sábado, 1 de agosto de 2026

Breve Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A — Mt 14, 13-21 «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».

 

Breve Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario,

Ciclo A — Mt 14, 13-21

«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».

Lo poco puede cambiar cuando

pasa por las manos de Jesús

El relato de los panes y los peces nos resulta tan conocido que corremos el riesgo de escucharlo con la conclusión ya aprendida. Había poca comida, Jesús realizó un prodigio, todos comieron y todavía sobraron doce cestos.

Sin embargo, Mateo nos invita a mirar con mayor atención. No explica cómo aumentó el alimento. Prefiere mostrarnos el camino que recorren aquellos panes: primero están en manos de los discípulos; después pasan a las manos de Jesús; y, finalmente, vuelven a los discípulos para que ellos mismos los distribuyan entre la multitud.

La pregunta que sostiene todo el relato no es solamente cuánto pan había. Es otra: ¿Qué sucede cuando aquello que tenemos, aunque nos parezca poco, pasa por las manos de Jesús?

El desierto saca a la luz

nuestras verdaderas hambres

La escena ocurre en un lugar desierto. El desierto recuerda el éxodo. Israel había salido de Egipto, pero todavía tenía que aprender a vivir como un pueblo libre. En aquel camino aparecieron el hambre, la sed, el cansancio y el miedo. Salir de la esclavitud había sido difícil; abandonar una mentalidad de esclavos lo era todavía más.

El desierto tiene esa capacidad: Saca a la luz lo que llevamos dentro. También nosotros conocemos muchos tipos de hambre. No solamente la que se siente en el estómago. Tenemos hambre de afecto, de amistad, de justicia, de salud, de reconocimiento y de esperanza.

Hay personas que tienen la nevera llena, pero no encuentran a nadie con quien compartir la mesa. Otras no necesitan primero un consejo, sino alguien que se siente a su lado y las escuche sin prisas.

Jesús ve a aquella multitud cansada y enferma y siente compasión. Mateo utiliza un verbo que expresa una conmoción profunda, nacida de las entrañas. El sufrimiento de aquellas personas no le parece un problema ajeno. Le afecta y lo mueve a actuar.

Ahí comienza el mundo nuevo: cuando el dolor del otro deja de ser solamente «su problema» y empieza a concernirnos también a nosotros.

Los discípulos quieren despedir;

Jesús les pide responder

Está cayendo la tarde. La gente necesita comer. Los discípulos se acercan a Jesús y le presentan una solución que parece bastante sensata: «Despide a la multitud para que vaya a las aldeas y se compre comida».

No son personas crueles. El lugar está apartado, se hace tarde y no tienen alimento suficiente. Piensan que lo más práctico es que cada uno busque por su cuenta lo que necesita.

Nosotros comprendemos bien ese razonamiento. Cuando una necesidad es demasiado grande, enseguida pensamos: «Yo no puedo arreglarlo todo», «que se ocupen otros», «bastante tengo ya con mis propios problemas».

Y es verdad: Nadie puede solucionar todas las necesidades del mundo. Jesús tampoco les pide eso. Pero no permite que se desentiendan de las personas que tienen delante: «No hace falta que se vayan; dadles vosotros de comer».

Ellos querían despedir a la multitud. Jesús les pide que se hagan responsables. La respuesta de los discípulos es inmediata: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».

Ese «no tenemos más que» revela su forma de mirar. Contemplan la necesidad, contemplan sus recursos y concluyen que no vale la pena ni intentarlo.

Cinco panes y dos peces no son vistos como una posibilidad, sino como la prueba de que la indicación de Jesús es imposible.

«Traédmelos»:

Jesús encuentra la resistencia de sus discípulos

Entonces el Maestro pronuncia una orden breve y firme: «Traédmelos».

En el texto griego encontramos un imperativo directo: Φέρετέ μοι ὧδε αὐτούς (férete moi hóde autoús). «Traédmelos aquí». «Traédmelos a mí».

No es una sugerencia ni una invitación formulada con delicadeza. Jesús les ordena que pongan en sus manos todo cuanto tienen disponible.

¿Por qué emplea un imperativo tan claro? Porque encuentra oposición en los discípulos. Ellos han comprendido lo que el Maestro les pide, pero se resisten a seguir sus indicaciones.

Primero habían propuesto despedir a la gente. Después, cuando Jesús les manda alimentarla, responden señalando la escasez de los panes.

Es como si le dijeran: «Señor, eso que nos pides no puede hacerse. Es demasiado poco para tanta gente. Y, si lo entregamos, quizá después nos falte también a nosotros».

La dificultad no está solamente en que haya pocos alimentos. Existe también una resistencia interior a entregarlos. Los discípulos prefieren conservar el control; saben cuánto tienen, quieren decidir cómo administrarlo y temen lo que puede suceder si lo ponen todo en manos de Jesús.

