lunes, 10 de julio de 2023

Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, Ciclo A, 09.07.2023


Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, Ciclo A

09.07.2023 [Mt 11, 25-30]

          El evangelio que nuestra madre la Iglesia nos ofrece en esta liturgia encierra una belleza que puede pasar desapercibida a los ojos de iniciados en la fe. San Mateo escribe a una comunidad cristiana de los años 80 d.C. cuyos hermanos cristianos procedían del judaísmo. Para esos hermanos era fundamental el caer en la cuenta de cómo en la persona de Jesucristo se cumplían todas las promesas realizadas por los profetas y por los padres. Esta es la razón por la que san Mateo está siempre mirando con el rabillo del ojo al Antiguo Testamento para iluminar la mente de esos hermanos de esa comunidad cristiana.

         El evangelio de Mateo se estructura en cinco discursos. El primero es el Sermón de la Montaña (Mt 5-7). El segundo es el discurso de la misión o el discurso misionero que está en Mt 10 al 12 y donde se proporciona instrucciones a los Doce Apóstoles. El tercer discurso de Mateo 13 proporciona varias parábolas para el Reino de Dios. El cuarto discurso de Mateo 18 suele llamarse el discurso sobre la Iglesia o sobre la vida cristiana. Y el quinto discurso es el discurso de los olivos y aborda el discurso sobre el final de los tiempos y la segunda venida del Mesías. El número cinco no es por casualidad sino adrede, porque cinco son los libros de la Ley (Toráh) para el Pueblo de Israel. Recordemos que Mateo escribe a cristianos procedentes del judaísmo.

         Jesús empieza dando gracias a Dios «haber ocultado estas cosas a los sabios». Este término ‘sabio’ nos remite a la carta de San Pablo a los Romanos (Rm 1, 22) donde se nos dice esta expresión: «Alardeando de sabios se han hecho necios», y todo porque han puesto sus pensamientos en cosas sin valor y se ha obscurecido su insensato corazón. Se refiere a todos aquellos que rechazan a Jesucristo como Señor y le suplantan por los ídolos y cualquier otra ideología, aunque esta se dé y se propague dentro del seno de la propia iglesia.

         En este texto el propio evangelista hace una serie de guiños al prólogo del evangelio de San Juan al presentar a Cristo como el mediador de Dios y esa íntima relación y santa complicidad entre el Padre y el Hijo. Sobre todo, cuando Mateo habla de «a quien el Hijo se lo quiera revelar», ya que Cristo es la luz a la que el mundo rechazó (Jn 1,9).

         Mateo está presentando a su comunidad cristiana a Jesucristo como el nuevo Moisés. Sigue mirando todo el rato por el rabillo del ojo al Antiguo Testamento. ¿Por qué a Moisés? Porque Moisés era el «hombre más humilde y sufrido del mundo» (Nm 12, 3). Del mismo modo Moisés es calificado en la Biblia como el amigo de Dios, aquel que podía hablar cara a cara con Él. «Yahvé hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Ex 33, 11). Dios le revelaba a Moisés sus planes para con el Pueblo israelita. Moisés tenía esa complicidad con Yahvé.

         Cuando Jesús nos dice eso de «cargad con mi yugo», se está refiriendo al modo de cómo entender la propia Ley divina. La Ley fue entregada por Dios a Moisés en el monte Sinaí. De nuevo vuelve a salir el nombre de Moisés de un modo oculto, pero totalmente presente en este texto. La Ley era entendida como un yugo opresor; la Torá, tal y como la explicaban los fariseos y saduceos, los sabios de aquella época, era opresora. San Pablo en la carta a los gálatas habla del yugo de la ley (Gal 4, 5-7) y el libro el Eclesiástico lo presenta de este modo: «Someted vuestro cuello a su yugo y recibid instrucción» (Si 51, 26). «Su yugo es un honor para mí, al que me enseñó daré gracias» (Si 51, 17). Cristo nos dice que toda la Ley y los profetas están contendidos en el mandamiento nuevo del amor, el cual Él nos entregó en el marco de la última cena.

         Y nos dice que «hallaréis vuestro descanso». De nuevo nos vuelve a remitir a Moisés, concretamente a la Tierra Prometida. Fue Moisés quien acaudilló al pueblo sacándoles de la esclavitud de Egipto hacia la tierra de Caná atravesando durante cuarenta años el desierto. Del mismo modo Cristo es el camino que conduce al Padre Eterno, al descanso en la Gloria. La tierra prometida es el lugar del descanso. «Cuando entréis en la tierra que voy a daros, la tierra tendrá también su descanso en honor a Yahvé» (Lv 25, 2). «Yahvé respondió: yo mismo iré contigo y te daré descanso» (Ex 33, 14); «Recordad la orden que os dio Moisés, siervo de Yahvé: Yahvé vuestro Dios os ha concedido descanso, dándoos esta tierra» (Jos 1, 13).

