Homilía
del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 14, 22-33 - «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
El pan que queda está llamado
a ponerse en camino.
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El pasaje
evangélico del domingo pasado terminaba, recordémoslo, con una escena muy
significativa: Los Doce apóstoles, después de haber servido a la multitud que
Jesús había hecho sentarse sobre la hierba verde, recogieron doce canastos con
los panes que habían sobrado. Evidentemente, un canasto para cada apóstol.
También había un
detalle curioso: Mateo ya no menciona los peces. En manos de los apóstoles
queda únicamente el pan. ¿Qué hicieron con él? ¿Se lo llevaron consigo?
¿Adónde?
Esta es la
pregunta a la que el evangelista Mateo responde en el pasaje de hoy mediante un
relato enigmático, lleno de símbolos bíblicos, que trataremos de comprender.
Ese pan es Jesús, su Palabra y su Evangelio.
Jesús dará una
orden a sus discípulos y les indicará dónde deben llevar aquel pan. Porque,
digámoslo desde ahora, ese pan es Él mismo: Jesús es el pan, la Palabra de
vida, su Evangelio.
¿Adónde deberán llevarlo?
Jesús tuvo que vencer
la resistencia de los discípulos.
«Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a
sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla,
mientras él despedía a la gente».
Jesús los obligó. En
griego lo expresa del siguiente modo: «Καὶ ἠνάγκασεν τοὺς μαθητὰς ἐμβῆναι
εἰς τὸ πλοῖον (Kaì enánkasen toùs mathetàs embênai eis tò ploîon),
que traducido significa; «Y obligó/forzó/ puso bajo
necesidad a los discípulos a subir a la barca».
El verbo griego ἀναγκάζω
(anankázo) [ἠνάγκασεν (enánkasen)] indica que tuvo
que imponerse, porque los discípulos se resistían a cumplir aquella orden.
No querían subir a la barca ni partir solos hacia la otra orilla.
En los Evangelios,
la expresión «ir a la otra orilla» significa dirigirse hacia Oriente.
Basta mirar un mapa del lago de Galilea para comprenderlo: marchar hacia
Oriente suponía adentrarse en territorio pagano, donde vivían personas que
criaban cerdos y que, según la mentalidad religiosa de Israel, eran
consideradas impuras.
Los discípulos
llevan consigo el pan que han recogido. Ya hemos dicho que ese pan representa a
Cristo, su Palabra y su Evangelio. Sin embargo, no quieren llevarlo a la otra
orilla. Preferirían
reservarlo para el pueblo santo, para su propio pueblo, Israel.
La elección de Israel no excluye:
Está al servicio de todos.
Para comprender
este pasaje evangélico debemos tener presente la situación que vivían las
primeras comunidades cristianas. No todos sus problemas procedían de la
oposición exterior; también surgían tensiones dentro de la propia comunidad:
rivalidades, escándalos, dificultades para perdonarse y desacuerdos sobre la
acogida de los creyentes procedentes del paganismo (cfr. Mt 18, 1-35; Hch 15,
1-29; Gal 2, 11-14). El mismo Evangelio de Mateo refleja comunidades que
necesitan aprender continuamente la corrección fraterna, la reconciliación y el
perdón.
Los Hechos de los
Apóstoles cuentan que algunos creyentes procedentes del partido de los fariseos
se habían incorporado a la comunidad cristiana, pero seguían sosteniendo que
los paganos debían circuncidarse y observar la Ley de Moisés (cfr. Hch 15, 1-5).
Esta postura provocó un serio conflicto dentro de la Iglesia naciente, que tuvo
que ser discernido por los apóstoles y los responsables de la comunidad de
Jerusalén (cfr. Hch 15, 6-29).
¿Y cuál es esa
gran novedad? El amor incondicional de Dios por cada ser humano. Ellos
seguían pensando que las bendiciones divinas estaban reservadas únicamente a
los hijos de Abrahán. No habían comprendido que la elección del pueblo de
Israel no se había realizado contra los paganos, sino en favor de ellos.
El Evangelio no puede quedar
encerrado en nuestra barca.
En este contexto,
Mateo introduce el relato que estamos comentando para iluminar, desde Cristo,
aquel conflicto interno de la comunidad. No pretende ofrecernos simplemente la
crónica de una travesía por el lago, sino una página de catequesis construida con
imágenes y símbolos bíblicos muy conocidos por sus primeros lectores y que
también nosotros podemos comprender.
