sábado, 28 de marzo de 2026

Homilía del Domingo de Ramos, ciclo a - Mt 26, 20-27.66 «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

 

Homilía del Domingo de Ramos, ciclo a

Mt 26, 20-27.66 «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

Cada evangelista mira la pasión

con una luz propia.

Los evangelistas dedican bastante espacio al relato de la pasión y muerte de Jesús. Los hechos fundamentales son, en esencia, los mismos, porque todos siguen la trama del Evangelio según san Marcos, que conserva el relato más antiguo de la pasión y muerte del Señor, escrito pocos años después de los acontecimientos. Al ser un texto tan amplio me centraré sólo en algunos de los versículos.

La comunidad escucha

lo que necesita para vivir.

Pero cada evangelista introduce en su narración algunos detalles, pone ciertos acentos, recoge ecos del Antiguo Testamento y cuenta episodios que los otros omiten, aunque él los considera importantes. Esta elección depende de la sensibilidad espiritual de cada uno y también de la atención que presta a las necesidades de su comunidad. Por eso no deja de transmitir aquello que juzga necesario para que esa comunidad lo escuche.

Mateo nos ofrece

una puerta de entrada concreta.

La versión del relato de la pasión sobre la que hoy vamos a reflexionar es la que escribió el evangelista Mateo. No la recorreremos entera ni de manera minuciosa; nos detendremos solamente en aquellos momentos de la pasión de Jesús que aparecen solo en el Evangelio según san Mateo. Y el primero lo encontramos en el relato de la última cena.

La pregunta que desenmascara al discípulo

«C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: + «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

C. Ellos muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro
S. «¿Soy yo acaso, Señor?». C. Él respondió: + «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!». C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: S. «¿Soy yo acaso, Maestro?». C. Él respondió: + «Tú lo has dicho
».

Hay un detalle que desconcierta desde el primer momento: los Doce, uno tras otro, le hacen a Jesús exactamente la misma pregunta: «¿Soy yo acaso, Maestro?». Y sorprende, porque cabría pensar que cada uno sabe bien de qué lado está; uno debería reconocer si camina con el Maestro o si, por dentro, ya ha empezado a alejarse de él. Sin embargo, el relato deja ver otra cosa: incluso entre los más cercanos puede abrirse la grieta de la duda. También el discípulo puede llegar a preguntarse si su adhesión es verdadera o solo aparente. Y precisamente ahí el texto se vuelve serio: no habla solo de ellos, habla también de nosotros.

La pregunta de los Doce

también es para nosotros.

El mensaje que Mateo quiere transmitir a sus comunidades, y también a nosotros, es muy claro. Nos invita a hacernos esa misma pregunta, porque podría suceder —y por desgracia sucede con frecuencia— que alguien se tenga por discípulo fiel de Cristo y, sin embargo, quizá sin darse cuenta, organice su vida y cultive convicciones que van en dirección contraria al Evangelio.

¿No nos ha ocurrido alguna vez que un hermano en la fe, o incluso alguien no creyente, nos ha puesto delante de nuestras incoherencias con lo que el Maestro nos enseñó? Cuando nos llega esa provocación, no conviene encogerse de hombros. Dejémonos interpelar por el Evangelio, pongámonos ante el Maestro y preguntémosle: «¿Soy de verdad discípulo tuyo? Si pienso, hablo, juzgo y vivo de este modo, ¿soy verdaderamente tuyo?».

El segundo detalle sorprende todavía más, y este aparece solo en el Evangelio según san Mateo: también Judas le hace a Jesús la misma pregunta que los demás, y Jesús le responde con claridad, delante de todos: sí, eres tú el que me va a entregar. Como crónica, resulta poco verosímil, porque es difícil pensar que los otros once se hubieran quedado tan tranquilos; se le habrían echado encima de inmediato y aquello habría acabado en ajuste de cuentas. Si eso no ocurrió, entonces ese detalle no quiere funcionar como crónica. Mateo lo introduce no para darnos un dato, sino para ofrecer catequesis a sus comunidades y también a nosotros. Detrás de esto hay una catequesis.

