sábado, 9 de mayo de 2026

Homilía del Sexto Domingo del Tiempo Pascual, Ciclo A - Jn 14, 15-21 «No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros»

 

Homilía del Sexto Domingo del Tiempo Pascual, Ciclo A

Jn 14, 15-21 «No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros»


Podcast

La promesa de no quedarnos huérfanos

Una reflexión para escuchar con calma, fe y corazón abierto.


Podcast

Qué significa no ser huérfanos hoy

Una reflexión para escuchar con calma, fe y corazón abierto.

 

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The End of Existential Orphanhood

Una reflexión para escuchar con calma, fe y corazón abierto.

La presencia nueva de Jesús

y la misión de los discípulos

El domingo pasado contemplábamos en el Evangelio a Jesús sentado a la mesa con sus discípulos durante la última cena. También hoy el pasaje evangélico nos devuelve a esa misma mesa. Estamos en la hora de la despedida. Jesús ya ha hablado con claridad a los suyos: está a punto de dejarlos.

Las despedidas verdaderas

no solo separan cuerpos:

también ponen a prueba el corazón.

Todos sabemos que separarnos de las personas queridas duele. Y sabemos también que esos momentos son muy delicados. Una despedida mal vivida puede dejar dentro una herida larga, una nostalgia amarga, una tristeza que vuelve una y otra vez. Por eso Jesús cuida ese momento. No se va de cualquier manera. No abandona a los suyos sin prepararles el corazón.

Jesús sabe que ya no podrá estar con ellos como antes. Ya no caminará a su lado por los caminos de Galilea, ni predicará en las sinagogas mientras ellos lo escuchan de cerca, ni recorrerá con ellos las orillas del lago de Tiberíades. Hasta ahora podían verlo, tocarlo, abrazarlo, sentarse junto a Él. Pero desde este momento su presencia será distinta. No desaparecerá: estará presente de otro modo.

Y Jesús tiene que prepararlos para esa nueva manera de estar con ellos. Porque, además, está a punto de confiarles una misión inmensa.

¿En qué consistirá esa misión? En primer lugar, tendrán que anunciar al mundo la belleza del verdadero rostro de Dios. Ese rostro no lo han aprendido en una teoría, ni en un manual, ni en una discusión de escuela: lo han visto vivo en Jesús de Nazaret.

En Él han contemplado a un Dios que ama a todos sin condiciones; un Dios que se acerca a los pecadores; un Dios que no tolera el pecado, porque el pecado destruye al ser humano, pero que mira con amor inmenso a quienes han caído. Han visto a un Dios que toca a los leprosos, que se sienta con los excluidos, que acaricia precisamente allí donde otros solo señalaban impureza, culpa o distancia.

El rostro de Dios

se aprende mirando a Jesús.

         Esa será la primera tarea de los discípulos: mostrar que Dios no es como muchas veces lo imaginamos. No es un juez frío esperando el fallo, ni un dueño caprichoso que disfruta humillando, ni una autoridad lejana que se complace en el miedo. Dios tiene el rostro de Jesús: un rostro que salva, levanta, cura y devuelve dignidad.

         Pero la misión no termina ahí. También deberán mostrar al mundo la belleza del hombre nuevo, del ser humano verdadero. Y ese hombre nuevo también lo han visto en su Maestro. Jesús es verdaderamente hombre porque ha amado como nadie había amado. La plenitud del ser humano no está en dominar, sino en amar hasta entregar la vida.

         Después, tendrán que cambiar el mundo. Sí, cambiar el mundo. No retocarlo un poco, no darle una mano de pintura religiosa, no perfumarlo para que siga oliendo igual. El mundo viejo —el de la competencia, los odios, las violencias, las mentiras y las injusticias— tiene que desaparecer. Y debe nacer un mundo nuevo, fundado no en la rivalidad, sino en el servicio; no en imponerse sobre los demás, sino en hacerse disponible por amor a quien lo necesita.

         Dicho así, suena precioso. Pero también impresiona. Porque uno escucha esta misión y casi le entran ganas de levantar la mano y preguntar: “Señor, ¿has mirado bien a quién se la estás encargando?”.

Jesús confía su misión a un grupo frágil,

no a un ejército perfecto.

         Miremos a los discípulos sentados con Jesús aquella noche. Pongámosles rostro. Repasémoslos uno por uno. Valoremos sus fuerzas, su lucidez, su valentía. ¿De verdad parecen las personas más adecuadas para transformar el mundo?

