martes, 18 de marzo de 2025

San José, esposo de la Bienaventurada Virgen María 19.03.2025

 


San José, esposo de la Bienaventurada Virgen María - 19.03.2025

 

         Dios Padre quiso que su Hijo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, tuviera un padre en la tierra que le educase, protegiera y amara. Y pensó y designó a un artesano de Nazaret llamado José. El cual, aunque tuvo un papel discreto, fue fundamental para que la encarnación y la infancia de Jesús se desarrollaran según la voluntad del Padre. José acepta a María como esposa y obedeciendo a la voluntad de Dios y amó a María con ese amor casto, renunciando a todo amor egoísta, respetando profundamente a María y protegiéndola permaneciendo a su lado en todos los momentos de penuria y de alegrías, tanto en Egipto como en Nazaret.

         Se podría decir que José jugaba con cierta desventaja respecto a María y a Jesús, porque ambos no tenían pecado original y ambos nunca pecaron. En cambio, José no gozaba de ese privilegio divino. Sin embargo, Dios que hace todas las cosas bien le puso en su hogar a María y a Jesús para ayudarle a andar por las sendas de la santidad. Y esta dinámica la sigue manteniendo el Señor con nosotros: estamos en una comunidad cristiana, donde unos somos más pecadores que los otros, pero entre todos, por la Comunión de los Santos, nos vamos engendrando en la vida de la fe y avanzando por las sendas de la santidad.

Supongo que la dulzura en el trato de María que tenía con José, le ayudase a José a no enfadarse con los clientes que no le pagaban el trabajo que ya había realizado. Supongo que María, mas de una vez, tendría que curar las heridas ocasionadas por los accidentes laborales que sufrieran tanto José como Jesús. De todos modos, tener como compañera a la Virgen María debió ser para José una alegría constante en su corazón; José sabía que esa mujer era la Madre del Hijo de Dios. Sabía que su papel era custodiarla, protegerla, ayudarla, y entre los dos, educar a Jesús. José hacia lo ordinario de un modo extraordinario.

         No lo tuvo nada fácil. En el pueblo de Nazaret, como en todos los lugares, hay personas que se regodean con el chisme, personas criticonas y dañinas. Personas que se caracterizan por su visión negativa y reduccionista y que no se alegran por los logros ajenos. Estoy totalmente seguro que, aunque no se atreverían decírselo a la cara a José, seguirían comentando que María había quedado encinta antes de que ambos hubieran vivido juntos.

         José solamente atendía y hacía caso a lo que Dios le iba indicando y estaba atento a lo que ocurría en su hogar. José no gastaba energías escuchado ni haciendo caso a personas a las que podemos calificar como ‘tóxicas o dañinas’, sino que se centró en lo fundamental.

Con toda seguridad enseñó a Jesús a leer la Torá, le enseñó las costumbres del pueblo de Israel y le acompañó a la escuela en la sinagoga para que aprendiera a memorizar los textos trasmitidos y recibidos oralmente. Todas las noches, junto con María, recitarían el Shemá Israel a Jesús antes de dormir, ya que era la forma de encomendar el alma a Dios durante el descanso nocturno, concluyendo con la bendición del padre sobre el hijo.

         El tiempo fue transcurriendo y enseñó a su hijo el modo de cómo sustentarse con el trabajo manual. Estas circunstancias fueron forjando la rica personalidad de Jesús. Precisan los historiadores que la mayoría de los carpinteros de Galilea, en aquellos tiempos, eran asalariados itinerantes, que no realizaban sus tareas mayormente en su propio taller, sino que deambulaban por los pueblos y sus alrededores, atendiendo a las necesidades de cada momento: arreglar una ventana, levantar una pared, reforzar una puerta… Incluso es probable que José y Jesús trabajasen en equipo con otras personas para construir una casa o levantar una sinagoga. Por su propio oficio tuvieron que alternar necesariamente con tejedores, curtidores, herreros, alfareros y labradores como pescadores. Jesús, poco a poco, de la mano de José, se fue convirtiendo en un experto trabajador que sabe calcular con precisión las medidas y las dimensiones, el precio y el valor de las cosas: José le enseño muy bien.

         José fue enseñando a Jesús los diversos problemas del pueblo, el modo de cómo se comportaban los romanos con ellos, el problema que tenían a la hora de pagar los impuestos al César; y todo esto hizo que José ayudase a su hijo a ir adquiriendo un talante personal y particular, en su manera de ser, de hablar y de comportarse.

         Y el tiempo trascurre, los años van pasando, las fuerzas de la juventud van desapareciendo y uno se va adentrando en el difícil escrutinio de la enfermedad y, posteriormente, el de la muerte. Siente uno que las propias fuerzas le abandonan y se experimenta el miedo que brota de la constatación de la fragilidad y vulnerabilidad del propio ser. José también lo experimentó. Y cuando uno atraviesa este duro escrutinio de la enfermedad uno siente angustia porque lo que antes podía hacer, ahora ya no puede.

Y surge la pregunta ¿y ahora qué hago? ¿para qué sirvo? San José nos da la respuesta; sirves para dar testimonio de cómo una persona cumpliendo fielmente su deber y haciéndolo en la presencia de Dios has podido sostener una familia a lo largo del tiempo; has cohesionado esa familia; has mantenido el amor entre nosotros; has educado a los hijos y nietos con los valores que perdurarán a lo largo del tiempo; has invertido en cariño, escucha, diálogo, trabajo, comprensión, amor…; y eso que has creado es una estructura en las personas que jamás se derrumbará. Sirves como testigo de cómo obedeciendo a Dios y siendo fiel a la vocación que el Señor te ha entregado has aportado algo tan valioso que ha servido y sirve para crear a personas íntegras y cristianas. Cuando uno es consciente de estas cosas la desazón desaparece, la angustia se apaga y empieza a surgir un sentimiento de profunda serenidad que abarca a toda el alma. Sirves para mucho, más de lo que aún te puedas llegar a imaginar.

San José nos recuerda que todo lo vivido como respuesta a la vocación dada por Dios es tiempo ganado, tiempo invertido, tiempo proyectado hacia el infinito. Los años desgastan y las fuerzas se debilitan más la sabiduría y el amor empleados perdurarán hasta la vida eterna. Esto es lo que San José nos enseña: todo lo que en esta vida se haga, tiene su eco en la vida eterna.

sábado, 15 de marzo de 2025

Homilía del Domingo II de Cuaresma, ciclo C LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

 

Homilía del Domingo II de Cuaresma, Ciclo C

16.03.2025 Lc 9, 28b-36

 

         El Evangelio de este segundo domingo de cuaresma nos presenta el relato de la transfiguración. Estamos ante una página de teología y de catequesis compuesta por imágenes tomadas de la Biblia. Intentaré descodificar estas imágenes, de traducirlas, para poder sacar el mensaje que el Señor desea hacernos llegar.

         En el segundo domingo de cuaresma nos encontramos siempre el relato de la transfiguración porque es el modo más correcto para prepararnos para vivir y entender la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

         Jesús si se hubiera quedado en Nazaret no le hubiera pasado nada. Si hubiera seguido trabajando en el taller de San José, no le hubiera pasado nada malo. Pero deseaba cambiar el mundo anunciando el Reino de su Padre y esto, inevitablemente generó serios enfrentamientos con los administradores de los poderes del mundo viejo, los cuales querían perpetuarse eternamente en sus dominios. Y Jesús se presentó como cordero en medio de lobos en una sociedad donde las luchas fratricidas por el poder, las maquinaciones, traiciones y engaños son una constante; y ninguna realidad de este mundo es ajena a esto. Recordemos que estamos en un mundo donde no se aprecia al que pierde, sino al que gana y domina. Ante esto Jesús es un perdedor y ahora nadie se anima a seguirlo y a ser como él.

         Todos somos conscientes de la dureza a la hora de entender y de aceptar la cruz. No queremos tener la cruz como símbolo, es más, los primeros cristianos tenían como signo el ancla, el pez, el pelícano, el pavo real, pero no la cruz. La cruz se ha empezado a convertirse en el símbolo cristiano sólo a partir del siglo cuarto, en el tiempo de Constantino. Porque la cruz era el símbolo de la derrota.

         El evangelista Lucas escribió este texto en el tiempo de Domiciano. La cruz era un símbolo de culpa. San Pablo en la epístola a los corintios nos dice que «el lenguaje de la cruz, en efecto, es locura para los que se pierden; mas para los que están en vías de salvación, para nosotros, es poder de Dios» (cfr. 1 Cor 1, 18). Lucas, consciente de la resistencia que tenían -y tenemos los cristianos de hoy- ante la cruz nos plantea este relato.

 

        

         «Unos ocho días después, Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor.

De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén».

