jueves, 20 de diciembre de 2007
¿Por qué me tengo que confesar con un cura?
sábado, 8 de diciembre de 2007
Preparativos de Adviento
Preparativos de Adviento.
Ante la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María
Nosotros no debemos huir de Dios, estamos invitados a buscarle. Sólo así el hombre irá adquiriendo esa sabiduría para afrontar la vida con lucidez.
Eva es seducida y engañada por el orgullo y el ansia de dominio. Se dejó seducir por el pecado y fue sometida al yugo de la violencia, del temor, de la tristeza, de la culpabilidad, de la ignorancia y de la tiranía.
María también es seducida, pero es por el Amor de Dios. María quiere alimentarse de la Palabra de Dios, no de otras cosas pasajeras o engañosas.
María es una criatura de Dios y fue concebida como todos fuimos concebidos; fruto del amor de un hombre y de una mujer. Ahora bien, fue preservada de toda mancha del pecado original en el momento de su concepción por un gran privilegio dado por Dios. María, para ser la Madre del Salvador, fue dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante. Estaba totalmente poseída por la gracia de Dios. Y es más, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida. María ha permanecido y permanece constantemente en la presencia de Dios.
Todos tenemos experiencia del pecado, en mayor o en menor medida. El pecado es no responder al infinito amor de Dios. Hay un grandísimo abanico de pecados, y los hombres somos muy originales a la hora de pecar. Somos originales a la hora de pecar, a la hora de disculparnos, a la hora de echar la culpa a los demás…María fue original a la hora de amar, a la hora de ser fiel al proyecto de Dios, a la hora de educar a su Hijo Jesucristo, a la hora de tratar como esposa a san José, a la hora de saber aceptar el sufrimiento y el gozo. El pecado es como esas molestas cataratas de los ojos que no nos permiten ver las cosas con claridad. Todo queda contemplado a través de una molesta tela en los ojos. María, al no tener pecado podía contemplar la acción de Dios más plenamente en su vida, había adquirido un nivel de sensibilidad muy alto para estar en plena sintonía con lo divino, para vivir siempre en la presencia de Dios.
En el Génesis, cuando Dios se paseaba por el paraíso llamó a Adán y le preguntó que dónde se encontraba, a lo que Adán le contestó que estaba escondido de la presencia porque se encontraba desnudo, ya que había pecado. En el Evangelio nos encontramos como Dios, por medio de su enviado el Arcángel San Gabriel, se presenta ante nuestra Santísima Madre y Ella no se esconde, sino que dice ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, es decir, Ella permanece ante la presencia de Dios.
¡Ojala nosotros digamos como María ‘Aquí estoy, Señor’, porque eso significará que no huimos de Dios sino que deseamos fervientemente estar ante su divina presencia!. Así sea.
domingo, 25 de noviembre de 2007
Un Rey especial...(Jesucristo).
Un rey especial
Hoy los cristianos celebramos la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Quizá no sea éste el título más atractivo, a primera vista, para los hombres de hoy, que entendemos mejor a Jesús, manso, humilde, paciente, misericordioso, pobre, crucificado, cercano, amigo de los pecadores... Parece que a un Rey le vemos lejano, inaccesible casi, viviendo en palacios, bien distantes del resto de los mortales.
domingo, 11 de noviembre de 2007
La enseñanza de la Iglesia Católica sobre los métodos naturales de planificación de la familia
La diferencia moral entre la anticoncepción y los métodos naturales:
Según la enseñanza de la Encíclica Humanae vitae, número 14, del Papa Pablo VI, publicada el 25 de julio de 1968, la anticoncepción consiste en una acción que le destruye al acto conyugal su natural fuerza procreativa, ya sea que dicha acción se lleve a cabo antes, durante o después del acto conyugal.
Ahora bien, los métodos naturales consisten esencialmente en conocer cuándo la mujer es fértil y cuando no, entonces, si se están espaciando los nacimientos, los esposos evitan las relaciones conyugales durante el tiempo fértil y las tienen durante el tiempo infértil. De esa manera los métodos naturales no le destruyen a ningún acto conyugal su natural fuerza procreativa, sino que respetan los ciclos de fertilidad e infertilidad que Dios mismo ha puesto en la naturaleza femenina para espaciar o buscar los nacimientos. Los métodos naturales son una manera racional de usar lo que Dios ha creado respetándolo al mismo tiempo; mientras que los métodos anticoncepctivos no.
Sin embargo, alguien podría insistir: "Pero en ambos casos se busca evitar los hijos". El hecho de que en ambos casos se busque el mismo fin no quiere decir que ambas maneras de buscarlo sean buenas. Dos personas pueden decidir conseguir un automóbil, un fin bueno. Pero si una la obtiene por medio de su dinero honestamente ganado y la otra por medio del robo, es evidente que la primera actuó bien; mientras que la segunda no. Un fin bueno no justifica y medio malo, ambos tienen que ser buenos para que la acción sea buena.
"¿Pero - alguien podría objetar - no se supone que el evitar los hijos sea contrario a la voluntad creadora de Dios?" No si los esposos utilizan métodos naturales y tienen motivos serios para usarlos. Dios mismo ha creado tiempos fértiles y tiempos infértiles en el ciclo femenino (de hecho los tiempos infértiles son mucho más largos). Es lógico pensar que Dios no tiene la intención de que el esposo y la esposa tengan hijos todas las veces que se unan, si éstos tienen motivos serios para evitarlos. Lo que Dios sí exige es que se respete la estructura original del acto conyugal, con su doble finalidad de apertura a la vida y unión en el amor conyugal. La clave para evaluar moralmente los métodos naturales se encuentra en la intencionalidad. Es decir, los métodos naturales no son malos en sí mismos (como lo es la anticoncepción). Pero si se llevan a cabo por motivos no serios, sino egoístas, entonces sí son malos. Pero en ese caso lo son por la intención mala y no por los métodos en sí. Mientras que en el caso de la anticoncepción, todos sus métodos son malos en sí mismos, independientemente de la intención, y para que una acción sea buena, ambos, la intención y la acción misma, tienen que ser buenas.
