Cuando la semilla parece perderse
Una lectura interactiva de Mt 13,1-23 sobre el aparente fracaso, la fuerza de las parábolas, los cuatro terrenos del corazón y la llamada a seguir sembrando.
La semilla conserva su fuerza; la pregunta es qué tierra encuentra en nosotros.
Explorar ideas clave
La homilía responde a una pregunta muy concreta: ¿merece la pena seguir anunciando el Evangelio cuando parece que apenas produce frutos? Jesús no niega las dificultades; enseña a mirar de otro modo la semilla, el terreno y la misión.
1. Jesús no se rinde ante el rechazo
Cuando la misión parece debilitarse, Jesús no abandona. Su relación con el Padre le permite recomenzar y buscar un lenguaje nuevo.
La oración no lo aparta de la misión: lo devuelve a ella.2. La parábola no acorrala
Una historia permite que el oyente observe, juzgue y termine reconociéndose. La verdad no cae como una imposición, sino que despierta desde dentro.
Jesús cuenta historias para que nos encontremos en ellas.3. La semilla no ha perdido su fuerza
El aparente fracaso no demuestra que el Evangelio sea débil. La misma semilla encuentra respuestas diferentes según el terreno.
El problema no está en la Palabra, sino en cómo la acogemos.4. Los cuatro terrenos están dentro
No son etiquetas para clasificar a otros. En cada corazón hay zonas endurecidas, entusiasmos sin raíz, preocupaciones invasoras y tierra fecunda.
La parábola no pregunta quiénes son los malos terrenos, sino qué necesita ser trabajado en mí.5. Cada terreno puede cultivarse
El camino necesita silencio; la roca, raíces y comunidad; los espinos, oración y orden interior; la tierra buena, cuidado y perseverancia.
Ningún terreno está condenado a permanecer igual.6. La fe es don, no privilegio
Haber descubierto el Evangelio no convierte a nadie en superior. La gracia recibida conduce al agradecimiento, la humildad y la misión.
Lo recibido como regalo se ofrece sin orgullo.7. La tierra buena puede ser bella
Καλή (kalḗ) significa buena, noble y apropiada; también puede evocar belleza. La vida se vuelve bella cuando la Palabra produce frutos de amor.
La fecundidad es la verdadera belleza del terreno.8. Si se pierde semilla, sembremos más
El sembrador no calcula con mezquindad. Sigue sembrando porque sabe que siempre existe una tierra capaz de ofrecer una cosecha inesperada.
La falta de resultados inmediatos no autoriza a abandonar.Mapa de lectura espiritual
El recorrido de la homilía conduce del desaliento del sembrador a la transformación paciente del terreno.
Reconocer el cansancio
El rechazo, la poca participación y los frutos escasos pueden llevar a pensar que ya no merece la pena continuar.
Volver al Padre
Jesús encuentra en la oración la libertad necesaria para no quedar prisionero del fracaso aparente.
Escuchar una parábola
La historia no obliga, pero coloca al oyente delante de sí mismo y le permite descubrir su propia respuesta.
Dejar de culpar a la semilla
La Palabra conserva su fecundidad. La atención se desplaza hacia la manera concreta de recibirla.
Reconocer los cuatro suelos
Camino, roca, espinos y tierra buena no son personas separadas, sino zonas que conviven dentro de nosotros.
Trabajar el terreno
Silencio, Palabra, Eucaristía, comunidad, oración y discernimiento remueven, profundizan y desbrozan el corazón.
Dar fruto y seguir sembrando
La vida transformada manifiesta la belleza de Cristo y se convierte, a su vez, en semilla para otros.
Escuchar y profundizar
Tres maneras de volver sobre la homilía. Los reproductores son compactos para que funcionen bien tanto en ordenador como en móvil.
Comentario de la homilía en español
Escucha aquí el episodio completo:
Segundo audio en español
Escucha aquí el episodio completo:
Homilía en lengua inglesa
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Claves bíblicas para profundizar
Estas claves distinguen entre lo que afirma directamente el texto y las aplicaciones espirituales que la homilía desarrolla.
Las parábolas no son cuentos decorativos
Jesús utiliza escenas de la vida cotidiana para provocar una decisión. La parábola revela, pero también pone de manifiesto la disposición del oyente: quien se abre descubre más; quien se cierra permanece fuera.
Mateo 13 forma una unidad de enseñanza
Mateo reúne siete parábolas sobre el reino de los cielos. La barca, la orilla y la casa forman un marco narrativo que organiza el discurso; no es necesario convertir cada detalle en una reconstrucción cronológica exacta.
El mar, la casa y la barca
El lago recibe el nombre de «mar», palabra cargada de resonancias bíblicas. La barca puede leerse espiritualmente como imagen de la comunidad, pero el texto solo afirma expresamente que Jesús se sentó en ella para enseñar.
Isaías y el corazón endurecido
La cita de Is 6,9-10 no presenta a un Dios que excluye caprichosamente. Describe el drama de escuchar sin dejarse convertir. Las parábolas ofrecen una nueva oportunidad y, al mismo tiempo, revelan la resistencia del corazón.
Los cuatro terrenos no son etiquetas
La explicación de Jesús distingue cuatro respuestas reales a la Palabra. La aplicación pastoral puede reconocerlas dentro de una misma persona: la parábola invita a examinar y cultivar el propio corazón, no a clasificar a los demás.
καλὴ γῆ (kalḗ gê): tierra buena, noble y fecunda
La traducción «tierra buena» es correcta. El adjetivo καλή (kalḗ) puede sugerir también nobleza y belleza. No se trata de una apariencia agradable, sino de la belleza de una vida que escucha, comprende y produce fruto.
Preguntas para rumiar la Palabra
La parábola comienza a actuar cuando dejamos de utilizarla para describir a otros y permitimos que nombre lo que sucede dentro de nosotros.