         Vivir según el Espíritu es dejarse sacar de la esclavitud del pecado y de los lazos del faraón (demonio), para ser conducido por el desierto (purificación) y poder entrar en el descanso eterno del Padre. Cristo es nuestro nuevo Moisés, el supremo Caudillo al que estamos llamados a seguir con toda la determinación.


martes, 13 de junio de 2023

San Antonio de Padua 2023

 


San Antonio de Padua

13 de Junio de 2023

[2 Cor 1, 18-22; Sal 118; Mt 5, 13-16]

 

            Agradezco a la Cofradía del Santísimo Sacramento y de San Antonio esta oportunidad para celebrar en este pueblo esta fiesta en honor a San Antonio de Padua; un pueblo en el cual tengo gran parte de mis raíces.

Hoy Jesús, en evangelio, a sus discípulos, les ofrece dos imágenes. La primera: «Vosotros sois la sal de la tierra» [Mt 5, 13-16]. Jesús habla al primer grupo de discípulos que están dando los primeros pasos tras el Maestro. La misión de ser sal de la tierra lleva consigo una serie de dificultades. ¿Cómo podemos ser sal de la tierra? Primero hay que caer en la cuenta que el sabor evangélico de nuestra vida es muy insípido. Nuestra vida no sabe a Evangelio.

Debemos tener presente que la fragilidad y debilidades, las cuales comprobamos en nuestra vida, no nos incapacita para sacar adelante la opción de seguir a Jesucristo. El apóstol Simón, al que Jesús le llamó con el sobrenombre de Pedro, durante toda la convivencia con Jesús seguía pensando con criterios mundanos y vemos la fatiga, el esfuerzo que Pedro realizó para separarse de los criterios dictados por el Maligno. Porque Pedro seguía teniendo sueños de grandeza, de prestigio que caracterizan el mundo del pecado. Sin embargo, Jesús siguió confiando en Pedro. Y Jesús sigue confiando en cada uno de nosotros a pesar de las grandes debilidades y fragilidades.

Por eso hoy Nuestro Señor Jesucristo nos presenta a uno de sus grandes amigos: San Antonio de Padua. San Antonio puede decir y asumir las mismas palabras que escribió el Apóstol San Pablo: «He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he guardado la fe» [2 Tim 4, 7]. San Antonio de Padua nos invita a que pensemos en las cosas del cielo, que siempre tendamos a estar con Dios.

Dios, que conoce a cada uno de los vecinos de Villamartín de Campos sabía, y por eso lo hizo, que este querido santo iba a ser muy querido y aceptado por los hijos de este pueblo. De hecho, ya sea en la prosperidad o en las más dolorosas adversidades, todos los hijos de este pueblo, ya sea a lo largo de los años ya sea en la distancia, han tenido y tienen en su corazón esta devoción a San Antonio tan honda y tan segura protección. San Antonio, al estar en el cielo y estar tan íntimamente unido a Cristo, no deja de interceder por nosotros ante el Padre. De hecho, todos tenemos experiencia de cómo Dios nos ha regalado muchas gracias y deseos pidiéndoselo a través de San Antonio, el cual, intercediendo por nosotros ante el Padre, los hemos recibido. Cada cual sabe lo que ha recibido como fruto de esa oración constante y fervorosa.

            Dios comunicó un poder extraordinario a San Antonio de Padua, el cual nació en Lisboa en el año 1195, y que fue bautizado con el nombre de Fernando. Cristo concedió el don de los milagros a este gran santo para marcar con el sello divino su Palabra. Era necesario probar con señales indudables y milagrosas la doctrina del Maestro y conducir así a los no creyentes al cristianismo. Muchas veces las razones teológicas que San Antonio argumentaba a los paganos no eran escuchadas porque eran ‘muy duros de mollera’, eran ‘tercos, pero tercos de los hechos por encargo’ y además estaban repletos de prejuicios. San Antonio se tenía que ‘armar con muchas dosis de paciencia’ ante aquellos que negaban las verdades que él defendía.

Otra de las cosas a tener en cuenta en ese ser sal de la tierra es que tenemos miedo a la confrontación con aquellos que piensan de un modo diverso. ¿Por qué razón tenemos miedo a la confrontación con los que piensan diferente? En primer lugar, porque si nos preguntan las razones de nuestra esperanza no podamos ofrecérselo. Y también porque tenemos miedo de que se rían de nosotros al ser considerados como soñadores y engañados. Recordemos que esto le sucedió a Pablo en Atenas, cuando en el Areópago [Cfr. Hch 17, 16-34] estaba anunciando la resurrección comenzaron a burlarse de él. El cristiano no tiene que tener miedo de presentarse ante el mundo, el cual piensa de un modo diverso. No podemos quedarnos rezagados o aislados en nuestras comunidades. Y no lo podemos hacer porque debemos de esparcir la sal de la sabiduría evangélica en el mundo. Daros cuenta de la valentía y del santo coraje que tuvo nuestro querido santo, san Antonio para dar razón de su fe:

Sus biógrafos nos cuentan cómo cierto día nuestro querido santo discutía con un hereje. Ese infeliz se negaba obstinadamente a admitir el misterio de la transustanciación, porque después de la consagración no percibía cambio alguno en las especies eucarísticas. San Antonio se lo explicaba con argumentos de la Biblia y de la Tradición, pero todos sus esfuerzos chocaban con la obstinación de su interlocutor. De tal modo que nuestro querido santo cambió de estrategia:

 Le dijo: «Usted tiene una mula que utiliza para montarla. Voy a presentarle una hostia consagrada; si se postrase ante el Santísimo Sacramento, ¿admitiría la presencia del Salvador en las especies eucarísticas?» -«Sin duda» -, respondió el incrédulo esperando dejar en situación embarazosa al santo con semejante apuesta. Para garantizar mejor el éxito, el hereje privó al animal de cualquier alimento.

El día y hora fijados, Antonio que se había preparado con redobladas oraciones, salió de la iglesia portando el ostensorio entre sus manos. Por el otro lado, el incrédulo llegaba sujetando al hambriento animal por las riendas. Una multitud considerable se agolpaba en la plaza, llena de curiosidad en presenciar el singular espectáculo. Con una sonrisa en los labios, nuestro hombre, pensando ya triunfar, colocó ante el animal un saco de avena. Pero la mula, entregada a sí misma, se desvió del alimento que se le ofrecía y dobló las patas ante el augusto Sacramento; sólo se levantó después de haber recibido el permiso del santo. Es fácil imaginar el efecto que produjo el milagro. El hereje mantuvo la palabra y se convirtió.

San Antonio de Padua sabía perfectamente cómo debía ser él esa sal. ¿Cómo ha de ser la sal? En tiempo de Jesús eran muchas las funciones de la sal y Jesús utiliza esta metáfora. La sal, en primer lugar, es la de dar sabor a los alimentos. Desde la antigüedad la sal se ha convertido en el Símbolo de la Sabiduría, porque es lo que da sabor a la vida. Es más, todos tenemos experiencia que cuando estamos en un grupo y hay una persona sabia o entendida la conversación enseguida sube de nivel y se vuelve agradable e interesante, enriquecedor… o sea, tiene sabor. San Pablo conoce este simbolismo cuando escribe a la comunidad de los colosenses recomendándoles que las conversaciones que tengan entre ellos sean siempre agradables sazonando con sal: «Que vuestra conversación sea siempre amena, sazonada con sal, sabiendo responder a cada cual como conviene» [Col 4, 6]. La forma de hablar del cristiano ha de tener un sabor muy particular, muy diferente del discurso que hacen los que son paganos. Por lo tanto, en la boca de un cristiano no cabe ni el lenguaje soez ni la vulgaridad. Lo importante a destacar es que el cristiano trae al mundo la sabiduría que da el sabor y el sentido a la vida. Nuestro santo para responder a todos aquellos que iban contra la fe y contra la Iglesia siempre se posicionaba con dulzura y con claridad, de tal manera que su forma de actuar siempre le daba la razón. De esto tiene experiencia nuestro santo:

Nos cuentan que en la ciudad italiana de Rímini estaba San Antonio predicando y los herejes se burlaban de sus sermones. A lo que nuestro santo les dijo: «Ya que los hombres no quieren oír la palabra de Dios, voy a predicar a los peces». -Se dirigió hacia los verdes márgenes de un río, que daba ya al mar. Cuando San Antonio, con una sencillez encantadora invitó a los habitantes de las limpias corrientes a alabar al Señor, los peces se fueron reuniendo cerca de la playa; ponían la cabeza hacia fuera y parecían escuchar al orador con atención.

 

            Cuando alguien está tan lleno de Dios, como es el caso de San Antonio de Padua, puede gozar de un discernimiento y sabiduría divinos. Sabe dar la palabra adecuada y hacer el gesto oportuno para conducir a las personas hacia Dios. San Antonio, todo lo que hacía era para fortalecer la fe de los oyentes y que cuidasen esa relación personal de amistad con el Señor. Cuando Jesús nos avisa del riesgo de que la sal se vuelva sosa nos está dando una palabra de gran actualidad. El verbo que se usa en griego para indicar la pérdida del sabor, es ‘moraino’, que se traduce por “perder el sabor”, “desvirtuarse”; significa también “volverse necio, loco” [Cfr. Rom 1, 22; 1 Cor. 1, 20]. El cristiano puede correr el riesgo de perder ese sabor, de perder esa sabiduría que debe de llevar allá en donde se desarrolle su existencia. El cristiano está en el mundo, en medio de unos planteamientos mundanos, y puede correr el riesgo de contaminarse por la sabiduría mundana, y de este modo pierda su sabor, pierda su presencia evangélica. Cuando uno empieza a adaptarse al mundo, el mundo te engulle. El evangelio puede ser aceptado o rechazado, pero no puede ser modificado. No se puede contaminar el sabor de la sal evangélica.

