sábado, 21 de febrero de 2026

Homilía del Domingo I de Cuaresma, ciclo a - Mt 4, 1-11 «Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre».

 


Homilía del Domingo I de Cuaresma, ciclo a

Mt 4, 1-11 «Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre».

 

         Dentro de nosotros no vive una sola voz.

En la carta a los Romanos, san Pablo, en el capítulo 7, describe con crudeza el conflicto interior que él mismo experimenta. Viene a decir: “No acabo de entender lo que hago: no termino haciendo lo que deseo, sino precisamente lo que detesto. Por dentro reconozco que la ley de Dios es buena y justa, que merece ser observada… pero en mí hay otra fuerza, otra ley, que me empuja hacia el mal, hacia el pecado” (cfr. Rm 7, 15-16.22-23).

Y esta experiencia dolorosa no fue exclusiva de Pablo. En nuestro interior, todos percibimos una tensión: por un lado, lo que nos sugiere el Espíritu, esa vida nueva, ese “Hijo de Dios” que habita en nosotros, esa naturaleza divina que hemos recibido como don; y por otro lado, impulsos que no nacen del Espíritu, sino de lo que Pablo llama “la carne”.

 

La “carne” no son los músculos:

es lo que tira de nosotros hacia abajo.

Cuando la Biblia habla de “carne” no está señalando el cuerpo como si fuera malo, ni está hablando de los bíceps, para entendernos. Se refiere a nuestra condición biológica: venimos de la tierra y volvemos al polvo; y esa dimensión, cuando se queda sola, tiende a encerrarnos en nosotros mismos. Nos empuja a buscar lo que nos apetece, lo que nos conviene, lo que nos da ventaja. Por eso Espíritu y carne no suelen darnos el mismo consejo: más bien nos hablan en direcciones opuestas.

Pensemos en algo muy concreto: si alguien me da una bofetada, dentro de mí pueden aparecer dos voces. Una, fuerte, inmediata, que dice: “Devuélvesela”. Y otra —la del Hijo de Dios que habita en mí— que susurra algo desconcertante: “Responde haciendo el bien a quien te ha hecho el mal”.

Dos listas, dos caminos, dos frutos.

En la carta a los Gálatas, Pablo retoma el mismo tema: la carne tiene deseos contrarios al Espíritu, y el Espíritu tiene deseos contrarios a la carne; se enfrentan entre sí (cfr. Ga 5, 16-17).

Y para que no nos quedemos en teorías, Pablo pone ejemplos: enumera las obras de quien sigue la voz de la carne —menciona muchas, y podríamos seguir añadiendo—: «En cuanto a las consecuencias de esos desordenados apetitos, son bien conocidas: fornicación, impureza, desenfreno, idolatría, hechicería, enemistades, discordias, rivalidad, ira, egoísmo, disensiones, cismas, envidias, borracheras, orgías y otras cosas semejantes» (cfr. Gal 5, 19-21).   y deja la lista abierta, como diciendo: “Ya me entendéis: hay más de lo mismo”.

 

Luego presenta, en cambio, el fruto del Espíritu: quien escucha al Espíritu, ¿qué empieza a saborear? Amor, alegría, paz, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio (cfr. Gal 5, 22-23). No son solo “normas”; son frutos, es decir, señales de vida que madura.

Y aquí llega la pregunta que nos toca por dentro: ¿Jesús también vivió este combate interior? ¿También sintió esa tensión entre la voz de la carne y la voz del Espíritu?

Jesús nos entiende porque pasó por nuestra prueba.

La respuesta —consoladora para nosotros— es que sí: también él experimentó ese conflicto.

 Jesús también ha experimentado este conflicto interior y Jesús ha querido que fuese así porque deseó estar lo más cerca de nosotros. En la carta a los Hebreos se nos dice «por lo cual debió hacerse en todo semejante a sus hermanos, para convertirse en sumo sacerdote misericordioso y fiel ante Dios, para alcanzar el perdón de los pecados del pueblo. Pues por el hecho de haber sufrido y haber sido probado, está capacitado para venir en ayuda de aquellos que están sometidos a la prueba» (cfr. Hb 2, 17-18). Por eso Jesús sabe entender nuestras debilidades ya que él fue expuesto a la prueba en todo y semejante a nosotros, pero él nunca pecó. Conoce nuestra fragilidad y no se avergüenza en llamarnos hermanos (cfr. Hb 2, 11). Jesús sabe lo difícil que puede llegar a ser el ser dócil a la voz del Espíritu. Con una diferencia decisiva: Jesús no se dejó gobernar por la carne; escuchó siempre y solo al Espíritu. Por eso en él no hubo pecado.

Y esto ilumina de lleno el inicio de la Cuaresma, que es tiempo de conversión, de volver a Dios con verdad. Cada año, la liturgia nos pone delante las tentaciones de Jesús para mostrarnos cómo respondió él a esas seducciones que tiran de nosotros desde la carne. Y hoy el evangelista Mateo quiere presentarnos esta verdad consoladora con una página de teología preciosa.

Así la introduce. La escuchamos de verdad, como quien busca una luz para su propio combate 

No escuchamos una crónica:

Escuchamos un espejo.

«En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo».

Lo que estamos a punto de escuchar no es un hecho de sucesos. Mateo, usando imágenes bíblicas muy conocidas por los cristianos de sus comunidades, quiere mostrarnos el combate interior entre el bien y el mal, entre la luz y la tiniebla, entre la verdad y la mentira, que Jesús tuvo que afrontar a lo largo de toda su vida. Y abre su relato con una primera imagen: el desierto.

El desierto es camino:

la vida de Jesús es éxodo.

Para un israelita, el desierto remite enseguida al éxodo. Mateo quiere que leamos toda la vida de Jesús como un éxodo: como un camino que él ha venido a recorrer junto con todos los seres humanos sobre esta tierra. Y el Hijo de Dios fue conducido a ese desierto por el Espíritu, es decir, por su vida divina, por su inmenso amor a la humanidad.

 

El desierto desenmascara el corazón

y revela a Dios.

Cuando la Biblia habla del desierto, puede hacerlo de dos maneras complementarias: como un lugar geográfico y como un tiempo decisivo de la historia de la salvación. Como lugar, el desierto aparece, a primera vista, como una tierra “no bendecida”: el agua es rara, como en el huerto del paraíso antes de la lluvia (Gen 2,5); la vegetación es raquítica y la vida parece inviable (Is 6,11). Convertir un país en desierto equivale a devolverlo al caos de los orígenes (Jer 2,6 4,20-26), imagen de lo que merecen los pecados de Israel (Ez 6,14; Lam 5,18; Mt 23,38).

En esa tierra infértil, además, la Escritura sitúa simbólicamente fuerzas oscuras: demonios (Lev 16,10; Lc 8,29 11,24), sátiros (Lev 17,7) y bestias amenazantes (Is 13,21 14,23 30,6 34,11-16; Sof 2,13s.). En resumen, visto así, el desierto se opone a la tierra habitada como la maldición a la bendición.

