sábado, 2 de mayo de 2026

Homilía del Domingo Quinto del Tiempo Pascual, Ciclo A - Jn 14, 1-12 «Señor, muéstranos al Padre y nos basta»

 

Homilía del Domingo Quinto del Tiempo Pascual, Ciclo A

Jn 14, 1-12  «Señor, muéstranos al Padre y nos basta»

This homily invites us to hear Jesus’ words, “Do not let your hearts be troubled,” as a message of hope for anyone facing fear, uncertainty or spiritual tiredness. It shows that Jesus does not promise a life without storms, but a presence that never abandons us, and reveals the true face of God as love that serves. Listen to the podcast and discover how this Gospel can strengthen your faith, renew your trust, and help you find your place in the Father’s house.

Cuando seguir a Jesús

deja de ser un sueño fácil

Jesús nunca había ocultado a sus discípulos cuál sería su destino. Se lo había anunciado muchas veces, incluso con detalles muy concretos: sería entregado en manos de los sacerdotes y de los escribas; lo escupirían, lo azotarían, lo insultarían, lo condenarían a muerte y lo matarían. Pero no acabaría todo ahí. Su destino último no sería el sepulcro, sino una vida sin fin.

Cuando Jesús hacía estos anuncios, los discípulos cambiaban enseguida de tema. Preferían seguir cultivando sus propios sueños. Pero en el Cenáculo, durante la última cena, tuvieron que enfrentarse a la realidad más dura, porque Jesús les dijo abiertamente: «Estoy a punto de dejaros».

Habían pasado tres años desde que, a orillas del lago de Galilea, se habían visto implicados en el seguimiento de Jesús. Les había impresionado su mensaje, les habían fascinado sus obras, y se habían enamorado de él hasta el punto de dejar su profesión y apostarlo todo por él. Naturalmente, también alimentaban esperanzas de gloria, de éxito, de honores, de riqueza. Eran discípulos, sí; pero discípulos todavía muy humanos, como nosotros, que a veces seguimos al Señor… y de reojo miramos si viene también algún pequeño reconocimiento.

Pero aquella noche, en el Cenáculo, escucharon un anuncio dramático: Jesús iba a dejarlos.

¿Cuál fue su reacción? Es fácil imaginarla: decepción, desconcierto, desorientación. Se dieron cuenta de que todos sus sueños estaban a punto de romperse contra una verdad durísima: se quedarían solos, sin el Maestro.

¿Qué pensarían hacer? Quizá volver a su antigua profesión. Quizá decirse: «Hemos vivido un sueño hermoso, pero por desgracia todo ha terminado. ¿Nos habremos equivocado siguiendo a este Maestro?». 

Cuando el corazón se agita,

Jesús no abandona la barca.

«No se turbe vuestro corazón. Seguid creyendo en Dios y seguid creyendo también en mí».

Los discípulos están inquietos, turbados, sacudidos por dentro. Y Jesús les dice: «No se turbe vuestro corazón». Es importante el verbo griego ταράσσω (tarásso); este verbo indica la agitación de las olas del mar cuando, en plena borrasca, zarandean la barca de un lado a otro.

Esa es precisamente la imagen del corazón de los discípulos. Su interior parece una barca en medio de la tormenta. Están agitados, confundidos, llenos de miedo. Y Jesús quiere tranquilizarlos, sostenerlos, devolverles confianza.

Sus palabras, sin embargo, no van dirigidas solo a aquellos Once, porque Judas ya había salido. Estas palabras están dirigidas también a nosotros hoy, porque también nosotros vivimos llenos de temores y de miedos.

Pensemos por un momento en nuestra situación. ¿Cómo vemos el mundo? Muchas veces nos sale decir: «Todo va mal». Nos sentimos guiados por personas insensatas; vemos guerras por todas partes, decenas de guerras: unas ignoradas, otras muy cercanas, otras que incluso parecen amenazarnos a todos. Y entonces nos asustamos. ¿Adónde va este mundo? ¿Cómo acabará todo?

