¿Qué cambia realmente cuando dos personas que ya se aman se casan y pasan a ser marido y mujer? El matrimonio no comienza porque aparezca ese día un amor que antes no existía, sino porque mediante el consentimiento matrimonial los esposos se entregan y se reciben mutuamente de una manera nueva. Desde entonces, antes que la casa, los proyectos o incluso los hijos que puedan llegar, el primer bien recibido es el propio cónyuge: una persona que seguirá creciendo, cambiando y revelando aspectos de sí misma a lo largo de los años. Esta primera entrega de Puedes contar conmigo invita a descubrir qué significa verdaderamente recibir al otro como esposo o esposa y por qué amar en el matrimonio exige seguir reconociendo a la persona que permanece detrás de las tareas, las costumbres y toda la historia compartida.
Puedes contar conmigo
Amor,
promesa y vida matrimonial
Hay palabras que,
de tanto usarlas, terminan volviéndose casi transparentes. «Mi marido
llegará más tarde». «Se lo preguntaré a mi mujer». «Este es mi
esposo». «Ella es mi esposa». Aparecen mientras hablamos por
teléfono, al presentarnos en algún sitio, al explicar quién vendrá a buscarnos
o en medio de una conversación en la que nadie presta especial atención a
ellas. Con el tiempo pueden salir de los labios con la misma naturalidad con la
que decimos dónde vivimos.
Y, sin embargo,
hubo un tiempo en que todavía no podíamos pronunciarlas.
La persona ya
estaba allí. Conocíamos su voz y su manera de reír; sabíamos algunas de las
cosas que podían entusiasmarla y empezábamos a reconocer cuándo algo le
preocupaba aunque dijera que no pasaba nada. Había conversaciones, recuerdos
compartidos, deseo, proyectos. Nos queríamos. No llegamos a la boda para
comenzar a querernos.
Entonces, ¿qué
ocurrió para que aquella persona, que la víspera ya era profundamente querida,
pudiera ser llamada después «mi marido» o «mi mujer»?
Decir simplemente
«nos casamos» no aclara demasiado, porque eso es precisamente lo que intentamos
comprender. Tampoco basta afirmar que decidimos compartir la vida. Esa vida
llevaba tiempo imaginándose y, en muchos aspectos, había empezado ya a
entrelazarse. El amor tampoco apareció durante la ceremonia. Algo sucedió aquel
día que no consistió únicamente en sentir más ni en hacer público lo que ya
existía.
La víspera ya nos
queríamos
Entre el día
anterior a una boda y el siguiente apenas han pasado unas horas. Él continúa
siendo el mismo hombre y ella la misma mujer. Ninguno recibe de pronto una
personalidad distinta y las peculiaridades que el noviazgo había permitido
conocer siguen exactamente en su sitio. El matrimonio, por desgracia para
algunas expectativas demasiado optimistas, tampoco corrige durante la noche
aquellos pequeños defectos sobre los que ya existía abundante información.
Incluso el amor
puede sentirse de manera muy parecida. Si alguien hubiera preguntado la víspera
a cualquiera de los dos si quería a la persona con la que iba a casarse,
ninguno habría necesitado esperar a la ceremonia para responder. Precisamente
porque se querían habían llegado hasta allí.
Pero antes podían
decirse: «quiero casarme contigo». Después podían decir: «eres mi
esposa», «eres mi esposo».
Entre esas dos
frases hay más que un cambio de vocabulario.
El amor había ido
acercándolos, había creado entre ellos una historia y había abierto un futuro
imaginado juntos. Llegó, sin embargo, un momento en que hicieron algo que hasta
entonces no habían hecho: cada uno quiso entregarse al otro y recibirlo como esposo
o esposa.
Desde fuera
probablemente sea lo menos espectacular de una boda. Hay música, familiares,
abrazos, fotografías y alguna pequeña contrariedad que aquel día parece enorme
y que años después acaba incorporada al repertorio humorístico de la familia.
Todo eso puede verse y recordarse.
Lo más importante
apenas se ve. Dos personas se dan y se reciben conyugalmente. Los rostros
siguen siendo los mismos y nada parece haber cambiado a su alrededor. Pero
ellos ya no están entre sí como estaban unos minutos antes.
