sábado, 11 de abril de 2026

Homilía del Segundo Domingo de Pascua, Ciclo A - n 20, 19-31 «Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús»

 

Homilía del Segundo Domingo de Pascua, Ciclo A

Jn 20, 19-31 «Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo,

no estaba con ellos cuando vino Jesús»

 

El amor corre antes que las respuestas.

En el pasaje evangélico del día de Pascua nos hemos encontrado con tres personas a las que Jesús había implicado en su amor y que fueron al sepulcro.

María Magdalena llegó a la tumba cuando todavía estaba oscuro. Vio que la piedra había sido removida y que el cuerpo de Jesús ya no estaba. Pensó que se lo habían llevado y corrió a comunicarlo a los discípulos.

Los signos hablan,

aunque todavía no lo expliquen todo.

Entonces Pedro y el otro discípulo, aquel a quien Jesús amaba, corrieron al sepulcro y comprobaron que lo que había dicho Magdalena era verdad. La piedra había sido removida. El lienzo que envolvía el cuerpo de Jesús había quedado en el suelo, caído, porque el cuerpo ya no estaba. El sudario, en cambio, estaba enrollado en un lugar aparte.

La fe comienza cuando la muerte

deja de tener la última palabra.

Ante estos signos, el discípulo amado empezó a comprender. Aquí ha sucedido algo inaudito. Aquí la muerte ha sido vencida. Y comenzó a creer.

Esto es lo que sucedió en la mañana de Pascua. En el pasaje evangélico de hoy, Juan nos cuenta lo que ocurrió en la tarde del mismo día de Pascua.

         El miedo encierra;

el Resucitado reúne.

«Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».

Los discípulos estaban encerrados en casa, con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. Fijémonos bien ya que no se habla de los apóstoles ni tampoco de los diez, porque ya no son Doce. Judas ha abandonado el grupo y Tomás está fuera, porque él no tiene miedo. Aquí se habla de los discípulos, y el evangelista Juan quiere incluir a todos aquellos que, en cualquier tiempo y en cualquier lugar, aun con perplejidades, incertidumbres y fragilidades, han dado su adhesión al Maestro. Juan quiere que en estos discípulos asustados y encerrados nos reconozcamos también nosotros, con todos nuestros miedos.

Tienen miedo a los que se oponen

a Jesús y a su Evangelio

Aclaremos primero quiénes son esos que infunden temor a esta pequeña comunidad. Son «los judíos». Pero, en el Evangelio según Juan, esta expresión no designa a los israelitas ni a los habitantes de Judea. Designa a todos aquellos que, en cualquier tiempo y lugar, se oponen a Jesús y a su Evangelio. Representan a quienes prefieren la tiniebla a la luz, la mentira a la verdad, el odio al amor.

El miedo nace de que se tiene

que enfrentar a un mundo hostil.

El miedo de esta pequeña comunidad nace de que sabe que tiene que enfrentarse a un mundo hostil. Tiene que proponer una sociedad alternativa y fraterna dentro de un imperio sostenido por la esclavitud. Tiene que anunciar el amor incondicional de un Dios que es Padre de todos, que ama a todos sin medida, en un mundo pagano e idólatra. Tiene que denunciar el uso de la espada en un mundo donde manda la ley del más fuerte y donde se recurre a la violencia para imponerse y dominar. Tiene que proponer una sociedad distinta, y tiene miedo.

Esta pequeña comunidad encerrada en el cenáculo es imagen de la Iglesia cuando teme confrontarse con el mundo, con quienes piensan y viven de otro modo. Y cuando la Iglesia tiene miedo, ¿qué hace? Exactamente lo que hizo aquella pequeña comunidad de Pascua: se atrinchera, se aísla, se repliega sobre sí misma. Y el miedo es un pésimo consejero, porque puede volvernos agresivos, intolerantes, fanáticos. Entonces ya no se dialoga, ya no se proponen las propias convicciones, sino que se intenta imponerlas. Y eso es lo que ha sucedido también en la historia de la Iglesia. El miedo.