- ¿Qué fracaso aparente me está tentando a dejar de sembrar?
- ¿Qué palabra del Evangelio he comprendido, pero sigo evitando porque cuestiona una decisión concreta?
- ¿Qué voces, hábitos o prisas pisan continuamente mi corazón y no dejan que la Palabra penetre?
- ¿Mi fe tiene raíces para atravesar la vida ordinaria o depende demasiado de momentos intensos?
- ¿Qué preocupación legítima ha terminado ocupando un lugar que solo corresponde a Dios?
- ¿Qué fruto visible está produciendo hoy el Evangelio en mi manera de hablar, perdonar y servir?
Quiz interactivo
Quince preguntas para comprender el recorrido completo de la homilía. No basta con recordar datos: cada cuestión ayuda a distinguir la lógica de Jesús, reconocer los terrenos del corazón y descubrir cómo se cultiva una fe capaz de dar fruto.
Pregunta 1 de 15
¿Qué hace Jesús cuando su anuncio parece perder fuerza y aumenta el rechazo?
Pregunta 2 de 15
¿Qué diferencia principal existe entre una parábola y un argumento que acorrala?
Pregunta 3 de 15
¿Qué muestra el relato de Natán y David sobre la fuerza de una historia?
Pregunta 4 de 15
¿Cómo debe entenderse la gran escena de las parábolas reunidas en Mateo 13?
Pregunta 5 de 15
¿Qué lectura propone la homilía de la casa, la barca y la orilla?
Pregunta 6 de 15
¿A quién remite ante todo la figura del sembrador?
Pregunta 7 de 15
Según la parábola, ¿dónde está el problema cuando la cosecha parece escasa?
Pregunta 8 de 15
¿Qué significa que a los discípulos “se les han dado” los secretos del Reino?
Pregunta 9 de 15
¿Qué enseña la cita de Isaías sobre quienes miran sin ver y oyen sin entender?
Pregunta 10 de 15
¿Cómo invita la homilía a leer los cuatro terrenos?
Pregunta 11 de 15
¿Qué puede trabajar el terreno endurecido del camino?
Pregunta 12 de 15
¿Qué necesita la semilla que brota con entusiasmo pero carece de profundidad?
Pregunta 13 de 15
¿Qué representan los espinos y cómo se desbroza ese terreno?
Pregunta 14 de 15
¿Qué precisión conviene hacer sobre la expresión griega καλὴ γῆ (kalḗ gê)?
Pregunta 15 de 15
¿Cuál es la conclusión misionera de la homilía?
Versión breve de la homilía
Una síntesis ágil de la homilía para quienes desean recoger su mensaje esencial: la semilla conserva toda su fuerza, los cuatro terrenos atraviesan nuestro corazón y ninguna dificultad justifica dejar de sembrar.
Abrir o cerrar la versión breve
Mt 13,1-23 — «Oíd lo que significa la parábola del sembrador».
La semilla es buena: ¿cómo está nuestra tierra?
Hay momentos en los que parece que el Evangelio no interesa. Se prepara una catequesis, se organiza un encuentro, se invita a los jóvenes… y llegan cuatro. A veces tres, porque uno se confundió de día. Entonces aparece el desánimo: «¿Merece la pena seguir?».
Jesús también conoció esa experiencia. Al principio mucha gente lo escuchaba con entusiasmo, pero después algunos se alejaron y otros comenzaron a atacarlo. Sin embargo, Jesús no abandonó. No dejó de sembrar la Palabra. Cambió su manera de anunciarla y comenzó a hablar mediante parábolas.
Una parábola no te entrega una conclusión cerrada: te introduce en una historia
Una parábola es un relato sencillo que contiene una verdad profunda. Jesús no la utiliza para decorar sus discursos ni para entretener al público. La parábola sirve para que el oyente piense, tome partido y acabe descubriendo algo sobre su propia vida.
Cuando alguien nos acusa directamente, solemos defendernos. Buscamos una excusa, cambiamos de tema o pensamos que el problema lo tienen los demás. Pero una historia entra sin hacer ruido. Al principio creemos que habla de otros y, cuando nos damos cuenta, nos está poniendo delante de un espejo.
Por eso Jesús cuenta la parábola del sembrador. No quiere que clasifiquemos a la gente diciendo: «Este es terreno pedregoso; aquella es un auténtico zarzal». Los cuatro terrenos están dentro de cada uno de nosotros.
Hay días en los que somos tierra abierta y días en los que parece que llevamos una autopista dentro del corazón.
La semilla no falla: la diferencia está en cómo la acogemos
El sembrador es Jesús y la semilla es la Palabra de Dios. La semilla es buena, tiene fuerza y puede producir vida. Pero no siempre encuentra el mismo terreno.
El primer terreno es el camino endurecido. La semilla cae, pero no puede penetrar. El suelo ha sido pisado tantas veces que se ha vuelto impermeable.
También nuestro corazón puede endurecerse. Sucede cuando vivimos saturados de ruido, opiniones, prisas y mensajes que entran sin que los pensemos. Escuchamos el Evangelio, pero enseguida aparece otra cosa que se lleva nuestra atención.
Podemos estar en misa y, al mismo tiempo, pensando en un mensaje, un partido, una discusión o lo que haremos después. El cuerpo ha llegado; el corazón todavía está aparcando.
Este terreno necesita silencio, escucha y un poco de preparación. Leer antes el Evangelio del domingo puede abrir una grieta por la que entre la semilla.
La emoción enciende la chispa, pero las raíces sostienen la fe
El segundo terreno es el suelo pedregoso. Tiene una capa fina de tierra. La semilla brota rápidamente, pero no puede echar raíces y termina secándose.
Es la imagen del entusiasmo que dura poco. Un encuentro, una canción, una experiencia o una palabra pueden emocionarnos mucho. Eso no es malo. La emoción puede abrir una puerta.