         El evangelista hace una alusión clara para que revisemos lo que Jesús dijo ocho días antes para poder entender lo que ahora va a acontecer. Jesús había anunciado de un modo muy claro el destino que le esperaba: «Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley, que lo maten y que resucite al tercer día» (cfr. Lc 9, 22). Jesús les está diciendo que su vida donada por amor a los hombres terminará en la gloria de la resurrección. Y seguía diciendo -en esos ocho días anteriores al relato de la transfiguración- que «el que quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará» (cfr. Lc 9, 23).

         Cristo nos dice que si queremos aceptar la misma elección de vida que él mismo ha realizado y que él nos propone, nos sugiere que nos olvidemos de nosotros mismos. Cuando hagas una elección, adoptes una postura o razones ya no debes de pensar en el beneficio propio, sino todo lo que sea beneficio para la vida del hermano. Olvídate de ser rico, de asegurarte la vida, de tener comodidades, de vivir a modo burgués, no busques el ser admirado ni el ser considerado. Si aceptas la propuesta de Jesús, olvídate del reconocimiento de los hijos de lo mundano.

         ¿Cuál es el problema de todo esto? Que uno desea una verificación concreta de que este modo de actuar según Jesús no sea un suicidio. Nos surge la duda; pero si yo le escucho con atención, al final no me arrepentiré de nada, es más, no tendré remordimientos ni desazones por no haber disfrutado de la vida como muchos lo hacen, ni por no haber pensado en mí, ni en mis intereses. Es entonces cuando uno experimenta con gran gozo el sentido de la experiencia que manifestó san Pablo al decir «pero lo que entonces consideraba una ganancia, ahora lo considero pérdida por amor a Cristo. Es más, pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, y todo lo tengo por estiércol con tal de ganar a Cristo y vivir unido a él con una salvación que no procede de la ley, sino de la fe en Cristo, una salvación que viene de Dios a través de la fe» (cfr. Flp 3, 7-9). No hay pruebas de que esta elección por el modo de ser como Cristo me haga feliz, todo se juega con la fe, en la confianza en su Palabra: Confío en Él.

         Lucas quiere ayudar a los cristianos de su comunidad y a los de hoy a entender que la propuesta que Jesús nos hace es la adecuada para no perder tu vida. Y ¿qué cosa hace Lucas para convencernos? Nos muestra el camino espiritual que han recorrido los discípulos. Recordemos que sabemos muy bien, y seamos muy claros al respecto, que cuando Jesús les hablaba de la muerte, del sacrificio, del dolor, de la entrega total y absoluta sin esperar nada, los discípulos y los apóstoles ‘se tapaban los oídos’ o ‘se hacían los locos’, porque ellos no querían ver hacia donde Jesús iba a ir a parar, a la Cruz. Y ellos se dedicaban, mientras tanto, a cultivar sus sueños, a discutir quien era el más importante, y el propio Pedro estaba totalmente convencido que Jesús debería haber sido un ganador. Lucas está mostrando el camino espiritual de estos discípulos y apóstoles, un camino del que les quedaba aún mucho para poder entender algo. Camino que terminaron concluyendo fusionándose con la voluntad amorosa de Cristo.

         Lucas, para ayudar a entender el recorrido de este camino espiritual planteado por Jesús plantea el texto evangélico de hoy. No todos los discípulos van al Monte Tabor, sino sólo un pequeño grupo empieza a entender antes que los demás que la elección que Jesús les propone es la correcta.

         ¿Con qué imágenes nos habla Lucas del camino espiritual que hicieron esos apóstoles que acompañaban a Jesús? El camino que realizaron estos apóstoles es el mismo que el que estamos invitados a recorrer en nuestras comunidades cristianas.

         En primer lugar, se dejaron acompañar de Jesús para subir la montaña. ¿Qué es este monte? No es una montaña o monte material; se trata de subir al mundo de Dios. Jesús ha introducido a un grupo de discípulos que llegaron antes que los demás para dejarse traspasar por la luz del cielo, en ese nuevo modo de pensar que tiene Dios; se han separado de la llanura y subieron a lo alto. ¿Qué es esta llanura? Es el lugar donde todos viven; donde todos razonan según los criterios de los juicios que brotan de la escala de valores de este mundo. En la llanura el hombre se evalúa por el dinero, por el poder, por el prestigio, por las influencias, por los afectos, por las apariencias. Si no estás dentro de estos criterios mundanos -un buen coche, una buena cuenta bancaria, un puesto de poder en el trabajo, unas vacaciones lujosas…- eres un fracasado y a los ojos del mundo no eres nadie. Es verdad que puedes estar en la llanura y ser una persona buena, pero no sigue a Jesús. Para que esta persona pueda ver y entender la vida y la realidad de un modo diferente precisa ascender al monte, salir de la llanura.

         Y ¿qué es lo que sucede en el monte? Lucas nos dice que Jesús se fue a lo alto de monte para orar. Y es durante la oración de Jesús cuando los tres discípulos empezarán a ver un cambio en la apariencia del rostro de Jesús. Dice la Palabra que «y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor». Este modo de cómo iba cambiando el rostro de Jesús durante la oración significa que este pequeño grupo de discípulos han empezado a comprender que el rostro del aparente perdedor a los ojos del mundo, se convirtió en ganador. Estos discípulos están entrando en una dinámica ganadora; ellos caen en la cuenta que los valores de lo mundano han sido revocados. Ellos están empezando a sintonizar sus pensamientos con los pensamientos de Dios; y ellos se dan cuenta, siguiendo el ejemplo de Jesús, que han de cultivar estos momentos en el monte cuidando esos momentos de oración. La oración lo que hace es recordarnos que lo que vivimos y valoramos con criterios mundanos (el poder, la gran casa, el buen trabajo, el dinero acumulado, las tierras, vacas y ovejas, el tractor…) es terreno, caduco y engañoso y no puede encarcelar ni hipotecar espiritualmente nuestra vida. Esa oración significa intimidad con Cristo, ya que es imposible entrar en la dinámica de la intimidad con el Señor cuando uno está aturdido por la confusión, el ruido de los móviles y de la televisión. Si te involucras en la feria de la vanidad propuesta en este mundo no puedes juzgar o posicionarte en la vida del modo de cómo te está indicando el mismo Dios.

         Está abierta la invitación a acercarte a Cristo, como lo hicieron estos tres y tomar el Evangelio y junto a la comunidad cristiana de hermanos y al a luz del Magisterio y de la Tradición de la Iglesia, irte formando una serie de criterios de evaluación, no según los hombres que nos llevarán hacia el éxito mundano, sino según el Espíritu de Dios.

         Los rostros de los hombres que no se asemejen al rostro de Jesús de Nazaret son caras feas que inspiran miedo; porque el rostro de los que compiten, de los que tratan de atropellar y aprovecharse de la gente y no de servirlas, ya no es un rostro humano, es ya el rostro de las bestias, el rostro feo. Es el rostro de los que no se comportan como hombres, sino que se han animalizado y asilvestrado.

         La túnica de Jesús se volvió deslumbrante, resplandeciente. El blanco en el simbolismo bíblico indica que es lo que vemos en una persona es puro, blanco, símbolo de la luz; y la luz de Dios es la luz del amor que emergió plenamente de la persona de Jesús. Y estamos invitados a testimoniar de esa luz del amor de Jesús; es la luz de la vida del Espíritu que debe brillar en nosotros. Jesús nos dice que ‘vosotros sois la luz del mundo’. Esta luz debe de brillar a los hombres para que ellos vean las obras hermosas: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (cfr. Mt 5, 16).

         Jesús no llevaba un vestido lujoso, sino que llevaba el hábito del esclavo. Y el esclavo, en la sociedad greco-romana, era despreciado y no era el ideal del hombre. Ahora es diferente, el hábito o vestido real, según Dios y según sus juicios, es el del esclavo.

         Y aparecen en escena Moisés y Elías. En el Antiguo Testamento estos dos subieron a la montaña para ver la gloria de Dios. Moisés quería ver el rostro de Dios y Dios le dice que ‘tú no puedes ver mi rostro’, allí en la ruta no te pondré la mano sobre tus ojos y después de que yo pase podrás ver únicamente mi espalda. El hombre no puede ver el rostro de Dios, pero sí puede ver pasar a Dios; además, nosotros conocemos por dónde pasa Dios por las señales de su amor. Moisés se imaginaba el rostro de Dios como aquel que se revelaba en las fuerzas aterradoras del terremoto, del viento impetuoso. La gloria de Dios se revela en la voz del silencio.

         A Elías le recordamos cuando fue secuestrado por el carro de fuego. Los dos han visto ya el rostro de Dios estando en el cielo. Y estos dos, Moisés y Elías están en el monte porque deben de testimoniar que el hombre que tuvo éxito, según Dios, es Jesús.

