lunes, 2 de febrero de 2026

Homilía del Domingo V del Tiempo Ordinario, ciclo a - Mt 5, 13-16 «Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?»

 

Homilía del Domingo V del Tiempo Ordinario, ciclo a

Mt 5, 13-16 «Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?»

08.02.2026

 

Las bienaventuranzas

no se quedan en la montaña.

La semana pasada escuchamos las bienaventuranzas de Jesús y también entendimos algo importante: llega un momento en que hay que bajar del monte y volver a la vida real, al trato con la gente, con quienes piensan de manera muy distinta a lo que hemos oído en la cima. Jesús, de hecho, ya nos lo había advertido con la última bienaventuranza: la acogida que podemos esperar no siempre será aplauso, sino persecución. Y aun así, nos quedamos convencidos de que Jesús tiene razón y de que sus bienaventuranzas son el camino bueno.

Aunque seamos frágiles,

podemos ajustar el rumbo.

Por eso, aunque nos sintamos débiles y vulnerables, es natural que empecemos a pensar en ordenar nuestra vida personal para que encaje lo más posible con la propuesta de humanidad que Jesús nos ofrece. Sería una opción sabia; y ya sería mucho. Podríamos concentrarnos en nuestra madurez espiritual, en crecer como personas. De hecho, algunos maestros espirituales de tiempos pasados recomendaban justamente eso: que cada uno cuide su propia alma. Un poco como hacen los budistas, que buscan individualmente liberarse del dolor mediante una iluminación personal.

Jesús no quiere

una fe “de uso privado”.

Pero ¿de verdad podemos quedarnos ahí? Hoy Jesús nos responde con un no. No basta una adhesión solo personal a su propuesta de bienaventuranza. Hace falta dar un paso más —y es un paso exigente—: comprender por qué.

Las bienaventuranzas

son una sociedad alternativa.

Las bienaventuranzas no son un plan de vida para individuos aislados que persiguen su perfección personal. No. Las bienaventuranzas son la propuesta de una sociedad nueva, distinta, alternativa, donde el compromiso consiste en implicar a todos. Esta es la misión que Jesús quiere confiar primero a aquel pequeño grupo de discípulos que escuchó sus bienaventuranzas en primer lugar, y luego a cada uno de sus discípulos: también a nosotros. Y nos dice qué debemos hacer mediante dos imágenes.

 

Las imágenes

1.- La sal de la tierra

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra».

El “vosotros” de Jesús también nos alcanza hoy.

Jesús está hablando al primer grupo de discípulos que creyó en él y que está dando los primeros pasos siguiendo al Maestro. A ellos —a Pedro, Andrés, Santiago y Juan— les confía la misión de ser sal de la tierra. Pero en cuanto escuchamos ese «vosotros», entendemos enseguida que Jesús también se dirige a nosotros… y ahí empiezan los problemas: aparecen preguntas, objeciones, resistencias.

 

Nos sabe a poco el Evangelio… y eso nos inquieta.

La primera dificultad es muy sencilla y muy humana: ¿cómo podemos ser sal de la tierra hoy, si somos conscientes de que el sabor evangélico de nuestra vida a veces es bastante “insípido”? ¿De verdad quien se acerca a nosotros percibe ese gusto del Evangelio? El domingo escuchamos el Evangelio; luego, entre semana, nos mezclamos con la gente… y nadie lo nota. Somos como los demás; actuamos como los demás, hablamos como los demás, razonamos como todo el mundo; nos acomodamos a la moral corriente, al “así lo hace todo el mundo”. Y, claro, nadie nos persigue, porque en la práctica vivimos y pensamos como viven y piensan todos.

Entonces, ¿cómo vamos a tener el valor de hablar de las bienaventuranzas aprendidas en el monte, si las encarnamos tan poco? Ahora bien: si alguien plantea esta dificultad, al menos significa una cosa buena: ha tomado conciencia de la distancia que lo separa del Bienaventurado, de Jesús, que encarnó todas las bienaventuranzas; el hombre verdadero, el verdadero Hijo de Dios. Y esa toma de conciencia es positiva.

 

Nuestras fragilidades no anulan la elección del Reino.

Conviene recordar algo. Las fragilidades y debilidades que constatamos en nuestra vida no estropean, ni invalidan, la decisión que hemos tomado de querer ser “bienaventurados” como Jesús propone. Miremos quiénes eran esos primeros doce a quienes Jesús les dijo: «Vosotros sois la sal de la tierra».

Pensemos en uno por todos: Pedro. Pedro no cortó de golpe con el modo de pensar del mundo. A lo largo del Evangelio se ve el trabajo que le costó desprenderse de criterios y valores dictados por el maligno. Sigue alimentando sueños de grandeza, esa ambición típica del mundo viejo. Y, sin embargo, Jesús confió en Pedro… y también confía en cada uno de nosotros, a pesar de nuestras debilidades y fragilidades, incluso cuando las reconocemos con sinceridad.

 

Nos da miedo el diálogo… porque nos pueden pedir razones.

La segunda dificultad aparece cuando se nos invita a ser sal de la tierra, incluso aunque estemos convencidos de las bienaventuranzas e intentemos vivirlas en lo concreto: tenemos miedo del encuentro con quien piensa de otra manera. ¿Por qué? Primero, porque si nos piden las razones de nuestra esperanza, muchas veces no sabemos expresarlas. Y después, porque las bienaventuranzas del monte son lo contrario de la mentalidad común, y tememos que se rían de nosotros, que nos tomen por soñadores o ilusos.

Recordemos que esto le pasó a Pablo en el Areópago de Atenas (cfr. Hch 17, 16-34); cuando anunció la resurrección, empezaron a burlarse de él: «Al oír aquello de “resurrección de entre los muertos”, unos se echaron a reír; otros dijeron: Ya te oiremos otra vez sobre eso». El cristiano tiene que contar con esto y no tener miedo de presentarse al mundo del diálogo, del contraste, con quienes piensan distinto.

Si preferimos quedarnos aislados —como hicieron los Once en el Cenáculo cuando todavía no habían recibido el Espíritu: encerrados, con las puertas atrancadas por miedo—, lo que mostramos es que aún no hemos recibido plenamente el Espíritu de Cristo, el que nos empuja a abrir de par en par las puertas y llevar al mundo la sal de la sabiduría evangélica.

Así que, contando con estas dificultades, nos preguntamos: ¿cómo podemos ser sal de la tierra? Y ahora Jesús nos lo dice.

La sal no fue hecha para el salero,

sino para disolverse en la masa.

«Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente».

Jesús no quiere que sus discípulos se aíslen ni que huyan del mundo. El cristiano está llamado a estar presente en todos los contextos de la vida social, con una vida naturalmente distinta de la de quienes se regulan por los criterios de la mundanidad. Pero si la sal se queda en la salera, no sirve para nada: es preciso que entre en la masa. Y cuando entra, sala precisamente así: dando sabor, se va disolviendo. No se impone desde fuera, no se exhibe; se entrega, y en esa entrega transforma.

Y esto no solo vale “para ahí fuera”. A veces, donde más falta hace recuperar el sabor es también en casa, en nuestras comunidades, en las parroquias que se han convertido en un dispensador de sacramentos con curas con poco celo pastoral: cuando el Evangelio pierde fuerza, todo se vuelve rutinario, plano, sin horizonte; y cuando aparece la sabiduría evangélica, hasta lo cotidiano vuelve a tener gusto.  Ahora bien, ¿cómo debe ser sal el cristiano?

 

¿Tienes sal en la cabeza o serrín?

En tiempos de Jesús —como hoy— la sal tenía muchas funciones. Al usar esta metáfora, Jesús se refiere a todos sus usos. El primero, el más inmediato, es dar sabor a los alimentos. Por eso, desde antiguo, la sal se convirtió en símbolo de la sabiduría: lo que da gusto a la vida. Aún hoy decimos que alguien “tiene sal en la cabeza” cuando habla con sensatez; y llamamos “insípida” a una conversación cuando es aburrida, vacía, sin sustancia. Aunque muchas veces hemos oído lo contrario: ‘tiene serrín en la cabeza’.

Lo notamos enseguida; cuando en un grupo hay una persona sabia, la conversación sube de nivel, se vuelve interesante, enriquecedora, con “sabor”. Pablo conoce este simbolismo y, escribiendo a los colosenses, recomienda: «que vuestra conversación sea siempre agradable, condimentada con sal» (cfr. Col 4, 6).

Por eso el modo de hablar del cristiano ha de tener un sabor particular, distinto del discurso corriente. En la boca del cristiano chirrían las vulgaridades, las trivialidades, las groserías. Pero no se trata solo de educación o de “buenas maneras”, como si el Evangelio fuera un manual de urbanidad. Se trata de algo mucho más decisivo: el cristiano lleva al mundo una sabiduría que da sabor y sentido a la vida.

Miremos alrededor: ¿qué vemos? Muchas veces, una verdadera feria de vanidades y vacíos. Cuánta frivolidad circula en los medios; cuántas necedades con las que se intenta tapar el hueco de sentido. Por eso es necesaria la presencia del cristiano en el contexto social, cultural y eclesial: para recordar los valores por los que vale la pena vivir; para llevar una sabiduría que ayude a leer el sentido de las alegrías y de los dolores, de las sonrisas y de las lágrimas, de las fiestas y de los lutos.

Sin el Evangelio, al hombre no le queda más que aferrarse a alegrías de corto alcance, a sueños que duran poco. El Qohelet lo expresa con realismo: come, bebe, disfruta de lo que la vida te ofrece en los pocos días que Dios te concede; y, al final, reconoce que todo eso es vanidad, viento, vapor que se desvanece sin dejar huella (cfr. Qo 9, 7-9; 1, 2.14). ¿Ese es el sentido de la vida del hombre? Pues bien; el cristiano lleva al mundo la sal de una sabiduría nueva, la que da sentido.

La sal conserva:

El cristiano frena la corrupción del corazón.

La sal también tiene otra función muy importante: conservar los alimentos. En tiempos de Jesús no había frigoríficos; para impedir que la comida se estropeara se salaba, y así duraba más. Se recuerda incluso que Magdala era conocida por esta industria: se salaba el pescado, se secaba y luego se vendía en los mercados de Galilea. También Pedro pescaba de noche y por la mañana lo llevaba allí, donde era salado.

La sal se extraía del Mar Muerto y se exportaba incluso a Egipto. De hecho, uno de los elementos usados para la momificación era la sal. Se vendía en bloques y era muy valiosa.

Y como la sal impide la corrupción, por asociación de ideas se la vinculó también con la lucha contra las fuerzas negativas, contra los espíritus malignos. Todavía hoy se usa sal como gesto de “protección” frente a maleficios. Incluso se ve a veces —antes de algún partido— a aficionados que van a “salar” el campo para evitar que alguien lo haya “gafado”. Cierro el paréntesis, pero el gesto da una pista; la sal como símbolo de protección frente a las fuerzas del mal. También entra en la composición del agua bendita, que se utiliza —por ejemplo— en el ministerio de los exorcistas para rechazar a los demonios.

 

¿Y qué significa, entonces, la sal del cristianismo en la sociedad? Esto: protegerla del desmoronamiento, de la descomposición, de la corrupción moral.

Pongamos algunos ejemplos. En una sociedad donde lo que cuenta es el dinero, la acumulación de bienes, ¿cuánto vale un hombre? En un mundo donde tú “cuentas” si produces, ¿qué cuenta realmente la persona? A veces parecería —como dice el profeta Amós— que un hombre vale lo que valen un par de sandalias; o, como dice Jesús, menos que una oveja. Y cuando vemos lo que sucede en tantas guerras, la pregunta se vuelve inevitable: ¿cuenta algo el hombre? El cristiano es sal porque recuerda la dignidad intangible de la persona y porque insiste en que el bien del ser humano debe ser siempre el punto de referencia de toda elección.

Otro ejemplo: en un mundo donde se pone en duda la inviolabilidad de la vida humana, donde todavía existe la pena de muerte, el cristiano está llamado a comprometerse para custodiar ese valor. La vida humana es intangible desde su surgir hasta su apagarse natural. El cristiano es sal porque recuerda su sacralidad. Ya desde el principio, en la Biblia, incluso Caín es protegido por Dios: la vida del hombre no puede ser tocada.

Otro ejemplo: cuando se banaliza y se mercantiliza la sexualidad, cuando se la reduce a un “cómo, dónde, cuándo y con quién” según convenga, porque “los tiempos han cambiado”; cuando convivencias y adulterios dejan de llamarse por su nombre y se disfrazan como “compensaciones afectivas” … el cristiano recuerda la santidad de la relación entre el hombre y la mujer y el proyecto de Dios sobre el amor esponsal.

Otro ejemplo: en un mundo donde se busca el propio provecho y el objetivo es pensar en uno mismo y estar bien, el cristiano llama la atención hacia las necesidades del otro. Por eso los padres cristianos educan a sus hijos en estos valores; también en el sacrificio, en la renuncia, en no vivir encerrados en el propio interés; educan en la atención a las necesidades del hermano.

Y, naturalmente, el cristiano es sal no porque imponga estos valores, sino porque los vive. No agrede a quien no los comparte: los practica con alegría, convencido de que vivir realmente como hombres es vivir como enseña el Evangelio.

La sal se vuelve insípida

cuando el discípulo se vuelve necio.

Jesús plantea también un caso inquietante: que la sal pierda su sabor. El texto griego lo expresa así: «Ὑμεῖς ἐστε τὸ ἅλας τῆς γῆς· ἐὰν  δὲ τὸ ἅλας μωρανθῇ, ἐν τίνι ἁλισθήσεται; εἰς οὐδὲν ἰσχύει ἔτι εἰ μὴ βληθὲν ἔξω καταπατεῖσθαι ὑπὸ τῶν ἀνθρώπων». Parafraseando a Jesús; Jesús no nos dice primero ‘deberíais ser’, sino ‘vosotros sois’: sois la sal de la tierra. Pero si esa sal se desvirtúa, si pierde su fuerza y hasta se vuelve necia, ¿con qué podrá volver a salar? Entonces ya no tiene vigor para nada: solo queda tirarla fuera, para que la pisen los hombres.

Jesús remata con una imagen muy dura: si la sal pierde su fuerza, ‘ya no sirve para nada; solo para ser arrojada fuera y pisoteada por los hombres’. Ese ‘pisoteada’ no es solo una escena física: expresa el desprecio. Lo que ha perdido su razón de ser acaba tratado como algo sin valor, como cosa tirada al borde del camino.

Y ahí cabe también un matiz muy realista: cuando el discípulo deja de ser sal, cuando el Evangelio se vuelve insípido en nosotros, no solo dejamos de transformar; corremos el riesgo de convertirnos en objeto de burla, de ser mirados con ironía, de que se rían de nuestra fe como de un sueño ingenuo. No porque el mundo tenga siempre mala intención, sino porque una fe sin sabor se vuelve irrelevante, y lo irrelevante se ningunea, se ridiculiza o se pisa sin pensarlo.

Por eso la advertencia de Jesús no es una amenaza, sino una llamada a la verdad: si el cristiano se diluye en la mentalidad común y pierde el gusto del Evangelio, termina perdiendo también el ‘peso’ de su presencia. La sal solo evita ser pisoteada cuando, humildemente, sigue siendo sal.”  

La gran parte de los químicos dirían que eso es imposible, que la sal sigue siendo sal. Y, sin embargo, el Evangelio usa un verbo provocador: μωραίνω (morainó) —que en Mt 5, 13 aparece como μωρανθῇ (moranthē)—. Es significativo, porque sugiere a la vez dos cosas: por un lado, “quedarse sin sabor”, perder la fuerza; y, por otro, por su parentesco con la “necedad”, la idea de “volverse necio”, como si la sal pudiera olvidarse de lo que es.

El cristiano tiene la sal de la sabiduría evangélica, pero corre siempre el riesgo de “perder la cabeza” en este sentido: de perder ese sabor de sabiduría que debe llevar al mundo.

¿Y cómo puede suceder? Porque el cristiano vive en contacto con quienes piensan de manera completamente distinta, y su pensamiento puede quedar contaminado por la sabiduría del mundo. Entonces pierde su sabor y su presencia deja de tener significado.

Esto ocurre cuando el Evangelio pierde su gusto porque empezamos con los “sí, pero…”, los “ya, pero…”, los “sin embargo…”: “hay que adaptarse”, “hay que adecuarse” …, ‘lo acatas porque es lo que hemos decidido todos sinodalmente’…

         El Evangelio puede ser comprendido, puede ser acogido o rechazado; pero no puede ser modificado, no puede ser contaminado el sabor de la sal evangélica.

Ahora la segunda imagen con la que Jesús nos indica qué estamos llamados a ser en el mundo.

 

Las imágenes

2.- La luz del mundo

«Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte».

Dios es luz:

donde Él entra, la muerte retrocede.

El simbolismo de la luz atraviesa toda la Biblia. La luz es la primera criatura de Dios: «Dijo Dios: ‘Que exista la luz’, y la luz existió» (cfr. Gn 1, 3). Y en la Escritura la luz es siempre positiva porque es símbolo de vida; mientras que la tiniebla representa el mundo de los muertos, la “no vida”.

En Dios hay solo luz: «Dios está envuelto de luz como de un manto» (cfr. Sal 104). Y la primera carta de Juan lo dice con una claridad que corta el aire: «Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna», no hay ningún signo que recuerde a la muerte (cfr. 1 Jn 1, 5).

Esa luz de Dios llega a los hombres a través de su Palabra, a través de la Torá. «Lámpara para mis pasos es tu palabra, luz en mi camino” (cfr. Sal 109). Por eso, delante del velo del Templo que separaba el Santo de los Santos del Santo, había siempre encendida la menorá, el candelabro de siete brazos: símbolo de la luz que venía de Dios y que alumbraba el mundo.

 

Lo escandaloso no es que Jesús sea luz:

Es que lo diga de sí.

Con este trasfondo se entiende el escándalo de una afirmación inaudita. Jesús dice: «Yo soy la luz del mundo; quien me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (cfr. Jn 8, 12). Para un piadoso israelita, aquello sonaba a herejía, a blasfemia. Pero Jesús se presenta como luz porque ha mostrado la belleza del rostro de Dios; una luz que viene a disolver las tinieblas del mundo, los odios, las violencias, las mentiras, las injusticias.

Todavía más fuerte:

Jesús confía su luz a gente frágil.

Sin embargo, más chocante aún es la otra afirmación: «Vosotros sois la luz del mundo». ¿Vosotros quién? Ese pequeño grupo de primeros discípulos que da sus primeros pasos siguiendo al Maestro. Vamos pasando lista uno por uno. ¿Cuántas veces Jesús les dice: «Sois gente de poca fe»? (cfr. Mt 6, 30; 8, 26; 14, 31; 16, 8; Lc 12, 28). Les pregunta: «¿De qué veníais discutiendo por el camino?» (cfr. Mc 9, 33-34).

Siguen cultivando sueños de mundanidad; ser grandes, dominar, enriquecerse. Y llega el momento decisivo: cuando tienen que elegir quedarse con el Maestro, salen corriendo todos. Y aun después de la Pascua siguen llenos de dudas e incertidumbres. Cuando nace la primera comunidad, habrá también discusiones, choques, incomprensiones.

Pues a estos, precisamente a estos, Jesús les da su confianza. A esa comunidad de los primeros discípulos… y a nosotros. «Vosotros sois la luz del mundo». Somos pequeñas lucecitas, sí, pero Jesús confía en nosotros. Y nos llama a llevar al mundo —con la vida y con la palabra— la luz del Evangelio.

 

La luz no se mezcla:

Ilumina y enseña a discernir.

La imagen de la luz completa la de la sal. La sal se mezcla con los alimentos; la luz no se mezcla. ¿Qué hace la luz? Ilumina las cosas y hace resaltar su valor: lo que vale y lo que no vale; lo que es bueno y lo que es malo; lo que es comestible y lo que no debes tocar porque es venenoso. La luz indica el camino seguro y el peligroso, señala los barrancos que hay que evitar. Permite, por tanto, discernir entre el bien y el mal.

El discípulo está llamado a ser luz con su palabra y con su persona, con su vida. Jesús quiere discípulos luminosos: “Brillad, tenéis que ser personas que dan luz”.

 

Brillar no es exhibirse:

Es dejar que Dios sea visible.

Jesús añade un ejemplo ligado a la luz: «No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte». Pero no invita a sus discípulos a ponerse en primer plano, a hacerse notar, a mostrar que son mejores que los demás. Eso contradiría lo que Jesús enseña en otros pasajes: «No practiquéis vuestras obras buenas delante de los hombres para ser vistos» (cfr. Mt 6, 1). «No toquéis la trompeta cuando dais limosna.» «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha» (cfr. Mt 6, 2-3).

Aquí Jesús evoca un texto de Isaías sobre Jerusalén: la ciudad será levantada en la cima de los montes, será el más alto de los collados, y todos los pueblos acudirán, porque de Jerusalén saldrá la luz, la palabra del Señor (cfr. Is 2, 2-3). Jesús está diciendo: ya no será desde Jerusalén de donde salga esa luz, sino desde vosotros, mis discípulos; desde esta comunidad nacida del anuncio del Evangelio y de mi persona.

Ahora Jesús nos pone también en guardia ante un peligro. Así como la sal puede perder su “sabor”, también el cristiano puede apagar la luz del Evangelio, puede debilitar su resplandor. Escuchemos cómo puede ocurrir esto y de qué riesgo quiere Jesús advertirnos.

 

No tapemos el Evangelio

con nuestra “medida”.

«Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Jesús pone a sus discípulos en guardia frente a un peligro muy concreto: el de esconder, de algún modo, la luz del Evangelio usando la imagen del celemín, esa medida con la que se calculaba el grano. Es como si dijera: “No cubráis la luz del Evangelio con el celemín” (cfr. Mt 5, 15). Y el aviso es fino; tengamos cuidado de no “medir” el Evangelio con criterios humanos, con el simple sentido común, con nuestras razonables prudencias. Porque, en cuanto dejamos que nuestro “buen juicio” se siente como juez del Evangelio, la luz se nos apaga. El amor ni el perdón no se puede medir.

Cuando el “sentido común” manda,

la luz se vela.

Jesús dice: «si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra» (cfr. Mt 5, 39). Y si a esto le aplicamos sin más nuestra lógica inmediata, enseguida cubrimos la luz: “Eso no es razonable”. Jesús dice también: «si te quitan el manto, entrégales incluso la túnica» (cfr. Mt 5, 40). Y, si ponemos nuestra propia medida, nuestro “celemín”, volvemos a tapar el Evangelio: “Eso ya es demasiado”. No es que la fe desprecie la inteligencia; es que hay una sabiduría del Evangelio que no cabe en la calculadora del puro interés.

Por eso Jesús nos advierte: no intentemos velar la luz del Evangelio, es decir, no busquemos esconder esas partes que nos incomodan, que parecen demasiado difíciles. Por ejemplo, compartir los bienes: sí, compartir… pero no como “hacer un poco de limosna” para quedarnos tranquilos, sino como un estilo de vida que se deja tocar por el hermano. O el perdón sin condiciones. O el amor gratuito incluso al enemigo (cfr. Mt 5, 44). O la renuncia a la violencia, aunque a veces nos parezca “muy razonable” defenderse a golpe de fuerza. Tampoco doblegarse o apoyar unas medidas políticas o sociales -aparentemente evangélicas, pero con tufo de ideología que impide el correcto discernimiento- en detrimento del bien común del resto de las personas y de la estabilidad de un pueblo.

En cuanto empezamos a seleccionar, rebajar, suavizar para que no moleste, estamos poniendo el celemín encima de la lámpara.

La luz empieza en casa:

Primero nos ilumina a nosotros.

Y esta luz —dice Jesús— debe brillar para los que están en casa (cfr. Mt 5, 15). ¿Cuál es esa casa? La comunidad cristiana. La luz debe iluminar, ante todo, a los que hemos elegido pertenecer a la comunidad de los discípulos de Cristo. Después, sí, resplandece hacia fuera; pero antes tenemos que dejarnos iluminar nosotros. Porque, si la luz no nos alcanza por dentro, fuera solo llevaremos palabras… y las palabras sin luz no alumbran: deslumbran o cansan.

 

No se trata de imponer:

Se trata de una belleza que atrae.

Entonces Jesús dice: «Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras». Pero en griego no dice «buenas obras», sino «τὰ καλὰ ἔργα» dice «las obras bellas»; no solo acciones “buenas” en sentido moral, sino acciones hermosas, nobles, con una belleza que se ve y atrae.

O sea, no dice solo “obras buenas”, sino “obras bellas”. El cristiano está llamado a ser una persona bella. Y la belleza —cuando es auténtica— tiene algo irresistible: atrae sin hacer propaganda. No hace falta ir recomendando a todos que vivan de una manera u otra cuando ven que alguien se vuelve más humano, más libre, más limpio por dentro, porque está encarnando el Evangelio.

El cristiano, de algún modo, “inquieta”, sí, pero no invade. Respeta la libertad y la inteligencia del otro. No está llamado a adoctrinar, sino a despertar deseo; a fascinar con la belleza de una vida evangélica. Por eso no impone dogmas como quien impone un código, ni levanta la voz: cuando uno grita, deja de ser bello; asusta y aleja. Por ejemplo, pensemos en una familia: uno no convence a los suyos a base de discursos interminables, sino cuando, con paciencia y coherencia, su vida empieza a “hacer hogar” y a dar paz.

Esta belleza de vida ya era recomendada en la Iglesia primitiva. En la primera carta de Pedro se dice a comunidades que viven entre paganos, y además en un clima difícil de persecución: «Portaos dignamente entre los no creyentes, para que vuestro buen comportamiento desmienta a quienes os calumnian como si fuerais malhechores, y así ellos mismos glorifiquen a Dios el día de su venida» (cfr. 1 Pe 2, 12). El cristiano rompe con la mundanidad, sí, pero tiene el deber de vivir de un modo bello, porque refleja a Jesús, el hombre verdaderamente bello, y así muestra —sin imponerse— que la vida evangélica no solo es verdadera: también es hermosa.

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