sábado, 25 de febrero de 2023

Homilía del Primer Domingo de Cuaresma

 


Domingo I del Tiempo de Cuaresma, Ciclo A

26 de febrero de 2023

         La liturgia proclama hoy el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto [Mt 4, 1-11]. Lo cierto es que hay algo sorprendente porque al comienzo del relato de las tentaciones nos dice la Palabra lo siguiente: «Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo».  Es una frase que nos puede desconcertar, porque nos dice que es el Espíritu Santo el que llevó a Jesús al desierto para ser tentado. Sabemos que la tentación no nace de Dios, sino del diablo, sin embargo, fue llevado por el Espíritu para ser tentado.

A veces nosotros pensamos cosas como estas: ¿por qué Dios no destruyó a los ángeles caídos en vez de permitirles que estén tentando al resto de la humanidad? ¿por qué Dios no los destruyó? Dios no les destruyó porque Dios respeta la libertad incluso cuando ésta es utilizada contra la voluntad del Creador; pero, ahora bien, con su poder, Dios es capaz de reorientar la rebelión contra Dios hacia la santificación del hombre. La tentación ha nacido con la intención de apartarnos de Dios.

Dios convierte la tentación en una especie de gimnasio donde nos fortalecemos y crecer en el amor a Él. San Pío de Pietrelcina decía que «la tentación vencida produce el efecto de un lavado de ropa sucia». Y en un comentario de San Agustín sobre los salmos nos dice: 

«Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones».  Por lo tanto, en la providencia de Dios esa tentación se ha convertido en una circunstancia para que tú te conozcas y conozcas lo que ocurre en tu interior y combatas con fuerza. La providencia de Dios ha hecho que la tentación pase de ser un escenario de perdición a un gimnasio para fortalecernos o lavadora para limpiarnos.

         Mi enemigo no es mi jefe, ni aquel que ha promocionado de puesto antes que yo… mi enemigo lo tengo dentro de mí; es el diablo que manipula la debilidad de mi carne, que se enmascara con la frivolidad de este mundo y con la mundanidad, y además que exacerba la soberbia.

         Toda tentación esconde un engaño, y esto lo vemos con claridad en el relato de la tentación de Adán y Eva. Jesús desenmascara el pecado: El problema está en confundir la tentación con las tendencias. Llamamos tendencias culturales a lo que son tentaciones, y fácilmente confundimos lo normal con lo corriente; hay cosas que son corrientes, pero no son normales, son tentaciones. Y por el hecho de que ocurran, de que esas cosas normales tengan una carta de ciudadanía, eso no hace sino dejar más patente que es una tentación. Detrás de la tentación existe siempre un engaño que hay que desenmascarar. Y es el discernimiento el que nos permite desenmascarar el mal.

Los padres del desierto, en los primeros siglos de la Iglesia, identificaron lo que ellos llamaron los ‘logismoi’, que es una expresión griega que se refieren a unos pensamientos obsesivos, negativos que a veces nos vienen a la mente de autodesprecio, de soberbia, de desesperación, de verlo todo oscuro, de verlo todo negro, en donde los padres del desierto nos dicen que ‘cuidado, porque detrás de esos pensamientos obsesivos, oscuros, negativos, deprimentes estás siendo tentado, desenmascáralos’. Esto es discernir.

El tiempo de cuaresma es un momento para abrirnos a la luz de Dios y para que identifiquemos cuál es el verdadero mal y no para equivocarnos de enemigo y para fortalecernos para la lucha en la vida cristiana.


sábado, 18 de febrero de 2023

Homilía del Sexto Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a

 

Domingo VI del Tiempo Ordinario, Ciclo A

12 de febrero de 2023

            Hoy la liturgia nos regala un evangelio bastante extenso: 20 versículos [Mt 5, 17-37]. No sabemos lo que hay en la cabeza de los liturgistas para poner este texto tan largo, son más de veinte versículos y esto se podría distribuir en cuatro domingos.

            Es preciso no perder de vista que estamos dentro del contexto del Sermón del Monte, con las bienaventuranzas. Y San Mateo desea dar a su comunidad, compuesta por personas procedentes del judaísmo, una palabra salida de los labios de Jesucristo. Los siguientes capítulos nos hablan de la nueva ley que emana del espíritu de las bienaventuranzas. San Mateo está explicando la nueva ley que Jesús presenta. Jesús ha propuesto una nueva relación con Dios que ya no sólo se basa en la obediencia a la Ley o a los mandamientos.

            Jesús dice «no creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas». El evangelista emplea el verbo ‘abolir’, una ley se abole, pierde vigencia, se deroga. Sin embargo, el evangelista en su sentido, es como si emplease el verbo ‘demoler’, el mismo verbo que se usa para un edificio -demoler un edificio, para derribarlo- o para una construcción.

Jesús no ha venido a abolir «sino a dar plenitud». Jesús al anunciar las bienaventuranzas se enfrentó a las expectativas que tenían los judíos sobre el Reino de Dios. Jesús lo ilustra de una manera totalmente diferente al modo de cómo los judíos lo esperaban. El profeta Isaías, en el capítulo 60 y 61 presenta a Israel como la luz de las naciones, donde todos los pueblos irán hacia Jerusalén en peregrinación trayéndola todo tipo de riquezas. Presenta a Israel como superior al resto de los pueblos, como un pueblo que predomina sobre los demás pueblos. Nos habla el profeta que las naciones paganas tienen que pagar a Jerusalén el tributo, y todos los reyes estarán a su servicio: «Te inundarán un tropel de camellos, y dromedarios de Madián y de Efá, trayendo oro e incienso (…) los extranjeros reconstruirán tus murallas y sus reyes te servirán (…)». De tal modo que todas las demás naciones serán esclavizadas: «La nación y el reino que no te sirvan perecerán, los pueblos quedarán exterminados (…). Vendrán extranjeros a pastorear vuestros rebaños; vuestros labradores y viñadores serán forasteros (…). Comeréis las riquezas de los pueblos y engordaréis con sus posesiones (…). Por eso la proclamación de las bienaventuranzas de Jesús es una de las mayores decepciones para los judíos porque esperaban al Mesías para dominar y someter al resto de los pueblos y Jesús les dice que tienen que servir. Ellos pensaban en hacerse ricos, dominar a los demás pueblos, vivir a su costa, que los iban a tener esclavos y ‘vivir a cuerpo de rey’… en cambio Jesús les dice que para entrar en ese reino uno ha de ser pobre: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque suyo es el reino de los cielos». Jesús les dice que ese proyecto de vida que tenían pensado -ser ricos, poderosos, influyentes, de dominar- ha de ser dolido, como se demuelen o derriban los edificios. Y sólo así se puede aceptar el reino de Dios y llevarlo a su plenitud. Jesús lleva a plenitud las cosas, no como pensamos nosotros haciéndonos rico y dominando, sino como Dios lo tiene pensado, sirviendo y muriendo por amor a los hermanos.

            Dice Jesús «en verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley». Jesús ha venido a cumplir el proyecto de Dios sobre la humanidad. Jesús advierte que aquel que trasgreda uno solo de los preceptos menos importantes -no se refiere a los Mandamientos dados a Moisés- y se lo enseñe a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Esto es un aviso muy serio: Uno no puede estar en la comunidad cristiana, en la Iglesia, diciendo que es cristiano, acudiendo a la Eucaristía, haciendo como si nada pasara, actuando como si todos nos lleváramos bien y nadie tuviera nada contra nadie, manteniendo las apariencias y siendo políticamente correctos, pero no olvidando el mal que me hizo el hermano; evitando el encontrarme con él; apegado al dinero y a los afectos desordenados; desobediente, manteniendo planteamientos que dañan a la fe; orientando a que aborte una persona jovencita para que ‘no se estropee la vida’; que apoya el matrimonio entre personas del mismo sexo alegando que ‘ellos se quieren’; tratando a un animal de compañía con la misma calidad como si fuera una persona; acudiendo a la prostitución porque ‘mi esposa o esposo no me da lo que yo quiero para mi propio desahogo sexual’; llegando a casa borracho y tarde descuidando y perjudicando a los de mi familia; liándome sexualmente con una persona ya que entiendo que el sexo es para disfrutarlo sin necesidad menospreciando la pureza, la castidad, la continencia, la dignidad de la otra persona; viviendo mi vida y el trascurso de los días como en mi burbuja particular. Porque si lo hacemos así es tanto como vaciar el contenido del mensaje de las bienaventuranzas de Jesús y vivir con las mismas expectativas que nos mostraba el profeta Isaías -el Tercer Isaías-. Cuando Jesús dice que «será el menos importante en el reino de los cielos o el más grande en el reino de los cielos» no está hablando de una jerarquía interna que se pueda dar en el reino de los cielos, sino que habla de inclusión o exclusión en el reino de los cielos. De hecho, en el grupo de estos que son considerados «menos importantes» están los falsos profetas, los árboles que son cortados por no dar buenos frutos [Cfr. Mt 7, 15-20], los sembradores de la cizaña en el campo [Cfr. Mt 13, 24-30], los peces que se descartan por ser malos [Cfr. Mt 13, 47-50] y aquel que no llevaba el traje de fiesta [Cfr. Mt 22, 1-14] (hay muchos más ejemplos) son los que forman parte del elenco de los excluidos del reino de los cielos.