         Moisés había ya dicho que un día el Señor enviará a un profeta como yo (cfr. Dt 18, 15-19). Elías tuvo que regresar para anunciar y para hacer presente al Mesías (cfr. Mal 3, 23-24). Estos dos testimonian que el Mesías de Dios es Jesús de Nazaret. Ellos dos representan todos los libros sagrados de Israel: Moisés representa a la Torá (cinco libros de la Ley) y Elías representa a todos los escritos de los profetas: ellos testimonian que Jesús es el hombre según Dios, el verdadero Hijo del Señor.

         ¿De qué hablaban entre ellos? Hablaban de su éxodo, el éxodo que Jesús habría llevado a término en Jerusalén. Moisés y Elías confirman que Jesús va a sufrir mucho, ser asesinado; pero el éxodo no concluirá en la tumba, sino hacia la gloria, hacia la plenitud de la vida. Jesús en la Escritura y a la luz de la oración ya comprendió el éxodo que él debía de recorrer.

        

         «Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

No sabía lo que decía».

         Si uno no es capaz de ver el rostro glorioso de Cristo en el crucificado que da la vida por amor, tú no le darás tu adhesión. Es imposible hacer la elección de vestir la ropa del sirviente si no se es capaz de entender que esa ropa se convierte en un vestido real, que resplandece con la luz divina.

 

         Continúa la experiencia espiritual de estos tres discípulos. Ellos están vencidos por el sueño. ¿Qué significa esto? El sueño es el momento en el que los ojos se vuelven pesados y se cierran lentamente y ya no puedes ver nada. Nos quiere decir que no es fácil seguir vislumbrando un rostro glorioso cuando tienes delante un rostro de salivazos y coronado de espinas. Los discípulos habían visto algo de la gloria divina, pero luego se volvieron sus ojos borrosos y ya no veían las cosas como realmente eran. El sueño en la montaña indica la dificultad de asimilar los criterios y los juicios de Dios. Pablo escribe a los romanos diciendo que es hora de despertar del sueño y de sacudirse del letargo espiritual porque es muy fácil volver a ser envuelto por las tinieblas del mundo (cfr. Rm 13, 11-12).

 

         En este punto Moisés y Elías se separan de Jesús, y mientras se separan Pedro hace una propuesta un tanto extraña: construir tres tiendas. ¿Qué significa esta imagen de las tres tiendas? El que construye una tienda significa que se quiere parar; no construye una tienda y luego parte hacia otro lado. Pedro después de oír el camino de ese éxodo que tiene que pasar por la etapa de la muerte, se siente tentado de pararse, de detenerse en ese éxodo. Uno entiende y sabe cómo es la vida que Cristo te plantea y adivinas lo que te va a venir encima, todo el peso que nadie quiere. Quedarse con haberlo entendido no basta, necesitamos aterrizarlo en algo concreto de la vida esta experiencia espiritual. Una relación sana con el Señor no conduce a que estemos encerrados en nosotros mismos y alejados de los problemas y cuestiones cotidianas. El Señor no nos encierra en un lugar estéril y de intimismo espiritual, sino que nos empuja hacia el encuentro con el hermano. No podemos hacer estas tiendas porque no podemos quedarnos dentro, sino salir al encuentro de los hermanos con los criterios que proceden de lo alto. Jesús nos lleva a su monte para luego retornar, regresar, devolvernos transformados entre los hermanos.

 

         «Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube.

Y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».

Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto».

         Lucas introduce una nueva imagen bíblica en su historia: la imagen de la nube. Se recurre con frecuencia a la nube, sobre todo en el libro del Éxodo; es la imagen de la presencia de Dios. Dios se presenta como una sombra, como una nube. El pueblo de Israel sentía la protección de Dios con la imagen de la sombra, con la imagen de la nube. La nube estuvo acompañando al pueblo en el desierto y les protegía del sol abrasador con su sombra. Cuando Moisés subió al monte, todo el monte estaba cubierto por la nube, ya que allí estaba presente Dios que habló con Moisés. Y cuando construida la tienda del encuentro, allí el Señor se encontrará con Moisés, y esta tienda estaba cubierta por la nube. Donde quiera que estuviera esta nube es que uno estaba rodeado de la presencia de Dios. Estos discípulos están cubiertos por la nube y están introducidos en esta experiencia espiritual y entendieron qué tipo de éxodo debía de recorrer el Maestro.

         De esta nube viene una voz y los discípulos tienen miedo ya que se dieron cuenta del camino que Jesús les estaba proponiendo. De esta nube sale una voz.

         La reacción de los discípulos ante esta revelación: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». Es la misma voz que se escuchó en el día del bautismo. Al decir ‘escuchadlo’ nos está diciendo que el rostro de Cristo reproduce perfectamente el rostro del Padre. Y les indica que le escuchen, que le sigan. Esa voz les está diciendo que ese aparente perdedor, ese es el elegido, el siervo fiel en el que el Padre se complace es el vencedor. Que le escuchemos aunque nos parezca que nos proponga caminos demasiado pesados, difíciles y opciones poco o nada gratificantes.

         El número ocho, del principio, tiene un significado muy preciso para los cristianos: el día de la Pascua de Resurrección. El día en el que la comunidad se reúne para escuchar la Palabra del Señor y para partir el pan. Está diciendo Lucas que todos los que se reúnen ese día para celebrar la Eucaristía, suben a la montaña, suben al monte. Es un monte donde ven el rostro del Señor transfigurado, que se entregado toda su vida y que nos invita a acoger esta propuesta de ser un hombre nuevo. 

        La voz del cielo nos dice que si quieres iluminar tu vida y ser un hijo del Padre del Cielo, ¡escucha a Jesús!

sábado, 8 de marzo de 2025

Homilía del Domingo 1º Cuaresma, ciclo c-Las tentaciones de Jesús en el desierto Lc 4, 1-13

 

Homilía del Domingo I de Cuaresma, Ciclo C

Lc 4, 1-13 (Jesús en el desierto con Satanás)

 

         Al inicio del tiempo cuaresmal la liturgia nos propone las lecturas sobre las tentaciones de Jesús. El Señor desea recordarnos del peligro que corremos al desviarnos del camino al tomar decisiones contrarias a las que nos va indicando la Palabra de Dios. Todos experimentamos el conflicto interno que Pablo presenta de un modo dramático al contarnos que «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero: eso es lo que hago. Y si lo que no quiero, eso es lo que hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que hay en mí» (cfr. Rm 7, 20). Todos reconocemos que la Ley de Dios es justa, que es hermosa, que es sabia; pero luego dentro de nosotros tenemos otras pulsiones que combate contra la ley de mi razón y me hace esclavo del pecado. Por eso dice San Pablo «quiero hacer el bien, y me encuentro haciendo el mal (…). ¡Desdichado de mí!» (cfr. Rm 7, 21-24). Sabemos lo que está bien, pero llegado el momento tomamos decisiones que nos deshumanizan; más el Señor está conmigo, como un héroe valeroso y me conducirá a la liberación de mis cadenas del pecado. San Pablo conoce las consecuencias negativas del hombre viejo o del hombre del pecado, por eso nos recomienda con gran fuerza que «dejaos conducir por el Espíritu, y no os dejéis arrastrar por las apetencias de la carne (…). Pues si os dejáis conducir por el Espíritu, no estáis bajo la ley» (cfr. Gal 5, 16-18). O sea, no estaréis bajo el dominio del satisfacer el deseo de la carne, de lo mundano; porque la carne o mundano tiene deseos contrarios al Espíritu. La carne es lo que nos viene de nuestras propia naturaleza biología; si alguien me hace daño lo que se me dice es que devuelva el daño que se me ha originado. Sin embargo el Espíritu da sugerencias opuestas a la carne. Si la carne me dice que me reserve a mí mismo, que mire por mi propio interés y que busque asegurarme mi propia comodidad y confort, el espíritu me dirá que comparta mis bienes y que me entregue a los demás sin reservas para así poder tener la vida plena. Estamos dentro de un potente conflicto interior entre el Espíritu y la carne.

         Jesús también ha experimentado este conflicto interior y Jesús ha querido que fuese así porque deseó estar lo más cerca de nosotros. En la carta a los Hebreos se nos dice «por lo cual debió hacerse en todo semejante a sus hermanos, para convertirse en sumo sacerdote misericordioso y fiel ante Dios, para alcanzar el perdón de los pecados del pueblo. Pues por el hecho de haber sufrido y haber sido probado, está capacitado para venir en ayuda de aquellos que están sometidos a la prueba» (cfr. Hb 2, 17-18). Por eso Jesús sabe entender nuestras debilidades ya que él fue expuesto a la prueba en todo y semejante a nosotros, pero él nunca pecó. Conoce nuestra fragilidad y no se avergüenza en llamarnos hermanos (cfr. Hb 2, 11). Jesús sabe lo difícil que puede llegar a ser el ser dócil a la voz del Espíritu.

