Breve
Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario,
Ciclo A — Mt 14, 13-21
«Si aquí no tenemos
más que cinco panes y dos peces».
Lo
poco puede cambiar cuando
pasa
por las manos de Jesús
El relato de los
panes y los peces nos resulta tan conocido que corremos el riesgo de escucharlo
con la conclusión ya aprendida. Había poca comida, Jesús realizó un prodigio,
todos comieron y todavía sobraron doce cestos.
Sin embargo, Mateo
nos invita a mirar con mayor atención. No explica cómo aumentó el alimento.
Prefiere mostrarnos el camino que recorren aquellos panes: primero están en
manos de los discípulos; después pasan a las manos de Jesús; y, finalmente,
vuelven a los discípulos para que ellos mismos los distribuyan entre la
multitud.
La pregunta que
sostiene todo el relato no es solamente cuánto pan había. Es otra: ¿Qué sucede
cuando aquello que tenemos, aunque nos parezca poco, pasa por las manos de
Jesús?
El
desierto saca a la luz
nuestras
verdaderas hambres
La escena ocurre
en un lugar desierto. El desierto recuerda el éxodo. Israel había salido de
Egipto, pero todavía tenía que aprender a vivir como un pueblo libre. En
aquel camino aparecieron el hambre, la sed, el cansancio y el miedo. Salir de
la esclavitud había sido difícil; abandonar una mentalidad de esclavos lo era
todavía más.
El desierto tiene
esa capacidad: Saca a la luz lo que llevamos dentro. También nosotros
conocemos muchos tipos de hambre. No solamente la que se siente en el estómago.
Tenemos hambre de afecto, de amistad, de justicia, de salud, de reconocimiento
y de esperanza.
Hay personas que
tienen la nevera llena, pero no encuentran a nadie con quien compartir la mesa.
Otras no necesitan primero un consejo, sino alguien que se siente a su lado y
las escuche sin prisas.
Jesús ve a aquella
multitud cansada y enferma y siente compasión. Mateo utiliza un verbo que
expresa una conmoción profunda, nacida de las entrañas. El sufrimiento de
aquellas personas no le parece un problema ajeno. Le afecta y lo mueve a
actuar.
Ahí comienza el
mundo nuevo: cuando el dolor del otro deja de ser solamente «su problema» y
empieza a concernirnos también a nosotros.
Los
discípulos quieren despedir;
Jesús
les pide responder
Está cayendo la
tarde. La gente necesita comer. Los discípulos se acercan a Jesús y le
presentan una solución que parece bastante sensata: «Despide a la multitud para que vaya a las aldeas y se
compre comida».
No son personas
crueles. El lugar está apartado, se hace tarde y no tienen alimento suficiente.
Piensan que lo más práctico es que cada uno busque por su cuenta lo que
necesita.
Nosotros
comprendemos bien ese razonamiento. Cuando una necesidad es demasiado grande,
enseguida pensamos: «Yo no puedo arreglarlo todo», «que se ocupen otros»,
«bastante tengo ya con mis propios problemas».
Y es verdad: Nadie
puede solucionar todas las necesidades del mundo. Jesús tampoco les pide eso.
Pero no permite que se desentiendan de las personas que tienen delante: «No hace falta que se vayan; dadles vosotros de comer».
Ellos querían
despedir a la multitud. Jesús les pide que se hagan responsables. La respuesta
de los discípulos es inmediata: «Si aquí no
tenemos más que cinco panes y dos peces».
Ese «no tenemos
más que» revela su forma de mirar. Contemplan la necesidad, contemplan sus
recursos y concluyen que no vale la pena ni intentarlo.
Cinco panes y dos
peces no son vistos como una posibilidad, sino como la prueba de que la
indicación de Jesús es imposible.
«Traédmelos»:
Jesús
encuentra la resistencia de sus discípulos
Entonces el
Maestro pronuncia una orden breve y firme: «Traédmelos».
En el texto griego
encontramos un imperativo directo: Φέρετέ μοι ὧδε αὐτούς (férete moi
hóde autoús). «Traédmelos aquí». «Traédmelos a mí».
No es una
sugerencia ni una invitación formulada con delicadeza. Jesús les ordena que
pongan en sus manos todo cuanto tienen disponible.
¿Por qué emplea un
imperativo tan claro? Porque encuentra oposición en los discípulos. Ellos han
comprendido lo que el Maestro les pide, pero se resisten a seguir sus
indicaciones.
Primero habían
propuesto despedir a la gente. Después, cuando Jesús les manda alimentarla,
responden señalando la escasez de los panes.
Es como si le
dijeran: «Señor, eso que nos pides no puede hacerse. Es demasiado poco para
tanta gente. Y, si lo entregamos, quizá después nos falte también a nosotros».
La dificultad no
está solamente en que haya pocos alimentos. Existe también una resistencia
interior a entregarlos. Los discípulos prefieren conservar el control; saben
cuánto tienen, quieren decidir cómo administrarlo y temen lo que puede suceder
si lo ponen todo en manos de Jesús.