De ahí nacen esas
palabras que después se volverán tan corrientes: «mi marido», «mi
mujer».
Tal vez su misma
normalidad termine ocultando algún día la historia que llevan dentro.
Recibir a alguien que
seguirá siendo otro
La palabra
«recibir» necesita delicadeza cuando hablamos de una persona. Una esposa no
pasa a ser propiedad de su marido ni un esposo se convierte en algo que
pertenece a su mujer como pertenece una cosa a quien la posee.
Aquel hombre sigue
siendo él y aquella mujer sigue siendo ella. Cada uno conserva una historia
propia, una conciencia, una intimidad y una dignidad que nadie puede
apropiarse. El matrimonio crea una verdadera unión sin hacer desaparecer a
quienes la forman.
Los años permiten
comprobarlo de una manera bastante doméstica. Podemos saber qué escogerá
probablemente el otro en un restaurante, reconocer por el tono de un «no
pasa nada» que sí pasa algo y conocer perfectamente dónde suele dejar
aquello que después preguntará dónde está. Y cuando parecía que ya disponíamos
del manual completo, puede contarnos algo que nunca habíamos escuchado así,
mostrar una fragilidad que desconocíamos o reaccionar de una manera que vuelve
a recordarnos que sigue siendo alguien distinto de nosotros.
La intimidad
matrimonial no consiste en terminar de descifrar al otro. Hay algo hermoso en
llegar a conocer mucho a una persona y comprobar que todavía queda persona por
conocer.
Además, nadie se
casa con un ser humano terminado.
Quien está delante
el día de la boda tiene ya una historia, una forma de ser, cualidades y límites
que el otro conoce en mayor o menor medida. Pero todavía no ha atravesado todo
lo que habrá de vivir. No sabemos qué capacidades aparecerán cuando lleguen determinadas
responsabilidades, qué fragilidades harán acto de presencia, qué partes del
carácter se volverán más suaves o cuáles necesitarán más tiempo del que
imaginábamos.
Los esposos se
conocen suficientemente para elegirse. Lo que no pueden conocer son todas las
edades del otro.
Eso no hace menos
verdadera su entrega. Hace visible algo elemental: cuando se recibe a una
persona, se recibe a alguien vivo. Alguien a quien será necesario seguir
conociendo.
Antes de todo lo que
vino después
Cuando una pareja
se casa mira inevitablemente hacia delante. Hay planes, ilusiones y alguna
imagen —más o menos precisa— de cómo podría ser la vida. Más tarde, cuando se
recuerda lo vivido, la mirada cambia de dirección.
Aparecen lugares
en los que se vivió, trabajos, decisiones importantes, personas queridas,
etapas difíciles, pequeñas victorias que costaron mucho más de lo que hoy
parece. Si hubo hijos, habrán ocupado una parte inmensa de aquella historia.
Habrá también proyectos que nunca llegaron, planes que tuvieron que modificarse
y acontecimientos que nadie habría sabido anticipar.
Es fácil terminar
contando un matrimonio por todo lo que ocurrió en él. Pero el día de la boda
casi nada de eso existía todavía.
Quizá tampoco
existiera la casa en la que acabarían viviendo durante años. Los hijos, si
llegaron, pertenecían por entero al futuro. Las amistades nuevas, algunas
pérdidas, los cambios profesionales, las preocupaciones que después ocuparían
noches enteras y tantas alegrías que acabarían pareciendo inseparables de la
historia común estaban todavía por venir. Tampoco existían esas costumbres
diminutas que un día parecerían haber estado allí desde siempre: un lugar
habitual, una tarea que acabó haciéndola casi siempre uno de los dos, una broma
que nadie más entiende, una frase que necesita sólo tres palabras porque las
otras veinte ya las conoce el otro. Todo aquello iría llegando.
Pero algo estaba ya allí desde el principio: La persona que cada uno tenía delante. Por eso el primer gran bien recibido en el matrimonio no es el resultado que llega si la vida sale como se esperaba. Antes de la casa, de la estabilidad, de los proyectos y de cuanto pueda nacer de esa unión, está el esposo para la esposa y la esposa para el esposo.
El primer bien
recibido es el otro cónyuge.