         Después de ser bautizado Jesús por Juan el Bautista en el río Jordán fue conducido al desierto donde permaneció durante 40 días, mientras era tentado por el diablo. El número 40 en la Biblia indica toda una vida; es así que durante toda la vida Jesús fue tentado por el diablo.

Lucas ha resumido esta experiencia de la tentación, la cual le ha acompañado toda la vida de Jesús en tres parábolas o modelos. Recordemos que el bautismo, mientras Jesús era bautizado y orando, nos dice el evangelista que se oyó una voz que decía “tú eres mi hijo amado”. El hijo es el que se parece al padre y el Padre se reconoce en Jesús de Nazaret. Y Jesús en las tentaciones nos demuestra cómo se comporta el Hijo de Dios, es decir, aquel que siempre se deja conmover de su identidad que reproduce el rostro del Padre Celestial. Además, el Espíritu se posó sobre Jesús en la escena del bautismo, dejando en claro que Jesús es el nido del Espíritu Santo y es el Espíritu quien conduce toda su existencia.

El Maligno nos sugerirá el dios de este mundo y deseará que tú te asimiles, te parezcas a este mundo; a lo que Jesús te dará su respuesta a todas las insinuaciones mundanas que el diablo nos plantea diariamente. El diablo siempre se empeñará en separarnos y de dividirnos.

La primera tentación que el maligno hace a Jesús es demasiado actual para nosotros.

«En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo.

En todos aquellos días estuvo sin comer y, al final, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan».  Jesús le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre”».

El Espíritu guió a Jesús al desierto. El desierto es una imagen bíblica que nos recuerda al éxodo del pueblo de Israel,  del pueblo de Israel, el cual pasó 40 años, toda una generación en el desierto. El desierto indica el camino que hizo Jesús en este mundo; indica toda su vida. Jesús experimentó las necesidades de la vida biológica; ha tenido hambre de pan, necesidad de un techo para refugiarse, del agua para saciar su sed, necesidad del vestido para cubrirse y protegerse del frío, necesidad de las relaciones sociales y de los amigos y familiares, la necesidad de tener una buena salud y estar en forma, etc. Y Dios pone a su disposición las cosas que sus hijos necesitan para su sustento; y con su capacidad el hombre se procura, con su trabajo, la respuesta a satisfacer esta hambre. Y es en esta relación con los bienes materiales, con el pan material, donde se presenta la tentación.

Dentro del hombre experimenta un impulso que en la parábola es presentada con la voz del diablo. Y ¿qué cosa te dice ese impulso o voz del diablo? Te invita a replegarse sobre esta realidad material y considerar a las cosas materiales como absolutos. De tal modo que te comprometas por lo material y no te compliques la vida para nada más. La catequesis del maligno es; busca la salud, la profesión, el éxito, el dinero, ya que esto es lo único que cuenta y vale realmente y el resto ni te intereses ni pierdas el tiempo.

La frase de maligno dicha a Jesús «di a esta piedra que se convierta en pan». Es decir, lo que el maligno le está diciendo a Jesús que se interese por las necesidades materiales de la gente; dedica todo tu tiempo a construir este mundo donde todos estén bien y tus capacidades son suficientes para conseguirlo. Tus capacidades ponlos al servicio de las necesidades materiales de los hombres; de tal modo que si haces esto ya habrás realizado tu misión. Enseña a tus discípulos a empeñarse con estas cosas materiales. Si haces esto, si buscas el bienestar material de la gente, este mundo te amará (te dedicará una calle, un puente, una estatua, serás hijo adoptivo del pueblo…), porque la gente quiere esto y nada más. Este es el razonamiento del maligno. Esta tentación la experimentamos hoy y estamos llamados a dar la misma respuesta que dio el Hijo de Dios. El demonio te dice que tú puedes ser como un dios, es decir, que puedes producir bienes materiales y todo el mundo te querrá, porque les das lo que ellos desean y anhelan. Este modo de actuar se presenta incluso en los que se creen creyentes, y sin darse cuenta dan a la vida biológica un valor absoluto, como si fuera la única vida. Muchas veces las expresiones nos traicionan y desenmascaran nuestro modo de pensar y actuar, cuando decimos ‘lo importante es la salud’, la salud es importante, pero lo importante es Dios. O se dice ‘recé para sanarme’; uno no puede utilizar la religión para lo material. O utilizar la fe cristiana o los movimientos de la Iglesia –siendo incluso opciones preferenciales en las pastorales diocesanas- para transformar la sociedad en justa, en solidaria, en una sociedad del encuentro, donde todos nos cuidemos… pero se descuida la conversión personal y el encuentro con Cristo que es lo más esencial del cristiano. Todo siempre al servicio de la vida biológica, ya que es lo único que interesa, como si fuera la única vida. La tentación es que vivamos para estas cosas materiales y considerarlas como nuestro dios.

La respuesta de Jesús a esta tentación del pan es que  «no solo de pan vive el hombre». Jesús no niega que nos debamos de empeñar y comprometernos con el pan y las necesidades materiales, afectivas, solidarias, de transformación…que nutre nuestra vida biológica y que es caduca. De hecho el verbo ‘comer’, φαγετε, es muy empleado, hasta 910 veces en el Antiguo Testamento. Esto demuestra cuánto se preocupa Dios por nosotros; pero el hombre no vive sólo del pan material, ya que precisa de un alimento que nutra la vida del hijo de Dios que está en él, no la vida que perece, la cual es importante, pero la vida que no perece es aun mucho más importante para la persona. Y esa vida sobrenatural debe de manifestarse en nosotros y debe de crecer dentro de nosotros. El Padre del Cielo nos ofrece una vida eterna, una vida que  no termina y que tiene su punto de partida en el aquí y ahora, y que tiene su alimento y es impulsada por la Palabra de Dios y por la Sabiduría que viene del Cielo. Si uno no alza la mirada al Cielo para poder descubrir el sentido último de su existencia estará siempre plegado a la realidad de este mundo y termina retornando al mundo de los primates de donde deriva nuestra vida biológica. Es una llamada urgente a revisar el modo de cómo nos relacionamos con los bienes de este mundo. ¿Nos relacionamos con los bienes de este mundo como creyentes o como paganos que creen solo en la vida material? Es muy fuerte la tentación que nos lleva a acumular los bienes materiales, por eso es fundamental alimentarnos de los alimentos que nos viene de lo alto del Cielo.

 

«Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me ha sido dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo». Respondiendo Jesús, le dijo:
«Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”
».

El maligno nos sugiere un modo de relacionarnos con los bienes de este mundo y nos invita a que los guardemos para nosotros mismos, que no los compartas, acumula los bienes. Y la respuesta que Jesús da ante este impulso de la carne, como la llama Pablo, es enseñándonos a dar el justo valor a los bienes de este mundo. Pero no solamente nos preocupamos por las realidades materiales, sino también nos interesa bastante el modo de cómo nos relacionamos con todos los que están a nuestro lado. Es en esta relación con los demás donde el maligno nos da una sugerencia incorrecta, dañina, perjudicial, totalmente opuesto a lo que nos sugiere la voz del Espíritu. Este segundo conflicto o tentación es presentado con una segunda parábola, nos dice que el diablo lo llevó a lo más alto para que pudiera contemplar a todos los reinos del mundo. A lo que el maligno le dijo que todos los reinos le entregaría con tal que cumpliera la condición de adorarlo. El demonio le dice a Jesús que es el Maligno el que domina el mundo y que manipula a los hombres y ellos lo aceptan.

Lo que el Maligno nos sugiere es que en tu relación con tus semejantes tú trata de emerger, de sobresalir, de dominar, someter a los demás para que te sirvan. El demonio le decía a Jesús que para obtener el objetivo de construir tu reino me tienes que escuchar: tienes habilidades, eres inteligente y puedes hacer que todos te presten atención y se inclinen ante ti; de este modo dejarás una huella de tu paso por este mundo, los libros de historia hablarán de ti. El Maligno le dijo a Jesús que podía tener todos los reinos de la Tierra pero cumpliendo una condición: debes adorarme. ¿Qué significa que se ponga de rodillas o que le adore? Significa que debe obedecer a sus criterios demoniacos, a sus órdenes, a sus solicitudes y de este modo te enseñaré cómo funcionan las cosas en el mundo, porque el mundo está en las manos del Maligno y la gente le escucha, ¿no te das cuenta de cómo se comporta todo el mundo?; entre ellos están en competición continua, se pisan los unos a los otros, se traicionan mutuamente para trepar en los cargos, etc. En el libro del Eclesiastés o Qohélet, en el capítulo 4 nos dice que los hombres todo lo hacen como si fuera una competición y por competencia. El Maligno nos invita a entrar en esta competición. Compete, gana y así puedes instaurar tu reino, tu voluntad. He aquí la propuesta engañosa que el Maligno ha hecho a Jesús, la cual es la misma que nos sigue haciendo a cada uno de nosotros. Este tipo de personas que han pactado con el Maligno hacen que su dominio sobre el prójimo sea de opresión. ¿Cuál fue la respuesta de Jesús? A este impulso de prevalecer, de dominar en la relación frente a los otros y de tratarlos como seres inferiores es la de dejarse dominar y servir. Es el ponerse al servicio de los demás, no dominar, sino servir a los demás.