También como Iglesia experimentamos la hostilidad del mundo. El Evangelio hoy no está precisamente de moda. El mal parece triunfar, y algunos llegan a decir que la Iglesia debería resignarse a desaparecer, como si ya estuviera en un declive irreversible.

Incluso algún cristiano puede llegar a dudar de la palabra de Jesús, de esa promesa según la cual las puertas del infierno —es decir, las fuerzas de la muerte— no prevalecerán contra el reino de Dios (cfr. Mt 16, 18). Entonces aparece la tentación de pensar: «El reino de Dios nunca se implantará en el mundo; al final, siempre vencerá el mal».

Pero Jesús dijo lo contrario. Las puertas del infierno serán derribadas por la palabra del Evangelio. Las puertas de la muerte no resistirán. La Palabra de Dios es más fuerte.

Nuestras fragilidades

no anulan la promesa de Dios.

Pero no estamos agitados y turbados solo por la hostilidad del mundo. También nos inquietan nuestras propias fragilidades, nuestras debilidades, nuestras infidelidades. Y quizá nos preguntamos: ¿cómo vamos a construir nosotros un mundo nuevo?

Ahora bien, pensemos en aquellos Once pobres hombres. Humanamente hablando, nadie habría apostado un euro por el éxito de su misión. ¿Aquellos iban a construir un mundo nuevo? A simple vista, no parecían precisamente el equipo más prometedor de la historia.

También nosotros tenemos a veces la sensación de estar a merced de las olas de un mar agitado. La borrasca que sorprendió a los discípulos en el lago de Galilea es también una imagen de nuestra condición. Y hoy Jesús nos dice: «Contad con estos miedos, con este sobresalto, con esta inquietud interior».

De hecho, si miramos lo que había sucedido antes de que Jesús hablara así, vemos que él había lavado los pies a sus discípulos. Después se había sentado y les había dicho: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?». Y el evangelista señala que, en un momento determinado, Jesús se mostró profundamente turbado y dijo: «Uno de vosotros me entregará» (cfr. Jn 13, 21).

El verbo que se emplea para describir el turbamiento de Jesús es precisamente el mismo que el predicador transcribe como ταράσσω (tarásso). También Jesús estuvo agitado, como los discípulos. Se sintió profundamente herido porque uno de los suyos, uno que había estado con él durante tres años, iba a entregarlo en manos de quienes lo matarían.

Es hermoso es descubrir hasta qué punto Jesús está cerca de nosotros. Él nos comprende porque ha experimentado nuestros mismos miedos, nuestras mismas angustias, nuestro mismo estremecimiento interior. No nos habla desde lejos, como quien da consejos cómodamente sentado; nos habla desde dentro de la tormenta.

Y entonces surge la pregunta: ¿cómo vivir estos momentos de ansiedad y desconcierto?

Este es el consejo que Jesús dio a aquellos once y que nos da también a nosotros hoy: «Seguid creyendo en Dios y seguid creyendo también en mí».  

La fe verdadera se sostiene

cuando no ve resultados.

A veces es fácil confiar en el Evangelio. En alguna ocasión, en algún momento concreto, el Evangelio me pide perdonar a alguien que me ha hecho daño. Bueno, esta vez perdonamos. Cuesta, pero lo hacemos.

Lo difícil es mantenerse firmes en la fe cuando las cosas van realmente mal. Lo difícil es seguir confiando en Jesús cuando parece que los hechos desmienten sus promesas.

Y Jesús nos repite: «Seguid fiándoos de mi palabra. Confiad en el Evangelio. No os equivocáis». Muchas veces nuestras ansiedades nacen de esto: querríamos comprobar inmediatamente el éxito de lo que estamos haciendo, de nuestro compromiso, de nuestra entrega. Nos gustaría ver enseguida el reino de Dios creciendo ante nuestros ojos, para poder decir: «Mis esfuerzos no han sido inútiles».

Si pudiéramos verificarlo todo, quizá no nos desanimaríamos. Pero entonces nuestra fe tampoco tendría que atravesar la noche. Y, sin embargo, eso no ocurre. Más aún: a veces parece que las cosas van de mal en peor. Y entonces empezamos a dudar de que las promesas de Jesús lleguen realmente a cumplirse.