Por eso el Maestro no entra en una larga discusión. Les dice: «Traédmelos».

Es como si añadiera: «Dejad de mirar esos panes únicamente desde vuestro miedo. Ponedlos en mis manos. Permitid que entren en mi manera de comprender la vida».

Seguir a Jesús exige aquí un acto de confianza. Los discípulos deben entregarle aquello que consideran insuficiente sin saber todavía qué hará él con ello.

También nosotros seguimos al Señor con bastante facilidad mientras sus indicaciones coinciden con nuestros planes. La dificultad aparece cuando nos pide tiempo, disponibilidad, escucha, bienes o servicio. Entonces surgen las objeciones: «No tengo bastante», «¿y si después me falta a mí?», «lo que yo pueda hacer no servirá para nada».

Jesús no nos pide lo que no tenemos. Jesús nos pide aquello que ya está en nuestras manos y que nos cuesta confiarle.

Tal vez nuestros cinco panes sean media hora para escuchar a alguien que lleva demasiado tiempo solo. Quizá nuestros dos peces sean una capacidad pequeña, una ayuda discreta, una llamada, una visita o una palabra dicha en el momento oportuno.

Puede parecernos poco. Para otra persona, sin embargo, puede ser el pan que necesita ese día.

Lo que entregamos vuelve convertido

en una misión

Cuando los discípulos entregan los panes y los peces, comienza a cambiar la escena. El lugar continúa siendo apartado, pero ya no aparece como un espacio inhóspito. Mateo menciona ahora la hierba, porque allí donde entra la lógica de Jesús el desierto comienza a parecerse a un jardín. La gente se recuesta: ya no es una multitud abandonada que espera unas sobras, sino un grupo de invitados a un banquete. Y los discípulos, que querían despedirla, empiezan a aprender lo que significa servir.

Jesús toma los panes y los peces, levanta los ojos al cielo y pronuncia la bendición. Reconoce que la vida y sus bienes vienen del Padre. Nosotros no hemos organizado la fiesta; somos comensales que han recibido.

Después parte el pan. El pan entero puede quedar retenido en unas pocas manos. El pan partido puede llegar a muchos.

Finalmente, Jesús se lo entrega a los discípulos. Aquello que habían puesto en sus manos vuelve ahora a ellos, pero convertido en una misión.

Antes querían despedir a la multitud. Ahora son ellos quienes la sirven.

Jesús no solo transforma los panes. Transforma también a los discípulos.

Los conduce:

·         de la indiferencia a la responsabilidad;

·         del cálculo a la confianza;

·         de la resistencia a la entrega;

·         de querer despedir a aprender a servir.

Y todos comen hasta quedar saciados. También se recogen las sobras. En la lógica del Evangelio no se retiene por miedo, pero tampoco se desperdicia. Todo es don y merece ser cuidado.

La Eucaristía nos enseña a vivir entregados

Los gestos de Jesús —tomar, bendecir, partir y dar— nos conducen a la Eucaristía.

En la última cena, Jesús tomará el pan y hará de él el signo de toda su existencia: una vida recibida del Padre, bendecida, partida y entregada por amor.

Cuando comulgamos, no recibimos solamente un alimento sagrado. Acogemos la forma de vivir de Jesús.

Comulgar significa dejar que su manera de mirar se convierta en la nuestra. Significa aprender a conmovernos, agradecer lo recibido, compartirlo y hacernos servidores.

No tendría sentido recibir el Pan partido y continuar con el corazón cerrado. La Eucaristía busca prolongarse en nuestra vida:

·         cuando ofrecemos tiempo;

·         cuando escuchamos sin prisas;

·         cuando compartimos sin humillar;

·         cuando servimos sin sentirnos superiores;

·         cuando dejamos de preguntarnos únicamente «¿qué necesito yo?» y comenzamos a preguntarnos «¿qué necesita mi hermano?».

Al comienzo del relato, los discípulos creían que el problema era que había demasiada gente y demasiado poco pan. Al final descubrimos que la verdadera cuestión es otra: ¿Estamos dispuestos a poner lo poco que somos y tenemos en las manos de Jesús? Hoy el Maestro vuelve a dirigirnos el mismo imperativo: «Traédmelos».

Traedme vuestro tiempo, vuestras capacidades, vuestros bienes, vuestra fragilidad y aquello que consideráis demasiado pequeño.

Mientras lo retenemos, solamente vemos su insuficiencia. Cuando lo entregamos a Jesús, comienza a formar parte de su proyecto. Entonces descubrimos que lo poco puede alimentar, que el discípulo puede aprender a servir y que nuestra vida, unida a la de Cristo, puede convertirse también en un pan recibido, bendecido, partido y entregado.

Así, en medio de nuestros desiertos, empieza a aparecer el banquete del reino de Dios.


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