jueves, 28 de mayo de 2026

Homilía de la Santísima Trinidad - Jn 3, 16-18 «…para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna»

 

Homilía de la Santísima Trinidad

Jn 3, 16-18 «para que todo el que cree en él no perezca,

sino que tenga vida eterna»

Escucha aquí el episodio completo:

Escucha aquí el episodio completo:

Escucha aquí el episodio completo:

 

No basta decir “Dios”:

Hay que mirar su rostro.

Creer en Dios no basta. Puede sonar fuerte, pero es así. Lo decisivo es preguntarnos qué imagen de Dios llevamos dentro. Dios es uno solo, ciertamente; pero no todos lo imaginan del mismo modo. Cristianos, musulmanes, animistas, politeístas; cada tradición, cada cultura, cada historia humana ha intentado decir algo de Dios, a veces con belleza, a veces con miedo, a veces con sombras.

Y también entre nosotros, los cristianos, circulan imágenes de Dios que no siempre coinciden con el rostro revelado por Jesús de Nazaret. Algunas se parecen más al Dios que imaginaban ciertos escribas y fariseos: Un legislador implacable, un juez severo, un vigilante divino que reparte premios y castigos con una contabilidad perfecta. Un Dios que parece más interesado en controlar que en salvar.

Por eso necesitamos revisar, con calma y con verdad, qué imagen de Dios habita en nuestra mente y en nuestro corazón. Porque la imagen de Dios no se queda encerrada en las ideas: acaba bajando a las manos, a la mirada, a las decisiones, al modo de tratar a los demás.

Si imaginamos a Dios como un dominador, será fácil justificar nuestras ganas de dominar. Si pensamos en un Dios que se hace servir, nos parecerá normal vivir buscando que otros giren alrededor de nosotros. Si creemos en un Dios que autoriza la violencia contra quien nos hace daño, encontraremos excusas religiosas para nuestras guerras, grandes o pequeñas.

Y esto no es una teoría. A veces nuestras pequeñas guerras domésticas, nuestras frases cortantes, nuestras etiquetas sobre los demás, ya llevan dentro una teología práctica. Quizá no la escribimos en un tratado, pero la practicamos con bastante puntualidad. Y ahí conviene preguntarnos: ¿a qué Dios nos estamos pareciendo?

El Dios en quien creemos

termina modelando nuestra vida.

Hoy el Evangelio nos ofrece la oportunidad de hacer esta verificación. Jesús nos habla de Dios. Pero, para comprender bien sus palabras, necesitamos situarlas en el lugar donde fueron pronunciadas; al final de su encuentro con Nicodemo.

Nicodemo es un personaje conocido. Va a Jesús de noche. Es rabino, estudioso de las Escrituras, fariseo. Ahora bien, tal vez lo hemos imaginado alguna vez caminando a escondidas, pegado a las paredes, mirando de reojo para que sus compañeros no lo descubran, como quien entra en una reunión sospechosa y espera que nadie lo vea. Pero el Evangelio no lo presenta así.

Nicodemo va de noche porque, para los rabinos, la noche era un tiempo privilegiado para meditar la Palabra de Dios, para estudiar la תּוֹרָה (Torá), para dejar que el silencio abriera preguntas que durante el día quedan sepultadas bajo el ruido. El primer salmo dice que el justo encuentra su alegría en la ley del Señor y la medita día y noche (cfr. Sal 1, 2).

La noche, cuando no se la llena de pantallas, preocupaciones o vueltas inútiles sobre uno mismo, puede convertirse en un espacio de verdad. Allí aparecen las preguntas esenciales: ¿Qué sentido tiene vivir?; ¿hacia dónde vamos?; ¿qué rostro tiene Dios?; ¿qué pide realmente de nosotros la fe?

Así llega Nicodemo a Jesús. No parece que vaya solamente por una inquietud privada. El modo en que habla sugiere que actúa como representante de un grupo. Se dirige a Jesús diciendo: «Rabí, nosotros sabemos…». No dice «yo sé», sino «nosotros sabemos». Habla en plural. El Evangelio lo presenta, además, como un jefe de los judíos.