Pero después llega el lunes.
La fe no puede sostenerse solamente con momentos intensos. Necesita raíces: oración, comunidad, Eucaristía, escucha de la Palabra y perseverancia. Nadie vive siempre emocionado. Tampoco una amistad verdadera depende de sentir mariposas las veinticuatro horas del día.
La cuestión no es solo si algo nos ha conmovido, sino si está cambiando nuestras decisiones, nuestra forma de tratar a los demás y nuestra manera de afrontar las dificultades.
Los espinos no siempre parecen malos
El tercer terreno es la tierra cubierta de espinos. La semilla empieza a crecer, pero otras plantas terminan ahogándola.
Los espinos representan las preocupaciones, la búsqueda del éxito, el deseo de gustar a todos, el miedo al futuro y la obsesión por conseguir cosas. Muchas de esas preocupaciones son normales. El problema aparece cuando ocupan todo nuestro interior.
No rechazamos a Dios; simplemente no le dejamos espacio.
La oración ayuda a limpiar ese terreno. Orar no consiste en huir de los problemas, sino en ponerlos delante del Señor para que no se conviertan en dueños de nuestra vida.
La tierra bella es una vida que da fruto
Finalmente aparece la tierra buena. El texto griego la llama καλὴν γῆν (kalḕn gên), expresión que se traduce correctamente como «tierra buena» y que puede evocar también una tierra noble y bella.
Es bello el corazón que escucha, comprende y permite que la Palabra dé fruto. No porque sea perfecto, sino porque se deja trabajar.
¿Y cuáles son esos frutos? Una vida más capaz de amar, perdonar, ayudar, escuchar y sostener a quien lo necesita. El Evangelio no busca fabricar personas impecables, rígidas o con cara de haber mordido un limón. Quiere hacer nacer vidas humanas, libres y luminosas.
La tierra bella ya existe en nosotros, aunque quizá esté escondida bajo piedras, durezas o espinos. Jesús no se cansa de sembrar porque sabe que siempre hay en cada persona una zona capaz de recibir la Palabra.
Seguir sembrando
Por eso, cuando parece que la semilla se pierde, la respuesta no es sembrar menos. Es sembrar más y trabajar mejor la tierra.
Podemos terminar preguntándonos: ¿cómo está hoy nuestro corazón? ¿Endurecido por el ruido, poco profundo, lleno de preocupaciones o dispuesto a dejar que el Evangelio lo convierta en una tierra bella?
Texto completo revisado de la homilía
Se han corregido algunas formulaciones exegéticas y lingüísticas para distinguir mejor el texto bíblico de sus aplicaciones espirituales, manteniendo el contenido y el tono pastoral de la homilía.
Abrir o cerrar la homilía completa
Homilía del Domingo XV del Tiempo Ordinario, ciclo A
Mt 13,1-23 — «Oíd lo que significa la parábola del sembrador».
Cuando todo parece perder fuerza, Jesús no abandona.
La semana pasada contemplábamos a Jesús en uno de los momentos más delicados de su misión. La gente, que al comienzo lo había acogido con entusiasmo, empezó a distanciarse. Mientras tanto, sus adversarios —especialmente los escribas y los fariseos— parecían haber logrado lo que buscaban: sembrar la sospecha, desacreditarlo y convencer a muchos de que no era digno de confianza.
No resulta difícil imaginar lo que pudo significar aquel rechazo. Tampoco nos queda tan lejos. En nuestras comunidades vemos cómo disminuye la participación, cómo algunos se alejan y cómo el Evangelio despierta cada vez menos interés en ciertos ambientes.
Basta pensar en tantos catequistas que entregan su tiempo con generosidad y que, sin embargo, se encuentran a veces con familias poco interesadas en la formación cristiana de sus hijos. No es raro escuchar frases como: «A ver cuándo termina ya el catecismo, porque los niños tienen demasiadas cosas». Y si además coincide con un partido de fútbol, la situación se complica todavía más. Parece que la catequesis tiene que abrirse paso entre entrenamientos, deberes y agendas familiares que ya no admiten ni un alfiler.
Ante esto, es comprensible que aparezca el cansancio. También puede surgir la tentación de pensar: «¿Para qué seguir? Mejor dejarlo y volver cada uno a sus cosas».
La oración permitió a Jesús comenzar de nuevo.
Jesús, sin embargo, no respondió así. Jesús no se dejó vencer por el fracaso aparente ni aceptó que el rechazo tuviera la última palabra. ¿Qué sostuvo su ánimo? Lo que sostuvo su ánimo fue su relación con el Padre. Jesús oraba. Nosotros, en cambio, muchas veces intentamos resistir únicamente con nuestras fuerzas y quizá por eso nos desalentamos con tanta facilidad.
Él sabía que llevaba consigo un tesoro que debía entregar: el Evangelio. Y amaba demasiado a la humanidad como para retirarse ante la primera resistencia. Aunque no fuera comprendido, aunque encontrara oposición, volvía a ponerse en camino.
Eso es precisamente lo que nos muestra el pasaje de hoy. Jesús retoma el anuncio, pero cambia su manera de comunicarlo. Busca un lenguaje capaz de alcanzar el corazón de quienes no habían acogido sus palabras anteriores. Y entonces comienza a hablar en parábolas.
La parábola no acorrala: Despierta.
Un razonamiento puede ser impecable y, aun así, no transformar a nadie. Puede presentar argumentos tan sólidos que la otra persona se sienta sin salida, como si la verdad le hubiera sido colocada delante por la fuerza. Pero cuando esa verdad cuestiona convicciones profundas o exige modificar la propia vida, lo habitual es que aparezcan las defensas.
Nos justificamos, desviamos la conversación, buscamos una excusa o sencillamente dejamos de escuchar. El problema no siempre está en la claridad del argumento, sino en que nadie cambia de vida solo porque lo hayan arrinconado dialécticamente.