La respuesta de Jesús fue «“Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». ¿Qué significa ‘dar culto a Dios’? Dar culto a Dios significa escuchar su Palabra, adherirse a su propuesta. ¿Y qué propone la Palabra de Dios? La Palabra de Dios nos dice que está muy bien que quieras ser grande, ahora bien, yo te enseñaré a ser grande: si quieres ser grande dominando sobre los otros es una falsa grandeza, es una enfermedad. Si quieres realmente ser grande empieza a servir a tu prójimo. No eres grande cuando ocupas los primeros puestos o cuando estás en lo alto para que todo el mundo te vea para que todos te aplaudan. Eres grande cuando bajas y eliges el último puesto. Eres realmente grande no cuando recurres a la violencia para dominar a los demás, sino cuando se hace la paz. Tal y como dice la carta a los filipenses «tened los mismos sentimientos que Cristo, el cual no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose como uno de tantos. Se humilló y se hizo obediente hasta la muerte y una muerte en cruz”» (cfr. Flp 2,3-8).

El peligro está en comportarse de un modo incorrecto con los bienes de este mundo y luego el peligro de comportarse con los demás de una manera incorrecta.

 

La tercera parábola que nos presenta Lucas:

«Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te cuiden”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece contra ninguna piedra”». Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

Acabada toda tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión».

La tercera tentación está ambientada en el pináculo del Templo. ¿En qué consiste esta tentación? Desde lo alto del pináculo del Templo se contemplaba toda la explanada, allí era donde se realizaba la práctica religiosa del pueblo de Israel. Allí la gente iba a ofrecer sacrificios y holocaustos al Templo; de tal manera que la gente, a través de la mediación de los sacerdotes, podía obtener los favores del Señor. Ellos merecían alcanzar el favor, no se daba nada gratis; allí imploraban las gracias haciendo los votos, ayudando, llevando una vida conforme a los mandamientos: Si tú obedeces a Dios es entonces cuando Dios estaría también dispuesto a concederte maravillas y prodigios. Ahora bien, si transgredes sus mandamientos le va a hacer rabiar y te castigará. Aquí está la tentación; aceptar estas imágenes de Dios adorado en el Templo. El Maligno dijo a Jesús que aceptase esta religión, porque a la gente le gusta mucho este dios al que tienen que aplacar la ira con ofrendas y holocaustos. De tal manera que si uno le hace la pelota y se porta bien, ese dios le concede todos los favores.

Era el dios con el que se instauraba y se establecía una relación comercial con ellos; si ellos entregaban algo que le pudiera gustar a ese dios, ese dios les iba a premiar con generosos regalos. El Maligno le decía a Jesús: dado que tú eres un el Hijo de Dios eres una persona buena y eso hace que Dios te ame,  por lo tanto puedes tirarte del pináculo del Templo, porque con la gente buena como tú, Dios hace milagros y enviará a los ángeles para salvarte.

La tentación nace de una interpretación distorsionada de la Palabra de Dios. El Salmo 91 dice que «No se acercará la desgracia,
ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Te llevarán en sus palmas,
para que tu pie no tropiece en la piedra
» (cfr. Sal 90). Esta imagen de Dios, Jesús la refuta porque es diabólica. Distorsiona la identidad de Dios que es amor incondicional, que sólo hace el bien a todos, sean como sean los hombres, ya sea bueno o malo, justo o injusto. Con Dios no se comercia, no hay nada que darle; sólo uno puede recibir gratuitamente. Si te portas bien, si te adhieres, si te unes, si sigues las indicaciones de Jesús realmente vivirás como un hombre; sólo podemos darle gracias por la luz que él nos ha entregado, pero él distribuye gratuitamente sus favores. El Dios que piensas que por portarte bien te da un premio es un ídolo, es diabólico, es esta la tentación. En esta tentación están involucrados muchos cristianos que creen en Dios y que están convencidos de que se tienen que comportarse bien, pero luego piensan que Dios les debe de proteger más que a los demás, protegerles de una manera extraordinaria de todo mal cuando le invocan. De hecho, cuando ellos se ven afectados por las desgracias, enfermedades, desastres –tal y como pasa al resto de los hombres creyentes y no creyentes- se sienten sorprendidos y traicionados y abandonados por su Dios. ¿Y ahora qué cosa dicen estas personas? Dicen cosas tales como ¿para qué sirve la fe?, ¿para qué sirve comportarse bien si el Señor nos trata como a los demás, como a todos aquellos que se comportan mal? Y sostienen diciendo que si fuera un Dios intervendría con un prodigio y no entienden el  por qué no lo hace. Y ellos llegan a la conclusión que ese dios no les protege por la simple razón de que no existe ya que no ha intervenido para evitarles ese mal, esa enfermedad, esa catástro, etc. Porque todo esto es un ídolo inventado por el Maligno.

 Es la tentación que el pueblo de Israel atravesó en el desierto, porque cuando les faltaba el agua ellos decían ‘¿el Señor está con nosotros sí o no?’. Recordemos el capítulo 17 del libro del Éxodo. Y de este modo ellos dudaban del amor de Dios. Cuando dice que « sus ángeles acerca de ti, para que te cuiden», no es cierto pero no como el diablo lo interpreta. En la Biblia los ángeles no tienen nada que ver con Hermes o Mercurio con alas; ángel en la Biblia es todo aquel que se convierte en mediador del amor de Dios, de su atención al pobre, de su ternura con los que tienen una enfermedad o desgracia. Ángel es todo aquel que es mediador de la bondad de Dios. Dios pone a estos ángeles a nuestro lado y nosotros estamos invitados a ser ángeles para los demás para hacer presente esta ternura de Dios en el mundo.

¿Cómo responde Jesús a esta tentación de adorar a ese dios que era venerado de ese modo comercial y de trueque en el Templo? Le responde «No tentarás al Señor, tu Dios”». El que ama se fía de la persona amada y no necesita de ninguna prueba. No tiene el por qué pedirle una prueba de amor, porque pedir pruebas de amor indica que hay dudas. Jesús cancela para siempre la relación comercial con Dios porque esto ofende a Dios. Jesús, cuando fue ajusticiado y crucificado, ¿por qué Dios no interviene y se pone de parte del justo? ¿Por qué guarda silencio cuando su Hijo estaba siendo azotado, burlado, con la cruz acuestas y crucificado? ¿Por qué los  malvados deben triunfar sobre el justo? ¿Por qué Dios no interviene para desenmascarar la falsedad de Anás y de Caifás? Estas son preguntas que pudieron pasar por la mente de Jesús. Y son preguntas que todos tenemos ¿por qué han hecho a este responsable de un equipo o superior en una empresa cuando es un embustero y mentiroso? ¿Por qué la vida es a menudo injusta y cruel con los débiles y Dios no actúa? En estas preguntas está la tentación. La tentación es el dudar del amor de Dios. Jesús nos dice que no pongamos a prueba el amor del Señor. O te fías o no te fías de Dios. Jesús nunca pidió al Padre una prueba de su amor, nunca dudó de la fidelidad y del amor de Dios.

Continúa la palabra diciendo que

«Acabada toda tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión».

En estas tres tentaciones se resumen todo lo sucedido en la vida de Jesús. Jesús fue tentado de todas las maneras posibles: el modo de comportarse con nosotros de un modo incorrecto con las realidades materiales y de modo incorrecto con los que están a nuestro lado y con una relación incorrecta con Dios; y él siempre ha salido victorioso de estas tentaciones.

Nos dice que el Maligno se marchó hasta otra ocasión. En el evangelio de Lucas, Satanás no aparece más. Aparece en el capítulo 22 cuando se dice que Satanás había entrado en Judas para que pactase con con los Sumos Sacerdotes cómo entregarles a Jesús. Y ante la situación más dura donde Jesús fue tentado, estando clavado en el madero de la cruz, Jesús responde a esa tentación con las palabras que son victoriosas: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (cfr. Lc 23, 46). Así es como en Jesús se presenta la victoria sobre esta duda sobre el amor de Dios: Dios siempre nos ama de un modo incondicional.