Los Doce parten
solos. Lo hacen de mala gana, ciertamente, pero comienzan a dirigirse hacia
la tierra pagana.
Cuando Jesús sube al monte,
no abandona a los suyos.
«Y después de despedir a la gente subió al monte a solas
para orar. Llegada la noche estaba allí solo».
Resulta un poco
extraño que Jesús no acompañe a sus discípulos hasta la otra orilla y que, en
cambio, suba solo al monte para orar. ¿Por qué necesitaba subir a un monte?
Después llega la tarde, y Él permanece allí, completamente solo.
Si leyéramos la
escena únicamente como una crónica, podríamos sentirnos desconcertados. Sin
embargo, cuando tenemos presente el simbolismo del monte en la Biblia y en los
Evangelios, todo comienza a aclararse. La llanura representa el espacio
donde transcurre nuestra vida cotidiana; el monte, en cambio, remite al mundo
de Dios. Subir al monte significa salir al encuentro del Señor.
Los discípulos se
alejan en la barca y están solos; o, mejor dicho, se sienten solos, porque ya
no tienen físicamente a Jesús junto a ellos. ¿Por qué los ha dejado?
El relato de
Marcos nos lo explica mediante una imagen: Ha llegado la tarde. Es la tarde de
Jesús. Su jornada ha terminado; no solo la jornada de aquel día, sino la
jornada entera de su vida. Por eso ha subido al monte.
Dentro del
simbolismo de Mateo comprendemos de qué tarde se trata: es el final de la vida
de Jesús. Él ha dejado nuestro mundo y ha entrado en el mundo de Dios. Se ha
despedido de la multitud, que representa a toda la humanidad. Ha concluido su
misión y ha consumado su vida entregándose como pan y curando toda enfermedad.
Ahora ha entrado
definitivamente en el mundo de Dios. Por eso los discípulos se encuentran
solos: Jesús ya no está visiblemente con ellos.
No estamos ante
una simple página de crónica, sino ante una narración parabólica construida por
Mateo con símbolos bíblicos para responder a los problemas que vivían sus
comunidades.
La barca lleva el Evangelio
hacia todas las orillas.
La barca
representa a la Iglesia, a la comunidad de los discípulos que avanza sobre el
mar. El mar, por su parte, simboliza cuanto se opone a la vida.
En esa barca
viajan quienes han recibido la misión de llevar a Cristo y su Evangelio a todos
los seres humanos, sin discriminaciones, cualquiera que sea su pueblo, su
nación, su cultura o su condición social.
Pero el mal,
simbolizado por el mar, se resistirá. Todas las fuerzas negativas parecerán
ponerse de acuerdo para impedir la travesía.
La barca no avanza
bajo la luz del sol, sino durante la noche, rodeada de oscuridad. ¿Qué
representa esa tiniebla?
El libro del
Génesis presenta la luz como la primera realidad que Dios hace surgir en medio
de las tinieblas (cfr. Gn 1, 1-5). Desde entonces, tanto en la Biblia como en
el Nuevo Testamento, la luz simboliza lo bueno, lo bello y todo aquello que
procede de Dios.
El Salmo 104
presenta a Dios envuelto en luz como en un manto (cfr. Sal 104, 2). La primera
carta de Juan afirma que Dios es luz y que en Él no existe oscuridad alguna
(cfr. 1 Jn 1, 5).
La oscuridad, por
el contrario, y también el color negro que la representa, se convierten en
símbolos del reino del mal y de la muerte. Job describe el sheol, el mundo de
los muertos, como una tierra de tinieblas y oscuridad (cfr. Job 10, 21-22).
La noche exterior refleja
la confusión del corazón.
La oscuridad que
envuelve a los discípulos en la barca simboliza su desorientación. Tienen que
obedecer una orden del Señor, pero se sienten inseguros, confundidos y
vacilantes. Parece que ya no distinguen con claridad hacia dónde deben
dirigirse.
Esta imagen
refleja el momento difícil que atravesaban las comunidades cristianas del
tiempo de Mateo. Pero también retrata muchas situaciones de la Iglesia de hoy.
¿Acaso no tenemos
a veces la impresión de estar rodeados de oscuridad? Nos sentimos
desorientados. No sabemos qué decisiones tomar, qué postura adoptar ni hacia
dónde avanzar. Muchas certezas que creíamos firmes vuelven a ponerse en
cuestión, y nos preguntamos qué es justo y qué es equivocado.