Hoy cuesta mucho entender esto, porque lamentablemente prevalece una mentalidad subjetivista que bloquea psicológicamente la comprensión de la moralidad objetiva de los actos humanos. ¿Qué queremos decir con esto del subjetivismo? Sencillamente que hoy se ha caído en una mentalidad que cree que el bien y el mal dependen de lo que el sujeto sienta u opine, sin importarle lo objetivo, es decir, sin importarle lo que está bien o mal independientemente de lo que uno sienta u opine.
El que determina lo que está bien y lo que está mal no es el sujeto o el individuo, sino Dios mismo, y Él ha inscrito en la naturaleza misma de las personas y de sus actos los valores que el hombre y la mujer deben respetar y promover. Los mandamientos de Dios nos indican la manera de respetar y promover dichos valores, al mismo tiempo que nos indican las acciones que hay que evitar debido a que van en contra de dichos valores. La moral no es arbitraria, sino que está en función del auténtico bien de la persona, y este bien ha sido inscrito en su propio ser por Dios mismo.
Principio de subsidiariedad - José Ignacio Munilla Aguirre (Obispo)
Principio
de subsidiariedad
«¿Acaso la imposición de
‘Educación para la Ciudadanía’ no supone una intromisión en el ámbito de la
familia por parte de las autoridades políticas? ¿Qué decir de la situación de
muchos colegios concertados, al borde del estrangulamiento económico?»
JOSÉ IGNACIO MUNILLA
Obispo de Palencia
Para comprender las razones últimas de muchos de los desencuentros que están
teniendo lugar en la construcción de nuestra sociedad, no es suficiente con
describir la disparidad de opciones personales, sino que es necesario
profundizar en los principios morales y espirituales sobre los que se sustentan
las diversas opciones. Sin pretender ahora tratarlos de modo exhaustivo, nos
centramos en uno de ellos en concreto: el llamado principio de subsidiariedad.
Es una de las columnas principales sobre las que se construye la Doctrina
Social Católica. Bien es cierto que se trata de un principio de Ley Natural,
reconocido y aceptado por ciudadanos de otras confesiones religiosas, e incluso
por quienes carecen de religión; pero es de justicia reconocer que, en buena
parte, su formulación y desarrollo se ha producido en el seno o al amparo de la
Iglesia Católica.
Pues bien, conforme al principio de
subsidiariedad, la persona humana, la familia, las iniciativas populares -y no
el Estado-, son el centro de toda la vida social. El Estado existe para la
persona y para la sociedad, pero no al revés.
En la Encíclica Quadragesimo anno,
Pío XI se expresaba en los siguientes términos: «No se puede quitar a los
individuos y darlo a la comunidad, lo que ellos pueden realizar por sus propias
cualidades y esfuerzo. Es gravemente injusto y perturbador del recto orden,
quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y
dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad,
por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo
social, pero no destruirlos y absorberlos». Conforme a este principio, todas
las realidades sociales de orden superior deben ponerse al servicio de las
menores, con una actitud de ayuda (subsidium): reconocimiento, apoyo,
promoción, etc. Por el contrario, el Estado debe abstenerse de cuanto restrinja
el espacio vital de las células menores de la sociedad.
En la práctica, el principio de
subsidiariedad nos protege de las instancias sociales superiores, e insta a
éstas a ponerse al servicio de los particulares y de los cuerpos intermedios:
priman o tienen prioridad la persona, la familia, las asociaciones vecinales,
los ayuntamientos, el voluntariado, las fuerzas vivas de la sociedad, el
reconocimiento de la función social del sector privado, la salvaguarda de los
derechos de las minorías… Aun reconociendo que pueden darse casos y
circunstancias que requieran una función de suplencia por parte del Estado,
ésta no deberá extenderse y prolongarse más allá de lo estrictamente necesario.
El Catecismo de la Iglesia Católica expresa: «Cuando el Estado no pone su poder
al servicio de los derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es
más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho» (CEC
2273). Y Juan Pablo II en la Encíclica Centesimus Annus, nos dice que el
«Estado totalitario tiende, además, a absorber en sí mismo la nación, la
sociedad, la familia, las comunidades religiosas y las mismas personas».
Caso de Venezuela
El pasado 19 de octubre, la Conferencia
Episcopal Venezolana publicaba una Exhortación Pastoral en la que se
pronunciaba contra la propuesta de Reforma Constitucional presentada por el
presidente de Venezuela, Hugo Chávez. La voz profética del episcopado
venezolano se expresaba en estos términos: «Se acentúa la concentración de
poder en manos del Presidente de la República (…) se incrementa excesivamente
el poder del Estado (…) el gobierno controla muchísimos espacios de la vida
ciudadana (…) establece el dominio absoluto del Estado sobre la persona (…). El
Estado debe ayudar pero no absorber ni suplantar las iniciativas, la libertad y
la responsabilidad de las personas y de los grupos sociales (…) Por cuanto el
Proyecto de Reforma vulnera los derechos fundamentales del sistema democrático
y de la persona, poniendo en peligro la libertad y la convivencia social, la
consideramos moralmente inaceptable a la luz de la Doctrina Social de la
Iglesia».
Caso concreto de España
Aunque nuestro caso no sea comparable al
de Venezuela, es preocupante comprobar cómo muchos de los conflictos que
nuestra sociedad española está padeciendo, son generados por el desprecio al
principio de subsidiariedad. ¿Acaso la imposición de Educación para la
Ciudadanía, no supone una intromisión en el ámbito de la familia, por parte de
las autoridades políticas? ¿Qué decir de la situación de muchos colegios
concertados, al borde del estrangulamiento económico? ¿Acaso no ocurre lo mismo
con el control de los medios de comunicación? Un caso bien concreto lo estamos
percibiendo en España, con el arrinconamiento de Radio María en el reparto de
frecuencias, dentro del actual proceso de ordenación del espacio radiofónico.