Jesucristo siempre ha confiado en el amor del Padre; nunca necesitó de pruebas.

sábado, 1 de marzo de 2025

Homilía del Domingo VIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C Lc 6, 39-45

 

Homilía del Domingo VIII del Tiempo Ordinario

02.03.2025 Lc 6, 39-45

 

         La semana pasada Jesús nos entregó la enseñanza sobre el amor al enemigo que era una total novedad para el judaísmo. Es una novedad totalmente revolucionaria porque es la novedad del Reino de Dios traído por Jesucristo; se trata de la calidad en el amor para todos, sin excepción. Jesús nos propone una sublime propuesta de vida y se nos encargó de anunciarla a todos.

         A este punto Jesús siente la necesidad de ponernos en guardia de un peligro: El de considerarnos seguros de haber entendido todo y de estar seguro de llevar una vida en sintonía con el Evangelio. Al hacer esto caemos en la segura tentación de presentarnos ante todos como guías seguros, como maestros; de tal manera que cualquiera que quiera seguir a Cristo le basta con que nos escuche y nos mire. Esto es un peligro muy serio, y ante esto Jesús nos quiere advertir y lo hace con una parábola:

         «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?».

         Es algo elemental que un ciego no puede guiar a otro ciego. Hay una ceguera de los ojos, pero también hay una ceguera de la mente, una ceguera de la razón, una ceguera del corazón. Los profetas denunciaron la ceguera del pueblo de Israel que no seguía los caminos del Señor y ni siquiera se daban cuenta de que estaban fuera del camino. El propio Saulo era ciego y estaba convencido de ver correctamente y por eso perseguía con saña a los que aceptaban a Jesús como el Mesías. Y fue una luz venida del ciego, estando camino de Damasco, lo que le hizo caer en la cuenta de su ceguera y que empezara a ver. El propio Jesús recurre muchas veces a la metáfora de la ceguera, sobre todo cuando habla con los fariseos y escribas. Nos cuenta el evangelista Mateo que una vez Jesús tuvo una discusión acalorada con los escribas y los fariseos generada por las purificaciones antes de las comidas, llegando a decir una palabra tan fuerte como ‘hipócrita’; esto lo hizo porque ellos en vez de adherirse a la Palabra de Dios se inventaban una práctica religiosa con la que tranquilizasen su conciencia y se sintieran bien para con Dios. A lo que Jesús les llama ‘hipócritas’ (cfr. Mt 23), los está llamando comediantes. Y el propio Jesús, refiriéndose a los responsables del pueblo dice de ellos: «son ciegos, guías de ciegos» (cfr. Mt 15, 14). En la carta a los Romanos, el mismo Pablo que en su vida pasada había sido uno de esos ciegos, nos dice que cómo es posible que uno conozca la Torá, la Ley, y que se la enseña a los demás, pero no te lo aplicas a ti mismo (cfr. Rm 2, 1-11). Que uno predica que no se robe, y uno roba; que uno predica que no cometas adultero y en cambio lo cometes. Los ciegos son los que se jactan de conocer la Ley de Dios y en cambio ofenden a Dios porque la transgreden.

         Jesús está preocupado que entre sus discípulos aparezca esta autocomplacencia farisaica y se consideren como guías y como maestros.

         Los cristianos de los primeros siglos eran llamados ‘los Illuminati’, refiriéndose de cómo Cristo y con su Evangelio les había abierto los ojos para hacerles ver dos realidades: ver el rostro de Dios y luego ver al hombre auténtico. Estos ojos son abiertos por la luz de Cristo y de su Evangelio. Al tener los ojos abiertos saben y han descubierto que Dios castiga el pecado que hace daño y que quiere salvar al pecador. Nos invita a no condenar, sino a amar, ya que el amor está en la naturaleza propia de los hijos de Dios.

         Pero siempre está el peligro de sentirse seguros y de ser guías, como lo eran los escribas y los fariseos del tiempo de Jesús. Los discípulos son únicamente discípulos; los discípulos caminamos de un lado para otro con nuestros hermanos, ayudándonos entre nosotros para que mantengamos siempre el ojo fijo en nuestro único guía que es Cristo. Nosotros no somos los modelos de vida evangélica, no somos ni padres ni maestros modelos. Porque nadie se tiene que confrontar con nosotros, sino que se tienen que confrontar con Cristo. Porque en cada uno de nosotros hay tantas miserias, tantas incoherencias y tantas inconsistencias y no somos mejores que nadie. Estamos llamados a que todos nos confrontemos, no con nosotros, sino con Cristo. Cristo es el único modelo auténtico del hombre; Él es el único maestro. Nosotros somos muy frágiles, y de hecho nos lo recuerda san Pablo en la carta a los corintios que ‘llevamos un gran tesoro en vasijas de barro’.

         Aunque Cristo nos haya curado la ceguera no podemos bajar la guardia, porque pueden aparecer manchas en nuestros ojos que nos impidan ver como deberíamos; a lo que Jesús nos invita a que tomemos conciencia de nuestra fragilidad.

 

         «¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, ¿sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano».

         ¿Por qué miras la mota que tiene el ojo de tu hermano? Si se dan cuenta aparece unas cuantas veces la expresión “hermano”; es que Jesús no está hablando a los paganos, sino que se está dirigiendo a sus discípulos, a los miembros de la comunidad cristiana; sólo entre ellos se llaman hermanos. El título ‘hermano’ era el título más común con el que se identificaban entre sí los cristianos. Lucas se está metiendo y afrontando una problemática de su comunidad; una problemática que no difiere de las problemáticas de las comunidades cristianas de hoy.

         ¿Qué es mirar la mota del ojo del hermano? Jesús aquí no nos dice que ayudemos al hermano que se está extraviando o saliendo del camino; no dice esto, nos dice que no escrutes los errores del hermano para controlarlo. Esta es la malicia que Jesús no soporta. Ésta era una característica de los fariseos del tiempo de Jesús ya que ellos estaban escrutando y controlando a todos aquellos que transgrediesen las tradiciones. Este tipo de comportamiento de escrutar al hermano en sus defectos para controlarles y atacarles es algo propio de las personas muy piadosas y muy devotas, ya que controlan la vida de los demás y todo lo ven con sospecha; de aquí surgen los chismes que envenenan la vida de nuestras comunidades cristianas.

         Jesús nos hace una clara invitación a mirar primero a nuestros propios ojos y de asegurarnos de que realmente nosotros vemos bien. Los fariseos pagaban los diezmos de la menta y del comino, pero luego descuidaban la justicia y la misericordia. Por ejemplo, durante muchos milenios ha existido la creencia de que existían las guerras justas y se defendían y en cambio si se bebía un poco de agua o un trozo de pan durante el trascurso de la noche era pecado si se comulgaba. Hubo muchísimos cristianos en los Estados Unidos de América que hicieron una gran campaña contra los bailes de sociedad, pero no se hacían problema de la existencia de la esclavitud.

         Esto que nos dice Jesús es una realidad: Quien escruta la mota, la astilla (το καρφος), el defecto y el error del hermano, Jesús le llama ‘hipócrita’. El υποκριτα es el actor, el comediante que escruta al hermano ¿qué personaje representa? En este espectáculo indigno representan al Dios en el que ellos creen, en un Dios que ha dado la Ley y luego pasa todo su tiempo escrutando, vigilando a quienes comenten los pecados y va tomando notas en sus cuadernos, los cuales abrirá al final de los tiempos para acusar de todos los errores y pecados y así sacarlos a la luz ante todos; siendo esta la condena de todos los que han pecado, este es el Dios totalmente equivocado que tienen estos en mente. Y lo representan muy bien, porque ellos se comportan tal y como ese dios: Están escrutando las deficiencias y defectos del hermano. El comportamiento de estos hipócritas que ven el mal por todos lados tuvo efectos devastadores en las comunidades cristianas. Esta es una de las tantas razones por las que muchos se han distanciado de la Iglesia.

         El problema de fondo es ¿cómo saber -de entre aquellos que ahora pueden ver- los que pueden ayudar al hermano a seguir a Cristo? ¿Cómo reconocerlos? ¿Cómo saber si uno se puede fiar de sus consejos? Con las dos imágenes del evangelio de hoy Jesús nos ofrece el criterio para conocer y discernir de quienes uno se puede confiar. Estas son las dos imágenes planteadas por el Señor:

         «Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.

El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».

         ¿Cómo reconocer al verdadero discípulo? El verdadero discípulo lo reconoces rápidamente porque es una persona ‘hermosa’. No quiere decir que sea particularmente ‘guapa’ esa persona; pero sí es leal, confiable, atenta a los demás, servicial, generosa, que no tiene en cuenta los agravios recibidos. En estas personas hay ‘belleza’, ‘son personas hermosas’. Esta belleza es la que te hace reconocer al verdadero discípulo de Jesucristo. Jesús lo dice con una imagen: ‘el árbol bueno sólo produce frutos buenos’. Si la fruta está podrida quiere decir que no proviene del árbol bueno, del árbol hermoso, sino que procederá de un árbol malo. En el texto griego no habla de árbol bueno que da un fruto bueno; el texto original nos habla de δενδρον καλον; aquí no se trata de bondad, sino de belleza, excelencia. El árbol hermoso es Cristo y más hermoso que Él es imposible. Si eres una persona corrupta, desleal, disoluta, violenta eres feo, no hay hermosura, y por lo tanto eres una fruta podrida, lo cual no puedes provenir del árbol hermoso.

