San
José y esa santidad que no se nota enseguida
Un
santo sin brillo aparente, pero decisivo
Queridas Hermanitas de los Ancianos
Desamparados
y hermanos en Cristo:
La fiesta de san
José tiene algo muy hermoso: nos pone delante a un santo que no deslumbra, pero
sostiene. No impresiona por lo que dice, porque en el Evangelio no se recoge ni
una palabra suya. No ocupa grandes escenas. No hace milagros espectaculares. Y,
sin embargo, cuando uno lo mira bien, descubre que es un hombre decisivo. De
esos hombres que, sin ponerse en el centro, hacen posible que lo importante no
se venga abajo.
La
justicia de José: un corazón vuelto hacia Dios
El Evangelio lo
llama “justo” (cfr. Mt 1,19). Y esa palabra, en la Biblia, no significa
simplemente “buena persona” en un sentido blandito, como decimos a veces. Justo
es el que vive vuelto hacia Dios, el que no se toma a sí mismo como medida de
todas las cosas, el que intenta hacer el bien incluso cuando la vida se le
complica y no entiende del todo lo que está pasando. José es justo porque no se
deja arrastrar ni por el orgullo ni por el miedo. Tiene dentro una especie de
orden, una limpieza de corazón, que le permite no reaccionar de cualquier
manera. Y esto, si lo pensamos bien, no es poca cosa.
Porque hay
momentos en los que todos nosotros, también las personas consagradas, también
quienes llevan años de fidelidad, podemos actuar desde la herida, desde el
cansancio, desde el amor propio. Basta con que algo nos descoloque, con que no
salga lo previsto, con que el cuerpo pese más, con que el carácter del otro nos
roce donde más nos duele. Entonces uno puede endurecerse sin darse cuenta.
Puede hacerse seco. Puede perder la paciencia. Puede empezar a tratar a los
demás desde la fatiga y no desde la caridad.
La
santidad no es no sufrir; es no dejarse torcer por la noche
José no aparece
así. José atraviesa una situación que lo desconcierta profundamente y, sin
embargo, no se vuelve agresivo. No se pone en primer lugar. No convierte su
dolor en castigo para otros. Eso ya dice mucho de él. Y dice mucho de la
santidad verdadera. Porque la santidad no consiste en no pasar nunca por la
noche. Consiste en no dejar que la noche nos robe el alma.
San José conoce la
incertidumbre. Conoce ese momento en que uno no tiene todas las piezas y, por
tanto, no puede apoyarse en sus cálculos. Es una experiencia muy humana. Nos
gusta entender, tener control, saber qué toca, qué vendrá después, cómo se
resolverá todo. Y cuando eso falla, sufrimos. A veces por fuera seguimos
funcionando, pero por dentro nos agitamos bastante. Pues bien, José vive
precisamente ahí: en el lugar donde no tiene todo claro. Y ahí se mantiene
limpio.
No
descargar sobre otros lo que uno lleva dentro
Eso tiene una
enseñanza muy concreta para vuestra vida.
Vosotras cuidáis
personas ancianas, muchas veces frágiles, desorientadas, cansadas, doloridas,
repetitivas, a veces incluso difíciles. Las queréis, desde luego. Pero querer
no quita el desgaste. Hay días luminosos, y hay otros en los que todo cuesta
más: una noche mal dormida, una hermana enferma, una anciana que se resiste a
todo, otra que pregunta veinte veces lo mismo, otra que llora sin razón
aparente, otra que se enfada porque tiene miedo y ya no sabe nombrarlo. Y en
ese escenario se juega mucho de la verdad del corazón.
Ahí es donde san
José se vuelve cercano. Porque él no enseña una espiritualidad de frases
bonitas. Enseña una forma de estar en la realidad. Podríamos decirlo así: José
no necesita entenderlo todo para seguir haciendo el bien. Y eso, hermanas, es
madurez humana y es vida de Dios.
Hay personas que,
cuando no entienden, se bloquean. O se vuelven duras. O necesitan descargar en
alguien lo que les pasa por dentro. José no. José espera. Discierne. Deja que
Dios le abra un camino. No actúa a golpe de impulso. No se deja gobernar por la
primera reacción. Y esto, humanamente, es precioso. Porque una persona madura
no es la que nunca siente turbulencia; es la que no entrega el timón de su vida
a la turbulencia que siente.
Seguramente
vosotras habéis visto muchas veces cómo, al final de una jornada pesada,
todavía queda lo más importante: tratar bien. Porque una puede hacer muchas
cosas correctamente y, sin embargo, hacerlas con el corazón ya torcido. San
José recuerda que el modo importa. Que el bien no es solo lo que hacemos, sino
desde dónde lo hacemos.
Amar
sin poseer, cuidar sin invadir
Además, José tiene
una manera muy limpia de amar. Ama a María sin adueñarse de ella. Y esto, dicho
así, parece una frase sencilla, pero es una escuela entera de vida cristiana.
Qué fácil es, cuando uno quiere mucho una obra, una casa, una misión, incluso
una comunidad, empezar a hablar por dentro en posesivo: mis ancianos, mi
planta, mis cosas, mi manera, mi trabajo. Y entonces el servicio se mezcla con
el control, y el amor se mezcla con la susceptibilidad.