Nuestra complicidad con el problema
Sin embargo, la violación del principio de
subsidiariedad no se explica exclusivamente por la tendencia de las autoridades
al despotismo. Tengamos en cuenta que la subsidiariedad exige participación y
compromiso personal, en modo responsable y con vistas al bien común. Por
desgracia, el absentismo y el desinterés por la vida social, pueden ser
percibidas como una opción más cómoda.
Por ello, parece oportuno que concluyamos
con las palabras finales de la referida Exhortación de los obispos venezolanos:
«Solamente quien es libre, construye la paz (…) Cada uno de los cristianos está
llamado a descubrir y promover caminos de justicia y reconciliación en la
familia, en cada comunidad y en toda la nación».
sábado, 3 de noviembre de 2007
Una lectura del postconcilio
Mons. D. José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA
La pregunta, ciertamente, era muy interesante. Además, estaba siendo dirigida a un teólogo, Joseph Ratzinger, que había vivido el Concilio desde dentro. En efecto, aunque en aquel momento el Papa no era todavía obispo, había participado muy activamente en la asamblea conciliar, como consultor teológico del Cardenal Arzobispo de Colonia.
Existe una considerable paradoja entre las expectativas tan grandes creadas por el Concilio y el proceso posterior de secularización y abandono de la Iglesia por parte de muchos de sus miembros. Después de un modelo eclesial distante y enfrentado con la cultura surgida a partir de la Ilustración, todo parecía presagiar que finalmente se había encontrado la fórmula adecuada: la Iglesia se reencontraba con el mundo. Partiendo de esta apertura eclesial hacia el mundo, veríamos un renacer cristiano. El Concilio Vaticano II concluía el año 1965, en un clima de optimismo sin precedentes. Sin embargo, las cosas fueron muy distintas. La crisis religiosa postconciliar sobrevino como un “tsunami” implacable. El alejamiento de la práctica religiosa fue muy generalizado, así como el abandono de los sacerdotes y religiosos. Curiosamente, la popularidad de una Iglesia que había querido abrirse al mundo, no creció, sino todo lo contrario.
La respuesta de Benedicto XVI a la pregunta de aquel sacerdote, incidía en la necesidad de tener en cuenta dos momentos claves de “ruptura cultural” que siguieron al Concilio.
Por una parte, “Mayo del 68” fue una explosión que ponía en crisis la cultura cristiana de Occidente. La generación de la postguerra había desaparecido o había envejecido. Aquélla había sido una generación que había padecido el drama de las ideologías nazi y comunista, de forma que había apostado por el humanismo cristiano como camino de reconstrucción europea. Sin embargo, ahora todo parecía entrar en crisis. El espíritu de “Mayo del 68” despreciaba todo legado del pasado, y proclamaba la necesidad de empezar de cero. El marxismo se presentaba como la receta científica para construir el mundo nuevo.
En este momento histórico, se produjo un vivo debate en el seno de la Iglesia: Algunos pensaron que esta revolución cultural era lo que había perseguido el Concilio. Aunque la “letra” de los documentos conciliares no hubiese afirmado tales principios revolucionarios, sin embargo, sostenían que éste era el “espíritu” del Concilio. Por el lado contrario, otros sectores culpaban al Concilio por este masivo alejamiento de la fe y de la Iglesia.
Añádase a lo anterior que, veinte años después de esta primera crisis cultural, sobrevino una segunda: la caída de los regímenes comunistas en 1989. Algunos habían confiado en que la caída del Muro de Berlín hubiese supuesto el regreso a la fe, una vez comprobado el fracaso de la receta marxista. ¡Pero no fue así! La respuesta fue el escepticismo total, la llamada Postmodernidad: ¡Nada es verdad! ¡Que cada uno se busque su solución particular!
Tras refrescar nuestra memoria con este recorrido histórico, el Papa pasó a contestar al sacerdote italiano con su personal lectura creyente, capaz de extraer la lección que Dios quiere que extraigamos de nuestra historia: el Concilio había querido renunciar a un modelo triunfalista, más propio del Barroco, y descender al nivel de un diálogo coloquial con el hombre de nuestro tiempo. Pero, sin embargo, había crecido entre los católicos otro triunfalismo: el pensar que nosotros tenemos la receta mágica para construir la Iglesia del futuro, acaso despreciando a los que nos han precedido y pretendiendo reinventar la Iglesia… Pero la humildad del Crucificado excluye estos planteamientos triunfalistas. La Iglesia siempre debe llevar grabadas las llagas de la pasión de Cristo –incomprensión, persecución, signo de contradicción, etc.- ya que, precisamente por eso, tiene la capacidad de renovar el mundo. ¡Sin Cruz no hay Redención! La humildad de la Cruz es indispensable para la alegría de la Resurrección.
Y desde este espíritu humilde, añade el Papa, debemos redescubrir la gran herencia del Concilio. Han sido muchos, ¡muchísimos!, los logros del Concilio: florecimiento de tantos movimientos de laicos y de nuevas comunidades religiosas, experiencias de catolicidad, renovación litúrgica, corresponsabilidad de los laicos en la Iglesia, sínodos universales y diocesanos, diálogo fe-cultura… Benedicto XVI termina aconsejando la lectura de los textos conciliares en su literalidad, sin pretender interpretarlos desde un supuesto “espíritu conciliar”, que fácilmente podría ser susceptible de confusión con la propia subjetividad.
A buen seguro, que aquel sacerdote italiano que formulaba esa cuestión, en la que había estado tan implicada la historia de su vida, se sintió confortado y esperanzado con la respuesta.
¿Por quién repican las campanas?