Ahora bien —y este es el punto de vista bíblico dominante— Dios quiso hacer pasar a su pueblo por esta “tierra espantosa(Dt 1,19) para introducirlo en la tierra donde fluyen leche y miel. Y aquí cambia todo; el desierto, sin dejar de ser desolado, se convierte sobre todo en una época privilegiada, el nacimiento del pueblo de Dios. Por eso el simbolismo bíblico del desierto no es una invitación a huir del mundo como quien se va a “desconectar” del todo; no propone “volver” a un desierto ideal, sino atravesar un tiempo de desierto, como Israel.  

Dios no nos llama a instalarnos en el desierto:

nos llama a atravesarlo.

Seamos sinceros; nosotros también tenemos desiertos, aunque no tengan dunas. Hay desiertos con ascensor y portero. Por ejemplo: cuando se estropea el wifi justo el día que tienes que enviar algo urgente… y de pronto descubres que tu paciencia no era una virtud: era una señal de buena cobertura. O cuando te quedas sin batería y el móvil muere, o cuando estás pasándolo mal y no tienes a nadie cerca al que se pueda recurrir: ahí aparece el desierto, el silencio… y, curiosamente, también aparece tu corazón. En el desierto se nos caen los apoyos.

Por eso el desierto es el lugar donde Dios escruta el corazón. Allí se agota la seguridad, el control, las distracciones, las “muletas” con las que vamos tirando. En el desierto se ve qué buscamos de verdad, de qué vivimos, en quién confiamos. El Deuteronomio lo dice con fuerza: Dios permitió ese paso “para conocer lo que había en tu corazón”, para enseñarnos que “el hombre no vive solo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios” (cfr. Dt 8,2ss.15-18). No es un examen para humillar, sino una pedagogía para madurar.

Y en ese camino hacia la tierra prometida, la memoria bíblica nos deja tres grandes escenas: el designio de Dios, la infidelidad del pueblo y el triunfo de Dios.

Dios guía incluso cuando

el camino no es el más corto.

Primero, el designio de Dios. El paso por el desierto no fue una improvisación, ni una mala suerte en el GPS. Fue un camino escogido por Dios, aunque no fuera el más corto: «Cuando el faraón dejó marchar al pueblo, Dios no lo llevó por el camino de Filistea, aunque era más corto, pues pensó: Si esta gente tiene que luchar, se acobardará y volverá a Egipto; así que hizo dar un rodeo al pueblo por el camino del desierto hacia el mar de las cañas» (Ex 13,17-18). Dios quería ser el guía de su pueblo: «El Señor los precedía por el día en una columna de nube para marcarles el camino, y por la noche en una columna de fuego para alumbrarlos: así podían caminar tanto de día como de noche. La columna de nube no abandonaba al pueblo durante el día, ni la de fuego durante la noche» (Ex 13,21-22).

Además, es en el desierto del Sinaí donde Israel ha de adorar a Dios (Ex 3,17s=5,1ss); allí recibe la Ley y sella la alianza que convierte a aquellos errantes en un auténtico pueblo (Num 1,1ss). Es como si Dios dijera: “Antes de daros una tierra, os doy un corazón; antes de daros un lugar, os doy una relación”. El pueblo nace en el desierto, pero el desierto es provisional.

Y aquí nos conviene un poco de realismo: a nosotros nos encanta el camino corto. Lo queremos todo “para ayer”, con entrega inmediata, como si la vida espiritual tuviera envío exprés. Pero a veces Dios no nos ahorra el proceso, porque en el proceso nos va haciendo pueblo, no turistas 

En el desierto sale el niño interior…

y también el rebelde.

Segundo, la infidelidad del pueblo. El camino de Dios no se parecía a Egipto, donde, aunque hubiera esclavitud, al menos había rutina, comida y “sensación de control”. El desierto era fe desnuda. Y entonces comienzan las murmuraciones: falta seguridad, falta agua, falta carne… (Ex 14,11 16,2s 17,2s; Num 14,2ss 16,13s 20,4s 21,5). Traducido a nuestro idioma cotidiano: “Yo esto no lo firmé”, “a mí nadie me avisó”, “yo con estas condiciones no trabajo”. El desierto saca a relucir lo que llevamos dentro.

Y, seamos honestos: cuando la vida aprieta, también nosotros nos volvemos expertos en nostalgia selectiva. Recordamos Egipto como si fuera un spa: “qué bien estábamos antes…”. Olvidamos convenientemente que era esclavitud. Nos pasa cuando idealizamos el pasado, cuando nos decimos: “yo antes era mejor”, “la familia antes funcionaba mejor”, “la Iglesia antes era más fácil” … A veces no es que antes fuera mejor: es que ahora el desierto nos está mostrando lo que necesitamos sanar 

La misericordia de Dios

es más terca que nuestras quejas.

Tercero, el triunfo de la misericordia divina. Dios deja que perezcan en el desierto quienes se endurecen, pero no abandona su designio: saca bien del mal. Al pueblo que murmura le da alimento y agua de manera admirable; y cuando tiene que corregir, ofrece también caminos inesperados de salvación, como la serpiente de bronce (Num 21,9). Dios hace resplandecer su santidad y su gloria (Nm 20,13). Y el triunfo final se verá cuando el pueblo entre en la tierra prometida con Josué.

Aquí hay una verdad que nos viene bien escuchar: Dios no se escandaliza de nuestras etapas inmaduras. Nos educa. Y lo hace con paciencia. A veces, si Dios nos contestara como nosotros contestamos en casa, este pasaje acabaría en el capítulo dos. Pero Dios no corta la historia: la conduce.

El desierto es memoria que convierte:

“hoy” no endurezcamos el corazón.

Cuando Israel ya está instalado en la tierra prometida, aparece otra tentación: preferir los dones a Dios. Entonces el desierto se vuelve memoria que convierte. El Deuteronomio actualiza ese pasado para que el pueblo recordándolo no olvide las acciones del Señor: «Acuérdate del camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer durante estos cuarenta años a través del desierto, con el fin de humillarte y probarte, para ver si observas de corazón sus mandatos o no. Te ha humillado y te ha hecho sentir hambre; te ha alimentado con el maná, un alimento que no conocías, ni habían conocido tus antepasados, para que aprendieras que no sólo de pan vive el hombre sino de todo lo que sale de la boca del Señor (…). Quien te ha conducido a través de ese inmenso y terrible desierto, lleno de serpientes y escorpiones, tierra sedienta y sin agua; fue él quien hizo brotar para ti agua de la roca de pedernal y te ha alimentado en el desierto con el maná, un alimento que no conocieron tus antepasados, a fin de humillarte y probarte, para después hacerte feliz. Y no digas: Con mis propias fuerzas he conseguido todo esto. Acuérdate del Señor, tu Dios: él es quien te ha dado fuerza para adquirir esa riqueza, cumpliendo así la alianza que hizo con juramento a tus antepasados, como hace hoy» (Dt 8,2ss.15-18).

El pueblo fue probado para comprender que la vida no se sostiene solo con pan, sino con la Palabra de Dios. Y esa sobriedad del culto de aquellos años advierte contra una piedad de puro trámite (Am 5,25=Act 7,42). El recuerdo de las desobediencias llama a la conversión: no tentar a Dios (Sal 78,17s.40; Act 7,51), aprender el ritmo de Dios (Sal 106,13s), contemplar el triunfo de la misericordia (Neh 9; Sal 78 106; Ez 20). “¡Por lo menos hoy no tienten a Dios!” (Sal 95,7ss).