No toda mano extendida

está convertida por dentro.

Los Doce están reunidos con Jesús en el cenáculo y todos alargan la mano al plato con él, exactamente como hacemos nosotros cuando nos acercamos al banquete eucarístico. La Eucaristía es, lo sabemos, lugar de encuentro entre hermanos, entre amigos, entre personas que viven en armonía y en confianza recíproca. Y, sin embargo, a veces las peores discusiones estallan precisamente cuando estamos sentados a la mesa; basta una comida familiar para comprobarlo. Aquí, entre manos fraternas tendidas hacia el alimento compartido, hay una mano que es la de un enemigo, la de uno que en su corazón se ha puesto contra el Maestro y ha decidido entregarlo a la autoridad religiosa.

Judas no se había dejado implicar

en esa propuesta de Jesús

Y entonces surge la pregunta: ¿qué movió realmente a Judas? ¿Fue el dinero? Todo hace pensar que no. Los sumos sacerdotes se lo dieron, es verdad, pero él mismo lo devolvió después; y eso deja entrever que su problema iba por otro lado. Judas sigue siendo una figura enigmática. El Evangelio dice poco sobre él, y precisamente por eso, a lo largo del tiempo, hemos llenado sus silencios con muchas suposiciones. Pero hay algo que sí parece claro: hasta ese momento, nadie había percibido que en realidad no había acogido de verdad la novedad del mundo que Jesús venía anunciando.

Una tradición religiosa

puede volverse resistencia al Evangelio.

Puede ser que Judas siguiera aferrado a sus convicciones religiosas tradicionales, convicciones que ni siquiera la palabra de Jesús había logrado resquebrajar. Por eso, en lo más íntimo, siguió alimentando la idea de que Jesús —como pensaban los escribas y los fariseos— era un hereje al que había que detener. Su error fue decidir entregarlo y señalar a la autoridad religiosa el momento y la manera de capturarlo sin provocar revuelo en la ciudad. Creo que para Jesús esto debió de ser vivido como quizá su mayor fracaso: no haber conseguido cambiar el corazón de Judas.

Judas no traiciona,

sino que entrega

En los relatos evangélicos de la pasión, cuando se habla de Judas no se emplea el verbo προδίδωμι (prodídōmi), que significaría propiamente «traicionar» en el sentido de actuar con perfidia o deslealtad. El verbo que aparece es παραδίδωμι (paradídōmi), que significa «entregar», «poner en manos de otro», «dejar en poder de». No es un matiz menor. El evangelista no se detiene primero en el juicio moral sobre Judas, sino en el gesto concreto que realizó: puso a Jesús en manos de la autoridad religiosa. Por eso, más que insistir de entrada en la idea de una traición sentimental, el texto subraya un acto decisivo y terrible: Judas entregó al Maestro.

El Evangelio no confirma costumbres:

las purifica.

Aquí hay para nosotros un motivo serio de reflexión. Existe un peligro real en ciertas tradiciones religiosas muy arraigadas. Cuando el Evangelio las pone en cuestión, dejemos que sean revisadas. Porque, si no, podemos acabar comportándonos como Judas: ponernos del lado de lo de siempre, de lo que siempre se ha hecho, de lo que siempre se ha pensado, y no dejarnos convertir por el Evangelio.

Terminada la cena, Jesús se dirige a Getsemaní. Allí llega Judas al frente de una gran multitud armada con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes. En un momento comienza un forcejeo y uno de los discípulos presentes echa mano de la espada. Atendamos ahora cómo refiere Mateo la reacción inmediata de Jesús ante el gesto insensato de ese discípulo.

         El Reino de Dios no se levanta con la espada.

«C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: + «Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán».

En esta escena, Mateo subraya con especial fuerza un mensaje que atraviesa todo su Evangelio: Jesús rechaza de manera absoluta la violencia. El reino de Dios no nace de la espada ni se sostiene por la fuerza. Solo Mateo conserva esa palabra dirigida al discípulo que ha desenvainado: «Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán».