La parábola sigue otro camino. No entrega una conclusión ya cerrada, sino que introduce al oyente en una historia. Quien escucha observa a los personajes, toma partido, se indigna, se alegra o se reconoce en alguno de ellos. Al final, la enseñanza no llega como una orden impuesta desde fuera; nace dentro de la propia conciencia.
Por eso resulta tan eficaz. Cuando uno mismo ha llegado a la conclusión, ya no puede rechazarla con tanta facilidad.
A veces comprendemos la verdad cuando creemos estar juzgando a otro.
El episodio del profeta Natán y el rey David lo muestra con especial fuerza. David había cometido un pecado grave con Betsabé y había provocado la muerte de Urías, su marido. Natán no entró en palacio lanzando acusaciones. Le contó una historia.
Había un hombre pobre que poseía una sola oveja. La cuidaba con cariño y era para él algo muy querido. Cerca vivía un hombre rico, dueño de numerosos animales. Un día, el rico recibió a un huésped y, en vez de tomar una oveja de su propio rebaño, se apoderó de la única que tenía el pobre y la mandó preparar para la comida (cfr. 2 Sam 12, 1-7).
David, al escuchar aquello, se indignó. Consideró intolerable semejante injusticia y reclamó un castigo para el culpable. Solo entonces Natán le hizo ver que aquel hombre del relato era él mismo.
La parábola había conseguido abrir una brecha en sus defensas. David había emitido el juicio antes de descubrir que ese juicio recaía sobre su propia conducta.
Si Natán hubiera comenzado llamándolo adúltero, asesino y criminal, David habría podido reaccionar de otra manera. Tal vez se habría justificado, habría culpado a otros o habría expulsado al profeta por insolente. Cuando nos sentimos atacados, nuestra imaginación trabaja a toda velocidad para fabricar excusas; en eso solemos ser sorprendentemente creativos.
Pero la historia no le permitió escapar. La verdad había brotado desde dentro.
Jesús cuenta historias para que nos encontremos en ellas.
Jesús pertenece a una cultura que ama expresar la sabiduría mediante imágenes, proverbios, comparaciones, enigmas y relatos. Por eso las parábolas no son simples adornos ni cuentos agradables. Son una manera de conducir al oyente hasta una verdad que quizá habría rechazado si se le hubiera presentado de forma directa.
Una parábola comienza de verdad cuando dejamos de escucharla como una historia sobre otros y permitimos que hable de nosotros.
Mateo reúne las parábolas para ofrecernos una enseñanza unitaria.
«Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas».
Jesús empleó muchas parábolas a lo largo de su vida pública. Mateo reúne siete de ellas en el capítulo 13 y las ordena como una gran unidad de enseñanza sobre el reino de los cielos.
La escena del Maestro sentado en una barca y de la multitud en la orilla funciona como un marco literario y teológico. Más que reconstruir minuto a minuto una sola jornada, el evangelista dispone los relatos para ayudarnos a escuchar su mensaje de manera unitaria.
El mar que no es mar y evoca al éxodo.
El relato comienza diciendo que «aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla».
Aunque se trata del lago de Galilea, el relato utiliza la palabra «mar». En el lenguaje bíblico, el mar puede evocar tanto las fuerzas del caos como el camino del éxodo, cuando Dios abre para su pueblo una salida hacia la libertad. Esa resonancia ayuda a escuchar las parábolas como una invitación a dejar atrás nuestras esclavitudes interiores.
Jesús se sienta frente a esas aguas y ofrece una palabra capaz de abrir camino. Hay esclavitudes que no llevan cadenas visibles, pero nos impiden vivir con libertad. Su enseñanza quiere ayudarnos a reconocerlas y a salir de ellas.
La comunidad no puede quedarse encerrada en casa.
El texto dice que Jesús sale de casa y se sienta junto al mar. En los Evangelios, la casa aparece con frecuencia como el lugar donde el Maestro se reúne con sus discípulos, les explica su enseñanza y va formando la comunidad.
Pero la palabra escuchada en casa no puede permanecer encerrada entre cuatro paredes. Fuera hay una multitud que espera una palabra de salvación. El movimiento de Jesús hacia la orilla sugiere una comunidad que aprende de su Maestro a acercarse a quienes todavía están fuera.
La escena puede leerse, por tanto, como una llamada a salir. El Evangelio no es una propiedad reservada a quienes ya están dentro, sino una semilla destinada a ser esparcida con generosidad.
La barca representa a quienes han comenzado a seguir al Maestro.
Jesús se sienta en una barca y enseña desde ella. Desde los primeros siglos cristianos, la barca se convirtió en una imagen de la Iglesia: una comunidad que atraviesa las aguas sostenida por la presencia del Señor. Esta es una lectura espiritual de la escena, no una afirmación de que todos los discípulos estuvieran físicamente dentro de la barca en ese momento.
La barca puede representar así a quienes han comenzado a confiar en Jesús y a compartir su travesía. Eso no significa que lo hayan comprendido todo ni que su fe sea perfecta. Los Evangelios muestran sus dudas y resistencias, pero también su decisión de permanecer cerca del Maestro.
En la orilla se encuentra la multitud: personas que escuchan, se interesan y se acercan, aunque todavía deben decidir qué harán con la palabra recibida.
Las parábolas quieren movernos de la orilla.
Ese es precisamente el objetivo de las parábolas: Ayudar a quienes permanecen en la ribera a tomar una decisión. Jesús no pretende vencerlos con una demostración ni obligarlos a aceptar una conclusión. Les cuenta historias para que la verdad vaya naciendo dentro de ellos.
La parábola abre un espacio de libertad. Cada oyente puede reconocerse, reaccionar, tomar postura y descubrir qué respuesta está dispuesto a dar. Jesús no empuja a nadie a la barca; muestra un camino y espera una adhesión que brote de una convicción personal.