Es que el “hoy” es clave. Porque nosotros somos especialistas en prometer: “mañana rezo”, “la semana que viene cambio”, “cuando tenga tiempo me pongo”. Y Dios, con su paciencia, nos dice: “Hoy”. No cuando te venga bien. Hoy. Porque no sabemos si existirá el mañana.

Y junto al realismo, la Escritura recuerda las “maravillas” del Señor: el tiempo de los desposorios. Elías va al Horeb y encuentra allí aprovisionamiento (1Re 19). Oseas anuncia que Dios llevará al desierto al pueblo para hablarle al corazón (Os 2,16) y renovar la alianza (Os 2,21s.). El maná se convierte en “alimento celeste” (Sal 78,24), en “pan de sabores variados” (Sab 16,21). Y Dios aparece como padre amoroso (Os 11) y pastor (Is 40,11 63,11-14; Sal 78,52). Si un día nos alimentó, ¿cómo no confiar hoy? (Sal 81,11).

Y ojo con una tentación muy fina: idealizar el desierto, como si la fe consistiera en quedarnos siempre “a la intemperie”, lejos de todo, sin mezclarnos con nada. La Biblia misma nos ofrece un ejemplo que lo ilustra bien: los recabitas.

Los recabitas eran un clan que, por fidelidad a una consigna antigua de su antepasado Jonadab, eligió un estilo de vida nómada y austero: vivían bajo tiendas, no construían casas, no cultivaban campos ni plantaban viñas, y además no bebían vino (cfr. Jer 35,6-10). Su vida era un signo visible: preferían no “instalarse” para mantenerse fieles a lo que habían recibido.

Jeremías los menciona porque Dios los pone como contraste: ellos obedecen con constancia una palabra humana transmitida por tradición, mientras que Judá no escucha la Palabra del Señor (cfr. Jer 35,13-16). Su coherencia deja en evidencia la incoherencia del pueblo.

Ahora bien, aquí está el punto: ese gesto puede tener belleza e inspirarnos, pero si lo convertimos en un ideal absoluto, corremos el riesgo de transformarlo en escapismo. Como cuando alguien dice: “Yo lo soluciono todo: me voy al campo, me compro una cabaña y vivo sin problemas” … y a la semana ya está discutiendo con el vecino por la valla, peleándose con los mosquitos y descubriendo que el silencio es precioso… hasta que empiezan a sonar los propios pensamientos. O como quien se hace un “ayuno digital” heroico… y a las dos horas está mirando la pantalla apagada, solo por si acaso se enciende sola.

La lógica bíblica es otra: Dios no nos llama a vivir permanentemente en el desierto, sino a atravesarlo. El desierto es un tiempo de purificación y aprendizaje, sí, pero está orientado a la tierra prometida. No es el destino: es el camino.

Jesús atraviesa el desierto

y vence donde Israel cayó.

En el Nuevo Testamento, Juan Bautista predica en el desierto para preparar el corazón, y luego devuelve a la gente a su vida cotidiana (Lc 3,10-14): el desierto es ocasión de conversión, no una jubilación anticipada del mundo.

Y Jesús recorre las etapas del pueblo de Dios; es llevado por el Espíritu al desierto para ser probado (Mt 4,1-11). Pero, a diferencia de los padres, supera la prueba: prefiere la Palabra de Dios al pan, la confianza al milagro espectacular, el servicio al poder. En Marcos asoma incluso el tema del paraíso recobrado (Mc 1,12s).

Y esto aterriza en nuestra vida con mucha sencillez: Jesús no vence porque tenga “trucos”, sino porque está centrado. No negocia con la mentira. No se deja seducir por atajos. En el fondo, las tentaciones de Jesús son tentaciones muy humanas: convertir piedras en pan… o sea, resolverlo todo ya; tirarse del templo… o sea, buscar un éxito espectacular; adorar al poder… o sea, tenerlo todo sin cruz. ¿Nos suena? A veces queremos que Dios nos quite la prueba; otras veces queremos que nos aplaudan por la fe; y otras veces, si somos sinceros, nos gustaría el Reino… pero sin renunciar a mandar.

La Iglesia, mientras camina, se comprende también con este símbolo: vive “oculta en el desierto” hasta el retorno de Cristo (Ap 12,6.14). Y cuando Jesús multiplica los panes en el desierto, no invita a instalarse allí, sino a entender que ha comenzado un tiempo nuevo: se vive de su palabra (Mt 14,13-21 p).

Pablo lo resume: lo de entonces fue “para nuestra instrucción” (1Cor 10,11). Vivimos todavía “en el desierto”, pero sacramentalmente: el pan vivo, el agua del Espíritu, la roca que es Cristo. Y mientras no entremos en el reposo de Dios, la vida cristiana sigue siendo prueba (Heb 4,1). Pero con una certeza: somos “partícipes de Cristo” (Heb 3,14), el que permaneció fiel.

Así que la pregunta final no es si tendremos desiertos —eso está garantizado, como los impuestos—, sino esta: cuando el desierto nos apaga los apoyos y nos deja frente a nosotros mismos, ¿a qué voz estamos dando crédito?

Y en ese éxodo en el desierto tuvo que enfrentarse con el diablo. Ahí aparece el segundo personaje que Mateo introduce.

 

El “diablo” no se presenta feo:

si no, no seduce.

Conviene identificarlo bien. No es un bichito despreciable con alas de murciélago, garras de ave rapaz y cuernos de cabra, como a veces se le representa. Si se presentara así, no engañaría a nadie. Marcos no lo llama “diablo”, lo llama “satanás”. Y “satanás”, igual que “diablo”, se escribe con minúscula, porque Satan, en hebreo, no es un nombre propio: es un nombre común. En la Biblia, cualquiera que extravía, traiciona o engaña recibe ese nombre: Satan (שָׂטָן). (cfr. Nm 22, 22.32; 1 Sam 29, 4; Sal 109, 6; Zac 3, 1-2). Lo que sucede es que en las traducciones al castellano diluyen el nombre ‘satán’ por otros términos sucedáneos de ínfima calidad.

 

Lucas y Mateo lo llaman diablo, un término de origen griego. También suele escribirse con minúscula y procede del verbo griego διαβάλλω (diabállō), que significa calumniar, y por extensión dividir, poner obstáculos, atravesarse en el camino, sembrar discordia.

 

No es solo “alguien”:

Es una lógica que se nos mete dentro.

Es la personificación de la lógica de este mundo: la fuerza del mal con la que todo ser humano tiene que medirse. Forma parte de nuestra condición humana. Ni siquiera Dios puede crear un ser humano que no tenga esta tensión, porque entonces no sería un hombre: sería otra cosa, un ángel… o yo qué sé.

Y esa fuerza toma cuerpo en estructuras. Pensemos, por ejemplo, en las presiones de ciertos lobbies de la industria armamentística: son “satanillos”, por decirlo en plural. Pensemos en los carteles de la droga, en tantos sistemas criminales extendidos por el mundo: también ahí se encarna ese “satanas”. Y, además, se encarna en las personas. El Evangelio nos da un ejemplo clarísimo: Pedro es llamado ‘satanás’ porque se puso en medio; quería impedir que Jesús fuera a entregar la vida (cfr. Mt 16, 23; Mc 8, 33).

