Noviazgo a prueba de rutina, del yo al nosotros : Noviazgo con batería baja
CÓMO PASAR DEL YO AL NOSOTROS SIN PERDER
LA CABEZA
¿Qué nos ha pasado en el ascensor?
Marian y Marcelo salen del coche y se quedan un segundo en silencio. No es
un silencio bonito. Es ese silencio raro que aparece cuando llevas un rato
aguantando el tipo. Vienen de comer con los padres de él. Mesa larga. Sobremesa
eterna. Comentarios que van envueltos en “era broma”, pero se clavan igual.
Sonrisas educadas. Y esa sensación incómoda de haber estado allí, pero como
fuera de sitio.
En el ascensor se miran un segundo. Y casi al mismo tiempo apartan la
mirada, como si pesara.
No es una tragedia. Tampoco es “ya está, esto se ha roto”. A veces no falta
amor. Falta batería. Y otras veces no es que se haya ido la chispa, es que sin
darnos cuenta empezamos a tratarnos como si el otro fuera un trámite más del
día.
Marian tiene 25. Marcelo 26. Cada uno vive en casa de sus padres. Se ven lo
que pueden, se organizan como pueden, salen con amigos, vuelven tarde algunos
días, madrugan otros. Y además quieren vivir el noviazgo cristiano hoy sin
postureo, sin hacerse los perfectos. Con fe, sí, pero también con los pies en
la tierra. Porque amar bien no siempre se siente bonito. A ratos amar bien se
parece más a elegir lo que cuida que a sentir mariposas.
Y aquí empieza todo. En lo pequeño. En lo que se queda dentro y no se dice.
Hoy estamos sin gasolina
Ese mismo domingo, antes del postre, ya hubo un mini choque. Nada épico.
Marian preguntó algo normal, de logística. Marcelo respondió seco. No gritó,
pero mordió. Luego se calló. Ella también. La conversación general siguió como
si nada, y ellos dos se quedaron solos en mitad del ruido.
Esto es bastante común. Cuando vamos con sueño, con hambre, con estrés o
saturados de gente, la cabeza se vuelve intensa. No piensa, interpreta. Un
silencio se convierte en “estás pasando de mí”. Un audio corto en “ya no le
importo”. Un gesto serio en “esto no funciona”.
Y aparece esa frase peligrosa que suena a sentencia. Igual esto no es.
Aquí hay una regla sencilla que les está salvando más de una discusión. Con
sueño, hambre o estrés, no cerramos sentencias. No porque todo valga, sino
porque con la batería en rojo no estamos para decidir cosas grandes.
Marian lo nota en sí misma. Se le dispara la cabeza y se le va el cuerpo
por delante. Marcelo lo nota también. Se le sube el orgullo y le sale el tono
de defensa. Y justo ahí, si se ponen a hablar “de lo nuestro”, normalmente la
lían.
Esa noche, ya cada uno en su casa, Marcelo se da cuenta de que ha ido
borde. Manda un mensaje simple, sin discurso. “Perdón por antes. Iba fatal.
Mañana lo vemos bien.” Marian lo lee y se le baja el nudo. Ella también se
conoce. Contesta sin castigar. “Vale. Yo también iba cruzada. Mañana café.”
No arreglan la vida esa noche. Pero no la empeoran. Y eso ya es mucho.
Lo íntimo, sin ir a lo loco
Viernes por la noche. Marian se recoge el pelo con una goma. Un gesto
tonto. Y a Marcelo se le enciende el deseo de golpe. La desea de verdad, con el
cuerpo. Y no pasa nada por decirlo. El deseo es parte del amor. El problema no
es sentirlo. El problema es qué hacemos con él cuando viene acelerado y
mezclado con ansiedad y ganas de desconectar.
Se besan. Y Marcelo nota que va rápido. Demasiado. Como si el deseo viniera
con prisa. Marian lo nota al segundo. El cuerpo canta cuando el ritmo ya no es
compartido.
No es que Marian tenga miedo al deseo de Marcelo. A veces le encanta. El
problema aparece cuando siente que él está buscando alivio más que encuentro. Y
Marcelo, si es honesto, sabe que a veces le pasa. No por maldad. Porque está
cansado y el cuerpo pide descargar.
Ahí está la pelea interior que muchos jóvenes viven y casi nadie dice tal
cual. La de no usar al otro para calmarse. La de no convertir a la persona que
amas en un botón de “apagar estrés”. La de no confundir “te deseo” con “te
tomo”.
Marcelo se frena. No suelta una frase redonda. Suelta una real. “Espera. Me
estoy acelerando.” Marian respira. Le sale una risa pequeña, más de alivio que
de broma. “Gracias. Dame un abrazo y ya.”