         Jesús está muy interesado en la belleza de sus discípulos y la belleza atrae a todos porque es irresistible ya que llama la atención de todos. Y uno se pregunta ¿cómo puedo llegar a ser tan hermoso como Cristo? La Iglesia debería ser la vitrina o escaparate en el que Cristo expone los frutos hermosos que produce su Evangelio; personas que irradian su belleza.

         Luego Jesús nos menciona dos árboles que son la higuera y la vid. Son significativos porque sólo hay tres árboles simbólicos para el pueblo de Israel; la higuera produce higos, la vid produce uva. Y estos productos -higos y uvas- son las dos imágenes de lo que el Señor espera de su pueblo. El higo indica la dulzura y las uvas que dan el vino indican la alegría. Aquí está el criterio para reconocer al verdadero discípulo; es uno que comunica dulzura y alegría. Uno que se compromete a construir en el mundo la alegría. Si te acercas a un hermano y sus palabras no te inspiran alegría ni esperanza, si no te sientes bienvenido ni acogido ni amado, déjalo solo porque no es un verdadero discípulo ya que proviene de las zarzas, de esos árboles en los que no circula la savia del Espíritu de Cristo.

         La segunda imagen es la del tesoro. Dice Jesús que en el corazón de cada uno hay un cofre que contiene un tesoro. ¿Cómo saber el tesoro que se tiene dentro? Es fácil. Nos lo dice Jesús: se revela en las palabras de su boca, porque la boca habla de lo que tiene el corazón. Si uno sólo habla de dinero, de deporte… significa que en su corazón está lleno de estas cosas. Es muy complicado pedir que este tipo de personas razonen con criterios evangélicos, porque otras cosas ya ocupan su corazón. Al verdadero cristiano lo reconocemos no sólo por sus obras, sino que también se nota inmediatamente por la forma de cómo habla, ya que sus palabras proceden de un corazón que rebosa de la sabiduría del Evangelio. Porque uno siente que juzga según los criterios del Evangelio; cuando debe de dar consejos lo hace haciendo referencia a lo que le ha enseñado el Evangelio y cuando tiene que tomar decisiones valientes lo hace desde el Evangelio que le inspira. De los labios de los cristianos sólo han de salir palabras de amor porque su corazón es un cofre del tesoro que rebosa del amor como le sucede al Padre Celestial.

domingo, 23 de febrero de 2025

Homilía Domingo VII del Tiempo Ordinario, Ciclo C Lc 6, 27-38

 

Homilía del Domingo VII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Lc 6, 27-38

 

         La semana pasada habíamos meditado sobre las bienaventuranzas que Jesús había pronunciado a todos aquellos que acepten su mensaje y su propuesta de hombre nuevo. La última de esas bienaventuranzas era esta: «Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre». El Señor nos dice que si razonas, si hablas, si vives de una manera evangélica te molestarán y te perseguirán todos aquellos que sigan otros principios, otros planteamientos, otras metas que tengan en la vida. La propuesta de Jesús es hacerse pobre y darle todo/vivir para el hermano mientras que los otros lo que plantean es acumular cosas para sí.

         Si uno acepta la propuesta del hombre nuevo que nos plantea Jesús nos constituimos en molestia para todos aquellos que viven según el hombre viejo, ya que obstaculizamos sus planes y sus proyectos ya que cuestionamos su propio modo de entender la vida. En la segunda carta a los Timoteo cuando las comunidades cristianas han tenido esta experiencia de la persecución «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución» (cfr. 2 Tim 3, 12). Si piensas y vives como los demás no tendrás problemas y te dejarán tranquilo, ya que no les molestas con tu forma de vivir mostrándoles ese modo de ser un hombre nuevo en Cristo. Hay muchas formas de persecución, no solamente la cruel con el derramamiento de la sangre; sino también la burla, la marginación, el insulto, el acoso en los medios de comunicación social, el desprecio de los signos de nuestra fe, etc. El impulso espontáneo es pagarles con la misma moneda; responder a la violencia con la violencia, al insulto con insulto, a la amenaza con la amenaza. El evangelio de hoy nos da las claves de cómo estamos llamados a comportarnos cuando se esté dando esta persecución. Escuchemos el modo de pensar de Jesús:

 

         «A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian».

         De la boca de Jesús han salido cuatro imperativos muy claros, los cuales no dejan margen de mal interpretación o de malentendidos. Si tú actúas de un modo diverso no actúas como un discípulo de Cristo.

         El primer imperativo es «amad a vuestros enemigos»: haz del bien al que te haga el mal. El verbo que se usa aquí no es el verbo que indica el amor hacia el amigo o un amor de amistad. Jesús era amigo de publicanos y de pecadores, pero no de Herodes Antipas ni de Anás y Caifás. Jesús los amaba y les quería salvar, pero no eran sus amigos. La amistad viene espontánea con aquellos con los que nos sentimos en sintonía y no puede ser impuesta con un imperativo. El verbo usado aquí es ἀγαπὰω, que indica un amor firmado, un amor sellado como hijo de Dios; indica el amor que viene de arriba, no el amor de naturaleza biológica, sino que viene del Cielo. Recordemos lo que Jesús dice a Nicodemo que es preciso nacer de lo alto, que estamos urgidos a nacer del agua y del Espíritu de Dios, y no de lo terreno. Da la bienvenida a una vida que viene de lo alto, que viene de Dios y que a ti te hace hijo de Dios, porque Dios te dona de su propia naturaleza. El impulso que te hace hacer el bien y solo el bien, procede de ese amor sellado por Dios, sin esperar nada a cambio, un amor sin condiciones. Y lo que se pretende es que el otro sea feliz, incluso si es tu enemigo.

 

         El segundo imperativo es «haced el bien a los que os odian». No confundamos el odio con la antipatía, con la aversión de aquellos que no nos resultan simpáticos. El problema está en que si no lo controlamos esta antipatía se puede convertir en odio; es decir, querer el mal para el otro. Es el que desea que el otro desaparezca porque está convencido que el mundo será mucho mejor sin él, sin su existencia: esto es el odio. Muchos por ser de Cristo y vivir en esas categorías de la nueva humanidad puede generar que otros nos odien. La pulsión natural es odiarle y desearle una desgracia. Pero esto no lo podemos hacer, ya que el espíritu que tenemos dentro de nosotros nos impulsará en sentido opuesto al odio, porque Dios ama a todos, a buenos y a malos, y manda la lluvia a justos e injustos. El hijo de Dios quiere que todos tengan la vida y la tengan en plenitud. Jesús nos invita y urge a aprovechar todas las oportunidades para hacer el bien posible a esas personas que nos odian. ¿Conseguiré que esa persona que me odia cambie? Tal vez no, tal vez se vuelva aún peor. Nuestra naturaleza de hijos de Dios es hacer el bien y amar; la vid produce uvas y no hace más que producir uvas porque esta es su propia naturaleza; lo mismo nosotros con nuestra propia naturaleza. Y si a esa vid le das una patada o le escupes, no dejará de producir uvas cuyo vino alegre a los hombres. La naturaleza del cristiano, que es hijo de Dios, es ἀγαπὰω, es el amor gratuito.

 

         El tercer imperativo es «bendecid a los que os maldicen». “Barak” בָּרַך en hebreo significa ‘dar vida’; maldecir es lo opuesto, ‘es querer la muerte’. Bendecimos a Dios porque reconocemos que recibimos de él la vida, la alegría; Dios nos bendice dándonos vida. La vida de los hijos de Dios, de todos nosotros, es como la del Padre del Cielo, no puede hacer otra cosa más que bendecir, buscar y desear la vida de todos. Cuando alguien me maldice es porque desea mi propia muerte y que desaparezca de la faz de la tierra. Nuestro corazón no está creado para ser un cementerio maldiciendo a los demás, sino un lugar de vida para los demás. Este modo de pensar a la hora de maldecir a alguien, para Jesús, es ya un homicidio. El discípulo no puede hacer otra cosa más que bendecir y ponerse a disposición de la vida, incluso de aquellos que le maldicen.

 

         El cuarto y último imperativo es «orad por los que os calumnian». Practicar los otros tres imperativos es complicado por eso pone Jesús el tema de la oración. Sólo la oración puede apagar nuestra agresividad; la oración desarma nuestro corazón. Con la oración se comunica los sentimientos del Padre Celestial y nos da la fuerza para vivir como sus hijos. La oración por el enemigo es el punto más alto en el amor porque presupone un corazón dispuesto a dejarse purificar de toda forma de odio. Cuando rezamos y ponemos delante a Dios no podemos mentir, no podemos engañarlo; en la oración pedimos a Dios que a mi enemigo le llene de bienes, le llene de regalos; esto es posible porque uno tiene el corazón en sintonía con el corazón del Padre del Cielo que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos.

