sábado, 20 de abril de 2019

Homilía del Domingo de Resurrección


Homilía del Domingo de Resurrección
         
          La resurrección de Jesús es el hecho histórico en el que Dios confiere la Vida a quien ha vivido la propia vida gastándola por los demás. Es la ratificación de la vida como amor y entrega y la condenación de la vida como poder, dominación, placer o aturdimiento, expresiones del pecado. De todos modos ya el Señor nos lo avisó, y te acordarás, cuando nos dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. 25 Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25). La pregunta básica que uno se hace es, ¿cómo estoy yo gastando mi vida por Cristo?
          Dios no abandona al justo más de tres días. Recordemos al profeta Oseas cuando nos dice: «En dos días nos devolverá la vida, al tercero nos levantará y viviremos en su presencia» (Os 6,2). O cuando Jonás estuvo en el vientre del pez: «El Señor hizo que un gran pez se tragase a Jonás, y Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches» (Jon 2,1). En Jesucristo, resucitado al tercer día aparece cumplida la esperanza de salvación de los profetas. De una situación totalmente desesperada y sin salida posible que es la muerte se afirma la fidelidad de Dios y el poder de Dios devolviendo la vida a su Hijo y aquellos a quienes sigan a su Hijo.
          La esperanza de Daniel y de los Macabeos se ha cumplido. El profeta Daniel, cuya etimología significa Dios juzga, en aquellos tiempos de angustia cuando estaban bajo la dominación seleúcida de Antíoco III y Antíoco IV y más concretamente a la persecución desencadenada por éste último, dice estas palabras: «En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran príncipe, protector de tu pueblo. Será un tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones. Cuando llegue ese momento, todos los hijos de tu pueblo que estén escritos en el libro se salvarán. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para la vergüenza, para el castigo eterno» (Dn 12, 1-2). Y la esperanza de los Macabeos se cumple cuando aquella madre, mujer admirable y digna de gloriosa memoria, al ver morir a sus siete hijos en un día, lo soportó con valor, gracias a su esperanza en el Señor (2 Mac 7,9-39). Con la resurrección de Jesucristo, vivida en una comunidad de hermanos que se aman hasta la muerte, ha comenzado el final de los tiempos. Ha comenzado la Nueva Creación.
La fe de Abraham halla su cumplimiento pleno; la liberación de Egipto, a través del paso del Mar Rojo, se queda en pálida figura del paso de la muerte a la vida de Cristo resucitado y de sus discípulos renacidos en las aguas del bautismo. El nuevo corazón, con un espíritu nuevo, que anhelaron los profetas, se difunde como herencia de Cristo muerto y resucitado entre sus discípulos, que comen su cuerpo y beben su sangre, sellando con Él la nueva y eterna alianza.
          El apóstol, y todo discípulo de Cristo, vive en su vida el misterio pascual, manifestando en la muerte de los acontecimientos de su historia la fuerza de la resurrección. Vive con los ojos en el cielo, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, buscando las cosas de allá arriba y no las de la tierra (Col 3,1-2).