Y Marian también tiene su dificultad. Hay días en que, si Marcelo no
insiste o está más tranquilo, se le cuela una inseguridad tonta. “Igual ya no
le gusto.” Y sin darse cuenta busca pruebas. No lo pide con palabras, intenta
cobrarlo con gestos. No por manipular, sino por miedo. Y ese miedo, si no se
nombra, manda. Lo que se vive en secreto crece.
Aquí la propuesta es simple y posible. Antes de ir más allá, volver a la
mirada. Preguntar si están en el mismo ritmo. Decir lo que pasa sin drama. “Voy
muy rápido.” “Hoy necesito ir despacio.” “No me uses para calmarte.” “No te
uso, te quiero.”
Eso es respeto con piel. Eso es amar con dignidad.
Menos queja, más cuidado
Marian y Marcelo tienen amigos que cambian de pareja como quien cambia de
plan un sábado. No siempre por egoísmo. Muchas veces por miedo al bajón. Por la
idea de que, si ya no es intenso, ya no es.
Ellos también sienten esa tentación. No la de cambiar de persona, pero sí
la de medirlo todo por el estómago. Hoy siento, hoy no siento. Hoy me sale, hoy
no me sale. Y en redes todo ayuda a compararte. Parejas perfectas. Vidas
perfectas. Y tú un martes con ojeras, con curro, con una discusión por una
tontería.
Aquí hay una idea clave que se aprende con práctica. Lo que calma educa.
Si nos entrenamos en calmar el vínculo, en reparar el tono, en volver al
cuidado cuando no apetece, el corazón aprende. Lo que se repite se instala.
Un día deciden probar algo muy concreto. Eligen una queja automática y la
cambian por un gesto de cuidado durante tres días. Sin discursos.
Marian cambia el “siempre llegas tarde” por un “avísame, aunque sea con un
audio”. Marcelo cambia la defensa por un abrazo sin prisa y un “vale, lo
pillo”. No es mágico. Es entrenamiento.
Y funciona porque es pequeño.
Familia y amigos, sin que manden
Una cena con amigos. Luego una previa. Luego música y ruido. Alguien suelta
una broma sobre Marian buscando risa fácil. Marcelo se ríe por reflejo. Marian
sonríe por educación. Dos segundos.
Por dentro se le queda una sensación fea. No tanto por la broma, sino por
sentirse sola.
De vuelta, hay silencio. El cansancio pesa. Marian lo dice corto, sin
acusar. “Me ha dado cosa que te rieras.” Marcelo lo pilla. “Tienes razón. Me ha
salido por quedar bien.”
Eso es equipo.
Ahora vuelve el domingo con los padres de Marcelo. La madre opina con
cariño y costumbre. “A ver si tú le enseñas a organizarse…” Risas. “Es broma.”
Marian se encoge un poco por dentro. Marcelo duda un segundo. Y elige. “Mamá,
para. Eso sobra. Marian y yo lo llevamos.”
Con los padres de Marian pasa algo parecido. Consejos, llamadas, opiniones
sobre trabajo, fe, futuro. Todo con buena intención. Pero la buena intención,
sin límites, ocupa demasiado.
Aquí hay una regla sencilla. La pareja decide primero y luego informa. Las
familias pueden sumar mucho. Pero no pueden mandar dentro del vínculo.
Una ayuda práctica. Tener una señal de equipo en comidas y planes sociales. Un gesto pequeño que diga “me estoy sintiendo expuesto” o “ayúdame”. Y una norma clara. En público somos bloque. En privado lo hablamos.
Al final del día, Marian y Marcelo llegan cada uno a su casa. Se mandan un
audio corto. Nada épico. Nada perfecto. “Estoy cansado, pero estoy contigo.”
“Hoy no me sale sentir mucho, pero no me voy porque algo me dice que te quiero.”
Y ahí se entiende lo esencial. Amar no siempre es sentir mucho. Amar es
elegir el bien del nosotros cuando el yo quiere ganar. El amor maduro no
siempre es emoción brillante.
Preguntas para hablarlo entre Marian y Marcelo
¿Qué señales nos dicen que hoy estamos sin gasolina y qué hacemos para no
discutir de fondo en ese estado?; ¿Cuándo notamos que nos hablamos como equipo
y cuándo nos sale vivir como negociación?; ¿Qué queja habitual podríamos
cambiar por un gesto de cuidado durante tres días seguidos?; ¿En qué momentos
sentimos que el grupo nos escribe un guion y cómo queremos responder como
pareja?; ¿Qué significa para nosotros tratarnos como persona y no como trámite,
también en lo íntimo?; ¿Qué frase sencilla y verdadera podríamos decirnos
cuando todo está gris y no nos sale la emoción?; ¿Qué límites necesitamos con
nuestras familias para que sumen sin mandar, y cómo los hablamos sin atacar?; Si
miramos el carácter que vemos hoy, con lo bueno y lo torpe, ¿podríamos ser
felices si esto se mantuviera con los años?



1 comentario:
Me alegra que por fin se hable del noviazgo cristiano.
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