domingo, 28 de abril de 2019
Domingo II de Pascua
domingo, 21 de abril de 2019
sábado, 20 de abril de 2019
Homilía del Domingo de Resurrección
Homilía del Domingo de Resurrección
La
resurrección de Jesús es el hecho histórico en el que Dios confiere la Vida a quien ha vivido la propia vida gastándola
por los demás. Es la ratificación de la vida como amor y entrega y la
condenación de la vida como poder, dominación, placer o aturdimiento,
expresiones del pecado. De todos modos ya el Señor nos lo avisó, y te acordarás,
cuando nos dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz y sígame. 25 Porque quien quiera salvar su
vida, la perderá; pero quien pierda su
vida por mí, la encontrará»
(Mt 16, 24-25). La pregunta básica que uno se hace es, ¿cómo estoy yo gastando
mi vida por Cristo?
Dios
no abandona al justo más de tres días. Recordemos al profeta Oseas cuando nos
dice: «En dos días nos devolverá la vida, al tercero nos
levantará y viviremos en su presencia»
(Os 6,2). O cuando Jonás estuvo en el vientre del pez: «El
Señor hizo que un gran pez se tragase a Jonás, y Jonás estuvo en el vientre del
pez tres días y tres noches» (Jon 2,1). En Jesucristo,
resucitado al tercer día aparece cumplida la esperanza de salvación de los
profetas. De una situación totalmente desesperada y sin salida posible que es
la muerte se afirma la fidelidad de Dios
y el poder de Dios devolviendo la vida a su Hijo y aquellos a quienes
sigan a su Hijo.
La
esperanza de Daniel y de los Macabeos se ha cumplido. El profeta Daniel, cuya
etimología significa Dios juzga, en aquellos tiempos de angustia cuando estaban
bajo la dominación seleúcida de Antíoco III y Antíoco IV y más concretamente a
la persecución desencadenada por éste último, dice estas palabras: «En aquel tiempo surgirá Miguel,
el gran príncipe, protector de tu pueblo. Será un tiempo de angustia como no
hubo otro desde que existen las naciones. Cuando llegue ese momento, todos los hijos de tu pueblo que estén
escritos en el libro se salvarán. Y muchos de los que duermen en el
polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para la vergüenza,
para el castigo eterno» (Dn 12, 1-2). Y la esperanza de los Macabeos se cumple
cuando aquella madre, mujer admirable y digna de gloriosa memoria, al ver morir
a sus siete hijos en un día, lo soportó con valor, gracias a su esperanza en el
Señor (2 Mac 7,9-39). Con la resurrección de Jesucristo, vivida en una comunidad
de hermanos que se aman hasta la muerte, ha comenzado el final de los tiempos.
Ha comenzado la Nueva Creación.
La fe de Abraham
halla su cumplimiento pleno; la liberación de Egipto, a través del paso del Mar
Rojo, se queda en pálida figura del paso de la muerte a la vida de Cristo
resucitado y de sus discípulos renacidos en las aguas del bautismo. El nuevo
corazón, con un espíritu nuevo, que anhelaron los profetas, se difunde como herencia
de Cristo muerto y resucitado entre sus discípulos, que comen su cuerpo y beben
su sangre, sellando con Él la nueva y eterna alianza.
El
apóstol, y todo discípulo de Cristo, vive
en su vida el misterio pascual, manifestando
en la muerte de los acontecimientos de su historia la fuerza de la resurrección.
Vive con los ojos en el cielo, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios,
buscando las cosas de allá arriba y no las de la tierra (Col 3,1-2).
Domingo de
Resurrección, 21 de abril de 2019
Roberto García
Villumbrales
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Homilía de la Vigilia Pascual 2019
Homilía de la Vigilia Pascual 2019
La Pascua Judía,
memorial de la liberación de Egipto,
preveía cada año el rito de la inmolación del cordero, un cordero por cada
familia, según la prescripción mosaica. Jesucristo se nos revela como ese
‘cordero inmolado’ en la cruz para quitar
los pecados del mundo. Jesucristo fue sacrificado en la hora en que era costumbre
inmolar los corderos en el Templo de Jerusalén.