Nicodemo nos resulta simpático. Es un fariseo serio, un hombre de vida recta, estimado por su pueblo. Podría haber seguido viviendo tranquilamente. Tenía buena conciencia, formación religiosa, prestigio, una vida ordenada. No era un perdido, ni un superficial, ni un enemigo caricaturesco de Jesús. Era un hombre honrado. Entonces, ¿por qué busca a Jesús? ¿Qué lo mueve por dentro? ¿Qué grieta se ha abierto en su seguridad religiosa?

Nicodemo nos atrae

porque se parece a nosotros.

Nicodemo nos resulta cercano porque le ocurre algo que también puede sucedernos a nosotros cuando escuchamos de verdad el Evangelio: Descubre que algunas de sus certezas religiosas empiezan a moverse, y eso no siempre es cómodo. La fe, cuando está viva, no solo consuela; también despierta, desinstala, purifica.

Él mismo reconoce que ha quedado impresionado por los signos realizados por Jesús: «Nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él» (cfr. Jn 3, 2). Y en Jerusalén Jesús había realizado un signo particularmente provocador ya que había expulsado del Templo a los vendedores. Aquel gesto hizo saltar las alarmas de la autoridad religiosa. ¿Quién era ese hombre capaz de tocar un punto tan sensible? ¿Quién se atrevía a poner en cuestión todo un sistema religioso?

Eso inquieta a Nicodemo, le inquieta la novedad de Jesús. No solo sus palabras, sino su persona entera. Jesús no entra en la vida de puntillas para dejarlo todo como estaba. Su Evangelio inquietó entonces e inquieta también ahora. No nos deja instalados en una religiosidad tranquila, de mantenimiento, de costumbre bien peinada.

Si el Evangelio nunca nos incomoda, quizá no lo hemos escuchado todavía con suficiente atención. Porque Jesús rompe esquemas. No por gusto de provocar, sino porque trae una verdad más grande que nuestras costumbres. Él pone en crisis incluso convicciones religiosas que parecían sólidas, antiguas, venerables.

Y cuando nuestras certezas empiezan a crujir, buscamos una salida. Intentamos hacer compatible la novedad de Jesús con lo que siempre hemos pensado. Eso parece buscar Nicodemo; comprender a Jesús, sí, pero quizá también encontrar una manera de integrarlo en su mundo religioso sin que ese mundo tenga que cambiar demasiado.

Tal vez habría vuelto encantado si hubiera podido decir a sus compañeros: «No os preocupéis. Jesús de Nazaret es un buen hombre, un israelita ejemplar, un puro de corazón. Dice alguna cosa nueva, sí, pero en el fondo enseña lo mismo que nosotros, solo que con otro acento». Y esa tentación también es nuestra. Cuando el Evangelio nos toca un punto sensible, enseguida intentamos domesticarlo. Un amigo me decía que si empezásemos a arrancar las hojas de la Biblia que nos incomodan o nos desinstalan nos quedaríamos únicamente con las cubiertas.

Procuramos que encaje con lo que ya pensábamos, con nuestras devociones, con nuestras tradiciones, con nuestra manera habitual de entender a Dios. Como quien compra un mueble nuevo y pretende meterlo en una habitación donde ya no cabe ni una silla; algo acabará rozando, o rompiéndose, o quedando atravesado en medio.

El Evangelio no viene a decorar lo viejo,

sino a renovarlo.

Jesús lo dijo con imágenes muy claras; el vino nuevo rompe los odres viejos; el remiendo nuevo no salva el vestido viejo, sino que agranda el desgarrón (cfr. Mt 9, 16-17; Mc 2, 21-22; Lc 5, 36-38). Hay momentos en los que no basta retocar, suavizar, maquillar, poner una pequeña pieza nueva sobre una tela gastada.

Esto vale también para nuestra vida religiosa. Cuando una práctica, una forma de rezar, una devoción o, sobre todo, una imagen de Dios resulta incompatible con el Evangelio de Jesús, no sirve conservarla a toda costa y añadirle una frase bonita para que parezca cristiana. El problema no queda resuelto; el desgarro se hace mayor.

Aunque nos guste. Aunque nos resulte familiar. Aunque se haya repetido durante siglos. Aunque nos haya dado seguridad. Si no deja aparecer el rostro del Dios de Jesús, conviene dejarla caer. No por desprecio al pasado, sino por fidelidad al Evangelio.