 

Estrategia de satanás

Fijémonos en cómo actúa el ‘satanas’; no se acerca a Jesús de modo feo, agresivo o amenazante. No. Se le arrima con buenas palabras, aparte, como quien da consejos de amigo. Le sugiere: “No vayas a Jerusalén: allí te harán daño. Si quieres tener éxito, ser grande y poderoso, escúchame a mí: haz lo que yo te digo”. Pedro fue, en ese momento, ‘un satanás’.

‘Satanás’ no es solo alguien o algo fuera de nosotros: también es parte de nosotros mismos. Esa voz la reconocemos dentro: “Haz lo que te apetece. ¿Para qué investigar cómo piensa Dios? Haz lo que te da la gana. Dios es para menores de edad, para quien aún vive en la Edad Media. Cuando uno madura ya no necesita a Dios; es más, Dios te impide ser feliz. Vive como quieras. Vamos, deja a Dios en paz”.

Hoy el ‘satanás’ nos susurra otra versión: “La ciencia y la técnica lo deciden todo; ellas son el nuevo dios. Lo demás son credulidades”. Así el ser humano se vuelve autorreferencial: decide lo moral según le parece, como si no necesitara a Dios. Y, entonces, la Palabra del Señor ya no se recibe como la sugerencia amorosa de un padre que te quiere, que te quiere feliz, sino como una imposición pesada, arbitraria, sin sentido.

         Y ahora Mateo nos cuenta, con tres parábolas, cómo respondió Jesús a esa voz que viene de la carne, una voz que también a él le insinuaba elecciones contrarias al Espíritu. Lo hace para enseñarnos cómo responder nosotros a las seducciones del mal. Atendamos a la primera parábola.

 

Cuarenta no es un número:

Es una vida entera.

«Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

El número cuarenta es la tercera imagen bíblica que Mateo introduce en su relato. Es un número simbólico: aparece muchas veces en la Escritura. Todos recordamos que el pueblo de Israel estuvo cuarenta años en el desierto durante el éxodo: es decir, toda una generación, toda una vida (cfr. Ex 16, 35; cfr. Nm 14, 33-34; cfr. Dt 2, 14). Cuarenta días duró el diluvio (cfr. Gn 7, 12.17). Y, tras el diluvio, Noé esperó cuarenta días antes de abrir la ventana del arca y empezar a buscar tierra firme (cfr. Gn 8, 6). Elías caminó cuarenta días para llegar al monte de Dios (cfr. 1 Re 19, 8). El cuarenta, por tanto, señala toda nuestra vida.

Por eso, cuando Mateo nos dice que Jesús permaneció cuarenta días en el desierto, no habla solo de un episodio aislado; está insinuando que esos cuarenta días representan toda su vida, un éxodo entero (cfr. Mt 4, 2). Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué pasa en esos “cuarenta días” que son nuestra vida? ¿Cómo invertimos nuestro tiempo y nuestras capacidades? ¿Qué sentido damos a nuestros días? Son preguntas que tenemos que hacernos precisamente porque somos humanos: ¿qué hacemos en este mundo?

El desierto no es un castigo:

Es un “laboratorio” del corazón.

El Evangelio lo dice sin rodeos: «Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo» (cfr. Mt 4,1; cfr. Lc 4,1). Y “desierto” no es solo arena y silencio: es una imagen bíblica que nos lleva al éxodo. Israel pasó cuarenta años allí, toda una generación (cfr. Ex 16,35; cfr. Nm 14,33-34; cfr. Dt 2,14). Por eso, cuando Jesús vive cuarenta días en el desierto (cfr. Mt 4,2; cfr. Lc 4,2), no estamos ante un episodio suelto: el desierto simboliza su camino en este mundo, su éxodo, en cierto modo toda su vida.

La tentación de murmurar

en medio de nuestra vulnerabilidad

La trastada seria que hizo Abrán:

Cuando el miedo aprieta,

la fe se nos puede encoger.

El hambre -el sentirse muy vulnerable- empujó a Abrán a hacer las maletas: la tierra ya no daba para vivir, y tuvo que bajar a Egipto como emigrante, buscando sustento para él y para Saray (cfr. Gn 12,10). Y ahí aparece la vulnerabilidad en estado puro: no es lo mismo confiar en Dios con la despensa llena que confiar con el estómago vacío.

Abrán, además, llevaba consigo un “problema” añadido: Saray era una mujer muy bella. Él lo sabe y, en cuanto se acerca a Egipto, se le enciende la alarma interior: “En cuanto la vean, la desearán; y si es mi mujer, a mí me quitan de en medio” (cfr. Gn 12,11-12). Y entonces toma una decisión torcida, de esas que nacen del miedo: le pide a Saray que diga que es su hermana, no su esposa (cfr. Gn 12,13). Traducido a nuestra vida: cuando uno se siente frágil, a veces no reza más… sino que calcula más. Y el cálculo, si no lo vigilamos, nos vuelve creativos con la verdad -la cual es mentira enmascarada-.

El plan, por un tiempo, “funciona”. Saray entra en el palacio, y Abrahán recibe un trato de favor: regalos, ganado, siervos y siervas, camellos, asnas… como quien dice: “Te ha salido redondo” (cfr. Gn 12,14-16). Es una escena incómoda porque deja al descubierto lo fácil que es acostumbrarse a los beneficios de una mentira. La tentación no siempre viene con cuernos: a veces viene con un paquete de ventajas.

Pero el relato no se queda ahí. El Señor interviene y castiga a faraón y a su casa con grandes plagas (cfr. Gn 12,17). Y entonces todo sale a la luz: faraón llama a Abrahán, le reprocha el engaño —“¿Qué me has hecho? ¿Por qué no me dijiste que era tu mujer?”—, y lo despacha (cfr. Gn 12,18-20). Es como cuando intentamos “arreglar” una situación con una pequeña trampa y, al final, la realidad nos pasa factura… con intereses.

Y aquí está la enseñanza, sin regañina: el hambre y la precariedad no solo prueban el cuerpo; prueban el corazón. Cuando estamos vulnerables, podemos caer en la tentación de murmurar, de desconfiar, o de torcer la verdad para sentirnos a salvo. La pregunta es muy concreta: cuando la vida nos aprieta, ¿nos volvemos más confiados… o más tramposillos “por supervivencia”?

Esaú y su sabroso plato de lentejas

Esaú, Jacob y el plato de lentejas:

cuando el hambre manda,

el futuro se vende barato.

La Biblia cuenta que Esaú llegó un día del campo agotado y hambriento. Jacob estaba cocinando un guiso de lentejas, y Esaú, sin rodeos —cuando uno tiene hambre, la poesía se acaba— le suelta: “Dame de ese guiso rojo, que estoy desfallecido” (cfr. Gn 25,29-30). Jacob, que no era precisamente ingenuo, le responde con calma quirúrgica: “Véndeme hoy tu primogenitura” (cfr. Gn 25,31).