Podemos escuchar el Evangelio durante años y continuar cómodamente en la orilla, quizá incluso comentando desde allí cómo navegan los demás. Pero las parábolas de Jesús no fueron pronunciadas para entretener a espectadores. Nos preguntan, con delicadeza y firmeza, si estamos dispuestos a emprender la travesía con él.
El sembrador viene de Dios y trae una vida nueva.
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga».
El primer personaje de la parábola resulta fácil de reconocer: el sembrador remite, ante todo, a Jesús. Él viene del Padre y esparce la Palabra capaz de hacer nacer una humanidad nueva. Después, todo discípulo enviado a anunciar el Evangelio participa de esa misma siembra.
Jesús ya ha sembrado abundantemente. Sin embargo, al contemplar los resultados, parece que la cosecha es muy pobre. Muchos de quienes al principio lo escuchaban con entusiasmo comienzan a alejarse. ¿Cómo se explica este aparente fracaso?
La parábola responde precisamente a esa inquietud. Y no habla solo de lo que ocurrió entonces; se dirige también a nosotros, que podemos desanimarnos cuando no vemos los frutos que esperábamos.
Sembramos mucho, pero a veces apenas vemos frutos.
Podemos preguntarnos si merece la pena continuar anunciando el Evangelio cuando tantas personas parecen haber perdido el interés. ¿Tiene verdadera fuerza la semilla de la Palabra? ¿Es capaz de transformar la vida?
La duda aumenta cuando observamos los resultados en quienes ya la han recibido. Hay personas que participan en la vida de la Iglesia, pero después no consiguen entenderse en su propia familia. Otras se enfadan con los vecinos por cuestiones insignificantes; los vecinos responden con otra ofensa y, curiosamente, también ellos van a la iglesia. A veces parece que todos escuchamos el Evangelio, pero cada uno conserva cuidadosamente su pequeña colección de enfados.
Si ampliamos la mirada, la pregunta se vuelve todavía más incómoda. El Evangelio lleva dos mil años siendo anunciado y, sin embargo, continúan las guerras, la violencia, las injusticias y la miseria. No podemos negar que, a primera vista, los frutos parecen bastante decepcionantes.
¿No era esta Palabra la que debía alumbrar una humanidad renovada? ¿Por qué sus efectos parecen tan limitados?
El problema no está en la semilla.
Ante unos resultados tan pobres, podríamos sospechar que la semilla carece de fuerza. Quizá otras propuestas, otras ideologías o determinados proyectos humanos produzcan efectos más rápidos y visibles. Entonces surge la tentación de abandonar esta siembra y buscar algo que parezca más eficaz.
También podríamos responsabilizar al sembrador que tal vez no eligió bien el momento, calculó mal las condiciones o empleó un método poco adecuado.
La parábola quiere responder a estas preguntas, que siguen siendo las nuestras. Los escasos frutos no proceden de un defecto de la semilla, cuya calidad es excelente, ni se explican por una equivocación del sembrador. La diferencia está en los terrenos que reciben la simiente.
La cosecha depende de cómo acogemos la Palabra.
Por eso la parábola dirige nuestra atención hacia los distintos tipos de suelo. Es allí donde se decide el resultado de la siembra. La misma semilla puede quedar perdida, brotar solo durante un tiempo o llegar a producir una cosecha abundante. Todo depende del terreno que la acoge.
Esos suelos, sin embargo, no están condenados a permanecer siempre como son. Pueden ser trabajados para que lleguen a ser fecundos. La cuestión decisiva será descubrir cómo se cultiva cada terreno y qué transformación necesita para recibir la Palabra y permitirle dar fruto.
El Evangelio explicará más adelante cómo puede realizarse ese trabajo. Antes, los discípulos interrumpen el relato con una pregunta dirigida a Jesús.
La misma Palabra no encuentra la misma respuesta.
«Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. Él les contestó: “A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: ‘Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron”».
Los discípulos plantean a Jesús una pregunta que podría expresarse así: «Aquí, en Cafarnaúm, todos hemos escuchado el mismo anuncio. Nosotros hemos comprendido la belleza de tu propuesta y hemos decidido seguirte, porque quien acoge este mensaje ve transformada su vida. ¿Por qué, entonces, otros no se han dejado tocar por tus palabras?».
Mateo pone esta pregunta en labios de los discípulos porque desea que también nosotros escuchemos la respuesta de Jesús. Es una inquietud que sigue muy presente en nuestras comunidades.
Los sacerdotes escuchamos con frecuencia a madres, algunas de ellas catequistas, que preguntan: «Mi marido es una buena persona, pero ¿por qué no quiere participar en estos encuentros sobre el Evangelio? Son tan enriquecedores… ¿Por qué no descubre la belleza de la Palabra de Dios?». Otras se preguntan por qué sus hijos no acuden a las reuniones de la comunidad, donde podrían aprender tantas cosas y encontrar estímulos para hacer el bien.
En el fondo, la cuestión es siempre la misma: ¿Por qué unas personas dicen sí al Evangelio mientras otras permanecen indiferentes o lo rechazan?
La fe es un regalo, no un privilegio reservado a unos pocos.
La respuesta de Jesús necesita ser comprendida con cuidado: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no». Estas palabras podrían interpretarse equivocadamente, como si Dios favoreciera a determinadas personas y excluyera de antemano a las demás; como si unos estuvieran destinados a la salvación y otros quedaran privados de ella. Pero Jesús no está defendiendo esa idea.
Cuando dice «se os han concedido», recuerda ante todo que la fe es un don. Quienes hemos conocido el Evangelio y hemos descubierto en él una palabra capaz de orientar nuestra vida no podemos considerarnos superiores a nadie. Lo primero es reconocer el regalo recibido y dar gracias al Señor.
Y ese don no está reservado a un grupo escogido. Se ofrece a todos, porque Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (cfr. 1 Tim 2, 4).