El miedo no evangeliza:

endurece.

Lo hemos visto a lo largo de los siglos. Cuando la Iglesia ha tenido miedo de la ciencia, se ha atrincherado contra el racionalismo, contra los descubrimientos científicos de Galileo, contra las teorías evolucionistas. Ha tenido miedo de la democracia, de la libertad de conciencia, de la libertad religiosa. Ha tenido miedo incluso de los estudios bíblicos, de nuevas interpretaciones suscitadas por los descubrimientos arqueológicos y por el estudio de los textos y de las literaturas orientales, que ponían en cuestión lecturas fundamentalistas de la Biblia. Y tuvo que llegar un concilio para barrer esos miedos.

También hoy hay muchos miedos. Y algunos están justificados, pero tienen que ser superados. La Iglesia debe confrontarse con una sociedad cada vez menos dispuesta a acoger las propuestas evangélicas, y eso lo sabemos bien. Hablar de renuncia, de sacrificio, de atención al otro, de dar la vida por los más pobres… son proyectos de vida exigentes; lo sabemos. Son propuestas que hoy parecen haber pasado de moda. Y entonces aparece la tentación: mantenerse lejos de esta sociedad.

Se tiene miedo de ser considerados retrógrados, medievales, gente que no va al ritmo de los tiempos. Y así se renuncia a llevar al mundo el anuncio del Evangelio.

El acontecimiento que lo cambia todo.

¿Qué saca a estos discípulos de la comunidad de Jerusalén de sus miedos? ¿Y qué debe sacarnos hoy a nosotros de los nuestros? Jesús, que se pone en medio de ellos y dice: «Paz a vosotros». El acontecimiento que lo cambia todo es el encuentro con el Resucitado, la toma de conciencia de que no estamos solos, de que Cristo está con los discípulos y permanece en medio de su comunidad.

Un nuevo modo de estar presente

entre los discípulos

El evangelista desea que caigamos en un detalle importante: Juan no cuenta aquí una aparición de Jesús. No dice que Jesús se hiciera visible y luego volviera a hacerse invisible. De hecho, el evangelista Juan no habla nunca de apariciones de Jesús, no dice que fue visto; dice que está en medio de la comunidad. Está hablando, por tanto, del comienzo de un modo nuevo de estar presente entre los discípulos.

Cuando Jesús estaba sometido a los límites de la condición humana, tenía los límites del espacio y del tiempo. Cuando estaba en Jerusalén, no podía estar con su madre en Nazaret. Ahora, en cambio, el Resucitado ya no tiene esos límites: está siempre en medio de su comunidad, está siempre con sus discípulos, en cualquier lugar y en todo tiempo.

Las cobardías solo empiezan a desvanecerse cuando la Iglesia, cuando estos discípulos, toman conciencia de que no están solos, sino de que el Resucitado permanece siempre en medio de ellos.

Las manos muestran la verdad de una vida.

«Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor».

La interpretación más inmediata del gesto de Jesús, cuando muestra sus manos y su costado, es pensar que quiere dar prueba de su identidad, como si dijera: «¿Veis? Soy yo». Pero el significado de ese gesto va mucho más allá. 

Las manos indican las obras

que una persona realiza

Además, a una persona no se la reconoce por las manos, sino por el rostro. Entonces, ¿por qué Jesús muestra precisamente las manos? Porque la mano indica la acción, las obras que una persona realiza. Con las manos se puede acariciar o golpear; se puede dar vida o quitarla; se puede levantar o aplastar. En el fondo, nuestra vida será juzgada también por la obra de nuestras manos. Cuando nos presentemos ante el Padre del cielo, nos dirá: «Déjame ver tus manos». ¿Han dado de comer al hambriento? ¿Han dado de beber al sediento? ¿Han vestido al que estaba desnudo? (cfr. Mt 25, 31-46); (cfr. Is 58,7; Tb 1,17; Tb 4,16; Ez 18,7.16; Prov 25,21; Gn 24,17-20; Job 22,7; Job 31,19-20; Gn 18,1-8; Gn 19,2-3; Job 31,32; Dt 10,18-19; Sir 7,35; Is 58,6; Tb 1,17-18; Tb 2,7-8).