Porque una cosa es la tradición viva, que transmite el fuego, y otra muy distinta es aferrarse a cenizas porque nos recuerdan que un día hubo fuego. La fe no consiste en conservar intactas nuestras imágenes de Dios, sino en dejarnos conducir hacia el Dios verdadero que Jesús revela.

El encuentro con Nicodemo, tal como lo narra Juan, desemboca en un monólogo de Jesús. Y ese es precisamente el pasaje que hoy nos propone la liturgia. No estamos ante una explicación fría, ni ante una idea abstracta sobre Dios. Estamos ante una revelación luminosa de su rostro.

Cuando Jesús habla de Dios,

algunas imágenes deben morir.

Escuchemos, entonces, con alegría, las palabras de Jesús. Pero escuchémoslas sin intentar encajarlas a la fuerza en imágenes de Dios que tal vez llevamos dentro desde la infancia. Algunas de esas imágenes quizá nos acompañaron durante años, quizá incluso nos ayudaron en algún momento; pero si no se parecen al Dios de Jesús, no merecen seguir ocupando el centro de nuestra catequesis ni de nuestra vida.

Hoy se nos invita a una pregunta humilde y decisiva: ¿El Dios en quien creemos se parece de verdad al Dios que Jesús nos revela?

Nicodemo fue a buscar respuestas,

y Jesús le abrió una grieta.

«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna».

Nicodemo había acudido a Jesús con un objetivo bastante preciso; quería comprobar cuáles eran sus posiciones teológicas respecto a la תּוֹרָה (Torá) y a las tradiciones. Probablemente esperaba una conversación ordenada, reconocible, casi de escuela rabínica: Puntos de acuerdo, matices, objeciones, quizá alguna corrección. Pero Jesús, como tantas veces, no se dejó encerrar en el marco de la pregunta inicial. Fue directamente al centro. Le dijo: «Te aseguro que, si uno no nace de lo alto, no puede entrar en el reino de Dios» (cfr. Jn 3, 3). Nicodemo no comprendió. Preguntó, quiso aclaraciones, intentó seguir el hilo. Jesús trató de explicarse, pero todo indica que Nicodemo no quedó demasiado satisfecho. Nicodemo no había ido para escuchar aquello, sino que buscaba quizá una discusión sobre doctrina, y Jesús le habló de nacimiento, de vida nueva, de un origen que viene de lo alto. No es extraño que se marchara desconcertado. A veces vamos a Dios buscando que confirme nuestras categorías, y Dios nos responde abriéndonos una puerta donde nosotros solo veíamos una pared.

La semilla queda dentro,

aunque al principio no entendamos.

Pero la relación de Nicodemo con Jesús no terminó aquella noche. Más adelante, en el Evangelio según san Juan, lo encontramos en medio de una discusión con sus compañeros fariseos. Y allí, discretamente, toma posición a favor de Jesús. Pregunta: «¿Acaso nuestra ley juzga a un hombre sin haberlo escuchado antes?» (cfr. Jn 7, 51). La reacción de sus colegas es dura. Lo ofenden en lo que más podía dolerle: «Estudia, y verás que de Galilea no sale ningún profeta» (cfr. Jn 7, 52). Decirle «estudia» a un maestro de la Escritura no era precisamente una sugerencia amable de formación permanente; era una humillación. Algo así como decirle a un cirujano: «Mire un vídeo, a ver si aprende a coger el bisturí». Fino no es; eficaz para herir, bastante.

Nicodemo reaparecerá todavía una vez más, en el Calvario. Junto con José de Arimatea, se ocupará del cuerpo de Jesús antes de ponerlo en el sepulcro (cfr. Jn 19, 39-40). Aquel hombre que al principio fue de noche, con preguntas y cautelas, acaba acercándose al Crucificado cuando casi todos han desaparecido. El camino de la fe no siempre avanza con fogonazos espectaculares; a veces madura lentamente, como una brasa que parecía apagada y seguía viva por dentro.

El monólogo de Jesús revela

el verdadero rostro de Dios.

El relato de aquel diálogo nocturno concluye con el monólogo de Jesús al que ya nos hemos acercado. Ahora conviene escucharlo despacio, casi palabra por palabra. No como quien analiza un texto frío, sino como quien se sienta ante una revelación decisiva. Jesús nos habla del verdadero Dios.