Domingo de Resurrección, 21 de abril de 2019
Roberto García Villumbrales



Homilía de la Vigilia Pascual 2019


Homilía de la Vigilia Pascual 2019
         
          La Pascua Judía, memorial de la liberación de Egipto, preveía cada año el rito de la inmolación del cordero, un cordero por cada familia, según la prescripción mosaica. Jesucristo se nos revela como ese ‘cordero inmolado’ en la cruz para quitar los pecados del mundo. Jesucristo fue sacrificado en la hora en que era costumbre inmolar los corderos en el Templo de Jerusalén.
El sentido de su sacrificio lo había anticipado Jesús en la Última Cena, sustituyéndose bajo los signos de pan y vino, por los alimentos rituales de la comida hebrea. De este modo Jesús ha llevado a cumplimiento la tradición de la antigua Pascua y la ha transformado en su Pascua. Los alimentos rituales de la comida hebrea quedaron superados bajo los signos del pan y vino. Un pan ácimo, sin levadura. El Apóstol San Pablo se refiere a una costumbre hebrea respecto a los panes ácimos. San Pablo en la Primera Carta a los Corintios nos dice: «7 Eliminad la levadura vieja, para ser masa nueva, pues todavía sois ázimos. Porque nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado. 8 Así que, celebremos la fiesta, no con vieja levadura, ni con levadura de malicia e inmoralidad, sino con ázimos de sinceridad y verdad» (1 Cor 5, 7-8). San Pablo aplica a la vida cristiana los ritos que los judíos practicaban con ocasión de la Pascua: Los judíos arrojaban fuera de casa todo pan fermentado, comían pan sin fermento (ácimo), celebraban la fiesta con un banquete, en el que comían el cordero pascual poco antes inmolado. Ahora deben actuar así tanto los de Corinto como todo el resto de los creyentes. «Eliminad la levadura vieja», alejad de vosotros la vieja levadura del pecado, echando no sólo –como les pasaba a los corintos- a los incestuosos, sino a todo lo que sea pecado, que pertenezca al hombre viejo. Los cristianos somos ácimos por nuestra condición, esto es, en virtud del bautismo, ya que en el bautismo hemos sido purificados del pecado. Ahora la tarea que tenemos entre manos es ir progresando en la vida de la gracia, en la vida del pan ácimo, purificado de pecado, para ser esa masa nueva, esa creación nueva.
San Pablo al explicar esta vieja tradición hebrea de arrojar de casa todo pan fermentado adquiere un nuevo sentido a partir del ‘nuevo Éxodo’ que es el paso de Cristo de la muerte a la vida eterna.
Esto de arrojar el “pan fermentado” es una lucha que podemos afrontar gracias a que Cristo ha resucitado y se pone de nuestra parte como aliado contra el pecado. Os voy a contar un chiste para que veáis cómo el Demonio usa de la mentira para que no arrojemos ese pan fermentado del pecado.
«Cuentan de uno que estando en las puertas del cielo, ante San Pedro, le dice San Pedro: -Mira, Silverio, estás entre Pinto y Valdemoro. Puedes estar una semana tanto en el Cielo como en el Infierno. Te lo dejamos a tu elección, y lo que elijas será tu decisión y allí irás. –A lo que Silverino asintió con la cabeza.
Va en primer lugar al Cielo, y allí se encuentran a los habitantes del Cielo recostados, descansando, dando paseos, todo con mucha tranquilidad. A lo que Silverino se dijo -¡Que rollo es esto del Cielo!, ¡qué aburrimiento!, me voy al Infierno a ver si allí hay más movimiento- . Y Silverino se marchó al Infierno para pasar allí su semana. Y allí ve a todos de botellón, con la música a todo volumen, unas juergas y unas orgías espectaculares, unos banquetes de comida suculenta, vino a raudales, todo tipo de lujos, spas y masajes… una pasada. A lo que Silverio se dice: -Esta es la mía. ¡Decidido! Me voy a hablar con San Pedro para decirle que ya he decidido, que me quedo aquí en el Infierno-. A lo que Silverio llega ante la presencia de San Pedro, a las puertas de los Cielos y le dice: -Mira San Pedro, me gusta más lo del Infierno y me voy a quedar allí-. A lo que San Pedro se le queda mirando fijamente y le dice: -Silverio, ¿estás totalmente seguro de ir para el Infierno y no quedarte en el Cielo?-. A lo que Silverio le dice todo decidido: -Yo me quiero quedar en el Infierno, es mi decisión última-. Va Silverio al Infierno y allí ya no se encuentra ese paraíso de fiestas, vino, mujeres y juergas, sino sufrimientos, torturas indescriptibles. A lo que Silverio, en medio de todos estos tormentos alza la voz a San Pedro y le dice entre sollozos y gritos de dolor: -¡San Pedro!, ¡esto no es lo que yo esperaba!-. A lo que San Pedro le contestó: -Es que allí estaban en campaña electoral-.
El Demonio se las apaña para engañarnos. Cristo es el verdadero Cordero que se ha sacrificado a sí mismo por nosotros, a lo que nosotros –sus discípulos- , gracias a Él y por medio de Él, podemos ser “masa nueva”, “ácimos”, liberados del viejo fermento del pecado y así poder presentarnos ante Dios con el grito de victoria. Cristo es nuestra esperanza y Él es la verdadera paz del mundo. Con Cristo venceremos al Mundo.
¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!









Vigilia Pascual, Sábado 20 de abril de 2019
Roberto García Villumbrales

viernes, 19 de abril de 2019

Homilía del Viernes Santo


Homilía del viernes santo
         
          «Dice el Evangelio que en Jerusalén había una piscina milagrosa y que el primero que se metía en ella cuando se removían las aguas quedaba limpio [Jn 5, 1-9]. Nosotros tenemos que meternos en esa piscina, o mejor dicho, en ese océano que es la pasión de Cristo. Pues es es el sufrimiento del hombre-Dios: un océano inmenso, sin orillas y sin fondo». Estas palabras no son mías, son del Padre franciscano capuchino Rainero Cantalamesa.
          Todos nuestros pecados estaban sobre Jesucristo y Él los llevaba misteriosamente encima. Nos dice San Pedro en su primera carta: «Él cargó con nuestros pecados, llevándolos en su cuerpo hasta el madero, para que, muertos al pecado, vivamos por la salvación» (1Pe 2, 24).
          En nuestra cultura en la que parece que ya no existe el pecado y se está perdiendo el sentido del pecado cuesta entender que Cristo haya muerto en la cruz por uno. Pero el hecho de no valorarlo no significa que no tenga una importancia muy seria. Sólo es que no nos damos cuenta de la seriedad de este asunto y que nuestro proceder es muy negligente. Sin embargo Jesucristo tiene paciencia con nosotros.
          Él desea que recibiéramos por la fe el espíritu prometido. Los Padres de la Iglesia han aplicado a Cristo crucificado la figura bíblica de las aguas amargas de Mará, que se convirtieron en aguas dulces al contacto con la planta que echó Moisés en ellas (Ex 15, 22-27). En el madero de la cruz, Jesús bebió las aguas amargas del pecado y las convirtió en el “agua dulce” de su Espíritu, de lo cual es símbolo el agua que salió de su costado. Trasformó aquel ‘no’ de los hombres en un ‘sí’ para poder estar con Dios en la Gloria y allí ser uno con Él.