         No son una élite brillante. No son un grupo de estrategas seguros de sí mismos. Son pocos, están asustados, se sienten desconcertados y heridos. Uno de ellos, Judas, ya se ha marchado. No ha querido dejarse implicar en el proyecto del reino de Dios anunciado por el Maestro. Ha preferido ponerse del lado de quienes quieren mantener el mundo viejo, porque ese mundo viejo les conviene: los sacerdotes del templo, los escribas, todos aquellos que tienen algo que perder si irrumpe la novedad de Dios.

         Y los Once que quedan, ¿se sienten capaces de llevar adelante la misión? No. Se saben débiles. Se sienten frágiles. Están llenos de miedo. Y, además, acaban de escuchar que Jesús se va. Es decir, humanamente hablando, se quedan solos.

         Podemos imaginar la pregunta que les quemaba por dentro: ¿cómo vamos a llevar nosotros a cumplimiento la misión que Jesús nos ha confiado? Y esa pregunta no pertenece solo al pasado.

El desconcierto de los discípulos

se parece mucho al nuestro.

         También nosotros, al mirar la realidad de la Iglesia, podemos sentir algo semejante. Vemos dificultades, cansancios, contradicciones, heridas, problemas que no se resuelven fácilmente. Y entonces surge una pregunta muy parecida a la de aquellos once: ¿seremos capaces de continuar hoy el proyecto que Dios confió a los primeros discípulos?

         A veces nos sentimos cada vez más solos en medio de una sociedad que respira otros criterios y otros valores. Nosotros anunciamos el Evangelio, pero alrededor muchas veces parecen mandar otras lógicas: la eficacia, el éxito, la apariencia, el consumo, la autosuficiencia, la sospecha ante todo compromiso definitivo.

         Si hablamos de perdón, de mansedumbre, de renuncia a los bienes de este mundo, de castidad, de fidelidad conyugal, ¿qué reacción encontramos? A veces se nos mira con extrañeza. O con ironía. O directamente con burla. Se nos considera gente de otro tiempo, personas agarradas a ideas que, según algunos, quizá servían para la Edad Media, pero no para hoy.

         Y esto pesa. No siempre la persecución tiene forma de violencia física, aunque sabemos que en algunos lugares del mundo también llega a ser cruenta. Muchas veces es más sutil: una presión ambiental, una sonrisa de superioridad, una etiqueta rápida, una sensación de estar siempre dando explicaciones. También la burla desgasta. También el desprecio silencioso cansa.

         Por eso hay cristianos que abandonan. Hay deserciones. Hay personas que se cansan de remar contracorriente, de sentirse raras, de parecer anticuadas, de vivir como si tuvieran que pedir perdón por creer.

Pero precisamente ahí vuelve a resonar el Evangelio.

La palabra de Jesús

no quedó encerrada en el Cenáculo.

         Las palabras que Jesús dirigió aquella noche a sus discípulos no fueron solo para ellos. No quedaron guardadas como una reliquia en la memoria del Cenáculo. También hoy se dirigen a nosotros, a nuestra Iglesia concreta, a nuestras comunidades frágiles, a nuestra fe tantas veces cansada.

         Jesús no niega la dificultad. No maquilla la realidad. No les dice a los discípulos: “No pasa nada, todo será facilísimo”. No. Ellos son frágiles y la misión es enorme. Pero precisamente en esa desproporción se revela algo decisivo: la misión no se sostiene en la fuerza de los discípulos, sino en la presencia nueva del Señor.

         Por eso este es el momento de escuchar de nuevo aquellas palabras de consuelo y de ánimo. Las palabras que Jesús pronunció para aquellos once asustados son también para nosotros, que tantas veces miramos la Iglesia, miramos el mundo, nos miramos a nosotros mismos, y sentimos que no estamos a la altura.

Amar no es sentir bonito:

es vivir como Dios vive

         «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos».

         Los griegos tenían varios términos para expresar los matices del amor. El más conocido es, seguramente, ἔρως (éros). Hay cantos bellísimos dedicados al ἔρως (éros): indica ese impulso que nos lleva a buscar lo que nos falta, aquello que de algún modo nos completa.

