa. Es una palabra dicha en medio
de la noche. Jesús no les promete a los suyos una vida sin tormentas. Les
promete algo mucho más profundo: su presencia fiel dentro de la tormenta.
Y esto toca
también vuestra vida, vuestra vocación, vuestro servicio diario junto a los
ancianos más frágiles. Porque vosotras, hermanas consagradas a Cristo, esposas
del Señor Jesús, conocéis bien esas tormentas silenciosas: el cansancio
que no siempre se ve, la enfermedad que avanza, la soledad de algunos mayores,
las historias heridas que llegan a vuestras casas, las limitaciones propias,
las noches largas, las despedidas, las preguntas que a veces no tienen
respuesta inmediata.
Aceptar la voluntad de Dios no es dejar de llorar;
es llorar sin soltar su mano.
A veces pensamos
que aceptar la voluntad de Dios significa no sentir nada, no sufrir, no hacerse
preguntas. Pero no es así. Jesús mismo se turbó. Jesús lloró. Jesús sintió
angustia. La confianza cristiana no es dureza de corazón; es abandono filial.
No es decir: “me da igual”. Es decir: “Padre, me fío de ti, aunque
ahora no lo entienda todo”.
Y quizá ahí está
una de las formas más hermosas de vuestra consagración: estar junto a quienes
muchas veces ya no pueden controlar nada. Un anciano que pierde fuerzas,
memoria, autonomía, familia, salud, necesita encontrar cerca de sí una
presencia que le recuerde que su vida sigue siendo sagrada. Y vosotras, con
gestos pequeños, hacéis visible esa verdad.
Una mano que acaricia, una sábana bien
colocada, una medicina dada con paciencia, una sonrisa al entrar en la
habitación, una oración susurrada junto a una cama, un plato servido con
ternura… Todo eso puede parecer pequeño. Pero en el Reino de Dios nada de eso
se pierde.
El amor entregado nunca cae en el vacío.
Jesús dice que va
a prepararnos un lugar en la casa del Padre. Y esa casa no es solo una promesa
para después de la muerte. Empieza ya cuando alguien ama como Cristo.
Cada vez que una hermana sirve a un anciano abandonado, la casa del Padre se
vuelve un poco más visible en la tierra.
Porque el
verdadero rostro de Dios no es el de un poder lejano que mira desde arriba. El
verdadero rostro de Dios se ve en Jesús arrodillado, lavando los pies. Dios
ama sirviendo. Y vosotras habéis sido llamadas a vivir muy cerca de ese
misterio.
La vida que se guarda por miedo se encoge;
la vida que se entrega por amor se abre a la Pascua.
Tal vez no siempre
veréis los frutos. Tal vez muchas veces solo veréis fragilidad. Pero la
Pascua nos enseña que la vida entregada por amor no se pierde. Dios la recoge,
la purifica, la fecunda y la convierte en esperanza.
Por eso, hermanitas,
cuando el cansancio pese, cuando alguna cruz cueste, cuando aceptar la voluntad
de Dios no sea fácil, recordadlo: no siempre sabremos por qué pasa algo,
pero sí podemos saber con quién atravesarlo.
Y hoy Jesús nos lo
repite con ternura: No se turbe vuestro corazón: Jesús no ha abandonado la
barca.

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