El Reino no se impone:

se acoge.

La confrontación, la rivalidad, la violencia, pueden servir para levantar imperios, pero no para abrir paso al mundo nuevo que Jesús anuncia. Los imperios crecen desde la lógica del más fuerte. El Evangelio, en cambio, camina por otro sendero, mucho más desarmado y, por eso mismo, mucho más exigente.

Basta pensar en el mito que está en la base de Roma: Rómulo y Remo. Al final, lo que prevalece es una idea muy simple y muy dura: decide el más fuerte; y quien traspasa el límite que ese poder impone, paga con la vida. Sobre ese principio se edificó el imperio. Pero esa es precisamente la lógica que Jesús no acepta, porque pertenece al mundo viejo, no al Reino de Dios.

La espada construye dominio,

no comunión.

Los cristianos de los primeros siglos entendieron bien que las palabras del Maestro no eran una bonita exageración, sino un modo nuevo de estar en el mundo. Por eso repudiaban el recurso a la violencia. Tertuliano se preguntaba con crudeza si un cristiano podía vivir con la espada en la mano. Y la pregunta no era retórica. Si el Señor había dicho que quien toma la espada, por la espada perece, ¿cómo podía el discípulo del Príncipe de la paz hacer de la guerra su oficio?

Pocos años después, Orígenes lo expresaba con la misma claridad: los cristianos ya no empuñan la espada ni aprenden el arte de la guerra, porque han sido hechos hijos de la paz. Es una frase hermosa, pero no era poesía piadosa: era una toma de posición.

Tomaron a Jesús al pie de la vida.

La Iglesia de los primeros siglos se tomó estas palabras muy en serio. La Tradición Apostólica, que recoge disposiciones para la vida cristiana en el siglo III, afirma que el soldado no debe matar, y que, si recibe esa orden, no debe obedecer. Y añade algo todavía más fuerte: si no acepta esa condición, no puede ser admitido al bautismo. También quien tiene autoridad para condenar a muerte debe renunciar a ese poder. Y el catecúmeno que quiera hacerse soldado debe ser apartado, porque con esa elección ha despreciado a Dios.

No se trataba solo de principios escritos en un texto. Hubo jóvenes que pagaron personalmente esta fidelidad. Uno de los casos más conocidos es el de san Maximiliano de Theveste, la actual Tebessa, en Argelia, a finales del siglo III, durante la persecución de Diocleciano. Cuando quisieron enrolarlo, respondió con una sencillez desarmante: no podía servir en el ejército porque era cristiano. No podía hacer daño. Esa era toda su razón, y a la vez era una razón inmensa. Cuando el juez le hizo notar que otros cristianos sí servían como soldados, él no discutió ni se puso por encima de nadie. Solo respondió: «Ellos saben lo que hacen; yo soy cristiano y no puedo hacer daño». Hay frases que no hacen ruido, pero dejan al descubierto todo un mundo.

La muerte de Judas:

un relato entre sombras

«C. Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo: S. «He pecado entregando sangre inocente». C. Pero ellos dijeron: S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!». C. Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron: S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre». C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».

El episodio de la trágica muerte de Judas es conocido por todos, incluso por quienes tienen poca familiaridad con los Evangelios. Y, sin embargo, el relato no es tan claro ni tan sencillo como parece. Presenta zonas de sombra, puntos oscuros que, desde el punto de vista histórico, probablemente nunca podrán aclararse del todo.

No sabremos con certeza qué final tuvo Judas. ¿Por qué? Porque Lucas, al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, cuenta su muerte de otra manera (cfr. Hch 1, 16-20). Y, para complicar todavía más la cuestión, una tradición atribuida a Papías de Hierápolis (obispo de Hierápolis, que vivió entre finales del siglo I y comienzos del II y que llegó a encontrarse con los apóstoles) presenta una versión distinta: Judas habría sobrevivido un tiempo, quedó horriblemente desfigurado y acabó muriendo de una manera espantosa, como ejemplo de impiedad. Pero se trata de un testimonio fragmentario y tardíamente transmitido, por lo que conviene citarlo con cautela.