         Después estaba el verbo φιλεῖν (fileín), el amor entre amigos; y el verbo στέργειν (stérguein), el amor propio de los vínculos familiares. Pero había también otro verbo, prácticamente poco usado: ἀγαπᾶν (agapán). De ahí deriva ἀγάπη (agápe).

         Ἀγάπη (agápe) nombra el amor que hace

el bien sin esperar nada a cambio.

         Este amor indica el impulso que lleva a buscar el bien del otro gratuitamente. Es la alegría de ver feliz a la otra persona. Por eso hago todo lo posible para que el otro tenga vida, pero no espero nada a cambio. Es pura gratuidad.

         La Biblia tomó este verbo para hablar del amor de Dios, de la vida misma de Dios. Dios ama sin calcular ganancias, sin pasar factura, sin reservarse una recompensa. Ama en pura gratuidad.

         En el Nuevo Testamento, los términos “amor” y “amar” aparecen nada menos que doscientas cincuenta y nueve veces. Y no nos extraña, porque hablan de la vida misma de Dios y de la vida que se manifiesta en todos aquellos que han recibido de Él su propia naturaleza: la de ser hijos suyos.

         En el pasaje evangélico de hoy, Jesús pide para sí este amor. Y eso resulta llamativo. Es la primera vez que Jesús dice: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Y lo repite hasta cuatro veces, casi como un estribillo: «Quien guarda mis mandamientos, ese sí me ama»; «Si uno me ama, guardará mi palabra»; «Quien no me ama, no guarda mis palabras».

         ¿Qué quiere decir Jesús? ¿De qué amor está hablando? Ante todo, no se refiere a un sentimiento vago. Dejemos a un lado ciertos intimismos espirituales que a veces suenan muy devotos, pero se quedan flotando en el aire. Aquí el amor está situado en un contexto esponsal.

Amar a Cristo es unir

la propia vida a la suya.

         Una esposa ama a su esposo cuando une su vida a la de él, cuando entra en profunda sintonía con su vida. Ese es el amor que Jesús pide para sí. Sus palabras se dirigen hoy a nosotros para que podamos preguntarnos hasta qué punto estamos implicados en este amor esponsal con Él. Y, sin embargo, nos sorprende que hable de mandamientos. Porque en el amor entre un esposo y una esposa no hay órdenes militares, ni listas pegadas en la nevera con tono solemne: “Artículo primero: amarás antes del café”. El esposo no le entrega a la esposa una serie de decretos que debe cumplir.

         Por eso, en este contexto de amor esponsal, la palabra “mandamientos” puede sonarnos extraña. Necesitamos entenderla bien.

         Lo primero que conviene recordar es que Jesús nunca utilizó el verbo “obedecer” para pedirnos obediencia a Él. Nunca dijo que tuviéramos que obedecerle. El esposo no dice a la esposa que debe obedecerle. Y Jesús tampoco nos dijo que tuviéramos que obedecer a Dios en ese sentido exterior y servil.

         El verbo “obedecer”, ὑπακούειν (hypakoúein), aparece en los Evangelios, pero nunca referido a las personas. Obedecen los espíritus inmundos: cuando Jesús les manda salir, salen. Obedecen los vientos que agitan las olas del mar. Esas realidades obedecen. Las personas, no.

         El término “obediencia”, ὑπακοή (hypakoḗ), está ausente de los Evangelios. El ser humano no está llamado simplemente a obedecer a Dios como quien cumple órdenes externas, sino a parecerse a Dios. Ha recibido del Padre del cielo su misma vida, su Espíritu. Ese Espíritu es el mandamiento que el discípulo está llamado a secundar. 

         Pongamos un ejemplo sencillo. Imaginemos una vid. La vid produce uvas. ¿Por qué? ¿Porque ha recibido una orden desde fuera? No. Produce uvas porque esa es su naturaleza. No puede producir almendras ni aceitunas. Solo puede producir uvas. Del mismo modo, el cristiano sabe que ha recibido la vida misma de Dios, su Espíritu. Esa vida nueva es su ley. Ese Espíritu es su mandamiento.

         Y como ese mandamiento es la vida de Dios, que es amor, el único mandamiento recibido por el cristiano es amar como Dios ama: gratuitamente, sin esperar recompensa, incluso cuando parece que no se gana nada.

