lunes, 10 de julio de 2023

Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, Ciclo A, 09.07.2023


Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, Ciclo A

09.07.2023 [Mt 11, 25-30]

          El evangelio que nuestra madre la Iglesia nos ofrece en esta liturgia encierra una belleza que puede pasar desapercibida a los ojos de iniciados en la fe. San Mateo escribe a una comunidad cristiana de los años 80 d.C. cuyos hermanos cristianos procedían del judaísmo. Para esos hermanos era fundamental el caer en la cuenta de cómo en la persona de Jesucristo se cumplían todas las promesas realizadas por los profetas y por los padres. Esta es la razón por la que san Mateo está siempre mirando con el rabillo del ojo al Antiguo Testamento para iluminar la mente de esos hermanos de esa comunidad cristiana.

         El evangelio de Mateo se estructura en cinco discursos. El primero es el Sermón de la Montaña (Mt 5-7). El segundo es el discurso de la misión o el discurso misionero que está en Mt 10 al 12 y donde se proporciona instrucciones a los Doce Apóstoles. El tercer discurso de Mateo 13 proporciona varias parábolas para el Reino de Dios. El cuarto discurso de Mateo 18 suele llamarse el discurso sobre la Iglesia o sobre la vida cristiana. Y el quinto discurso es el discurso de los olivos y aborda el discurso sobre el final de los tiempos y la segunda venida del Mesías. El número cinco no es por casualidad sino adrede, porque cinco son los libros de la Ley (Toráh) para el Pueblo de Israel. Recordemos que Mateo escribe a cristianos procedentes del judaísmo.

         Jesús empieza dando gracias a Dios «haber ocultado estas cosas a los sabios». Este término ‘sabio’ nos remite a la carta de San Pablo a los Romanos (Rm 1, 22) donde se nos dice esta expresión: «Alardeando de sabios se han hecho necios», y todo porque han puesto sus pensamientos en cosas sin valor y se ha obscurecido su insensato corazón. Se refiere a todos aquellos que rechazan a Jesucristo como Señor y le suplantan por los ídolos y cualquier otra ideología, aunque esta se dé y se propague dentro del seno de la propia iglesia.

         En este texto el propio evangelista hace una serie de guiños al prólogo del evangelio de San Juan al presentar a Cristo como el mediador de Dios y esa íntima relación y santa complicidad entre el Padre y el Hijo. Sobre todo, cuando Mateo habla de «a quien el Hijo se lo quiera revelar», ya que Cristo es la luz a la que el mundo rechazó (Jn 1,9).

         Mateo está presentando a su comunidad cristiana a Jesucristo como el nuevo Moisés. Sigue mirando todo el rato por el rabillo del ojo al Antiguo Testamento. ¿Por qué a Moisés? Porque Moisés era el «hombre más humilde y sufrido del mundo» (Nm 12, 3). Del mismo modo Moisés es calificado en la Biblia como el amigo de Dios, aquel que podía hablar cara a cara con Él. «Yahvé hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Ex 33, 11). Dios le revelaba a Moisés sus planes para con el Pueblo israelita. Moisés tenía esa complicidad con Yahvé.

         Cuando Jesús nos dice eso de «cargad con mi yugo», se está refiriendo al modo de cómo entender la propia Ley divina. La Ley fue entregada por Dios a Moisés en el monte Sinaí. De nuevo vuelve a salir el nombre de Moisés de un modo oculto, pero totalmente presente en este texto. La Ley era entendida como un yugo opresor; la Torá, tal y como la explicaban los fariseos y saduceos, los sabios de aquella época, era opresora. San Pablo en la carta a los gálatas habla del yugo de la ley (Gal 4, 5-7) y el libro el Eclesiástico lo presenta de este modo: «Someted vuestro cuello a su yugo y recibid instrucción» (Si 51, 26). «Su yugo es un honor para mí, al que me enseñó daré gracias» (Si 51, 17). Cristo nos dice que toda la Ley y los profetas están contendidos en el mandamiento nuevo del amor, el cual Él nos entregó en el marco de la última cena.

         Y nos dice que «hallaréis vuestro descanso». De nuevo nos vuelve a remitir a Moisés, concretamente a la Tierra Prometida. Fue Moisés quien acaudilló al pueblo sacándoles de la esclavitud de Egipto hacia la tierra de Caná atravesando durante cuarenta años el desierto. Del mismo modo Cristo es el camino que conduce al Padre Eterno, al descanso en la Gloria. La tierra prometida es el lugar del descanso. «Cuando entréis en la tierra que voy a daros, la tierra tendrá también su descanso en honor a Yahvé» (Lv 25, 2). «Yahvé respondió: yo mismo iré contigo y te daré descanso» (Ex 33, 14); «Recordad la orden que os dio Moisés, siervo de Yahvé: Yahvé vuestro Dios os ha concedido descanso, dándoos esta tierra» (Jos 1, 13).

         Vivir según el Espíritu es dejarse sacar de la esclavitud del pecado y de los lazos del faraón (demonio), para ser conducido por el desierto (purificación) y poder entrar en el descanso eterno del Padre. Cristo es nuestro nuevo Moisés, el supremo Caudillo al que estamos llamados a seguir con toda la determinación.


sábado, 1 de julio de 2023

Homilía del Domingo XIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A, 02.07.2023


Homilía del Domingo XIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A

01.07.2023 [Mt 10, 37-42]

          El evangelio de hoy es la última parte del discurso de envío de Jesús para anunciar el Reino de Dios. Jesús nos dice, con toda la claridad que, para ser portadores de su mensaje, uno ha de haber alcanzado una madurez en la fe y en la propia conversión. Por eso Jesús, con estas palabras lo que pretende es poner en crisis a los suyos, para que retomen un impulso en su vida cristiana. Está hablando de la primera persecución que los primeros cristianos sufren por seguir a Cristo, por eso no cualquiera puede ser enviado. El enviado es una persona que ha alcanzado ya un grado de libertad interior, una madurez, y que da respuesta a esa radicalidad exigida por Jesús. Sin embargo, los demás rabinos no pedían nada de esto, no pedían ni madurez en la fe ni en la propia conversión, únicamente pedían cumplir con lo exigido. Por eso algún rabino le dijo ‘¿pero ¿quién te has creído tú para exigir eso?’, ‘¿tú eres más que nuestro padre Abrahán?’.