El adjetivo derivado del mismo (morós) se aplica al hombre necio o insensato que construye su casa sobre arena [Mt 7, 26] y las vírgenes necias que al tomar sus lámparas no se proveyeron de aceite [Mt 25, 1-21]. Los términos de «ser echado fuera y que la pise la gente» remite al juicio de Dios [Cf. Mt 3, 10 «y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego»; Mt 7,19; 13,42 «y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes»]; por lo tanto, un discípulo que no viva como tal y que no ejerza alguna influencia en su ambiente, será rechazado por Dios. Nuestro santo, lleno del Espíritu del Señor, para que no perdamos ese sabor de la sal, nos dio una gran lección a propósito de lo acontecido durante un funeral.

            Algunos biógrafos cuentan que Antonio tuvo que dirigir la palabra durante un funeral a un usurero. Habiendo tenido conocimiento por revelación particular de la condenación eterna del infeliz, quiso que la suerte trágica de este desgraciado sirviese por lo menos para los vivos. Tras explicar con algunas palabras vehementes los peligros de la avaricia, concluyó su homilía con este texto del Evangelio: “El mal rico murió y fue sepultado en el infierno” [Lc 16, 22]. Como el auditorio se extrañó ante semejante audacia, añadió: «Este hombre colocó su corazón en sus tesoros. Id a su caja fuerte, abridla; descubriréis allí su corazón, castigado por la justicia de Dios». Fueron al domicilio del muerto. La afirmación del santo se encontró milagrosamente realizada: el corazón del difunto yacía en medio de su oro.


sábado, 8 de abril de 2023

Homilía del Domingo de Pascua, ciclo a

 


Homilía del Domingo de Pascua, Ciclo A

 

            Felices Pascuas. El pasaje evangélico se inicia con una indicación temporal: al amanecer del primer día de la semana [Mt 28, 1-10] . Hoy sabemos que era el domingo día 9 de abril del año 30. Los cristianos a ese día le han llamado el octavo día. De hecho, los antiguos baptisterios eran octagonales. Este número, el ocho, se ha convertido en sagrado para los cristianos porque indicaba la Pascua. Las pilas bautismales eran octogonales porque los que iban a ser bautizados eran conscientes de que iban a entrar en un día que no iba a finalizar jamás, a una vida que no muere.

            En la mañana de Pascua hay dos mujeres que se mueven cuando todavía reina la oscuridad de la noche: son María de Mágdala, y luego la otra María que será la que cita el evangelista Mateo en el momento de la sepultura de Jesús, era la madre de Santiago y José. ¿Qué van a hacer estas dos Marías al sepulcro? Es el cariño hacia el Maestro el que las impulsa a visitar el lugar de la sepultura. Era la costumbre que durante tres días el ir a visitar a la tumba. Pero el verbo que usa un verbo griego que significa ‘van a contemplar’, ‘para reflexionar’, no es simplemente una mirada de paso. Van a pensar, va a vivir el luto, van a hablar, a desahogarse. El evangelista quiere darnos a entender cómo estas dos mujeres se están desahogando y llorando porque han creído que el dinero, la mentira y los intereses mundanos han podido enterrar a un hombre justo; y creen que en el mundo nuevo, donde ellas habían puesto su esperanza, ha fallado. Ellas van a la tumba para contemplar la victoria de la muerte. Estas dos Marías representan a todas las personas que todavía no han recibido la luz de la Pascua. Ellas van a contemplar el destino del hombre que concluye en una tumba.   

            Ahora contemplamos cuando estas dos mujeres llegan al sepulcro. Mateo dice, de modo diferente. Los otros evangelistas dicen que cuando llegaron al sepulcro ya se habían encontrado retirada la piedra de la boca del sepulcro; en cambio el evangelista Mateo nos dice que las dos mujeres han asistido a un nuevo espectáculo excelente. No estamos ante un informe periodístico ni policial de lo acontecido allí. Mateo quiere presentar lo que aconteció en la Pascua, la mayor intervención de Dios en la historia cuando la muerte estaba definitivamente derrotada. Y para presentar esta verdad -de la muerte totalmente derrotada- el evangelista utiliza el lenguaje y las imágenes que todos conocen, porque son imágenes bíblicas.