Jesús ha venido al mundo para mostrarnos las manos de Dios, para hacernos ver cómo son las manos del Hijo de Dios. Y a esas manos deben corresponder las obras de las manos de todos los hijos de Dios.

En el Antiguo Testamento se habla muchas veces de las manos de Dios que realizan obras maravillosas en favor del hombre; pero alguna vez se habla también de unas manos que golpean. Cuando Dios extendía su mano sobre Egipto, llegaban las plagas. En el capítulo 15 del libro del Éxodo se dice: «Tu diestra, Señor, tritura al enemigo» (cfr. Ex 15, 6). Y también en el libro de los Macabeos, el séptimo de los hermanos, antes de morir, le dice al verdugo: «No escaparás de las manos de Dios». Es un lenguaje que aparece raramente incluso en el Nuevo Testamento. En la carta a los Hebreos se dice: «Es terrible caer en manos del Dios vivo». El autor está hablando de quienes han tomado decisiones de muerte y los condena con fuerza, empleando ese lenguaje intenso de ciertas homilías rabínicas.

Las manos de Jesús

siempre están al servicio de la vida.

Pero en las manos de Jesús contemplamos la revelación definitiva y perfecta de la mano de Dios, de la obra que Dios realiza. Si abrimos los Evangelios, vemos continuamente lo que hacen las manos de Jesús: devuelven la vista al ciego de nacimiento, acarician a los leprosos, a quienes nadie podía acercarse, parten el pan y lo comparten, levantan al paralítico que no logra moverse.

Son manos que bendicen a los niños a los que ha tomado en brazos. Son manos que, durante la última cena, lavan los pies en el servicio más humilde. Son siempre manos al servicio de la vida. Esa es la razón por la que Jesús las muestra. Son su propuesta; una vida gastada entera y solamente por amor. Estas son las manos del Hijo de Dios, y las ofrece a todo el que quiera ser hijo de Dios.

El mundo viejo clava las manos que aman.

Y esas manos están heridas, porque han sido traspasadas por los clavos. ¿Quién las ha clavado? Esas manos las clavan aquellos que querían perpetuar la obra de las manos que destruyen, las manos que ejercen violencia, que agreden, que hacen guerras, manos que toman en vez de dar. Ese era el mundo viejo. En el mundo antiguo, las manos se movían así: para dominar, no para servir.

Por eso, quienes no querían el mundo nuevo clavaron esta propuesta que el Hijo de Dios había venido a traer: usar las manos solo para amar, incluso al enemigo. Y aquí podemos preguntarnos, sin dramatismos, pero con sinceridad: nuestras manos, en lo concreto de cada día, ¿se parecen más a las del Reino o a las del mundo viejo? Porque a veces uno no necesita empuñar una espada para herir; basta con cerrarse, retener, endurecerse. Y esas también son manos que hablan.

Del costado de Cristo brota la fuerza para amar.

Jesús no muestra solo las manos; muestra también el costado. ¿Por qué? Porque para emplear las manos como Él las empleó hace falta una fuerza, una vida nueva: su mismo Espíritu, esa vida divina que lo impulsó siempre a realizar obras de amor. Por eso aparece la referencia al costado del que brotó sangre y agua. Y la sangre y el agua, en la Biblia, indican la vida.

De ese costado ha salido ese Espíritu que nos da también a nosotros la fuerza y la capacidad de mover nuestras manos por amor, como las movió Él.

La consecuencia de adherirse a esta propuesta suya es la alegría. La alegría nace cuando acogemos y encarnamos su modo de ser hombre, porque nosotros hemos sido hechos para vivir como Él vivió. Solo así estamos en armonía con nuestra verdadera identidad humana.