         Por eso, cuando una persona recibe una bofetada, el Espíritu —que es el único mandamiento— le susurra dentro: ama. Y ese amor la lleva a poner la otra mejilla. Si no la pone, significa que no está escuchando la vida divina que lleva dentro.

         Vemos entonces que los mandamientos no están fuera de nosotros. El único mandamiento es nuestra nueva naturaleza de hijos de Dios. Si no pongo la otra mejilla, no estoy simplemente incumpliendo una norma: estoy negando mi propia identidad de hijo de Dios.

         Jesús nunca obedeció órdenes externas, como si el Padre del cielo le enviara cada mañana el “orden del día”. Jesús vivía conforme a su naturaleza de Hijo de Dios. Escuchaba siempre al Espíritu, la voz de esa vida divina que también nosotros sentimos hablar en nuestro interior.

         Por eso podríamos parafrasear así la petición de Jesús: si estás enamorado de mí, mira mi vida, contémplala. ¿Qué hago yo? Amo. Y solo amo. Entonces une tu vida a la mía.

El mandamiento nuevo no se añade desde fuera:

nace de la vida recibida.

         En realidad, hay un único mandamiento: la voz del Espíritu, nuestra naturaleza de hijos de Dios. Por eso Jesús dice: «Os doy un mandamiento nuevo». No es un mandamiento que se añade a los otros diez, como si fuera el undécimo de una lista. Es el único mandamiento en el que quedan contenidos todos los demás: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado; así amaos también vosotros los unos a los otros. En esto sabrán que habéis recibido la naturaleza de Dios» (cfr. Jn 13, 34-35).

         Pero entonces, ¿por qué Jesús habla de mandamientos en plural, si el único mandamiento es la naturaleza de hijos de Dios que nos ha sido dada? Porque ese único mandamiento tiene muchas facetas.

El amor nos impulsa a hacer el bien gratuitamente, pero las situaciones son múltiples. Un día, el hijo de Dios que vive en mí me pide asistir a un enfermo. Otro día me mueve a acoger a quien no tiene casa. Otro día me invita a perdonar. Todos esos mandamientos brotan del único mandamiento del amor.

Así, el único mandamiento adopta tantos rostros como necesidades concretas aparecen en el hermano que me necesita. San Pablo lo dice en el capítulo trece de la carta a los Romanos: «Quien ama ha cumplido toda la ley». Los preceptos “no cometerás adulterio”, “no matarás”, “no robarás”, “no codiciarás” y cualquier otro mandamiento se resumen en estas palabras: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». El amor no hace daño al prójimo. La plenitud de la ley es el amor (cfr. Rm 13, 8-10).

Y eso mismo afirma Pablo en el himno de la caridad, en la carta a los Corintios, cuando dice que la caridad es benigna. Pero esa traducción no expresa del todo la riqueza del término griego que aparece allí: ἡ ἀγάπη χρηστεύεται (hē agápē chrēsteúetai). Quiere decir que el amor sabe adaptarse a cada situación, momento a momento (cfr. 1 Co 13, 4).

El amor verdadero

discierne el bien concreto que debe realizar.

El amor, que es la vida divina recibida, sabe reconocer qué bien hay que hacer en cada circunstancia. Sabe intuir lo que el Espíritu quiere realizar a través de nosotros. Y ahora Jesús nos habla de este gran don: su propio Espíritu. 

El Paráclito:

la presencia que nos sostiene por dentro

«Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros».

En este diálogo de amor entre Jesús y sus discípulos —un diálogo de despedida, delicado, lleno de ternura— aparece el anuncio del envío de otro Paráclito, παράκλητος (paráklētos). Jesús sabe que los suyos van a sentirse solos, y por eso no se limita a decirles que se marchará: les promete una presencia nueva, fiel, interior, capaz de acompañarlos siempre.

La palabra παράκλητος (paráklētos) está formada a partir del verbo griego παρακαλέω (parakaléō) —cuyo infinitivo es παρακαλεῖν (parakaleín)—, que significa “llamar junto a uno”, “hacer venir al lado”. Por eso el Paráclito es quien permanece cerca: el que acompaña, asiste, sostiene y socorre cuando llega el conflicto; aquel que, en la hora de la prueba, no contempla nuestra lucha desde la distancia, sino que se coloca a nuestro lado.

Y Jesús anuncia que el Padre enviará “otro” Paráclito. Pero surge enseguida la pregunta: ¿otro con respecto a quién?

