Homilía del Domingo XI del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 9, 36 - 10,8 - «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos».
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Hay un cansancio
que ya no necesita demasiadas explicaciones. Se nota en la conversación de la
calle, en las noticias, en la mesa familiar, en ese gesto de apagar la pantalla
porque uno dice: “basta, hoy no puedo con más”: Guerras, violencia,
injusticias, amenazas, insultos, represalias. El mundo parece a veces una
habitación llena de ruido, donde todos hablan más alto y casi nadie escucha.
Y, sin embargo,
por debajo de ese cansancio permanece una espera. Esperamos algo nuevo. No una
novedad de escaparate, de esas que duran lo que tarda en llegar la siguiente
noticia, sino algo realmente nuevo. Un mundo donde el caos ceda terreno, donde
la paz no sea un eslogan, donde la justicia no dependa del más fuerte, donde la
dignidad de cada persona sea reconocida sin rebajas.
El mundo nuevo
no nace solo de cambiar las piezas.
Muchos trabajan
por ese cambio. La política lo intenta. La economía lo promete. La ciencia y la
técnica ofrecen caminos. Incluso quienes fabrican armas están convencidos de
que por ahí se puede asegurar un futuro mejor. Es una paradoja tremenda: Queremos
curar el miedo multiplicando instrumentos de miedo. Luego nos extraña que el
enfermo no mejore.
La pregunta toca
de lleno a los cristianos: ¿Creemos de verdad que la fuerza capaz de
inaugurar una humanidad nueva es el Evangelio? No como adorno religioso
para días solemnes, ni como frase bonita para cerrar una reunión, sino como una
lógica nueva, una manera distinta de mirar, decidir, poseer, perdonar, vivir.
Mientras el mundo
no acoja la lógica de Jesús, todos los proyectos de renovación quedarán cortos. Podrán ordenar
algunas cosas, y eso ya es mucho. Podrán aliviar heridas, poner límites al mal,
mejorar estructuras. Pero si el corazón humano sigue funcionando con la
misma codicia, el mismo miedo y la misma violencia, el viejo mundo vuelve.
A veces vuelve con traje nuevo, con palabras modernas y con gráficos muy
elegantes, pero vuelve.
Mateo lo cuenta de
un modo muy sugerente. Al comienzo de su Evangelio coloca el discurso de la
montaña, tres capítulos en los que Jesús dibuja el rostro del Reino (cfr.
Mt 5–7). Después, cuando Jesús baja del monte, el evangelista nos muestra a
quién encuentra. No encuentra una humanidad sana, serena, bien peinada para
la foto. Encuentra leprosos, paralíticos, ciegos, pecadores, personas
dominadas por fuerzas oscuras (cfr. Mt 8–9). Es decir, encuentra nuestra
humanidad. No hace falta mirar muy lejos. También nosotros conocemos vidas
desfiguradas, existencias bloqueadas, miradas incapaces de encontrar camino. Y,
si somos honestos, algo de todo eso llevamos dentro. No siempre con dramatismo.
A veces se nota en pequeñas durezas, en decisiones que aplazamos, en rencores
que guardamos como quien guarda una reliquia, aunque sea una reliquia bastante
venenosa.
Jesús baja del monte
y se mete en la herida.
Mateo, después de
presentar el discurso de la montaña, nos muestra a Jesús bajando del monte y
entrando en contacto con la humanidad concreta, herida, cansada, necesitada de
salvación. Y entonces encadena una serie de diez signos. No lo hace para
impresionar al lector, como si estuviera acumulando milagros uno detrás de
otro. Lo que quiere mostrarnos es mucho más hondo: Cuando Jesús se acerca,
la vida empieza a sanar.
Primero aparece el
leproso,
purificado por Jesús (cfr. Mt 8, 1-4). Después, el criado del centurión,
curado por la fuerza de una palabra pronunciada a distancia (cfr. Mt 8, 5-13).
Luego, la suegra de Pedro, levantada de la fiebre para ponerse a servir
(cfr. Mt 8, 14-15). Más adelante, Jesús calma la tempestad, como si
también el miedo y el caos de la creación tuvieran que obedecer a su voz (cfr.
Mt 8, 23-27). Después libera a los endemoniados de Gadara, hombres
dominados por fuerzas que los habían arrancado de una vida verdaderamente
humana (cfr. Mt 8, 28-34).
El relato continúa
con la curación del paralítico, a quien Jesús no solo perdona los
pecados, sino que también pone en pie (cfr. Mt 9, 1-8). Luego aparece la
hija del jefe de la sinagoga, devuelta a la vida cuando todos pensaban que
ya no había nada que hacer (cfr. Mt 9, 18-19.23-26). En el camino, una mujer
enferma de hemorragias toca el manto de Jesús y queda curada (cfr. Mt 9,
20-22). Después, dos ciegos recuperan la vista (cfr. Mt 9, 27-31).