            Jesús no dice que «quienes los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos». Jesús no se refiere a enseñar una doctrina, sino vivir en el espíritu de las bienaventuranzas, vivir cara a Dios. Se nos pide una calidad en el amor, un luchar por estar cerca del Señor, un deseo profundo del corazón de tenerle cerca. No consiste en hacer más cosas, sino un aumento en la calidad en lo que hacemos. Los escribas y fariseos eran cumplidores, hacían muchas cosas, iban al culto, daban el diezmo de lo que tenían, eran minuciosos a la hora de lavar ollas, jarras, vasos y en todo lo referente a la pureza ritual… pero su corazón estaba muy lejos de Señor. Es decir, que podían comerse a besos todo lo sagrado, pero no importarles robar, estafar, aprovecharse de los más desfavorecidos, boicotear el trabajo de los demás, difamar para conseguir sus propios intereses… Por eso dice el Señor «si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos no entraréis en el reino de los cielos».

            Los escribas eran grandes guías espirituales del pueblo porque ellos daban magníficas interpretaciones de la Ley y los fariseos eran grandes y magníficos observantes de la Ley. Ellos, los escribas y los fariseos, eran la categoría religiosa que se creía y se jactaba de ser los más observantes y mejores de la sociedad judaica. Sin embargo, acumulaban grandes cantidades de hipocresía y formalismo. Ellos habían caído en la observancia estéril de la Ley. Ellos buscaban la justicia en la escrupulosa observancia de los preceptos de la Ley y no buscaban el bien de la persona. Por eso San Pablo dice en su segunda carta a los corintios «que la letra mata, mientras que el Espíritu da vida» [Cfr. 2 Cor 3, 6]. Jesús constantemente nos está recordando que hemos de buscar constantemente el bien del hombre; no escondernos tras la letra ni para desentendernos ni para dañar al hermano.

            San Mateo es judío y escribe a una comunidad de judíos. Mateo quiere destacar que Jesús es el nuevo Moisés porque Jesús es el Mesías, y por eso empieza a exponer lo que se llama las antítesis que son cinco oposiciones: ‘Habéis oído que se dijo, pero yo os digo’. Son cinco, como cinco eran los libros compuestos por Moisés, es decir el pentateuco. [La última de las llamadas antítesis está en el versículo 38: «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente (…)». La expresión ‘habéis oído que se dijo, pero yo os digo’ es un poco ofensiva porque Jesús está hablando de los padres de Israel, de los ancianos de Israel. El evangelista al utilizar fórmula por cinco veces está haciendo referencia a la ley de Moisés. Es significativo porque dice Jesús «se dijo a los antiguos/antepasados», pero para Jesús no son ancianos o antepasados, son viejos. Jesús usa esa palabra con la connotación negativa que tiene la palabra ‘viejo’ como personas totalmente desactualizadas; por eso es tremenda la palabra de Jesús, porque él viene a actualizar algo que estaba sin avanzar, sin desarrollarse, sin progresar.

            En la primera de las llamadas oposiciones [Mt 5,21-22] donde guarda el mandamiento de no matar, el Señor nos dice que cuidado con la actitud interna del corazón, porque si un hermano de la comunidad -el cual ha aceptado el espíritu de las bienaventuranzas- no acude rápidamente a pedir perdón se está manifestando como una persona necia y eso conduce a la exclusión del individuo. Jesús queda bien en claro que una persona no puede estar estancada en el odio al hermano porque sería necio. Serías necio porque has desactivado el amor hacia ese hermano, porque le has despreciado a él y a la comunidad; y la comunidad, para salvar a ese hermano enfermo por el pecado, le debe corregir, pudiendo llegar incluso a la exclusión para su posterior incorporación en condiciones. La rabia se traduce en insulto y el insulto me conduce a eliminar a este hermano de tu existencia. Y uno de los castigos que Jesús habla es la ‘gehenna’. La gehena que significa el valle de los hijos perdidos, que es tanto como decir que si en tu alma reside el odio, actúas con necedad, sin sabiduría, y de este modo tu vida y tu ser quedan arruinados en su totalidad.

            Por hoy lo dejamos aquí. Os deseo un buen domingo.

jueves, 2 de febrero de 2023

Homilía del Quinto Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a 5 de febrero de 2023

 


Domingo Quinto del Tiempo Ordinario, ciclo a

5 de febrero de 2023

            El domingo pasado el Señor nos regaló, en la Palabra de Dios, las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas no son un modelo de vida para individuos solitarios que están comprometidos perseguir la propia perfección. Las bienaventuranzas son la propuesta de una sociedad nueva y alternativa, en la cual hay que comprometerse a involucrar a todos en la creación de esa sociedad e iglesia nueva y alternativa.

Y hoy Jesús, a sus discípulos, les ofrece dos imágenes. La primera: «Vosotros sois la sal de la tierra» [Mt 5, 13-16]. Jesús habla al primer grupo de discípulos que están dando los primeros pasos tras el Maestro. La misión de ser sal de la tierra lleva consigo una serie de dificultades. ¿Cómo podemos ser sal de la tierra? Primero hay que caer en la cuenta que el sabor evangélico de nuestra vida es muy insípido. Nuestra vida no sabe a Evangelio. Nosotros hemos escuchado el domingo pasado las bienaventuranzas, y nosotros pensamos como antes, nos comportamos como antes, razonamos como todos, nos adoptamos a la moralidad actual de nuestro contexto social. Y de hecho nadie nos persigue por ser seguidor de Jesús, porque razonamos y vivimos prácticamente como todos lo hacen.

 ¿Cómo podemos tener el coraje para hablar de las bienaventuranzas y hacerlo con nuestra forma de ser, actuar y pensar? Bueno, si uno plantea al menos esta dificultad y cae en la cuenta de que su vida no tiene sabor a Evangelio, que es insípida, por lo menos es consciente de la distancia que le separa de Jesucristo. Debemos tener presente que la fragilidad y debilidades, las cuales comprobamos en nuestra vida, no nos incapacita para sacar adelante la opción de seguir a Jesucristo. El apóstol Simón, al que Jesús le llamó con el sobrenombre de Pedro, durante toda la convivencia con Jesús seguía pensando con criterios mundanos y vemos la fatiga, el esfuerzo que Pedro realizó para separarse de los criterios dictados por el Maligno. Porque Pedro seguía teniendo sueños de grandeza, de prestigio que caracterizan el mundo del pecado. Sin embargo, Jesús siguió confiando en Pedro. Y Jesús sigue confiando en cada uno de nosotros a pesar de las grandes debilidades y fragilidades.

Otra de las cosas a tener en cuenta en ese ser sal de la tierra es que tenemos miedo a la confrontación con aquellos que piensan de un modo diverso. ¿Por qué razón tenemos miedo a la confrontación con los que piensan diferente? En primer lugar, porque si nos preguntan las razones de nuestra esperanza no podamos ofrecérselo. Y también porque tenemos miedo de que se rían de nosotros al ser considerados como soñadores y engañados. Recordemos que esto le sucedió a Pablo en Atenas, cuando en el Areópago [Cfr. Hch 17, 16-34] estaba anunciando la resurrección comenzaron a burlarse de él. El cristiano no tiene que tener miedo de presentarse ante el mundo, el cual piensa de un modo diverso. No podemos quedarnos rezagados o aislados en nuestras comunidades. Y no lo podemos hacer porque debemos de esparcir la sal de la sabiduría evangélica en el mundo.