Mons. D. José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA
El domingo 28 de octubre repicaron al unísono las campanas de la Basílica de San Pedro del Vaticano y las campanas de las parroquias natales de los cincuenta y un nuevos beatos palentinos. Si hace setenta años nuestras campanas “doblaron”, ahora han “repicado”... En nuestro rico idioma castellano, distinguimos bien el matiz que diferencia las expresiones “doblan las campanas” y “repican las campanas”. La primera tiene un sentido mortuorio, mientras que la palabra “repicar” evoca el toque festivo de las campanas en señal de gloria y alegría.
Al día siguiente de las beatificaciones, el lunes 29 por la mañana, los peregrinos españoles presentes en Roma, celebrábamos una Misa de Acción de Gracias en la Basílica de San Pedro del Vaticano. Con emoción contenida escuchábamos la impresionante proclamación del salmo responsorial cantado por una soprano: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. / Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos». El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. / Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares. / Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.” (Sal 125).
Efectivamente, aquellos acontecimientos vividos en los años treinta fueron trágicos, pero ahora, a la luz de la fe y con la perspectiva que da el paso del tiempo, nos percatamos de que eran también gloriosos. La beatificación de estos mártires es una llamada, en primer lugar, a acrecentar la virtud de la esperanza en nuestra vida. Ésta es la gran lección del Evangelio de Jesucristo, reactualizada por estos contemporáneos nuestros: Sin cruz no hay gloria. No hay rosa sin espina, de la misma forma que -a la luz de la Cruz de Cristo- esperamos firmemente que detrás de cada espina brote una flor de vida eterna. La perspectiva que nos dan los mártires es fundamental para dar sentido a nuestra existencia: ningún sufrimiento de nuestra vida es inútil, cuando es integrado en la Pasión de Cristo. “En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8, 28).
En segundo lugar, la homilía pronunciada por el Cardenal Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, José Saraiva Martins, resumía de la siguiente forma el legado que nos dejan los mártires: “A los hombres y a las mujeres de hoy nos dicen en voz muy alta que todos estamos llamados a la santidad (...). ¡Dios nos ha creado y redimido para que seamos santos! No podemos contentarnos con un cristianismo vivido tibiamente.” En otras palabras: el testimonio de los mártires es el mejor antídoto contra la mediocridad y el “pensamiento débil” tan propios de nuestra cultura actual. Su muerte testimonia que la felicidad del cristiano pasa por una opción irrenunciable e innegociable: vivir y morir en gracia de Dios. “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde a sí mismo?” (Lc 9, 24-25).
Por último, añadiremos que un signo inequívoco que autentifica el martirio de nuestros mártires es el perdón y la misericordia. Las palabras de Jesús en la Cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), fueron reproducidas por San Esteban, el primero de los mártires, en el momento de su lapidación: “Padre, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7, 60), y brotan igualmente de los labios de los nuevos beatos. Resultan conmovedoras las palabras que uno de los nuevos beatos, religioso franciscano de la Comunidad de Consuegra, dirigía a sus hermanos, cuando estaban a punto de ser martirizados: «Hermanos, elevad vuestros ojos al cielo y rezad el último padrenuestro, pues dentro de breves momentos estaremos en el Reino de los cielos. Y perdonad a los que os van a dar muerte».
No me resisto, a reproducir también el testimonio de otro de los 498 nuevos beatos. Es el caso de don Ricardo Pla Espí, capellán mozárabe y Secretario de Estudios de la Universidad Pontificia de Toledo. Cuando fueron a su casa los milicianos con intención de matarle, su padre abrió la puerta. Don Ricardo, consciente de lo que hacía, bajó rápidamente a la entrada y dijo: «El sacerdote soy yo». Su madre y su hermana salieron también y don Ricardo se despidió de la familia con estas palabras dirigidas a su madre: «Madre, ¿usted no me ha criado para el cielo?... ¡Pues ésta es la hora! Al martirio hay que ir con alegría». Su madre respondió: «Hijo mío, ¡mucho valor para sufrir!, y ¡mucho más amor para perdonar!». A los pocos minutos, trasladado al paseo toledano del Tránsito, el beato Ricardo Pla Espí caía fusilado mientras gritaba: «¡Viva Cristo Rey!». Era la tarde del 30 de julio de 1936.
Sólo me queda concluir con las palabras pronunciadas por el Cardenal Bertone, Secretario de Estado: “Pidamos al Señor que el ejemplo de santidad de los nuevos mártires alcance para la Iglesia en España muchos frutos de auténtica vida cristiana: un amor que venza la tibieza, una ilusión que estimule la esperanza, un respeto que dé acogida a la verdad y una generosidad que abra el corazón a las necesidades de los más pobres del mundo.”
El 6 de noviembre ha sido elegido como la fecha anual para la conmemoración litúrgica de estos mártires. Aprovechando su proximidad, el próximo martes, 6 de noviembre, a las 18’00, tendremos en nuestra Catedral Palentina una Misa de Acción de gracias por la beatificación de estos 51 palentinos.
Jesús puede ver el corazón de los hombres.