Jesús había
asegurado que las puertas del abismo, es decir, el mundo de las tinieblas y del
mal, no podrían resistir la fuerza del Evangelio (cfr. Mt 16, 18). El Evangelio
derribaría todas las barreras.
Sin embargo,
muchas veces experimentamos lo contrario. Nos parece que el reino del mal es
demasiado poderoso, invencible e impermeable al Evangelio. Incluso podemos
llegar a dudar de que nuestro compromiso con la causa del reino de Dios siga
teniendo sentido.
También la fe conoce noches y silencios.
Estas son las
noches de nuestra Iglesia: Las noches del abandono, del desaliento, de las
oposiciones y de las divisiones que aparecen dentro de nuestras comunidades.
Pero esta
experiencia no pertenece solo a la vida de la Iglesia. También nosotros,
personalmente, atravesamos noches angustiosas.
A veces la vida
nos coloca ante acontecimientos desconcertantes; dramas, pérdidas, traiciones e
injusticias. Nuestra fe puede entonces tambalearse y entrar en crisis. Llegamos
a preguntarnos si todavía merece la pena seguir viviendo según el Evangelio.
Nos sentimos solos
y conocemos esa experiencia inquietante que llamamos «el silencio de Dios».
Dejamos de percibir su presencia a nuestro lado y su voz ya no resuena en
nuestro corazón con la misma claridad y fuerza.
¿Qué sucede
entonces con aquella barca que, en medio de la noche, sigue avanzando hacia la
meta señalada por Jesús?
Las olas no solo sacuden la barca:
Ponen a prueba su resistencia.
«Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario».
La barca era
golpeada violentamente por las olas. En griego lo expresa así: «Τὸ δὲ πλοῖον ἤδη
μέσον τῆς θαλάσσης ἦν βασανιζόμενον ὑπὸ τῶν κυμάτων· ἦν γὰρ ἐναντίος ὁ ἄνεμος.
(Tò dè ploîon éde méson tês thalássēs ên basanizómenon hypò tôn kymátōn; ên
gàr enantíos ho ánemos); que traducido significa; «Pero la barca está estaba
siendo continuamente atormentada por las olas / siendo duramente castigada
/ sometida a tormento, porque el viento era contrario».
La piedra de toque
Mateo emplea la
forma βασανιζόμενον (basanizómenon), del verbo βασανίζω (basanízō),
relacionado con el sustantivo βάσανος (básanos). La βάσανος (básanos)
era la piedra de toque: Una piedra oscura, dura y compacta sobre la que se
frotaban el oro y otros metales para comprobar su autenticidad y su grado de
pureza. El roce dejaba una huella, y esa huella permitía distinguir el metal
verdadero de una aleación de escaso valor.
La imagen es muy
expresiva. La piedra no creaba el oro ni lo destruía; sino que revelaba lo que
realmente había en él. Del mismo modo, la prueba no inventa la fe de una
comunidad, sino que pone al descubierto su consistencia. Cuando llegan las
olas, se manifiesta qué hay de Evangelio auténtico, qué hay de adhesión frágil
y qué elementos necesitan ser purificados.
Con el tiempo, βασανίζω
(basanízō) pasó de significar «examinar con la piedra de toque»
a expresar la idea de someter a una prueba dolorosa, atormentar o causar un
sufrimiento intenso. Por eso, cuando Mateo afirma que la barca estaba βασανιζόμενον
(basanizómenon) por las olas, no describe únicamente una embarcación
sacudida por el mar. Presenta a la comunidad sometida a una prueba extrema,
golpeada precisamente allí donde puede quedar al descubierto la autenticidad de
su fe.
La prueba no fabrica el oro:
Revela si realmente lo hay.
Las olas hacen
sufrir a la barca, pero también muestran de qué está hecha. Revelan el oro
de una fe firme y desenmascaran aquello que solo parecía valioso. No toda
crisis destruye; algunas crisis, aunque duelan, obligan a la comunidad a
distinguir entre el Evangelio y lo que se le ha ido adhiriendo con el tiempo
sin pertenecer verdaderamente a él.
Por tanto, el
verbo no significa únicamente «sacudir» o «zarandear». También
puede expresar la idea de atormentar, torturar o someter a una prueba muy dura.
Las olas están poniendo al límite la resistencia de aquella barca.
¿Qué representan
esas olas? Son las pruebas con las que toda comunidad cristiana debe contar y a
las que también hoy necesita enfrentarse.