Aquí conviene poner el corazón en paz. Nosotros no veremos el cumplimiento pleno del reino de Dios. No lo vio ni siquiera Jesús durante su vida terrena. Es más, nosotros hoy podemos comprobar mucho más de lo que vio Jesús.

¿Qué vio Jesús? Vio el desconcierto, el miedo y la dispersión de aquellos Doce sobre los que él lo había apostado todo.

Recuperaremos la serenidad cuando aceptemos que no veremos el éxito completo de todo lo que estamos haciendo. Eso tenemos que confiárselo al Señor. Entonces seguiremos creyendo en su palabra, seguiremos actuando según lo que el Evangelio nos sugiere, con una certeza humilde y poderosa: ni una sola brizna de nuestro amor se perderá.

El amor entregado

nunca cae en el vacío.

Jesús sabe que los discípulos están sacudidos en su fe. Pero sabe también que, al final, la relación con él será más fuerte que el miedo. Por eso comienza a hablarles del compromiso que les espera.

Porque seguir a Jesús no significa tenerlo todo controlado. Significa caminar fiados de su palabra, incluso cuando no vemos todavía el fruto. Significa permanecer en la barca cuando el mar se agita, sabiendo que el Señor no ha dejado de estar con nosotros.

Y quizá hoy podemos preguntarnos con sencillez: cuando mi corazón se turba, cuando el miedo me zarandea, cuando no veo resultados, ¿a quién decido creer?

La casa del Padre

no es simplemente “el cielo”

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Yo voy a prepararos un lugar» (cfr. Jn 14, 2). Al escuchar estas palabras, muchos pensamos enseguida en el paraíso: Jesús se habría ido allí para preparar un sitio a cada uno de nosotros. Pero aquí conviene afinar bien. La casa del Padre de la que habla Jesús no es, sin más, el paraíso. El paraíso está preparado desde toda la eternidad, y allí Dios espera a todos sus hijos.

Entonces, ¿cuál es esa casa del Padre? Para entenderlo, no debemos mirar primero al cielo, sino al Evangelio. Jesús llamó «casa de mi Padre» al Templo de Jerusalén cuando expulsó a los vendedores (cfr. Jn 2, 16). Pero también anunció que Dios iba a cambiar de casa: aquel Templo sería destruido, y Dios levantaría un templo nuevo.

Ese día —nosotros lo sabemos— es la Pascua. Allí Dios coloca la piedra angular: Cristo. Y, a partir de esa piedra, construye un edificio espiritual hecho con piedras vivas.

El nuevo templo se construye

con vidas que aman

Las piedras vivas son todos aquellos que aceptan sintonizar su vida con la piedra angular, que es Cristo. Unidos a él, ofrecen a Dios los únicos sacrificios que realmente le agradan: las obras del amor (cfr. 1 Pe 2, 4-5).

En una construcción, las piedras tienen que ajustarse bien a la piedra angular. Tienen que encajar, apoyarse, adherirse. Si cada una va por su cuenta, si no se adapta, si desentona, la casa sale torcida. Y no hace falta ser arquitecto para verlo: hay paredes que parecen decir en silencio que alguien se saltó el plano.

Pues bien, esta es la casa del Padre de la que habla Jesús: el nuevo templo de Dios, una casa viva, construida sobre Cristo y formada por todos los que acogen su propuesta de vida.

En la casa del Padre nadie sobra

Jesús dice que en esta casa «hay muchas moradas», un lugar para cada hermano. Hay sitio para cada piedra viva. Nadie queda excluido. Cada uno tiene su lugar, allí donde está llamado a ofrecer a Dios esas obras de amor que él espera.

Tenemos dones distintos para ponerlos al servicio de los hermanos. Y menos mal que somos distintos, porque también las necesidades son distintas. Unos escuchan, otros acompañan, otros enseñan, otros consuelan, otros sostienen, otros sirven en silencio. Si todos hiciéramos lo mismo, quedarían muchos rincones sin cuidar.

Por eso entra en esta construcción quien pone su vida al servicio del hermano. El lugar que Jesús prepara no es un privilegio para instalarse cómodamente, sino una misión para amar concretamente.