El sentido de su sacrificio lo había anticipado Jesús en
la Última Cena, sustituyéndose bajo los
signos de pan y vino, por los alimentos rituales de la comida hebrea. De
este modo Jesús ha llevado a cumplimiento la tradición de la antigua Pascua y
la ha transformado en su Pascua. Los alimentos rituales de la comida hebrea quedaron superados bajo los signos del
pan y vino. Un pan ácimo, sin levadura. El
Apóstol San Pablo se refiere a una costumbre hebrea respecto a los panes ácimos.
San Pablo en la Primera Carta a los Corintios nos dice: «7 Eliminad la levadura vieja, para ser masa nueva,
pues todavía sois ázimos. Porque nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido
inmolado. 8 Así que, celebremos la fiesta, no con vieja
levadura, ni con levadura de malicia e inmoralidad, sino con ázimos de
sinceridad y verdad» (1 Cor 5, 7-8). San Pablo aplica a la vida
cristiana los ritos que los judíos practicaban con ocasión de la Pascua: Los
judíos arrojaban fuera de casa todo pan fermentado, comían pan sin fermento
(ácimo), celebraban la fiesta con un banquete, en el que comían el cordero
pascual poco antes inmolado. Ahora deben actuar así tanto los de Corinto como
todo el resto de los creyentes. «Eliminad
la levadura vieja», alejad de
vosotros la vieja levadura del pecado, echando no sólo –como les pasaba a los
corintos- a los incestuosos, sino a todo lo que sea pecado, que pertenezca al
hombre viejo. Los cristianos somos ácimos
por nuestra condición, esto es, en virtud del bautismo, ya que en el
bautismo hemos sido purificados del
pecado. Ahora la tarea que tenemos entre manos es ir progresando en la vida de la gracia,
en la vida del pan ácimo, purificado de pecado, para ser esa masa nueva, esa
creación nueva.
San Pablo al explicar esta vieja tradición hebrea de arrojar de casa
todo pan fermentado adquiere un nuevo sentido a partir del ‘nuevo Éxodo’ que es el paso de Cristo de la
muerte a la vida eterna.
Esto de arrojar el “pan
fermentado” es una lucha que podemos afrontar gracias a que Cristo ha
resucitado y se pone de nuestra parte como aliado contra el pecado. Os voy a
contar un chiste para que veáis cómo el Demonio usa de la mentira para que no
arrojemos ese pan fermentado del pecado.
«Cuentan de uno que estando en las puertas del cielo, ante San Pedro,
le dice San Pedro: -Mira, Silverio, estás
entre Pinto y Valdemoro. Puedes estar una semana tanto en el Cielo como en el
Infierno. Te lo dejamos a tu elección, y lo que elijas será tu decisión y allí
irás. –A lo que Silverino asintió con la cabeza.
Va en primer lugar al Cielo, y allí se encuentran a los habitantes del
Cielo recostados, descansando, dando paseos, todo con mucha tranquilidad. A lo
que Silverino se dijo -¡Que rollo es esto
del Cielo!, ¡qué aburrimiento!, me voy al Infierno a ver si allí hay más
movimiento- . Y Silverino se marchó al Infierno para pasar allí su semana.
Y allí ve a todos de botellón, con la música a todo volumen, unas juergas y
unas orgías espectaculares, unos banquetes de comida suculenta, vino a
raudales, todo tipo de lujos, spas y masajes… una pasada. A lo que Silverio se
dice: -Esta es la mía. ¡Decidido! Me voy
a hablar con San Pedro para decirle que ya he decidido, que me quedo aquí en el
Infierno-. A lo que Silverio llega ante la presencia de San Pedro, a las
puertas de los Cielos y le dice: -Mira
San Pedro, me gusta más lo del Infierno y me voy a quedar allí-. A lo que
San Pedro se le queda mirando fijamente y le dice: -Silverio, ¿estás totalmente seguro de ir para el Infierno y no quedarte
en el Cielo?-. A lo que Silverio le dice todo decidido: -Yo me quiero quedar en el Infierno, es mi
decisión última-. Va Silverio al Infierno y allí ya no se encuentra ese
paraíso de fiestas, vino, mujeres y juergas, sino sufrimientos, torturas
indescriptibles. A lo que Silverio, en medio de todos estos tormentos alza la
voz a San Pedro y le dice entre sollozos y gritos de dolor: -¡San Pedro!, ¡esto no es lo que yo esperaba!-.