Ahora bien, ¿cómo podemos ser sal de la tierra? A lo que Jesús nos lo dice. Jesús no quiere que sus discípulos se aíslen huyendo del mundo. El cristiano tiene que estar presente en todos los contextos de la vida social, la cual es diferente y se mueve por criterios mundanos. Pero si la sal permanece en el salero es inútil. La sal se debe de mezclar con la masa, se ha de mezclar lo que se va cociendo en esta gran cocina del mundo.

 

¿Cómo ha de ser la sal? En tiempo de Jesús eran muchas las funciones de la sal y Jesús utiliza esta metáfora. La sal, en primer lugar, es la de dar sabor a los alimentos. Desde la antigüedad la sal se ha convertido en el símbolo de la sabiduría, porque es lo que da sabor a la vida. Es más, todos tenemos experiencia que cuando estamos en un grupo y hay una persona sabia o entendida la conversación enseguida sube de nivel y se vuelve agradable e interesante, enriquecedor… o sea, tiene sabor. San Pablo conoce este simbolismo cuando escribe a la comunidad de los colosenses recomendándoles que las conversaciones que tengan entre ellos sean siempre agradables sazonando con sal: «Que vuestra conversación sea siempre amena, sazonada con sal, sabiendo responder a cada cual como conviene» [Col 4, 6]. La forma de hablar del cristiano ha de tener un sabor muy particular, muy diferente del discurso que hacen los que son paganos. Por lo tanto, en la boca de un cristiano no cabe ni el lenguaje soez ni la vulgaridad. Lo importante a destacar es que el cristiano trae al mundo la sabiduría que da el sabor y el sentido a la vida.

Hay mucha frivolidad y tonterías que circulan por los medios de comunicación social, por las conversaciones en las calles y allá por dónde nos movemos. Y es el cristiano el que moviéndose en este contexto social y cultural el que recuerda los valores y los principios por los que vale realmente la pena vivir. Si quitamos el Evangelio lo único que queda es cultivar sueños, disfrutar de los pocos días que podamos estar en esta tierra para luego concluir que todo lo que has vivido es vanidad, que ha sido únicamente humo o vapor que desaparece sin dejar rastro. El cristiano trae al mundo la sal de una nueva sabiduría, la que da sentido a la vida.

Pero la sal también tiene otra función muy importante: la de conservar a los alimentos. En la época de Jesús no había frigoríficos, y para impedir que los alimentos se echaran a perder, se estropeasen, se sazonaban los alimentos y de este modo se conservaban más tiempo. Recordemos que la palabra ‘Magdala’, es llamada por Estrabón -geógrafo de la antigua Grecia- en sus libros de geografía, con el nombre de taricaya (Ταριχαία en griego), ‘pez seco’, porque la industria principal de la ciudad era salar el pescado, el dejarlo secar con sal para luego venderlo en todos los mercados de Galilea. Pedro pescaba durante la noche para llevar su pescado a venderlo a Magdala para que allí lo salasen. La sal era la del Mar Muerto, el cual también fue exportado a Egipto. De hecho uno de los componentes de la momificaciones era la sal. Y esa sal del Mar Muerto se vendía en bloques y era algo muy valioso.

Luego la sal que previene la corrupción de los alimentos, por la asociación de ideas, está conectado a la lucha contra todas las fuerzas negativas y espíritus malignos. Y se utilizaba para inmunizar contra los espíritus del mal; tenía una función purificadora [Cfr. 2Re 2, 19-22]. Del mismo modo, la sal es usada en la preparación de agua bendita para los asperges dominicales y para el uso de los fieles en sus casas.

¿Cuál es el significado de la sal en el cristianismo? Es proteger para que no se descomponga, no se pudran los principios morales en una sociedad. A modo de ejemplo: en una sociedad donde prevalece e importa es el valor al dinero, donde todo tiene un precio. Recordemos lo que nos dice el profeta Amós: «Porque venden al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias» [Am 2, 6]. El cristiano es sal porque recuerda la dignidad del hombre y defiende que la dignidad del hombre debe de ser siempre el punto de referencia en todas las opciones. El cristiano es sal porque recuerda lo sagrado. Cuando Caín mató a Abel, el Señor le puso una marca a Caín para impedir una venganza de sangre, se lo puso para protegerle [Gn 4, 15]. De este modo se nos indica que la vida del hombre ha de ser respetada. En una sociedad donde se ha banalizado las relaciones sexuales, donde las personas se conviven de un modo desordenado, sin mas reglas que las que se ponen a su conveniencia y se empeñan en hacerlo pasar como algo normal y natural, el cristiano recuerda la santidad de la relación de un hombre con una mujer. El cristiano recuerda el proyecto de Dios en el amor responsable. Otro ejemplo; en un mundo donde se busca el propio provecho e interés, el cristiano llama la atención por la preocupación por el otro, educándose en la atención de los demás hermanos.

Ahora bien, el cristiano no es sal porque impone estos valores, sino porque los vive y  los practica con alegría y el mundo, que no es ciego, los pueden descubrir esos valores evangélicos. La lluvia cuando cae con violencia y con abundancia arrasa con todo lo que pilla en su paso, y eso destruye. Lo nuestro es ser copitos de nieve que, poco a poco, se va filtrando en la tierra, la humedece y la enriquece.

Cuando Jesús nos avisa del riesgo de que la sal se vuelva sosa nos está dando una palabra de gran actualidad. El verbo que se usa en griego para indicar la pérdida del sabor, es ‘moraino’, que se traduce por “perder el sabor”, “desvirtuarse”; significa también “volverse necio, loco” [Cfr. Rom 1, 22; 1 Cor. 1, 20]. El cristiano puede correr el riesgo de perder ese sabor, de perder esa sabiduría que debe de llevar allá en donde se desarrolle su existencia. El cristiano está en el mundo, en medio de unos planteamientos mundanos, y puede correr el riesgo de contaminarse por la sabiduría mundana, y de este modo pierda su sabor, pierda su presencia evangélica. Cuando uno empieza a adaptarse al mundo, el mundo te engulle. El evangelio puede ser aceptado o rechazado, pero no puede ser modificado. No se puede contaminar el sabor de la sal evangélica.

El adjetivo derivado del mismo (morós) se aplica al hombre necio o insensato que construye su casa sobre arena [Mt 7, 26] y las vírgenes necias que al tomar sus lámparas no se proveyeron de aceite [Mt 25, 1-21]. Los términos de «ser echado fuera y que la pise la gente» remite al juicio de Dios [Cf. Mt 3, 10 «y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego»; Mt 7,19; 13,42 «y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes»]; por lo tanto, un discípulo que no viva como tal y que no ejerza alguna influencia en su ambiente, será rechazado por Dios.

La segunda imagen que utiliza Jesús para indicarnos cómo hemos de estar en el mundo es la luz: «Vosotros sois la luz del mundo». La luz es la primera criatura de Dios, de tal modo que la luz en la Biblia es siempre algo positivo porque es símbolo de la vida, mientras que la oscuridad es símbolo del mundo de los muertos. En Dios sólo hay luz. El salmo 104 nos dice que Dios está envuelto en luz como en un manto. En la primera carta de San Juan, al inicio, se nos dice que «Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna» [Cfr. 1 Jn 1,5], en Dios no hay ninguna señal de muerte. Esta luz de Dios viene a los hombres a través de su Palabra, a través de su Torah. El salmo 119 nos dice que  «tu palabra es antorcha para mis pasos, luz en mi sendero». En efecto, frente al velo del Templo que separaba el ‘santo santorum’, siempre estaba encendido la Menorá, el candelabro de siete brazos que era el símbolo de la luz que viene de Dios y que iluminaba el mundo. De ahí se puede llegar a entender el escándalo de aquellas palabras de Jesús cuando dijo «yo soy la luz del mundo y el que me siga no caminará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida» [Cfr. Jn 8,12]. Para un piadoso israelita esta afirmación era herética, blasfema. Jesús se presenta como la luz porque ha mostrado la belleza del rostro de Dios. La luz viene a disolver las tinieblas del mundo, viene a resolver las violencias del mundo, los odios, las mentiras y las injusticias. Era algo indignante y escandaloso esa afirmación de que él era la luz del mundo, pero no se queda atrás -por escándalo- la otra afirmación que hace Jesús: «Vosotros sois la luz del mundo». Jesús se lo dice a sus discípulos, los cuales están empezando a dar pasitos en el descubrimiento de esa nueva vida, los cuales están sumidos en medio de una lucha por los primeros puestos, por envidias y recelos entre ellos, buscando la riqueza y la seguridad en la vida; los cuales no entienden las palabras del Maestro y que en el momento decisivo de la cruz le dejan solo, y después de la Pascua siguen con sus miedos y dudas… personas con poca fe. Y no olvidemos esas primeras comunidades cristianas y se dan tantas riñas y tantas incomprensiones. Daos cuenta de la confianza que Jesús da a esta comunidad de primeros discípulos y a nosotros.