Jesús deja las cosas tan claras de tal manera que aquel que es enviado a anunciar el Evangelio está llevando al mundo a Cristo con sus palabras y acciones. Por eso dice que «a quien os recibe a vosotros, me recibe a mí».

         El cuarto mandamiento de la Ley de Dios les decía: «Honrarás a padre y madre», pero todos aquellos judíos que habían acogido el mensaje de Jesucristo, habían sido expulsados, en primer lugar, de las sinagogas. Estamos en el primer siglo. Los rabinos habían dicho que todos aquellos que se declaraban ‘nazarenos’, seguidores del ‘Nazareno’ tenían que ser expulsados de las sinagogas, y ahora dentro de sus propias familias también iban a ser rechazados. Por lo tanto, los primeros cristianos tienen un problema serio de conciencia, porque si ellos decidían ser cristianos, ellos no podían vivir el cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Porque los cristianos de origen judío piensan que ellos no están observando el cuarto mandamiento de Dios. Tienen un serio problema de conciencia. Ellos llegaban a pensar que siguiendo al ‘Nazareno’ habrían traicionado a su propia tradición y a los suyos.

         Jesús sabe que les está pidiendo algo muy duro, por eso nos dice y les dice «quien no carga con su cruz, y me sigue, no es digno de mí». Jesús dice ‘con su cruz’, no con la cruz de Jesús. ¿A qué se refiere? Se refiere al madero horizontal que llevaban los condenados hasta ser crucificados, dando a entender que cada cual, mantenerse en la fidelidad a Cristo, uno sufre. Por ser fiel a Cristo y apostar por una familia y matrimonio cristiano, en ese educar desde la fe a los hijos, el ser fiel amante de Cristo en el ministerio sacerdotal…, en ese permanecer en la fidelidad diariamente, uno sufre, uno lleva ese madero horizontal de la cruz, pero siendo fiel en medio de la lucha, el Señor nos socorre y nos salva de nuestros enemigos [Cfr. Sal 136, 24; Sal 124].

         Jesús pone a sus seguidores frente a una decisión. Y esto nos conecta con la lógica de la segunda lectura [Rm 6,3-4.8-11]. San Pablo escribe a la Comunidad de Roma sobre la lógica del bautismo. Quien no entra en la muerte de Cristo, quien no carga con ese madero horizontal por mantenerse fiel al Señor, no puede entender ni la resurrección ni la dinámica pascual que lleva consigo la vida cristiana. ¿Cómo estoy llevando ese madero horizontal sobre mí? ¿lo estoy llevando? ¿me pesa ese madero por el hecho de mantenerme en la fidelidad a Cristo? ¿Estoy viviendo en esa dinámica de la vida nueva a la que uno está llamado? La pregunta clave que el Señor nos lanza es: ¿ser cristiano es algo que nos pone en crisis? ¿estamos tan acostumbrados a vivir en y desde la mediocridad que ni el mensaje del Señor nos pone en crisis? Porque el problema fundamental que tenemos en la iglesia es que nosotros siendo cristianos no renunciamos a nada. Por eso nadie o casi nadie entra en crisis ante la Palabra de Dios. Como todos somos cristianos nadie renuncia a nada. El problema es la falta de coherencia evangélica. Si viniera un musulmán y se convirtiera al catolicismo, ese sí que sería uno que muestra la radicalidad de su fe, pero nosotros no. O los cristianos que viven en países de persecución. ¿Para qué hacer la primera comunión, la confirmación o el casarse por la iglesia?, ¿vais a arriesgar algo de vuestra vida? Si realmente vamos a seguir haciendo las cosas como antes ¿para qué hacerlo? ¿Eso significa tomar una decisión radical o asumir una responsabilidad de más? ¿Acaso se hace para crecer en coherencia evangélica o es una cosa más que uno realiza? Porque si uno no arriesga nada de la vida por Cristo es tanto como pensar…’ahora me toca tirar cantos al río’. Pero esta gente, estos primeros cristianos se lo jugaban todo, familia, prestigio y eran marginados por su opción de fe.

         Y tú ¿qué arriesgas por Cristo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


sábado, 17 de junio de 2023

Homilía del Domingo XI del Tiempo Ordinario, Ciclo A 18.06.2023

 

Homilía del Domingo XI del Tiempo Ordinario, Ciclo A

18.06.2023 [Mt 9, 36-10,8]

             Haber utilizado esta página del evangelio para para pedir por las vocaciones ha trastocado totalmente su significado. Este texto ha de ser una toma de conciencia de toda la comunidad para un compromiso urgente para cooperar con el Señor se ha transformado únicamente en una petición o una oración para pedir por las vocaciones de sacerdotes, frailes y monjas.

            Jesús está recorriendo todas las ciudades y los pueblos enseñando en las sinagogas. Es decir, Jesús está enseñando en las sinagogas toda la riqueza que está inserta en el Antiguo Testamento y anunciando el evangelio del Reino. Para los judíos les enseña la riqueza del Antiguo Testamento, pero para los paganos les anuncia el reino.

            Empieza el evangelio diciéndonos que «al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban vejados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor». La compasión es una característica de Dios. La compasión no es un sentimiento, sino una acción por la cual se comunica la vida a los que no la tienen. Esa multitud estaba exhausta y cansada como ovejas que no tienen pastor. Sin embargo, estas palabras de Jesús estaban cargadas de polémica: Ellos tenían demasiados pastores, sólo que esos pastores buscaban su propio interés, eran como comerciantes y no buscaban ni trabajaban por las necesidades de la comunidad. Y al buscar su propia conveniencia y comodidad hacen que las ovejas se dispersen.

            Jesús dice a sus discípulos que «la mies es abundante, pero los trabajadores son pocos». Es decir, hay mucha labor porque esta gente está toda ella dispersa. Y el Señor les dice «rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Esto no es una oración para que otros oren por las vocaciones; sino que Jesús nos invita a orar para que sus discípulos tomen conciencia urgente e importancia de la actividad de evangelizar.