Cada persona recorre su propio camino hacia Cristo.
Por razones que pertenecen al misterio y a la libertad de cada ser humano, no todos llegan a pronunciar su sí a Cristo del mismo modo ni en el mismo momento. Algunos responden pronto; otros necesitan un camino más largo. Hay quienes nunca tuvieron la posibilidad real de escuchar el Evangelio y quienes, por elección propia, prefirieron orientar su atención hacia otros intereses.
Aquí aparecen de nuevo los distintos terrenos de la parábola. La acogida de la Palabra y los frutos que produce no dependen de la calidad de la semilla ni de Cristo, que la ha traído al mundo. Dependen de la tierra que la recibe; una tierra más o menos preparada, disponible o endurecida.
Esto no significa que debamos clasificar rápidamente a las personas, como quien coloca etiquetas en cuatro macetas. La parábola nos invita, más bien, a reconocer que la respuesta humana es compleja y que cada corazón puede encontrarse en un momento diferente de su camino.
¿Debe sorprendernos que suceda así? Jesús responde que no. También los profetas del Antiguo Testamento anunciaron la Palabra de Dios y, sin embargo, pocas veces fueron verdaderamente escuchados.
No siempre falta comprensión; a veces sobra resistencia.
Jesús recuerda las palabras del profeta Isaías. Su lenguaje describe el drama de un pueblo que oye la llamada de Dios, pero va endureciendo el corazón y cerrándose a una palabra que le pide conversión (cfr. Is 6, 9-10; Mt 13, 13-15).
No se trata simplemente de sordera física o falta de inteligencia. En ocasiones la dificultad está en la resistencia interior: se percibe lo que la Palabra está pidiendo, pero se evita dejarla entrar porque cuestiona decisiones, seguridades o costumbres.
También hoy puede suceder algo semejante. A veces el Evangelio no es rechazado porque resulte incomprensible, sino porque ha tocado con demasiada claridad un punto de nuestra vida que preferiríamos mantener cerrado.
Por tanto, en ciertos rechazos puede existir también una responsabilidad personal. La semilla se ofrece, pero el terreno puede resistirse a recibirla.
Ante esta resistencia, Jesús no abandona el anuncio ni intenta imponerlo por la fuerza. Recurre a las parábolas, relatos que respetan la libertad del oyente y lo ayudan a descubrir desde dentro la verdad que necesita acoger.
Ahora podremos contemplar qué representan los cuatro terrenos y cómo puede trabajarse cada uno de ellos para que llegue a producir fruto.
La semilla es fecunda: El terreno decide la cosecha
«Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».
El profeta Isaías recurre a una imagen especialmente hermosa para expresar la fuerza de la Palabra de Dios. La compara con la lluvia y la nieve que descienden del cielo, empapan la tierra, la fecundan y hacen germinar la semilla. No regresan sin haber cumplido su misión. Del mismo modo, la Palabra que procede de Dios nunca queda completamente estéril cuando logra entrar en el corazón humano (cfr. Is 55, 10-11).
Jesús parte de esta misma certeza. Si la cosecha resulta escasa, el problema no está en la semilla. La Palabra conserva toda su capacidad de generar vida. La diferencia se encuentra en el terreno que la recibe.
Antes de contemplar los cuatro terrenos de la parábola, conviene tener presentes dos observaciones:
La primera observación se refiere al paisaje de aquella región. En muchos campos había piedras, matorrales y pequeños senderos endurecidos por el paso. La imagen de Jesús nace, por tanto, de una realidad agrícola fácilmente reconocible por sus oyentes.
Cuando un terreno se limpia, se remueve y se cuida, puede llegar a ser muy fecundo. Esta posibilidad es importante: la parábola no solo describe obstáculos, sino que invita a trabajar la tierra.
La siembra se realizaba esparciendo la semilla con amplitud. En un terreno todavía no preparado de manera uniforme, parte de la semilla podía caer en el sendero, sobre una capa poco profunda de tierra, entre espinos o en suelo fértil.
Los cuatro terrenos están dentro de nosotros.
Esta es la segunda observación y quizá la más importante. Jesús no pretende dividir a la humanidad en cuatro grupos perfectamente identificables. La parábola no nos entrega un catálogo para clasificar a familiares, vecinos o compañeros: «Este es terreno pedregoso; aquella, tierra buena; el de más allá, un auténtico zarzal».
Los cuatro terrenos conviven en cada uno de nosotros. En nuestro corazón existen zonas abiertas a la Palabra y otras endurecidas; entusiasmos generosos que duran poco; preocupaciones que terminan ocupándolo todo y, afortunadamente, espacios capaces de producir una cosecha abundante.
La pregunta, por tanto, no es a qué grupo pertenecemos, sino qué partes de nuestra vida necesitan ser trabajadas para que el Evangelio pueda entrar, arraigar y transformarnos.
El camino endurecido
El primer terreno es el sendero. La tierra ha sido pisada tantas veces que se ha vuelto compacta e impenetrable. Cuando la semilla cae allí, permanece en la superficie. No llega a introducirse en el suelo y enseguida vienen los pájaros y se la llevan.
Jesús mismo interpreta las aves como la acción del Maligno, que intenta arrebatar la Palabra antes de que sea comprendida y acogida. La imagen muestra una semilla que permanece en la superficie y queda expuesta a desaparecer.
Eso es lo que sucede cuando la Palabra alcanza un corazón endurecido: antes de penetrar, otras voces, hábitos o prejuicios la hacen desaparecer.
Un corazón muy transitado termina volviéndose impermeable.
¿Qué endurece nuestra tierra interior? Lo endurece todo aquello que aceptamos sin reflexión simplemente porque «lo hace todo el mundo». El permisivismo, las conversaciones vacías o vulgares, determinadas propuestas que reducen la vida a lo inmediato, la fascinación por las modas y una mentalidad centrada únicamente en el placer, el éxito o la apariencia van pasando una y otra vez sobre el corazón.
Al final se forma un camino tan pisado que el Evangelio ya no encuentra una grieta por la que entrar.
La Palabra necesita escucha, silencio y reflexión. Si llegamos a la celebración dominical saturados de ruido, cansancio y estímulos, resultará difícil sintonizar interiormente con ella. El cuerpo puede estar sentado en el banco mientras la mente continúa todavía en otra parte.
No se trata de condenar la diversión ni de vivir alejados del mundo. Se trata de reconocer que el corazón necesita tiempo para cambiar de frecuencia. La Palabra no suele gritar para imponerse; espera encontrar un espacio donde pueda ser escuchada.
¿Cómo se trabaja este terreno? Podemos comenzar acercándonos al Evangelio durante la semana. Bastaría con leer serenamente un pequeño fragmento antes de acostarnos o preparar con antelación el pasaje que se proclamará el domingo. De ese modo llegaremos a la celebración con la tierra removida y podremos escuchar la homilía tratando de descubrir qué quiere decirnos aquel texto.
También conviene proteger la víspera del domingo. Tal vez algunos programas, conversaciones o entretenimientos no merezcan ocupar toda nuestra atención hasta altas horas de la noche. Descansar y preparar el corazón puede ayudarnos a recibir la Palabra con mayor lucidez.
Y podemos preguntarnos: ¿Cuáles son esas aves que se llevan rápidamente lo que acabamos de escuchar? ¿Qué ideas, hábitos o distracciones consiguen que el Evangelio desaparezca de nosotros antes incluso de salir de la iglesia?
La tierra poco profunda
El segundo terreno posee una capa superficial de tierra, pero debajo se encuentra la roca. La semilla germina enseguida porque encuentra algo de humedad y calor. Sin embargo, las raíces no pueden profundizar. Cuando llega el sol, la planta se seca.
Jesús describe así a quienes reciben el Evangelio con entusiasmo inmediato. Se emocionan, se sienten atraídos y responden con generosidad. Pero aquella adhesión no dispone todavía de profundidad suficiente para resistir las dificultades.
También hoy contemplamos grandes celebraciones o encuentros religiosos capaces de reunir a multitudes y despertar una intensa emoción. Los medios de comunicación incluso pueden interesarse por ellos. La experiencia puede ser sincera y valiosa. La cuestión es qué sucede después.
¿Ha nacido una verdadera experiencia espiritual que dejará huella en la vida cotidiana? ¿O todo desaparecerá en cuanto termine el encuentro y regresemos a nuestras obligaciones habituales?
El profeta Oseas emplea una imagen muy expresiva: Un amor semejante a la nube de la mañana o al rocío que se evapora en cuanto aparece el sol (cfr. Os 6, 4).
La emoción puede iniciar el camino, pero no puede sostenerlo sola.
No debemos despreciar el entusiasmo. También los sentimientos forman parte de nuestra relación con Dios. Una celebración intensa, una palabra que conmueve o un encuentro que nos devuelve la esperanza pueden ser el comienzo de algo importante.
Pero después llega la vida ordinaria, con su cansancio, sus dificultades y sus exigencias. Entonces la fe necesita raíces. Si no las tiene, el entusiasmo se marchita.
¿Cómo añadir profundidad a esta tierra? Manteniéndonos unidos a la comunidad y alimentándonos de la Palabra. La fe cristiana difícilmente se conserva aislada. Necesitamos la celebración del día del Señor, el testimonio de otros creyentes, sus consejos, sus correcciones y su apoyo.
Cuando nos alejamos durante semanas de la comunidad y de la Eucaristía, otras preocupaciones vuelven a atravesar el corazón hasta endurecerlo. Quizá pensemos que podemos sostener la fe por nuestra cuenta, pero pronto descubrimos que la tierra se ha quedado sin espesor.
Podemos comprobarlo con una pregunta sencilla: ¿Qué ocurre en nosotros cuando pasamos mucho tiempo sin escuchar el Evangelio, sin celebrar la Eucaristía y sin compartir la fe con otros? Con frecuencia se seca la vida interior casi sin que lo advirtamos.
La tierra cubierta de espinos
El tercer terreno permite que la semilla germine, pero está ocupado también por espinos. Estos crecen con mayor fuerza, rodean la planta y terminan asfixiándola.
Los espinos representan las múltiples preocupaciones que acompañan la vida diaria, tales como la salud, el trabajo, la familia, las amistades y tantos asuntos legítimos. No son realidades malas. Muchas de ellas son buenas y necesarias.
El problema comienza cuando absorben toda nuestra atención y todas nuestras energías. Entonces ya no queda espacio interior para la Palabra.
El activismo frenético, la preocupación obsesiva por los bienes materiales, la carrera profesional o la búsqueda constante de reconocimiento pueden apoderarse del corazón. Poco a poco, el interés por el Evangelio queda arrinconado.
No rechazamos expresamente a Dios; simplemente estamos demasiado ocupados para escucharlo. Y los espinos no suelen avisar de que están creciendo.
Lo que ocupa todo nuestro corazón termina convirtiéndose en un ídolo.
¿Cómo mantener libre este terreno? Mediante la oración, entendida como un diálogo constante con el Señor.
La fe es una relación de amor con Cristo. Quien decide unir su vida a la suya entra en una alianza que necesita comunicación, escucha y presencia. Algo semejante sucede en el matrimonio: Cuando el diálogo disminuye, desaparece el interés mutuo y cada uno comienza a vivir encerrado en su propio mundo, la relación se debilita.
También nuestra unión con Cristo puede deteriorarse cuando interrumpimos el diálogo con él. Si la oración desaparece, quedamos más expuestos a los ídolos, las ansiedades y los problemas de cada día. No hace falta renunciar formalmente a la fe. Basta con dejar de cuidar la relación.
La oración desbroza el terreno porque devuelve a cada cosa su lugar. Las preocupaciones siguen existiendo, pero ya no gobiernan solas nuestra vida.
La tierra bella
Finalmente aparece el cuarto terreno; es la tierra capaz de acoger la semilla y producir fruto: «ciento o sesenta o treinta por uno».
El texto griego dice: «ὁ δὲ ἐπὶ τὴν καλὴν γῆν σπαρείς» (ho dè epí ten kalén guen sparéis), es decir, «el que fue sembrado en la tierra buena». El adjetivo καλή (kalḗ) significa propiamente «buena», «noble», «excelente» o «adecuada» y puede contener también un matiz de belleza.
La tierra buena puede escucharse también como una tierra noble y bella.
Traducir καλή (kalḗ) como «buena» es exacto. Sin embargo, la palabra posee una riqueza mayor: puede expresar lo bello, noble, valioso y apropiado para cumplir bien su finalidad. La tierra es buena —y en ese sentido bella— porque acoge la semilla, permite que eche raíces y ofrece fruto.
Jesús no está hablando de un suelo bonito a la vista, sino de un corazón que permite actuar a la Palabra. La tierra se vuelve bella cuando escucha, comprende y deja que el Evangelio transforme la existencia.
Aquí podemos percibir una resonancia con otra expresión evangélica. En san Juan, Jesús se presenta diciendo: «ἐγώ εἰμι ὁ ποιμὴν ὁ καλός» (egó eimi ho poimén ho kalós), «Yo soy el Pastor bueno» (cfr. Jn 10, 11).
El mismo adjetivo καλός (kalós) puede expresar bondad, nobleza y belleza. No significa que Mateo esté remitiendo directamente al discurso del Buen Pastor, pero la coincidencia permite una aplicación espiritual fecunda.
Los contextos son distintos y conviene no confundirlos. Aun así, ambos textos permiten contemplar una bondad que no es fría ni meramente correcta, sino luminosa y capaz de atraer.
Cristo es el Pastor bello porque su amor es verdadero, noble y entregado. No abandona a las ovejas, no las utiliza ni busca su propio interés: da la vida por ellas. La suya es la belleza de un amor que se entrega hasta el final.
Y la tierra es bella cuando acoge esa manera de amar y comienza a reproducirla en sus frutos.
El Pastor bello hace nacer vidas bellas. Cuando el Evangelio arraiga, no produce solamente personas formalmente correctas. Hace surgir hombres y mujeres cuya vida comienza a adquirir la forma de Cristo: personas capaces de escuchar, servir, perdonar, sostener al débil y ofrecer esperanza.
La belleza cristiana no consiste en aparentar perfección. Se manifiesta cuando el amor de Cristo va transformando nuestras relaciones, nuestras decisiones y nuestra manera de afrontar el sufrimiento.
Un árbol bello se reconoce por sus frutos bellos. Del mismo modo, la Palabra acogida se reconoce en una vida que hace el bien de una manera humana, humilde y luminosa.
Quizá podríamos preguntarnos: ¿qué frutos está haciendo nacer el Evangelio en nosotros? ¿Nuestra manera de hablar, de tratar a los demás y de afrontar los conflictos refleja algo de la belleza del Pastor?
La tierra bella ya está presente en cada corazón, aunque a veces aparezca cubierta de piedras o espinos. Necesita ser cuidada, ensanchada y trabajada. Cuanto más espacio concedemos a la Palabra, más puede Cristo reproducir en nosotros la belleza de su amor.
El Pastor es bello porque entrega la vida; la tierra es bella cuando la acoge y da fruto.
Cuando el Evangelio arraiga, embellece la vida.
Esta belleza puede comprobarse allí donde la Palabra es acogida con seriedad. Surgen personas capaces de amar, perdonar, servir y vivir con esperanza. No son perfectas, pero su manera de relacionarse, afrontar el sufrimiento y entregarse a los demás deja entrever algo nuevo.
El adjetivo καλός (kalós), traducido habitualmente como «bueno», puede expresar también lo noble y bello. Cuando los discípulos dan frutos de amor, servicio, perdón y esperanza, dejan entrever algo de la belleza de Cristo.
Esta tierra fecunda también está presente en cada uno de nosotros. Necesita ser cuidada, ampliada y trabajada. Cuanto más espacio encuentre la Palabra, más podrá transformar nuestra manera de pensar, elegir y vivir.
Seguir sembrando
Al contemplar la parábola, advertimos que una gran cantidad de semilla parece perderse. Parte cae sobre el camino, otra entre las piedras y otra queda ahogada por los espinos.
Ante este resultado, alguien podría desanimarse y decidir que ya no merece la pena continuar. Es la tentación de muchos catequistas y anunciadores del Evangelio: «La gente no muestra interés; por tanto, dejaré de sembrar». Pero esa conclusión es precisamente el error que la parábola quiere evitar.
Si mucha semilla se pierde, sembremos todavía con mayor abundancia.
El sembrador no reduce la siembra por miedo al fracaso. Al contrario, continúa arrojando la semilla generosamente. Sabe que, entre tantos terrenos difíciles, siempre existe una porción de tierra capaz de acogerla y producir una cosecha inesperada.
Esa tierra buena —esa tierra bella— se encuentra en todos. Quizá esté escondida bajo las piedras, endurecida por el paso de muchas voces o cubierta de espinos. Pero existe.
La misión no consiste en calcular con mezquindad dónde merece la pena sembrar. Consiste en ofrecer la Palabra con confianza y, al mismo tiempo, ayudar a trabajar los terrenos.
También nosotros podemos preguntarnos: ¿Qué parte de nuestro corazón necesita hoy ser removida, profundizada o liberada para que la Palabra produzca en nosotros una vida verdaderamente bella?