Y aquí viene la escena que da un poco de escalofrío porque es demasiado humana: Esaú, con el estómago al volante, dice algo así como: “Me estoy muriendo, ¿de qué me sirve la primogenitura?” (cfr. Gn 25,32). Jacob le pide que lo jure, y Esaú lo jura: cambia la primogenitura por un plato de lentejas (o potaje). Jacob le da pan y el guiso de lentejas; Esaú come, bebe, se levanta y se va. Y el texto remata con una frase seca, como un diagnóstico: “Así menospreció Esaú la primogenitura” (cfr. Gn 25,33-34).

Ahora, para que entendamos el golpe: la primogenitura en Israel no era solo “ser el mayor”. Era una posición con peso real:

·         Tenía una dimensión familiar y económica: el primogénito recibía un lugar de liderazgo y una parte principal de la herencia (cfr. Dt 21,17).

·         Tenía también una dimensión espiritual: en la historia de los patriarcas, la primogenitura estaba vinculada a la línea de la promesa, a la bendición transmitida en la familia de la alianza (cfr. Gn 27,27-29).

Por eso el relato no se burla del hambre de Esaú —hambre tenemos todos—; lo que subraya es la tragedia de lo inmediato: vender un futuro por un presente. Hoy diríamos: cambiar una vocación por un capricho, una relación por un impulso, la paz interior por “tener razón”, la fe por un “me apetece”. Esaú no cambió la primogenitura por un banquete: la cambió por un plato de lentejas. O sea, ni siquiera fue una gran tentación con luces de neón. Fue una tentación de olla humeante.

Y aquí el texto nos hace una pregunta incómoda, pero muy útil para Cuaresma: cuando estamos cansados, heridos, hambrientos de afecto o de seguridad… ¿no estaremos también nosotros negociando cosas grandes a cambio de cosas pequeñas? ¿Qué “primogenitura” estamos poniendo en venta cuando decimos: “bah, total, ¿qué más da”?

Nosotros murmuramos y murmuramos

Nos quejamos con una constancia

que ya quisiéramos para la oración.

Murmuramos y murmuramos… A veces, si hiciéramos con la misma disciplina un pequeño acto de confianza al día, ya estaríamos medio canonizados. Pero lo cierto es que muchas veces murmuramos más de lo que amamos a Dios, y la queja se nos vuelve una segunda piel: sale sola, casi sin darnos cuenta.

La murmuración nace cuando

no aceptamos límites… ni a Dios.

Murmuramos porque nos cuesta aceptar nuestras limitaciones: la enfermedad, las manías, la situación económica, laboral, social, familiar… Y en ese punto, sin decirlo en voz alta, se nos cuela la sospecha: “Dios no me conoce” o “Dios pasa de mí”. La frase interior suena así: “¿Acaso sabe Dios lo que a mí me conviene?”. Y cuando el corazón entra en ese bucle, la fe deja de ser confianza y se convierte en reclamación: como si el amor de Dios tuviera que demostrarse con resultados inmediatos y a medida.

 

El mal no suele gritar:

Susurra anestesia rápida.

Ahí aparece la voz del tentador: “Dios no te quiere”, “Dios pasa de ti”, “arréglatelas tú solo”. Pero fíjate qué fino es: rara vez viene diciendo “haz el mal”. Eso sería demasiado burdo. Viene como si fuera un consejero de confianza y te habla con tono casi razonable: “Pobrecito… con lo que tú aguantas. Tú no tienes por qué sufrir así. Date un respiro. Te lo mereces”.

Y entonces sus ofertas se vuelven seductoras porque tocan justo donde duele. “¿Que en casa no te sientes querido? No te compliques. Solo necesitas un poco de cariño… un mensaje, una conversación, alguien que te mire como antes. Total, no estás haciendo daño a nadie. Y además, nadie tiene por qué saberlo”. Y lo que empieza como “solo un café” termina pidiendo más, porque el corazón, cuando se acostumbra a la anestesia, siempre quiere subir la dosis.

¿Que llevas meses con ansiedad y la cabeza a mil? Anda, afloja. Solo una copa para dormir, para desconectar. Tú controlas. Mañana lo dejas”. Y mañana llega… pero el vacío sigue ahí, solo que con resaca y con culpa.

¿Que te aprieta la precariedad? Busca un atajo. Un pequeño arreglo, una mentira piadosa, un apaño… total, es para sobrevivir. Dios comprenderá”. Y sin darnos cuenta, vendemos la paz interior por una sensación momentánea de control.

¿Que te sientes poca cosa? Compénsalo: compra, presume, demuestra. Que se note que vales. Que te vean. Que te admiren”. Y el alma, que pedía sentido, acaba persiguiendo aplausos como quien persigue una sombra.

En el fondo, es la misma lógica: si la vida duele, no la atravieses; anestésiala. Y claro, la anestesia funciona… un rato. Luego pasa el efecto y la herida sigue ahí, solo que más sola. Porque el tentador nunca te dice: “Esto te va a romper”. Te lo envuelve como un derecho: “Tú necesitas esto para soportar la vida”. Te promete descanso, pero te deja más inquieto; te promete compañía, pero te vuelve más solo; te promete libertad, pero te ata.

Al final, la tentación no es solo “hacer algo malo”. Es más fina: es creer que, sin esos sucedáneos, “no se puede” soportar la fragilidad de la vida. Y ahí se decide mucho: o convertimos la precariedad en un lugar de encuentro con Dios, o la convertimos en excusa para rendirnos a cualquier sustituto.

¿En qué momento notamos que nuestra queja deja de ser oración y se vuelve amargura? Y, cuando eso pasa, ¿qué pequeño gesto concreto nos ayudaría hoy a pasar de la murmuración a la confianza?

Si quitas a Dios de tu vida cualquier tontería o necedad la querrá sostener. Y todos sabemos lo que dura un castillo de arena junto a la olas del mar en la playa.

 

Jesús conoció nuestras necesidades…

y no se hizo el “super espiritual”.

Jesús experimentó lo que significa tener necesidades básicas: hambre de pan, sed, cansancio, necesidad de techo, de vestido, de salud, de estar en forma; necesidad de relaciones, de amigos, de familia. Vamos, que no vivió en “modo nube”. Y Dios pone a disposición de sus hijos lo necesario para el sustento; y el ser humano, con su trabajo y sus capacidades, se procura lo que necesita. Lo material no es malo. El pan no es el enemigo. El problema aparece cuando el pan se sienta en el trono 

La tentación suena muy sensata…

hasta que te encierra.

Dentro del hombre se siente un impulso que el Evangelio presenta como la voz del diablo. ¿Qué dice esa voz? Algo que parece razonable: “Quédate con lo material. No te compliques. Haz de esto el absoluto”. Y lo expresa con esa frase directa: «Di que estas piedras se conviertan en panes». Traducido a nuestra vida: “Ocúpate solo de necesidades, de resultados, de lo que se mide. Salud, profesión, éxito, dinero… eso sí que cuenta. Lo demás, ya si eso”.