 

         Además, Jesús explica sus imperativos con cuatro ejemplos prácticos.

         «Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames».

         El primer ejemplo se trata de la violencia física representada con la bofetada. Si uno te pega en una mejilla preséntale la otra. Quiero decirnos Jesús que tú no puedes responder a la violencia con la violencia; no es con la violencia como se construye el mundo nuevo. La violencia es incompatible con el Reino de Dios. Cuando Pedro ha pensado recurrir a restablecer el orden y la justicia recurriendo a la espada, Jesús le dice ‘vuelve a meter la espada en su sitio’. Un padre de la Iglesia, Tertuliano del siglo I, dice ‘tomando la espada de la mano de Pedro, Jesús lo tomó de las manos de todos sus discípulos’. En el escrito de la Didajé (didaché) (Διδαχὴ τῶν δώδεκα ἀποστόλων) da unas disposiciones muy claras al respecto, dice cosas como estas: ‘el soldado que está bajo la autoridad de un superior no matará a nadie; y si recibe la orden de matar no matará a nadie’; ‘El cristiano que quiere ser soldado es excomulgado porque ha despreciado a Dios’. En los primeros siglos el rechazo de la violencia era completo. No recurras a la violencia para restablecer la justicia.

         El segundo ejemplo nos habla del comportamiento del bandido que cuando te encuentra te roba la primera cosa que logra quitarte. Y la primera cosa que podía quitarte era la capa y uno se quedaba únicamente con la túnica. Jesús dice que le demos también la túnica. Si uno se quita la túnica, uno siente y experimenta el mismo frío que los pobres tirados en la calle o que duermen debajo de un puente. Es significativo lo que Jesús les pide a sus discípulos.

         El tercer ejemplo es la petición de ayuda que a veces se hace sin discreción y que crea cierta situación vergonzosa. Jesús dice a sus discípulos que no busquemos excusas para evitar la necesidad del hermano; si tú puedes ayudarlo, hazlo. Ten cuidado que lo que hagas sea realmente para el bien del hermano. En la Didajé, que es una especie de catecismo, hablando de la limosna y del bien que puedes hacer al hermano se dice que ‘ten cuidado a quien se lo das, no sea que des limosna a quien no lo necesita’.

         El cuarto ejemplo se refiere a la injusticia económica. Alguien que se apropia de lo tuyo. Jesús da pautas de cómo reaccionar. Jesús no invita a la pasividad y no nos dice que nos comportamos como unos tontos e ingenuos. Jesús sugiere la acción positiva para ayudar al malvado a que se de cuenta de que se está comportando mal. El cristiano no es alguien que tolere pasivamente las injusticias; pero cuando la única vía para obtener la justicia sea la violencia, es entonces cuando el discípulo se detiene y acepta soportar el peso de la injusticia.

 

         «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo».

         Jesús nos da ejemplos prácticos. Jesús continúa introduciendo el tema de la gratuidad, que es la característica el amor cristiano. Aunque en la traducción se dice ‘mérito’, no es esa la palabra adecuada en la traducción. Lucas tiene muchas más finura y delicadeza, no dice mérito, sino que elige otro término griego χάρις, ‘gracia’, ‘gratuidad, gratuito’.  La traducción sería ‘si amas sólo a los que os aman, ¿dónde está la gratuidad?’ Amar a los que nos aman es un amor que procede de lo biológico, que viene de la tierra y no tiene la característica de un amor diferente. La gratuidad es la característica de un amor diferente; es la gratuidad lo que garantiza el amor firmado que sólo puede venir de Dios. El impulso natural nos lleva a una dirección opuesta; nos lleva a pensar en nosotros mismos y pensando siempre en obtener la recompensa o beneficio oportuno, espera la reciprocidad. Es la gratuidad la que nos permite identificar de modo inconfundible que somos hijos de Dios, porque uno ama como le ama el Padre que está en el Cielo. Y este amor que nos viene de Dios a cada uno es un amor gratuito. Y a través de esta gratuidad se trasparenta y se comunica a todos los hombres el esplendor del amor del Padre Celestial. El amor gratuito es la prueba irrefutable de la presencia en nosotros de una vida que no procede de la tierra, sino de lo alto. Una gratuidad, una gracia que es un reflejo del amor de la belleza de Dios.

 

         «Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos».

         Jesús nos ha manifestado las ocasiones privilegiadas en las que podemos manifestar el amor gratuito. Cuando te encuentres con tu enemigo tienes la ocasión de hacer el bien a aquel que te ha hecho el mal. Y este amor no viene de la naturaleza biológica, sino que viene de la vida divina que Dios te ha donado, te ha regalado con su Espíritu. Jesús dice que no pierdas estas oportunidades. Para Jesús el bien se ha de hacer excluyendo toda búsqueda del propio beneficio; no lo hacemos para poder acceder a una posición más alta en el Paraíso, no lo hacemos por eso; recordamos que es un amor gratuito, sin esperar nada.

         La primera condición para ser su discípulo es ‘deja de pensar en ti mismo’; ‘estás llamado a pensar a amar gratuitamente a tu hermano, a estar disponible para su vida’. Es la gratuidad es la característica del amor que Cristo propone a sus discípulos. No lo hacemos para buscar la paz interior o la completa serenidad o el completo autocontrol de uno mismo, ya que si lo hiciéramos de este modo nos estaríamos buscando a nosotros mismos y a nuestra propia gratificación. El discípulo no puede dejarse tocar ni influir por pensamientos egoístas, ni aceptar planteamientos de autocomplacencia. Recordemos que Jesús nos dijo ‘que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha' (cfr. Mt 6,3). Se dio una espiritualidad del pasado de ir acumulando méritos para luego poder ir al cielo; ésta era una espiritualidad egoísta.

         ¿Qué recompensa promete Jesús a los que aman de esa manera gratuita? Es mucho más que un puesto en el cielo; serán hijos del Altísimo; el premio es ser semejante al Padre del Cielo que ama gratuitamente y tú y yo lo podemos ya experimentar en esta tierra ese amar con ese amor gratuito; por eso somos semejantes al Altísimo.

 

         El texto concluye con la exhortación a los miembros de la comunidad cristiana para que hagan visible a los ojos de todos este rostro del Padre Celeste.

         «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida que midiereis se os medirá a vosotros».

         Sed misericordiosos… esta palabra ‘misericordioso’, Dios nos ama porque somos sus hijos. Nos dice que no juzguemos porque la primera víctima de error es quien lo comete porque se termina deshumanizando; pero sigue siendo hijo de Dios. Dios está visceralmente enamorado del hombre. Es propio de la naturaleza de Dios el amar incluso a aquellos que hacen el mal. Dios no puede dejar de amar incluso al peor criminal; y es en este amor incondicional y visceral que no razona con la cabeza, razona con el corazón que revela la naturaleza de Dios.

         Nosotros no nacemos misericordiosos; nacemos replegados en nuestro yo, en nuestro propio egoísmo, en nuestros propios intereses. Poco a poco estamos urgidos a crecer, no a replegarnos en nosotros mismos, en esta vida divina que nos ha regalado Dios. Jesús nos da dos comportamientos que tenemos que evitar: no juzgar y no condenar. Pero ¿cómo no juzgar y condenar a un criminal de un crimen? Lo explico: son dos verbos muy distintos, uno es κρίνω, que significa ‘discernir, decidir’ y lo que dice Jesús que no se condena a la persona, sino que Dios condena el mal que hace daño a su hijo; condena el pecado, pero no a la persona. Condena el error y el pecado que has cometido y retoma la vida. Ámate a ti mismo y ama a los demás.

         Y el Señor nos da dos comportamientos positivos: el primero es perdonar. Pero la traducción debería ser la del verbo ‘ἀπολύετε’ que significa ‘disolver’, ‘desatar’; no mantener a las personas atadas con una cuerda alrededor de su cuello por haber pecado o cometido un error. Una persona que ha cometido un error no tiene por qué estar toda la vida atada a ese error. No se puede identificar a la persona con un error que ha cometido. Si tu disuelves ese error, te vuelves libre y uno comprenderá sus propias fragilidades y vivirás feliz y no atado a un error que ha cometido en el pasado.

         Dad y se os dará. ¿Qué cosa se nos dará en una mesura extraordinaria? Se nos dará la identidad con el Padre del Cielo; es decir, la semejanza con Dios, la cual es proporcional a nuestra capacidad para dar amor. Se nos invita a donar amor para que así podamos crecer en la semejanza del Padre que es misericordioso.