            La primera de estas imágenes bíblicas (para expresar lo acontecido en la Pascua) fue el terremoto: Nos dice que hubo un gran temblor, un gran terremoto [v. 2].  El terremoto es la expresión de la fuerza de la naturaleza. El terremoto, es una imagen de la Biblia, para indicar la intervención de Dios: Por ejemplo, cuando Dios baja del Monte Sinaí para hablar con Moisés, el libro del Éxodo nos dice que todo el monte, toda la montaña tembló [Ex 19]. Es precisamente desde lo más profundo de la tierra de donde procede ese terremoto porque Jesús bajó a los infiernos y abrió las puertas del cielo a aquellos que viviendo como justos estaban retenidos por la muerte. Ese terremoto nos remite también a otro terremoto, esta vez recogido en el libro de los Hechos de los Apóstoles cuando estando Pablo y Silas en la cárcel [Hch. 16, 26], mientras oraban entonando himnos a Dios se produjo un gran terremoto que sacudió los cimientos de la cárcel y se abrieron todas las puertas y a todos los presos se les soltaron las cadenas. Éste terremoto del que nos habla hoy el evangelista es como si se tratara de los dolores de parto de una mujer a punto de dar a luz una vida que no tendrá jamás un final. Es la vida que Dios Padre entrega a todos aquellos que acepten y hayan aceptado su vida manifestada en Cristo Jesús.

            La segunda imagen bíblica es el ángel del Señor. Esta imagen aparece mucho en la Biblia, pero no indica el ángel como nosotros nos lo imaginamos. Esta expresión indica al Señor mismo y nos indica lo que el mismo Señor hizo en el día de la Pascua. Por ejemplo, cuando en el episodio de la zarza ardiente con Moisés la Palabra dice «y allí se le apareció un ángel del Señor» [Ex 3, 2] nos está diciendo que es Señor mismo el que está ahí aparecido. ¿Y qué cosa hace el Señor? Desciende del cielo, rueda la piedra y abre la boca del sepulcro y en ese momento es cuando se representa el momento en el que Jesús sale del sepulcro. Pero esta imagen de imaginarnos a Jesús saliendo del sepulcro es un influjo del evangelio apócrifo de san Pedro, por el que nos imaginamos a un Jesús fuerte con la imagen de la cruz triunfante en su mano, tal y como lo han recogido la iconografía cristiana. Sin embargo, Jesús no había retornado a esta vida cuando estaba ya rodada la piedra. Jesús mismo resucitó en el momento en que, en la cruz, dando ese fuerte grito entregó su espíritu. Jesús resucitó en ese mismo momento, en el momento del último respiro. En ese mismo momento Jesús entró en el mundo de los muertos -lo que proclamamos cuando decimos que descendió a los infiernos-, y liberó a todos introduciéndolos en la casa de su Padre.

            Los hombres habían puesto una piedra en la boca del sepulcro para dejar bien claro el signo definitivo de la victoria de la muerte. Además, esa piedra estaba sellada para dejar claro que esa piedra no iba a ser movida. Sin embargo, el ángel se sienta victorioso en la piedra, el triunfador sobre la muerte. La piedra había sido sellada y estaban colocados un piquete de soldados [Mt 27, 65-66] para asegurarse dejaron allí a una guardia de soldados romanos custodiando el sepulcro. Dios rompió esos sellos y romper esos sellos era desafiar al César de Roma. El ángel desafía el poder de este mundo, de los gobernantes de este mundo que querían mantener a Jesús por siempre prisionero de la muerte. Sin embargo, el signo de la muerte ha sido roto, porque Dios ha dado a los hombres la misma vida que ha entregado a su Hijo.

            Este ángel tenía un aspecto como un rayo y su vestido blanco como la nieve. Estas son dos imágenes bíblicas. El aspecto como un rayo es un atributo divino, representa la máxima potencia en el poder y el poder blanco indica la plenitud de la luz que ilumina la oscuridad del sepulcro.

            La Palabra de hoy se nos habla de unos guardias que estaban custodiando el sepulcro de Jesús. ¿A quién representan estos guardias? Representan a todos aquellos que, por interés, por servilismo o por ignorancia se alinea al servicio del mundo viejo, que quieren perpetuar el mundo antiguo que es el de los gobernantes que someten: son todos aquellos que representan al mundo de la muerte. Estos guardias han sido testigos del terremoto y están totalmente aterrorizados -se pusieron a temblar-. El ángel no les habla a ellos, porque todos aquellos que están al servicio de la muerte están destinados al fracaso, y de hecho retrocederán, «se quedaron como muertos».

            El ángel habla a las mujeres y les dicen que ellas no tienen que temer: «Vosotras no temáis». Los guardias temen porque ven fracasar todos sus proyectos. El ángel da la interpretación de la tumba vacía: «No está aquí, ha resucitado». Las tumbas están vacías porque están los restos, pero ahí no están las personas. Y para demostrar que la persona de Jesús no está ahí el ángel les prepara para el encuentro con el resucitado: «Va delante de vosotros a Galilea, allí lo veréis». ¿Qué era la Galilea? La Galilea era la tierra donde los judíos y los gentiles vivían juntos. No eran judíos de pura raza. Esta Galilea representa nuestro mundo en el cual nosotros estamos con personas que buscan a Dios y con personas que no les interesa las cosas de Dios; con las personas a las que amamos y con las personas a las que no soportamos. Allí es donde va Jesús guiando a sus discípulos, tal y como hoy nos sigue guiando en nuestra particular Galilea, con nuestro anuncio de fe para decir a todos que Él está vivo.