La casa vendrá
después, y será la casa compartida con esa persona. Vendrán los proyectos, las
decisiones y todo lo que termine dando forma a una historia común. Ninguno de
esos bienes sustituye al esposo o a la esposa, porque todos nacen dentro de una
realidad más originaria: haberse recibido el uno al otro.
Esto se comprende
de otra manera cuando algún bien profundamente esperado no llega. Hay proyectos
buenos que deben abandonarse y deseos legítimos que la vida no concede. Ese
dolor merece respeto; no necesita frases fáciles que lo hagan desaparecer. Pero
precisamente ahí puede hacerse visible que el cónyuge nunca fue sólo el medio
para obtener aquello que ambos deseaban.
Antes de lo que
soñaban construir estaba aquel con quien querían construirlo.
Cuando la vida ocupa
casi todo el espacio
Después llega la
vida cotidiana, con una capacidad casi inagotable para ocupar todo el espacio
disponible y un poco más. No tiene que haber ninguna crisis. A veces sucede
precisamente mientras todo marcha razonablemente bien. Hay trabajo,
responsabilidades, personas que necesitan atención, facturas, decisiones y una
casa que, por algún fenómeno todavía no explicado satisfactoriamente, nunca
termina de estar del todo atendida.
Los días se llenan
de verbos: llamar, comprar, llevar, recoger, preparar, pagar, acompañar,
decidir, recordar.
Los esposos pueden
llegar a entenderse admirablemente dentro de esa maquinaria. Uno recuerda lo
que al otro se le olvida; cada cual termina haciéndose cargo de determinadas
cosas sin que nadie haya redactado un reparto oficial; hay mensajes de dos
palabras porque ambos conocen las otras treinta. A veces basta una mirada para
saber quién se ocupará de algo. Y también eso es matrimonio.
Hay amor en quien
deja algo preparado porque sabe que el otro llegará cansado, en quien realiza
durante años una tarea que nadie suele agradecer especialmente, en quien
modifica un plan para facilitarle el día al otro sin sentir la necesidad de
anunciar el sacrificio. Buena parte de una historia matrimonial está hecha de
gestos demasiado pequeños para convertirse en acontecimientos.
Pero puede suceder
algo curioso. Dos personas hablan muchísimo durante varios días y, sin embargo,
casi todas sus conversaciones tienen que ver con asuntos que necesitan
solución. Horarios, compras, una llamada pendiente, algo que falta en casa,
alguien que necesita ayuda. Se han tratado con cariño, quizá han reído juntos y
no existe entre ellos ningún problema especial.
Hasta que uno se
pregunta: «¿Cómo está realmente mi marido?», «¿qué lleva mi mujer por
dentro estos días?».
Y descubre que
conoce mejor la hora de su cita de mañana que la preocupación con la que se
acostó anoche.
A veces la vida
simplemente ha hecho demasiado ruido. No hay un momento preciso en que
decidamos dejar de mirar a la persona y comenzar a fijarnos sólo en lo que
hace. Sucede sin anuncio. Necesitamos tanto determinadas cosas del otro que
podemos acabar mirándolo principalmente a través de ellas: quien trabaja, quien
organiza, quien recuerda, quien tranquiliza, quien suele resolver, quien cuida.
La persona
continúa allí, pero su eficacia cotidiana puede volverla extrañamente
invisible.
Quizá por eso
resulta revelador descubrir que llevamos semanas preguntando «¿has hecho
aquello?» con mucha más frecuencia que «¿cómo estás?». No porque la
primera pregunta tenga nada de malo ni porque un matrimonio deba convertir
todas las noches en una interminable exploración de sentimientos. Hay épocas en
las que salir adelante juntos constituye ya una manera muy concreta de
quererse.
Pero se puede
conocer de memoria la agenda del otro y no saber qué le preocupa. Dormir junto
a él cada noche y descubrir durante una conversación inesperada que llevaba
semanas sosteniendo algo que nosotros habíamos interpretado simplemente como
cansancio. La familiaridad nos permite conocer muchísimo y, a la vez, puede
engañarnos: como creemos conocer al otro, dejamos de preguntarnos quién está
siendo ahora.
Alguna noche,
cuando por fin no queda nada urgente —o nada que no pueda sobrevivir hasta
mañana—, aparece una conversación que nadie había programado. Uno cuenta un
cansancio, un miedo, algo que le preocupa o incluso una ilusión que llevaba
tiempo sin encontrar sitio.