Jesús puede ver el corazón de los hombres. Probablemente vio en el de Zaqueo un deseo de acercarse a Dios y hasta una intención de arrepentirse y cambiar su vida. Quizás es por esto que Jesús se fija en Zaqueo, lo reconoce y lo llama de entre aquella inmensa multitud, para darle la buena nue
va de que cenará con él. Me imagino lo que pudo impresionar a Zaqueo la mirada de Jesús. Le miró con cariño, como un padre o una madre miran a su hijo rebelde. Así es Dios con nosotros, clemente, misericordioso, rico en piedad, bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas. Dios reprende con amor, poco a poco, dando a cada uno su tiempo para que se corrija y vuelva al buen camino.La alegría de Zaqueo fue inmensa al conocer el amor de Jesús. Promete darles la mitad de todos sus bienes a los pobres. Afirma que si le ha robado a alguien, le devolverá cuatro veces más. Zaqueo ha encontrado "la perla de gran precio", y para poseerla, está dispuesto a renunciar a sus bienes materiales. ¿Qué pasó en el corazón de Zaqueo para que se produjera en él un cambio tan radical que estuviera dispuesto a dar la mitad de sus bienes a los necesitados? Pues, simplemente que le inundó el amor misericordioso de Jesús. Todos podemos reorientar nuestra vida. Quizá necesitamos un toque de atención, la cercanía de una mano amiga, un impacto especial o una experiencia trascendente. Una mirada de amor auténtico es la que puede cambiar al pecador. Hace más una gota de miel que un barril de vinagre para atraer al que esta perdido.
miércoles, 31 de octubre de 2007
Son ejemplo en el amor y en el testimonio de una fe por la que se muere, pero perdonando a quien mata.
Una de las virtudes más importantes de la doctrina cristiana es el perdón. Y el perdón, hoy por hoy, se cotiza muy bajo en la bolsa de nuestra sociedad. Excluirlo de nuestra sociedad, quitar del medio el perdón en nuestra sociedad resulta muy rentable para los propagadores del odio; cuando alguien es incapaz de perdonar, está mucho más desvalido porque ese dolor le va desgastando. De este modo las personas se vuelven más receptivas a mensajes como los que nos llegan ahora que tratan de sacar todo el odio, toda la agresividad, todo lo malo que tenemos en nosotros.
Todos los cristianos estamos llamados a ser santos, hay una llamada universal a la santidad. Cada cual desde su propio estado de vida, unos como matrimonio, otros como solteros, otros como sacerdotes o consagrados, otros desde su estado de viudos, cada cual desde donde se encuentre. Y esta vocación a ser santos sí que es posible, no sólo es posible sino que hoy celebramos a todos aquellos que lo han conseguido con la ayuda divina y la Iglesia nos estimula a imitarlos.
Todos nos damos cuenta que seguir las huellas de Jesucristo es algo muy exigente. A Jesucristo no se le puede seguir de cualquier manera. No se a ustedes, pero uno, cuando intenta ser coherente con lo que cree, que pretende ser fiel a la amistad con el Señor, enseguida se da cuenta de la cantidad de veces que la fidelidad brilla por su ausencia. Y uno tiene que volver a acudir al sacramento de la Reconciliación para retomar los pasos en esa amistad íntima con Jesucristo. Nosotros no vamos detrás de una ideología, nosotros vamos detrás de una persona llamada Jesús de Nazaret, el cual es el Hijo de Dios.
Los santos son los que han seguido, de un modo heroico, los pasos del Señor Jesús. Se han desgastado amando y perdonando, trabajando por los demás y disculpando. Son aquellos que ante los enemigos o contrincantes sólo ven a hermanos dignos de ser amados.
Últimamente me está dando miedo la postura radical y militante que están adoptando personas de iglesia, cristianos practicantes, ante o frente cuestiones que ahora están en el candelero social. Tristemente se nos está colando la concepción de que los que piensan de un modo muy diferente a nosotros, de todos aquellos que quieren construir una sociedad sin Dios, son enemigos a los que hemos de atacar de cualquier modo. Eso no es correcto ni cristiano.
Cristo nos dice que recemos por nuestros enemigos, pero lo que no dice es que luchemos contra nuestros enemigos, porque son hermanos nuestros. ¿Dónde queda el aspecto martirial de la Iglesia?, ¿Dónde queda el ejercicio supremo del amor perdonando a aquellos que nos persiguen?.
El cristiano está llamado a alzar la mirada a Dios, a ser creativo en el seguimiento fiel a Nuestro Señor Jesucristo. Ante las diversas posturas que se nos plantean social o políticamente, nosotros estamos invitados a ejercer nuestra creatividad en el arte del amor. Estamos llamados a buscar vías, caminos nuevos que nos ayuden a crecer de tal modo que en situaciones difíciles podamos extraer buenos frutos. Los santos a lo largo de la historia han sido personas creativas. El amor crea situaciones nuevas que nos ayudan a madurar, sin embargo el odio genera división, recelos y nos quedamos raquíticos cristianamente hablando.
He empezado diciendo que estos 498 mártires españoles son ejemplo en el amor y en el testimonio de una fe por la que se muere, pero perdonando a quien mata.
Cristo nos pide que dejemos de pensar con los criterios de este mundo y que empecemos a dejarnos conquistar por los criterios del Evangelio. Donde haya odio, ponga yo amor, donde haya división, ponga yo unión.
jueves, 25 de octubre de 2007
Los mejores hijos de la Iglesia.
Mons. D. José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA
¡Hoy es un día histórico, donde los haya, para nuestro pueblo! Difícilmente volveremos a ser testigos de una beatificación colectiva de cincuenta y un fieles de esta Diócesis. Aquel elogio que Santa Teresa dedicaba a los palentinos (“gente de buena masa”), se queda ahora muy pequeño, al compararlo con este reconocimiento de la cumbre de la santidad para los mejores los hijos de nuestro pueblo.
La persecución religiosa durante la Guerra Civil Española y en los años previos, marcó la cima del martirologio de la historia de España. Ni siquiera durante los siglos de dominación musulmana tenemos noticia de tantos españoles martirizados en tan corto espacio de tiempo.
Resulta verdaderamente impresionante y conmovedor, el hecho de que no tengamos conocimiento de ningún caso de apostasía de la fe entre tantos miles como fueron martirizados. ¡Qué más natural que el pánico ante las torturas y la ejecución inminente, hubiese empujado a un buen número de creyentes a dar un paso atrás! ¡Ni tan siquiera uno solo de ellos dejó de anteponer la fe en Dios al apego a la vida!