No busquemos curiosidad:

escuchemos el mensaje.

No tiene mucho sentido, por tanto, dar rienda suelta a conjeturas. No conviene acercarnos a los evangelistas buscando datos que sacien nuestra curiosidad, sino dejándonos interpelar por lo que realmente quieren comunicarnos. A nosotros no nos interesa tanto la crónica cuanto el mensaje que Mateo quiere dejarnos.

Judas no es un personaje de cartón:

es un hombre roto.

Intentemos entonces, al menos por un momento, liberarnos de ciertos estereotipos y mirar con respeto, incluso con compasión, el drama de este hombre. Por cómo hablan de él Pedro, Juan y los evangelistas, da la impresión de que dentro del grupo apostólico no tenía verdaderos amigos. Parece más bien alguien que vivía en la periferia del grupo, un poco al margen.

Y cuando Judas vio que aquel que era el único que lo amaba de verdad iba al encuentro de la muerte, debió de sentirse terriblemente solo, cargando con el peso de su propio error. Y fue, por desgracia, a descargar su remordimiento y su tormento interior en las personas equivocadas: en los sacerdotes del Templo, que lo habían instrumentalizado, que se habían servido de él. Fue, en el fondo, al confesor equivocado.

El pecado no es el final;

cerrarse al amor, sí.

También Pedro pecó, pero encontró al confesor justo. Judas, en cambio, no. Si Judas Iscariote hubiera acudido a Cristo, su historia habría terminado de un modo completamente distinto.

Judas se convierte así en símbolo de todos aquellos que durante un tiempo siguen al Maestro, pero después, al darse cuenta de que Jesús no realiza sus sueños ni responde a sus expectativas, lo abandonan y, a veces, incluso se ponen contra él. Y eso también puede suceder hoy.

A continuación, el evangelista Mateo nos conduce a otros dos episodios que solo él conserva.

El sueño de la mujer de Pilato.

«C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia, Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él». C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús
»

         El evangelista Mateo nos conduce a otros dos episodios que solo él conserva. El primero es el sueño de la mujer de Pilato, una escena breve y aparentemente marginal, pero cargada de significado: precisamente desde un lugar secundario surge una voz que intenta frenar una condena injusta.

Una voz inesperada intenta frenar la injusticia.

Poncio Pilato fue procurador de Judea durante diez años, del 26 al 36 d.C. Era un tiempo inusualmente largo, porque lo normal era que los procuradores permanecieran solo unos pocos años. Quizá la razón estuvo en que, en Roma, contaba con un protector: el temido Sejano -Sejanus / Lucius Aelius Sejanus, el cual fue el poderoso colaborador de Tiberio y cayó en desgracia en el año 31 d.C. Sejano llevaba el poder mientras Tiberio, medio desquiciado, vivía retirado en Capri, la isla donde había fijado su residencia.

Flavio Josefo cuenta que Poncio Pilato tomó muchas decisiones insensatas, tanto antes del proceso contra Jesús como después. De hecho, sería una represión violenta de una revuelta de samaritanos lo que acabaría provocando su denuncia ante Vitelio, legado romano de Siria, de cuya provincia dependía también Palestina. Y Vitelio, que más tarde llegaría a ser emperador, le ordenaría abandonar Judea y regresar de inmediato a Roma.

A veces la lucidez llega

desde donde nadie manda.

Si tenemos presente el carácter impulsivo de su marido, se entiende bien que su esposa intentara disuadirlo de cometer un nuevo error: condenar a un inocente por complacer a los sumos sacerdotes, Anás y Caifás.

Y lo hizo hablándole en un lenguaje que Pilato podía comprender bien: el de una revelación divina a través de los sueños. La literatura griega y latina, como sabemos, está llena de mensajes de este tipo.

También en los márgenes

puede hablar la verdad.