Y el otro piensa:
«No sabía que estabas así». La frase puede doler un poco. No
necesariamente porque revele un matrimonio en crisis, sino porque vuelve a
poner delante algo sencillo: La persona con la que vivimos siempre es más que
la parte de ella que nuestra vida cotidiana necesita.
También sucede al
revés. Alguna vez el otro percibe algo antes de que acertemos a explicarlo: una
respuesta más seca, un silencio donde normalmente habría una broma, una manera
distinta de hacer una cosa cualquiera. No existe ningún deber matrimonial de leer
la mente —por fortuna— y después de muchos años seguimos equivocándonos al
interpretar al otro. Pero puede crecer una atención hecha de pequeños
conocimientos acumulados. En medio del ruido, alguien sigue mirando.
Esto se vuelve
especialmente claro cuando cambia la capacidad de uno de los dos. Quien durante
años resolvió ciertas cosas ya no puede hacerlo durante un tiempo. El fuerte
necesita ayuda. El que sostenía tiene ahora que apoyarse. La vida altera el
reparto y obliga a descubrir quién permanece detrás de aquello que hacía.
No siempre
reaccionaremos admirablemente. Habrá cansancio, miedo o impaciencia. Una
convivencia verdadera no está hecha de respuestas impecables. Pero puede
aparecer, justamente dentro de esa humanidad, algo que la eficacia había dejado
escondido: el otro sigue siendo él cuando deja de ofrecernos aquello a lo que
nos habíamos acostumbrado.
Quizá una de las tareas silenciosas de los años compartidos consista en retirar alguna vez todo lo que la vida ha colocado delante para volver a ver a quien estaba allí desde el principio.
También nosotros
estábamos allí
La mirada, sin
embargo, puede volverse en otra dirección. Es fácil pensar en todo lo que hemos
ido descubriendo de nuestro esposo o nuestra esposa. Sabemos cuánto ha
cambiado, qué capacidades fueron apareciendo, qué aspectos nos sorprendieron y
cuáles resultaron más difíciles de lo esperado.
Pero mientras
nosotros hacíamos ese descubrimiento, el otro estaba haciendo el mismo camino
con nosotros. También fuimos recibidos antes de que nuestra historia estuviera
terminada.
Quien se casó con
nosotros no sabía entonces cómo reaccionaríamos ante ciertas decepciones, qué
inseguridades durarían más de lo previsto, qué partes de nuestro carácter
madurarían y cuáles necesitarían años. No conocía todavía todas nuestras
maneras de cansarnos, cerrarnos, pedir ayuda mal o empeñarnos en tener razón.
Tampoco podía saber cuánto bien llegaríamos a ser capaces de hacer cuando unas
circunstancias que entonces ni siquiera existían nos obligaran a sacar algo
nuevo de nosotros.
Nos conocía. Pero
tuvo que seguir conociéndonos.
Pensarlo puede
despertar una forma de gratitud que no tiene nada que ver con decir que alguien
ha tenido que «aguantarnos». El matrimonio tampoco vuelve insignificante
nuestra conducta ni obliga al otro a aceptar lo que atente contra su dignidad.
Se trata de algo mucho más cotidiano: Alguien ha conocido versiones nuestras
que ya no existen. Nos vio cuando todavía gestionábamos mal una dificultad que
después aprendimos a afrontar. Sabe cuánto costó algo que otros creen que
hicimos fácilmente. Nos ha visto equivocarnos y nos ha visto cambiar.
Hay zonas de
nuestra vida que quizá sólo esa persona conoce de esa manera. Y entonces
«recibir» adquiere una profundidad nueva.
Porque aquel día
no sólo recibimos a alguien. También alguien quiso recibirnos a nosotros.
Hay años que ya no
pueden contarse del todo en singular
Con el tiempo
puede surgir una intimidad que no procede simplemente de haber hablado mucho.
Hay amigos a
quienes podemos contar casi todo. Hay hermanos que conocen nuestro origen como
nadie. Existen personas decisivas en determinadas etapas. El matrimonio no
sustituye esas relaciones, ni sería sano convertir al cónyuge en respuesta a
todas las necesidades de la propia vida.