Y claro, si uno vive así, termina creyendo que la vida es una lista de tareas: pagar la hipoteca, rendir en el trabajo, llegar al verano “mejorado”, controlar la dieta, tener el cuerpo a punto, el móvil cargado y el ánimo… si se puede… también. Y cuando algo falla, entramos en ese modo de supervivencia en el que solo existe el “pan”: lo urgente, lo inmediato, lo que tapa el agujero. Es como vivir con el corazón siempre en “modo alerta”.

 

El mundo te aplaude

si te limitas a producir pan.

Esa voz, además, promete aplauso: “Si te dedicas a asegurar el bienestar material, este mundo te amará: te pondrán una calle, un puente, una estatua, te nombrarán hijo predilecto de la villa… porque eso es lo que la gente quiere”. Es la tentación de reducir la misión de Jesús a ser solo un proveedor: “Haz que todo funcione, que todos estén alimentados, que nadie sufra… y con eso basta”. Incluso “forma a tus discípulos” para que se empeñen solo en eso.  

Cuando la vida biológica se vuelve absoluta,

Dios queda como accesorio.

Y aquí viene lo delicado: esta tentación puede colarse también en creyentes. A veces nos traicionan expresiones muy nuestras: “Lo importante es la salud”. Sí, la salud es importante… pero no es lo último. O: “Recé para sanarme”, como si la fe fuera una especie de máquina expendedora: meto oración, sale resultado. También puede pasar que trabajemos por transformar la sociedad —más justa, más solidaria, más fraterna— y eso es bueno, pero, si descuidamos la conversión personal y el encuentro con Cristo, hemos movido el centro: todo queda al servicio de la vida biológica, como si fuera la única vida.

Y la trampa final es esta; acabar adorando lo que solo debía ser un medio. Vivir para las cosas materiales como si fueran nuestro dios.

Jesús nos enseña a responder, no despreciando el pan, sino poniéndolo en su sitio. Porque el Evangelio no nos quita humanidad: nos la ordena.  

Cuando la vida se reduce a pan,

el alma se queda con hambre.

A esa primera pregunta le puede responder una voz engañosa, un consejo seductor que se presenta con la imagen del pan: «di que estas piedras se conviertan en panes». Solo en esto debes pensar. Ocúpate del pan. Atiende a tus necesidades biológicas. Cuídate. Busca estar bien. Lo material es lo único que vale, lo único que la gente aprecia: comida, casa, salud, profesión. Dedica tu tiempo y tus capacidades a transformar piedras en pan. Y la tentación va todavía más lejos: “Si eres hijo de Dios, es decir, si quieres ser ‘como un dios’, si quieres que todos te consideren un dios en este mundo, produce bienes materiales. No necesitas nada más para ser feliz. La ciencia y la técnica te vuelven un superhombre precisamente porque te dan todo lo que necesitas para tu vida”.

Ahora bien, el “pan” de esta parábola no es solo el que llena el estómago: representa todos los bienes necesarios para la vida biológica en este mundo. No podemos prescindir de ellos: son importantes. De hecho, en la Biblia el verbo “comer” (φαγετε -en griego), en lengua hebrea אָכַל (akál) (cfr. Gn 18,8; 2,16-17; 3,6; 3,11; 9,3-4; Ex 24,11; 12,8.11; 16,15.18.35; Nm 11,4-6; Dt 6,11; 8,3.10.12-14; Lv 6,16-18; 7,15-18; 10,17; Dt 12,7; 14,26; Jos 5,11-12; Rt 2,14; 1 S 14,24-30; 1 R 13,8-9.16-22; 19,5-8; 2 R 4,42-44; Pr 9,5; 13,25; 24,13-14; Qo 2,24; 3,13; 5,18-19; 9,7; Ct 5,1; Is 55,1-2; 65,13; Jr 15,16; Ez 2,8; 3,1-3; Os 4,10; Sal 14,4; Mi 3,3; Pr 30,20; Is 49,26) aparece 910 veces. Es uno de los verbos más repetidos, y eso muestra algo precioso: a Dios le importa de verdad que cada persona tenga lo necesario para vivir.

         Pero aquí viene la gran pregunta: ¿Basta el pan material para tener una vida plenamente humana? Es indispensable, sí, pero sostiene solo la vida biológica, la que perece, la que compartimos con los animales.

Por eso hay que vigilar esa voz del mal que habita dentro de nosotros y nos susurra: “Quédate solo con este pan, deja lo demás”. Es una trampa, porque puede llegar un día en que ya no encuentres sentido a los años que pasas en este mundo, a estos “cuarenta días” … y no son tantos, por cierto.  

La tentación también le habló a Jesús:

“Sé solo un proveedor”.

Esa voz que empuja a pensar únicamente en lo material la escuchó también Jesús. También a él se le propuso limitarse a curar enfermos, a dar pan y pescado a los hambrientos, a vestir las necesidades más inmediatas. En el fondo, mucha gente esperaba eso de él: que fuese un “solucionador” de problemas, una especie de proveedor permanente.

Muchas de las parroquias -sobre todo en las zonas rurales- quieren tener ‘su misa’ en ‘su iglesia’; y el cura -aunque tenga cuatro o cinco o seis misas- tiene que ir allí, pero si el presbítero invita a catequesis de adultos, a confesarse, al ayuno, a la oración y a la limosna… únicamente tiene como feligreses las arañas que están en los esquinazos del techo y algún ratoncito despistado que corretea por la sacristía. El diablo dice al cura: ‘tú dales lo que te pidan, lo que ellos te reclamen y no te preocupes de nada más’.

Jesús se dio cuenta de que algunos, a su alrededor, lo buscaban solo por ese pan. Por eso les dijo que no lo buscaran por el alimento que perece y que ese pan podía procurárselo ellos con las capacidades inmensas que el Padre les había dado, porque él había venido a traer un alimento distinto: el que permanece, el que conduce a la vida eterna (cfr. Jn 6, 27).

Y así Jesús responde al consejo maligno que nace de la carne con la palabra de la Escritura: «“No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”» (cfr. Mt 4, 4; cfr. Dt 8, 3). El ser humano necesita el pan del Evangelio más que el pan material. Se nos ha dado una vida que no procede solo de la tierra: viene del cielo. Y esa vida también necesita alimento.

La Palabra de Dios

te realiza plenamente como persona

La Palabra de Dios es la que hace pasar al hombre de una vida puramente biológica y lo introduce en el mundo de Dios, en lo divino. Si no te alimentas de ese pan —que es la Palabra de Dios— no te realizas plenamente como persona.

Este es el primer engaño del que la primera parábola quiere ponernos en guardia: podemos equivocarnos al relacionarnos con las realidades materiales, con lo que está “debajo” de nosotros, con lo que necesita todo ser vivo para subsistir. El error es convertirlo en el absoluto, como si fuera lo único necesario.

Y, sin embargo, no solo podemos equivocarnos con lo que está debajo de nosotros: también podemos equivocarnos con quien está por encima de nosotros, es decir, con Dios. Por eso el evangelista Mateo introduce ahora la segunda parábola.

 

¿De quién soy hijo, de verdad?

«Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”». Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

Por segunda vez, el maligno tienta a Jesús con la misma cuña: «Si eres Hijo de Dios»; es decir, “Verifica tu identidad. ¿Estás tan seguro de tener a Dios por Padre? ¿Tienes pruebas?”. Y esta pregunta, en el fondo, es la misma que se nos plantea también a nosotros: ¿de quién soy hijo? ¿Quién es mi padre?