            Jesús llama a los Doce y es la primera vez que aparece este número que indica el Pueblo de Israel que está siguiendo a Jesús. Y «les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda tipo de enfermedad y toda dolencia». Nos habla de un espíritu que si se acepta su influencia actúa desde la interioridad del individuo. Cuando este espíritu o esta fuerza viene de Dios separa del mal; pero cuando este espíritu o fuerza no viene de Dios retiene a la persona en la oscuridad y en el mal.

            Aquí aparece el término ‘apóstol’ que significa los que son enviados, les remite a una actividad; el ser enviados. Aquí tenemos la lista, la cual no es igual en todos los evangelistas. El primero y el último de la lista son los que fueron los traidores, los que negaron a Jesús: Pedro y Judas Iscariote. Tenemos a Mateo el publicano que representa a una persona impura; también esta Simón el cananeo, cananeo que significa ‘el revolucionario’. Jesús da la bienvenida a todos los que dentro de sí tienen ese deseo de plenitud de vida. Y Jesús les envía. Jesús no espera a personas perfectas o a personas completas.

            Nos encontramos con una orden de Jesús: «No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría». ¿Por qué Jesús no los envía a la tierra de los paganos y de los samaritanos? Porque sabe que los discípulos todavía están inmaduros y siguen teniendo la imagen del Mesías como el hijo de David, el triunfador que deberá de dominar y subyugar a los pueblos paganos. Por eso no les envía ni a los paganos ni a los samaritanos porque sabe que ellos pueden generar daño. Sólo después de su muerte y resurrección, en el Jesús Pascual, será cuando Jesús les dirá «id a todos los pueblos». Por eso ahora sólo les manad a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

            Jesús les habla del reino de los cielos, es decir, de una sociedad alternativa que Jesús viene a crearla. ¿Cuáles son los efectos o sensaciones de esa sociedad alternativa? Pues el comunicar la vida, enriquecer con la vida. Esto el evangelista lo resume diciendo eso de «curar a los enfermos, resucitar muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios».

            Y termina diciendo «gratis habéis recibido, dad gratis». El amor de Dios no se me da por mis propios méritos, sino por los méritos del Señor Jesús. La garantía del discípulo es hacer las cosas desinteresadamente, no buscando su propio interés ni la propia conveniencia ya que eso no viene de Dios.

 


martes, 13 de junio de 2023

San Antonio de Padua 2023

 


San Antonio de Padua

13 de Junio de 2023

[2 Cor 1, 18-22; Sal 118; Mt 5, 13-16]

 

            Agradezco a la Cofradía del Santísimo Sacramento y de San Antonio esta oportunidad para celebrar en este pueblo esta fiesta en honor a San Antonio de Padua; un pueblo en el cual tengo gran parte de mis raíces.

Hoy Jesús, en evangelio, a sus discípulos, les ofrece dos imágenes. La primera: «Vosotros sois la sal de la tierra» [Mt 5, 13-16]. Jesús habla al primer grupo de discípulos que están dando los primeros pasos tras el Maestro. La misión de ser sal de la tierra lleva consigo una serie de dificultades. ¿Cómo podemos ser sal de la tierra? Primero hay que caer en la cuenta que el sabor evangélico de nuestra vida es muy insípido. Nuestra vida no sabe a Evangelio.

Debemos tener presente que la fragilidad y debilidades, las cuales comprobamos en nuestra vida, no nos incapacita para sacar adelante la opción de seguir a Jesucristo. El apóstol Simón, al que Jesús le llamó con el sobrenombre de Pedro, durante toda la convivencia con Jesús seguía pensando con criterios mundanos y vemos la fatiga, el esfuerzo que Pedro realizó para separarse de los criterios dictados por el Maligno. Porque Pedro seguía teniendo sueños de grandeza, de prestigio que caracterizan el mundo del pecado. Sin embargo, Jesús siguió confiando en Pedro. Y Jesús sigue confiando en cada uno de nosotros a pesar de las grandes debilidades y fragilidades.

Por eso hoy Nuestro Señor Jesucristo nos presenta a uno de sus grandes amigos: San Antonio de Padua. San Antonio puede decir y asumir las mismas palabras que escribió el Apóstol San Pablo: «He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he guardado la fe» [2 Tim 4, 7]. San Antonio de Padua nos invita a que pensemos en las cosas del cielo, que siempre tendamos a estar con Dios.

Dios, que conoce a cada uno de los vecinos de Villamartín de Campos sabía, y por eso lo hizo, que este querido santo iba a ser muy querido y aceptado por los hijos de este pueblo. De hecho, ya sea en la prosperidad o en las más dolorosas adversidades, todos los hijos de este pueblo, ya sea a lo largo de los años ya sea en la distancia, han tenido y tienen en su corazón esta devoción a San Antonio tan honda y tan segura protección. San Antonio, al estar en el cielo y estar tan íntimamente unido a Cristo, no deja de interceder por nosotros ante el Padre. De hecho, todos tenemos experiencia de cómo Dios nos ha regalado muchas gracias y deseos pidiéndoselo a través de San Antonio, el cual, intercediendo por nosotros ante el Padre, los hemos recibido. Cada cual sabe lo que ha recibido como fruto de esa oración constante y fervorosa.

            Dios comunicó un poder extraordinario a San Antonio de Padua, el cual nació en Lisboa en el año 1195, y que fue bautizado con el nombre de Fernando. Cristo concedió el don de los milagros a este gran santo para marcar con el sello divino su Palabra. Era necesario probar con señales indudables y milagrosas la doctrina del Maestro y conducir así a los no creyentes al cristianismo. Muchas veces las razones teológicas que San Antonio argumentaba a los paganos no eran escuchadas porque eran ‘muy duros de mollera’, eran ‘tercos, pero tercos de los hechos por encargo’ y además estaban repletos de prejuicios. San Antonio se tenía que ‘armar con muchas dosis de paciencia’ ante aquellos que negaban las verdades que él defendía.

