SANTA
MARÍA, MADRE DE DIOS
domingo, 30 de diciembre de 2018
Homilía de Santa María, Madre de Dios
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Virgen María
Homilía del Domingo de la Sagrada Familia 2018
DOMINGO
DE LA SAGRADA FAMILIA DE NAZARET 2018
En
un mundo como el de Occidente, donde el dinero y la riqueza son la medida de
todo, donde el modelo de economía de mercado impone sus leyes aplicables a
todos los aspectos de la vida, la ética católica auténtica se les antoja a
muchos como un cuerpo extraño, remoto; una especie de meteorito que contrasta
no sólo con los modos concretos de comportamiento, sino también con el esquema
básico de pensamiento.
Estamos
inmersos en un liberalismo económico donde impera la ley de la oferta y el de
la demanda; donde se da el libre comercio; donde cada cual mira por sus ahorros
y por sus propios ingresos para garantizarse un status social y las
correspondientes comodidades; donde cada cual busca su propio beneficio; y
cuánto más riqueza y progreso se dé, mucho mejor. Éste liberalismo económico
encuentra, en el plano moral, su exacta correspondencia en el permisivismo, en
una tolerancia excesiva. En consecuencia, se hace difícil, cuando no imposible,
presentar la moral de la Iglesia como razonable; se haya demasiado distante de
lo que consideran obvio y normal la mayoría de las personas, condicionados por
una cultura reinante, a la cual han acabado por amoldarse.
Si
no somos capaces de penetrar hasta el fondo de la realidad y las consecuencias
del pecado original, ello se debe precisamente a que tal pecado existe; porque
la muestra es una ofuscación de la mente y del corazón de las personas, que nos
desequilibra, que confunde en nosotros la lógica de las cosas inscritas en el
ser de todo lo creado que nos impide darnos cuenta que muchos de los
razonamientos y sentimientos nacen heridos de muerte a causa del propio pecado
que anida dentro de cada uno. Pero cuando el cristiano anuncia a sus hermanos a
Cristo que les redime ante todo del pecado da pie a la esperanza de obtener la
gracia que nos redime y nos salva de toda alienación y atadura. Cuando uno
escucha a Cristo siente que su carne leprosa se va sanando, se va liberando de
esa mediocridad, de ese relativismo y de ese permisivismo que nos impedía amar
de verdad ya que lo que se buscaba únicamente la autorrealización y la
autorredención que nos lleva a la destrucción.
«¡Y
mientras nosotros morimos, el mundo recibe la vida!» (2 Co 4, 11-12) Estamos
salvados cuando nos abandonamos al Amor Eterno del Padre. Pocos quieren morir
de amor porque cada cual quiere reservarse para sí lo mejor. Esto es una
consecuencia de una crisis seria de fe que ataca los fundamentos más básicos de
nuestro ser.
No hay nada nuevo
bajo el sol, más si anulamos la fe y nos apartamos de Dios nada se puede
sostener por sí mismo, todo queda derrumbado formando enormes ruinas. Para
seguir la vocación que Dios otorga uno se ha de descalzar, porque pisa terreno
sagrado, debe de luchar internamente con la mentalidad mercantilista reinante
que tiene sus consecuencias desastrosas en la moral y fiarse obedeciendo al
Señor aunque no lo entienda, ya que a su debido tiempo todo nos será revelado.
30 de diciembre de
2018
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sábado, 1 de diciembre de 2018
Homilía del Primer Domingo de Adviento, ciclo c
PRIMER
DOMINGO DE ADVIENTO Ciclo c
2 de diciembre de 2018
La
mayor parte de los conflictos que sean entre nosotros tienen un mismo origen:
nuestra falta de fe. Estamos acostumbrados a que nos sirvan, a tomar decisiones
rápidas, a estar en reuniones sin darnos cuenta de cómo se encuentra el otro, a
buscar la efectividad en aquello que hacemos. Y si alguien se comporta de un
modo hiriente o te hace un desprecio enseguida nos sale el juicio en vez de
disculparle porque aún no ha descubierto eso que uno sí cree haberlo
descubierto. En la vida cotidiana sufrimos «graves
hemorragias de fe» que nos genera una
grave crisis de identidad cristiana. Esto tiene grandes consecuencias en la
vida personal y comunitaria y sin darnos cuenta nos adentramos en una dinámica
de secularización. El hecho de estar dentro de la Iglesia no supone que Cristo
esté dentro de nuestra alma.
La
Iglesia tiene que estar abierta al mundo pero evangelizar y no para perderse en
el mundo. Demostramos que estamos perdidos en el mundo cuando pensamos y
actuamos del mismo modo de cómo actúa el mundo. No somos una sociedad humana
más, somos un pueblo llamado a morir a nosotros mismos para que el rostro de
Cristo pueda resplandecer mientras nosotros nos apagamos. ¿Qué somos los
cristianos? Somos el trapo que se usa para limpiar las ventanas. Es cierto que
nuestro cuerpo se resiente y se resiste. Es cierto que cuando nos intentan
humillar o hacer de menos sale de nosotros todos los demonios que tenemos
dentro. A lo que Cristo se acerca a tu persona, se sienta a tu lado, te coge de
la mano, y con cariño te dice: «Si me amas no te resistas al mal y acepta las injusticias de tu hermano», porque cuando “menos
tú”, más Cristo. Así es como se «practicará
el derecho y la justicia en la tierra» (Jeremías 33, 14-16), y así Yahvé
será nuestra justicia.
¿De qué males yo y tú nos estamos resistiendo? ¿Qué injusticias
me está haciendo mi hermano y qué injusticias le estoy yo haciendo a él? ¿Cómo
estoy reaccionando ante sus justicias y cómo deseo yo que el mismo Dios
reaccione ante las que yo mismo cometo?
Dice el Salmo responsorial que «el
Señor es bueno y recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a
los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes».
Si no percibimos el rostro de Cristo en nuestra comunidad es porque nuestro
pecado lo oculta. Es preciso descalzarse ante el hermano porque en él, aunque
él ni se entere, te está hablando Dios y te está pidiendo que pongas fe y amor
allá donde no haya ni fe ni amor. Recordemos que Cristo es el Señor de la
historia y Él escribe la historia. Pero no lo escribe con tinta normal, sino
con tinta invisible que únicamente con la luz y el calor de la fe lo podemos
llegar a leer.
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