A lo que San Pedro le contestó: -Es que
allí estaban en campaña electoral-.
El Demonio se las apaña para engañarnos. Cristo es el verdadero Cordero que se ha
sacrificado a sí mismo por nosotros, a lo que nosotros –sus discípulos- ,
gracias a Él y por medio de Él, podemos ser “masa nueva”, “ácimos”, liberados
del viejo fermento del pecado y así poder presentarnos ante Dios con el grito
de victoria. Cristo es nuestra esperanza y Él es la verdadera paz del mundo. Con
Cristo venceremos al Mundo.
¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha
resucitado!
Vigilia
Pascual, Sábado 20 de abril de 2019
Roberto García
Villumbrales
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homilías
viernes, 19 de abril de 2019
Homilía del Viernes Santo
Homilía del viernes santo
«Dice el Evangelio que en Jerusalén había una
piscina milagrosa y que el primero que se metía en ella cuando se removían las
aguas quedaba limpio [Jn 5, 1-9]. Nosotros tenemos que meternos en esa piscina,
o mejor dicho, en ese océano que es la pasión de Cristo. Pues es es el
sufrimiento del hombre-Dios: un océano inmenso, sin orillas y sin fondo». Estas palabras no son mías, son del Padre
franciscano capuchino Rainero Cantalamesa.
Todos
nuestros pecados estaban sobre Jesucristo y Él los llevaba misteriosamente
encima. Nos dice San Pedro en su primera carta: «Él cargó con nuestros pecados, llevándolos
en su cuerpo hasta el madero, para que, muertos al pecado, vivamos por la
salvación» (1Pe 2, 24).
En
nuestra cultura en la que parece que ya no existe el pecado y se está perdiendo
el sentido del pecado cuesta entender que Cristo haya muerto en la cruz por
uno. Pero el hecho de no valorarlo no significa que no tenga una importancia
muy seria. Sólo es que no nos damos cuenta de la seriedad de este asunto y que
nuestro proceder es muy negligente. Sin embargo Jesucristo tiene paciencia con
nosotros.
Él
desea que recibiéramos por la fe el espíritu prometido. Los Padres de la
Iglesia han aplicado a Cristo crucificado la figura bíblica de las aguas
amargas de Mará, que se convirtieron en aguas dulces al contacto con la planta
que echó Moisés en ellas (Ex 15, 22-27). En el madero de la cruz, Jesús bebió
las aguas amargas del pecado y las convirtió en el “agua dulce” de su Espíritu,
de lo cual es símbolo el agua que salió de su costado. Trasformó aquel ‘no’ de
los hombres en un ‘sí’ para poder estar con Dios en la Gloria y allí ser uno
con Él.
Viernes Santo,
19 de abril de 2019
Roberto García
Villumbrales
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homilías
miércoles, 17 de abril de 2019
Meditación de las Siete Palabras de Jesucristo en la Cruz
Meditación de las Siete Palabras
Parroquia de Nuestra
Señora la Virgen de la Calle (Palencia)
Viernes Santo, 12
horas.
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Virgen María
lunes, 15 de abril de 2019
Homilía del Domingo de Ramos 2019
Homilía del Domingo de Ramos, Ciclo C
En
esta semana vamos a rememorar lo que es
nuestra vida. Caeremos en la cuenta de la poca consistencia que tenemos,
de cómo nos entusiasmamos con las personas y con los proyectos, de cómo al
sentir el peso que esto acarrea ‘tiramos la toalla’ y nos convertimos en
traidores quedando sólo unos pocos fieles en medio de la dura adversidad, de
cómo nos duele el haber traicionado y fallado a aquellos que tenían depositadas
en nosotros sus esperanzas y de cómo el amor es capaz de perdonarnos y de
restaurarnos esa dignidad que nosotros mismos habíamos perdido.