¿Qué mensaje podemos sacar de este episodio, aparentemente tan secundario dentro del relato de la pasión? Podríamos leerlo como una sugerencia, casi como una invitación dirigida a nosotros: cuando tengas que tomar una decisión, detente a pensar. Y recuerda que hay personas, como esta mujer y como tantas otras, dotadas de una sensibilidad más fina y de una nobleza de alma mayor. Escúchalas. Y luego reflexiona.

Ahora nos adentraremos en el segundo episodio que solo nos transmite Mateo.

Cuando el Evangelio se lee mal, hiere.

«C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo: S. «¡Soy inocente de esta sangre! ¡Allá vosotros!». C. Todo el pueblo contestó: S. «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».

Ésta es el segundo episodio que sólo nos transmite el evangelista Mateo. La interpretación insensata de esa frase ha tenido consecuencias trágicas: odio, acusaciones absurdas, violencia, persecuciones contra los judíos por parte de cristianos.

¿Cuál era, en realidad, su sentido? Recordemos a Jesús en el monte de los Olivos, contemplando la ciudad de Jerusalén, que había rechazado su propuesta de un mundo nuevo, un reino de justicia, de amor y de paz. Y allí Jesús rompió a llorar.

Las lágrimas de Jesús no condenan: suplican.

Su llanto es un signo de amor, como el de una madre que ve a su hijo alejarse, rechazar su amor y elegir caminos de muerte. Jerusalén había preferido el recurso a la violencia, y así fue sellando su propia ruina y la de sus hijos.

Quien rechaza al Mesías de Dios y escoge otros mesías, los que siguen la lógica de la violencia, acaba haciendo correr su propia sangre y la de sus hijos.

La violencia nunca termina donde empieza.

Mateo quiere ofrecer aquí una catequesis a los cristianos de todos los tiempos. Nos pone en guardia frente al peligro de repetir el mismo error que cometió su pueblo. Recurrir a la violencia es siempre invocar derramamiento de sangre sobre uno mismo y sobre los propios hijos. Hay decisiones insensatas cuya factura la pagan generaciones enteras.

Y ahora nos adentramos en el relato de unos hechos extraordinarios que habrían acontecido en la muerte de Jesús y que solo Mateo narra.

En la muerte de Jesús no se rompe una tela:

se rompe una idea de Dios.

«C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo»

         Lo que acabamos de escuchar podría parecernos, a primera vista, el relato de un prodigio. Pero, si se tratara solo de la rotura material de una cortina, en realidad nos interesaría bastante poco. Aquí hay otra ruptura, y esa sí nos afecta de lleno: el velo que ha quedado rasgado para siempre.

¿Qué quiere decirnos Mateo? Llegados a este punto del relato de la pasión, quiere ayudarnos a comprender qué sucedió realmente aquel 7 de abril del año 30, a las tres de la tarde, cuando Jesús murió. Y lo hace recurriendo a imágenes bíblicas que los cristianos de su tiempo entendían muy bien y que también nosotros podemos comprender.

Habla del velo del templo, rasgado de arriba abajo. ¿Qué significa esa imagen? Sabemos lo que era ese velo: la cortina que separaba dos grandes espacios, el Santo y el Santo de los Santos. En el Santo estaban el candelabro de siete brazos la מְנוֹרָה (menorá), el altar del incienso y los panes de la ofrenda; allí entraban cada día los sacerdotes.

En cambio, en el Santo de los Santos no podía entrar nadie, porque era el lugar de la gloria de Dios. Solo el sumo sacerdote, una vez al año, en el día del Yom Kippur, entraba allí, y lo hacía temblando, porque si no se hallaba en estado de perfecta pureza no podía acercarse a Dios: sería fulminado. Por eso se sometía antes a escrupulosas purificaciones. Nadie podía atravesar aquel velo. Todos debían quedarse lejos. Dios era inaccesible.

Con la muerte de Jesús,

Dios deja de estar detrás de una barrera.