Sin embargo, tengamos cuidado de no quedarnos en la mera admiración. El motivo último de las beatificaciones y canonizaciones no es otro que el de suscitar en nosotros la auténtica “imitación”. Es posible que algunos piensen que éstos son modelos inalcanzables para nosotros, que su historia es demasiado lejana y ajena a nuestras vidas... Pero, ¿qué es aquello que podemos y debemos imitar de nuestros mártires? Las tres virtudes teologales nos permiten resumirlo de forma concisa:
+ Fortaleza en la Fe: Tengamos en cuenta que la secularización de nuestros días ataca a la fe, pero no ya tanto en sus contenidos concretos, cuanto en la fuerza de nuestra adhesión, que es lo más íntimo de la fe. En la cultura actual es “políticamente correcto” tener una “cierta” fe, envuelta de dudas; pero, sin embargo, una fe firme sería sospechosa de fanatismo. Tal es así que, una determinada mentalidad moderna ha llegado a identificar la tibieza y la mediocridad como sinónimos de prudencia.
Por el contrario, los mártires testimonian que hay ideales demasiado valiosos como para regatear su precio. ¡No todo es negociable! Ellos prefirieron morir antes que sacrificar la Verdad.
+ Seguridad en la Esperanza: El Catecismo de la Iglesia Católica nos ofrece la siguiente definición: “La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los Cielos y a la Vida Eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo…” (CIC n. 1817).
Los mártires son el mejor recordatorio de nuestra vocación a la eternidad: ¡somos ciudadanos del Cielo! ¡Ellos eligieron la Vida “Eterna” antes que la “temporal”! Su testimonio es un eco del Evangelio: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mt 16, 26), “todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo” (Flp 3, 8), etc.
Démonos cuenta de que, los cristianos no rezamos para no morir, sino para “morir bien”. Tampoco vivimos para cuidar nuestra salud, sino que cuidamos la salud para poder “entregar” nuestra vida. Los mártires nos ayudan a descubrir que la vida no merece la pena ser vivida si no es para entregarla por el supremo ideal.
+ Constancia en el Amor: Uno de los casos más sobresalientes entre los sacerdotes martirizados en la Guerra Civil, es el del párroco de Santa María de Mataró (Barcelona), doctor Samsó, quien conducido al lugar en el que iba a ser ejecutado, intentó abrazar a sus verdugos, como manifestación de perdón, para decirles después: “Cometéis un crimen al matarme. Pero a mí me hacéis un gran favor, porque me ayudáis a ganar el Cielo. Yo estaré con Dios hoy mismo. Os prometo que cuando llegue a su presencia, mi primera oración será por vosotros”.
Los mártires hicieron vida las palabras de San Pablo: “No os dejéis vencer por el mal; antes bien, venced el mal a fuerza de bien” (Rm 12, 21). La ira, el odio y la venganza hubiesen sido las reacciones previsibles ante la injusticia de la que eran objeto. Sin embargo, estos héroes de la caridad rompieron la dinámica del mal, con la lógica del Evangelio: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo los paganos?” (Mt 5, 43-46).
Cuando vemos a los mártires morir perdonando a sus verdugos, a imitación de Jesucristo en la Cruz, tenemos una ocasión inmejorable para convencernos de que lo peor no es padecer el mal, sino que el mal nos haga su cómplice. He aquí la gran noticia de estas 498 beatificaciones de mártires españoles: El amor es más fuerte que el odio, que el pecado y hasta que la misma muerte.
¡A las diez de la mañana de este histórico día, 28 de Octubre, redoblan las campanas de todas las parroquias en las que nuestros cincuenta y un mártires fueron bautizados!
miércoles, 24 de octubre de 2007
Aprender a mirar...

Y entonces pídele a Dios, perdón... Perdón por lo que hay en el mundo que lo rompe, lo viola, lo estremece. Perdón por tantas historias quebradas. Ya sé que yo no soy culpable, pero aún así, me brota este grito: lo siento. Lo siento de veras.
Mirar la vida en el mundo...Tratar de ver. en el otro extremo, las señales de esperanza. Una voz a favor de la paz, una nueva vida que nace, un descubrimiento médico... En mi ciudad, percibir la vida. Tal vez sea un árbol en mi calle, o un parque cercano. Tal vez animales anónimos en medio de bloques de edificios. Y, sin duda, gente, mucha gente, con preocupaciones, con dudas, con miedos, con ilusiones, con historias mínimas que nunca ven la luz. Cuando vayas por la calle, presta atención a los rostros. Imagina los relatos que esconden. Intenta entender que hay una fuerza que nos une a todos, unos con otros.
Y entonces dale a Dios gracias por tantas vidas. Por ser parte de un mar de vida, que a veces es tormentoso y otras pacífico, pero siempre increíblemente bello. Da gracias a Dios por lo que son luchas y esperanzas, logros y batallas que contribuyen a recuperar la creación.
Mirar tu vida como un campo de batalla...
Entre esa historia rota y esa historia llena de vida. Entre tantos gestos que destruyen, mutilan, matan, inquietan y entristecen, por una parte, y tantos gestos que acarician, ilusionan, construyen, sanan y alegran. Tus propios gestos son gestos de una historia rota y una historia viva. Abraza lo que es vivo y humano. Pon barreras ante lo que deshumaniza. Acoge lo que te hace digno a ti y a tu mundo. Lucha contra lo que te aísla y te inmuniza. No te dejes aislar en una burbuja. Vive...
Y entonces pídele a Dios que te dé capacidad para descubrir cuál es tu lugar en el mundo, y fuerza para no rendirte a lo que es malo, y coraje para construir lo que es bueno... Y decídete a seguir caminando.

lunes, 15 de octubre de 2007
El arzobispado de Pamplona destaca la generosidad de los navarros en misiones y solidaridad.