Pero hay un
conocimiento específicamente nacido de haber compartido una historia. El otro
no sabe solamente cosas porque se las contamos. Ha estado allí mientras una
parte de nuestra vida sucedía.
No necesita
preguntar quién era determinada persona porque también la conoció. Recuerda
aquella casa. Sabe por qué una fecha que para los demás no significa nada tiene
un peso especial. Conoció a nuestros padres en una etapa que ya no volverá.
Algunas bromas necesitan sólo dos palabras porque el resto está guardado en los
dos.
También
discreparán sobre los recuerdos. Uno estará convencido de que algo sucedió de
determinada manera y el otro llevará veinte años contando una versión
incompatible. No parece imprescindible constituir un tribunal de apelación para
resolver todos esos casos. Algunas discusiones sobre el pasado terminan
formando parte del propio pasado.
Lo importante es
que estuvieron allí. No en toda la biografía del otro. Ningún esposo posee la
historia entera de su mujer ni ella la de él. Pero sí en una parte
suficientemente grande como para que determinados años ya no puedan contarse
completamente en singular.
Y cuando algunas
responsabilidades disminuyen, puede hacerse todavía más visible. Durante mucho
tiempo quizá hubo tanto que hacer que los esposos funcionaron como un equipo
extraordinariamente eficaz. Una etapa termina, cambian las necesidades
familiares, desaparece alguna tarea que había ocupado mucho espacio y vuelven a
encontrarse uno frente al otro con menos cosas urgentes alrededor.
Entonces queda la
persona. La misma que estaba antes de que empezaran muchos de aquellos
proyectos.
La fe cristiana mira
ahí
Para un cristiano
no hace falta abandonar esta realidad humana para encontrar el sacramento. Es
precisamente ahí donde debe mirar.
Entre bautizados,
esa alianza conyugal constituida por el consentimiento es sacramento. La fe no
toma una relación humana y le coloca después un adorno religioso. Toma tan en
serio lo que aquellos dos hacen al darse y recibirse que reconoce en ese matrimonio
una realidad sacramental.
La gracia no
elimina su humanidad. No ahorra conversaciones difíciles ni dispensa de conocer
al otro, pedir perdón, reparar lo que se haya dañado o buscar ayuda cuando haga
falta.
Pero permite
contemplar con una hondura nueva lo que ya era inmenso humanamente: dos
personas concretas que libremente se reciben como esposos.
Mirar aquella
fotografía con los ojos de hoy
Quizá por eso una
fotografía de boda cambia con los años sin cambiar en absoluto.
Los dos siguen
allí, inmóviles, exactamente como eran aquel día. Quienes la miran tiempo
después saben mucho más que ellos.
Saben qué ocurrió
con aquellos planes, quiénes llegarían a sus vidas, qué personas se marcharían
demasiado pronto, qué dificultades acabarían atravesando y qué cosas buenas que
entonces ni siquiera podían imaginar terminarían formando parte de su historia.
Saben también quién llegó a ser aquel hombre y quién llegó a ser aquella mujer.
Los dos de la
fotografía, en cambio, todavía no podían saberlo. No porque fueran ingenuos ni
porque ignoraran lo que estaban haciendo: Conocían suficientemente a la persona
a la que querían recibir. Lo que no podían conocer era toda la vida que aquella
persona llevaba aún por delante.
Y, al mirar al
otro en aquella imagen, la mirada puede volverse casi sin querer hacia uno
mismo. También nosotros estábamos allí, con una historia todavía por
vivir. Quien estaba a nuestro lado tampoco sabía entonces todo lo que llegaría
a conocer de nosotros; ha visto pasar nuestras edades, nuestros cambios,
aquello que fue madurando y aquello que nos costó más.
De pronto, la
fotografía puede leerse en las dos direcciones. No sólo muestra a la persona
que un día recibimos. También nosotros somos la persona que fue recibida.
Quizá entonces
esas expresiones tan corrientes —«mi marido», «mi mujer»— vuelvan
a sonar durante unos segundos como si fueran nuevas.
No nombran
únicamente a alguien con quien hemos hecho muchas cosas.
Nombran a quien un
día recibimos y a quien, desde aquel mismo día, quiso recibirnos.
Después vino todo
lo demás.
Pero el primer
bien ya tenía un rostro.

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