Finalmente, un mudo endemoniado vuelve a hablar cuando Jesús lo libera
del mal que lo tenía encerrado en el silencio (cfr. Mt 9, 32-34). Mateo no
nos está dando una lista de prodigios, sino un retrato de la humanidad sanada
por Cristo.
En esos diez
signos aparece casi todo lo que puede herir al ser humano. La enfermedad
que desfigura, el sufrimiento que debilita, el miedo que nos hunde, el mal que
esclaviza, el pecado que paraliza, la muerte que parece tener la última
palabra, la ceguera que impide encontrar camino, el silencio de quien ya no
puede expresarse ni vivir con libertad.
Y en medio de todo
eso aparece Jesús. Jesús aparece no como un espectador piadoso, ni como un
maestro que da consejos desde lejos. Jesús toca, habla, levanta, libera,
ilumina. Allí donde llega su palabra, algo vuelve a su sitio. Lo
inhumano empieza a retroceder. La persona recupera rostro, voz, camino,
dignidad.
El primer signo,
el del leproso, es especialmente expresivo. En aquel tiempo, la lepra no era
solo una enfermedad del cuerpo. Era también una herida social y religiosa. El
leproso quedaba apartado, marcado, excluido. Su rostro podía llegar a
desfigurarse hasta hacerse casi irreconocible. Por eso Mateo nos ayuda a
comprender algo decisivo: el pecado también desfigura, aunque no siempre se vea
por fuera.
La violencia
endurece. La mentira ensucia la mirada. La corrupción va robando transparencia.
Una vida desordenada, poco a poco, hace que la belleza del hijo de Dios quede
oculta. No desaparece la dignidad de la persona, pero sí queda herida,
empañada, como un rostro que ya no refleja lo que está llamado a ser.
Jesús no mira la herida para condenar,
sino para curar.
Por eso no se
trata de mirar a nadie con desprecio. El Evangelio nos enseña a reconocer la
herida sin negar la dignidad de quien la lleva. Jesús no se acerca al
leproso para humillarlo. Se acerca para devolverle su lugar, su rostro, su
vida. Cuando el Evangelio entra de verdad en una existencia, no pone una
capa religiosa por encima de la herida, sino que cura desde dentro.
Después aparece el
paralítico. Es el hombre que no puede caminar por sí mismo. Depende de otros.
Va donde lo llevan.
Y esta imagen resulta muy cercana, porque existen parálisis que no se ven a
simple vista. El miedo, la culpa, la costumbre, una dependencia, una herida
antigua o una comodidad que al principio parece descanso y al final se
convierte en camilla.
Uno puede seguir
trabajando, hablando, cumpliendo, sonriendo incluso, y estar por dentro
detenido. Jesús, en cambio, pone en pie. Esa es una de las señales más hermosas
del Evangelio: La palabra de Cristo no aplasta al caído, le devuelve la
posibilidad de caminar.
Luego aparecen los
ciegos. Representan a quienes no encuentran camino. Y esto también
nos toca de cerca. Se puede tener mucha información y muy poca luz. Se puede
correr mucho y no saber hacia dónde. Se puede acertar en cosas pequeñas y
equivocarse en lo esencial. La palabra de Jesús abre los ojos para distinguir
lo que conduce a la vida de lo que solo la promete.
Así, los diez signos de Mateo no son escenas aisladas. Son una catequesis viva. Nos muestran que el Evangelio no viene a decorar un poco la existencia, sino a rehacerla. Jesús entra en la enfermedad, en el miedo, en el pecado, en la muerte, en la ceguera y en el silencio. Y allí donde entra Él, la humanidad vuelve a respirar.
El Evangelio no decora la vida,
la desbloquea.
La lepra, la
parálisis y la ceguera no son solo enfermedades en una página antigua; son un
lenguaje. Mateo está retratando a la humanidad que Jesús encuentra al bajar del
monte, y en esa humanidad estamos nosotros. Con nuestras zonas desfiguradas,
con nuestras camillas interiores, con nuestras cegueras cuidadosamente
justificadas.
Y en medio de esas
curaciones aparece una de las más difíciles, la curación del apego al dinero.
Aquí Mateo sabe muy bien de qué habla. Él había sido recaudador de impuestos y
tributos en Cafarnaún. Se llamaba Leví, pero al contar su historia se presenta
como Mateo. מַתְּנָא (Mattnà), en hebreo, significa “don de Dios”. El
nombre Mateo procede de una familia de nombres hebreos relacionados con la idea
de “don”. En su forma más plena, como מַתִּתְיָהוּ (Mattityáhu),
significa “don de Yahvé”, “regalo del Señor”. Y esto ilumina muy
bien la escena: Leví, el recaudador que vivía atrapado en el dinero, al
encontrarse con Jesús descubre que su vida no está hecha para retener, sino
para convertirse en don.
Mateo, este hombre
que vivía atado al dinero descubre, alcanzado por la palabra de Jesús, que su
vida no está hecha para acumular, sino para convertirse en don. No es una
pequeña curación. Es casi tan sorprendente como hacer pasar un camello por
el ojo de una aguja.
Esta enfermedad
sigue entre nosotros; el deseo de tener más, asegurar más, controlar más. No siempre
aparece con rostro de avaricia descarada. A veces se disfraza de prudencia, de
éxito, incluso de sentido común. Pero cuando el dinero ocupa el centro, el
corazón se va encogiendo. Y un corazón encogido puede tener muchas cosas, pero
respira mal.
También nuestras seguridades
necesitan ser evangelizadas.
La palabra de
Jesús cura incluso esa zona que solemos defender con más cuidado. El Evangelio
no quiere quedarse en nuestras ideas religiosas, ni en nuestras emociones
piadosas, ni en los momentos en que todo resulta fácil. Quiere tocar también
el bolsillo, los miedos, las ambiciones, los criterios con los que decidimos
qué vale una vida.
Por eso Jesús, al
mirar este mundo herido, no lo da por perdido. Pero tampoco quiere hacer su
obra sin nosotros. Llama colaboradores. Necesita discípulos que lleven su
palabra sanadora allí donde la humanidad sigue desfigurada, paralizada, ciega o
atrapada en sus ídolos.
La pregunta queda
abierta. No como reproche, sino como invitación. Si esperamos un mundo nuevo,
¿dejaremos que el Evangelio empiece por hacer algo nuevo en nosotros?
Personas desorientadas
«En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se
compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Mateo nos acaba de
poner delante los ojos una escena dura: Jesús mira a la gente y la ve cansada,
abatida, perdida, «como ovejas sin pastor».
La imagen es
sencilla, pero pesa mucho. Un rebaño sin pastor no sabe hacia dónde ir. Se
dispersa, se asusta, queda expuesto. Así ve Jesús a aquella multitud. No
como una masa anónima, no como un problema sociológico, sino como un pueblo
abandonado. Gente que carga heridas, hambre, enfermedad, abusos, cansancio.
Gente que debería haber sido cuidada por quienes tenían responsabilidad
sobre ella.
Pero los jefes
políticos no la cuidan. Las autoridades religiosas tampoco. Quienes tendrían
que servir están ocupados en salvarse a sí mismos, en asegurar su puesto, en
mejorar su propia vida. Y mientras tanto el pueblo queda ahí, a la
intemperie, con sus dolores de siempre y con la sensación de que nadie
responde.
Dios no abandona a su pueblo
en manos de malos pastores.
Esta imagen viene
de lejos. En el libro de los Números, Moisés pide a Dios que no deje a
Israel como un rebaño sin pastor, sin alguien que lo guíe y lo conduzca
(cfr. Nm 27, 15-17). Moisés sabe que un pueblo sin guía acaba perdido. Y
la historia de Israel mostró muchas veces ese drama. Sus reyes, llamados a ser
pastores, se comportaron con frecuencia como dueños. No cuidaron al pueblo; lo
desgastaron. No lo condujeron a la vida; lo llevaron a la ruina.
Ezequiel lo
denunció con palabras muy fuertes. En el capítulo 34 de su libro acusa a los
pastores de Israel de alimentarse a sí mismos en lugar de alimentar al rebaño.
No fortalecen a las ovejas débiles, no curan a las enfermas, no buscan a las
perdidas. Las explotan. Las abandonan. Las dejan dispersas (cfr. Ez 34). Y
precisamente ahí, cuando humanamente parece que no hay remedio, aparece la
promesa: Dios mismo se hará cargo de su pueblo. Si los pastores han fallado,
Él vendrá a pastorear. No delegará desde lejos. No enviará solamente
instrucciones. Vendrá Él.
En Jesús, esa
promesa se cumple. Dios entra personalmente en la historia para cuidar de
una humanidad enferma, cansada, desorientada. No mira el sufrimiento desde
un balcón celestial, con una serenidad impecable pero distante. Se acerca. Se
deja afectar. Se conmueve.
La compasión de Jesús no es lástima;
Es Dios sufriendo con nosotros.
Aquí conviene
purificar una imagen falsa de Dios que a veces llevamos dentro. Podemos pensar
que Dios ama al hombre, sí, pero que en el fondo permanece lejos, intacto, como
si nuestras lágrimas no le tocaran realmente. Como si el hombre pudiera estar
hundido y Dios siguiera contemplándolo todo con una felicidad tranquila, sin
que nada le rozara las entrañas.
El Evangelio dice
otra cosa. En Jesús descubrimos a un Dios implicado. Un Dios que se
estremece ante el dolor humano. Un Dios que siente compasión. Y compasión
no es mirar desde arriba y decir; “pobrecillos”. Eso puede hacerse
incluso sin moverse del sillón. La compasión bíblica es otra cosa. Es
padecer con. Es dejar que el dolor del otro encuentre sitio dentro de mí.
Es sentir que esa herida ajena ya no me resulta ajena.
El texto en griego
nos ayuda a entenderlo: «ἰδὼν δὲ τοὺς ὄχλους ἐσπλαγχνίσθη περὶ αὐτῶν»;
que traducido es; “Al ver a las multitudes, Jesús se conmovió hasta las
entrañas por ellas.”; “Jesús miró a la multitud y no permaneció intacto:
aquel dolor le alcanzó las entrañas.”
El verbo griego
que está detrás es σπλαγχνίζομαι (splangjnízomai). Viene de
σπλάγχνα (splánjna), las entrañas. Este verbo viene de σπλάγχνα (splánjna),
que significa “entrañas”, “vísceras”. En el mundo bíblico, las
entrañas son el lugar simbólico de los afectos más hondos. Por eso σπλαγχνίζομαι
(splangjnízomai) no expresa una simple pena superficial, ni una
lástima desde lejos. Indica una conmoción interior profunda, visceral, casi
física (cfr. Mt 9, 36; Mt 14, 14; Mt 15, 32; Mt 18, 27; Mt 20, 34; Mc 1,
41; Mc 6, 34; Mc 8, 2; Mc 9, 22; Lc 7, 13; Lc 10, 33; Lc 15, 20).
Jesús no ve la
miseria humana como quien observa un problema desde fuera. La ve y la lleva
dentro. El dolor de la gente le toca las entrañas. No habla de una emoción
ligera, de un momento sentimental, de una pena educada y pasajera. Habla de
una conmoción profunda, visceral. Algo se mueve en lo más hondo de Jesús
cuando ve a la humanidad herida.
El Antiguo
Testamento usa una imagen muy parecida, Dios se revela como רַחוּם (rajúm),
“compasivo”, “entrañablemente misericordioso”. Esta palabra
aparece en textos decisivos de la fe de Israel, desde la gran revelación del
Sinaí hasta los salmos y los profetas, para expresar que la misericordia no es
en Dios una reacción ocasional, sino algo que brota de su mismo corazón (cfr.
Ex 34, 6; Dt 4, 31; 2 Cr 30, 9; Neh 9, 17; Neh 9, 31; Sal 78, 38; Sal 86, 15;
Sal 103, 8; Sal 111, 4; Sal 112, 4; Sal 145, 8; Jl 2, 13; Jon 4, 2). Cuando
Dios se presenta como misericordioso, aparece la palabra רַחוּם (rajúm),
vinculada a רֶחֶם (réjem), el seno materno. Es una imagen potentísima. Dios
compara su amor con el amor de una madre por el hijo que lleva en sus entrañas.
Un amor que no mira desde fuera. Un amor que no calcula. Un amor al que el
sufrimiento del hijo le duele en la propia carne (cfr. Ex 34, 6).
Así es el Dios que
Jesús nos revela.
Y entonces la
pregunta ya no puede quedarse en teoría. ¿Sentimos nosotros algo de esto ante
las necesidades de la humanidad? No se trata de emocionarnos un rato y luego
seguir igual. Se trata de dejarnos tocar. De permitir que el dolor de los
demás nos saque de nuestro pequeño recinto, de ese mundo reducido donde solo
cuentan mis asuntos, mis cansancios, mis planes, mis seguridades.
Porque un discípulo de Jesús no es solo alguien que aprende unas ideas religiosas. Es alguien que va recibiendo la mirada del Maestro. Y la mirada de Jesús no pasa de largo ante un pueblo cansado.
Quien no se deja afectar,
difícilmente podrá colaborar con Jesús.
Miremos alrededor.
También hoy hay mucha gente agotada. Personas que corren detrás de promesas que
brillan mucho y duran poco. Gente que ha puesto su esperanza en cosas frágiles
y después se encuentra con una decepción amarga. Vidas llenas de estímulos, de
prisa, de ruido, pero por dentro cada vez más vacías.
Y nosotros, ¿qué
sentimos ante todo eso? ¿Nos importa? ¿O nos basta con que nuestro pequeño
mundo funcione? A veces cuidamos nuestro “huertecillo” con una dedicación
admirable. Y está bien cuidar lo propio. El problema comienza cuando ese
huertecillo se convierte en frontera, y ya no vemos lo que ocurre más allá.
Pensemos en tantos
jóvenes. No hace falta cargar las tintas, pero tampoco cerrar los ojos. Muchos
no saben sobre qué valores merece la pena construir la vida. Viven
desorientados, con una tristeza de fondo que a veces intentan vestir de fiesta,
de ruido, de diversión inmediata. Confunden la alegría con el placer, la
libertad con dejarse llevar, la fiesta con perderse un poco más.
Y no faltan
vendedores de humo. Voces que, con apariencia brillante, ofrecen vanidades como
si fueran sabiduría, ocurrencias como si fueran pensamiento, insensateces como
si fueran una nueva manera de entender la vida. Cambian los envoltorios, pero
el engaño es antiguo.
¿Qué sentimos ante
esta humanidad? Esa es la cuestión. No basta con diagnosticar muy bien. No
basta con decir: “la sociedad está fatal”, frase que por cierto suele
dejarnos muy descansados, como si con pronunciarla ya hubiéramos hecho una obra
de misericordia. La pregunta verdadera es otra: ¿nos duele el mundo como le
duele a Cristo?
Y miremos también
a la Iglesia. ¿Qué sentimos ante tantos abandonos, ante el avance del
secularismo, ante los escándalos, ante el derrumbe de la práctica religiosa en
Occidente? ¿Lo vivimos como algo nuestro, o lo miramos como si fuera un asunto
de las jerarquías, de los obispos, de los curas, de “los de arriba”? O
puede ser que se vacíe o ahueque el concepto de la sinodalidad para rellenarlo
de ideologías o de maquinaciones para alcanzar objetivos espurios a la
evangelización.
La Iglesia no es
una oficina ajena donde otros gestionan expedientes espirituales. La Iglesia es
nuestra casa. Y cuando una casa se agrieta, uno no se limita a comentar la
grieta desde la acera. Se pregunta ¿qué puede hacer?, ¿dónde puede ayudar?, ¿cómo
puede sostener?
Jesús no busca
colaboradores indiferentes. No llama a espectadores que analicen la herida del
mundo con precisión, pero sin acercarse a tocarla. Llama a discípulos que
entren en su compasión. Gente capaz de mirar a la humanidad cansada no con
desprecio, ni con miedo, ni con superioridad, sino con el corazón del Pastor.
Ahora estamos
atentos para escuchar qué dice Jesús a quienes quiere asociar a su misión de
salvar, cuidar y levantar a este pueblo cansado y sin pastor.
El influjo de Moisés
«Entonces dice a sus discípulos: «La
mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la
mies que mande trabajadores a su mies».
Conviene fijarse
en un detalle. Cuando Mateo dice que la gente estaba «como ovejas que no tienen pastor», no está
usando una imagen inocente. Esa expresión viene de lejos. En el libro de los
Números, Moisés suplica al Señor que no deje a su comunidad perdida, sin
alguien que la guíe, como un rebaño sin pastor (cfr. Nm 27, 15-17).
Pero en tiempos de
Jesús la situación tiene una ironía amarga. No es que al pueblo le falten
pastores. En cierto sentido, le sobran. Hay jefes políticos, autoridades
religiosas, responsables del culto, escribas, maestros, dirigentes. Incluso
existía toda una organización sacerdotal muy amplia. Israel contaba con
veinticuatro clases de sacerdotes, que servían por turnos en el Templo de
Jerusalén (cfr. 1 Cr 24). Muchos vivían en sus pueblos, subían a Jerusalén
cuando les correspondía su semana de servicio y después regresaban a su vida
ordinaria. Se calcula que en tiempos de Jesús podía haber miles de sacerdotes
comunes, no pertenecientes a la gran aristocracia sacerdotal. Y, sin embargo,
el pueblo está como ovejas sin pastor.
Ahí está la
denuncia de Jesús. El problema no es la falta de estructura religiosa. El
problema es que muchos de los que deberían cuidar miran primero por sí mismos.
Se preocupan de su posición, de su conveniencia, de su propio beneficio. Y
cuando el pastor se busca a sí mismo, las ovejas quedan dispersas.
Jesús no pide más dueños del rebaño,
sino obreros para la mies.
Por eso llama la
atención la respuesta de Jesús. Al ver al pueblo cansado y abandonado, nosotros
esperaríamos que dijera: “Rogad al Señor para que mande pastores a su rebaño”.
Pero no dice eso. Jesús habla de otra cosa: «La
mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la
mies que mande trabajadores a su mies». No pide nuevos
pastores que sustituyan al único Pastor. El Pastor verdadero es Él. Lo
que pide son obreros. Hombres y mujeres que no se coloquen por encima del
pueblo, sino que entren en el campo de Dios con humildad, con cansancio
compartido, con manos disponibles. La mies no se recoge desde un despacho ni
desde una superioridad piadosa. Se recoge entrando en la vida real de la gente.
Y esta oración no
es una oración “por otros”, como si dijéramos: “Señor, manda
vocaciones, pero a mí déjame tranquilo en mi sillón, que bastante tengo”. Jesús
nos invita a rezar para que sus discípulos tomen conciencia de la urgencia de
la misión. Rezar al dueño de la mies es dejar que Dios nos despierte por
dentro. Es permitir que su pasión por la humanidad pase a nuestra sangre.
«La mies es abundante». Esto es muy
importante. Él no ve una tierra estéril, ni una humanidad inútil, ni un
mundo incapaz de acoger el Evangelio. Ve una cosecha preparada. Nosotros
solemos mirar alrededor y decir: “La gente ya no quiere saber nada de Dios”.
Jesús mira esa misma humanidad, con sus heridas, sus contradicciones y sus
búsquedas torcidas, y dice: “Está madura”.
Quizá el problema
no sea que falte sed de Dios. Quizá el problema sea que faltan discípulos con
la mirada suficientemente limpia, compasiva y disponible para reconocer esa sed
y servirla. Por eso los obreros son pocos. No porque falten cargos, ni
estructuras, ni palabras religiosas. Son pocos porque no siempre dejamos que
la oración nos convierta en personas atravesadas por la compasión de Cristo.
Fórmulas podemos repetir muchas. Pero la verdadera oración es otra cosa: Dejar
que el pensamiento y el amor de Jesús entren en nosotros hasta cambiar nuestra
manera de mirar el mundo.
Jesús libera a personas
dominadas por el mal
«Llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar
toda enfermedad y dolencia».
Jesús confía a sus
discípulos dos tareas: expulsar los espíritus inmundos y curar toda clase de
enfermedad y dolencia (cfr. Mt 10, 1).
Y conviene notarlo bien: es exactamente lo
que Él ha hecho durante toda su vida. Jesús ha liberado a personas dominadas
por el mal y ha curado a los enfermos. Por tanto, cuando nos envía, no nos
encarga una misión distinta de la suya. Nos llama a prolongar su propia obra
de salvación.
No se trata de
inventar otro Evangelio, ni de organizar una actividad religiosa paralela. Se
trata de continuar, en la historia concreta, aquello que Jesús empezó: liberar
al hombre de todo lo que lo deshumaniza y curar las heridas que le impiden
vivir como hijo de Dios.
El mal no siempre hace ruido,
pero siempre roba vida.
Jesús da a sus
discípulos «autoridad para expulsar espíritus
inmundos». En la Biblia, “inmundo” no significa
simplemente algo sucio en sentido material. Inmundo es aquello que se opone
a la vida, lo que rompe la comunión, lo que impide al hombre vivir reconciliado
consigo mismo, con los demás y con Dios.
Entonces podemos
preguntarnos: ¿Cuáles son esos demonios que nos impiden vivir felices como
hermanos en este mundo? Hay que llamarlos por su nombre. Se llaman envidia,
celos, odio, rencor. Se llaman deseo desmedido de poseer, afán de dominar,
necesidad de someter a los demás. Se llaman orgullo, resentimiento, codicia,
violencia.
Esos son los
demonios que fabrican un mundo despiadado. Un mundo donde el otro deja de ser
hermano y empieza a parecer rival. Donde el vecino se convierte en amenaza.
Donde el débil estorba. Donde el que piensa distinto ya no es alguien con quien
dialogar, sino alguien a quien vencer. Y, seamos sinceros, estos demonios no
viven solo “en el mundo”, como si nosotros estuviéramos cómodamente fuera del
problema. Habitan en el corazón humano. También en el nuestro. Todos tenemos
zonas interiores que necesitan ser liberadas.
Por eso estos
demonios han de ser expulsados. No con gritos, no con violencia, no con gestos
teatrales, sino con la fuerza del Evangelio acogido de verdad. Porque cuando la
palabra de Jesús entra en una vida, empieza a desarmar por dentro las fuerzas
que la esclavizan.
Curar no es solo quitar fiebre,
es devolver dignidad.
La segunda tarea
que Jesús confía a sus discípulos es «curar
toda enfermedad y dolencia». No se trata de imaginar que el
discípulo recibe un poder mágico para hacer milagros a nuestra manera. La
misión es más profunda y más concreta. Allí donde haya sufrimiento, el
discípulo de Jesús no puede pasar de largo.
El verdadero
discípulo pone sus capacidades, sus energías, su inteligencia, su tiempo y su
amor al servicio de la vida. Trabaja para que las personas no sufran
inútilmente, para aliviar el dolor, para cuidar los cuerpos heridos, para
acompañar la fragilidad. El dolor debe ser combatido, no contemplado desde
lejos con frases bonitas.
Pero no existen
solo enfermedades físicas. También está enferma una sociedad donde falta
libertad. Está enferma una sociedad donde no hay justicia. Está enferma una
sociedad donde la mujer no es respetada en su dignidad. Está enferma una
sociedad donde se ejerce violencia, donde la corrupción moral se normaliza,
donde la mentira se vuelve costumbre y el abuso se disfraza de poder.
Sobre esos males nos da Jesús autoridad. No una autoridad para imponernos, sino para servir. No un poder para dominar, sino para vencer aquello que destruye al ser humano.
El poder del discípulo
es la fuerza humilde del Evangelio.
Podemos
preguntarnos si somos conscientes del poder que Jesús nos ha dejado. Y ese
poder no es prestigio, ni mando, ni influencia social. El poder del discípulo
es la fuerza de la palabra del Evangelio, que lleva dentro la energía divina
del Espíritu.
Contra esa fuerza,
el mal no puede resistir. Tal vez resista un tiempo. Tal vez parezca más
fuerte. Tal vez haga ruido, amenace, seduzca, confunda. Pero cuando el
Evangelio es anunciado y vivido con verdad, empieza a abrir grietas en los
muros más duros. Libera conciencias, cura relaciones, despierta esperanzas,
levanta a los caídos y devuelve al mundo un poco de humanidad.
A continuación, Mateo
nos presenta la lista de los primeros obreros que acogieron la llamada del
Maestro.
Los primeros obreros de la mies:
Una comunidad nacida de Israel
«Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero,
Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su
hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo,
y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó».
Mateo nos presenta
ahora la lista de los primeros que aceptan entrar en la misión de Jesús (cfr.
Mt 10, 2-4). Y conviene no pasar por encima de esos nombres como quien lee un
elenco antiguo, un poco deprisa, esperando llegar a la parte “interesante”. En
la Escritura, también las listas hablan. A veces, incluso, dicen más de lo que
parece.
Lo primero que
llama la atención es el número: Son Doce. Y ese número no está puesto al
azar. Remite inmediatamente a las doce tribus de Israel. Jesús no está
fundando una realidad caída del cielo, sin raíces, como si Dios empezara de
nuevo porque lo anterior ya no sirviera. La comunidad de Jesús nace dentro
de la historia santa de Israel. Es hija de Israel. Es fruto de una promesa
larga, trabajada por Dios durante siglos con paciencia de labrador.
La Iglesia no nace contra Israel,
sino desde Israel.
Esto es
importante. La comunidad cristiana no sustituye a Israel como quien aparta
una pieza vieja para colocar otra nueva, sino que nace de ese árbol que Dios ha
cuidado, podado, regado, esperado. En Jesús, ese árbol da un fruto maduro.
Por eso los Doce no son solo doce individuos con nombre propio. Son también un
signo: Dios está reuniendo de nuevo a su pueblo, no desde el poder, no desde
la pureza de una élite, sino desde la llamada de Jesús.
Luego aparece otro
detalle muy hermoso. Mateo organiza los nombres de dos en dos: Pedro y
Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé… La misión no empieza con solistas.
Empieza con hermanos llamados a caminar juntos. Esto nos corrige bastante.
Porque a veces uno se imagina la misión como una aventura personal, una especie
de empresa espiritual donde cada cual va por libre, con sus ideas, su estilo,
sus fuerzas y, si se descuida, también con su pequeño protagonismo. Pero Jesús
no envía francotiradores del Evangelio; llama a una comunidad.
El Evangelio no se anuncia desde el aislamiento.
Incluso cuando
alguien anuncia personalmente la Palabra, nunca lo hace como individuo suelto.
Lo hace desde una comunidad, sostenido por una comunidad y enviado por una
comunidad.
El discípulo no se pertenece del todo a sí mismo. Ha recibido una llamada que lo
incorpora a un pueblo.
Y para que exista
una comunidad basta empezar por algo muy sencillo; no caminar solo. Dos ya son
una pequeña escuela de comunión. Dos obligan a escuchar, esperar, corregir,
perdonar, ajustar el paso. Y ahí empieza muchas veces el Evangelio; no en
discursos grandes, sino en aprender a caminar sin convertir al otro en
obstáculo.
Después miramos la
composición del grupo, y la sorpresa aumenta. Si Jesús hubiera querido formar
un equipo prestigioso según los criterios humanos, la lista sería bastante
distinta. No aparecen grandes escribas. No aparecen rabinos famosos. No
aparecen especialistas reconocidos ni personajes de alto nivel cultural. Jesús
llama a gente muy común. Y esto conviene saborearlo despacio. Porque Dios
no comienza su obra reuniendo a los mejores según nuestros baremos. No busca
una plantilla impecable, con currículos brillantes y garantías de éxito. Llama
a hombres normales, con carácter, con límites, con historias mezcladas, con
zonas luminosas y zonas todavía muy necesitadas de conversión.
Jesús no llama a perfectos;
llama a personas disponibles.
Entre ellos hay un
publicano, alguien marcado por una profesión sospechosa y mal vista. Está
también Judas, que terminará entregando al Maestro. Y está Pedro, que un día
tendrá que reconocer su propia verdad: “Apártate de mí, Señor, que soy un
pecador” (cfr. Lc 5, 8).
La lista, si se
mira bien, no es precisamente un escaparate de perfección religiosa. Y quizá por eso
resulta tan consoladora. Los Doce no son figuras de mármol, colocadas en una
vitrina sagrada para que las admiremos desde lejos. Son hombres reales. Muy
reales. Con entusiasmos y cobardías. Con generosidad y torpeza. Con fe y miedo.
Con promesas sinceras y caídas dolorosas. Como nosotros.
Ahí está la buena
noticia. Jesús no espera a tener una comunidad perfecta para empezar su
misión. Si hubiera esperado eso, probablemente la misión no habría empezado
nunca. Llama a los que se dejan alcanzar. Trabaja con barro humano. Pone su
tesoro en vasijas frágiles. Y no lo hace porque ignore nuestras pobrezas, sino
porque sabe que su gracia puede abrir camino precisamente ahí.
La misión, por
tanto, no nace de nuestra impecabilidad. Nace de su llamada. No se apoya en
nuestra superioridad moral. La misión se apoya en la fidelidad de Aquel que
llama, reúne y envía.
Por eso estos
nombres no son solo memoria del pasado. Son espejo para la Iglesia de todos los
tiempos. También hoy Jesús sigue llamando a personas normales, con historias
concretas, con heridas, con límites, con pecados y con deseos de vida. No para
que ocupen el centro, sino para que se dejen poner al servicio de la mies.
Ahora
descubriremos cuál será el ámbito de esa misión y cómo quiere Jesús que sea
llevada a cabo.
Primero Israel,
para que la bendición alcance a todos.
«A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No
vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las
ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los
cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad
leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido,
dad gratis».
Hemos escuchado
cómo Jesús delimita el primer ámbito de la misión confiada a sus colaboradores:
los Doce son enviados a “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (cfr.
Mt 10, 5-6). A primera vista, esto puede sorprendernos. ¿No esperaríamos que
Jesús los enviara ya a todos los pueblos? ¿No había venido Él para la salvación
del mundo entero? Sí. Pero el Evangelio tiene también su pedagogía, sus
tiempos, su camino.
La apertura
universal llegará después de la Pascua. Será el Resucitado quien, en el monte,
diga a sus discípulos: “Id y haced discípulos a todos los pueblos”,
prometiendo estar con ellos todos los días hasta el fin del mundo (cfr. Mt 28,
19-20).
Por tanto, no se
trata de excluir a los paganos, ni de cerrar la salvación dentro de las
fronteras de Israel. Se trata de comprender el modo en que Dios ha querido
conducir la historia.
Las bendiciones prometidas a Abraham no estaban destinadas a quedarse
encerradas en un solo pueblo, sino a alcanzar a todas las familias de la tierra
(cfr. Gn 12, 3). Pero Dios quiso que esa bendición llegara al mundo entero a
través de Israel.
Por eso Israel debe ser el primero en
acoger el Evangelio. No por privilegio entendido como posesión, sino por
vocación entendida como servicio. Israel ha sido trabajado por Dios durante
siglos para convertirse en cauce de una bendición que no le pertenece en
exclusiva. Del mismo modo es importante reconocer la pedagogía del Maestro;
como
Jesús no improvisa la misión:
Educa a sus discípulos para ella.
También es
importante reconocer la pedagogía del Maestro. Cuando Jesús les dice que «no vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades
de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel», no
está cerrando el Evangelio a los demás pueblos, sino teniendo en cuenta el
camino todavía inmaduro de conversión de sus discípulos (cfr. Mt 10, 5-6). Ellos
necesitan ser formados poco a poco para misiones más abiertas, más difíciles y
también más hostiles.
Podríamos
compararlo con un estudiante de medicina. Nadie pondría a un alumno de primer
curso a colaborar directamente con el cirujano en una mesa de operaciones. No
porque no tenga vocación, ni porque no pueda llegar a ser un gran médico, sino
porque necesita un recorrido preciso, una formación, una maduración. Algo
parecido sucede con los evangelizadores. Antes de ser enviados a todos los
pueblos, los discípulos necesitan aprender el estilo de Jesús, purificar sus
falsas imágenes del Mesías y dejarse educar por el Evangelio. Si se saltan ese
camino, pueden hacer más daño que bien.
Por eso la misión
no se mide solo por el entusiasmo. También necesita paciencia, discernimiento y
formación interior. El discípulo no es enviado para descargar sobre otros
sus ideas religiosas todavía inmaduras, sino para llevar la vida de Cristo.
Y eso exige dejarse trabajar por Él.
La misión pierde credibilidad
cuando busca beneficio propio.
Jesús vuelve a
recordar las tareas confiadas a los discípulos: «Curad
enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios». Es
decir, prolongar su obra liberadora, hacer retroceder todo lo que enferma,
desfigura o esclaviza al ser humano.
Y entonces añade
una recomendación decisiva; la misión debe vivirse con completo
desprendimiento de intereses personales, de ventajas propias, de cálculos
escondidos. Porque si el discípulo anuncia el Evangelio buscando beneficio,
prestigio o poder, su mensaje queda herido desde el comienzo. Puede hablar muy
bien, incluso puede usar palabras piadosas, pero algo no sonará limpio.
Jesús lo resume en
una frase breve y luminosa: «Gratis habéis
recibido, dad gratis». Ahí está la medida de toda misión
cristiana. Lo que hemos recibido de Dios no lo hemos comprado. No se nos ha
dado como premio a nuestros méritos, sino como don. Hemos sido amados,
perdonados, levantados, llamados, sin pagar entrada y sin presentar currículum
de santos profesionales.
Por eso el
Evangelio solo puede anunciarse de verdad cuando se entrega con la misma
gratuidad con que se ha recibido. La Buena Noticia se vuelve sospechosa
cuando se convierte en medio para asegurar prestigio, influencia, comodidad o
dominio. En cambio, cuando se da gratuitamente, sin buscar aprovecharse de
nadie, deja pasar algo del corazón mismo de Dios.
Porque el amor de Dios no se vende, no se alquila, no se administra como propiedad privada. Se recibe como gracia y se ofrece como gracia.




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