Jesús viene hoy a llevarnos donde él está

Jesús añade que, «volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros». Conviene entender bien esto: Jesús no habla solo de una venida al final del mundo. Habla también de una venida hoy. Él ha ido al Padre, sí, pero viene hoy a buscarnos, porque quiere que estemos siempre con él.

Y entonces podemos preguntarnos: ¿dónde está Jesús? Abramos el Evangelio. ¿Dónde lo encontramos? Lo encontramos siempre allí donde alguien necesita su presencia. Si hay hambre, él está allí. Si hay un enfermo, él está allí. Si hay un leproso rechazado por todos, él está allí, junto al leproso. Si hay una persona herida, alguien que se ha equivocado en la vida y necesita ser devuelto a la alegría y al amor, él está allí.

El camino hacia Jesús pasa por el hermano

Jesús se encuentra siempre donde alguien necesita ser salvado, levantado, acompañado, amado. Y nos está diciendo que conocemos el camino para llegar hasta donde él está. «Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Él nos espera allí, para que nos unamos a él en el servicio a los hermanos. Conocemos la vía para llegar a Jesús porque Jesús quiere tenernos siempre a su lado. Pero estar a su lado significa estar donde él está: junto al pobre, junto al enfermo, junto al descartado, junto al que ha perdido la alegría.

Cristo no nos prepara un sitio para apartarnos del mundo, sino para unirnos a él en el amor que salva.

En este momento, uno de los discípulos no entiende cuál es ese camino. Y quizá también nosotros necesitamos reconocerlo con humildad: muchas veces decimos que queremos estar con Jesús, pero no siempre queremos ir donde Jesús está.

Si Jesús está donde alguien necesita ser amado, ¿estamos dispuestos a ocupar nuestro lugar en la casa del Padre?

Tomás, el gemelo que

se parece demasiado a nosotros

«Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Esta es la segunda vez que Tomás aparece en el Evangelio según san Juan. Y cada vez que se le menciona, se añade también su sobrenombre: Δίδυμος (Dídymos), que significa «gemelo». Es la manera que tiene el evangelista de decirnos: «Atento, porque tú eres gemelo de Tomás. Te pareces a él. Razonas como él. Piensas como él».

Ya nos habíamos encontrado con Tomás en el Evangelio de Juan. Fue cuando Jesús decidió ir a Betania, donde Lázaro había muerto. Los discípulos intentaban disuadirlo: «No vayas, porque en Judea quieren matarte». Pero Jesús estaba decidido a ir. Entonces Tomás intervino, resignado, y dijo a los demás discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él» (cfr. Jn 11, 16).

Ahí Tomás se nos parece mucho. Porque quien todavía no ha recibido la luz de la Pascua ve la muerte como la veía Tomás; como el final de todo. Por eso se resigna: «Bueno, si hay que morir, pues vamos a morir». No hay horizonte, no hay promesa, no hay todavía una luz capaz de atravesar la noche.

Sin la luz de Pascua,

la muerte parece la última palabra

Aquí aparece Tomás por segunda vez, y también aquí nos resulta muy cercano. Le dice a Jesús: «Señor, no sabemos adónde vas». Pero, en el fondo, sí lo sabe; sabe que Jesús va hacia la muerte. Lo que ocurre es que ese camino no le gusta. No quiere verlo. Tomás quiere retener la vida; no quiere entregarla, como está a punto de hacer Jesús.

Por eso dice: «No sabemos adónde vas». Todavía no ha comprendido, porque aún no ha recibido la luz de la Pascua, que la muerte no es el destino último de Jesús. Y, precisamente porque no es el destino último de Jesús, después de la Pascua tampoco la muerte es nuestro destino último.

La vida perdida no es la vida entregada por amor, como hizo Jesús. La vida perdida es la vida retenida para uno mismo.

Quien no ha recibido la luz de la Pascua, como Tomás, intenta retener su vida, quiere disfrutarla para no quedarse con remordimientos, para no sentir que se le escapa algo. Y, sin embargo, esa vida que no se entrega es justamente la que se pierde para siempre.  