Y la primera afirmación es inmensa: «Tanto amó Dios al mundo». No comienza diciendo que Dios vigiló al mundo, ni que Dios examinó al mundo, ni que Dios calculó los méritos del mundo. Dice que Dios lo amó. Ahí empieza todo. Y si ahí empieza todo, quizá también ahí tiene que empezar nuestra manera de predicar, de educar la fe, de mirar la vida y de mirar a los demás.

El amor de Dios no busca pago:

Comunica vida.

El verbo griego que está detrás de este amar es ἀγαπᾶν (agapán). Indica un amor muy particular. No es ἔρως (éros), el amor de deseo; no es simplemente el amor de la amistad; tampoco es solo el amor familiar. Es otra calidad de amor: El amor de quien hace el bien sin esperar nada a cambio, con la única alegría de ver vivir al otro.

Es el amor que dice, sin necesidad de grandes discursos; pongo mi vida a disposición de quien me necesita, porque es bello que el otro viva, crezca, respire, sea feliz. Y este ἀγαπᾶν (agapán) llega incluso a hacer el bien a quien me hace daño. No se queda en amar al que me resulta amable. Va más lejos. En Jesús de Nazaret vemos encarnado este amor: Jesús ama incluso a quienes le arrebatan la vida.

Así comienza Jesús a presentarnos a su Dios, como aquel que ha amado al mundo. La característica propia del Dios de Jesús de Nazaret es el amor. Más aún, solo el amor constituye su naturaleza.

Dios no puede dejar de amar,

porque amar es su ser.

Dios no puede hacer otra cosa que amar. Como el narciso o el jazmín no pueden dejar de derramar su perfume. Incluso si alguien los pisa, siguen perfumando, porque esa es su naturaleza. No se ponen a calcular si el pie que los aplasta merece aroma o no. Dan perfume porque son así.

Del mismo modo, dice Jesús, la naturaleza de Dios es el amor. En él no hay otra cosa que amor. Aunque lo pisoteemos, aunque lo insultemos, aunque lo rechacemos, aunque lo matemos, él sigue amando. Este es el Dios cristiano. No inventemos otros, por amor de Dios.

Lo hemos visto en Getsemaní. Cuando fueron a prender a Jesús y alguien intentó defenderlo con la espada, él dijo: «Mete la espada en la vaina» (cfr. Jn 18, 11). Dios prefiere morir él antes que permitir que un hombre sea herido por la espada. Este es el Dios de Jesús de Nazaret.

La no violencia nace

del corazón mismo de Dios.

Sobre este Dios se funda la no violencia. El mundo nuevo no se construye con la espada. No nace de la imposición, ni del miedo, ni de la fuerza que aplasta. El mundo nuevo nace del amor que no responde al mal copiando el mal; nace de una vida que no necesita destruir para vencer.

Por eso conviene que revisemos con seriedad las imágenes de Dios que llevamos dentro. No basta con que una imagen nos resulte familiar, ni con que nos la hayan transmitido desde pequeños, ni con que haya acompañado durante siglos ciertas formas de hablar. La pregunta es otra: ¿coincide con el Dios del que nos habla Jesús en el Evangelio?

Dios no quiere perder a nadie,

pero tampoco fuerza a nadie a amar.

Aquí conviene hablar con mucho cuidado. No estamos diciendo que el pecado no importe, ni que todo dé igual, ni que el mal no tenga consecuencias. El pecado hiere, destruye, endurece el corazón y puede cerrar al ser humano al amor de Dios. La libertad humana es real, y puede resistirse a la luz.

Pero Jesús nos pide corregir una imagen falsa de Dios; la de un Padre que estuviera esperando el fracaso de sus hijos para castigarlos. Ese no es el Dios que aparece en el Evangelio. Jesús no nos revela a un Dios satisfecho condenando, sino a un Padre que busca al perdido, llama al pecador, abraza al hijo que vuelve y quiere que todos tengan vida.

Por eso, cuando hablamos del juicio, del pecado o de la posibilidad de perderse, nunca deberíamos hacerlo como si Dios dejara de amar. Dios no condena porque se canse de amar. Dios no prepara la ruina de sus hijos. Si alguien se pierde, no será porque Dios haya dejado de buscarlo, sino porque misteriosamente una libertad puede cerrarse hasta el final al amor que la quiere salvar.