Viernes Santo, 19 de abril de 2019
Roberto García Villumbrales

miércoles, 17 de abril de 2019

Meditación de las Siete Palabras de Jesucristo en la Cruz


Meditación de las Siete Palabras
Parroquia de Nuestra Señora la Virgen de la Calle (Palencia)
Viernes Santo, 12 horas.

lunes, 15 de abril de 2019

Homilía del Domingo de Ramos 2019


Homilía del Domingo de Ramos, Ciclo C

         En esta semana vamos a rememorar lo que es nuestra vida. Caeremos en la cuenta de la poca consistencia que tenemos, de cómo nos entusiasmamos con las personas y con los proyectos, de cómo al sentir el peso que esto acarrea ‘tiramos la toalla’ y nos convertimos en traidores quedando sólo unos pocos fieles en medio de la dura adversidad, de cómo nos duele el haber traicionado y fallado a aquellos que tenían depositadas en nosotros sus esperanzas y de cómo el amor es capaz de perdonarnos y de restaurarnos esa dignidad que nosotros mismos habíamos perdido.
         Va a ser una semana en la que nadie se va a quedar indiferente. Lo que vamos a vivir nos fuerza interiormente a posicionarnos. Si alguien entrase en el templo corriendo y gritando que desde un helicóptero estaba lanzando billetes, todos en ese instante tomaríamos una opción determinada, o correr a llenarnos los bolsillos de dinero o permanecer como si no hubiésemos oído nada. Es cierto que cada cual puede ya llevar muchas Semanas Santas sobre sus espaldas y podemos poner el piloto automático ya que sabemos lo que va a pasar y cómo sucederá. Sin embargo yo no quiero poner ese piloto automático, yo deseo dejarme sorprender por lo que vamos a vivir estos días. No quiero perder la capacidad de asombrarme y de emocionarme. Yo quiero sentir el quemazón de la angustia que me hace derrumbarme en lloros cuando por cobardía le abandoné cuando le estaban azotando, escupiendo, clavando esa corona de espinas y colgado de la cruz con sus pies y manos traspasados por esos clavos. Y cada vez que peco y pecamos, le abandonamos.
         Parece que todo lo vivido a su lado se hubiera desvanecido o fuese fruto de un espejismo. Parece que nuestra memoria fuese más frágil que la tela de una araña ante el agua de la lluvia.
¿O es que acaso nadie se acuerda de cómo Jesucristo ha estado grande con uno cuando puso a esa persona con la que compartes tu vida? ¿Es que nadie es capaz de reconocer la cantidad de veces que Él ha estado escuchando nuestros desahogos y la cantidad de veces que nos ha secado las lágrimas de nuestros ojos cuando la enfermedad y la adversidad han llamado a nuestras puertas? ¿Es que acaso no nos hemos dado cuenta de cómo la proclamación de la Palabra de Dios y la lectura atenta de la Sagrada Escritura nos han proporcionado criterios sobrenaturales que nos han protegido de caer en las zarpas del Maligno? ¿Tan ciegos hemos estado que Él estando a nuestro lado ni nos hayamos percatado? Del mismo modo que Jesucristo estuvo con los Doce Apóstoles y todos los demás discípulos, también Él ha estado contigo y conmigo. ¿Es que acaso no hemos caído en la cuenta de que hubiera sido inútil, en vano el levantarse por las mañanas a trabajar, los desvelos en la educación con los hijos, las desazones, enfados y todos los momentos felices, todos los dolores, preocupaciones y sufrimientos… que todo hubiera sido en vano si Jesucristo no hubiera muerto por ti? Si Jesucristo no hubiera muerto y resucitado por ti esa puerta que conduce a la Vida Eterna hubiera estado aún con los trancos, cerrada a cal y canto,  y estarías flotando eternamente en el lago de la muerte, de la desesperación, de la nada. Todo lo vivido, sufrido y gozado hubiera sido inútil con menos consistencia que una pompa de jabón. Satanás quiere que tu vida tenga menos consistencia que esa pompa de jabón, por eso no quería que Jesucristo hubiera muerto en la cruz. Satanás se oponía con uñas y dientes a la muerte cruenta de Jesucristo.
         Ahora entendéis el por qué nadie se va a quedar indiferente ante lo que vamos a vivir esta semana. Lo que está en juego es nuestra salvación, es el enriquecer de sentido nuestras familias, nuestros matrimonios, nuestros ministerios ordenados, nuestras comunidades cristianas, nuestros gozos y desvelos.
         La obediencia de Cristo al Padre nos ha salvado. «Bendito el Señor que no nos entregó en presa a sus dientes; hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador: la trampa se rompió y escapamos. Nuestro auxilio es el nombre del Señor que hizo el cielo y la tierra»               (Sal 124, 6-8).


Domingo de Ramos, 14 de abril de 2019
Roberto García Villumbrales