La tristeza, en cambio, nace cuando pensamos que entregar la vida es fracasar. La alegría nace del descubrimiento de que el amor construido por nuestras manos nunca será borrado.

El Resucitado no nos quiere encerrados.

«Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Los discípulos se sentían seguros en la casa donde estaban, con las puertas atrancadas. Pero el Resucitado no quiere que permanezcan allí dentro: tienen que salir, porque los envía al mundo. Y, puesto que esos discípulos somos hoy también nosotros, conviene preguntarnos cuáles son las razones por las que tantas veces nos resistimos a dejarnos implicar en la misión que Él nos confía.

Con frecuencia oímos a los cristianos repetir: ¿qué vamos a anunciar en un mundo ocupado en cosas muy distintas, a personas que piensan y viven de un modo completamente diferente del Evangelio, que ni siquiera quieren ser molestadas por este mensaje y que, a veces, hasta se burlan de nosotros? Y además, ¿no es verdad que el mundo va mal, incluso cada vez peor? Corrupción por todas partes. Cada uno piensa en sí mismo y en disfrutar de la vida.

Son dificultades reales. Y creo que el Resucitado respondería así a nuestras objeciones: «¿Qué esperabas? Si en el mundo reinaran el amor, la fraternidad y la paz, no te habría enviado». El Padre me envió a mí al mundo, y ha amado a este mundo que necesita el Evangelio; y también tú debes amarlo. 

El Evangelio se anuncia

precisamente donde hace falta.

Es verdad que, ante las fuerzas del mal presentes en el mundo, nos sentimos débiles. Y sabemos bien que hay algo de verdad en la provocación del diablo a Jesús cuando, al tentarlo, le dice que todo el poder y toda la gloria de los reinos del mundo están en sus manos. Lo que nos asusta es precisamente esa aparente prepotencia del mal. Y si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas frágiles, humanas, tendríamos todos los motivos para resignarnos y renunciar a la misión.

Lo que hace el Resucitado

Por eso hay que preguntarse: ¿qué hace el Resucitado? En griego lo dice así: «καὶ τοῦτο εἰπὼν ἐνεφύσησεν»; es decir, «y, habiendo dicho esto, sopló sobre ellos». Emplea el verbo ἐμφυσάω (émfusáo) que quiere decir ‘soplar’; quiere decir que ha soplado dentro de los discípulos el Espíritu Santo, su misma fuerza, su mismo Espíritu, su misma vida divina.

El verbo ἐμφυσάω (emfysáo) es importante. En Jn 20,22, Juan usa la forma ἐνεφύσησεν (enefýsesen), la misma que aparece en la Septuaginta de Gn 2,7, cuando Dios sopla en el hombre el aliento de vida. El eco de la creación es, por tanto, muy fuerte. Puede añadirse también la evocación de Ez 37,9, donde el soplo divino devuelve la vida a los muertos, aunque allí no aparece la misma forma verbal, sino otra del mismo verbo. Así, el soplo del Resucitado sobre los discípulos no es un detalle secundario: es la imagen de una humanidad rehecha por el Espíritu y enviada a la misión.

Todo bautizado

está llamado a perdonar.

Por eso no contamos solo con nuestras fuerzas materiales, con nuestras capacidades humanas. Contamos con una fuerza divina, y ante esa fuerza ningún poder del mal puede resistir.

Y el Resucitado continúa diciendo: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». El Concilio de Trento (1545 – 1563) sostuvo que este versículo confirma que el Resucitado instituyó el sacramento de la penitencia, por el cual los pecados son perdonados. Y es verdad: en ese sacramento el pecado es perdonado. Pero conviene tener presente algo importante: aquí el Resucitado no se dirige a los Doce, sino a todos los discípulos. Por tanto, esa misión de perdonar el pecado está confiada a todo bautizado.

Perdonar es ayudar a abandonar

el camino equivocado.

¿Y cómo se realiza esto? Fijémonos en el verbo que se emplea para «perdonar». En griego se emplea el verbo «ἀφίημι» (afíemi), que significa ‘dejar, abandonar, despedir’.