Esta es la clave: Dios quiere salvar a todos, pero no salva a nadie por la fuerza. El amor no se impone. El amor se ofrece, se entrega, espera, llama, perdona, abraza. Y precisamente por eso Jesús dice que Dios ha amado tanto al mundo que ha entregado a su Hijo, no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Así comprendemos mejor el corazón del Evangelio: la última palabra de Dios no es la amenaza, sino la misericordia; no es el castigo, sino la vida ofrecida. Y ante esa vida, cada uno de nosotros está llamado a abrirse, a dejarse amar, perdonar y transformar.

Dios amó al mundo

cuando el mundo no lo amaba.

¿Y a quién ha amado tanto Dios? Lo ha dicho Jesús: ha amado al mundo. «Tanto amó Dios al mundo».

Ahora bien, ¿qué significa aquí «mundo»? En el Evangelio según san Juan, el término griego κόσμος (kósmos), que traducimos por «mundo», aparece muchas veces y con varios significados. A veces designa el cosmos salido de las manos de Dios; otras veces indica la humanidad entera. Pero aquí señala a la humanidad marcada por el pecado.

Ese es el mundo que Dios ha amado; la humanidad rebelde, la humanidad que no quiere saber nada de él, la humanidad que también hoy rechaza su proyecto de amor. No una humanidad ideal, maquillada, presentable, con los deberes hechos y el expediente limpio. Dios ha amado a esta humanidad concreta, herida, contradictoria, capaz de cerrarse a la luz y de llamar libertad a su propia oscuridad.

El Padre ama incluso cuando

el ser humano lo considera enemigo.

El Padre ha amado siempre a este mundo. Lo ha amado incluso cuando la humanidad se apoderó del árbol del conocimiento del bien y del mal; es decir, cuando pensó que podía prescindir de Dios y decidir por sí misma qué era bueno y qué era malo (cfr. Gn 2, 17; 3, 1-7).

Lo ha amado cuando creyó que, dejando a Dios fuera, alcanzaría por fin su libertad y celebraría la máxima dignidad humana. Lo ha amado cuando consideró a Dios un enemigo: enemigo de su alegría, enemigo de su realización, enemigo de su plenitud. El Dios de Jesús ama a esta humanidad tal como es. No espera a que el mundo sea amable para amarlo. Lo ama para que pueda vivir. Lo ama para rescatar en él lo que parecía perdido. Lo ama porque el amor no es una reacción ocasional de Dios: es su manera eterna de ser.

El amor llega hasta el don del Hijo.

¿Y hasta dónde ha llegado este amor? Jesús lo sigue diciendo: «que entregó a su Unigénito»; hasta entregar a su propio Hijo, el unigénito.

¿Y cuál es el objetivo de este envío del Hijo?; «para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna»; Que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Esta es la finalidad: Que todos reciban la vida como don. No que Dios pueda condenar con más argumentos. No que el mundo quede desenmascarado para ser aplastado. El Hijo es enviado para que la humanidad no se pierda, para que encuentre vida.

Para acoger este don es necesario creer en él. Pero creer no significa simplemente estar convencidos de que Jesús existió o de que fue un personaje extraordinario. Eso puede admitirlo mucha gente. Creer es algo más hondo.

Creer es dejarse enamorar

por la belleza de Jesús.

Creer significa acoger su propuesta de hombre nuevo. Significa aceptar entrar en un proyecto de humanidad cuyo único programa es una vida de amor, y solo de amor.

Creer en Jesús es haber comprendido quién es, haberse enamorado de su belleza y decidir vivir como él. Es permitir que la vida divina que se nos ha dado —la misma vida que está en Jesús, el Espíritu— se manifieste también en nosotros, como se manifestó en él en plenitud.

Aquí se juega mucho más que una adhesión intelectual. No se trata solo de decir: «Sí, creo que Jesús existió». Se trata de mirar su vida, reconocer en ella la forma verdadera de lo humano, y decir; quiero que esa vida tome cuerpo también en mí. Con nuestras pobrezas, claro; con nuestras resistencias, también. Pero con el deseo sincero de que el Hijo vaya creciendo dentro de nosotros.

La vida eterna no empieza después:

Se recibe hoy.

Este es el don que se nos ha hecho: La vida eterna. Pero la vida eterna no es un premio que se entregará al final si nos hemos portado bien. Es la vida misma de Dios.