¿Qué sucede entonces en el momento de la muerte de Jesús? Que Dios rasga para siempre ese velo. El mundo nuevo comienza justamente ahí, en esa ruptura. Con la muerte de Jesús queda eliminado para siempre todo lo que impedía encontrarse con Dios. Los pecadores debían permanecer a distancia; no podían acercarse a él, no podían entrar en su casa. Aquella no era su casa. La casa era solo para los justos.

Pero ese velo ha sido rasgado. Ahora la casa de Dios es la casa en la que pueden entrar todos sus hijos, y los pecadores los primeros, porque son quienes más necesitan su abrazo. Esa es la verdadera ruptura que acontece allí, cuando Jesús muere en el Calvario.

Dios no es un juez encerrado:

es amor abierto para todos.

Se había predicado a un Dios lejano, inaccesible, castigador; un Dios al que solo uno podía acercarse si era puro, y ante el cual el pecador debía vivir con miedo. Con la muerte de Jesús, esa separación queda barrida. Dios había permanecido oculto detrás del velo de nuestras imágenes blasfemas, de las falsas ideas que nos habíamos hecho de él. Todo eso ha sido arrancado. La cortina ha quedado rasgada, y nadie podrá recomponerla.

Y más vale no intentar volver a colgar ese velo. En Jesús, el Señor ha revelado el verdadero rostro de Dios: amor, y solo amor, para todos, no solo para los buenos.

Cuando el Evangelio entra,

nada queda quieto.

«La tierra tembló, las rocas se resquebrajaron»

La imagen del terremoto es bien conocida para quien ha entrado un poco en la Biblia. Recordemos lo que sucede cuando Dios desciende sobre el monte Sinaí para hablar con Moisés: todo tiembla (cfr. Ex 19, 18). Pero, en realidad, no se trata ante todo de un temblor del monte material. El terremoto ocurre en la mente y en el corazón de Moisés, porque tiene que ponerse por completo en sintonía con los pensamientos y los caminos de Dios.

Ese es también el terremoto que puede producirse en nosotros. Cuando dejamos entrar el Evangelio, todo se sacude. Ya no podemos seguir pensando, decidiendo y viviendo como antes. Todo queda removido.

Quien leía este pasaje del Evangelio de Mateo entendía muy bien a qué terremoto se estaba refiriendo. No a un terremoto material, sino a aquel Viernes Santo que hizo temblar el mundo. Allí fueron sacudidos los cimientos del mundo viejo. Todo empezó a venirse abajo, porque aquellas bases ya no podían sostener nada.

El terremoto es la imagen

de la poderoso intervención de Dios.

Mateo hablará también de otro terremoto en la mañana de Pascua, cuando el ángel del Señor baja del cielo, hace rodar la piedra y se sienta sobre ella: es la victoria de Dios sobre la muerte (cfr. Mt 28, 2).

En la Biblia, el terremoto es precisamente una imagen poderosa de la intervención de Dios. Cuando Dios irrumpe, nada sigue igual. Las viejas construcciones ya no se sostienen. Las grandezas de este mundo, esos castillos de cartón piedra que tanto admiramos, se desploman en la Pascua del Señor.

El mundo nuevo no nace sin sacudir el viejo.

Ese gran trastorno del mundo es lo que Mateo quiere presentar. La tierra tembló. Casi parece retorcerse como en un parto, en el momento en que está por dar a luz al mundo nuevo. Los corazones de piedra se resquebrajan y son sustituidos por un corazón nuevo.

Y el evangelista sigue ahora explicándonos, por medio de imágenes, el sentido de lo que sucedió aquel día.

Mateo no narra una crónica:

anuncia una verdad.

«Las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos».

         Probablemente hemos sentido cierta incomodidad al escuchar este relato. Los muertos resucitan en el momento de la muerte de Jesús, pero no salen enseguida de los sepulcros: esperan al día de Pascua, cuando también Jesús sale del sepulcro.