La imagen de la luz completa a la de la sal. La sal se mezcla con los alimentos. La luz no se mezcla con los alimentos, sino que ilumina las cosas en las que lo pones. Destaco el valor de lo que vale y de lo que no vale; lo que es bueno y lo que es dañino; lo que es comestible y lo que tu no debes ingerir porque es venenoso. La luz muestra el camino seguro del peligroso. El cristiano está llamado a discernir con esa luz en medio de su vida.

Además, la palabra dice «no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte». Jesús no quiere que sus discípulos se hagan notar o mostrar que ellos sean mejor que los demás. Esto contradice lo que Jesús ha enseñado cuando dice que «cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeteando por delante como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que con eso ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. Así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» [Mt 6, 2-5]. El texto de «no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte» parte de un texto del profeta Isaías [Cfr. Is 2,2] que habla de Jerusalén y dice que esta ciudad será edificada, se afianzará en la cima de los montes, se alzará por encima de las colinas y todos los pueblos acudirán a esta ciudad porque la luz saldrá de Jerusalén, porque de allí saldrá la palabra de Dios. Y Jesucristo nos dice que Él es esa nueva Jerusalén donde acudirán esas comunidades que nacieron y nacerán del anuncio del Evangelio y de su persona.

Jesús advierte de un peligro -del mismo modo que la sal puede quedar sosa, perder el sabor- el cristiano puede atenuar el esplendor de la luz del Evangelio. Por eso nos dice que «tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín».  Jesús advierte a sus discípulos del peligro de meter la lámpara en el celemín. El celemín era la medida del grano de trigo. Nos está diciendo que no midamos el Evangelio que el discípulo anuncia, con el criterio humano, con nuestra racionalidad. Cuando uno escucha del Señor una llamada a que no te resistas al mal que te hagan [Mt 5, 39], al que te abofetee en la mejilla derecha preséntale también la otra; quien te pida acompañarle una milla, acompáñale dos… uno no puede pasarlo por el filtro de su razón ni puede ocultar esas partes del Evangelio. Uno no puede arrancar aquellas paginas de la Escritura que no nos gusten, o porque sean un fastidio o molestas. O deslucir o ocultar todo lo que se trata en el evangelio del compartir los bienes y conformarse con dar una pequeña limosna. Es mucho más que eso. O todo lo referido con el perdón incondicional o el amor gratuito o el amor incluso al enemigo. No podemos amputar aquellas cosas que nos gusten del evangelio. No podemos medir con nuestras medidas la exigencia y la coherencia que nos pide el evangelio. No podemos medirlo, aunque nos resulte lo mejor según nuestra razón humana.

Y esta luz ha de alumbrar a todos los de casa: los de la casa son los de la comunidad cristiana. La luz ha de iluminar ante todo a los que tomaron la decisión de pertenecer a la comunidad de los discípulos de Cristo. Primero esa luz ha de iluminar a la comunidad para que los hombres vean, por vuestras buenas obras, la luz de Cristo. No estamos para adoctrinar, sino para fascinar con la belleza evangélica. Cuando uno pone la ley por encima o levanta la voz… hace que la belleza desaparezca y empecemos a medir, con nuestro particular celemín, el modo de vivir como cristianos. Y esto sería dañino.

Esta belleza de la vida cristiana era reconocida en la iglesia primitiva. Por ejemplo, en la carta de San Pedro cuando escribe a estas comunidades que son perseguidas y viven entre paganos. Y les dice Pedro que en medio de los paganos vuestra conducta sea bella. Dice que «tened todos unos mismos sentimientos; sed compasivos, amaos como hermanos, sed misericordiosos y humildes. No devolváis mal por mal, ni insulto por insulto; por el contrario, bendecid pues habéis sido llamados a heredar la bendición» [1Pe 3, 8-9]. Para que viendo vuestras buenas obras den gloria a Dios.

Es necesario hacer una ruptura con la mundanidad, pero viviendo la vida con la belleza evangélica.


sábado, 28 de enero de 2023

Homilía del Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A. BIENAVENTURANZAS

 

Homilía del domingo IV del Tiempo Ordinario, Ciclo A

29 de enero de 2023 

            El sermón del monte [Mt 5, 1-12a] nos habla de las características de la vida cristiana: el amor al enemigo, la nueva justicia del reino de Dios, … Las bienaventuranzas son propuestas para todo aquel que le desea seguir.

La expresión ‘bienaventurados los que…’ es ya usada en la antigüedad. De hecho, en la Odisea de Homero: «Bienaventurado el hombre que tuvo la fortuna de tener a una muy buena esposa». Los poetas griegos proclaman bienaventurados o dichosos sobre todo a aquellos a quienes los dioses les han otorgado las posesiones, la posibilidad de tener una vida cómoda. En la Biblia esta forma literaria entró bastante tarde. En el libro de los Salmos se emplea de un modo diferente. El salmo primero empieza con una bienaventuranza: «Bienaventurado o feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se entretiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos». Son bienaventuranzas muy diferentes a las bienaventuranzas paganas. Hay hasta 44 bienaventuranzas en el antiguo testamento, por lo que no es extraño que Jesús emplee esta forma literaria de ‘bienaventurado’. En este mundo se llaman ‘felices’ a aquellos a los que la vida les sonríe, el dinero les abunda y la suerte los acompaña, con éxito. Es decir, es entendido al modo pagano. Sin embargo, Jesús va por otros derroteros: Jesús llama ‘bienaventurado’ a aquellos, a los que desean que al final de su vida sea Dios quien estreche tu mano y te felicite por haber corrido bien tu carrera y haber combatido bien el combate de la fe.

Jesús presenta 8 bienaventuranzas en 72 palabras. El número ocho porque representa en la Iglesia primitiva la resurrección de Jesús, el primer día de la semana después del descanso. Y el número 72 porque en el libro del Génesis, en la tradición de los 70, los pueblos paganos conocidos eran 72. Con estos números el evangelista quiere decir que Dios no sólo hace una alianza con un pueblo, sino con toda la humanidad.

Jesús sabe que todos buscamos alcanzar la alegría, sin embargo erramos cuando equivocamos el objetivo. Uno tiende a equivocar la alegría con el placer, y de ese modo se equivoca de objetivo. Jesús hoy nos revela el secreto de la alegría, ahora bien, tenemos que fiarnos de su propuesta. ¿Preferimos seguir con nuestra astucias y objetivos tras lo que creemos que nos hará felices?

Jesús proclama las bienaventuranzas en un monte. El monte se destaca de la llanura y es como si se adentrara en el cielo. Luego escalar la montaña, subir al monte, significa acercarse con Dios. En la Biblia nos encontramos con Moisés que sube al monte. Elías también sube al monte. Jesús, cuando lleva a sus apóstoles, les está transmitiendo una cierta experiencia de Dios, para que asimilen sus sentimientos, sus pensamientos. El monte, la montaña se diferencia notablemente de la llanura. La vida del hombre se desarrolla en la llanura y todos conocemos las opiniones que circulan en la llanura para poder lograr la alegría: dichosos los que gozan de buena salud; dichosos los que tienen mucho dinero en el banco; dichosos los que pueden viajar, divertirse… Jesús nos invita a razonar de una manera muy diferente a como lo hacen el resto de los hombres para alcanzar la verdadera felicidad.

En la primera bienaventuranza Jesús declara bienaventurados los pobres en el espíritu. ¿Quién es el pobre? Pero claro, hay dos tipos de pobres: aquellos que les ha golpeado la desventura, la desgracia, por un terremoto, la guerra o una inundación. Éste no es el pobre al que Jesús denomina bienaventurado. Dios no quiere un mundo de pobres o de miserables. Es más, en el libro de los Hechos de los Apóstoles nos dicen que en la iglesia primitiva todos los hermanos, todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común [Cfr. Hch 2, 44], de tal manera que ninguno pasaba necesidad. De hecho, Jesús cuando lo proclama en aquel monten no se dirige a los mendigos o desheredados, se lo dirige a sus discípulos.