No es eterna simplemente porque dure para siempre, como si esta vida biológica se prolongara indefinidamente. Esta vida biológica se queda aquí. La vida eterna es otra cosa; es la vida nueva de la que Jesús habló a Nicodemo. Por eso le dijo que era necesario nacer de lo alto (cfr. Jn 3, 3).

Y esta vida eterna no es un premio reservado para el último día. Se nos da hoy. Ya ahora puede comenzar en nosotros esa manera nueva de vivir, de amar, de mirar, de responder al mal, de relacionarnos con Dios y con los demás.

Por eso estamos llamados a creer en esta vida; es decir, a no bloquearla con nuestro egoísmo. Se nos invita a dejar que crezca, que se despliegue, que madure en nosotros el hijo de Dios que ya ha comenzado a vivir en nuestro interior.

¿Para qué envió el Padre a su Hijo?

«Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él».

Podemos comenzar con una pregunta muy sencilla: ¿Por qué el Padre del cielo envió a su Hijo al mundo? Si hiciéramos hoy esta pregunta a muchos cristianos, probablemente escucharíamos una respuesta bastante conocida: «Dios envió a su Hijo para expiar nuestros pecados». Y quizá se añadiría: «El Hijo de Dios vino al mundo para calmar la ira divina contra la humanidad pecadora. Él pagó por el pecado de todos nosotros».

Ahora bien, conviene detenerse un momento. ¿Qué imagen de Dios hay detrás de una manera de hablar así? Sin darnos cuenta, podemos imaginar al Padre y a Jesús como si no estuvieran del mismo lado. Jesús aparecería del lado de la humanidad pecadora, y el Padre, en cambio, del lado contrario, como si necesitara ser aplacado.

Estas ideas se han repetido durante siglos y todavía están muy grabadas en la mente de muchos cristianos. Pero hoy escuchamos a Jesús decirnos otra cosa sobre la razón por la que el Hijo vino al mundo. 

El Hijo no viene a condenar,

sino a salvar.

Jesús lo dice con claridad: «Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Por tanto, queda excluida toda imagen de Dios como juez que desea condenar a la humanidad.

Aquí necesitamos hacer una distinción muy importante, que a menudo olvidamos: Una cosa es el mal, que debe ser rechazado con toda claridad; y otra cosa es la persona que ha hecho el mal. El pecado debe ser denunciado, corregido, sanado. Pero el pecador no debe ser condenado como si ya no tuviera remedio.

Lo vemos en Jesús ante la mujer adúltera. Él no le dice: «Da igual lo que has hecho». No banaliza su pecado. Pero tampoco la aplasta. Le dice: «Yo tampoco te condeno»; y después añade: «En adelante no peques más» (cfr. Jn 8, 11). Es decir; no te condeno, porque no he venido a destruir al pecador; pero te invito a salir de ese camino, porque el pecado te hace daño.

Dios condena el pecado

porque ama al pecador.

Jesús quiere que el pecado sea llamado por su nombre. Y en la Biblia se nos invita muchas veces a discernir entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, entre lo que da vida y lo que conduce a la muerte. La fe cristiana no consiste en cerrar los ojos ante el mal ni en decir que todo es lo mismo.

Pero una cosa es condenar el mal, y otra condenar a quien se ha equivocado. Jesús nunca confunde al pecador con su pecado. El pecado hiere, oscurece, esclaviza; por eso debe ser rechazado. Pero la persona, incluso cuando ha caído, sigue siendo mirada por Dios como hija amada.

Y esto vale también para nosotros mismos. Si descubrimos que nos hemos equivocado, no necesitamos hundirnos en la autodestrucción. Podemos condenar el error, reconocerlo, llorarlo si hace falta, repararlo cuando sea posible; pero sin olvidar nunca que seguimos siendo amados por Dios. Dios no nos mira desde el deseo de condenarnos, sino desde la voluntad de levantarnos.

Dios prefiere entregar su vida

antes que condenar a un hijo.

El Dios que revela Jesús no es un juez frío que dicta sentencia contra la humanidad. Es Aquel que ama tanto a esta humanidad pecadora que le ofrece su propia vida.