            Las mujeres abandonan rápidamente el sepulcro ya que no tiene sentido contemplar una tumba vacía y corren a anunciar a los discípulos la experiencia que han tenido. Ellas nos han conocido al resucitado, pero están preparadas para encontrarse con él porque recordaron lo que había dicho él. Jesús dijo que después de resucitar iría delante de ellos a Galilea [Cfr. Mc. 14, 28]. Y mientras ellas van a decir a los discípulos que ha resucitado, Jesús sale a su encuentro y les dice a estas dos mujeres que no teman. Les dice que no teman porque no hay que tener miedo a la oscuridad de la tumba porque ya toda ella está iluminada.

            Dice que las mujeres «se acercaron, le agarraron, le aprietan sus pies y lo adoraron». Jesús, en la pascua nos dice: «Mirad mis manos y mis pies, soy yo en persona». Las manos son el símbolo de lo que él hizo y los pies es el símbolo del camino que él ha hecho y hace con nosotros. Recordad que cuando llamó a sus discípulos les dijo «venid tras de mí, seguid mis pasos». Es esencial conocer dónde nos conduce el camino de Jesús. Es un camino que no es detenido en el Calvario; esos pies han ido mucho más lejos y estamos llamados a contemplar el destino de esos pies. No hay que tener miedo de la muerte porque Cristo ha atravesado el valle oscuro de la muerte que nos asusta.

            Y es muy bello como acaba el texto: «Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán». Id a decir a mis hermanos. Unos hermanos que le han renegado, le han dejado solo, le han traicionado. Y tal y como dice la carta a los hebreos [Heb 2, 11] no se avergüenza de llamarnos hermanos porque Él nos ama tal y como somos.


sábado, 7 de enero de 2023

Homilía del Bautismo del Señor, año 2023

 

Bautismo del Señor en el Jordán, año 2023

8 de enero de 2023

            Hoy nos encontramos a Jesús con treinta años: Pasa de la vida privada a la vida pública con la que comienza su misión [Mt 3,13-17].

Jesús, que se encontraba en Galilea, al oír hablar de su primo Juan el Bautista se dirige hacia él, hacia el Jordán. Era prácticamente al otro lado del Jordán, en la zona oriental, la cual no dista mucho de Jericó. El cual fue el punto por el cual entró el pueblo de Israel para entrar a tomar posesión de la tierra prometida. Jesús y Juan se encuentran en la parte opuesta; y Juan, desde allí bautiza. Esto tiene un significado muy importante, porque significa que les está pidiendo que hagan otro éxodo, pero ya no de Egipto, sino de Israel. Les está diciendo que su vida es un auténtico desastre y deben de retomar su vida desde la raíz. Les está interpelando diciéndoles que ¿dónde está el espíritu de los verdaderos israelitas, de auténtico pueblo fiel de la alianza? Les está diciendo que vuelvan de nuevo al exilio y que una vez que hayan sido bautizados vuelvan de nuevo a la tierra prometida. Esta era la razón por la que los fariseos y saduceos estaban enfadados y por esta razón Juan el bautista les llamaba ‘raza de víboras’ ‘¿queréis huir de la ira de Dios?, ¡convertíos y dad frutos dignos de conversión!’.

Recordemos que en Jerusalén había más de cien piscinas en torno al Templo en las que se realizaba este tipo de rito. ¿Os acordáis del paralítico que no podía entrar en la piscina cuando se removían las aguas porque siempre otro se le adelantaba?, la piscina de Betesda [Jn 5, 1-16]. En Jerusalén ya existía este tipo de ritos y ya había lugares preparados para hacerlos. Este pasaje nos remite al episodio de Naamán el Sirio cuando por siete veces se bañó en el Jordán por siete veces [2 Re 5]. Sin embargo, Jesús va al río Jordán, y en concreto en la zona de la galilea de los gentiles, que tiene un claro significado bíblico y que tiene relación con el éxodo. Es tanto como decirles que, aunque están en Jerusalén están viviendo como lo hacían en Egipto, con el pecado que les está esclavizando. Y les está diciendo que ellos, que son el pueblo de la Alianza, pero viven sin ser consecuentes con ello, van a empezar un nuevo éxodo; y es una urgente llamada a que empiecen de una vez a convertirse. Les dicen que les conviertan.

El pueblo llano sí que iba donde Juan el Bautista porque veían una coherencia en ese hombre que había estado formándose en el monasterio de Qumrán con los esenios y que había pasado un tiempo de formación y después se retiró al desierto. Y cuando esto lo oyó Jesús, Jesús se dirigió de Galilea a ese punto, a la Transjordania, la galilea de los gentiles, tierra de Zabulón y Neftalí. Esta era una tierra de paganos, no era precisamente la tierra santa. Jesús les está diciendo, venid aquí, a esta tierra pagana para volver a entrar en la tierra prometida, pero siendo otras personas, viendo como seres resucitados, permitiendo que el Espíritu more en ellos. Ellos, Jesús, Juan el Bautista y todos los que deseaban ser bautizados estaban en tierra pagana, y les dice que ‘ahora tienen que empezar una vida nueva’.

