martes, 17 de marzo de 2026

Libertad sin dureza, justicia sin tutela

 

Libertad sin dureza, justicia sin tutela

No basta con votar

Una democracia no se arruina solo cuando se deterioran las leyes o se embarran las instituciones. A veces empieza antes, en un lugar menos visible: en el carácter de sus ciudadanos. Puede haber elecciones, parlamentos y mucha retórica pública, y faltar, sin embargo, algo decisivo: personas capaces de gobernarse un poco a sí mismas.

Porque la libertad política no se sostiene sola. Necesita ciudadanos que sepan pensar por su cuenta, soportar alguna incomodidad y no vivir siempre pendientes de lo que otros decidan por ellos. Cuando eso se debilita, la democracia sigue en pie por fuera, pero por dentro empieza a quedarse hueca.

El pobre no estorba; obliga

Conviene decir esto sin rodeos. Defender al pobre, ayudar al necesitado y auxiliar al hermano es de justicia. No de sentimentalismo: de justicia. Una sociedad decente no puede mirar con fastidio al enfermo, al anciano, al parado honrado o a la familia que atraviesa una mala racha. Ahí lo que corresponde es ayudar.

Por eso resulta tan pobre esa dureza que se disfraza de realismo y sospecha de toda necesidad. No todo el que pide ayuda está escaqueándose de la vida. Hay sufrimientos reales, caídas reales y gente que necesita ser sostenida. Ayudarla no rebaja a una sociedad; la dignifica.

Pero ayudar no es crear dependencia

Dicho eso, también hay que decir lo otro. Una cosa es auxiliar al que lo necesita y otra muy distinta acostumbrar a una sociedad a vivir pendiente de la próxima respuesta del poder.

Cuando la ayuda deja de ser un apoyo y se convierte en hábito, algo se tuerce. El ciudadano empieza a esperar, a reclamar, a comparar, a vivir atento a lo que se anuncia, se concede o se bonifica. Y la política, en vez de formar ciudadanos, empieza a gestionar dependencias.

Lo peor es cuando todo eso se presenta como si fuera gratis. No lo es. Si se regala un bono para conciertos o una tarjeta para viajar “gratis”, conviene decir la verdad entera: ese dinero sale del dinero público, es decir, del esfuerzo de los contribuyentes, muchas veces del trabajo de sus propios padres. Sale de unos impuestos concretos y de unas prioridades políticas que obligan a quitar recursos de otros sitios o a seguir apretando fiscalmente a la sociedad. El problema no es solo contable. El problema es la mentalidad que se va formando: la de creer que se puede recibir sin coste, disfrutar sin esfuerzo y exigir sin preguntarse quién paga.

San Pablo: ni crueldad ni blandura

Aquí san Pablo sigue siendo incómodo porque sigue siendo actual. A los tesalonicenses les recuerda que trabajó “día y noche” para no ser gravoso a nadie (cfr. 2 Tes 3,8). Hay en esas palabras una seriedad limpia: quien puede sostenerse, no debería instalarse en ser carga evitable para otros.

Por eso escribe también: “si alguno no quiere trabajar, que no coma” (2 Tes 3,10). La palabra decisiva es esa: quiere. No dice “el que no puede”, sino “el que no quiere”. Y él mismo lo aclara: hablaba de algunos que vivían “sin trabajar nada” (cfr. 2 Tes 3,11). No está cargando contra el débil. Está corrigiendo la irresponsabilidad.

Pero el mismo Pablo pone el contrapeso decisivo cuando escribe a los Romanos: “no tengáis con nadie otra deuda que la del amor mutuo” (Rom 13,8). Ahí está el equilibrio. Porque nadie vive solo de trabajo, mérito y rendimiento. Todos hemos sido ayudados. Todos hemos necesitado paciencia, pan, tiempo, perdón, cuidado. La vida humana no se sostiene solo por lo que uno produce, sino también por lo que recibe.

Una democracia adulta

La cuestión, entonces, no es elegir entre compasión y responsabilidad. Una democracia adulta necesita las dos. Sin compasión, se vuelve cruel y trata al débil como un estorbo. Sin responsabilidad, se vuelve blanda y acaba tratando al ciudadano como un menor perpetuo.

Entre la dureza social y la tutela permanente hay un camino más difícil, pero más digno: cuidar sin domesticar, sostener sin comprar, exigir sin aplastar. Ayudar, sí; pero de manera que la persona no quede reducida a receptora crónica. Pedir responsabilidad, sí; pero sin olvidar que el necesitado no molesta: nos pone a prueba.

Ahí está, me parece, el punto. Una sociedad libre no abandona al frágil, pero tampoco educa a sus miembros en la expectativa de recibirlo todo sin esfuerzo, sin reciprocidad y sin responsabilidad. Cuando se pierden esas distinciones, la política gana clientelas, pero el país pierde espesor.

Y un país sin espesor moral puede seguir votando mucho tiempo. Lo que ya no está tan claro es que siga viviendo de verdad en libertad.

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