El primer Paráclito es Jesús:

Él ha estado junto a los suyos.

Jesús ha sido el primer Paráclito de los discípulos. Ha caminado con ellos, los ha cuidado, los ha defendido, los ha sostenido cuando no entendían, cuando tenían miedo, cuando no sabían por dónde seguir. Pero entonces podemos preguntarnos: ¿de quién nos defiende Jesús? ¿Contra quién nos protege?

Desde luego, Jesús no nos defiende del Padre, como si el Padre del cielo estuviera irritado por nuestros pecados, deseando castigarnos, y Jesús tuviera que interponerse para recibir Él la pena en nuestro lugar. Esa imagen de Dios ha circulado mucho, pero conviene no seguir repitiéndola. No es el rostro del Padre que Jesús nos ha revelado.

Jesús nos defiende de otro enemigo; nos defiente de todo aquello que quiere arruinarnos la vida y sacarnos del camino del Evangelio. Nos defiende de la mundanidad, es decir, de esa manera de pensar y de vivir que se opone frontalmente a lo que Él ha anunciado.

Para quien cree en Jesús de Nazaret, vivir es amar. La mundanidad, en cambio, nos propone justo lo contrario: “Piensa en ti mismo, disfruta, no te compliques, no cargues con nadie, no pierdas nada por los demás”. Suena práctico, incluso tentador. Tiene ese aire de consejo moderno que parece sacado de una taza con frase motivacional. Pero, al final, deja el corazón más pequeño.

La mundanidad promete vida,

pero nos roba humanidad.

Si no amamos como Jesús nos enseña, no vivimos de verdad. Podemos movernos, trabajar, consumir, opinar, divertirnos, incluso tener éxito; pero no alcanzamos la plenitud humana. El hombre se realiza amando, no encerrándose en sí mismo. Por eso Jesús, con su Evangelio, es nuestro primer Paráclito; nos protege de la mentira de una vida centrada solo en uno mismo.

Y ahora Jesús anuncia que vendrá otro Paráclito, el Espíritu, que permanecerá con los discípulos para siempre. No será una presencia ocasional, ni una ayuda de emergencia, ni una visita que llega y se marcha. Será un compañero fiel, una presencia interior que no abandona nunca (cfr. Jn 14, 16-17).

Pero quizá podemos preguntarnos: ¿de verdad es posible experimentar hoy esa presencia del Paráclito a nuestro lado? La respuesta es sí. Y no hace falta buscar fenómenos extraños ni emociones espectaculares. A veces el Paráclito se reconoce en una voz discreta, limpia, profunda, que habla en lo íntimo de la conciencia.

Por ejemplo, alguien nos ha hecho un daño grave. Podríamos devolver el golpe, hacerle pagar lo que nos hizo, preparar una venganza elegante —de esas que uno casi presenta como “justicia”, para que quede más fino—. Pero sabemos que somos hijos de Dios, y perdonamos.

Quien vive según la mundanidad tal vez nos considere ingenuos, débiles, incapaces de defendernos. Pero cuando nos quedamos a solas con nosotros mismos, escuchamos dentro una voz serena que nos dice: “Bien hecho. Te has comportado como hijo de Dios”. Esa es la voz del Paráclito.

El Paráclito confirma el bien

cuando el mundo lo ridiculiza.

Puede ocurrir también en el trabajo. Tal vez se nos presente una ocasión de ascender, de mejorar, de ganar posición. Pero para conseguirlo habría que negociar con la conciencia, mentir sobre un compañero, entrar en una dinámica turbia. Algunos podrían decirnos: “Eres demasiado simple o ingenuo o tonto, no sabes aprovechar las oportunidades, así no se llega a ninguna parte”. Sin embargo, al final del día, cuando cae el ruido y uno se queda cara a cara consigo mismo, puede escuchar una voz nítida que dice: “Bien hecho. Has sido un hombre verdadero”. Esa es la voz del Paráclito, que está siempre a nuestro lado.

Quizá por vivir así quedemos fuera de ciertos círculos, de ciertos ambientes, de ciertos grupos donde todo se compra al precio de la conciencia. Pero no estaremos solos. Quien escucha al Paráclito puede perder algunos aplausos, pero no pierde la paz.

Y este Paráclito, dice Jesús, es el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede acoger porque no lo conoce (cfr. Jn 14, 17). No se trata de una verdad fría, teórica, abstracta, como una fórmula guardada en un libro. Es la verdad de la vida. Es la luz que nos permite reconocer qué nos humaniza y qué nos destruye.

El Espíritu de la verdad se opone al espíritu de la mentira. La mentira no siempre se presenta con cara desagradable. Muchas veces viene bien vestida, habla con educación, promete ventajas, seguridad, éxito, prestigio. Pero sus propuestas terminan haciéndonos menos humanos. La mentira halaga el ego; el Espíritu despierta al hijo de Dios que llevamos dentro.

Mundanidad y Paráclito no conducen al mismo corazón.

El Espíritu no tiene nada que ver con la mundanidad, porque inspira opciones de vida opuestas. La mundanidad dice: “Sálvate tú”. El Paráclito susurra: “Ama”. La mundanidad dice: “Aprovecha la ocasión, aunque otro pague el precio”. El Paráclito dice: “No traiciones tu conciencia”. La mundanidad dice: “No perdones, que parecerás débil”. El Paráclito dice: “Perdona, porque eres hijo de Dios”.

Por eso, mundanidad y Paráclito son inconciliables. No hablan el mismo lenguaje, no forman la misma mirada, no construyen la misma vida. Una nos encierra en nosotros mismos; el otro nos abre al amor que viene de Dios.

Las palabras de consuelo que Jesús dirige a los discípulos de todos los tiempos nos alientan. No solo a aquellos que estaban en el Cenáculo, sino también a nosotros hoy, cuando podemos sentirnos solos, desorientados, rodeados de propuestas de vida inspiradas por la mundanidad. Jesús no nos deja huérfanos: nos entrega su Espíritu.

No estamos huérfanos:

Cristo vuelve de otro modo

«No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo».

Detengámonos a saborear, palabra por palabra, lo que Jesús dijo aquella noche a sus discípulos en el Cenáculo, y que hoy nos dice también a nosotros: «No os dejaré huérfanos». Huérfano es el hijo que pierde al padre. Pero la orfandad no se reduce solo a eso. Huérfano es todo aquel que se queda solo porque ha perdido una presencia que daba sentido a su vida.

Una muchacha ama a un joven, y ese amor sostiene de algún modo sus días, sus proyectos, su manera de mirarse a sí misma. Pero un día él se marcha. Ella ya no es “la prometida de”. Se queda sola. Experimenta una forma de orfandad.

Una esposa pierde a su marido. Ya no puede decirse a sí misma, ni ser reconocida por los demás, como “la esposa de”. Ha perdido una compañía, una referencia, una presencia que formaba parte de su identidad cotidiana. También ella queda sola, también ella queda huérfana.

Lo mismo sucede cuando se pierde un amigo verdadero. No se pierde simplemente una compañía para tomar café o charlar un rato. Se pierde una presencia que escuchaba, sostenía, comprendía. Y cuando una presencia así desaparece, algo dentro se queda desnudo.

La orfandad empieza

cuando se rompe una presencia que nos sostenía

Eso es lo que temen los discípulos cuando Jesús anuncia que va a dejar este mundo. Tienen miedo de quedarse huérfanos, de perder su identidad. Hasta ahora eran “los discípulos de Jesús” porque Jesús estaba allí, visible, junto a ellos. Caminaba delante, hablaba, enseñaba, los corregía, los defendía, los reunía. Pero si Jesús ya no está a su lado, ¿quiénes serán ellos? ¿Cómo podrán seguir siendo discípulos si ya no ven al Maestro? Es una pregunta muy humana. También nosotros, cuando perdemos una referencia fuerte, podemos sentir que no solo se ha ido alguien: parece que se nos ha ido una parte de nosotros mismos.

Por eso Jesús les dice: «No os dejaré huérfanos». No es una frase bonita para consolar un mal rato. Es una promesa. Y añade el motivo: «Vuelveré a vosotros» (cfr. Jn 14, 18).

Esto significa que va a suceder algo inaudito. Los discípulos serán introducidos en una presencia de Jesús mucho más profunda que la que habían conocido hasta entonces. Durante tres años habían estado con Él. Lo habían escuchado, seguido, visto cansado, alegre, compasivo, firme. Habían compartido caminos, mesa, preguntas, silencios. Pero aquella presencia tenía un límite: estaba sometida al espacio y al tiempo.

Cuando Jesús estaba en Cafarnaúm, no estaba en Nazaret. Cuando iba a Tiro y Sidón, no permanecía físicamente junto a los discípulos que quedaban en otro lugar. Su presencia era real, sí, pero limitada. Ahora, en cambio, esos límites van a desaparecer. Jesús ya no estará solo delante de ellos: estará con cada uno, siempre, desde dentro.

Por eso puede decir: «Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis». Se va de un modo, para volver de otro. Desaparece una presencia visible, pero comienza una presencia más honda, más fiel, más universal. Ya no dependerá de una distancia, de un camino, de una casa, de una ciudad, de un momento concreto.

Cristo no se ausenta:

cambia el modo de estar presente.

Cuando creemos de verdad en esta presencia de Jesús a nuestro lado, toda la vida se ilumina de otra manera. No porque desaparezcan los problemas, sino porque ya no los vivimos solos. Pensemos, por ejemplo, en la enfermedad. Cuando no estamos bien, cuando el médico ya no sabe qué hacer, cuando sentimos que se nos escapan las fuerzas, es normal acudir a Dios, a los santos, a Jesús. Pedimos una gracia, incluso un milagro. Y no hay que despreciar esa súplica: cuando el cuerpo duele y el alma se estrecha, uno reza como puede, a veces con palabras pobres, a veces con lágrimas.

Pero si hemos descubierto que Jesús de Nazaret está siempre a nuestro lado, entonces la enfermedad se vive de otro modo. No solo le pedimos que intervenga desde fuera para cambiar la situación. Descubrimos algo más profundo: Él está viviendo ese momento con nosotros.

Y esa certeza no es poca cosa. Puede no quitar inmediatamente el dolor, pero lo acompaña. Puede no cambiar el diagnóstico, pero cambia la soledad con la que lo atravesamos. La presencia de Cristo se convierte en un bálsamo interior, en una compañía silenciosa que no explica todo, pero sostiene.

Entonces también los éxitos, las decepciones, las alegrías y las tribulaciones adquieren otro sentido, otro sabor. Todo cambia cuando se vive con la conciencia de que Jesús está junto a nosotros. No como un espectador distante, sino como alguien que comparte el peso de nuestra historia.

No siempre cambia lo que vivimos;

cambia con quién lo vivimos.

Después Jesús añade: «Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis». ¿Por qué el mundo ya no lo verá? No verá a Jesús porque el mundo no tiene una mirada capaz de atravesar lo simplemente verificable. Para la mundanidad, Jesús fue un hombre bueno, justo, sabio, quizá incluso admirable; pero acabó mal. Su historia terminó, según esa mirada, cuando su cuerpo fue colocado en el sepulcro.

La mundanidad no ve más allá de la tumba. Se detiene ante lo que puede medir, controlar, comprobar. Se repliega sobre lo que ofrecen la ciencia y la técnica. Y la ciencia y la técnica tienen su valor, claro que sí; el problema aparece cuando se convierten en el único horizonte, como si la realidad se agotara en lo que podemos tocar con las manos o encerrar en una fórmula.

El mundo de Dios, en el que Cristo vive, está más allá de lo verificable. No contra la razón, no contra la realidad, sino más allá de esa mirada estrecha que solo acepta lo que puede dominar.

Por eso Jesús dice: “El mundo no me verá, pero vosotros me veréis”. Solo quien ama aprende a ver de otra manera.

El creyente no ve a Jesús porque tenga una imaginación más viva, ni porque se refugie en ilusiones piadosas. Lo ve porque ha recibido una vida nueva, una mirada nueva, una comunión nueva. Lo ve con los ojos de la fe, que no son ojos cerrados ante la realidad, sino ojos abiertos a una profundidad que la mundanidad no percibe.

Jesús lo dice con fuerza: «Yo vivo y también vosotros viviréis». Los discípulos no conservarán simplemente el recuerdo de un maestro admirable. Serán introducidos en su misma vida. Ya no se tratará solo de una amistad exterior, ni de una cercanía física, ni de compartir caminos, comidas y conversaciones como antes. Será algo más profundo: una comunión plena con su persona.

 

Cristo vive,

y su vida quiere hacerse vida en nosotros.

Esta es la gran novedad. Jesús no deja a sus discípulos como herederos tristes de una memoria hermosa. No les entrega solo un mensaje para conservar, ni una doctrina para repetir, ni una causa noble que defender con nostalgia. Les entrega su propia vida.

Y por eso no quedan huérfanos. Porque, aunque ya no lo vean como antes, no lo han perdido. Aunque ya no puedan tocarlo como en Galilea, no está lejos. Aunque ya no camine físicamente delante de ellos, sigue caminando con ellos de un modo más íntimo.

También nosotros podemos vivir desde esta certeza. En medio de nuestras enfermedades, decepciones, cansancios, alegrías, responsabilidades y miedos, no estamos abandonados. Jesús no pertenece solo al pasado: vive, está presente y nos introduce en su vida.

La promesa de Jesús no es una idea para entender, sino una presencia para acoger.

Dios no es una soledad perfecta:

es comunión de amor

«Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

En la historia de las religiones no encontramos a nadie que haya hablado de Dios como habló Jesús. Nadie se atrevió a presentarnos a Dios de ese modo. Los hombres, muchas veces, han imaginado a Dios como un ser solitario, poderoso, separado, casi como un gran individuo colocado por encima del mundo.

Pero Jesús nos revela algo absolutamente nuevo: Dios no es soledad; Dios es comunión. Nos muestra a Dios como una vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu. Y esto no lo habríamos podido descubrir solos. Nadie habría imaginado que el misterio último de Dios fuera una comunión de amor. Ha sido Jesús quien nos lo ha revelado. Él ha abierto ante nosotros la intimidad de Dios, no como quien ofrece una información curiosa, sino como quien nos muestra el lugar para el que hemos sido creados.

Porque aquí está lo decisivo: Jesús no nos revela que Dios es comunión solo para que sepamos algo más sobre Él. Nos lo revela porque esa comunión nos interesa directamente. Estamos llamados a entrar en la vida misma de Dios.

Fuimos pensados desde siempre

para vivir en Dios.

Según el designio del Padre, desde toda la eternidad, nuestra vida tiene un destino: participar en la comunión de amor que une al Padre y al Hijo en el Espíritu. No hemos sido creados para una existencia pequeña, encerrada en sí misma, limitada a sobrevivir, trabajar, disfrutar un poco y desaparecer.

Nuestra vida tiene una profundidad mucho mayor. Hemos sido creados para la alegría infinita de Dios. Esta es la vocación última del ser humano: ser introducido en esa corriente de amor que no empieza en nosotros, que no depende de nuestros méritos, que brota del corazón mismo de Dios.

Este destino de gozo sin medida aparece expresado con una belleza conmovedora en el himno que abre la carta a los Efesios. Allí se bendice a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque nos eligió antes de la creación del mundo y nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos (cfr. Ef 1, 3-5).

Detengámonos un momento en esto: antes de que existiera el mundo, ya existía para nosotros un pensamiento de amor. Antes de nuestras fragilidades, antes de nuestras caídas, antes de nuestros pecados, antes incluso de que hubiera cielo y tierra, el Padre ya había querido introducirnos en su vida.

Por eso la venida del Hijo no fue una solución improvisada. No fue como si Dios hubiera dicho, después del pecado: “Esto se ha torcido; veamos cómo lo arreglamos”. No. El proyecto de Dios no nace del fracaso humano, sino de su amor eterno.

Antes de la creación del cielo y de la tierra, el designio del Padre ya estaba marcado: crear a la humanidad para introducirla en la alegría del amor que une al Padre y al Hijo en el Espíritu. Ese es el horizonte último de nuestra existencia.

Nuestra vida solo se entiende

desde el amor al que está llamada.

Si este es nuestro destino, entonces nuestra vida tiene sentido. No somos una casualidad perdida en el universo. No somos una historia breve que aparece, lucha un poco, sufre, ríe de vez en cuando y luego se apaga. Somos criaturas llamadas a participar en la comunión misma de Dios.

Y solo si este es nuestro destino último, la vida merece ser vivida. Porque entonces incluso nuestras preguntas, nuestras heridas, nuestras búsquedas y nuestros cansancios no quedan encerrados en el absurdo. Todo queda orientado hacia una plenitud que no fabricamos nosotros, sino que Dios nos prepara desde siempre.

El final de nuestra vida no es la nada: es la comunión. Y esa comunión tiene un nombre: la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu, compartida con nosotros como destino de alegría infinita.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me ha devuelto la vida y la esperanza. Que profundidad y grandeza.