Cristo, que estaba por ahí, se pone en la fila de los pecadores, y esto fue un escándalo de Juan el Bautista: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, y ¿eres tú el que viene a mí?». Juan el Bautista, que todavía está haciendo su camino, no entiende que Cristo, el hijo de Dios se presente como el hijo del hombre, el Jesús de Nazaret que asume nuestra condición y se pone en la fila de pecadores, aun no siendo pecador, se solidariza con el género humano hasta ese punto. Y Juan el Bautista se queda escandalizado porque también Juan tiene que realizar un proceso de maduración en la fe. Es importante de resaltar al contestación que Jesús da a su primo: «Deja eso ahora; pues conviene que cumplamos lo que Dios ha dispuesto». Ese ‘deja eso’ nos remite a las tentaciones de Jesús en el desierto cuando Jesús dice al demonio que no le moleste, que le deje, que se aparte. E incluso al mismo Pedro cuando le reprende diciéndole ‘apártate de mí Satanás, tu piensas como los hombres, no como Dios’. Juan el Bautista está en ese camino de conversión al Señor y por eso el mismo Juan se escandaliza de la actuación de Jesús. Jesús le da a entender a Juan que se aparte, que no le impida que él realice su misión. El problema de fondo es que a Juan le costaba aceptar el proyecto de Dios en su vida; a Juan se resistía a creer aquello que nos dice la carta a los filipenses: «El cual, siendo de condición divina, no reivindicó su derecho a ser tratado igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre (…)» [Fil 2, 6-8].

Jesús es bautizado y Juan se queda perplejo. Juan el Bautista había recibido una revelación que le dijo ‘cuando veas al Espíritu Santo posarse sobre él en forma de paloma, ese es el hijo de Dios, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ [Cfr. Jn 1, 32-34]. Y es más, cuando a Juan el Bautista cuando le encarcelan, mandará a sus discípulos para que le pregunten a Jesús ‘¿eres tú el que tiene que venir o tenemos que esperar a otro?’ [Cfr. Lc 7, 20]. Esto formaba parte del proceso de maduración en la fe del propio Juan el Bautista.

Jesús, al quedar sumergido en el río Jordán, es como si se solidarizara con el hombre viejo, el Adán, que muere en el río Jordán -las aguas representan la muerte- para pasar de una vida de esclavitud -el pecado- a una vida de libertad -la gracia divina-. Cristo sale de las aguas, no como Jesús de Nazaret, sino como el Hijo de Dios ‘este es mi Hijo muy amado’. Y Jesús se dirige después, con sus discípulos hacia la tierra prometida. Jesús, junto con sus discípulos, entra en la tierra prometida, entra en Israel, tal y como lo hizo el pueblo hebreo después de los cuarenta años peregrinando por el desierto tras salir de la esclavitud del faraón de Egipto.

Dios se nos da, sin que nosotros le busquemos, porque estamos muy distraídos. Porque estamos muy ocupados con nuestras cosas, con nuestros cumplimientos y todas esas cosas… y es el Señor quien se nos presenta y se nos ofrece y se nos revela a la humanidad. Y ahora la segunda parte es que nosotros nos despertemos y empecemos a ir con Él, detrás de Él, ¡que vayamos detrás de Jesucristo!


jueves, 5 de enero de 2023

Homilía de la Epifanía, Año 2023, Ciclo A


 Epifanía del Señor, año 2023, Ciclo A

            Hoy la Iglesia nos regala el capitulo dos de san Mateo [Mt 2,1-12] y nos invita a distanciarnos de todo aquello que nos pueda distorsionar su sentido más profundo. El evangelio nos habla de un rey, del rey Herodes, el cual era un rey ilegítimo. Era ilegítimo porque no tenía sangre judía en las venas y por lo tanto no podía ser rey de los judíos. Y era un rey tan sospechoso que pensaba que en cualquier momento alguien podía quitarle el trono, de tal modo que él mismo mando matar a sus propios hijos. Y en medio de este contexto de tensión aparecen unos magos diciendo «¿dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?».

Aparecen unos magos venidos de oriente. En aquel tiempo el término ‘mago’ se entendía como el adivino, el engañador, el astrólogo. De tal modo que era una actividad que venía prohibida en el libro del Levítico capítulo 19, de tal modo que en el primitivo catecismo cristiano ‘Didajé’ -palabra hebrea que significa enseñanza- el ejercer como mago estaba prohibido.