IGLESIA CATÓLICA
Lunes, 15 de octubre de 2007
El objetivo del Domund es, entre otros, hacer un llamamiento al relevo generacional de los misioneros. En Navarra hay 1.300 misioneros en 64 países, con una media de edad de 65 años. El año pasado se registraron 50 bajas entre fallecimientos y enfermedades y se produjeron 15 altas.
El Domund pretende además colaborar económicamente con las misiones. El año pasado en la Comunidad foral se recaudaron 952.000 euros. En medicamentos, la Diócesis navarra aportó al tercer mundo 18 toneladas, valoradas en 5 millones de Euros; y en ropa, se enviaron prendas valoradas en 34.000 euros.
Según expuso Ángel Echauri, delegado navarro de Misiones,«los misioneros son la cara más bonita, auténtica y comprometida de la Iglesia; son los mejores mensajeros de paz, concordia y entendimiento entre los pueblos».
El arzobispo de Navarra, que recordó la figura de Francisco de Javier, consideró que los 1.300 misioneros navarros suponen una cifra «bastante alta» y recordó que los 20.000 misioneros españoles colocan a España como el segundo país con más personas dedicadas a esta labor, tras Estados Unidos.
A su juicio, la Iglesia vive un «momento esplendoroso» y «brilla fuertemente en el mundo». Señaló así que cada año se instauran entre 20 y 25 diócesis en el mundo.
Misioneros navarros
A la rueda de prensa asistieron dos misioneros navarros, que expusieron su experiencia. Así María Villar Sesma, misionera comboniana, natural de Corella, relató su trabajo en Egipto en los últimos 14 años. Antes estuvo en Perú durante once años. Desarrolla su labor en un pueblo de 20.000 habitantes del sur de Egipto, donde la población cristiana ronda las 400 personas, la ortodoxa las 800 y el resto es musulmana.
Según contó Sesma, trabajan en la Iglesia local y colaboran en educación y sanidad. Como enfermera, explicó que trabaja en un dispensario, que atiende a unas 150 personas diarias, principalmente mujeres y niños.
Por su parte, Iñigo Ilundáin relató su experiencia en Honduras, a través de Salesianos, y destacó la cantidad de gente joven que está comprometida con la ayuda a personas necesitadas. «Cada vez las cifras son mayores y más jóvenes se comprometen en conocer la misión», dijo, para añadir que su experiencia en Honduras «cambió su vida».
Explicó que colaboró en este país centroamericano en un proyecto en el que se involucra gente joven, voluntaria, «a la que ayudamos a ayudar». El pilar de esta iniciativa es el voluntariado y precisó que han ayudado a más de 8.000 niños a estudiar. Consideró un «orgullo» compartir esta labor con los misioneros.
sábado, 13 de octubre de 2007
Ser agradecidos
star unas tres horas en urgencias salió de allí con un par de muletas y escayolado. Ahora constantemente necesita de los demás para todo, desde hacer su cama hasta llevarle en coche de un sitio para otro, porque no puede así conducir… el caso es que la vida de este amigo mío se le he complicado notablemente: Depende de los otros. Y la palabra que más está pronunciando, casi a cada momento es: GRACIAS.Me acuerdo de una señora hospitalizada, ya entrada en años, que tan pronto como veía entrar a uno por la puerta para preguntar sobre su estado de salud, ella se ponía tan contenta ‘como unas castañuelas’ porque se sentía importante, ya que alguien se acordaba de ella.
Todos nosotros tenemos un baúl de recuerdos agradecidos. Ya pueden ser cosas casi sin importancia o incluso el llegar a prestar dinero a un conocido porque se encuentre agobiado económicamente.
Y del mismo modo también me viene a la mente una retahíla de experiencias de servicios prestado a otra persona, de molestias que han ocasionado a uno, de importunidades que se le presentan y no haber obtenido ni un simple ‘gracias’. E incluso llega a aparecer que ese favor que uno hace es tomado por la otra persona como un derecho suyo y como una obligación tuya.
El relato del Evangelio de los 10 leprosos (Lc.17,11-19) es sugerente: De los diez leprosos curados, solamente vuelv
e un extranjero para darle las gracias a Jesús. Sin embargo el mensaje del Evangelio no se limita solamente a una sencilla lección de saber vivir; es mucho más que tener en cuenta una cualidad del corazón. Ante todo nos muestra una manera de orar y de encontrarnos con Dios. Vivimos en un mundo en el que lo que cuenta es "el momento presente". De tal modo que cuando uno consigue algo, parece que se olvida de todas aquellas personas que han hecho posible que ese sueño sea realidad. ¡Cuántas veces hemos llegado a casa a la hora de comer y hemos encontrado la mesa puesta y la comida caliente y no hemos sido capaces de dar las gracias a nuestra madre o hermana o hermano por habernos hecho tan grande favor!.
Muchos cristianos nos podemos parecer a los 9 leprosos sanados por el Señor. Cuando una enfermedad se asoma por nuestras familias, un fracaso o una decepción nos acordamos de Dios y acudimos a la oración, se intenta reorientar los pasos dados. Y si, por casualidad el problema se soluciona y la amargura desaparece, parece que cerramos el asunto sin darnos cuenta de dar las gracias a Aquel que nos lo ha concedido el don que pedíamos: Dios.
En esta sociedad pragmática en la que nos ha tocado vivir se valora a la persona sólo por lo que tiene: "tanto tienes, tanto vales". Y además, se supone, que todo lo que tienes lo has conseguido por méritos propios, gracias al esfuerzo que has puesto. Parece que "todo nos es debido". No se valora una cosa hasta que la perdemos, ocurre con la salud y con otros bienes a los que "tenemos derecho". Esto puede observarse en ciertas actitudes de los niños y jóvenes con respecto a sus padres. Es la cultura de la "exigencia". Hemos perdido el sentido de la gratitud, del agradecimiento.