Y dice los pobres en el espíritu, ¿qué significa en el espíritu? Dentro de nosotros tenemos un instinto instintivo a acumular para asegurar nuestro porvenir, nuestra propia seguridad económica. Este instinto no nos impulsa a despojarnos de nuestros bienes o de preocuparnos de los demás. El espíritu nos lleva en dirección opuesta: es decir, despojarnos de estos bienes, no guardarnos las cosas para nosotros mismos. Si nos dejamos mover por este espíritu podremos ir captando las señales de socorro que los hermanos nos hacen, cuando sin decir nada -no asisten a las celebraciones, se le ve triste, no participa con sus intervenciones, lleva la ropa descuidada o su higiene algo descuidada…-, las están lanzando. Y uno es capaz porque al despojarse uno va adquiriendo una especie de radar que capta la necesidad y el sufrimiento del hermano. Dichoso el hombre que pone a disposición de los demás los dones que Dios le ha otorgado.

Recordad que cuando uno llegue arriba, a la aduana, lo que no tiene entregado es requisado y se pierde porque no ha sido transformado en amor. Jesucristo es el sumo ejemplo de pobre en el espíritu porque todos los segundos de su vida fueron un constante entregarse por amor a los hombres, fueran buenos o malos. Toda su vida fue un constante regalo.

Se refiere a los anawim, a los pobres de Yahvé, a todos aquellos cuya única esperanza es Dios. El evangelio nos presenta como prototipo principal a la Virgen María. María de Nazaret tenía un radar de gran precisión para captar las cosas: en medio del gran gentío en la boda de Caná se percató de la preocupación de los novios de que faltaba el vino.  Otros pobres, otros anawim fue la pobre viuda que echaba lo que tenía en el cestillo de las ofrendas del Templo o los ancianos Simeón y Ana. Y cuando uno se hace pobre en el espíritu uno forma parte del Reino de Dios.

La segunda bienaventuranza es la de bienaventurados los que lloran. ¿De qué aflicción o dolor está hablando Jesús? No se habla de ninguna desgracia o desventura. Dios no quiere el dolor ni el sufrimiento. La aflicción de la que habla Jesús es la que se manifiesta en el llanto al darse cuenta de cómo su propia gente, a la que amaba, rechazó su propuesta de un mundo nuevo. Al constatar cómo la gente prefiere lo que tiene, mantener o conservar algo ya agotado e inservible, y rechaza esa propuesta nueva que les puede salvar. Y uno llora porque ama a esas personas y esas personas no necesitan ser salvadas. Recordemos que estamos en un mundo, en una sociedad que se jacta de haber excluido a Dios de la convivencia humana. Aquellos que vivan para sí, para aquellos a los que únicamente se preocupen de sus cosas o utilicen a los demás para conseguir sus propios objetivos no llorarán, no se entristecerán, pero no serán benditos, no serán consolados. Es beato porque vive con pasión el empeño por construir el Reino de Dios; donde Dios sea el único Padre y todos nosotros vivamos como hermanos. La tristeza, las lágrimas no brotan porque uno esté enfermo o las cosas le vayan mal; sino que brotan porque el mundo está mal porque no quiere acoger a Cristo en sus vidas. Dios está de parte de aquellos que lloran como consecuencia del amor porque de ese modo uno ya está construyendo, con su testimonio, el reino de Dios.

Pongamos un ejemplo al modo humano: Imaginaros del llanto de una persona que está avisando hace rato a un conductor diciéndole que la carrera ha desaparecido en un punto determinado porque el terreno se ha desplazado bastante generando una profunda falla, y el conductor no le hace ni caso; de tal modo que termina con el coche lanzándose al vacío y falleciendo en el accidente. Bienaventurados aquellos que experimentan cómo amar de verdad y de corazón a los demás es algo que duele profundamente.

La tercera bienaventuranza es bienaventurados los mansos. El adjetivo manso nos remite a la persona con calma que no reacciona a las provocaciones y que acepta pasivamente sin lamentarse de la injusticia. Sin embargo, ¿qué significa ser manso para Jesús? Para comprenderlo tenemos que remitirnos al salmo 37 donde reside esa espiritualidad de la mansedumbre. Este salmo nos habla de un hombre que teniendo que soportar la opresión y la malquerencia nunca cede a la tentación de contratacar con la violencia. El salmo dice: «Descansa en el Señor, espera en él, que no te haga perder la paz el que prospera con la intriga. Deja la ira, abandona el enfado, no pierdas la paz». Y dice la razón, porque siendo manso, de ese modo no se aumentará el mal y uno podrá remedio. Ya que la ira lo único que hace es aumentar el mal y generar un dolor mayor en vez de resolverlo o solucionarlo. La mansedumbre no es la invitación a la resignación, es el camino correcto para reaccionar cuando ves injusticia. Cuando uno se da cuenta de que las cosas no van según los planes de Dios, la primera tentación es la desinteresarse, y en dejar la cosas tal y como están porque uno no quiere sufrir. La segunda tentación es la de enfadarse y pensar que puedes resolver el conflicto con la agresividad y la violencia, por lo que añadirás más maldad a la que ya existe. Jesús es el manso y ha sufrido conflictos dramáticos con el poder político, con el poder religioso, pero vivía con los sentimientos y actitudes que caracterizan a los mansos.  Jesús estaba en la línea de aquellos que se comprometen a obtener la justicia, pero sin añadirle nunca más ninguna dosis de maldad. La promesa a los manos es que heredarán la tierra. Es la promesa de que ellos serán con Dios los constructores de una tierra nueva, una tierra donde los soberbios y los prepotentes estarán fuera. Una tierra nueva que remite a los cielos nuevos.

La cuarta bienaventuranza es bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia. ¿De qué justicia está hablando Jesús? El término justicia es un término muy peligroso.  La justicia de Dios no es vindicativa. No es la justicia de la guillotina. Recordemos que la guillotina era llamada el madero de la justicia porque ejecutaba a los malhechores. O cuando un criminal es llevado a prisión o al patíbulo se dice que se ha hecho justicia. La justicia de la que la que habla Jesús es el diseño de amor que Dios quiere realizar en este mundo. La justicia de Dios es que todos los hombres tomen conciencia de ser hijos y de ser hermanos entre sí: compartir los bienes, estar juntos ante el dolor y las alegrías, sentir como propias las necesidades de los demás, el ser capaces de perdonar, de cambiar el ser enemigos al ser hermanos. Esta es la justicia que deberíamos anhelar. Jesús toma como ejemplo el hambre y la sed, dos necesidades básicas, que son fundamentales satisfacer para poder sobrevivir en el desierto para que nos demos cuenta de lo urgente que es instaurar este tipo de justicia.

La quinta bienaventuranza es bienaventurados los misericordiosos. La misericordia no es la compasión. Cuando decimos que una persona es misericordiosa es porque sabe perdonar, es magnánima, no se deja llevar por el impulso de la venganza. Pero si aplicamos este concepto de misericordia a Dios nos encontramos con serios problemas. Este tipo de misericordia en Dios lo hace difícil porque no se lleva bien con la justicia. Si Dios es juez justo, no puede ser misericordioso. No es posible ponerlos de acuerdo: o se es justo o se es misericordioso. Dios es solo misericordia: Dios es amor incondicional y fiel. Dios es misericordioso en el sentido de que nunca se desviará de esa pasión de amor por cada uno de nosotros. ¿Cómo se manifiesta esta misericordia de Dios, este amor de Dios? Se nos manifiesta en Cristo y lo podemos concretar en una parábola del samaritano. El samaritano es Jesús que ha encontrado a la humanidad caída en las manos de los bandoleros, de los bandidos dejándola medio muerta. En ese samaritano se nos manifiesta la conducta misericordiosa de un hombre que se asemeja a la del Padre del Cielo.

¿Cuáles son los momentos en los que se manifiesta la misericordia de este samaritano -que es Jesús-?  Hay tres momentos para saber si uno es misericordioso o no. El primer momento es que tiene los ojos abiertos, le ve. No es preciso que el otro clame, ni grite ni pida socorro, sino que ve la necesidad del hermano. El segundo momento es que siente compasión, sintió lástima, empatiza con él, siente un impulso interno de amor que hace suyo el dolor ajeno. El tercer momento es que rápidamente interviene, le venda las heridas, se las cura con aceite y vino, lo monta en su cabalgadura y lo lleva a una posada para que le cuiden, dejando dinero de sobra para este fin. Ésta es la misericordia de la que nos habla Jesús en las bienaventuranzas. Sólo aquellos que están en la sintonía con la misericordia de Dios encontrarán la misericordia.