Yo sé que tengo un padre biológico: conozco a quien me dio la vida “de la tierra”, esa vida que al final vuelve al polvo. Pero, ¿estoy tan seguro de que esa es mi única vida? ¿Hay alguien por encima de mí o no hay nadie? ¿Tengo un Padre o estoy solo en este universo? ¿Estoy aquí por casualidad? ¿Soy huérfano… o existe un Padre que me ama y me acompaña —y me acompañará siempre— con su amor?

De la respuesta a estas preguntas depende el sentido —o el sinsentido— de nuestra vida. Por eso tenemos que tomarlas en serio. Y también tenemos que contar con esto: que oiremos una voz maligna que nos repetirá: “Mira, tú no tienes otro padre fuera del biológico”. Y esa voz del Satanás puede llegarnos de modo muy real y concreto, incluso por boca de alguien que quizá cree querernos: “Déjalo. Ese Padre del que hablas no existe”.

Cuando pedimos “pruebas”,

el amor se convierte en contrato.

La tentación sigue: “Un padre no puede haber hecho un mundo donde hay tanto mal. Por encima del cielo, más allá del sol, no hay nadie. A nadie le interesa tu vida. A nadie le importa que existas”. Y entonces viene el remate: “Repliega tu vida sobre las realidades de este mundo y deja lo que no puedes demostrar. Y si existe un Padre, que lo demuestre: que te haga milagros, que te pruebe su presencia y su amor”.

Y aquí el maligno incluso se apoya en la Biblia: “Está escrito que Dios protege la vida de sus fieles”. Cita el Salmo 91: «“Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”» (cfr. Sal 91, 11-12). Y así se instala un modo torcido de relacionarnos con Dios: la pretensión de pruebas, la exigencia de milagros.

La fe es razonable, sí; si no, se convierte en credulidad. Pero la fe también es abandono en los brazos de Aquel del que uno se sabe amado. Y quien se sabe amado no va pidiendo pruebas, porque esa exigencia contradice el amor: delata desconfianza hacia la persona amada. Cuando entra el “exigir milagros”, la religión puede deslizarse hacia la superstición y la magia: intentos, más o menos velados, de apoderarnos de Dios para que haga lo que nosotros queremos.

 

Dios no es un amuleto:

no se le “maneja” con trucos.

Entonces la fe se reduce a veces a rezos “para conseguir” prodigios, recurriendo quizá a reliquias, a aguas supuestamente milagrosas, a objetos tenidos por sagrados, pero vividos como si fueran poco más que amuletos o talismanes. Y si planteamos así la relación con Dios, la vida misma termina sembrando dudas: “¿Será que Dios no es fiel? ¿Será que no cumple lo que promete?”.

¿Quién no ha oído —o no ha pensado— algo parecido? Creyentes desilusionados porque sus insistentes oraciones no fueron escuchadas, y entonces sueltan: “¿Qué sentido tiene creer si Dios no hace lo que le pido?”.

Y también Jesús pasó por esta prueba: el Padre no intervenía para “demostrar” que él tenía razón; dejaba que los acontecimientos siguieran su curso, como si no existiera. ¿Por qué triunfan los malvados sobre el justo y Dios no hace nada? ¿Por qué no intervino para desenmascarar la falsedad de Anás y Caifás? Son preguntas que los hombres de todos los tiempos se han hecho: por qué prosperan los impíos mientras la vida puede ser injusta y cruel con los débiles y con los justos.

Ahí está la tentación: dejar de confiar en Dios si no da pruebas de su amor.

 

La respuesta de Jesús:

Fe pura, sin chantaje.

Jesús responde con una frase neta: «“No tentarás al Señor, tu Dios”» (cfr. Mt 4, 7; cfr. Dt 6, 16). Es una invitación a cultivar una fe limpia, que no necesita milagros para sostenerse. Jesús nos muestra cómo vivir los acontecimientos alegres y los tristes —incluso los dramáticos— sin dejarnos devorar por la sospecha de que Dios no es fiel a su amor.

Jesús no dudó nunca del amor del Padre, ni siquiera en los momentos más duros. Incluso en la cruz, cuando gritó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (cfr. Sal 22, 2), terminó confiándose: “En tus manos encomiendo mi espíritu” (cfr. Lc 23, 46). Es el testimonio de una fe total en el amor del Padre.

 

Le exigían un signo

Cuando el desierto se alarga,

nos cansamos de caminar

En Masá se ve una tentación muy nuestra: cuando el desierto se hace largo, no solo se nos seca la garganta; se nos seca la paciencia. Y entonces el corazón pone condiciones: “Yo sigo… si Dios se manifiesta. Si se nota. Si me lo demuestra”. Si no, aparece la nostalgia tramposa: “Casi mejor volver a Egipto”. Y la Biblia lo dice sin maquillaje: prefieren la seguridad conocida, aunque sea esclavitud, antes que una libertad que exige confiar (cfr. Ex 16,3; cfr. Nm 14,2-4).

Fe por contrato:

“yo te sigo si tú me explicas”

Ahí se activa el mecanismo: dejamos de pedir como hijos y empezamos a exigir como clientes. Como si dijéramos: “Señor, yo te sigo… pero antes explícame todo. Hazme un informe. Pasa por una comisión de investigación y aclárame por qué me pasa esto”. Y como no aceptamos nuestra propia historia —sufrimientos, penas, dolores, pérdidas, muertes—, el tentador nos propone un trato: un chantaje espiritual. “Dios, cámbiame los planes y entonces creeré”. Es decir: “Reescríbeme la vida a mi medida y ya confiaré”.

La frase que envenena:

“Dios lo estropea todo”

Y esa voz mete una idea corrosiva: “Dios no sabe hacer las cosas bien. Lo que toca, lo estropea”. Cuando esa frase se instala, ya no es solo dolor: es acusación. Ya no digo “esto me cuesta”, sino “Dios es el problema”.

De la palabra a los golpes:

Incluso Moisés se desborda

Por eso ayuda mirar a Moisés. En otro episodio de “agua de la roca”, Dios le dice claramente: Habla a la roca (cfr. Nm 20,8). Pero Moisés, saturado, golpea la roca (cfr. Nm 20,11), en hebreo se dice así: La expresión clave “hablad a la rocaוְדִבַּרְתֶּם אֶל־הַסֶּלַע

El texto nos advierte: cuando estamos al límite, podemos pasar de la confianza a la brusquedad; de la relación a la exigencia; de la palabra a los golpes.

La pregunta que lo decide todo

Y ahora la pregunta es muy concreta: ¿qué hechos de tu vida no aceptas? ¿Qué parte de tu historia te empuja a pedir pruebas, a exigir explicaciones, o a “negociar” con Dios? Recuerda esto: si Dios ha permitido algo, no es para hundirte, sino para abrir —de un modo misterioso, pero real— un encuentro contigo precisamente ahí, donde más te cuesta confiar.