José no va por
ahí. Sabe que está ante un misterio que le ha sido confiado, pero que no le
pertenece. Y por eso cuida sin invadir. Protege sin dominar. Está presente sin
aplastar. Deja espacio a Dios.
Eso, en vuestro
carisma, es fundamental. Porque cuidar ancianos desamparados no es
gestionarlos; es honrarlos. No es llevar una casa como quien administra un
engranaje; es custodiar una vida vulnerable. Y para eso hace falta ternura, sí,
pero también una especie de pudor interior: saber que el otro nunca es mío. Que
incluso cuando depende de mis manos para casi todo, sigue siendo de Dios. Su
historia es de Dios. Su dignidad es de Dios. Su último tramo de camino es de
Dios.
San José ayuda mucho a purificar eso. Él
nos recuerda que se puede servir intensamente sin apropiarse de nada. Y esto da
una libertad inmensa. Porque cuando uno deja de actuar como propietario,
empieza a descansar más en el Señor. Hace lo que tiene que hacer, lo hace bien,
lo hace con amor, pero no vive crispado.
Un
silencio lleno de actos
Y luego está el
silencio. El silencio de José no es vacío. No es el silencio del que no tiene
nada dentro. Es el silencio del que no necesita poner su yo por delante a cada
momento. En el Evangelio no habla, pero hace. Recibe a María. Pone el nombre a
Jesús. Se levanta de noche. Se pone en camino. Trabaja. Protege. Regresa. Se
establece. Sostiene una casa donde el Hijo de Dios crece en lo cotidiano.
Esto conmueve,
porque se parece mucho a la vida escondida de tantas personas buenas. A veces
uno piensa que solo cuenta lo que deja huella visible, lo que sale, lo que se
reconoce. Y, sin embargo, buena parte de lo más santo en la Iglesia ocurre
lejos del foco: en una cocina, en una enfermería, en un pasillo a oscuras,
junto a una cama donde alguien respira con dificultad.
Cuántas veces
vuestra jornada está hecha de eso. De cosas que nadie aplaude. Un vaso de agua.
Una sábana cambiada. Un cuerpo frágil movido con delicadeza. Una palabra
tranquila a una persona que ya casi no se orienta. Una oración rezada al lado
de quien se va apagando. Una corrección dicha con suavidad. Una renuncia
pequeña que solo Dios ve. Todo eso tiene mucho de Nazaret. Todo eso tiene mucho
de José.
Y quizá por eso
san José resulta tan cercano a vuestra vocación. Porque vuestra vida, como la
suya, se parece poco al espectáculo y mucho a la fidelidad. Y conviene
recordarlo: la fidelidad no siempre emociona, pero sostiene el mundo más de lo
que creemos.
La
verdadera fortaleza no endurece el corazón
A veces se ha
presentado a san José de una manera demasiado plana: correcto, callado,
obediente. Pero, mirado de cerca, José no es plano. Es un hombre fuerte. No
fuerte en el sentido de duro. Fuerte en el sentido de entero. Tiene una
fortaleza que no hace ruido. No necesita imponerse. No necesita demostrar nada.
No vive para afirmar su ego. Vive para responder a lo que Dios le pide en cada
momento.
Esta fortaleza,
además, tiene algo muy hermoso: está unida a la ternura. José trabaja, decide,
protege, se mueve cuando toca, aguanta lo suyo, pero no se embrutece. Y eso,
para nosotras, para nosotros, es una lección muy seria. Porque el sufrimiento,
el cansancio y la responsabilidad, si uno no vigila el corazón, pueden volverlo
áspero. Y el Evangelio nunca nos pide aspereza. Nos pide verdad, firmeza,
paciencia, mansedumbre. Nos pide un amor fuerte, no un carácter duro.
Pedir
a san José un corazón limpio y una fidelidad humilde
Tal vez hoy
podríamos pedirle a san José una gracia muy sencilla y muy necesaria: aprender
a no responder desde la fatiga, sino desde el amor. Aprender a no endurecernos.
Aprender a sostener sin hacer ruido, a obedecer sin amargura, a trabajar sin
sentirnos dueños, a cuidar sin invadir, a callar sin enfriarnos por dentro.
Y también pedirle
otra gracia: no despreciar lo pequeño. Porque una de las tentaciones de la vida
espiritual, cuando pasan los años, es pensar que lo pequeño ya no cuenta, que
lo repetido vale menos, que lo escondido tiene poco peso. Y no es verdad. Lo pequeño,
cuando está lleno de amor, pesa muchísimo en el corazón de Dios.
Nazaret parecía
pequeña. El taller parecía pequeño. La vida de José parecía pequeña. Y, sin
embargo, ahí se estaba sosteniendo el misterio más grande.
Que san José os
acompañe mucho. Que os enseñe esa manera limpia, sobria y honda de querer. Que
os ayude a conservar un corazón sin dureza. Y que, en los días en que el cuerpo
canse más y el alma vaya un poco más despacio, os recuerde por dentro que una vida
escondida no es una vida menor cuando está entregada del todo al Señor.
Amén.

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