Por lo tanto, en cuanto paganos y en cuanto magos, desde el punto de vista del Antiguo Testamento eran los que estaban más alejados de Dios.  El evangelista quiere significar que el amor universal de Dios se extiende en todas partes y por todas partes: El amor de Dios es para todos y todos lo reciben con la misma calidad, incluso para aquellas personas a las que podríamos considerar despreciables.

Los magos vienen de oriente hacia Jerusalén. Y realmente los magos se confunden al ir a Jerusalén, la ciudad santa, porque Jesús no nació en Jerusalén, la ciudad santa. Jesús nace a las afueras de un pueblo llamado Belén, que significa en hebreo ‘casa del pan’. Recordemos que Cristo es el pan vivo bajado del Cielo y nace a las afueras de Belén como los excluidos, como los marginados.

Los magos van a Jerusalén, pero no van al Templo. Esto es significativo: ¿dónde van a buscar al Dios que se revela? El pueblo judío buscaba a Dios en el Templo. Cristo se revelará como aquel que muere fuera del recinto sagrado, y será colgado del madero fuera de la ciudad santa. Pues Jesús nace también fuera de la ciudad santa, nace en Belén. Dios no se hace contemporáneo ni cómplice de aquel aparato religioso; ausente totalmente de aquel aparato de la jerarquía religiosa. Y van a buscarle al castillo de Herodes, y el mismo Herodes no sabe ni dónde ni cómo buscar a ese niño recién nacido. Serán las profecías las que indican esta revelación de Dios.

El evangelista contrapone a dos reyes: a Herodes y al niño recién nacido. Los magos dicen «hemos visto salir su estrella». Los magos han sido guiados por una estrella. Los magos eran sobre todo astrólogos y se dejaban guiar por la manifestación de la naturaleza, porque Dios también se manifiesta en la naturaleza; en todo lo creado. Los magos que venían de otras religiones buscan caminos para encontrar a Dios. Los magos no siguen los caminos habituales, como hubiera sido lo más normal al acudir al Templo de Jerusalén. Ellos van a preguntar a otro rey. Y el otro rey está totalmente desorientado porque Dios se manifiesta en el hombre, en los pobres, en la miseria, en la humildad. Ante esto se plantea una cuestión ¿dónde buscamos a Dios? ¿lo buscamos en la práctica religiosa del cumplimiento y lo excluimos tan pronto como salimos a la vida cotidiana?

Esa estrella no la van a encontrar en los cielos, sino en la tierra. En aquel tiempo se pensaba que cuando nacía alguien muy importante aparecía una nueva estrella en el firmamento. Dice la Palabra que cuando escuchó esto el rey Herodes se quedó turbado, se sobresaltó. El rey Herodes era un rey que había usurpado el trono y ahora tenía miedo de perderlo. Se cuenta que toda Jerusalén se sobresaltó con Herodes, porque Jerusalén había usurpado el papel de ser el pueblo de Dios. Jerusalén se había configurado a su imagen y semejanza el modo de cómo actuar ante Dios, como un negocio, como un intercambio, y Jerusalén tenía miedo de perder el Templo.  Y ese Templo presentaba una imagen de Dios falsa, el cual no corresponde para nada al Padre de Jesús.

Nos dice el evangelista que el rey Herodes dijo a los magos «id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Aquí vemos como el evangelista presenta una imagen del poder que siempre es mentiroso y asesino. Mentiroso porque impone su poder usando de las mentiras y del engaño; y asesino porque lo defiende con la violencia. El evangelista nos pone sobre aviso sobre el modo de cómo se ha de ejercer el poder: desde el servicio.

Una vez que los magos han descubierto al autor de la vida, se arrodillan y le adoran, «ellos vuelven a su tierra por otro camino». Los magos buscaban al rey de los judíos usando de la religiosidad natural con tintes idolátricos, pero ellos vuelven con una religiosidad evangélica. Uno, con la religiosidad natural, buscamos a Dios en las prácticas religiosas, pero hay ellos llenaron su vida con el contenido cristiano, por eso se fueron por otro camino. Los magos han descubierto que amando sin medida, que anunciando con su vida lo que ellos allí han sido testigos todo adquiere un nivel sobrenatural. Que donde antes estaba un horno de odio en el corazón, ahora se torna en amor. Que uno cuanta con la ayuda de Dios para amar sin reservas, que todo pecado tiene su perdón, que toda herida tiene su cicatrización, que todo error tiene su solución. Y cuando los magos han descubierto la belleza de este gran tesoro, ellos «se retiran a su tierra por otro camino». Jesús se manifiesta de un modo que nos cambia todos los esquemas.

El evangelista cuando usa el término «se retiraron a su tierra por otro camino». Esta es una expresión muy rara que nos encontramos en el primer libro de los Reyes [1 Re 13, 9s] donde se nos indica el santuario de Betel donde se adoraba al becerro de oro, a la idolatría. El evangelista quiere indicar que Jerusalén es la antigua Betel, una ciudad idólatra y ellos se deben de distanciar de ese lugar.