 

Y ahora viene la tercera parábola, que nos pone en guardia no ya sobre nuestra relación con las cosas materiales, ni sobre nuestro modo de relacionarnos con Dios, sino sobre cómo nos relacionamos con quien tenemos al lado: con nuestro hermano 

El mundo te propone una lógica…

y suena “realista”.

«De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían
».

Vaya mundo”. Es una expresión que también nosotros usamos cuando miramos lo que pasa alrededor. Y solemos describirlo así: cada uno busca lo que le conviene, cada uno hace lo que le apetece; los jefes de las naciones están corrompidos, miran su interés o, como mucho, el interés del propio pueblo, pactan con los enemigos de la nación para asegurarse en sillón del poder…. “En el mundo las cosas van así: o compites o te pisan. Si no luchas, te pasan por encima”.

El maligno nos ofrece sus consejos

En un mundo gobernado por esa lógica de competencia, aparece el maligno y ofrece sus “consejos” para triunfar, para hacerse grande, para dominar. Y también intentó dárselos a Jesús: “Si me adoras, tendrás éxito, conquistarás el mundo”. Es decir: “Si aceptas mis órdenes, si sigues mis indicaciones, tendrás poder. Porque aquí el grande es el que conquista el poder, el que manda, el que domina. Yo te enseño cómo se gana… porque el mundo lo tengo en la mano”.

No mires a nadie a la cara y písalo sin dudarlo

Y hasta se apoya en una frase durísima de la primera carta de Juan: “El mundo entero yace bajo el poder del maligno” (cfr. 1 Jn 5,19). Y entonces la tentación se hace muy concreta: “No mires a nadie a la cara. No te enternezcas con el que sufre o con el pobre. Piensa en ti. Y si hace falta aplastar al más débil… pues se aplasta. Si manejas finanzas o economía, piensa solo en la ganancia. Explota la creación, contamina, devasta, desperdicia recursos. No te preocupes por las generaciones futuras. En el mundo se gana así. El poder se alcanza así. Escúchame… o serás un fracasado a los ojos del mundo”.

Y claro, Jesús no lo escuchó… y acabó en la cruz.  

La tentación del poder:

Dominar o servir.

Esta es la tercera tentación: la del poder, la del dominio sobre los demás. La elección que se le presenta a Jesús es clara: dominar o servir; competir o hacerse solidario; aplastar o considerarse servidor. Y esa alternativa está también delante de nosotros: escuchar al maligno y “tener éxito”, o seguir al Espíritu y parecer perdedores a los ojos del mundo.  

Jesús corta por lo sano:

Dios no se negocia.

¿Cómo responde Jesús? Con una frase tajante: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”» (cfr. Mt 4,10; cfr. Dt 6,13). Jesús no era un ingenuo sin capacidades. Tenía dotes de sobra para destacar, para imponerse, para alcanzar poder político o religioso: era inteligente, lúcido, valiente, y tenía un ascendiente impresionante sobre las multitudes. Podía “triunfar”, sí… con una condición: que adorara a Satanás, es decir, que se ajustara a los principios de este mundo: entrar en competencia, usar la fuerza, el engaño si hiciera falta, pactar con los poderosos y utilizar sus métodos. Adorar a Satanás es aceptar los criterios de este mundo como las normas del juego.

Pero Jesús elige lo contrario: lo que dicta el Espíritu, no el maligno. Se hace servidor. Es el Cordero que inaugura el Reino de todos los que se hacen corderos con él: dispuestos no a quitar la vida, no a dominar, sino a dar la vida por amor, a hacerse servidores.

Y aquí está la sentencia final, que nos coloca frente al espejo: solo quienes se hacen corderos con el Cordero —Jesús de Nazaret— son verdaderamente humanos. Porque, en el fondo, ser humano significa amar.

Y ahora la pregunta incómoda, pero honesta: ¿en qué terreno concreto de nuestra vida nos tienta más esa lógica del “éxito” que pide dominar… en vez de servir?  

Adorar a Satanás es aceptar

sus reglas como “lo normal”.

Cuando el tentador le dice a Jesús: “Adórame” (cfr. Mt 4,9), no le está pidiendo que se arrodille ante una estatua con cuernos. Le está proponiendo algo más fino: acepta los criterios de este mundo como si fueran las normas del juego. En otras palabras: “Si quieres que te vaya bien, juega como juegan todos: poder, imagen, éxito… y, sobre todo, la gran divinidad moderna: el dinero”.  

El becerro de oro:

Cuando la espera se nos hace insoportable.

Esto ya lo conocía Israel. Moisés fue llamado a la cima del Monte Sinaí para recibir las tablas de la Ley (cfr. Ex 24,12; cfr. Ex 31,18) escrita por el dedo de Dios (cfr. Jn 8, 6.8). Pero como Moisés tardaba en bajar, el pueblo se impacientó: “No sabemos qué le ha pasado” (cfr. Ex 32,1). Y en vez de sostener la confianza, buscaron un “dios” manejable: se hicieron un becerro de oro y lo adoraron (cfr. Ex 32,2-6). Aquel becerro era símbolo de poder, de fecundidad, de éxito… y también del brillo que da el dinero, que parece que lo puede todo. Era como decir: “Necesitamos algo visible, seguro, que podamos controlar. Con esto sí que contamos”. 

Y fíjate qué actual suena: cuando la vida tarda en aclararse, cuando Dios no responde a nuestro ritmo, cuando los planes se retrasan… aparece la tentación de fabricarnos un ídolo.

 

El ídolo no es “tener”:

Es “apoyar la vida” en eso.

Nosotros también nos hacemos nuestros becerros de oro, solo que con mejor marketing. A veces no los llamamos ídolos: los llamamos “seguridad”, “estabilidad”, “bienestar”. Y empezamos a “diseñar” cómo tendría que ser Dios: un Dios que me proteja los negocios, que me asegure prosperidad, que haga que todo salga bien y acabemos felices y comamos perdices. Y si algo se tuerce, entonces nos enfadamos: “¿Para qué sirve Dios?”. En el fondo, lo que se rompe no es la fe: es el contrato que habíamos imaginado.  

La mentira grande:

Creer que el dinero salva la vida.

El mundo puede acabar con una mentalidad mezquina: pensar que lo que salva es tener una pensión garantizada, pisos alquilados, una cuenta saneada, un colchón “por si acaso”. Y ojo; ahorrar, trabajar, prever, es sensato. Pero cuando eso se convierte en el eje, en la columna vertebral, ya no es prudencia: es adoración. Y lo curioso es que el becerro de oro siempre pide más: hoy “un poco”, mañana “un poco más” … y pasado mañana la paz interior ya cotiza en bolsa. 

¿Cuáles son las columnas de tu vida?

Si tuvieras que señalar tus “pilares”, ¿cuáles serían? ¿Qué cosa podría desestabilizarte por completo si la perdieras? ¿Qué pérdida te haría decir: “ya no sé quién soy”? Porque ahí, precisamente ahí, suele estar nuestro becerro de oro escondido.

Y la respuesta de Jesús nos recoloca: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”» (cfr. Mt 4,10; cfr. Dt 6,13). Es decir, lo demás puede ser importante, pero no puede ser Dios. Solo Dios merece el centro, porque solo Él no se cae, no fluctúa, no te promete una cosa hoy y te la quita mañana.