A nivel de nuestra práctica religiosa es más frecuente pedir que dar gracias. Cuando estamos en apuros solemos acudir más a la oración, pero ¡cuanto trabajo nos cuesta agradecer la ayuda que recibimos!. Sin embargo, de "bien nacidos es ser agradecidos". Todo lo hemos recibido gratis: la fe, la salud, la vida, los padres, el amor.
Recuperemos la actitud de agradecimiento. No olvidemos que Eucaristía significa "buena gracia", acción de gracias. Por eso nos reunimos todos los domingos, para agradecer a Dios el don de nuestra fe. A Él le debemos, como dice San Agustín "la existencia, la vida y la inteligencia; a Él le debemos el ser hombres, el haber vivido bien y el haber entendido con gratitud. Nuestro no es nada, a no ser el pecado que poseemos. Pues ¿qué tienes que no hayas recibido? (1 Cor 4,7)".
El Evangelio nos recomienda curarnos de la enfermedad de la altivez y de la ingratitud y elevar nuestro corazón purificado de la vaciedad y dar gracias a Dios.
viernes, 12 de octubre de 2007
Tres actitudes distintas ente las pruebas o la adversidad
Hacía rato que José se paseaba de un lado al otro de la casa sin dejar de mirar el reloj. Eran las 12h de la noc
he, su hija aún no había regresado y su angustia aumentaba por momentos. Cuando de repente se abrió la puerta y allí estaba ella con sus ojos anegados en lágrimas. José la miró y adelantándose hacia ella, la apretó fuertemente y amorosamente contra su pecho, sin decirle nada, las preguntas vendrían después, el sabía que cualquier cosa que pudiera decir en aquel momento podría ser contraproducente…Al fin ya eran cerca de la una de la madrugada cuando se retiraron cada uno a su dormitorio.
Pero pasaban las horas y José seguía sin poder conciliar el sueño, porque en su pensamiento se repetía una y otra vez una de las frases que había dicho su hija: "Ya no sé que hacer papá, en ocasiones me siento que voy a desfallecer, me siento con deseos de renunciar a todo, a veces incluso hasta a la propia vida. Me siento cansada de luchar. Cuando un problema se resuelve, otro nuevo surge.". Hasta que al final vio cómo podía ayudar a su hija, pero de una manera práctica, y la solución se la ofrecía su mismo trabajo.
No se si os he dicho, que José tenía un pequeño Restaurante en el cual hacia de cocinero. Así es que mientras desayunaban le dijo a su hija: "Hoy me acompañarás y me ayudarás en la cocina."
Al llegar al Restaurante ambos se pusieron dos delantales y el padre llenó tres cazuelas pequeñas con agua y las puso a calentar al fuego, mientras le decía a su hija que no se moviese de su lado y estuviese atenta. Cuando el agua comenzó a hervir, el hombre colocó dentro de la primera zanahorias, dentro de la segunda, huevos y, dentro de la tercera, granos de café. Los ingredientes quedaron así cocinándose por varios minutos, mientras que la impaciente hija se preguntaba cual era el significado de todo aquello…
Al cabo de veinte minutos el padre apagó los hornillos. Sacó una zanahoria de la cazuela y la colocó en un bol e hizo lo mismo con un huevo y finalmente, tomó una tacita y la llenó de café.
Y, dirigiéndose a su hija, le preguntó: "¿Hija, que ves?"- "Veo una zanahoria, un huevo y café." - le respondió ella, asombradísima ante aquella pregunta.
Entonces José le pidió a su hija que alargara la mano y tocara la zanahoria. Al hacerlo notó que la zanahoria estaba blanda y suave. A continuación le pidió que tomara el huevo y lo rompiera. Al quitarle la cáscara al huevo encontró que el interior del mismo se había endurecido. Y por último le pidió que probara el café. Y ella así lo hizo, deleitándose de su exquisito sabor y en su rico aroma.
- Entonces la hija volviéndose hacia su padre le preguntó: "¿Qué me quieres decir con todo esto, papá?"
" Verás hija: cada uno de estos ingredientes se ha enfrentado a la misma adversidad, al agua caliente; sin embargo cada uno de ellos ha reaccionado de manera distinta. La zanahoria ha ido al agua dura y fuerte, pero después de unos minutos se ha puesto blanda y débil. El huevo ha ido al agua con fragilidad, su interior líquido estaba protegido por una débil cáscara; pero después de haber experimentado el agua caliente, su interior se ha endurecido. Sin embargo los granos de café han sido distintos, después de estar en el agua caliente, los granos han transformado el agua en café".
Dime: "¿Cuál de ellos eres tú hija mía?"…
¿Eres la zanahoria que por fuera aparenta dureza y fortaleza pero que con el fuego de la prueba se ablanda y pierde su fortaleza de carácter?¿O tal vez eres el huevo que al comienzo es suave en su interior, pero el fuego de una fracaso, de una separación, una enfermedad, una muerte, lo endurece? ¿Por fuera pareces el mismo, pero por dentro te has endurecido y ahora tienes un corazón amargado?¿O eres como los granos de café?. No se si sabes, que para que el grano de café suelte todo su sabor, el agua tiene que calentarse a 100 grados centígrados; o sea que mientras más caliente, más sabor le da al agua, hasta transformarla en café, en un delicioso y aromático café. Si tú eres como el grano de café y en esos momentos dejas que Jesús entre a formar parte de tu prueba, de tu sufrimiento, de tu adversidad, si te confías a Él, y te abandonas en su Amor, el amor de Jesús te transformará en Él y tu sufrimiento se acabará transformando en una ofrenda agradable al Padre, y acabarás haciendo de esa prueba, de esa adversidad, una alabanza, un himno de acción de gracias al Señor, pues todo cuanto Él permite que nos suceda es para nuestro bien y desprenderás allí donde estés ese delicioso "aroma" de Jesús".
¿Cual eres tú cuando la adversidad, cuando la prueba golpea a tu puerta?, ¿cómo respondes? ¿como las zanahorias, como los huevos, o como el café?