La sexta bienaventuranza es bienaventurados los limpios de corazón. Para nosotros el corazón es el asiento/la sede de las emociones. Para los judíos el corazón era el centro de todas las opciones, de todas las decisiones. El corazón puede ser puro o impuro. ¿Cuándo un corazón es puro? Es puro cuando está tan lleno de Dios que dicta las elecciones y orienta todas las decisiones que se toman. Y un corazón impuro es el corazón donde hay un revoltijo de dioses, de ídolos cuando en el corazón también está Dios, pero luego muchas decisiones parten del dinero, de los intereses propios, del afán de protagonismo, del odio, del libertinaje moral y toman las decisiones que nos van sumergiendo en el mal. La promesa a los limpios de corazón es que tendrán una profunda experiencia de Dios. Para ver, para experimentar a Dios primero uno debe de purificar su corazón y sólo así podrán tener una experiencia de Dios.

La séptima bienaventuranza es bienaventurados los que trabajan por la paz. Los pacíficos no son los que han de estar siempre de acuerdo con todo para no generar conflicto y trata de llevarse bien con todos. ¿Qué quiere decir Jesús con constructores de la paz? Esta paz de la que nos habla Jesús implica la plenitud de vida, implica la presencia de todos aquellos bienes que permiten a los hombres ser felices. Todos aquellos que crean las condiciones económicas, sociales, políticas, eclesiales, culturales favorezcan esta paz es bienaventurado del que habla Jesús. Y a éstos Dios les llama ‘sus hijos’, es tanto como que Dios diga: ‘Tú realmente eres mi hijo’ porque Dios quiere la plenitud y la felicidad de todos sus hijos.

La octava bienaventuranza es bienaventurados los que son perseguidos. Cuando estamos en el monte, en la montaña con Dios todo va con normalidad. El problema está cuando bajamos a la llanura y nos relacionamos con personas que piensan de un modo diverso, con otros criterios y valores. De hecho, es en la llanura, con la gente que piensa de diverso modo, dónde se nos probará en nuestra fe y si somos consecuentes con lo que Jesús nos enseñó. Jesús nos dice que aquellos que deseemos instaurar el Reino de Dios no lo vamos a tener nada fácil. Es más, dirán todo lo malo de nosotros, nos perseguirán… por causa de Jesús. Cuando uno vive según las enseñanzas de Jesús genera problemas porque el mundo no acepta otro modo diferente de actuar. El apostar por el amor definitivo y fiel hacia una persona como es Jesucristo en los hermanos… no se acepta. Porque esta sociedad nuestra sólo quiere lo que le interesa; sólo se acerca a las personas de las que se puedan aprovechar; sólo se quiere a los demás para poder obtener los propios beneficios. Todos aquellos que son llamados bienaventurados por ser perseguidos son ciudadanos del reino de los Cielos. Todos aquellos que viven en sintonía con las bienaventuranzas van manifestando, van instaurando, van creando una cultura nueva, un modo de estar nuevo donde Dios tiene el protagonismo y el lugar prioritario que le corresponde. Y todos aquellos que son perseguidos son felices, no porque espere -que también- una vida en la Eternidad, sino porque al ser perseguidos deja en claro que están siendo consecuentes y viven de una manera diferente a los criterios del mundo. De este modo, al tener a Cristo con nosotros, nadie podrá robarnos ni arrebatarnos el gozo de su presencia.

sábado, 21 de enero de 2023

Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo a

 

Domingo III del Tiempo Ordinario, ciclo a

22 de enero de 2023

            Hermanos, en los versículos anteriores hemos dejado a Jesús siendo tentado por el diablo en el desierto. Y ahora se nos cuenta cómo Juan el Bautista había sido arrestado por Herodes y Jesús se retira establece en Cafarnaún [Mt 4, 12-23].  Se retira a Galilea y se establece en la parte norte del lago cerca de Cafarnaún. Allí estará el centro de su predicación.

            Llama la atención que el evangelista Mateo emplee el término ‘mar’ cuando en realidad es un lago: El lago de Genesaret o el lago de Galilea. Sin embargo, el evangelista no quiere centrar en lo topográfico del terreno, sino que al usar el término ‘mar’ lo hace con una intención teológica. Porque el mar marca la frontera con los paganos, y es allí, al otro lado del lago, donde la gente muestra una mayor resistencia a la predicación. Y además recordemos que esa zona fue atravesada por el pueblo de Israel cuando salió del éxodo para entrar en la Tierra Prometida.

            El evangelista Mateo emplea el verbo ‘retirar’. Nos cuenta que Jesús «se retiró a Galilea». Y se emplea este verbo en relación con un peligro a evitar, en este caso está la hostilidad de Herodes Antipas que será el responsable de la muerte de Juan el Bautista. Es una llamada a tener discernimiento y saber dónde y cómo estar los diferentes lugares que tengamos que desenvolvernos.

            La intención de Mateo a través de estas indicaciones geográficas y de cita bíblica del profeta Isaías es establecer el punto de partida y el centro de la actividad de Jesús en una región que aunque estaba vinculada a una promesa de salvación no era considerada en el tiempo de Jesús como el lugar donde el Mesías se iba a manifestar. Jesús empieza su actividad en el lugar menos esperado de todos, donde no podría surgir ningún aspirante a ser un líder. Y de ahí la cita de Isaías 8, 23. 9,1: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierras y en sombras de muerte, una luz les brilló». Ese pueblo vivía postrado en lo tenebroso, en las tinieblas; ellos moraban en las tinieblas de lo moral, en el pecado. Y el evangelista emplea este texto para destacar que una de las tareas de Jesús será abrir los ojos de los ciegos que se han acostumbrado a lo tenebroso de las tinieblas de este mundo: Brillar para ellos como esa luz que disipa las tinieblas del pecado y nos introduce en una dinámica de salvación y gozo. En este evangelio de Mateo aparece la palabra ciego hasta 17 veces, porque la imagen de la luz para indicar la salvación traída por Jesús es una constante desde el inicio de su ministerio hasta el final de los tiempos: Una luz que resplandece para toda la humanidad. Y los discípulos recibirán también esta tarea de ofrecer y proporcionar la luz que disipe nuestras tinieblas y nos quite la ceguera espiritual.  No una luz que ilumina desde el exterior, sino una luz que desde dentro ilumina el mundo. Es más, el pasaje del profeta Isaías nos cuenta la transición de una situación de opresión a otra de salvación.

Recordemos el contexto de lo profetizado por Isaías -del primer Isaías-: en aquel tiempo todo quedaba eclipsado y condicionado por la conquista y supremacía del imperio Asirio. Una época turbulenta y difícil. Todo esto con la consiguiente influencia de los elementos paganos y de la pérdida de la identidad religiosa hasta el punto que, pasado mucho tiempo, se sigue hablando con cierto desprecio de esa región del norte como la ‘Galilea de los gentiles’, como la zona de los paganos. Nosotros, nuestra sociedad está sometido a otro imperio al estilo de los asirios que contaminan y hace que perdamos nuestra propia identidad religiosa.  Y la Iglesia está llamada a dar luz para disipar estas tinieblas.

El versículo más importante lo tenemos en el 17: «Desde entonces empezó Jesús a proclamar diciendo: Arrepentíos, porque está llegando el reino de los cielos». Que es tanto como decir ‘cambiad de vida porque el reino de los cielos está entre vosotros’. Nos está diciendo que Jesucristo está con nosotros, en medio nuestro, para darnos de su fuerza -de su Espíritu- para que podamos amar. Se trata de acoger a Jesús, no se trata de hacer cosas buenas para atraer la atención benévola de Dios. Se trata de vivir disfrutando y sabiendo que contamos con la presencia de Dios. El Padre de Jesús no absorbe las energías a los hombres, sino que nos proporciona su energía -su Espíritu- para alentarnos en nuestras particulares batallas y pruebas. Saber y tener experiencia de la presencia amorosa y potente de Cristo en nuestra vida genera un cambio de mentalidad que se manifiesta en un nuevo comportamiento. De tal manera que mientras antes vivías para ti, a partir de ahora empiezas a vivir para los demás. Si hasta hoy has pensado en tu propio interés o provecho, a partir de ahora piensa en lo que pueda aprovechar a los demás como objetivo principal en tu existencia.

