Libertad
sin dureza, justicia sin tutela
No
basta con votar
Una democracia no
se arruina solo cuando se deterioran las leyes o se embarran las instituciones.
A veces empieza antes, en un lugar menos visible: en el carácter de sus
ciudadanos. Puede haber elecciones, parlamentos y mucha retórica pública, y
faltar, sin embargo, algo decisivo: personas capaces de gobernarse un poco a sí
mismas.
Porque la libertad
política no se sostiene sola. Necesita ciudadanos que sepan pensar por su
cuenta, soportar alguna incomodidad y no vivir siempre pendientes de lo que
otros decidan por ellos. Cuando eso se debilita, la democracia sigue en pie por
fuera, pero por dentro empieza a quedarse hueca.
El
pobre no estorba; obliga
Conviene decir
esto sin rodeos. Defender al pobre, ayudar al necesitado y auxiliar al hermano
es de justicia. No de sentimentalismo: de justicia. Una sociedad decente no
puede mirar con fastidio al enfermo, al anciano, al parado honrado o a la
familia que atraviesa una mala racha. Ahí lo que corresponde es ayudar.
Por eso resulta
tan pobre esa dureza que se disfraza de realismo y sospecha de toda necesidad.
No todo el que pide ayuda está escaqueándose de la vida. Hay sufrimientos
reales, caídas reales y gente que necesita ser sostenida. Ayudarla no rebaja a
una sociedad; la dignifica.
Pero
ayudar no es crear dependencia
Dicho eso, también
hay que decir lo otro. Una cosa es auxiliar al que lo necesita y otra muy
distinta acostumbrar a una sociedad a vivir pendiente de la próxima respuesta
del poder.
Cuando la ayuda
deja de ser un apoyo y se convierte en hábito, algo se tuerce. El ciudadano
empieza a esperar, a reclamar, a comparar, a vivir atento a lo que se anuncia,
se concede o se bonifica. Y la política, en vez de formar ciudadanos, empieza a
gestionar dependencias.
Lo peor es cuando
todo eso se presenta como si fuera gratis. No lo es. Si se regala un bono para
conciertos o una tarjeta para viajar “gratis”, conviene decir la verdad entera:
ese dinero sale del dinero público, es decir, del esfuerzo de los contribuyentes,
muchas veces del trabajo de sus propios padres. Sale de unos impuestos
concretos y de unas prioridades políticas que obligan a quitar recursos de
otros sitios o a seguir apretando fiscalmente a la sociedad. El problema no es
solo contable. El problema es la mentalidad que se va formando: la de creer que
se puede recibir sin coste, disfrutar sin esfuerzo y exigir sin preguntarse
quién paga.
San
Pablo: ni crueldad ni blandura
Aquí san Pablo
sigue siendo incómodo porque sigue siendo actual. A los tesalonicenses les
recuerda que trabajó “día y noche” para no ser gravoso a nadie (cfr. 2 Tes
3,8). Hay en esas palabras una seriedad limpia: quien puede sostenerse, no
debería instalarse en ser carga evitable para otros.
Por eso escribe
también: “si alguno no quiere trabajar, que no coma” (2 Tes 3,10). La palabra
decisiva es esa: quiere. No dice “el que no puede”, sino “el que no
quiere”. Y él mismo lo aclara: hablaba de algunos que vivían “sin trabajar
nada” (cfr. 2 Tes 3,11). No está cargando contra el débil. Está corrigiendo la
irresponsabilidad.
Pero el mismo
Pablo pone el contrapeso decisivo cuando escribe a los Romanos: “no tengáis con
nadie otra deuda que la del amor mutuo” (Rom 13,8). Ahí está el equilibrio.
Porque nadie vive solo de trabajo, mérito y rendimiento. Todos hemos sido
ayudados. Todos hemos necesitado paciencia, pan, tiempo, perdón, cuidado. La
vida humana no se sostiene solo por lo que uno produce, sino también por lo que
recibe.
Una
democracia adulta
La cuestión,
entonces, no es elegir entre compasión y responsabilidad. Una democracia adulta
necesita las dos. Sin compasión, se vuelve cruel y trata al débil como un
estorbo. Sin responsabilidad, se vuelve blanda y acaba tratando al ciudadano
como un menor perpetuo.
Entre la dureza
social y la tutela permanente hay un camino más difícil, pero más digno: cuidar
sin domesticar, sostener sin comprar, exigir sin aplastar. Ayudar, sí; pero de
manera que la persona no quede reducida a receptora crónica. Pedir responsabilidad,
sí; pero sin olvidar que el necesitado no molesta: nos pone a prueba.
Ahí está, me
parece, el punto. Una sociedad libre no abandona al frágil, pero tampoco educa
a sus miembros en la expectativa de recibirlo todo sin esfuerzo, sin
reciprocidad y sin responsabilidad. Cuando se pierden esas distinciones, la
política gana clientelas, pero el país pierde espesor.
Y un país sin
espesor moral puede seguir votando mucho tiempo. Lo que ya no está tan claro es
que siga viviendo de verdad en libertad.

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