La mundanidad presenta como bueno
lo que simplemente agrada.
Conocemos bien
algunas de esas olas. Son las olas de la mundanidad, que nos presentan como
bueno aquello que gusta y como justo aquello que hace todo el mundo. Nos
proponen como modelo digno de admiración al que alcanza el éxito, aunque su
manera de vivir sea exactamente la contraria a la que Jesús proclama en las
bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 3-12).
Pero también
existen olas que nacen dentro de la propia Iglesia: los escándalos, la dureza
de corazón ante la Palabra de Dios, las tradiciones que han quedado obsoletas y
que algunos se empeñan en conservar, o ciertas credulidades que nada tienen que
ver con el Evangelio.
Todo esto pone
duramente a prueba a la comunidad cristiana que desea abrirse de verdad a la
propuesta de Jesús.
Las pruebas revelan
qué es oro y qué solo lo parece.
Estas dificultades
nos hacen sufrir, pero también pueden —y deben— purificarnos. Como la piedra
de toque descubre la calidad de un metal, las pruebas permiten distinguir el
oro de la fe auténtica de otros materiales que nada tienen que ver con ella.
Las olas sacuden
continuamente la barca y, en ocasiones, arrojan fuera a quienes viven su fe con
inseguridad, indecisión o escasa convicción.
Y no solo están
las olas. También sopla un viento contrario. Las comunidades cristianas no
llevan a favor el viento del mundo.
La Biblia habla
con frecuencia del viento que golpea las embarcaciones. El Salmo 48 menciona el
viento del este que destroza las naves de Tarsis (cfr. Sal 48, 8). El Salmo 107
describe el viento que levanta una tempestad en el mar, hace subir y bajar las
naves entre las olas y provoca que los marineros se tambaleen como borrachos
(cfr. Sal 107, 25-27).
Esta imagen
expresa con gran fuerza lo que también sucede hoy en nuestras comunidades
cristianas. Es una experiencia que todos conocemos y que estamos llamados a
afrontar.
La mundanidad nunca sopla
a favor del Evangelio.
Cuando las
oposiciones nos asustan y comenzamos a dudar de las decisiones que hemos
tomado, quizá se manifieste que nuestra fe en Cristo todavía es débil y frágil.
Pero ¿estamos
realmente atravesando el mar solos? Los Doce creen que sí. Piensan que han sido
abandonados, olvidados por Jesús y dejados a merced de las olas.
El mar representa todo
lo que amenaza la vida.
«A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
En las culturas
del antiguo Oriente Próximo, el mar era considerado símbolo del mal, de las
fuerzas demoníacas y de la muerte. En Babilonia se celebraba una famosa fiesta
de Año Nuevo, llamada Akītu. En su jornada más solemne, el sumo sacerdote del
dios Marduk recitaba el Enūma eliš, el relato mítico de la creación.
Este poema narraba
un combate grandioso entre Marduk y el mar, imaginado como un monstruo que
pretendía mantener el caos e impedir el nacimiento de la vida.
También la Biblia
recoge la imagen simbólica del mar y de los monstruos marinos como
representación de las fuerzas del caos y de cuanto amenaza la vida (cfr. Sal
74, 13-14; Sal 89, 10-11; Is 27, 1; Job 26, 12-13). Sin embargo, el Dios de
Israel no necesita conquistar el mar después de una lucha incierta entre
divinidades rivales: lo domina soberanamente, le fija límites y lo somete a su
autoridad (cfr. Gn 1, 2-10; Job 38, 8-11; Sal 104, 6-9; Nah 1, 4).
El ejemplo más
conocido es el paso del mar Rojo. Cuando Israel parece atrapado entre el
ejército del faraón y las aguas, Dios abre un camino en medio del mar y conduce
a su pueblo desde la esclavitud hacia la libertad (cfr. Ex 14, 15-31). Aquellas
aguas, que parecían anunciar la muerte, se convierten por la acción de Dios en
camino de salvación. Por eso Israel canta después que el Señor ha manifestado
su poder y ha arrojado al mar al caballo y al jinete (cfr. Ex 15, 1-18).
Al final del libro
de Job, Dios interviene para responder a Job y le pregunta: «¿Dónde estabas
cuando yo fundaba la tierra?». Después le recuerda que fue Él quien puso
límites al mar y le dijo: «Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá
la arrogancia de tus olas» (cfr. Job 38, 4-11).
Dios no combate
angustiado contra el mar. Le basta su Palabra para poner freno a su fuerza.