Mientras para los judíos la manifestación del reino de Dios iba a ser por todo lo alto, con una manifestación extraordinaria del poder de Dios, para el evangelista la venida del reino no se debe a una manifestación extraordinaria del poder de Dios, pero es necesaria la activa colaboración de cada persona. Y con ese proceso personal de conversión uno va colaborando en la manifestación del reino de Dios, y uno colabora en ese reino de Dios cuando realiza el ejercicio de la realeza de Dios en su vida. Cuando uno perdona, aunque no tenga la culpa; cuando uno entrega algo sin esperar a que se lo devuelvan; cuando uno reza por sus enemigos; cuando uno muere para que el otro pueda vivir; cuando uno piensa primero en las necesidades de los otros antes de las propias… así es como uno va ejerciendo esa realeza.

Nos sigue diciendo la palabra que Jesús caminando por el mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón y a Andrés. Lo primero que hace Jesús es buscar colaboradores para extender el reino. Y no los busca en los lugares sagrados. Jesús podía haber buscado a sus colaboradores en la sinagoga o por el Templo o en cualquier escuela rabínica, pero no. Lo hace porque sabe que las personas religiosas son más reacias a los cambios y resulta que todo su mensaje es nuevo. Jesús elige a personas normales, a personas de la calle para una misión tan importante.

El evangelista san Mateo para relatar el encuentro de Jesús con sus apóstoles utiliza el verbo ‘ver’. Este verbo ‘ver’ usado con intencionalidad por el evangelista, nos quiere remitir al libro del Génesis, manifestando aquella mirada positiva de Dios cuando en el momento de la creación dijo aquello de «y vio Dios que era bueno». Porque esos apóstoles, con la llamada de Dios, son una nueva creación.

Además, se destaca una imagen que es clave y distintiva de la comunidad cristiana, «que eran hermanos»: Simón y Andrés eran hermanos, tal y como lo eran también Santiago y Juan. Otro detalle importante es que los nombres de Simón y Andrés tienen un origen griego, no judío, destacando que ellos pertenecían a una familia con una mirada abierta hacia lo religioso, no estrecha. Y a Simón le pone de sobrenombre ‘Pedro’, ‘piedra’, que indica la cabeza dura, la terquedad del cántaro, ya que es una personalidad probada que tendrá dotes de mando.

Otra cosa que no deja de ser una paradoja: Jesús les invitará a ser pecadores de hombres. Y la verdad que es cómico porque Jesús les invita a ser pecadores de hombres y Pedro será el único discípulo que va a ser pescado por el Señor. Recordad de aquel pasaje que Pedro va andando sobre las aguas para salir al encuentro del Señor y al dudar se empieza a hundir, a lo que Pedro le pide que le salve. El pescador de los hombres es pescado por Cristo. Y recordemos que Pedro es el más testarudo de todos que le prometió a Jesús que ‘aunque todos te abandonen, yo no lo haré’. Y le abandonó, negándole por tres veces. Y Jesús vuelve a pescar al pecador cuando el gallo cantó por tercera vez. Jesús siempre le llamó con el nombre de ‘Simón’, sin embargo el evangelista para destacar la tozudez de ese apóstol le llamará con el nombre de ‘Pedro’.

Jesús les invita a ser pescadores de hombres. Jesús no les invita a que ingresen en una escuela rabínica para que aprendan la Torá, tal y como lo hubieran hecho los otros maestros. Jesús los invita a una acción práctica. Eran pescadores y sabían lo que significaba pecar a un pez. Pescar un pez significa atrapar al pez, sacarlos de su habita vital y trasportarlos a la tierra donde se encuentran con la muerte. Jesús dice todo lo contrario: Los hombres están en el agua, que representa al mal. Para los judíos de aquella época, el estar el mar, el estar sumido en una pesadilla. Los judíos pensaban que sólo los que eran sepultados en la tierra de Israel más tarde resucitarían. Ellos estaban aterrorizados de morir ahogados en el mar. El pecador debe sacar a los hombres de la esfera de la muerte, del mar para llevarlos al ámbito de la vida. Por eso la invitación de Jesús a los apóstoles a ser pescadores de hombres. Jesús invita a colaborar en su misión a los apóstoles, a rescatar a las personas de los lazos de la muerte. Se trata de sacar a los hombres y a las mujeres, de tirar de ellos, es decir, el salvar a las personas. Una invitación muy actual, sobre todo con las leyes que se están promulgando y con toda la mentalidad anti-natalidad, toda la suciedad que lleva consigo la ideología de género,…

¿Y cómo se pesca a un hombre? Una vez que Jesús está resucitado nos indicará cómo y dónde realizar esta pesca. El último capítulo de San Mateo, el capítulo 28, cuando Jesús dice «Poneos, pues, en camino, haced discípulos a todos los pueblos y bautizadlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo». La misión de Jesús es sumergir a cada persona en su Padre. Del mismo modo que Jesús también fue sumergido por Juan el Bautista en las aguas del Jordán. Sólo las personas se salvan si están empepados e impregnados con el amor del Espíritu.

Dicen que los apóstoles «inmediatamente dejaron las barcas y lo siguieron». Sin pedir condiciones ni explicaciones. Seguir a Jesucristo comporta una ruptura radical con la vida presente. Uno no tiene ninguna garantía, solo se fía de Dios.

Los otros discípulos, Santiago y Juan, eran los hijos de Zebedeo. Mientras Simón y Andrés eran nombres de origen griego con una mentalidad más abierta, los nombres de Santiago y Juan son de un origen judío, con una mentalidad mucho más estrecha, mucho más tradicional. De hecho, estos dos hermanos son los que más problemas traerán a Jesús. Ellos dejaron la barca y dejaron a su padre. El seguimiento radical a Jesús se demuestra con el abandono del padre, para poder aceptar al único Padre, el cual es Dios.  La comunidad de discípulos reconocerá como único padre al Padre del Cielo, cuya paternidad no nos manda, sino que nos comunica su amor. Un detalle importante porque dice el evangelio que ellos abandonaron a su padre Zebedeo, pero ¿qué sucede con su madre? Dejan al padre, pero no dejan a la madre. Esa madre es muy entrometida. Nunca es presentada como la esposa de Zebedeo, sino como la madre de los hijos de Zebedeo y esta madre será la ruina de sus hijos [Crf. Mt 20, 20-23]. Es la madre que se deja mover por la ambición y perjudicará a sus hijos: «Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». Y lo hace arriesgando a crear división y confrontación entre los discípulos.

Jesús todo lo que toca lo sana. Dejemos que el Señor nos pesque para que nosotros podamos ayudarle a pescar a los demás.


sábado, 14 de enero de 2023

Homilía del Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

 


Domingo II del Tiempo Ordinario, Ciclo A

15 de enero de 2023

            En el libro del Éxodo, en la noche de la liberación de la esclavitud de Egipto para empezar el largo viaje a la tierra de la libertad, el Señor dice a Moisés y a Aaron [Cfr. Ex 12] que cada familia se procure tener un cordero para comerlo. El comer esa carne les dará las fuerzas para salir de la esclavitud y empezar el camino que han de emprender hacia su libertad. Y la sangre del animal ha de ser empleada para marcar el dintel y las dos jambas de las puertas de esas casas y de ese modo el ángel exterminador pasará de largo y no entrará en esas casas.

            El evangelista Juan presenta a Jesús como este cordero [Jn 1, 29-34], como el cordero pascual; cuya carne nos proporciona la capacidad para liberarse de la esclavitud de la oscuridad del pecado y caminar hacia la libertad y la sangre que se derrama por nosotros, no nos libera tanto de la muerte física, sino que nos libera de la muerte para siempre.

            El evangelista Juan está elaborando estos capítulos de su evangelio con la finalidad de llegar al episodio de las bodas en Caná de Galilea [Cfr. Jn 2], y estas bodas se realizan, según el orden designado por san Juan, en el séptimo día; siendo el primer día cuando Juan el Bautista se autodefine como «yo soy la voz del que clama en el desierto: allanad el camino del Señor»; y siendo el segundo día cuando Jesús se pone el la fila de los pecadores para ser bautizado por su primo Juan. Y pone esas bodas en Caná en el séptimo día resaltando la plenitud de la creación, como el cambio de la alianza: Esa alianza esponsal de Dios con cada uno de nosotros.

            En el prólogo de Juan, Jesús es presentado como el Mesías, y ahora es presentado por Juan el Bautista como el Cordero de Dios. Esto llama bastante la atención de todos aquellos que le oyeron, porque nos está diciendo que Jesús es el que genera en nosotros ese lanzamiento hacia la libertad. A demás Juan el Bautista nos dice «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Jesús es que quita el pecado del mundo; no se trata de los pecados del mundo en plural.

¿De qué pecado se trata? ¿Qué pecado es el que quita el Cordero de Dios? Este pecado es el rechazo de la vida que Dios comunica: Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Ese pecado era debido a las falsas ideologías religiosas que bloqueaban la luz del amor de Dios al llegar al hombre. Esas falsas ideologías religiosas eran como esas cortinas de tela gruesa o esas persianas cerradas que no permiten entrar ni un poquito de claridad que impiden que veamos más allá de nosotros mismos. Por eso es importante tener en cuenta, en el momento de la muerte de Cristo, fue la cortina del Templo la que se rasgó en dos de arriba abajo [Cr. Mc. 15,38]. El pecado es negarse a reconocer a Cristo como el enviado de Dios; negarse a que Cristo sea el centro que da forma a todo tu ser. ¿Y porqué quitar precisamente ese pecado? Porque ese pecado, el no reconocer a Jesús como el Kyrios, Señor. Era preciso quitar este pecado, esta falsa concepción de Dios, que es como un manto de oscuridad que oprime al mundo.

El evangelista no presenta al Mesías que ejerza la violencia; no lo presenta como un león, como el león de Judá. Lo presenta como el Cordero de Dios. Tampoco nos presenta a Jesús como una persona vestida con vestimentas religiosas. Se presenta como hombre, con la plenitud de Dios.

Juan da testimonio diciendo «he contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él». Se está dirigiendo a ese resto de Israel, que ha sido fiel y se ha mantenido unido a Dios en medio de las pruebas, y les habla de una paloma.

La imagen de la paloma nos remite al libro del Génesis, cuando en el momento de la creación el espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas [Cfr. Gn 1,2]. Sobre el caos, sobre las aguas que representan a la muerte, el Espíritu de Dios aleteaba. Y Jesús, al descender la paloma sobre él, es presentado como el complemento de esta creación. De tal modo que Jesús es presentado como el nido del Espíritu, la morada permanente del Espíritu. Para el evangelista no es suficiente que el Espíritu descienda sobre una persona, sino que nuestro espíritu permanezca en Jesucristo. Porque Jesucristo es la presencia visible de Dios, y nosotros estamos llamados y urgidos a permanecer con él. Es lo que nos dice San Pablo: «Ese mismo Espíritu se une al nuestro para dar testimonio de que somos hijos de Dios» [Cfr. Rm 8, 16].

¿Y cómo se quita el pecado del mundo? Bautizándonos en el Espíritu Santo. El Espíritu que bajaba del cielo como una paloma es la plenitud del amor de Dios que da claridad en medio de las tinieblas. Ya el evangelista Juan, en su prólogo, nos dice que la luz no lucha contra la oscuridad: La luz brilla y la oscuridad se desvanece. Y así es como funciona la vida cristiana: no es luchar contra el enemigo, no es pelear contra el otro. Sino que la oscuridad se desvanece cuando estás unido a Cristo, de este modo uno puede amar al otro y sentirse perdonado por el amor de Dios.

La actividad de Jesús es empeñarse en evangelizar, en bautizar con su Espíritu Santo. Bautizar con el agua es bautizar con un elemento externo y en el exterior: Bautizar con el Espíritu Santo es que entre en lo más íntimo de nosotros la fuerza del amor de Dios. Y este Espíritu nos va santificando por dentro. Y por eso, este modo de actuar Jesús es una oportunidad que nos ofrece a todos los que deseen seguirle.


martes, 10 de enero de 2023

Funeral de mi padrino de bautismo

Funeral de Pedro García Gutiérrez

Paredes de Nava (Palencia) 11 de enero de 2023

 

Hermanos, el tiempo va transcurriendo y por el camino de la vida nos van dejando muchos seres queridos, los cuales se han ganado un lugar en nuestro corazón.

Esta tierra se ha ido forjando en el tiempo con personas con ese carácter castellano que han sabido sobrevivir en los malos tiempos con su trabajo. De tal modo que su trabajo, su sentirse cristiano y su experiencia acumulada nos han ayudado a ser lo que somos nosotros ahora.

Pedro había adquirido esa capacidad de soportar el dolor sin quejarse, sin lamentarse. Es una característica que han adquirido aquellos que se han ido curtiendo con la dureza de la vida.

Y es Dios quien llamó a la existencia a Pedro y es Dios quien ahora le reclama para sí.

            Hay personas que me dicen ‘¿por qué no han vuelto nadie del más allá para decirnos cómo se está allá?’. Lo dicen porque en el fondo no se creen esto de la resurrección de los muertos y lo ven como un cuento o una fábula. Yo sé que hay uno que sí que regresó de la muerte, porque los lazos de la muerte no tuvieron la suficiente fuerza como para poderlo sujetar: Esa persona es Jesucristo. La dificultad reside en que es complicado creerse esto de la resurrección si uno no tiene ardiente  y viva la llama de la fe, ya que las sombras del dolor tienden a desanimarnos y a caer en la angustia.

            Santa Teresa de Jesús nos comenta que «la vida es una mala noche en una mala posada» [Camino de Perfección, 40,9], ya que todo lo que uno sufre, si lo hace por amor, todo adquiere sentido de plenitud y ayuda a ascender hacia la presencia de Dios. Porque, como ella misma también nos dice: «Solo el amor es el que da valor a todas las cosas» [Exclamaciones 5,2].  Todo lo que hacemos en la vida tiene valor si lo hacemos con amor; Ya San Pablo nos lo recuerda: «Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que suena o címbalo que retiñe. (…) Si no tengo amor, nada soy» [Cfr. 1 Cor 13].

            Pedro es una persona, digo que es -hablo en presente-, porque no puede morir aquel que ha sido creado por el amor con mayúsculas, que es Dios. Dios es amor y el amor no muere; luego aquel que ha sido creado a base de amor no puede desaparecer, no puede morir, no puede desvanecerse. Es verdad que el mismo Jorge Manrique nos escribió en las ‘Coplas por la muerte de su padre’, diciéndonos aquellos versos bellísimos:

«Nuestras vidas son los ríos

que van a dar al mar,

que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

e consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

e más chicos;

i llegados, son iguales

los que viven por sus manos

e los ricos».

 

Pero más cierto aún es que aquellos nombres que han sido inscritos en el Libro de la Vida, resurgirán de sus cenizas y serán conducidos la presencia del Todopoderoso. De tal modo que todo lo que acá hicimos, allá tuvo su eco, y todo el sufrimiento de esta vida servirá como catarsis, purificación para alcanzar la otra vida. Recordad: el amor no puede morir, porque Dios, que es Amor, es Eterno y Dios es nuestro Garante y nuestro constante protector.

Pedro era una persona de iglesia. Amante de su cofradía de Jesús Nazareno y de la Quinta Angustia. Con quince años empezó a ser cofrade y ha querido a su cofradía hasta el último momento. Yo he sido testigo de cómo él quería a sus hermanos cofrades del mismo modo que ellos le quieren a él. Un cofrade fiel y bueno. Pedro es de esas personas religiosas castellanas que se sentía orgulloso de ser paredeño y cofrade. El ser cofrade era algo que había vivido desde pequeño y lo llevaba en la sangre.

Recuerdo con agradecimiento la alegría que me manifestaba cuando le visitaba o hablaba con él por teléfono. Esa alegría es algo que le caracterizaba porque era una persona que le gustaba estar con la familia y con los amigos. Siempre que tenía oportunidad presumía de sus nietos y se le veía rejuvenecer cuando estaba con ellos. Para él, Paula, Daniel, Marta, Rodrigo y Sandra siempre era un motivo para sonreír y sentirse orgulloso de ellos. Sus hijos le han mostrado siempre su cariño y él lo sabía, y de hecho disfrutaba con ellos.

Pedro, a parte de ser mi tío, era mi padrino de bautismo; luego yo era su ahijado. Y yo ahora, junto con todos vosotros y la oración que aportáis, le estamos despidiendo de esta vida terrenal ya que ahora está naciendo a la vida celestial.

Pedro, cuando encuentres y te reúnas con tu esposa Teodora, dile de parte de tus hijos, de tus nietos y de toda tu familia que los dos habéis sido para nosotros un bellísimo regalo de Dios.

Dale Señor el descanso eterno y brille para él la luz eterna. Amén.