¿Qué debe hacer entonces cada discípulo? Debe acercarse a quienes son esclavos del pecado y ayudarles a abandonar esa condición; debe hacer posible que dejen el camino equivocado y entren en el camino de la vida.

Eso es lo que pide el Resucitado. Si vosotros conseguís que el pecado sea dejado, es decir, abandonado, entonces habréis recuperado al hermano. Pero si, por el contrario, no os comprometéis en la misión que os he confiado, o peor aún, si por causa de vuestra vida poco evangélica retenéis a las personas en la condición de pecado, en una situación de no-vida, entonces la responsabilidad será vuestra.

Esta fue la manifestación del Resucitado a los discípulos reunidos en la tarde del día de Pascua. Pero entre ellos no estaba Tomás.

         La duda no descalifica la fe:

puede abrirle camino.

«Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

La incredulidad de Tomás se ha vuelto casi proverbial. Pero conviene preguntarnos algo: ¿de verdad fue el único en dudar? ¿No pasaron los otros diez por las mismas vacilaciones, por las mismas preguntas, por el mismo desconcierto? ¿Fue solo Tomás quien pidió pruebas verificables de la resurrección?

Si escuchamos a los evangelistas, vemos que no. Marcos, al final de su Evangelio, dice que Jesús reprochó a los Once su incredulidad. Lucas presenta a los apóstoles sobresaltados y llenos de miedo, y pone en labios del Resucitado esta pregunta: «¿Por qué estáis turbados? ¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón?». Y Mateo llega a decir que, incluso cuando Jesús se manifestó a los once en Galilea, algunos todavía dudaban.

Así que no dudó solo Tomás. Dudaron todos. Y eso, lejos de escandalizarnos, puede consolarnos. Cuando también en nosotros aparecen preguntas, no estamos fuera del camino: estamos caminando con los primeros.

Tomás pone rostro a las preguntas

de la tercera generación.

Entonces, ¿por qué Juan concentra en Tomás unas dudas que, en realidad, fueron también de los demás? Porque cuando escribe su Evangelio, hacia finales del siglo primero, Tomás ya ha muerto y las Comunidades Cristianas viven otra situación. Son creyentes de tercera generación: no conocieron a Jesús de Nazaret, no caminaron con Él, no escucharon su voz. Quizá alguno haya conocido a alguien que lo trató, pero ellos no lo vieron.

Y esas Comunidades se hacen preguntas muy serias: ¿qué razones tenemos para creer que Jesús vive? ¿Todavía es posible hacer una experiencia semejante a la de los primeros discípulos? ¿Hay signos suficientes? ¿Por qué ya no aparece como antes? Son preguntas muy nuestras. No pertenecen solo al pasado. También hoy brotan, a veces en voz alta y a veces por dentro.

Por eso Juan toma a Tomás como figura representativa: en Tomás concentra la dificultad de todo discípulo para llegar a creer que Jesús, el que entregó la vida por amor, está verdaderamente vivo.

Tomás es nuestro gemelo.

El Evangelio insiste en llamarlo ∆ίδυμος (Dídumos), es decir, gemelo. Y la pregunta surge sola: ¿gemelo de quién? De cada uno de nosotros. Tomás es el espejo en el que el discípulo de todos los tiempos puede reconocerse. En él aparecen nuestras resistencias, nuestras heridas, nuestras exigencias, nuestras búsquedas. Y precisamente por eso su camino puede convertirse también en el nuestro.

El texto dice que Tomás «no estaba con ellos cuando vino Jesús». Y enseguida nos preguntamos por qué. ¿Por qué se había alejado de la comunidad? ¿Qué había pasado dentro de él para no estar allí, precisamente en ese momento? Eso también nos resulta familiar. También hoy hay hermanos que se alejan. Pero conviene precisar bien de qué alejamiento estamos hablando. Tomás no es el gemelo de quien se marcha despreciando a todos, convencido de ser mejor que los demás. No es el gemelo del que se va insultando, ni del que rompe con soberbia. Tampoco es la figura de quien simplemente abandona la fe para seguir otro camino sin mirar atrás.