Va
a ser una semana en la que nadie se va a
quedar indiferente. Lo que vamos a vivir nos fuerza interiormente a
posicionarnos. Si alguien entrase en el templo corriendo y gritando que desde
un helicóptero estaba lanzando billetes, todos en ese instante tomaríamos una
opción determinada, o correr a llenarnos los bolsillos de dinero o permanecer
como si no hubiésemos oído nada. Es cierto que cada cual puede ya llevar muchas
Semanas Santas sobre sus espaldas y podemos poner
el piloto automático ya que sabemos lo que va a pasar y cómo sucederá. Sin
embargo yo no quiero poner ese piloto
automático, yo deseo dejarme sorprender por lo que vamos a vivir estos
días. No quiero perder la capacidad de
asombrarme y de emocionarme. Yo quiero sentir el quemazón de la angustia
que me hace derrumbarme en lloros cuando por
cobardía le abandoné cuando le estaban azotando, escupiendo, clavando
esa corona de espinas y colgado de la cruz con sus pies y manos traspasados por
esos clavos. Y cada vez que peco y
pecamos, le abandonamos.
Parece
que todo lo vivido a su lado se hubiera desvanecido o fuese fruto de un
espejismo. Parece que nuestra memoria fuese más frágil que la tela de una araña
ante el agua de la lluvia.
¿O es que acaso nadie
se acuerda de cómo Jesucristo ha estado grande con uno cuando puso a esa
persona con la que compartes tu vida? ¿Es que nadie es capaz de reconocer la
cantidad de veces que Él ha estado escuchando nuestros desahogos y la cantidad
de veces que nos ha secado las lágrimas de nuestros ojos cuando la enfermedad y
la adversidad han llamado a nuestras puertas? ¿Es que acaso no nos hemos dado
cuenta de cómo la proclamación de la Palabra de Dios y la lectura atenta de la
Sagrada Escritura nos han proporcionado criterios sobrenaturales que nos han
protegido de caer en las zarpas del Maligno? ¿Tan
ciegos hemos estado que Él estando a nuestro lado ni nos hayamos percatado?
Del mismo modo que Jesucristo estuvo con los Doce Apóstoles y todos los demás
discípulos, también Él ha estado contigo
y conmigo. ¿Es que acaso no hemos caído en la cuenta de que hubiera sido
inútil, en vano el levantarse por las mañanas a trabajar, los desvelos en la
educación con los hijos, las desazones, enfados y todos los momentos felices,
todos los dolores, preocupaciones y sufrimientos… que todo hubiera sido en vano
si Jesucristo no hubiera muerto por ti? Si Jesucristo no hubiera muerto y
resucitado por ti esa puerta que conduce a la Vida Eterna hubiera estado aún
con los trancos, cerrada a cal y canto, y estarías flotando eternamente en el lago de
la muerte, de la desesperación, de la nada. Todo lo vivido, sufrido y
gozado hubiera sido inútil con menos
consistencia que una pompa de jabón. Satanás
quiere que tu vida tenga menos consistencia que esa pompa de jabón, por
eso no quería que Jesucristo hubiera muerto en la cruz. Satanás se oponía con uñas y dientes a la muerte cruenta de
Jesucristo.
Ahora entendéis el por qué nadie se va a quedar indiferente ante lo
que vamos a vivir esta semana. Lo que está en juego es nuestra salvación, es el enriquecer de sentido nuestras
familias, nuestros matrimonios, nuestros ministerios ordenados, nuestras
comunidades cristianas, nuestros gozos y desvelos.
La
obediencia de Cristo al Padre nos ha salvado. «Bendito el Señor que
no nos entregó en presa a sus dientes; hemos
salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador: la trampa se rompió y
escapamos. Nuestro auxilio es el nombre del Señor que hizo el cielo y la
tierra» (Sal 124, 6-8).
Domingo de
Ramos, 14 de abril de 2019
Roberto García
Villumbrales
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