Otra de las cosas a tener en cuenta en ese ser sal de la tierra es que tenemos miedo a la confrontación con aquellos que piensan de un modo diverso. ¿Por qué razón tenemos miedo a la confrontación con los que piensan diferente? En primer lugar, porque si nos preguntan las razones de nuestra esperanza no podamos ofrecérselo. Y también porque tenemos miedo de que se rían de nosotros al ser considerados como soñadores y engañados. Recordemos que esto le sucedió a Pablo en Atenas, cuando en el Areópago [Cfr. Hch 17, 16-34] estaba anunciando la resurrección comenzaron a burlarse de él. El cristiano no tiene que tener miedo de presentarse ante el mundo, el cual piensa de un modo diverso. No podemos quedarnos rezagados o aislados en nuestras comunidades. Y no lo podemos hacer porque debemos de esparcir la sal de la sabiduría evangélica en el mundo. Daros cuenta de la valentía y del santo coraje que tuvo nuestro querido santo, san Antonio para dar razón de su fe:

Sus biógrafos nos cuentan cómo cierto día nuestro querido santo discutía con un hereje. Ese infeliz se negaba obstinadamente a admitir el misterio de la transustanciación, porque después de la consagración no percibía cambio alguno en las especies eucarísticas. San Antonio se lo explicaba con argumentos de la Biblia y de la Tradición, pero todos sus esfuerzos chocaban con la obstinación de su interlocutor. De tal modo que nuestro querido santo cambió de estrategia:

 Le dijo: «Usted tiene una mula que utiliza para montarla. Voy a presentarle una hostia consagrada; si se postrase ante el Santísimo Sacramento, ¿admitiría la presencia del Salvador en las especies eucarísticas?» -«Sin duda» -, respondió el incrédulo esperando dejar en situación embarazosa al santo con semejante apuesta. Para garantizar mejor el éxito, el hereje privó al animal de cualquier alimento.

El día y hora fijados, Antonio que se había preparado con redobladas oraciones, salió de la iglesia portando el ostensorio entre sus manos. Por el otro lado, el incrédulo llegaba sujetando al hambriento animal por las riendas. Una multitud considerable se agolpaba en la plaza, llena de curiosidad en presenciar el singular espectáculo. Con una sonrisa en los labios, nuestro hombre, pensando ya triunfar, colocó ante el animal un saco de avena. Pero la mula, entregada a sí misma, se desvió del alimento que se le ofrecía y dobló las patas ante el augusto Sacramento; sólo se levantó después de haber recibido el permiso del santo. Es fácil imaginar el efecto que produjo el milagro. El hereje mantuvo la palabra y se convirtió.

San Antonio de Padua sabía perfectamente cómo debía ser él esa sal. ¿Cómo ha de ser la sal? En tiempo de Jesús eran muchas las funciones de la sal y Jesús utiliza esta metáfora. La sal, en primer lugar, es la de dar sabor a los alimentos. Desde la antigüedad la sal se ha convertido en el Símbolo de la Sabiduría, porque es lo que da sabor a la vida. Es más, todos tenemos experiencia que cuando estamos en un grupo y hay una persona sabia o entendida la conversación enseguida sube de nivel y se vuelve agradable e interesante, enriquecedor… o sea, tiene sabor. San Pablo conoce este simbolismo cuando escribe a la comunidad de los colosenses recomendándoles que las conversaciones que tengan entre ellos sean siempre agradables sazonando con sal: «Que vuestra conversación sea siempre amena, sazonada con sal, sabiendo responder a cada cual como conviene» [Col 4, 6]. La forma de hablar del cristiano ha de tener un sabor muy particular, muy diferente del discurso que hacen los que son paganos. Por lo tanto, en la boca de un cristiano no cabe ni el lenguaje soez ni la vulgaridad. Lo importante a destacar es que el cristiano trae al mundo la sabiduría que da el sabor y el sentido a la vida. Nuestro santo para responder a todos aquellos que iban contra la fe y contra la Iglesia siempre se posicionaba con dulzura y con claridad, de tal manera que su forma de actuar siempre le daba la razón. De esto tiene experiencia nuestro santo:

Nos cuentan que en la ciudad italiana de Rímini estaba San Antonio predicando y los herejes se burlaban de sus sermones. A lo que nuestro santo les dijo: «Ya que los hombres no quieren oír la palabra de Dios, voy a predicar a los peces». -Se dirigió hacia los verdes márgenes de un río, que daba ya al mar. Cuando San Antonio, con una sencillez encantadora invitó a los habitantes de las limpias corrientes a alabar al Señor, los peces se fueron reuniendo cerca de la playa; ponían la cabeza hacia fuera y parecían escuchar al orador con atención.

 

            Cuando alguien está tan lleno de Dios, como es el caso de San Antonio de Padua, puede gozar de un discernimiento y sabiduría divinos. Sabe dar la palabra adecuada y hacer el gesto oportuno para conducir a las personas hacia Dios. San Antonio, todo lo que hacía era para fortalecer la fe de los oyentes y que cuidasen esa relación personal de amistad con el Señor. Cuando Jesús nos avisa del riesgo de que la sal se vuelva sosa nos está dando una palabra de gran actualidad. El verbo que se usa en griego para indicar la pérdida del sabor, es ‘moraino’, que se traduce por “perder el sabor”, “desvirtuarse”; significa también “volverse necio, loco” [Cfr. Rom 1, 22; 1 Cor. 1, 20]. El cristiano puede correr el riesgo de perder ese sabor, de perder esa sabiduría que debe de llevar allá en donde se desarrolle su existencia. El cristiano está en el mundo, en medio de unos planteamientos mundanos, y puede correr el riesgo de contaminarse por la sabiduría mundana, y de este modo pierda su sabor, pierda su presencia evangélica. Cuando uno empieza a adaptarse al mundo, el mundo te engulle. El evangelio puede ser aceptado o rechazado, pero no puede ser modificado. No se puede contaminar el sabor de la sal evangélica.

El adjetivo derivado del mismo (morós) se aplica al hombre necio o insensato que construye su casa sobre arena [Mt 7, 26] y las vírgenes necias que al tomar sus lámparas no se proveyeron de aceite [Mt 25, 1-21]. Los términos de «ser echado fuera y que la pise la gente» remite al juicio de Dios [Cf. Mt 3, 10 «y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego»; Mt 7,19; 13,42 «y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes»]; por lo tanto, un discípulo que no viva como tal y que no ejerza alguna influencia en su ambiente, será rechazado por Dios. Nuestro santo, lleno del Espíritu del Señor, para que no perdamos ese sabor de la sal, nos dio una gran lección a propósito de lo acontecido durante un funeral.