Tomás se ha distanciado, sí, pero no ha roto del todo. El vínculo permanece. Ocho días después vuelve a estar con la comunidad. Eso significa que, en el fondo, no consigue permanecer lejos. Algo lo sigue uniendo a aquellos con quienes compartió el seguimiento del Maestro.

Hay alejamientos que nacen del dolor,

no del desprecio.

Tomás se parece más bien a tantos discípulos que se apartan porque están heridos, decepcionados, confundidos. Personas que han creído de verdad en el Evangelio, que se han entregado con sinceridad a la causa del Reino, y que en un momento determinado se distancian porque algo les ha dolido profundamente.

A veces se alejan porque no entienden lo que sucede en la comunidad. A veces por decisiones que los desconciertan. A veces por escándalos que golpean con una fuerza devastadora. A veces por la experiencia amarga de una Iglesia percibida como demasiado rígida, demasiado centralizada, demasiado preocupada por el poder, por la imagen o por las carreras. A veces por una forma de vida eclesial que les parece poco evangélica, demasiado clerical o triunfalista. Y, otras veces, por cosas más pequeñas, más humanas, más cotidianas: un conflicto, un desencuentro, una herida mal cerrada.

No se trata de decir que la Iglesia sea solo eso. Sería injusto. Pero sí de reconocer que algunos ven esos límites, chocan con ellos, y sufren. Y precisamente porque sufren, se parecen a Tomás. Porque quien nunca ha amado una cosa, tampoco padece por ella. Solo se hiere de verdad quien ha creído de verdad.

La fe pascual nace también

del testimonio de los hermanos.

¿Qué hacen entonces los otros discípulos cuando encuentran a Tomás? El Evangelio usa un imperfecto: «le decían». No fue una frase dicha de paso. Se lo repetían. Insistían. Volvían sobre ello. «Hemos visto al Señor».

Tomás representa a todos aquellos que quisieran pruebas tangibles, evidencias visibles, una confirmación que se pudiera tocar con la mano. Representa al discípulo que todavía no ha visto al Resucitado y, sin embargo, está llamado a abrirse a la fe a partir del testimonio de los demás.

Al Resucitado se le encuentra

en la Comunidad reunida.

Aquí aparece algo decisivo. El encuentro con Dios puede darse también en la intimidad personal, en la oración silenciosa, en el secreto del corazón. Eso pertenece a la experiencia espiritual de muchos hombres y mujeres, y no solo del cristianismo. Pero el encuentro con el Resucitado, tal como lo presenta Juan, tiene un lugar concreto: la comunidad reunida. No es un detalle secundario. Es una clave pascual. Al Resucitado no se lo descubre al margen del cuerpo de los discípulos, sino en medio de ellos. No se lo encuentra en una fe aislada, autosuficiente, hecha a la medida de uno mismo. Se lo reconoce en la comunidad que se reúne en el día del Señor.

Si quieres ver al Resucitado,

vuelve a la comunidad.

Ese es, en el fondo, el mensaje de Juan. Si quieres recorrer de verdad el camino de Tomás, no empieces exigiendo certezas abstractas. Empieza por permanecer. Quédate. Vuelve. Ponte otra vez en medio de los hermanos. Permite que el testimonio de la comunidad te sostenga mientras tu corazón aprende de nuevo a creer.

La Pascua no se abre paso en el aislamiento, sino en una comunidad herida, frágil, a veces desconcertante, pero habitada por el Señor. Y quizá esa sea una palabra muy necesaria también para nosotros: no todo alejamiento se cura con argumentos; a veces se cura volviendo a estar donde el Resucitado se hace presente.

El Resucitado se deja encontrar

en la comunidad reunida.

«A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto
».