Los discípulos temen
otras aguas más profundas.
Este simbolismo
resulta imprescindible para comprender el relato. El miedo de los discípulos no
nace simplemente del temor a ahogarse en las aguas del lago de Tiberíades. Eran
hombres habituados al lago y, probablemente, buenos nadadores. El único que quizá
no sabía nadar era Jesús, que procedía de Nazaret, una localidad de las
montañas de la Baja Galilea.
Las aguas que
verdaderamente asustan a los discípulos son otras. Temen quedar sumergidos por
el mundo pagano. Tienen miedo de que su misión fracase y de que el Evangelio no
consiga abrirse camino.
Esta era la
situación que vivían muchas comunidades cristianas al final del siglo I, y
también puede ser la experiencia de nuestras comunidades actuales.
En medio de esta
situación dramática aparece Jesús caminando sobre las aguas. El relato repite
dos veces este detalle porque es decisivo. Jesús no teme las olas que
aterrorizan a los discípulos. Camina serenamente sobre ellas, las pisa, como
quien pone al enemigo bajo sus pies.
¿Quién es este hombre? El libro de Job
ofrece la respuesta: Solo Dios camina sobre las olas del mar (cfr. Job 9, 8).
El Resucitado no está ausente:
está presente de otro modo.
Los discípulos ven
a Jesús, pero no consiguen reconocerlo. Creen estar viendo un fantasma. Mateo
no está componiendo una simple crónica material; mediante imágenes bíblicas
describe la situación de unas comunidades cristianas atormentadas por las
pruebas, angustiadas por las dudas y desorientadas porque ya no tienen
visiblemente junto a ellas al Maestro que les transmitía seguridad y valentía.
El evangelista
desea iluminar a aquellas comunidades y también a las nuestras. Por eso les
recuerda una verdad que conocían bien y que nunca deberían olvidar: El
Resucitado no se ha alejado ni las ha abandonado a su suerte.
Permanece siempre
junto a ellas, como había prometido, hasta el final del mundo (cfr. Mt 28, 20).
Ya no está presente físicamente como cuando recorría los caminos de Palestina,
pero su presencia no es por ello menos real.
Al contrario,
ahora puede estar junto a cada persona, porque ya no está sometido a los
límites del espacio y del tiempo. Antes, cuando se encontraba en Nazaret, no
estaba en Cafarnaúm; cuando estaba en Cafarnaúm, su madre podía sentirlo lejos.
Ahora esos límites han desaparecido.
Sin embargo, esta
nueva presencia no debe confundirse con la de un fantasma. El día de Pascua,
cuando el Resucitado se presentó en medio de los discípulos reunidos, también
ellos se asustaron y creyeron estar viendo un espíritu (cfr. Lc 24, 36-43).
Era realmente
Jesús, pero en una condición completamente nueva. Los ojos corporales ya no
bastan para reconocerlo; solo la mirada de la fe puede descubrir su presencia.
Una presencia que no transforma la vida
puede parecernos un fantasma.
Podemos
preguntarnos si somos verdaderamente conscientes de que el Resucitado camina
junto a nosotros. ¿Experimentamos su presencia como algo real o permanece para
nosotros vaga, difusa y casi tan inconsistente como la imagen de un fantasma?
Cuando esa
presencia no influye en nuestras decisiones ni ilumina nuestra manera de vivir,
no resulta extraño que, al llegar las dificultades, nos sintamos solos y
tengamos miedo.
El episodio de
Jesús caminando sobre las aguas aparece también en Marcos y en Juan. Sin
embargo, solo Mateo añade ahora una sorprendente petición de Pedro dirigida a
Jesús.
El miedo de
Pedro no es hundirse:
Es perder la vida.
«Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti
sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre
el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró
miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame». Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «Hombre
de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
La petición de
Pedro no es solo extraña; tomada al pie de la letra, resulta poco verosímil.
¿Cómo puede un hombre acostumbrado al lago, probablemente buen nadador, tener
tanto miedo de hundirse en sus aguas?
Aquí llegamos al
punto culminante del simbolismo del relato. El miedo de Pedro es otro: Teme
que, si entrega su vida como Jesús le pide, termine siendo devorado para
siempre por esas aguas que simbolizan la muerte.
Esta imagen
aparece también en la Biblia. El autor del Salmo 18 recuerda una experiencia
límite y la describe mediante las aguas de la muerte: se siente rodeado por
olas mortales y arrastrado por torrentes que lo conducen hacia el שְׁאוֹל (sheol),
el mundo de los muertos (cfr. Sal 18, 5-6).