Nadie interpreta esta página como la descripción material de un hecho, porque entonces surgirían de inmediato preguntas inevitables: esos muertos resucitados que se aparecieron a muchos en Jerusalén, ¿volvieron luego a sus tumbas? Está claro que Mateo no está redactando una crónica. Está empleando una imagen para comunicarnos una verdad extraordinaria.

Lo que quiere decirnos es que la victoria de Jesús sobre la muerte no alcanza solo a quienes murieron después de él, sino también a todos los que habían vivido antes.

La Pascua de Cristo

abre la vida para todos.

Por eso resulta tan expresiva esa iconografía en la que Jesús desciende, como todo mortal, al שְׁאוֹל (sheol). Al haberse hecho verdaderamente hombre, no podía volver a la casa del Padre sin pasar por el reino de la muerte.

Pero ¿qué sucede cuando llega allí? No queda retenido para siempre en el mundo de los muertos. Al contrario: hace resurgir a los que estaban allí e introduce a todos en el mundo de la inmortalidad.

Donde parecía terminar todo,

Cristo hizo entrar la vida.

Eso es lo que Mateo quiere proclamar: en la Pascua, la victoria de la vida sobre la muerte ha sido total. Ha alcanzado también a quienes vivieron antes de Cristo.

La luz no se deja sepultar.

««C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera». C. Pilato contestó: S. «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis». C. Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia
».

Este último episodio es referido únicamente por Mateo: el de los guardias puestos para custodiar el sepulcro.

Jesús ya lo había advertido: la luz vino al mundo, pero los hombres prefirieron las tinieblas, porque sus obras eran malas. Quien obra mal no soporta la luz; la rehúye, porque la luz no deja maquillajes y termina poniendo al descubierto lo que uno querría mantener escondido (cfr. Jn 3, 19-20).

El poder cree vencer

cuando logra silenciar.

Eso es lo que Mateo deja entrever en la escena de los guardias colocados junto al sepulcro. Los poderosos están persuadidos de haber apagado la luz de una vez por todas. Piensan que esta vez sí, que el asunto ha quedado resuelto. El que hablaba de justicia, de paz y de un mundo nuevo ha sido reducido al silencio. Ya no molesta. Ya no desenmascara. Ya no inquieta.

Los guardias representan bien a todos aquellos que, por dinero, por conveniencia o por miedo, terminan poniéndose del lado de los poderes de este mundo. De un lado está el poder religioso; del otro, el poder político. Distintos en apariencia, pero aliados cuando se trata de defender un orden que no quiere dejarse cuestionar. Y siempre hay quien se presta a custodiar ese orden, convencido de que los vencedores serán, como siempre, los mismos.

Hay vigilias inútiles

cuando Dios decide amanecer.

La tarea que se les encomienda es tan soberbia como imposible: dejar bien cerrado en el reino de la muerte al Señor de la vida. Creen haber llegado al final de la historia. Se imaginan que la piedra ha puesto punto final a todo. Y así suele actuar el mal: no solo hiere, sino que además intenta persuadirnos de que ha triunfado para siempre. Por eso, tantas veces, quienes siguen esperando justicia, paz y amor acaban pareciendo ingenuos, como si fueran personas incapaces de aceptar la dureza de la realidad.

Pero los poderes de este mundo se equivocaron de arriba abajo. Pensaban enfrentarse a una fuerza como las de aquí abajo, una fuerza que pudiera responder con armas, con maniobras, con engaños, con corrupción. No entendieron que estaban luchando contra una luz que no venía de la tierra, sino de Dios.

La Pascua es la derrota

definitiva de la noche.

Y esa luz estalla en la noche de Pascua. El ángel desciende del cielo, hace rodar la piedra y se sienta sobre ella; no como quien aparta un obstáculo cualquiera, sino como quien muestra, con una serenidad imponente, que la victoria pertenece ya para siempre a Dios (cfr. Mt 28, 2). Los guardias, puestos allí para defender el mundo viejo, quedan deshechos, sin fuerza, vencidos por aquello que no podían prever ni controlar. Huyen aterrados ante la luz del cielo.

Y esa luz, una vez aparecida, ya nadie podrá apagarla.

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