Por eso el Maestro
no entra en una larga discusión. Les dice: «Traédmelos».
Es como si
añadiera: «Dejad de mirar esos panes únicamente desde vuestro miedo.
Ponedlos en mis manos. Permitid que entren en mi manera de comprender la vida».
Seguir a Jesús
exige aquí un acto de confianza. Los discípulos deben entregarle aquello que
consideran insuficiente sin saber todavía qué hará él con ello.
También nosotros
seguimos al Señor con bastante facilidad mientras sus indicaciones coinciden
con nuestros planes. La dificultad aparece cuando nos pide tiempo,
disponibilidad, escucha, bienes o servicio. Entonces surgen las objeciones: «No
tengo bastante», «¿y si después me falta a mí?», «lo que yo pueda hacer no
servirá para nada».
Jesús no nos pide
lo que no tenemos. Jesús nos pide aquello que ya está en nuestras manos y
que nos cuesta confiarle.
Tal vez nuestros
cinco panes sean media hora para escuchar a alguien que lleva demasiado tiempo
solo. Quizá nuestros dos peces sean una capacidad pequeña, una ayuda discreta,
una llamada, una visita o una palabra dicha en el momento oportuno.
Puede parecernos
poco. Para otra persona, sin embargo, puede ser el pan que necesita ese día.
Lo
que entregamos vuelve convertido
en
una misión
Cuando los
discípulos entregan los panes y los peces, comienza a cambiar la escena. El
lugar continúa siendo apartado, pero ya no aparece como un espacio inhóspito. Mateo
menciona ahora la hierba, porque allí donde entra la lógica de Jesús el
desierto comienza a parecerse a un jardín. La gente se recuesta: ya no es
una multitud abandonada que espera unas sobras, sino un grupo de invitados a un
banquete. Y los discípulos, que querían despedirla, empiezan a aprender lo que
significa servir.
Jesús toma los
panes y los peces, levanta los ojos al cielo y pronuncia la bendición. Reconoce
que la vida y sus bienes vienen del Padre. Nosotros no hemos organizado la
fiesta; somos comensales que han recibido.
Después parte el
pan. El pan entero puede quedar retenido en unas pocas manos. El pan partido
puede llegar a muchos.
Finalmente, Jesús
se lo entrega a los discípulos. Aquello que habían puesto en sus manos vuelve
ahora a ellos, pero convertido en una misión.
Antes querían
despedir a la multitud. Ahora son ellos quienes la sirven.
Jesús no solo
transforma los panes. Transforma también a los discípulos.
Los conduce:
·
de
la indiferencia a la responsabilidad;
·
del
cálculo a la confianza;
·
de
la resistencia a la entrega;
·
de
querer despedir a aprender a servir.
Y todos comen
hasta quedar saciados. También se recogen las sobras. En la lógica del
Evangelio no se retiene por miedo, pero tampoco se desperdicia. Todo es don y
merece ser cuidado.
La
Eucaristía nos enseña a vivir entregados
Los gestos de
Jesús —tomar, bendecir, partir y dar— nos conducen a la Eucaristía.
En la última cena,
Jesús tomará el pan y hará de él el signo de toda su existencia: una vida
recibida del Padre, bendecida, partida y entregada por amor.
Cuando comulgamos,
no recibimos solamente un alimento sagrado. Acogemos la forma de vivir de
Jesús.
Comulgar significa
dejar que su manera de mirar se convierta en la nuestra. Significa aprender a
conmovernos, agradecer lo recibido, compartirlo y hacernos servidores.
No tendría sentido
recibir el Pan partido y continuar con el corazón cerrado. La Eucaristía busca
prolongarse en nuestra vida:
·
cuando
ofrecemos tiempo;
·
cuando
escuchamos sin prisas;
·
cuando
compartimos sin humillar;
·
cuando
servimos sin sentirnos superiores;
·
cuando
dejamos de preguntarnos únicamente «¿qué necesito yo?» y comenzamos a
preguntarnos «¿qué necesita mi hermano?».
Al comienzo del
relato, los discípulos creían que el problema era que había demasiada gente y
demasiado poco pan. Al final descubrimos que la verdadera cuestión es otra: ¿Estamos
dispuestos a poner lo poco que somos y tenemos en las manos de Jesús? Hoy el
Maestro vuelve a dirigirnos el mismo imperativo: «Traédmelos».
Traedme vuestro
tiempo, vuestras capacidades, vuestros bienes, vuestra fragilidad y aquello que
consideráis demasiado pequeño.
Mientras lo
retenemos, solamente vemos su insuficiencia. Cuando lo entregamos a Jesús,
comienza a formar parte de su proyecto. Entonces descubrimos que lo poco puede
alimentar, que el discípulo puede aprender a servir y que nuestra vida, unida a
la de Cristo, puede convertirse también en un pan recibido, bendecido, partido
y entregado.
Así, en medio de
nuestros desiertos, empieza a aparecer el banquete del reino de Dios.

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