            Algunos biógrafos cuentan que Antonio tuvo que dirigir la palabra durante un funeral a un usurero. Habiendo tenido conocimiento por revelación particular de la condenación eterna del infeliz, quiso que la suerte trágica de este desgraciado sirviese por lo menos para los vivos. Tras explicar con algunas palabras vehementes los peligros de la avaricia, concluyó su homilía con este texto del Evangelio: “El mal rico murió y fue sepultado en el infierno” [Lc 16, 22]. Como el auditorio se extrañó ante semejante audacia, añadió: «Este hombre colocó su corazón en sus tesoros. Id a su caja fuerte, abridla; descubriréis allí su corazón, castigado por la justicia de Dios». Fueron al domicilio del muerto. La afirmación del santo se encontró milagrosamente realizada: el corazón del difunto yacía en medio de su oro.


sábado, 20 de mayo de 2023

Homilía del Domingo de la Ascensión del Señor a los Cielos, ciclo a

 

Domingo de la Ascensión del Señor del Tiempo de Pascua, Ciclo A

21 de Mayo de 2023

            Hoy se ha proclamado el evangelio de san Mateo [Mt 28, 16-20]. Solamente en san Lucas encontramos el relato de la ascensión. En el evangelio de san Mateo, el texto proclamado hoy, es un añadido posterior que no estaba en la primera redacción del evangelio.

            Jesús convoca a los Once, no a los Doce. ¿Por qué los Once y no los Doce? Porque ya no se trata de una refundación de la nueva Jerusalén, sino que ahora el anuncio es para todos los pueblos. Todos, no hay exclusión de nadie.

Jesús les convoca en Galilea ¿y eso?, y en un monte; «al monte que Jesús les había indicado», ¿pero que monte es? El evangelista no lo dice, pero se trata del monte de las bienaventuranzas, porque el otro monte, el del Tabor, se encuentra en la zona de Judea.

            Les convoca en Galilea porque es un volver otra vez al comienzo. «La cosa empezó en Galilea» [Hch 10, 37]. Después de la resurrección de Jesús vuelven al comienzo de las enseñanzas de Jesús; es decir, el volver a revisitarlas desde el punto de vista post-pascual. Y en cuanto que le vieron, ellos se postraron a sus pies y le adoraron. Ese ‘ver’ significa que le reconocieron después de los hechos de la pasión, porque a pesar de todo ellos tenían dudas, seguían sin creer. Pero esas dudas no eran tanto que ellos dudaran de Cristo resucitado, sino esas dudas brotaban del miedo y las dudas de lo que ellos intuyen que va a ser su misión: la de repetir los pasos del Maestro, por lo tanto, morir en la cruz.

            Y al ser citados en el monte de las bienaventuranzas les está mostrando que ellos han de volver a recordar la misión del Maestro, mostrándoles que él ha vivido las bienaventuranzas hasta el punto que él se ha donado hasta la muerte, y muerte de cruz.

             Dice el evangelista que Jesús se acercó a ellos, no fueron ellos a él. Fue Cristo el que se acercó. Esto ¿qué significa? Significa que se han roto todas las separaciones. Dios que estaba representado en el monte Sion de Jerusalén, donde está construido el Templo de Jerusalén y donde está presente la divinidad, ha roto todas las separaciones: ha roto la separación entre paganos y judíos. En el Templo había la zona de los paganos y la zona de los judíos donde ya no podían acceder los paganos. Dentro de la zona de los judíos había otra separación donde no podían acceder las mujeres. Dentro de la zona de los judíos varones había otra separación donde sólo podían acceder los sacerdotes. Y dentro había otra separación, donde estaba el velo del Templo, donde únicamente podía traspasar el sumo sacerdote el día de Yom Kipur. Pues Jesús resucitado, al acercarse, ha roto todas las separaciones. Ahora es el mismo que nos dice «acercaos». Es que el anuncio, la misión es para todos.

Y él nos dice que él nos envía para que bauticéis en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y eso significa que como Cristo ha muerto y ha resucitado, en ese momento anuncian en el nombre de Jesús. Recordad que ellos decían ‘en el nombre de Jesús nazareno, levántate’, le dicen al cojo de la puerta del Templo. Ese ‘bautizándoles’ no se refiere como habitualmente nos referimos al sacramento del bautismo, porque eso serían volver otra vez a los guetos y a la separación, entre cristianos y no cristianos. Se refiere que a partir de ese momento los discípulos invitan a las gentes a sumergirse en el misterio pascual de Cristo, en su muerte y resurrección. Invita a las personas a sumergirse en la dinámica del Espíritu, a redescubrir su vida cotidiana a la luz del Resucitado. ¿Qué significa esto? Que en el modo de actuar y de relacionarnos con el dinero, los afectos, las relaciones personales y laborales, etc., Cristo tiene una palabra, nos ofrece una orientación, una perspectiva nueva que nos eleva al cielo. A parte de venir tu a la iglesia, y tener a tus hijos bautizados, comulgados, confirmados, casados…, a parte de todo esto ¿cómo estás reajustando tu vida para ser dinamizada por el Señor resucitado? ¿cómo estás adentrado en ese misterio de la Pascua para resucitar a una vida nueva? Este es el anuncio al que nos invita Jesús cuando dice que les bauticemos. No es un anuncio de una doctrina, y tanto es así que los discípulos ya pasado ese misterio y por eso dudan y tienen miedo porque saben cómo acabó su Señor la vida terrenal, en una cruz.


sábado, 13 de mayo de 2023

Homilía de domingo VI del Tiempo Pascual, ciclo a

 


Domingo VI del Tiempo Pascual, Ciclo a, 14.05.2023

           

            Jesús después de haberles lavado los pies, anunciarles que le iban a traicionar, en el marco de la última cena y en el discurso de despedida nos dice que ‘le amemos’ [Jn 14, 15-21]. Pocas veces el Señor nos pide esto, ahora lo hace. Os voy a poner un ejemplo mundano. Imaginémonos que es la boda de unos amigos a los que uno aprecia mucho y uno sabe que a esa boda también está invitado uno de las personas que más daño te han hecho en la vida. Sólo por la amistad de los novios uno iría a esa boda. Jesús nos dice que ‘le amemos’, que es tanto como decir ‘apóyate en mí y apoyándote en mí las dificultades se superan’. Jesús es nuestro defensor; Él nunca nos acusa; Él nos defiende y va delante de nosotros abriéndonos el camino. Hay personas que, tan pronto como oyen el nombre de alguien, es como si se les abriera la carpeta de archivos de sus particulares ‘discos duros’ de la memoria y actúan con desprecio total o magistrales aduladores. Jesús nunca nos acusa; Él nos defiende.

            Y dice otra cosa más. Nos dice que su amor es lo que nos impulsa a vivir los mandamientos. El estar con Él es la razón por la que nosotros cumplimos los mandamientos. Os voy a poner otro ejemplo mundano. El amor hacia la esposa y los hijos es lo que hace que uno no se líe con la mujer más despampanante que uno se encuentra. El amor hacia la propia familia es lo que sustenta la fidelidad y la unidad de vida. Y si Cristo está en medio de esa familia ese amor matrimonial se fortalece sobremanera gracias a la gracia divina.

            Si vamos teniendo experiencia del amor de Dios, si nos vamos percatando del puesto que tiene Jesucristo en nuestra vida vamos adquiriendo discernimiento y diremos que sí a todo aquello que a Él nos acerca y diremos que no a todo aquello que de Él nos aleje. De este modo daremos razón de nuestra esperanza. ¿Porqué rechazas propuestas indecentes o deshonestas, o incluso muy apetecibles? ¿acaso eres tonto y por eso no las aceptas? Uno no las acepta porque tiene un amor asentado que uno no quiere perder y que le ayuda a rechazar todo aquello que lo pueda destrozar. ¿Por qué tenemos que ser prudentes a la hora de beber, de ver películas o series de televisión, a la hora de relacionarnos con las demás personas o de situaciones de las que nos exponemos a un peligro moral innecesario? Estamos llamados porque el amor que Cristo me da llena mi ser y no necesito nada que, aunque a corto plazo me pueda satisfacer, me conduce al más de los profundos de los vacíos. Por eso San Pedro nos llama a «glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza» [ 1 Pe 3, 15-18]. Hace poco hubo un terremoto en Turquía y muchos edificios se derrumbaron porque, aun sabiendo la zona peligrosa por los movimientos sísmicos, no cumplían la normativa de seguridad. Si lo hubieran cumplido se hubieran salvado más personas. Si estamos enamorados del Señor y le amamos, nos iremos librando de muchas situaciones delicadas e iremos adquiriendo discernimiento en nuestra vida cristiana.

            Ahora bien, si uno solamente está bautizado con el bautismo de Juan, el cual es un bautismo de conversión, entenderá la vida cristiana como un elenco de tareas y de mandamientos a realizar. Y haciendo esto uno está viviendo en la dinámica de la Antigua Alianza entendiendo la relación con lo divino como ‘un tiempo reservado para Dios y para las cosas de la iglesia’. Pero si uno está bautizado con el Espíritu Santo uno se adentra en una dinámica nueva y lo primero que uno se da cuenta al entrar en esa dinámica es de lo mal que uno está, de los pecados tan afianzados que uno tiene, del daño que uno ha ocasionado y de la urgente necesidad de la conversión porque uno desea amar y abrazarse intensamente a Jesús.

Y como nosotros tenemos capacidad de análisis: Partiendo de nuestra forma de razonar, pensar, actuar y amar ¿estamos viviendo en la dinámica del bautismo de Juan el bautista o en la dinámica del bautismo del Espíritu Santo? [Hc 8, 5-8. 14-17].

sábado, 6 de mayo de 2023

Homilía del Quinto Domingo del Tiempo Pascual, ciclo a 07.05.2023


 

Homilía del Quinto Domingo del Tiempo Pascual, Ciclo A

 

                El evangelista [Jn 14, 1-12] san Juan dedica hasta cinco capítulos a la última cena, dedicados al discurso del adiós, donde nos encontramos con el testamento que el mismo Señor nos entrega. Esto forma parte del testamento de Jesús. Este discurso del adiós nos recuerda a Moisés; cuando Moisés ya cerca de la tierra prometida, después de lo que el Señor le dijo que hiciera la alianza y que condujera al pueblo por el desierto hacia la tierra prometida, llega cerca, la puede incluso divisar, pero él no puede entrar, y entonces entrega a Josué y a todo el pueblo de Israel las mismas palabras prácticamente: creed en Dios, seguid creyendo en Dios. Les dice, que ‘aunque yo os deje, a pesar de todo, creed en Dios, creed en la palabra que yo os he dejado’. San Juan ha querido reproducir los discursos de adiós de los antiguos patriarcas, entre ellos Moisés.

            Todo esto es porque Jesús, cuando está en Jerusalén, los Doce y los demás discípulos se piensan que van a tomar posesión de la república, del reino que iba a inaugurar Jesús. Y cuando está todo para empezar, en vez de hacer nombramientos, les dice en la última cena ‘os voy a dejar’. E inmediatamente les dice: ‘no os entristezcáis, no os perdáis de ánimo, no os desaniméis, pero os voy a decir que yo os voy a dejar’. Les dice: «Me voy, y donde yo voy, ya sabéis el camino». Y uno de los que no estaban tan convencidos, santo Tomás, que era uno de los que necesitaban pruebas, le dice ‘pero ¿dónde vas?’ ‘no sabemos dónde vas ¿y vamos a saber el camino?’. Y le dirá, ‘pero no sabes Tomás que yo soy el camino, y la verdad y la vida’. Daros cuenta del estado de ánimo que podría haber en esa situación. Ellos estaban esperando que empezara el reino de Dios, un reino que podía empezar por medio de una revolución, por medio de motín, por medio de un golpe de Estado, y sin embargo Jesús les dice ‘me voy, os voy a dejar’. A lo que ellos podrían pensar: ¿pero hemos estado haciendo el tonto hasta ahora? ¿Hemos dejado todo lo que teníamos para esto?  ¿Después de estar al lado de éste durante tres años ahora se va? ¿Después de haber seguido a Jesús, pasando hambre, sed, durmiendo al raso y sin poder casi descansar… ahora se va y nos deja sin nada?’, ‘¿Ahora qué hacer? ¿Volver de nuevo a nuestra anterior vida con la cabeza agachada a casa?’.

            En este contexto Jesús les dirá: ‘no os dejo solos’. ‘Me voy y voy a prepararos sitio’; ‘donde yo voy ya sabéis el camino’. Estamos en el contexto de la Pasión. Y el otro, como aún no se ha enterado le dirá ‘Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’. Los Doce ni los discípulos aún no se han enterado del mensaje de Jesús y por eso le siguen preguntando ‘pero… ¿dónde vas?’. Hay otro pasaje de San Juan, cuando él les dice quién es él y en lo que consiste su misión les dice ‘yo me voy al Padre’, y algunos judíos se dicen ‘pero ¿qué va a hacer?, ¿se va a suicidar?’. Eso es parecido a lo que pasa en el pasaje de hoy. Ellos están perdiditos, no saben lo que está pasando, y es entonces cuando se sienten confusos, se sienten molestos. Y Jesús les anima diciéndoles: ‘Creed en Dios y creed también en mí’. Es decir, todo lo que he estado haciendo hasta ahora no ha sido más que anunciaros al Padre. Por eso le dirá a Felipe ‘¿no sabes que quien me ha visto a mí ha visto al Padre?’. Jesús le dice a Felipe que ‘llevo todo el tiempo con vosotros y ¿no os habéis enterado todavía?’. Y Jesús les sigue anunciando que él y el Padre son una misma cosa, que va al Padre, que no les deja solos y que confíen.

            Ante esto ¿qué concepto tienes tú de Jesús? ¿Qué concepto tienes de Jesús cuando en este momento te abandona y te sientes solo y te sientes confundido? Cuando ese Jesús en el que tú crees no responde a las expectativas que tú tenías sobre él? Ahí entras en crisis. ¿Qué imagen tengo yo de Jesús? ¿Es la imagen que me construyo yo o la imagen que él me vaya formando?

            Las crisis nos ayudan a crecer en la fe, a madurar. Esto es lo que sucedió en la primera comunidad y que queda recogido en el libro de los hechos de los Apóstoles [Hch. 6, 1-7]. Es un problema de división de la comunidad y de problemática porque decían que algunos se sentían abandonados por los apóstoles, porque no atendían a las viudas como es debido. Y es entonces cuando surgió lo de los diáconos para que les ayudasen. Son las crisis las que nos ayudan a crecer en la fe, a madurar. Y la carta de San Pedro [1 Pe 2,4-9] nos muestra que Cristo es la piedra angular sobre la que se ha construido el edificio. ¿Sobre qué piedra construyes tú tu vida? ¿Sobre un Cristo formado a tu imagen y semejanza? o ¿del Cristo del Evangelio que acabamos de escuchar? ¿Eres de los cristianos que consumen el culto y es como si fueras al supermercado y dijeras esto lo cojo y esto no lo cojo? El Señor nos pone a todos en la verdad.


Homilía del Quinto Domingo del Tiempo Pascual, ciclo a

 


Homilía del Quinto Domingo del Tiempo Pascual, Ciclo A


                El evangelista [Jn 14, 1-12] san Juan dedica hasta cinco capítulos a la última cena donde nos encontramos con el testamento que el mismo Señor nos entrega. El evangelio de hoy es parte de este testamento. Estamos en la última cena, Judas el traidor apenas acaba de salir. Jesús que nunca ha ocultado nada a sus discípulos les dice que ‘él se tiene que marchar’. Ya habían pasado tres años en los que los discípulos se habían unido a él y le empezaron a seguir. Hasta el punto que ellos habían dejado todo para unir su vida a la suya. Ahora, en esta noche en el Cenáculo se afrontan a este anuncio, que para ellos era, dramático: Jesús está a punto de dejarlos.

            La reacción de los discípulos es el sentirse violentos, el tener miedo, son conscientes que sus sueños de gloria que habían cultivado durante estos tres años ahora se están disolviendo porque la realidad es muy diferente de lo que ellos esperaban.

            A estos discípulos perdidos y desconcertados Jesús les dice «No se turbe vuestro corazón». El verbo usado remite a la agitación fuerte de las olas del mar en tempestad para señalar cómo estaban los corazones de sus discípulos. Jesús no se sorprende que ellos estén molestos o desconcertados y les da unas palabras para tranquilizarlos. Jesús hace lo mismo que hizo Moisés antes de morir, cuando reunió al pueblo y les dijo a los israelitas que ‘no tuvieran miedo’ [cfr. Dt 31, 6], ‘que no se desanimen porque el Señor caminará por delante de ellos’, diciéndoles que Dios se servirá de alguien para seguirles acompañando hasta pisar y asentarse en la tierra prometida. Este es el sentido de las palabras de Jesús.

Pero Jesús no se dirige únicamente a los Once, sino que están dirigidos a todos nosotros que estamos sumidos en tantos miedos y tantos temores. Es cierto que Jesús no está presente como lo estuvo con los Doce que lo habían acompañado durante esos tres años. Como Iglesia experimentamos la hostilidad del mundo y parece que el mal tiende a triunfar. Hay personas que piensan que la Iglesia tiene que resignarse a rendirse y a ceder a las pretensiones del mundo. Sin embargo recordemos que ‘las fuerzas del infierno no prevalecerán contra ella’ [cfr. Mt 16, 18]. Estamos agitados por las dificultades externas y por nuestra fragilidad interna de infidelidades y pecados. Estamos ante la sensación de estar a la merced de un mar muy agitado. ¿Qué remedio nos platea el Señor para calmar nuestra agitación, nuestras ansiedades y desconciertos? «Creed en mí y creed también en mí». El Señor nos dice que continuemos creyendo en Él. El Señor nos dice ‘si quieres calmar tus ansiedades, confía en mi palabra’. El problema está en que fijamos en la historia del mundo con nuestros ojos, no con la mirada de Dios. Queremos ver cómo el reino de Dios se termina de instaurar, de cómo la evangelización prospera a pasos muy avanzados y eso nos desespera. Pero si reconociéramos nuestra pequeñez, si hiciéramos la paz con nuestro propio límite, si dejamos al Señor que complete la labor, recuperaríamos la serenidad. La Palabra nos asegura que ninguna gota de amor se va a perder.

Nos dice que en la casa de su Padre hay muchas instancias y que va a prepararnos un lugar. Pero ¿cuál es la casa de su Padre? No pensemos en el paraíso. Ha llamado ‘la casa de mi Padre’ al templo. Pero el Templo tendrá que ser destruido y Dios construirá otro templo, no hecho de piedras materiales. El Templo es Jesús, el cual su vida es un sacrificio agradable al Padre, y todos nosotros estamos unidos a Él como piedras vivas de su templo. En esta casa de su Padre, de la cual nosotros pertenecemos, hay muchas estancias, hay muchas viviendas, de tal manera que nadie queda excluido. Cada uno de nosotros tiene una serie de dones regalados por Dios, los cuales deben de ponerse al servicio de la vida de los hermanos. Éste es el lugar donde cada uno ha de ocupar en el Templo, el cual es Cristo.

Jesús nos dice que «cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo». No se trata de llevarnos a un lugar donde hay una serie de butacas, estancias o habitaciones enumeradas en el Cielo. Cristo se ha adelantado para donar la vida. Dice que Jesús va primero a donar, a entregar la vida y luego viene a nosotros para que podamos estar a su lado y así entregar nuestra vida a los hermanos por amor. De hecho, cuando nos dejamos llevar en esta relación amorosa con Cristo, realmente podremos celebrar una Eucaristía auténtica. Porque la Eucaristía es decir sí a la propuesta esponsal de la vida que Jesús nos da. De tal manera que comer su pan es asumir en nosotros toda su historia de entrega de amor y unir nuestra vida a la suya.

Jesús introduce el tema del camino: «Y a donde voy yo, ya sabéis el camino». Aquí aparece en escena Tomás. Tomás aparece tres veces en el evangelio de san Juan. Tomás nos resulta simpático porque se asemeja a nosotros, es como ‘nuestro mellizo’ [cfr. Jn 20, 24]. Jesús responde a Tomás y a todos los mellizos, que somos nosotros, diciéndonos cuál es el camino que conduce a la vida: «Yo soy el camino, la verdad y la vida».

Los discípulos estaban desconcertados porque siempre se les había dicho en las catequesis que el camino para la vida era la observancia de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios. Los Mandamientos son importantes; pero si quieres llegar a la plenitud de la vida el camino es otro, es la persona de Jesús. Si sigo otros caminos, aunque te lleven a éxitos aparentes, sólo te llevarán a caminos de muerte.  En Antioquía, antes de ser llamados cristianos, eran llamados ‘aquellos del camino’, porque siguieron el camino que es Jesús. Tomás aún no ha descubierto que el camino que lleva a la vida pasa por el camino de entregar la vida por amor. Tanto a Tomás como a todos ‘sus mellizos’ vemos la muerte como un horizonte lejano unos da miedo de entregar nuestra vida, porque nos dejamos llevar por el instinto que nos dice ‘goza de la vida, protégete la vida, disfruta de la vida porque luego se acaba’. La tentación de reservarnos la vida existe siempre en nosotros. Sin embargo Jesús nos plantea que donemos la vida para alcanzar la plenitud de la vida.

Dice Jesús que ‘él es la verdad’. El hombre que no se asemeja a Jesús nos es un hombre completo, es un hombre inacabado porque un hombre verdadero es el que ama sin ahorrarse nada; entrega todo por la vida del hermano.

Jesús ‘es la vida’. La vida es el amor. Es dejarse llevar del impulso que procede de la vida divina que te lleva a entregarte por entero para hacer feliz a los hermanos, incluso a tu enemigo. La plenitud de la vida y de la vida sólo la encontramos plenamente en Jesús de Nazaret.

Felipe le pide a Jesús el poder ver al Padre. Nos remite al salmo 27 «de ti mi corazón me ha dicho: “Busca su rostro”, tu rostro buscará Señor, no me ocultes tu rostro» o el salmo 42 «como la cierva busca corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?». Ver a Dios es algo que está en lo profundo del deseo del hombre ha provocado la petición de Felipe «muéstranos al Padre». Coincide con la petición de Moisés, ‘muéstrame tu gloria’. Y Jesús le dice «hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». Jesús nos dice que el Padre a través de él se está manifestando constantemente.

Las Sagradas Escrituras nos ayudan a entender lo que Dios quiere de nosotros para encaminarnos por ese sendero de la entrega total por amor al hermano. Y en esa entrega, también hay pecado, por eso el Señor nos manifiesta su deseo de liberarnos. Dios no nos echa en cara nuestros errores y pecados, Dios ve el bien que hay en sus hijos, y cuando hay mal en sus hijos lo purifica. El libro de la Sabiduría en el capítulo 11 diciéndonos que Dios cierra los ojos en los pecados de los hombres y espera que retomen el camino correcto, no se apresura a castigar, sino que se apresura a liberarnos: «Tienes misericordia de todos porque todo lo puedes, y pasas por alto los pecados de los hombres para llevarlos al arrepentimiento. Tu amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que hiciste». O el libro del Sirácida o Eclesiástico que dice que Dios desata nuestros pecados como el sol derrite la escarcha: «En el día de la tribulación será recordada para tu favor; como el calor derrite el hielo, así desaparecerán tus pecados» [Ecl 3,14]. O el salmo 103 cuando dice «cuanto dista el oriente del occidente, así aleja de nosotros nuestras culpas». O el profeta Miqueas cuando nos dice «volverá a compadecerse de nosotros, pisoteará nuestros pecados, arrojará nuestras culpas al fondo del mar» [Miq 7, 19]. O el profeta Jeremías cuando nos dice «pues cada vez que lo amenazo me vuelvo a acordar de él, se me conmueven las entrañas y tengo compasión de él» [Jer 31, 20].

Dios ve la belleza que hay dentro de nosotros, y esto ya en el Antiguo Testamento, y este rostro de Dios tan bello está en el rostro de Jesús. Dios se acuerda de todo de nosotros, excepto de nuestro pecado. De tal manera que cuando cada uno de nosotros dejamos que su Espíritu obre en nosotros, estaremos manifestando el rostro de Cristo en todo lo que obremos.