Homilía
del Jueves Santo
Jn 13, 1-15 «Se levanta de la cena, se quita el manto
y, tomando una
toalla, se la ciñe»
Cuando una persona
siente cercana la muerte, nace en ella una necesidad muy honda y casi
instintiva: tener a su lado a quienes ama. Quiere confiar a aquellos que
han caminado más de cerca con ella lo que lleva más dentro del corazón.
Hoy, por
desgracia, se está volviendo casi normal que la vida no termine en casa, sino
en un hospital, muchas veces en una soledad estremecedora. Y así ya no
asistimos a lo que antes, sobre todo entre los creyentes, era una verdadera
liturgia familiar de la despedida, del adiós a la persona querida.
Las últimas palabras no se olvidan.
Muchas veces,
antes de morir, los padres llamaban a sus hijos junto a la cama. Les dirigían
las últimas recomendaciones, los últimos consejos, las últimas expresiones de
amor. Y aquellas palabras eran como su testamento: debían quedar grabadas para
siempre en la mente y en el corazón de los hijos.
La
fe también se transmite en la hora del adiós.
No es una escena
extraña a la Biblia: cuando se acerca la muerte, el padre reúne a los suyos
y entrega lo más importante. Jacob, sintiendo cercana su partida, manda
llamar a sus hijos para decirles una última palabra que no es solo afecto, sino
orientación para la vida: «Reuníos y escuchad a vuestro padre» (cfr. Gn
49, 1-2). Y ese mismo clima reaparece cuando, desde el lecho, bendice a los
hijos de José y prepara su despedida (cfr. Gn 47, 29-31; 48, 1-22). Son
palabras de umbral: no nacen de la prisa, sino de la verdad; no buscan
impresionar, sino quedar grabadas en el corazón.
También Tobit,
cuando presiente el final, llama a su hijo y le deja una herencia que vale más
que cualquier bien material: temor de Dios, rectitud, misericordia, fidelidad,
memoria agradecida (cfr. Tb 4, 1-21; 14, 3-11). David hace lo mismo con Salomón
cuando se acercan sus últimos días: no le deja simplemente un reino, sino una
responsabilidad delante del Señor (cfr. 1 Re 2, 1-4). Y Matatías, antes de
morir, reúne a sus hijos para confirmarles en la fidelidad en medio de un
tiempo difícil (cfr. 1 Mac 2, 49-70).
Antes
de morir, se dice lo que de verdad importa.
Por eso, cuando en
la Escritura un padre llama a sus hijos en la hora del adiós, no estamos ante
un detalle sentimental, sino ante un verdadero testamento espiritual. Son
palabras que condensan una vida, recogen una fe y señalan un camino. No se
trata solo de “últimos consejos”, sino de una entrega de lo esencial: cómo
vivir, en quién confiar, qué no traicionar, qué merece permanecer cuando todo
lo demás pasa. Y quizá también nosotros podemos preguntarnos: si tuviéramos
que dejar una sola palabra a quienes amamos, ¿cuál brotaría de nuestro corazón?
En otro tiempo,
también a muchos niños se los llevaba junto al lecho de los abuelos. Hoy ya no;
tenemos miedo de traumatizarlos. Yo sí escuché esas recomendaciones: “Quereos
mucho, no discutáis nunca entre hermanos, sed honrados, leales con todos, no
hagáis daño a nadie”.
Pues bien, la
Biblia conserva algunas de estas despedidas que son verdaderos testamentos.
Jacob, por ejemplo, en Egipto, cuando siente que se acerca el día de su
partida, convoca a sus hijos y les dice: «Reuníos, porque quiero hablaros.
Quiero deciros cómo debe ser vuestra vida. Escuchad las palabras de vuestro
padre».
Antes de partir,
se entrega lo esencial.
Moisés, en el
monte Nebo, antes de morir, dirige un largo discurso al pueblo. Y lo mismo
hacen Josué y Samuel: reúnen al pueblo, recuerdan lo que ellos han hecho, la
misión que han cumplido, y exhortan a permanecer fieles al Señor.
También en el
Nuevo Testamento encontramos estos discursos de despedida. En los Hechos de los
Apóstoles se nos transmite el conmovedor discurso que Pablo dirige a los
ancianos, a los presbíteros de Éfeso, a quienes había reunido en Mileto. Era su
testamento (cfr. Hch 20).
Existe también una
obra rabínica que Jesús conoció, porque fue escrita dos siglos antes de él: el
Testamento de los doce patriarcas. Estamos, por tanto, ante un género
literario bien conocido.
El evangelio nos deja
el corazón de Jesús.
¿Por qué he hecho
esta introducción? Porque Juan dedica nada menos que cinco capítulos de su
evangelio al discurso que Jesús dirige a los discípulos durante la última cena.
Un cuarto de todo su evangelio está dedicado al testamento que Jesús nos dejó
(cfr. Jn 13-17).
Es el modo en que
el evangelista ha querido dar el máximo valor a las palabras pronunciadas por
Jesús. Nos las presenta como su testamento, para todos nosotros. Y es
que las últimas palabras de una persona querida, pronunciadas antes de morir,
son palabras sagradas. Ningún hijo se atrevería a despreciar lo que su padre le
ha pedido en el lecho de muerte.
Ésa es la íntima
conmoción con la que Juan quiere que leamos estos capítulos de su evangelio:
del 13 al 17. Porque son el testamento de Jesús.
Antes de hablar,
Jesús se arrodilla.
Juan no empieza
presentándonos enseguida las palabras de este testamento. Las introduce con
una escena que todos conocemos muy bien; Jesús lavando los pies a sus
discípulos. Y el evangelista concede a esta escena una importancia máxima. Se
nota ya en el modo solemne con que la introduce.
La hora de Jesús revela
el verdadero rostro de Dios.
«Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había
llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando; ya el diablo
había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención
de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había
puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la
cena».
Juan nos dice que
Jesús es consciente de que ha llegado su hora, la hora de pasar de este mundo
al Padre. Esta expresión, «su hora»,
vuelve varias veces en el cuarto evangelio.
La hora de Jesús no es un accidente:
es una revelación.
En san Juan, “la
hora” de Jesús no indica simplemente el momento de morir, sino el
cumplimiento de toda su misión. Al comienzo, en Caná, Jesús dice: «Todavía
no ha llegado mi hora» (cfr. Jn 2, 4). Más adelante, cuando intentan
detenerlo, el evangelista repite dos veces que no pueden hacerlo porque «todavía
no había llegado su hora» (cfr. Jn 7, 30; 8, 20). Es decir, la vida de
Jesús no queda en manos del azar ni de la violencia de los hombres: camina
hacia una hora precisa, querida y asumida, en la que se manifestará plenamente quién
es Él y quién es Dios.
Y cuando esa hora
llega, Juan lo dice con solemnidad: «Ha llegado la hora de que sea
glorificado el Hijo del hombre» (cfr. Jn 12, 23). Pero, enseguida, Jesús
añade: «¿Y qué voy a decir? Padre, líbrame de esta hora. ¡Si para esta hora
he venido!» (cfr. Jn 12, 27). Por eso, al comenzar la última cena, el
evangelista escribe que Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este
mundo al Padre (cfr. Jn 13, 1), y en la oración final dirá: «Padre, ha
llegado la hora» (cfr. Jn 17, 1). En el cuarto evangelio, por tanto, la
“hora” de Jesús es la hora de la cruz, sí, pero contemplada como gloria: la
hora en la que el amor llega hasta el extremo y queda revelado, de una vez para
siempre, que el verdadero rostro de Dios es amor. Quiere decir que ha
llegado el momento en que, con sus palabras y con toda su vida, va a revelar
al mundo el verdadero rostro de Dios: un Dios que es amor y solo amor.
Por eso dirá
también que, para entrar en relación con Él, ya no hacen falta purificaciones
obsesivas ni angustiosas, porque Dios ama de manera gratuita e incondicional
incluso a quien se siente impuro. Para Dios, ningún ser humano es inmundo. Y
esto, para escribas y fariseos, era la herejía más escandalosa.
Más adelante, esa
“hora” que resonó por primera vez en Caná vuelve a aparecer una y otra vez en
Juan, como algo que se va acercando. Y cuando Jesús está llegando al final de
su vida, el evangelista dice que ha llegado la hora en que el Hijo del hombre
será glorificado.
¿Y cuál es esa hora en la que el Hijo del
hombre, Jesús de Nazaret, manifestará plenamente toda la gloria de Dios? No es
la hora de los milagros ni de los prodigios. La gloria de Dios no consiste en
deslumbrarnos, sino en hacernos comprender hasta qué punto nos ama. Y
eso sucederá en el Calvario, donde quedarán desmentidas todas las imágenes con
las que nosotros, los hombres, hemos deformado el rostro de Dios.
Toda la vida de Jesús puede resumirse
en una sola palabra: amor.
Después de
decirnos que ha llegado su hora, Juan resume toda la vida de Jesús con un solo
verbo: amar. Toda la existencia de Jesús ha sido amor, y nada más que amor.
Él debía dar testimonio del verdadero rostro de Dios, que es amor. Por eso dice
el evangelista: después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, los
amó hasta el extremo.
Es importante el
verbo griego que aparece aquí: ἀγαπᾶν (agapân). En la antigüedad apenas
se empleaba, quizá solo una docena de veces. En el Nuevo Testamento, en cambio,
este verbo llega a convertirse en la definición misma de la identidad de
Dios: Dios ama, y ama solamente.
Hay varios verbos
griegos para decir “amar”. El verbo ἐρᾶν (erân) expresa la búsqueda de
lo que nos completa: es el eros. Luego está el verbo φιλεῖν (phileîn),
que indica el amor de amistad, el amor que espera correspondencia. En cambio, ἀγαπᾶν
(agapân) es el amor que no espera nada a cambio; ama porque quiere que
la otra persona esté colmada de vida, porque la quiere feliz, sin exigir
retorno.
No hubo un solo momento
en que Jesús dejara de amar.
Y ésa ha sido toda
la vida de Jesús: amor gratuito, amor sin cálculo, amor entregado del todo. Porque así es el
amor de Dios. Y Juan añade que los amó «los
amó hasta el extremo». En griego aparece la expresión «εἰς τέλος»
(eis télos), no solo significa “hasta el final del tiempo” o “hasta
el último momento”, sino también hasta la plenitud máxima del amor,
hasta donde ya no se puede amar más. No hubo un solo
momento en que Jesús dejara de amar. Pero también puede significar
hasta el punto máximo, hasta el extremo más alto al que puede llegar el
amor. Y más allá de la entrega de la propia vida ya no se puede ir. No
se puede amar más.
Jesús se arrodilla también
ante quien lo traiciona.
Y todo esto sucede
durante una cena, cuando el diablo ya había puesto en el corazón de Judas la
decisión de entregarlo. En el evangelio de Juan, Judas es la imagen del que
se deja mover no por el Espíritu de Cristo, sino por la carne, por la lógica
del mundo. No acepta la lógica del amor gratuito que Jesús encarna.
Juan quiere
ponernos en guardia. Nos está diciendo que también un discípulo puede llegar
a convertirse en una marioneta movida por el maligno. Y quizá aquí conviene
que no miremos demasiado deprisa a Judas, como si fuese “el otro”, porque el
evangelio suele tener la delicadeza —o la incomodidad— de ponernos un espejo
delante.
¿Por qué recuerda
Juan precisamente aquí la presencia de Judas? Para decirnos que Jesús, como
veremos enseguida, se arrodilla y lava los pies también al discípulo que se ha
dejado arrastrar por el mal. Es Dios quien lava los pies incluso al
discípulo que se ha alejado de Él y se ha convertido en su enemigo.
Cuando Jesús sabe quién es,
ama hasta el extremo.
Y añade Juan «y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus
manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena»;
realiza ahora el gesto supremo de su misión. Jesús ha llevado a término su
camino, y está a punto de dar testimonio de lo máximo que puede dar el amor.
Después de una
introducción tan solemne, nosotros esperaríamos quizá otra cosa. Tal vez
pensaríamos que el evangelista va a narrar de inmediato la institución de la
Eucaristía, que nos dirá que Jesús tomó el pan... Pero Juan nos sorprende. Y, a
veces, el Evangelio hace justamente eso: cuando nosotros esperamos un gesto
grandioso, Jesús se pone de rodillas.
Juan nos obliga a mirar despacio.
«se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una
toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies
a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido».
Habríamos notado
enseguida la lentitud con que el evangelista narra la escena. Y no es
casual. Juan quiere obligarnos, por decirlo así, a mirar despacio. Cada
gesto de Jesús está cargado de sentido. Nada sobra, nada es decorativo,
nada puede pasar de largo. Todo debe quedar grabado para siempre en la memoria
de los discípulos de todos los tiempos.
Recostados como libres,
no de pie como esclavos.
Conviene hacer
aquí una precisión importante. La primera Pascua, la del Éxodo, no se comió
recostados, sino en actitud de salida: con la cintura ceñida, las sandalias
puestas y el bastón en la mano, comiendo deprisa (cfr. Ex 12, 11). Es la cena
del que todavía está escapando, del que aún lleva el miedo pegado al cuerpo.
Pero, cuando Israel vuelve a celebrar litúrgicamente esa liberación, la
tradición pascual judía introduce otro gesto: comer reclinados. La Mishná
llega a decir que incluso el más pobre de Israel no debe comer esa noche sin
recostarse, porque esa postura expresa la dignidad del hombre libre.
El cuerpo también proclama la redención.
No era, por tanto,
un detalle de comodidad ni una simple costumbre de mesa. Era una catequesis
corporal. El esclavo come deprisa, de pie, pendiente de órdenes; el
hombre libre, en cambio, se reclina en la mesa del banquete. Por eso la
tradición judía vio en este gesto un signo visible de la liberación: esa noche
Israel no sólo recuerda que salió de Egipto, sino que lo representa con su
propio cuerpo. Maimónides —el gran maestro judío medieval nacido en Córdoba,
conocido en la tradición hebrea como רמב״ם (Rambám)— explica que, en
la cena pascual, cada uno debe considerarse como si él mismo hubiera salido de
Egipto; por eso se come recostado, en la postura propia del hombre libre.
Y precisamente ahí Jesús realiza
el gesto más desconcertante.
Por eso, en el
marco de una cena pascual o, al menos, de una cena solemnemente pascual, el
hecho de que Jesús esté recostado a la mesa con los suyos no es un detalle sin
importancia: indica el clima del banquete de los redimidos, la mesa de los
hombres libres. Y, sin embargo, justamente desde esa posición, Jesús se
levanta, se quita las vestiduras y toma la condición del siervo. Ahí está
la paradoja del Evangelio: el que está a la mesa como Señor se pone de
rodillas como esclavo. El verdaderamente libre no es el que domina, sino el
que ama hasta servir. Y quizá ésa sea también nuestra conversión: dejar de
entender la libertad como poder sobre otros y empezar a vivirla como capacidad
de entregarnos por amor.
La escena se
desarrolla a través de ocho verbos. Conviene contemplarlos uno por uno, sin
prisa.
Los cuatro verbos de la escena
1.- Se levanta
El primero es
éste: «se levanta de la cena».
Estaba recostado con los discípulos; la cena ya había comenzado. Y, de repente,
se levanta. Podemos imaginar la sorpresa de los discípulos: “¿Adónde va?
¿Qué va a hacer?”. Nosotros ya conocemos el gesto. Va a lavarles los pies.
Jesús se levanta
para dejar el puesto del señor y tomar el puesto del siervo. No es un detalle
sin importancia. Estaba recostado a la mesa, en la postura del hombre libre,
del comensal, del que ocupa su lugar en el banquete. Y, sin embargo, se
levanta. Ahí comienza ya el escándalo del Evangelio. Porque Jesús no se levanta
para reclamar atención, ni para ponerse por encima de nadie, sino para bajar,
para ceñirse la toalla y lavar los pies. Es como si Juan quisiera decirnos: el
amor verdadero no permanece cómodamente sentado; el amor se pone en pie cuando
ve la necesidad del otro.
Y ahí se nos
revela también el corazón mismo de Dios. Nosotros imaginaríamos quizá a un Dios
que permanece en su sitio, servido, honrado, inaccesible. Jesús, en cambio, se
levanta de la mesa para mostrarnos que la grandeza de Dios no consiste en
quedarse arriba, sino en inclinarse. No empieza el lavatorio cuando toca el
agua, sino cuando abandona el lugar del honor. En ese momento Jesús ya está
predicando: el Señor es aquel que se levanta para servir. Y quizá ahí se nos
abre una pregunta muy concreta: en casa, en la comunidad, en la Iglesia,
¿esperamos que nos sirvan, o sabemos levantarnos nosotros para amar?
No
es un rito de limpieza:
es
una revelación.
Lavarse los pies
era algo normal, pero se hacía antes de la cena. Al entrar en la
casa, después de haber caminado por calles polvorientas, uno se lavaba los pies
antes de sentarse a la mesa. Aquí, en cambio, Jesús lava los pies a sus
discípulos no antes, sino durante la cena. Por tanto, ese gesto no puede
tener sólo un valor práctico. Jesús quiere darle un significado nuevo. No se
trata simplemente de quitar el polvo de los pies. Es un gesto profético. Los
discípulos perciben que Jesús está diciendo algo con las manos, que está
hablando con el cuerpo, que está dejando un mensaje que ellos tendrán que
comprender.
Los cuatro verbos de la escena
2.- Se quita las vestiduras
El segundo verbo
es todavía más impactante: se quitó las vestiduras. Vale la pena
detenerse en este detalle. En aquella época se llevaba, en primer lugar, una
prenda interior, el περίζωμα (perízoma), algo así como el
taparrabos; sobre ella, la túnica; y, por encima de todo, el manto. En griego
lo expresa de este modo: «ἐγείρεται ἐκ τοῦ δείπνου καὶ τίθησιν τὰ ἱμάτια».
El texto no dice simplemente que Jesús se quitó el manto. En griego,
“manto” es ἱμάτιον (himátion).
Aquí se dice que
depuso τὰ ἱμάτια (ta himátia), es decir, las vestiduras. Jesús
se queda, por tanto, con el περίζωμα (perízoma), que era la indumentaria propia
del esclavo.
Jesús
no se limita a quitarse unas prendas:
depone
sus vestiduras.
Juan escoge con
cuidado el verbo: no dice simplemente que Jesús se desvistió, sino que τίθησιν
τὰ ἱμάτια (títhēsin ta himátia), es decir, “deja a un lado”,
“deposita”, “depone” sus vestiduras. Es un gesto querido, consciente, casi
solemne. Jesús aparta de sí todo signo de rango, de distancia, de honor, para
revelarnos algo decisivo: el verdadero Dios no se aferra a su puesto, no
necesita proteger su dignidad, no se presenta cubierto de poder, sino revestido
de servicio.
Y
aquí el evangelista deja asomar
ya
el misterio de la Pascua.
Porque en este
mismo evangelio Jesús dice: τίθημι τὴν ψυχήν μου (títhēmi tēn psychēn
mou), “yo entrego mi vida”, “yo la depongo”, “yo la doy”, para luego λάβω
(lábō), “volver a tomarla” (cfr. Jn 10, 17). Y en el lavatorio sucede
algo muy parecido: primero Jesús depone las vestiduras, y al final vuelve
a tomarlas. Como si Juan quisiera decirnos que, antes incluso de llegar a
la cruz, Jesús ya está hablando con los gestos: deja a un lado sus
vestiduras como después entregará su propia vida, y las retoma como anticipando
ya la victoria pascual. Por eso el lavatorio no es solo una lección de
humildad; es una revelación del amor de Cristo, que se abaja libremente y,
precisamente así, manifiesta su gloria.
Y aquí Juan quiere
que nos escandalicemos un poco. Porque Jesús se quita de encima todas las
imágenes falsas de Dios. Le arranca a Dios, por así decirlo, los ropajes
que nosotros le hemos ido poniendo: las coronas, los ornamentos, los signos del
poder, el brillo que fascina, pero no salva. Y lo que queda es esto: el vestido
del esclavo.
El
vestido de Dios es el servicio.
Si Jesús se quita
las vestiduras, no es para rebajarse sin más, sino para revelarnos quién es
Dios. Dios se presenta así. No como el amo que exige, sino como el que
sirve. No como el señor rodeado de honores, sino como el que se inclina. Y esto
resulta escandaloso, porque nosotros seguimos soñando con un dios fuerte según
nuestros criterios, un dios que domine, imponga, castigue, ponga a todos en
fila. Jesús, en cambio, desmiente esa caricatura. Nos dice: “Miradme bien.
Así es Dios”.
Los otros dioses
son dioses a los que hay que servir. El Dios revelado por Jesús no entra en esa
lógica. Él no quiere ser servido. Él quiere servir. Y no conviene suavizar
demasiado este gesto, porque el evangelio no lo suaviza. La identidad de Dios
se está manifestando aquí, precisamente aquí, en un hombre arrodillado, ceñido
con el vestido del esclavo.
Ese
vestido también es el del esposo.
Por eso este
vestido es también el del esposo. Así se presenta el Esposo en el banquete.
Y la Eucaristía es precisamente eso: el encuentro nupcial con Él. Ahora bien,
si el Esposo viene revestido con el περίζωμα (perízoma), el paño ceñido
a la cintura, la prenda propia del siervo, del esclavo; ¿con qué vestido debe
presentarse la esposa, que es la comunidad cristiana? Con el mismo. No hay
otro vestido digno para entrar en esta sala: el vestido del servicio.
En la comunidad
cristiana entran quienes están dispuestos a llevar este traje. Quien no lo
acepta, en el fondo permanece fuera, aunque físicamente esté dentro. Porque
fuera está la otra lógica: la de la competición, la envidia, la rivalidad, el
dominio de unos sobre otros. Ése es el mundo viejo. Allí hay llanto y rechinar
de dientes. En la sala del banquete, en cambio, rige una lógica nueva: la del
amor que sirve.
Y entonces la pregunta se vuelve inevitable. Cuando nos acercamos a la Eucaristía, ¿traemos este vestido? ¿Estamos dispuestos a revestirnos de este modo de ser? ¿Nos inclinamos ante la necesidad del hermano? ¿Nos dejamos interrumpir por el dolor ajeno? ¿O seguimos vistiendo por dentro el traje del orgullo, del cálculo, de la autosuficiencia? Porque, si falta este vestido, falta el rasgo mismo de Cristo.
Los cuatro verbos de la escena
3.- Tomó un paño y se lo ciñó
Luego viene el
tercer verbo: tomó un paño y se lo ciñó. También esto es importante. El
delantal no es un detalle pintoresco. Es un signo. Todo en Jesús remite al
servicio. El περίζωμα (perízoma), como vestido del esclavo; el paño
ceñido, como distintivo del servidor. La desnudez de Cristo queda cubierta
sólo por el servicio.
Y hay aquí un
detalle precioso: al final del relato se dirá que Jesús vuelve a tomar sus
vestiduras, pero no se subraya que se quite el paño. Como si Juan quisiera
decirnos que ése ya no se lo quita nunca. Ésa es la verdadera vestidura de
Dios. No hay en Él otros adornos. Las coronas de oro se las hemos inventado
nosotros. El único ornamento de Dios es el amor que sirve.
Los cuatro verbos de la escena
4.- Echa agua en la jofaina,
lava los pies y seca los pies
Lavar los pies es
amor que se inclina. Jesús
sigue realizando sus gestos lentamente, con una intención muy clara: que queden
impresos en el corazón. Derrama agua en la jofaina y comienza a lavar los pies
de los discípulos. Y luego se los seca con el paño con que estaba ceñido. Todo
habla. Todo enseña. Todo corrige nuestras imágenes torcidas de Dios.
Lavar los pies
era, en primer lugar, un gesto tradicional de acogida. En la primera
carta a Timoteo, cuando se habla de las viudas ejemplares dentro de la
comunidad, se dice que debían haber practicado la hospitalidad, lavado los pies
a los santos, socorrido a los afligidos y ejercitado toda clase de obras buenas
(cfr. 1 Tim 5, 9-10). Éste es, pues, un primer sentido del gesto: atención,
acogida, cuidado, amor concreto.
Pero también
podía ser un gesto servil, humillante. De hecho, algunos rabinos enseñaban
que un esclavo judío no debía lavar los pies a su señor, porque era una
tarea demasiado degradante. Y, sin embargo, el evangelio no retrocede ante
esa humillación. Jesús no la evita. La asume.
Y todavía hay
un tercer matiz: no siempre era un gesto servil. Dependía de la relación. Podía
ser también un gesto de ternura por parte de la esposa, o un signo de amor y
reverencia de los hijos hacia su padre. Por tanto, en el gesto de Jesús
confluyen todos estos significados: hay servicio, sí; pero también hay
delicadeza, hay cercanía, hay afecto, hay amor que no se impone y, sin embargo,
toca lo más hondo.
No es un gesto
frío. No es una lección escenificada. Es la traducción visible de toda su vida.
Jesús no ama desde arriba. Ama inclinándose.
Ahora seremos
testigos de cómo reacciona Pedro ante lo que Jesús está haciendo. Porque Pedro
ha entendido muy bien que aquí no está en juego una norma de cortesía, sino una
manera completamente nueva de comprender a Dios, al hombre y a la comunidad.
Pedro se escandaliza porque
Jesús rompe la lógica del honor.
«Llegó a Simón Pedro, y este le dice: «Señor, ¿lavarme los
pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora,
pero lo comprenderás más tarde».
Pedro queda
sorprendido, incluso desconcertado, ante lo que Jesús está haciendo. Porque Jesús
está echando por tierra unos criterios que todos consideran razonables,
sensatos, correctos. Son los criterios que él y los demás discípulos han
heredado de su cultura. Desde pequeños les han enseñado que el que es grande
debe ser servido, debe ocupar los primeros puestos en la sinagoga, debe recibir
los lugares de honor cuando se le invita a la mesa. Las jerarquías tenían
que respetarse siempre: en los viajes en caravana, en las reuniones públicas,
en cualquier circunstancia. Había que estar atentos a una cosa: a quién
correspondía el mayor honor.
También el sabio
Qohélet קֹהֶלֶת (Eclesiastés) había percibido esta pulsión que habita en el
corazón humano. Decía que tantos esfuerzos, tantas habilidades, tanto afán,
nacen muchas veces de la rivalidad entre unos y otros; y concluía con lucidez:
también esto es vanidad, también esto es correr detrás del viento (cfr. Qo 4,
4).
La grandeza que admiramos
no siempre es la que Dios admira.
Y en esta carrera
por decidir quién debía estar por encima de los demás, acabó entrando también
el Dios de Israel. A las divinidades orientales —griegas, egipcias,
mesopotámicas— se les atribuía invariablemente el título de “grande”. Los
egipcios hablaban del gran Amón-Ra; otros pueblos proclamaban la grandeza de
sus dioses; los babilonios decían: grande es Marduk. Y también Moisés asegura a
Israel: «El Señor, vuestro Dios, es el Dios de los dioses y el Señor de los
señores, el Dios grande, fuerte y terrible» (cfr. Dt 10, 17). Y así, los
israelitas podían decir con orgullo: el Dios más grande es el nuestro.
En los últimos
siglos antes de Cristo, estas afirmaciones sobre la grandeza de Dios se habían
multiplicado todavía más. En el libro de Ester, Dios es llamado como el
Altísimo, el grandísimo (cfr. Est 16, 16). Y en el libro de Judit se canta al
Señor como “grande y glorioso, admirable en su fuerza, invencible” (cfr.
Jdt 16, 13). Todo eso es verdad. Pero la pregunta decisiva es otra: ¿de qué
grandeza estamos hablando? ¿De la grandeza que los hombres admiran? ¿De
aquello de lo que los hombres se glorían? Porque muchas veces lo que para
nosotros es gloria, para Dios no pasa de ser vanagloria.
En Jesús aparece la verdadera grandeza de Dios.
En Jesús se ha
hecho visible la grandeza infinita de Dios, pero no según nuestras medidas,
sino según las suyas: la grandeza del que se hace servidor. Si en el
documento de identidad de Dios hubiera un apartado que dijera “profesión”, ahí
estaría escrito: servidor. Y junto a esa palabra aparecería también su
fotografía: Jesús ceñido con el περίζωμα (perízoma), el vestido del
esclavo. Éste es nuestro Dios.
Por eso no debe extrañarnos que Pedro tenga dificultad para aceptar esta novedad. Este rostro de Dios desmonta todas sus expectativas, derriba sus sueños de grandeza, hace saltar por los aires sus esperanzas de gloria humana. Y conviene que estemos atentos, porque hay un Pedro dentro de cada uno de nosotros.
Hay un Pedro en nosotros
cuando no aceptamos un Dios que sirve.
Ese Pedro aparece
en nosotros cuando, ante el misterio de un Dios que ama hasta hacerse siervo
del hombre, nos resistimos. No lo aceptamos del todo. No nos gusta demasiado. Porque
intuimos enseguida la consecuencia: si ésa es la verdadera grandeza de Dios,
también nosotros, para entrar en esa grandeza, tendremos que hacernos
servidores. Y eso ya no nos entusiasma tanto.
Decidámonos,
entonces, a borrar para siempre el dios que nos hemos inventado. Porque ese
dios fabricado a nuestra medida —el dios de la competencia, del poder, de la
imposición— es, en el fondo, un dios diabólico. Es ese falso dios el que nos
empuja a competir, a hacernos daño, incluso a hacernos la guerra.
Jesús no aplasta a Pedro:
lo educa con paciencia.
Y, en este punto,
conmueve la paciencia de Jesús. Le dice a Pedro: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más
tarde». Jesús está curando a Pedro poco a poco, porque sabe
que ésta es una cura difícil. No pretende que lo entienda todo de golpe. No
lo humilla por no comprender. No le exige una iluminación instantánea. Le dice,
sencillamente: “Confía. Poco a poco irás entrando en este misterio del amor
infinito de Dios”.
Atendamos ahora la
reacción de Pedro. ¿Habrá entendido o no? ¿Aceptará este rostro nuevo de Dios o
lo rechazará?
Nos cuesta servir
porque también nos cuesta necesitar.
«Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le
contestó:
«Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Simón Pedro le dice:
«Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dice:
«Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está
limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos». Porque sabía quién
lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
Pedro responde
sobresaltado: «No me lavarás los pies jamás».
Era una reacción previsible, porque está demasiado arraigada en el corazón
humano esa pulsión que nos empuja a dominar y no a servir.
Y, sin embargo,
nosotros estamos bien hechos. Estamos hechos de tal manera que necesitamos
amar, porque no somos autosuficientes. Hemos recibido muchos dones de Dios, sí,
pero no nos bastan para vivir. Necesitamos que los hermanos nos entreguen
esos dones que Dios ha puesto en sus manos para nuestra vida. Y, a la vez,
también ellos necesitan los dones que Dios ha puesto en las nuestras. Es en
este intercambio de dones donde se realiza el amor: el hermano tiene algo que
yo necesito, y yo tengo algo que él necesita. Es hermoso el proyecto de Dios
sobre el ser humano: estamos, de algún modo, obligados a amar.
Nos cuesta servir,
pero también nos cuesta dejarnos amar.
Aquí está una de
nuestras resistencias más hondas. Nos cuesta servir, sí, pero también nos
cuesta dejarnos servir. Porque dejarnos servir significa reconocer que
necesitamos a los demás, que no nos bastamos a nosotros mismos. Y Pedro
no acepta entrar en esta dinámica del amor.
La lógica del
mundo no es la del intercambio del don, sino la del mercado. Veo que el
hermano necesita los dones que yo tengo, pero los considero míos; entonces
entra en juego la lógica del precio. Los vendo, y pongo el valor según la
necesidad del otro. Y así, el rico será cada vez más rico, y el pobre seguirá
siendo pobre. Ése es el pecado: rechazar la lógica del amor que Dios ha
querido.
Juan, aquella
noche en el cenáculo, pensaba exactamente como Pedro. Sólo muchos años después
podrá escribir en su primera carta: “Queridos, si Dios nos amó de esta
manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (cfr. 1 Jn 4, 11).
Por fin había entrado en su mente y en su corazón la lógica que recibió de
Jesús de Nazaret aquella noche.
Y continúa en esa
misma carta: “En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por
nosotros; también nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (cfr. 1 Jn
3, 16). Luego añade un ejemplo muy concreto: si uno tiene bienes de este mundo
—dones recibidos de Dios— y ve a su hermano en necesidad, pero le cierra el
corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? (cfr. 1 Jn 3, 17).
El pecado comienza cuando cerramos el corazón.
Ahí está el
bloqueo del amor. Ahí está el pecado: en el repliegue sobre nosotros mismos,
en el egoísmo que retiene lo que ha recibido. Y por eso Juan concluye: “Hijos
míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad” (cfr. 1
Jn 3, 18).
Y luego viene,
quizá, una de las frases más hermosas de toda la Escritura. Porque el pecado
seguirá estando presente en nuestra vida: nunca entregaremos del todo los dones
que hemos recibido; siempre nos reservaremos algo en nuestro egoísmo. Pero,
cuando ya hemos entrado en la lógica de Dios, dice Juan: “Tranquilizad
vuestro corazón, porque, aunque el corazón os reproche algo, Dios es más grande
que nuestro corazón” (cfr. 1 Jn 3, 19-20).
Entonces Jesús
responde a Pedro: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo” (cfr. Jn 13,
8). Notémoslo bien: no dice “si no te dejas lavar”, sino «Si no te lavo». Soy yo quien tiene que
lavarte los pies. Soy yo quien debe bajar hasta el último puesto. Porque, si
yo no muestro que el verdadero grande es el que sirve, todo seguirá en el mundo
como estaba antes. No nacerá un mundo nuevo. Es necesario que yo baje al
último lugar; de lo contrario, también tú, Pedro, quedarías fuera de la
verdadera grandeza de Dios.
Si Jesús no baja hasta el último lugar,
no nace el mundo nuevo.
Déjame mostrarte,
Pedro, quién es el hombre verdadero: El hombre verdadero no el que domina,
sino el que sirve; no el que se impone, sino el que ama. Qué lejos está el
Dios de Jesús —arrodillado para lavar los pies del hombre— del dios que
nosotros tantas veces nos hemos fabricado.
Parece que Pedro
ha entendido, pero en realidad no ha entendido nada. Por eso dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la
cabeza». Sigue interpretando el gesto de Jesús como un rito de
purificación, de esos que se hacían antes de la cena. No ha captado todavía
la novedad de Jesús. Y entonces el Señor corrige su interpretación: lo
mío no es un rito purificatorio, sino un signo de servicio.
No basta escuchar
a Jesús: hay que aceptar su mensaje.
Judas oyó a Jesús, pero no acogió su palabra.
No basta estar con Jesús: hay que dejarse cambiar.
El problema no es lavarse los pies, sino abrir el corazón
«Uno que se
ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio»;
Quien ya se ha bañado en mi agua, es decir, quien ha acogido mi mensaje, ya
está limpio; no necesita otras purificaciones.
En ese momento Jesús
advierte que hay uno que no se ha dejado alcanzar por su mensaje, que no ha
acogido su agua. Es Judas. Judas, a quien el gesto de Jesús lavándole los
pies no ha tocado por dentro.
Y enseguida nos
sale decir: qué malo. Pero conviene estar atentos. Porque, si hay un Pedro
en nosotros, también hay un Judas. Está en nosotros cuando, incluso después
de haber escuchado tanta catequesis, seguimos alimentando pensamientos
contrarios a los del Maestro.
Como los
discípulos no han comprendido, Jesús ahora va a explicar lo que ha hecho.
El delantal no se lo quita:
el servicio revela quién es Dios.
«Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo
puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros
me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo,
el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros
los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con
vosotros, vosotros también lo hagáis».
Después de lavar
los pies a los discípulos, el evangelista retoma con calma la descripción de
los gestos de Jesús. Se vuelve a poner las vestiduras, sí, pero hay un detalle
que no deberíamos pasar por alto: no se quita el delantal. Ese paño
permanece ceñido a Él. Y no es un detalle menor. Es como si Juan
quisiera decirnos que ese signo ya no se separa de Jesús, porque expresa algo
de su identidad más honda. La naturaleza de Dios es amor, y el amor, cuando
es verdadero, toma siempre la forma del servicio.
Luego Jesús vuelve
a recostarse con los suyos y empieza a explicar lo que ha hecho. Les dice: «Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís
bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies,
también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros».
Jesús no se rebaja:
se revela.
Aquí conviene ser
muy precisos. El lavatorio de los pies no es simplemente un gesto de humildad,
entendido como si Jesús hiciera algo “por debajo” de su dignidad para darnos
ejemplo. No. Jesús no se humilla en el sentido de dejar de ser quien es. Al
contrario: precisamente aquí se manifiesta plenamente quién es. No está
actuando contra su condición; está actuando según su condición más verdadera. Lavando
los pies, Jesús no está escondiendo su grandeza, sino mostrándola.
Porque nosotros
solemos pensar que la grandeza consiste en ser servido, en ocupar el centro, en
permanecer arriba. Jesús desmonta esa idea. Él, el Maestro y el Señor, lava los
pies. No para representar una escena conmovedora, ni para ofrecer una lección moral
desde fuera, sino para revelar que en Dios la grandeza no consiste en
dominar, sino en amar; no en imponerse, sino en servir.
Dios es así:
amor que se inclina.
Jesús lava los
pies porque no puede hacer otra cosa que expresar lo que es. Igual que el
jazmín desprende su perfume y la vid da su fruto, Jesús actúa según su
naturaleza. Y su naturaleza es la de Dios. Por eso el servicio no es un
añadido, ni una estrategia, ni una pedagogía provisional: es la forma concreta
en que el amor de Dios se hace visible.
Y entonces la
pregunta cambia de sitio. Ya no se trata sólo de admirar a Jesús, sino de
reconocer cuándo aparece también en nosotros nuestra verdad más honda. ¿Cuándo
se transparenta en nosotros la condición de hijos de Dios? Cuando nos hacemos
servidores de los hermanos. Cuando nos inclinamos ante su necesidad. Cuando
dejamos de vivir encerrados en la lógica del poder, del prestigio o del
dominio. En cambio, cuando dominamos, cuando usamos al otro, cuando lo
reducimos o lo aplastamos, no nos hacemos más grandes: nos apartamos de lo que
somos. Nos deshumanizamos.
La bienaventuranza es acertar con la vida.
Jesús nos
introduce en un modo de ser resucitado en vida: estar en la sintonía de la
bienaventuranza. En la Biblia, ser bienaventurado no significa vivir sin
problemas ni moverse en una espiritualidad dulzona. Significa algo mucho más
serio y más bello: has acertado con la vida. Has encontrado el camino
verdadero. Has entrado en la lógica de Dios.
Ése es, en el
fondo, el elogio más grande que el Padre puede pronunciar sobre uno de sus
hijos: “De verdad te pareces a mí. En ti ha brillado algo de mi rostro. A
través de tu manera de amar, de servir, de darte gratuitamente, se ha dejado
ver mi propia vida”. Y quizá ahí está también la verdad del Jueves Santo:
no sólo contemplar un gesto hermoso de Jesús, sino dejarnos introducir en
una forma nueva de existir, en la que la gloria ya no consiste en estar por
encima, sino en amar hasta abajo.



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