viernes, 7 de agosto de 2026

Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, Ciclo A | «¡Ánimo, soy yo!»

 

Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 14, 22-33 - «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

 

El pan que queda está llamado

a ponerse en camino.

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El pasaje evangélico del domingo pasado terminaba, recordémoslo, con una escena muy significativa: Los Doce apóstoles, después de haber servido a la multitud que Jesús había hecho sentarse sobre la hierba verde, recogieron doce canastos con los panes que habían sobrado. Evidentemente, un canasto para cada apóstol.

También había un detalle curioso: Mateo ya no menciona los peces. En manos de los apóstoles queda únicamente el pan. ¿Qué hicieron con él? ¿Se lo llevaron consigo? ¿Adónde?

Esta es la pregunta a la que el evangelista Mateo responde en el pasaje de hoy mediante un relato enigmático, lleno de símbolos bíblicos, que trataremos de comprender.

Ese pan es Jesús, su Palabra y su Evangelio.

Jesús dará una orden a sus discípulos y les indicará dónde deben llevar aquel pan. Porque, digámoslo desde ahora, ese pan es Él mismo: Jesús es el pan, la Palabra de vida, su Evangelio.

¿Adónde deberán llevarlo?

Jesús tuvo que vencer

la resistencia de los discípulos.

«Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente».

Jesús los obligó. En griego lo expresa del siguiente modo: «Καὶ ἠνάγκασεν τοὺς μαθητὰς ἐμβῆναι εἰς τὸ πλοῖον (Kaì enánkasen toùs mathetàs embênai eis tò ploîon), que traducido significa; «Y obligó/forzó/ puso bajo necesidad a los discípulos a subir a la barca».

El verbo griego ἀναγκάζω (anankázo) [ἠνάγκασεν (enánkasen)] indica que tuvo que imponerse, porque los discípulos se resistían a cumplir aquella orden. No querían subir a la barca ni partir solos hacia la otra orilla.

En los Evangelios, la expresión «ir a la otra orilla» significa dirigirse hacia Oriente. Basta mirar un mapa del lago de Galilea para comprenderlo: marchar hacia Oriente suponía adentrarse en territorio pagano, donde vivían personas que criaban cerdos y que, según la mentalidad religiosa de Israel, eran consideradas impuras.

Los discípulos llevan consigo el pan que han recogido. Ya hemos dicho que ese pan representa a Cristo, su Palabra y su Evangelio. Sin embargo, no quieren llevarlo a la otra orilla. Preferirían reservarlo para el pueblo santo, para su propio pueblo, Israel.

La elección de Israel no excluye:

Está al servicio de todos.

Para comprender este pasaje evangélico debemos tener presente la situación que vivían las primeras comunidades cristianas. No todos sus problemas procedían de la oposición exterior; también surgían tensiones dentro de la propia comunidad: rivalidades, escándalos, dificultades para perdonarse y desacuerdos sobre la acogida de los creyentes procedentes del paganismo (cfr. Mt 18, 1-35; Hch 15, 1-29; Gal 2, 11-14). El mismo Evangelio de Mateo refleja comunidades que necesitan aprender continuamente la corrección fraterna, la reconciliación y el perdón.

Los Hechos de los Apóstoles cuentan que algunos creyentes procedentes del partido de los fariseos se habían incorporado a la comunidad cristiana, pero seguían sosteniendo que los paganos debían circuncidarse y observar la Ley de Moisés (cfr. Hch 15, 1-5). Esta postura provocó un serio conflicto dentro de la Iglesia naciente, que tuvo que ser discernido por los apóstoles y los responsables de la comunidad de Jerusalén (cfr. Hch 15, 6-29).

¿Y cuál es esa gran novedad? El amor incondicional de Dios por cada ser humano. Ellos seguían pensando que las bendiciones divinas estaban reservadas únicamente a los hijos de Abrahán. No habían comprendido que la elección del pueblo de Israel no se había realizado contra los paganos, sino en favor de ellos.

El Evangelio no puede quedar

encerrado en nuestra barca.

En este contexto, Mateo introduce el relato que estamos comentando para iluminar, desde Cristo, aquel conflicto interno de la comunidad. No pretende ofrecernos simplemente la crónica de una travesía por el lago, sino una página de catequesis construida con imágenes y símbolos bíblicos muy conocidos por sus primeros lectores y que también nosotros podemos comprender.

Los Doce parten solos. Lo hacen de mala gana, ciertamente, pero comienzan a dirigirse hacia la tierra pagana.

Cuando Jesús sube al monte,

no abandona a los suyos.

«Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo».

Resulta un poco extraño que Jesús no acompañe a sus discípulos hasta la otra orilla y que, en cambio, suba solo al monte para orar. ¿Por qué necesitaba subir a un monte? Después llega la tarde, y Él permanece allí, completamente solo.

Si leyéramos la escena únicamente como una crónica, podríamos sentirnos desconcertados. Sin embargo, cuando tenemos presente el simbolismo del monte en la Biblia y en los Evangelios, todo comienza a aclararse. La llanura representa el espacio donde transcurre nuestra vida cotidiana; el monte, en cambio, remite al mundo de Dios. Subir al monte significa salir al encuentro del Señor.

Los discípulos se alejan en la barca y están solos; o, mejor dicho, se sienten solos, porque ya no tienen físicamente a Jesús junto a ellos. ¿Por qué los ha dejado?

El relato de Marcos nos lo explica mediante una imagen: Ha llegado la tarde. Es la tarde de Jesús. Su jornada ha terminado; no solo la jornada de aquel día, sino la jornada entera de su vida. Por eso ha subido al monte.

Dentro del simbolismo de Mateo comprendemos de qué tarde se trata: es el final de la vida de Jesús. Él ha dejado nuestro mundo y ha entrado en el mundo de Dios. Se ha despedido de la multitud, que representa a toda la humanidad. Ha concluido su misión y ha consumado su vida entregándose como pan y curando toda enfermedad.

Ahora ha entrado definitivamente en el mundo de Dios. Por eso los discípulos se encuentran solos: Jesús ya no está visiblemente con ellos.

No estamos ante una simple página de crónica, sino ante una narración parabólica construida por Mateo con símbolos bíblicos para responder a los problemas que vivían sus comunidades.

La barca lleva el Evangelio

hacia todas las orillas.

La barca representa a la Iglesia, a la comunidad de los discípulos que avanza sobre el mar. El mar, por su parte, simboliza cuanto se opone a la vida.

En esa barca viajan quienes han recibido la misión de llevar a Cristo y su Evangelio a todos los seres humanos, sin discriminaciones, cualquiera que sea su pueblo, su nación, su cultura o su condición social.

Pero el mal, simbolizado por el mar, se resistirá. Todas las fuerzas negativas parecerán ponerse de acuerdo para impedir la travesía.

La barca no avanza bajo la luz del sol, sino durante la noche, rodeada de oscuridad. ¿Qué representa esa tiniebla?

El libro del Génesis presenta la luz como la primera realidad que Dios hace surgir en medio de las tinieblas (cfr. Gn 1, 1-5). Desde entonces, tanto en la Biblia como en el Nuevo Testamento, la luz simboliza lo bueno, lo bello y todo aquello que procede de Dios.

El Salmo 104 presenta a Dios envuelto en luz como en un manto (cfr. Sal 104, 2). La primera carta de Juan afirma que Dios es luz y que en Él no existe oscuridad alguna (cfr. 1 Jn 1, 5).

La oscuridad, por el contrario, y también el color negro que la representa, se convierten en símbolos del reino del mal y de la muerte. Job describe el sheol, el mundo de los muertos, como una tierra de tinieblas y oscuridad (cfr. Job 10, 21-22).

La noche exterior refleja

la confusión del corazón.

La oscuridad que envuelve a los discípulos en la barca simboliza su desorientación. Tienen que obedecer una orden del Señor, pero se sienten inseguros, confundidos y vacilantes. Parece que ya no distinguen con claridad hacia dónde deben dirigirse.

Esta imagen refleja el momento difícil que atravesaban las comunidades cristianas del tiempo de Mateo. Pero también retrata muchas situaciones de la Iglesia de hoy.

¿Acaso no tenemos a veces la impresión de estar rodeados de oscuridad? Nos sentimos desorientados. No sabemos qué decisiones tomar, qué postura adoptar ni hacia dónde avanzar. Muchas certezas que creíamos firmes vuelven a ponerse en cuestión, y nos preguntamos qué es justo y qué es equivocado.

Jesús había asegurado que las puertas del abismo, es decir, el mundo de las tinieblas y del mal, no podrían resistir la fuerza del Evangelio (cfr. Mt 16, 18). El Evangelio derribaría todas las barreras.

Sin embargo, muchas veces experimentamos lo contrario. Nos parece que el reino del mal es demasiado poderoso, invencible e impermeable al Evangelio. Incluso podemos llegar a dudar de que nuestro compromiso con la causa del reino de Dios siga teniendo sentido.

También la fe conoce noches y silencios.

Estas son las noches de nuestra Iglesia: Las noches del abandono, del desaliento, de las oposiciones y de las divisiones que aparecen dentro de nuestras comunidades.

Pero esta experiencia no pertenece solo a la vida de la Iglesia. También nosotros, personalmente, atravesamos noches angustiosas.

A veces la vida nos coloca ante acontecimientos desconcertantes; dramas, pérdidas, traiciones e injusticias. Nuestra fe puede entonces tambalearse y entrar en crisis. Llegamos a preguntarnos si todavía merece la pena seguir viviendo según el Evangelio.

Nos sentimos solos y conocemos esa experiencia inquietante que llamamos «el silencio de Dios». Dejamos de percibir su presencia a nuestro lado y su voz ya no resuena en nuestro corazón con la misma claridad y fuerza.

¿Qué sucede entonces con aquella barca que, en medio de la noche, sigue avanzando hacia la meta señalada por Jesús?

Las olas no solo sacuden la barca:

Ponen a prueba su resistencia.

«Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario».   

La barca era golpeada violentamente por las olas. En griego lo expresa así: «Τὸ δὲ πλοῖον ἤδη μέσον τῆς θαλάσσης ἦν βασανιζόμενον ὑπὸ τῶν κυμάτων· ἦν γὰρ ἐναντίος ὁ ἄνεμος.
(Tò dè ploîon éde méson tês thalássēs ên basanizómenon hypò tôn kymátōn; ên gàr enantíos ho ánemos); que traducido significa; «Pero la barca está estaba siendo continuamente atormentada por las olas / siendo duramente castigada / sometida a tormento, porque el viento era contrario».

La piedra de toque

Mateo emplea la forma βασανιζόμενον (basanizómenon), del verbo βασανίζω (basanízō), relacionado con el sustantivo βάσανος (básanos). La βάσανος (básanos) era la piedra de toque: Una piedra oscura, dura y compacta sobre la que se frotaban el oro y otros metales para comprobar su autenticidad y su grado de pureza. El roce dejaba una huella, y esa huella permitía distinguir el metal verdadero de una aleación de escaso valor.

La imagen es muy expresiva. La piedra no creaba el oro ni lo destruía; sino que revelaba lo que realmente había en él. Del mismo modo, la prueba no inventa la fe de una comunidad, sino que pone al descubierto su consistencia. Cuando llegan las olas, se manifiesta qué hay de Evangelio auténtico, qué hay de adhesión frágil y qué elementos necesitan ser purificados.

Con el tiempo, βασανίζω (basanízō) pasó de significar «examinar con la piedra de toque» a expresar la idea de someter a una prueba dolorosa, atormentar o causar un sufrimiento intenso. Por eso, cuando Mateo afirma que la barca estaba βασανιζόμενον (basanizómenon) por las olas, no describe únicamente una embarcación sacudida por el mar. Presenta a la comunidad sometida a una prueba extrema, golpeada precisamente allí donde puede quedar al descubierto la autenticidad de su fe.

La prueba no fabrica el oro:

Revela si realmente lo hay.

Las olas hacen sufrir a la barca, pero también muestran de qué está hecha. Revelan el oro de una fe firme y desenmascaran aquello que solo parecía valioso. No toda crisis destruye; algunas crisis, aunque duelan, obligan a la comunidad a distinguir entre el Evangelio y lo que se le ha ido adhiriendo con el tiempo sin pertenecer verdaderamente a él.

Por tanto, el verbo no significa únicamente «sacudir» o «zarandear». También puede expresar la idea de atormentar, torturar o someter a una prueba muy dura. Las olas están poniendo al límite la resistencia de aquella barca.

¿Qué representan esas olas? Son las pruebas con las que toda comunidad cristiana debe contar y a las que también hoy necesita enfrentarse.

La mundanidad presenta como bueno

lo que simplemente agrada.

Conocemos bien algunas de esas olas. Son las olas de la mundanidad, que nos presentan como bueno aquello que gusta y como justo aquello que hace todo el mundo. Nos proponen como modelo digno de admiración al que alcanza el éxito, aunque su manera de vivir sea exactamente la contraria a la que Jesús proclama en las bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 3-12).

Pero también existen olas que nacen dentro de la propia Iglesia: los escándalos, la dureza de corazón ante la Palabra de Dios, las tradiciones que han quedado obsoletas y que algunos se empeñan en conservar, o ciertas credulidades que nada tienen que ver con el Evangelio.

Todo esto pone duramente a prueba a la comunidad cristiana que desea abrirse de verdad a la propuesta de Jesús.

Las pruebas revelan

qué es oro y qué solo lo parece.

Estas dificultades nos hacen sufrir, pero también pueden —y deben— purificarnos. Como la piedra de toque descubre la calidad de un metal, las pruebas permiten distinguir el oro de la fe auténtica de otros materiales que nada tienen que ver con ella.

Las olas sacuden continuamente la barca y, en ocasiones, arrojan fuera a quienes viven su fe con inseguridad, indecisión o escasa convicción.

Y no solo están las olas. También sopla un viento contrario. Las comunidades cristianas no llevan a favor el viento del mundo.

La Biblia habla con frecuencia del viento que golpea las embarcaciones. El Salmo 48 menciona el viento del este que destroza las naves de Tarsis (cfr. Sal 48, 8). El Salmo 107 describe el viento que levanta una tempestad en el mar, hace subir y bajar las naves entre las olas y provoca que los marineros se tambaleen como borrachos (cfr. Sal 107, 25-27).

Esta imagen expresa con gran fuerza lo que también sucede hoy en nuestras comunidades cristianas. Es una experiencia que todos conocemos y que estamos llamados a afrontar.

La mundanidad nunca sopla

a favor del Evangelio.

Cuando las oposiciones nos asustan y comenzamos a dudar de las decisiones que hemos tomado, quizá se manifieste que nuestra fe en Cristo todavía es débil y frágil.

Pero ¿estamos realmente atravesando el mar solos? Los Doce creen que sí. Piensan que han sido abandonados, olvidados por Jesús y dejados a merced de las olas.

El mar representa todo

lo que amenaza la vida.

«A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».  

En las culturas del antiguo Oriente Próximo, el mar era considerado símbolo del mal, de las fuerzas demoníacas y de la muerte. En Babilonia se celebraba una famosa fiesta de Año Nuevo, llamada Akītu. En su jornada más solemne, el sumo sacerdote del dios Marduk recitaba el Enūma eliš, el relato mítico de la creación.

Este poema narraba un combate grandioso entre Marduk y el mar, imaginado como un monstruo que pretendía mantener el caos e impedir el nacimiento de la vida.

También la Biblia recoge la imagen simbólica del mar y de los monstruos marinos como representación de las fuerzas del caos y de cuanto amenaza la vida (cfr. Sal 74, 13-14; Sal 89, 10-11; Is 27, 1; Job 26, 12-13). Sin embargo, el Dios de Israel no necesita conquistar el mar después de una lucha incierta entre divinidades rivales: lo domina soberanamente, le fija límites y lo somete a su autoridad (cfr. Gn 1, 2-10; Job 38, 8-11; Sal 104, 6-9; Nah 1, 4).

El ejemplo más conocido es el paso del mar Rojo. Cuando Israel parece atrapado entre el ejército del faraón y las aguas, Dios abre un camino en medio del mar y conduce a su pueblo desde la esclavitud hacia la libertad (cfr. Ex 14, 15-31). Aquellas aguas, que parecían anunciar la muerte, se convierten por la acción de Dios en camino de salvación. Por eso Israel canta después que el Señor ha manifestado su poder y ha arrojado al mar al caballo y al jinete (cfr. Ex 15, 1-18).

Al final del libro de Job, Dios interviene para responder a Job y le pregunta: «¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra?». Después le recuerda que fue Él quien puso límites al mar y le dijo: «Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas» (cfr. Job 38, 4-11).

Dios no combate angustiado contra el mar. Le basta su Palabra para poner freno a su fuerza.

Los discípulos temen

otras aguas más profundas.

Este simbolismo resulta imprescindible para comprender el relato. El miedo de los discípulos no nace simplemente del temor a ahogarse en las aguas del lago de Tiberíades. Eran hombres habituados al lago y, probablemente, buenos nadadores. El único que quizá no sabía nadar era Jesús, que procedía de Nazaret, una localidad de las montañas de la Baja Galilea.

Las aguas que verdaderamente asustan a los discípulos son otras. Temen quedar sumergidos por el mundo pagano. Tienen miedo de que su misión fracase y de que el Evangelio no consiga abrirse camino.

Esta era la situación que vivían muchas comunidades cristianas al final del siglo I, y también puede ser la experiencia de nuestras comunidades actuales.

En medio de esta situación dramática aparece Jesús caminando sobre las aguas. El relato repite dos veces este detalle porque es decisivo. Jesús no teme las olas que aterrorizan a los discípulos. Camina serenamente sobre ellas, las pisa, como quien pone al enemigo bajo sus pies.

¿Quién es este hombre? El libro de Job ofrece la respuesta: Solo Dios camina sobre las olas del mar (cfr. Job 9, 8).

El Resucitado no está ausente:

está presente de otro modo.

Los discípulos ven a Jesús, pero no consiguen reconocerlo. Creen estar viendo un fantasma. Mateo no está componiendo una simple crónica material; mediante imágenes bíblicas describe la situación de unas comunidades cristianas atormentadas por las pruebas, angustiadas por las dudas y desorientadas porque ya no tienen visiblemente junto a ellas al Maestro que les transmitía seguridad y valentía.

El evangelista desea iluminar a aquellas comunidades y también a las nuestras. Por eso les recuerda una verdad que conocían bien y que nunca deberían olvidar: El Resucitado no se ha alejado ni las ha abandonado a su suerte.

Permanece siempre junto a ellas, como había prometido, hasta el final del mundo (cfr. Mt 28, 20). Ya no está presente físicamente como cuando recorría los caminos de Palestina, pero su presencia no es por ello menos real.

Al contrario, ahora puede estar junto a cada persona, porque ya no está sometido a los límites del espacio y del tiempo. Antes, cuando se encontraba en Nazaret, no estaba en Cafarnaúm; cuando estaba en Cafarnaúm, su madre podía sentirlo lejos. Ahora esos límites han desaparecido.

Sin embargo, esta nueva presencia no debe confundirse con la de un fantasma. El día de Pascua, cuando el Resucitado se presentó en medio de los discípulos reunidos, también ellos se asustaron y creyeron estar viendo un espíritu (cfr. Lc 24, 36-43).

Era realmente Jesús, pero en una condición completamente nueva. Los ojos corporales ya no bastan para reconocerlo; solo la mirada de la fe puede descubrir su presencia.

Una presencia que no transforma la vida

puede parecernos un fantasma.

Podemos preguntarnos si somos verdaderamente conscientes de que el Resucitado camina junto a nosotros. ¿Experimentamos su presencia como algo real o permanece para nosotros vaga, difusa y casi tan inconsistente como la imagen de un fantasma?

Cuando esa presencia no influye en nuestras decisiones ni ilumina nuestra manera de vivir, no resulta extraño que, al llegar las dificultades, nos sintamos solos y tengamos miedo.

El episodio de Jesús caminando sobre las aguas aparece también en Marcos y en Juan. Sin embargo, solo Mateo añade ahora una sorprendente petición de Pedro dirigida a Jesús.

         El miedo de Pedro no es hundirse:

Es perder la vida.

«Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame». Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?
».   

La petición de Pedro no es solo extraña; tomada al pie de la letra, resulta poco verosímil. ¿Cómo puede un hombre acostumbrado al lago, probablemente buen nadador, tener tanto miedo de hundirse en sus aguas?

Aquí llegamos al punto culminante del simbolismo del relato. El miedo de Pedro es otro: Teme que, si entrega su vida como Jesús le pide, termine siendo devorado para siempre por esas aguas que simbolizan la muerte.

Esta imagen aparece también en la Biblia. El autor del Salmo 18 recuerda una experiencia límite y la describe mediante las aguas de la muerte: se siente rodeado por olas mortales y arrastrado por torrentes que lo conducen hacia el שְׁאוֹל (sheol), el mundo de los muertos (cfr. Sal 18, 5-6).

Eso es lo que Pedro teme. Si voy hacia Jesús, si hago lo que Él me propone, si entrego mi vida como Él la entregó, ¿no acabaré perdiéndola? ¿No terminaré sumergido para siempre en las aguas de la muerte? ¿Y si al final descubro que habría sido mejor disfrutar de la vida como hacen quienes no viven según el Evangelio?

Pedro cree en Jesús, pero quiere saber

si puede fiarse hasta el final.

Pedro sabe que Jesús no ha quedado sepultado en las aguas de la muerte. Este relato ha sido escrito después de que los discípulos hayan vivido la experiencia del Resucitado. Pero Pedro quiere tener la certeza de que también para él será posible aquello que ha contemplado en Jesús: atravesar la muerte y entrar en la vida, en el mundo de Dios.

Jesús lo invita entonces a ir hacia Él. Le pide que recorra el mismo camino que Él ha recorrido. Pedro comienza a hacerlo, pero en un momento determinado duda de haber tomado la decisión correcta y aparece el miedo.

Pedro se convierte así en imagen de nuestra condición de discípulos: Creemos en Jesús, confiamos en Él, pero quizá no siempre hasta el final. Podemos estar dispuestos a entregar la vida… aunque, cuando la entrega empieza a ser demasiado concreta, aparece la tentación de reservarnos una parte para nosotros.

El problema no es saber si el Evangelio es verdadero,

sino si nos atrevemos a vivirlo.

La duda de Pedro no consiste en pensar que Jesús esté equivocado o que entregar la vida por amor sea una opción equivocada. Su duda es más profunda y más humana: No está seguro de ser capaz de mantener esa entrega hasta el final.

Y entonces Pedro hace lo único que puede hacer: Pide ayuda al Señor.

También nosotros somos invitados a hacer lo mismo. La fuerza para vivir una vida entregada como la de Jesús no nace únicamente de nuestra voluntad; Él puede comunicarnos su Espíritu para sostenernos en ese camino.

Jesús señala que esta duda revela una fe todavía pequeña. Confiamos en Él, sí, pero quizá solo hasta cierto punto. Hay fe, pero todavía necesita crecer.

¿Habría sido mejor que Pedro no saliera de la barca y permaneciera junto a los demás discípulos? El relato abre ahora otra posibilidad.

En las tormentas,

Pedro no debía abandonar la barca.

«En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».

Son muchos los momentos oscuros que atravesamos en nuestra vida, y muchas también las tempestades que sacuden la barca de la Iglesia. ¿Qué podemos hacer cuando llegan esos momentos?

Pedro toma la decisión de salir de la barca. Sin embargo, debería haber permanecido junto a sus hermanos y cumplir la misión que Jesús le había confiado: «confirma a tus hermanos» (cfr. Lc 22, 32). Su tarea no consistía en alejarse de ellos, sino en sostenerlos en la fe.

La misión de Pedro era ayudar

a reconocer al Resucitado.

Pedro debía acoger a Jesús en la barca y ayudar a sus hermanos a comprender que el Resucitado no es un fantasma. Su presencia es real en medio de la comunidad cristiana y en la vida de cada uno de nosotros.

Este es precisamente uno de los grandes mensajes del relato: Cuando la comunidad atraviesa la noche y las olas parecen amenazarlo todo, Cristo no está ausente. Puede que no lo reconozcamos inmediatamente, pero sigue estando presente.

Cuando Cristo entra en la barca,

la tormenta pierde su poder.

En los momentos difíciles de nuestra vida y en las etapas turbulentas de la Iglesia, se nos invita a acoger el Evangelio, a acoger a Cristo en nuestra existencia y en la vida de la comunidad.

Entonces comenzamos a descubrir algo decisivo: Las tormentas pueden seguir siendo reales, pero dejan de tener la última palabra. Cuando Cristo es acogido en la barca, el viento termina calmándose (cfr. Mt 14, 32).

Quizá podamos preguntarnos: Cuando llegan nuestras propias tempestades, ¿intentamos salir solos de la barca o ayudamos a nuestros hermanos a reconocer que el Resucitado sigue estando realmente en medio de nosotros?

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