Eso es lo que
Pedro teme. Si voy hacia Jesús, si hago lo que Él me propone, si entrego mi
vida como Él la entregó, ¿no acabaré perdiéndola? ¿No terminaré sumergido
para siempre en las aguas de la muerte? ¿Y si al final descubro que habría sido
mejor disfrutar de la vida como hacen quienes no viven según el Evangelio?
Pedro cree en Jesús, pero quiere saber
si puede fiarse hasta el final.
Pedro sabe que
Jesús no ha quedado sepultado en las aguas de la muerte. Este relato ha sido
escrito después de que los discípulos hayan vivido la experiencia del
Resucitado. Pero Pedro quiere tener la certeza de que también para él será
posible aquello que ha contemplado en Jesús: atravesar la muerte y entrar en la
vida, en el mundo de Dios.
Jesús lo invita
entonces a ir hacia Él. Le pide que recorra el mismo camino que Él ha
recorrido. Pedro comienza a hacerlo, pero en un momento determinado duda de
haber tomado la decisión correcta y aparece el miedo.
Pedro se convierte
así en imagen de nuestra condición de discípulos: Creemos en Jesús,
confiamos en Él, pero quizá no siempre hasta el final. Podemos estar
dispuestos a entregar la vida… aunque, cuando la entrega empieza a ser
demasiado concreta, aparece la tentación de reservarnos una parte para
nosotros.
El problema no es saber si el Evangelio es verdadero,
sino si nos atrevemos a vivirlo.
La duda de Pedro
no consiste en pensar que Jesús esté equivocado o que entregar la vida por amor
sea una opción equivocada. Su duda es más profunda y más humana: No está
seguro de ser capaz de mantener esa entrega hasta el final.
Y entonces Pedro
hace lo único que puede hacer: Pide ayuda al Señor.
También nosotros
somos invitados a hacer lo mismo. La fuerza para vivir una vida entregada como
la de Jesús no nace únicamente de nuestra voluntad; Él puede comunicarnos su
Espíritu para sostenernos en ese camino.
Jesús señala que
esta duda revela una fe todavía pequeña. Confiamos en Él, sí, pero quizá solo
hasta cierto punto. Hay fe, pero todavía necesita crecer.
¿Habría sido mejor
que Pedro no saliera de la barca y permaneciera junto a los demás discípulos?
El relato abre ahora otra posibilidad.
En las tormentas,
Pedro no debía abandonar la barca.
«En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la
barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».
Son muchos los
momentos oscuros que atravesamos en nuestra vida, y muchas también las
tempestades que sacuden la barca de la Iglesia. ¿Qué podemos hacer cuando
llegan esos momentos?
Pedro toma la
decisión de salir de la barca. Sin embargo, debería haber permanecido junto a
sus hermanos y cumplir la misión que Jesús le había confiado: «confirma a
tus hermanos» (cfr. Lc 22, 32). Su tarea no consistía en alejarse de
ellos, sino en sostenerlos en la fe.
La misión de Pedro era ayudar
a reconocer al Resucitado.
Pedro debía acoger
a Jesús en la barca y ayudar a sus hermanos a comprender que el Resucitado no
es un fantasma.
Su presencia es real en medio de la comunidad cristiana y en la vida de cada
uno de nosotros.
Este es
precisamente uno de los grandes mensajes del relato: Cuando la comunidad
atraviesa la noche y las olas parecen amenazarlo todo, Cristo no está ausente.
Puede que no lo reconozcamos inmediatamente, pero sigue estando presente.
Cuando Cristo entra en la barca,
la tormenta pierde su poder.
En los momentos
difíciles de nuestra vida y en las etapas turbulentas de la Iglesia, se nos
invita a acoger el Evangelio, a acoger a Cristo en nuestra existencia y en la
vida de la comunidad.
Entonces comenzamos a descubrir algo
decisivo: Las tormentas pueden seguir siendo reales, pero dejan de tener la
última palabra. Cuando Cristo es acogido en la barca, el viento termina
calmándose (cfr. Mt 14, 32).
Quizá podamos
preguntarnos: Cuando llegan nuestras propias tempestades, ¿intentamos salir
solos de la barca o ayudamos a nuestros hermanos a reconocer que el Resucitado
sigue estando realmente en medio de nosotros?
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