Nuestro Dios no se complace en condenar. El Dios de Jesús de Nazaret prefiere morir él antes que condenar a uno de sus hijos. Esta afirmación puede parecernos fuerte, pero está en el corazón del Evangelio: Dios no salva desde lejos, no salva con amenazas, no salva con violencia. Salva entregándose. Por eso Jesús continúa diciendo que el Unigénito ha sido enviado para que el mundo sea salvado.

La salvación no es solo

“ir al cielo al final”.

Aquí aparece otra pregunta decisiva: ¿qué significa ser salvados? Si preguntamos a muchos cristianos qué significa salvarse, quizá responderán: «Ir al cielo al final de la vida». Y algunos añadirían, medio en broma medio en serio: «Bueno, entonces intentaré disfrutar ahora todo lo que pueda, y al final ya me pondré en paz con Dios: una buena confesión, la absolución del sacerdote, y asunto arreglado».

Pero esa no es la salvación de la que habla el Evangelio. Reducir la salvación a “arreglar las cuentas al final” es empobrecerla muchísimo. La salvación no consiste simplemente en que, después de la muerte, Dios nos admita en su casa. La salvación empieza antes. Empieza cuando Dios nos arranca de todo aquello que nos impide vivir como hijos.

Dicho de manera sencilla: El cielo no es el premio de un Dios que al final decide si nos deja entrar. El Dios de Jesús no puede dejar de amar a quienes ha creado. Desde que nos ha dado la vida, ha entrado en una historia de amor con nosotros. Y si faltara uno solo de sus hijos, su alegría no estaría completa.

El Dios de los filósofos podría imaginarse como un ser perfecto, autosuficiente, impasible, que no necesita a nadie. Pero el Dios de Jesús de Nazaret se ha vinculado a nosotros por amor. Ya no quiere estar sin nosotros. Por eso, cuando hablamos de salvación, no hablamos solo del destino final, sino de algo mucho más concreto y urgente.

Salvar es sacar

de la no vida.

En la Biblia, el verbo salvar aparece muchas veces. En hebreo encontramos יָשַׁע (yashá), de donde procede יְהוֹשֻׁעַ (Yehoshúa), nombre vinculado a la idea de que Dios salva. En el Nuevo Testamento, el verbo griego σώζειν (sózein) aparece también muchas veces.

¿Y qué significa salvar? Salvar significa sacar a una persona de todo aquello que no es vida. Si alguien está en una situación de muerte y yo lo saco de ahí, lo salvo. Si alguien está atrapado, hundido, esclavizado, y es liberado, eso es salvación.

El Hijo ha sido enviado al mundo no para condenar, sino para sacar a la humanidad de todo lo que no es vida. Esa es la salvación.

Dios salva liberando hoy,

no solo premiando al final.

Israel experimentó la salvación cuando Dios lo sacó de una situación de no vida: la esclavitud de Egipto, el destierro, la opresión, la pérdida de libertad. Aquello no era vida.

Pero tampoco es vida auténtica la existencia del pecador cuando se deja esclavizar por aquello que lo destruye. No es vida la de quien vive de manera disoluta y acaba perdiendo el corazón. No es vida la de quien se vuelve esclavo del dinero y está dispuesto a pactar con cualquier cosa con tal de adorarlo. No es vida la de quien alcanza el éxito vendiendo su propia dignidad. No es vida la de quien permanece encadenado a sus rencores, aunque por fuera parezca que todo va bien.

De toda esa no vida ha venido a sacarnos el Hijo de Dios. Esa es la salvación.

La salvación se acoge ahora

o se empieza a perder ahora.

Por eso la salvación no debe ser aplazada al final de la vida. Allí, de algún modo, la historia ya ha mostrado lo que hemos querido acoger o rechazar. La llamada es para ahora.

Ahora necesitamos dejarnos salvar. Cristo nos salva con la palabra de su Evangelio, con su persona y con el don de su Espíritu. Esa vida divina que se nos ha comunicado no solo nos indica cómo vivir; también nos arranca de las condiciones de pecado, porque nos empuja a vivir de verdad.

Y vivir de verdad, para un ser humano, es amar. Por eso vino el Hijo de Dios al mundo; para sacarnos de todo aquello que no es vida, para liberarnos de lo que nos deshumaniza, para despertar en nosotros la vida de hijos.

De ahí la importancia de dejarnos liberar hoy —no mañana, no al final, no cuando ya no quede más remedio— de todo lo que nos impide vivir como hijos de Dios.