Jesús no muestra una vía:

él mismo es la vía

Jesús dice: «Yo soy el camino». Esta afirmación debió de sonar extraña a los discípulos, porque en su catequesis habían aprendido que la vía para llegar a Dios era la observancia de los Diez Mandamientos.

Jesús no desprecia los mandamientos. Pero ahora dice algo decisivo: «Los mandamientos son buenos, sí; pero la vía que debéis seguir ahora es mi persona. Si sigues mis pasos, llegas al Padre».

Los primeros discípulos eran conocidos como los de la vía, es decir, los que seguían el camino trazado por Jesús. Y esa vía, la verdadera, consistía en ir a entregar la vida, en jugarla entera por amor. El camino cristiano no es una idea bonita: es una vida entregada.

La verdad de Jesús desenmascara

nuestros falsos dioses

Jesús dice también que él es «la verdad». Esto no significa simplemente que Jesús nunca dijo mentiras. Aquí la palabra «verdad» indica algo mucho más profundo; Jesús encarna la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre.

¿Quieres ver al verdadero Dios, no al dios inventado por los hombres? Entonces mira a Jesús. Los demás son ídolos, y se parecen demasiado a quienes los han fabricado: un dios severo, susceptible, justiciero, que castiga con rayos a sus enemigos, que empuja a hacer guerras. Todo eso son ídolos. No se parecen al verdadero Dios.

Si queremos ver al verdadero Dios, hemos de mirar a Jesús. Todo lo que no se parece a Jesús no revela al Dios verdadero, sino una caricatura nacida de nuestros miedos y de nuestras violencias.

Y Jesús es también la verdad sobre el hombre. Quien no se parece a él no llega a ser plenamente humano, no realiza de verdad la identidad humana. Puede estar todavía a medio hacer, como una humanidad inacabada.

Si una persona vive en la corrupción, en el desenfreno, en la violencia, si hace la guerra o se impone por la fuerza, no está mostrando al hombre verdadero. El ser humano que no se parece a Jesús queda incompleto.

Jesús es la vida porque

es el amor encarnado

Jesús es también «la vida». Él es el amor hecho carne. Ha seguido siempre esa vida divina que le pertenece por naturaleza, y esa vida lo ha llevado a amar siempre. Solo el amor ha sido su vida.

Las demás propuestas de vida, cuando se apartan de este amor, terminan siendo mortíferas. Pueden parecer brillantes, atractivas, prometedoras; pero si no conducen al amor, acaban empobreciendo la vida.

Estas afirmaciones solemnes de Jesús suenan extrañas en nuestra sociedad actual, que se considera pluralista y que no siempre entiende esta manera de presentarse Jesús como único camino de salvación.

El cristiano que ha comprendido la verdad sobre Dios y sobre el hombre que Jesús nos revela respeta sinceramente las opciones de los demás. No dice que todo sea malo. No. Hay cosas muy bellas en todas las religiones y en muchas filosofías.

Sin embargo, el cristiano sabe que quien busca la plenitud de la luz sobre Dios y sobre el hombre la encuentra solo en Jesús de Nazaret. Esta es la convicción que nace al acercarse a la Palabra del Evangelio, donde la figura de Jesús resplandece con toda su luz.

Después Jesús continúa diciendo: «Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Es otra afirmación enigmática. Y entonces interviene otro discípulo que tampoco ha comprendido lo que Jesús está diciendo.

El deseo que ninguna

cosa puede llenar

«Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre».

Felipe dirige a Jesús una petición muy sencilla y, al mismo tiempo, inmensa: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

En esa frase habla el deseo más hondo del ser humano; ver un día el rostro de Dios. No solo saber algo sobre Dios, no solo tener ideas correctas, no solo cumplir unas normas religiosas, sino contemplar su rostro, reconocerlo, descansar en él.

Ese anhelo atraviesa toda la Escritura. El salmista lo dice con palabras encendidas: «Tu rostro, Señor, busco. No me escondas tu rostro» (cfr. Sal 27, 8-9). Y en otro salmo aparece esa imagen bellísima de la cierva sedienta que busca corrientes de agua: así el alma busca a Dios y se pregunta cuándo podrá ver su rostro (cfr. Sal 42, 2-3). También Moisés, en un momento de intimidad audaz con el Señor, se atreve a pedir: «Muéstrame tu gloria» (cfr. Ex 33, 18).

Estamos hechos para el infinito. Estamos hechos con un hueco dentro que ninguna cosa creada puede llenar del todo. Qohélet lo expresa con una frase poderosa: Dios ha puesto el infinito en el corazón del hombre (cfr. Ecl 3, 11).

Y conviene tomarlo en serio. Porque, si no reconocemos que necesitamos a Dios, intentaremos calmar esa sed llenándonos de cosas que nunca bastan: placeres, éxitos, bienes, viajes, fiestas, reconocimientos. Organizamos una fiesta, sale bien, todos contentos… y al día siguiente ya estamos pensando: «¿Y ahora qué? ¿Cuál es la próxima?». El corazón humano tiene una capacidad curiosa: puede convertir hasta la alegría en una agenda de pendientes.

Decimos: «Cuando tenga esto, entonces sí seré feliz». Pero llega eso, y al poco tiempo necesitamos otra cosa. Primero la bicicleta; luego la moto; después el coche; más tarde algo más grande. Y si llegara el avión, tampoco bastaría. No porque esas cosas sean malas, sino porque son finitas. Y el corazón hecho para el infinito no se sacia con cosas finitas.

Por eso Felipe pide: «Muéstranos al Padre». En el fondo está diciendo: «Muéstranos aquello para lo que hemos sido creados. Muéstranos el rostro que puede colmar nuestra sed».

El rostro del Padre

estaba delante de sus ojos

Jesús responde a Felipe con una mezcla de ternura y sorpresa: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». Felipe buscaba el rostro de Dios, y lo tenía delante. Ese es el gran anuncio: Jesús ha venido al mundo para mostrarnos el verdadero rostro del Padre.

Por eso recorrió ciudades y aldeas. Por eso entró en las sinagogas. Por eso subió a Jerusalén y entró en el templo. No vino simplemente a enseñar una doctrina religiosa más, sino a quitar las máscaras con las que los hombres habían deformado el rostro de Dios.

Porque los hombres hemos sido muy capaces de fabricar imágenes falsas de Dios: un Dios severo, susceptible, justiciero, siempre dispuesto a castigar; un Dios que lanza rayos contra sus enemigos; un Dios que bendice nuestras guerras, nuestras venganzas y nuestras durezas. Pero esos dioses se parecen demasiado a nosotros. Son ídolos con rostro humano, hechos a imagen de nuestros miedos y de nuestras violencias.

Y Jesús dice: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». Felipe, ¿no acabas de ver a Jesús lavando los pies a sus discípulos? Pues ese es Dios. No el Dios sentado en un trono para hacerse servir, no el Dios distante que exige obediencia desde arriba, no el Dios áspero que castiga al que falla. El verdadero Dios se ha mostrado arrodillado, lavando los pies. Ese es el único Dios creíble: el Dios que ama sirviendo. Porque Dios es amor (cfr. 1 Jn 4, 8). Y si amar significa servir, entonces Dios, que es amor infinito, es servidor infinito del hombre.

Quizá a muchos se nos enseñó de pequeños que Dios nos creó para conocerlo, amarlo y servirlo en esta vida, y que, si lo servíamos bien, después nos premiaría. Pero Jesús invierte esa imagen. Dios no busca siervos para aumentar su gloria; Dios quiere hijos que aprendan de él a servir a sus hermanos. Este es el Dios que vemos en Jesús de Nazaret.

Las obras de Jesús son

la prueba del rostro del Padre

Jesús continúa diciendo que hay una prueba de que él refleja el rostro del Padre: sus obras. «Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre».

Quien ve sus obras, ve actuar al Padre. Pero conviene no entender esto como si Jesús estuviera presentando una lista de prodigios espectaculares para impresionar.

No pensemos aquí en “milagros” como si Jesús hubiera venido a impresionar con gestos espectaculares. El predicador parece aludir al término griego θαύματα (thaúmata), que significa “prodigios” o “maravillas”. Pero el Evangelio, especialmente el de Juan, prefiere hablar de σημεῖα (seméia), “signos”: gestos que no buscan deslumbrar, sino revelar el rostro del Padre. Y el signo más grande de todos no es una demostración de poder, sino el amor entregado hasta el final. n cualquier caso, la idea es clara; los evangelios presentan las acciones de Jesús como signos, y el signo mayor es el amor llevado hasta el extremo, el don total de la vida.

Jesús le está diciendo a Felipe: «Abre las páginas del Antiguo Testamento. Mira cómo actúa Dios. ¿Qué obras ves?». Ves a un Dios que libera de la esclavitud, porque no soporta que nadie viva encadenado. Ves a un Dios que ama la vida. Ves al padre de los pobres, al defensor del huérfano y de la viuda, al protector del extranjero.

Ves a un Dios que rechaza el culto hipócrita y reclama justicia; un Dios que quiere pan compartido con el hambriento y vestido compartido con el desnudo (cfr. Is 58, 6-7). Ves a un Dios que libera del pecado. No lo restriega por la cara, no humilla al pecador, no se recrea en la culpa. Al contrario, aparta el pecado para que el hombre pueda volver a vivir.

El libro de la Sabiduría dice que Dios cierra los ojos ante los pecados de los hombres para que se conviertan (cfr. Sab 11, 23). Isaías anuncia que no apagará el pábilo vacilante ni quebrará la caña cascada (cfr. Is 42, 3).

Es precioso ver qué hace Dios con los pecados. El Sirácida dice que los disuelve como la escarcha (cfr. Eclo 3, 15). El salmo proclama que, como dista el oriente del occidente, así aleja de nosotros nuestras culpas (cfr. Sal 103, 12). Miqueas afirma que Dios arroja nuestros pecados al fondo del mar (cfr. Miq 7, 19). Y Jeremías pone en labios de Dios esta promesa: «Perdonaré su culpa y no recordaré ya su pecado» (cfr. Jer 31, 34).

Felipe, ¿no lo ves? Todo eso que el Padre ha revelado a lo largo de la historia se reproduce perfectamente en Jesús. El rostro del Padre lo tienes delante de los ojos.

Creer en Jesús es prolongar sus obras

Jesús añade todavía una afirmación sorprendente: «el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores». De nuevo, no pensemos en milagros entendidos como gestos espectaculares. No se trata de competir con Jesús en prodigios, como si la fe cristiana fuera una feria de poderes religiosos. Se trata de continuar sus signos: las obras que revelan el amor del Padre.

Las obras del Padre se manifestaron plenamente en Jesús. Pero ahora deben seguir manifestándose en sus discípulos. El cristiano está llamado a hacer visible, con su vida, el rostro del Padre que Jesús ha mostrado.

Jesús dice incluso que sus discípulos harán obras mayores. ¿Qué significa esto? Que la vida terrena de Jesús se desarrolló en un espacio histórico y geográfico limitado. Su paso visible por Galilea, Judea, Jerusalén, tuvo fronteras concretas. Pero, a través de sus discípulos, el rostro del Padre puede seguir manifestándose en todos los lugares, en todos los tiempos, en todas las culturas, en todas las heridas de la historia.

A través de nosotros, el Padre quiere continuar mostrando que él es servidor del hombre. Cada vez que alguien ama como Jesús, sirve como Jesús, perdona como Jesús, levanta como Jesús, acompaña como Jesús, el mundo vuelve a ver algo del rostro de Dios. Cuando ese amor llega incluso al enemigo, cuando no se limita a los amigos, cuando no se mide por simpatías, cuando no busca recompensa, entonces se descubre que ahí hay una fuerza que no nace simplemente de la tierra. Hay un amor que viene de lo alto. Hay un amor que lleva la firma de Dios.

Nuestra vida entregada es la que testimonia que somos hijos de Dios. No bastan discursos sobre Dios si después nuestra vida desmiente su rostro. No basta decir que Dios es amor; estamos llamados a hacerlo visible.

Con nuestra vida somos llamados a testimoniar que Dios es amor.

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