Ocho días después, de nuevo en domingo, en el día del Señor, cuando la comunidad de los creyentes es convocada para la fracción del pan, el Resucitado viene y se pone en medio de los discípulos. También hoy, cuando la comunidad se reúne, como ocurrió en Jerusalén ocho días después de la Pascua, Él está en medio de los suyos.

Los saluda ofreciéndoles su paz y repite hoy para nosotros la invitación dirigida a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado».

Las heridas de Cristo no se esconden:

revelan hasta dónde ama Dios.

¿Qué significa el drama del Calvario? Para nosotros es un acontecimiento trágico que querríamos dejar a un lado, casi olvidarlo. Tenemos la tentación de archivarlo como un episodio doloroso y desgraciado. Pero el Resucitado quiere que tengamos siempre presente ese momento, porque fue allí donde Dios mostró hasta dónde llega su amor.

Por eso invita a Tomás, y también a nosotros hoy, a mantener siempre ante los ojos esas manos y ese costado atravesado. Porque luego seremos nosotros quienes tendremos que presentar al mundo, con nuestra vida y con nuestra palabra, esta propuesta de una vida entregada por amor.

En la Eucaristía tocamos la historia

de un amor entregado.

¿Dónde podemos ver y tocar al Resucitado? En la Eucaristía. Si comprendemos el significado de ese signo, en ese pan vemos a Jesús con toda su historia de vida entregada por amor.

Y antes de salir al mundo, antes de presentarnos ante él, es necesario haber hecho esta experiencia del Resucitado: haber contemplado esas manos y ese costado. La respuesta de Tomás es entonces: «¡Señor mío y Dios mío!».

En el rostro de Jesús

aparece el rostro de Dios.

Al comienzo de su Evangelio, Juan ha dicho que nadie ha visto jamás a Dios y que el Hijo unigénito nos lo ha dado a conocer (cfr. Jn 1, 18). Es decir, en el rostro de Jesús de Nazaret ha aparecido la belleza del rostro de Dios.

Pues bien, Tomás es el primero que reconoce en Jesús de Nazaret la revelación encarnada del rostro de Dios. Nadie antes de él había llegado a proclamar a Jesús como Dios.

Estamos en los años en que en Roma reina el emperador Domiciano, un hombre desmesurado en su afán de grandeza, que ha llenado el imperio con sus estatuas, ha mandado levantar templos en su honor y exige ser venerado y adorado como si fuera un dios. De hecho, había establecido que toda circular promulgada en su nombre comenzara con estas palabras: «Domiciano, nuestro Señor y nuestro Dios, ordena…».

¿Qué quiere decir el evangelista Juan a los cristianos de sus comunidades al presentar la respuesta de Tomás a la invitación de Jesús? Quiere decirnos que el verdadero discípulo no reconoce a ningún hombre como dios. Reconoce como único Dios a aquel que ha mostrado la belleza del rostro de Dios: Jesús de Nazaret.

La bienaventuranza es confiar

la vida a quien nos ama.

La respuesta de Jesús a Tomás es una bienaventuranza: «Bienaventurados los que crean sin haber visto». Creer no significa adherirse a un paquete de verdades. Creer quiere decir escoger entregar la propia vida a la persona de la que uno se sabe amado.

Quien, en el día del Señor, ha contemplado esas manos y ese costado, ése es verdaderamente bienaventurado, si ha comprendido que vivir significa amar como Él amó.

Juan escribe para que creamos

en el amor que hemos visto.

«Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre».

Hemos escuchado las palabras con las que Juan concluye su Evangelio y explica el motivo por el que lo ha escrito. Ha querido presentarnos algunos de los signos de amor realizados por Jesús, y sobre todo el mayor de todos: el don de la propia vida. Y añade que habría podido contar muchos otros, pero que estos bastan para comprender cuánto nos ha amado Jesús de Nazaret.

Estos signos bastan

para abrir el corazón a la fe.

Juan ha escrito su Evangelio para que, a través de esta Palabra, nosotros podamos llegar a la fe y recibir como don esa vida divina que el Hijo de Dios ha traído al mundo.

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