La alternativa no es entre miedo y castigo,

sino entre vida y no vida.

«El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios».

Jesús plantea una alternativa muy clara: Creer o no creer en el Hijo que el Padre ha enviado. Pero conviene entender bien qué significa creer. Creer no es solo aceptar una idea religiosa, ni repetir una fórmula correcta, ni decir: «Sí, Jesús existió». Creer significa haber comprendido la propuesta de Jesús y darle nuestra adhesión.

Y la propuesta de Jesús es esta: Entrega tu vida por amor. Haz de tu existencia un don. Vive como hijo, no como esclavo de ti mismo. Ama como él ha amado.

Por eso, quien acoge esta propuesta es salvado; quien la rechaza queda condenado. Pero atención; no estamos hablando de un Dios que se enfada y dicta sentencia contra sus hijos. Jesús no nos presenta a un Padre que está esperando el error para castigarnos. Nos está advirtiendo de algo mucho más serio y más cotidiano: Podemos elegir caminos que parecen vida, pero que por dentro son caminos de muerte.

Creer es decirle a Cristo:

“Tú tienes razón”.

A lo largo de la vida se nos presentan muchas propuestas. Algunas son buenas, pero otras son engañosas. Prometen libertad y acaban esclavizando. Prometen felicidad y dejan vacío. Prometen éxito y terminan robándonos el alma. Son caminos que brillan mucho por fuera, pero no conducen a la vida.

Frente a esas propuestas, el Hijo de Dios pone delante de nosotros la suya: «Dona tu vida por amor». Creer en Jesús significa responderle: «Tú tienes razón. He comprendido tu camino y quiero elegirlo. Rechazo las otras propuestas que me apartan de la vida».

El verdadero creyente, por tanto, no es simplemente quien habla mucho de Dios, sino quien ama. Mientras ama como Cristo ha amado, vive como creyente. Cuando deja de amar, cuando se cierra en el egoísmo, cuando convierte su vida en dominio, indiferencia o dureza, deja de vivir como creyente y se condena a una existencia que ya no es vida.

Dios no condena al pecador;

nos advierte contra las decisiones que destruyen.

Miremos bien esto: Jesús no está hablando de una condena pronunciada por Dios contra el pecador. Dios no deja de amar a sus hijos. Jesús está poniendo en guardia contra las elecciones que nos deshumanizan.

Quien vive de manera contraria al Evangelio no está construyendo su vida, sino que la está destruyendo. No porque Dios lo empuje al desastre, sino porque separarse del amor es separarse de la vida. Si fuimos creados para amar, cuando dejamos de amar empezamos a vivir contra nosotros mismos.

Por eso la condena no debe imaginarse, ante todo, como un castigo que Dios impone desde fuera, sino como el daño que nos hacemos cuando rechazamos la luz, cuando cerramos el corazón, cuando preferimos nuestras tinieblas a la vida que Cristo nos ofrece.  

La salvación empieza cuando dejamos

crecer la vida de Dios en nosotros.

El que cree es salvado porque permite que la vida divina recibida de Dios crezca dentro de él. Esa vida no queda bloqueada por el egoísmo, sino que se desarrolla hasta hacer madurar al hijo de Dios que vive en nosotros.

Esta elección entre la vida y la muerte no se hace solo al final. Se hace hoy. Se hace en cada momento. Se hace cuando elegimos perdonar o alimentar el rencor; cuando elegimos servir o dominar; cuando elegimos amar o encerrarnos; cuando elegimos la verdad o la mentira; cuando elegimos el Evangelio o esas pequeñas idolatrías que nos prometen mucho y nos dejan vacíos.

Por eso, cuando Jesús habla de creer o no creer, de salvarse o quedar condenado, nos está hablando de la vida concreta. No nos invita al miedo, sino a despertar. No nos amenaza con un Dios enemigo, sino que nos urge a no desperdiciar la vida que el Padre nos ofrece en su Hijo.

Nada tiene que ver esto, por tanto, con imaginar a Dios pronunciando al final una sentencia de condena contra sus hijos. El Evangelio nos sitúa ante una decisión que se juega ya: dejarnos salvar por Cristo o seguir atrapados en todo aquello que no es vida.

No hay comentarios: